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Es la misma actitud expresada en el Prólogo. Don Quijote iba a ser una obra cuya lectura hiciera que «el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente dexe de alabarla» (I, 37, 32-38, 3).



 

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Es el colérico eclesiástico de miras estrechas (III, 382, 16-23; III, 387, 20), un notable contraste con el cura y el canónigo de la Primera Parte, quien aconseja al duque que no lea precisamente el libro que debería leer, Don Quijote (III, 387, 15-19). (El duque había sido lector de libros de caballerías, como se ha indicado en el capítulo 1.)



 

592

El mundo del «Quijote», capítulo 4.



 

593

Leland H. Chambers, «Structure and the Search for Truth in the Quijote: Notes Toward a Comprehensive View», Hispanic Review, 35 (1967), 309-326, en la pág. 312.



 

594

A. A. Parker, «Verdad», pág. 292.



 

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«Las cuestiones más importantes que el libro presenta son aquellas a las que los personajes deben enfrentarse. No hay nada malo en afirmar que el lector sabe que Don Quijote está mirando un teatro de títeres, excepto que no se considera lo que es significativo y atractivo en el episodio -el hecho de que Don Quijote puede estar equivocado y lo está en este asunto» (Cascardi, The Bounds of Reason, pág. 23)-. «Resolver el problema de los criterios en el Quijote apelando a "lo que sabe el lector" es olvidar que los personajes del libro están encerrados en él, que no pueden oírnos hablar de nuestros juicios, y por tanto no pueden valerse de nuestras certezas. Decir que el lector sabe cómo identificar la venta [distinguiéndola de un castillo] no es decir nada que pueda resolver una disputa entre Don Quijote y el ventero, por ejemplo» (pág. 6). Algo muy parecido había dicho anteriormente Ruth El Saffar: «Cervantes espera que nos hayamos confundido como Don Quijote para decirnos cómo se maquinó la confusión» («Coughing in Ink and Literary Coffins», en Approaches to Teaching Cervantes' «Don Quixote», págs. 50-55, en la pág. 53).



 

596

I, 281, 19-21; II, 204, 23-26; IV, 342, 25-27.



 

597

I, 201, 15-24; I, 219, 6-22; I, 220, 7-8; I, 287, 4-7; y obsérvese I, 206, 15-207, 11.



 

598

I, 233, 6-9; II, 181, 6-16; II, 325, 1-22; III, 65, 11-14.



 

599

Hay muchos pasajes en otras obras de Cervantes que alaban la experiencia. En La entretenida se le llama «consejera y maestra» (Comedias y entremeses, III, 16, 14), en La casa de los celos «buen testigo» (Comedias y entremeses, I, 168, 18; también I, 171, 21-23). En El laberinto de amor, «son seguras verdades / las que la experiencia apura» (Comedias y entremeses, II, 319, 8-9); en el Persiles, «la esperiencia en todas las cosas es la mejor maestra de las artes» (I, 93, 20-22). «Aunque gitano», dice Andrés, «la esperiencia me ha mostrado adonde se estiende la poderosa fuerça de amor y las transformaciones que haze hazer a los que coge debaxo de su jurisdicción y mando» («La gitanilla», I, 96, 15-19); Elicio advierte a Lenio que «te riges más por el norte de tu parecer y antojo, que no por el que te devías regir, que es el de la verdad y experiencia» (La Galatea, II, 42, 5-8); Auristela dice a Periandro que «en la tabla rasa de mi alma ha pintado la esperiencia y escrito mayores cosas; principalmente ha puesto que en sólo conocer y ver a Dios está la suma gloria, y todos los medios que para este fin se encaminan, son los buenos, son los santos, son los agradables, como son los de la caridad, de la honestidad y el de la virginidad» (Persiles, II, 268, 20-27). Para otros pasajes alabando la experiencia, véase Castro, El pensamiento de Cervantes, pág. 91 y notas.



 
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