I, 304, 4-31. Puede ser una alusión a las actividades de Lope como alcahuete; véase mi «Cervantes, Lope y Avellaneda».
I, 293, 29-30; I, 295, 26-27; y véase I, 167, 29-32; II, 389, 17-26; y la historia de la Dueña Dolorida, IV, 13, 6-15, 21. Eso no está en contradicción con la adoración a las mujeres que se acaba de mencionar; sino más bien es una consecuencia de ello, como en Celestina.
En Persiles, se hace la misma observación acerca de un hombre anciano: «no tomava el pulso a su edad.... Ansí halagan y lisongean los lascivos desseos las voluntades, assí engañan los gustos imaginados a los grandes entendimientos» (I, 205, 12-18).
III, 241, 31-32. En La guarda cuidadosa vemos el lamentable resultado de la renuncia de la responsabilidad paterna en este asunto. Angélica sería un ejemplo de una joven cuya insensata elección tuvo consecuencias desastrosas (III, 50, 15-51, 5).
II, 381, 21-24; también Persiles, I, 85, 21-29 y I, 230, 23-231, 6. Sin embargo, la libertad dada a Marcela no sólo para escoger a un esposo sino para aplazar el matrimonio indefinidamente era excesiva; los motivos de su tío son algo sospechosos (I, 160, 5-161, 13). También se hace una observación similar con respecto a los estudios de los jóvenes, estando a favor, incluso, de una mayor libertad en III, 204, 14-21.
Como en III, 378, 25-26 y IV, 108, 10 y 27. «Quando la cólera sale de madre, no tiene la lengua padre» (III, 346, 9-10).
Véase la nota 357 del capítulo 4.
Dice Cipión: «Ésse es el error que tuvo el que dixo que no era torpedad ni vicio nombrar las cosas por sus propios nombres, como si no fuesse mejor, ya que sea forçoso nombrarlas, dezirlas por circunloquios y rodeos, que templen la asquerosidad que causa el oírlas por sus mismos nombres. Las honestas palabras dan indicio de la honestidad del que las pronuncia o las escrive» («Coloquio de los perros», III, 183, 9-16).
El padre del cautivo dice lo mismo (II, 204, 22-24). Véase Castro, El pensamiento de Cervantes, págs. 182-185, para más comentarios de Cervantes sobre los refranes.
Este último refrán también es ilustrado en la discusión del destierro de los moriscos (IV, 193, 1-8).