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Incluye los viajes mágicos de los libros de caballerías (II, 342, 8-14), así como las historias que incluyen viajes diabólicos (el «verdadero cuento del licenciado Torralva», IV, 40, 1-16; el viaje de Rutilio en Persiles, Libro I, capítulo 8).



 

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Véase el capítulo 3, nota 264. Sólo Dios, quien por ejemplo transformó a la mujer de Lot en una estatua de sal, puede transformar verdaderamente las cosas.

Si es así, ¿qué tenemos que pensar del «Coloquio de los perros», donde se nos dice que la Camacha transformó a los dos muchachos en los perros Cipión y Berganza? Riley (Teoría, págs. 308-311) indica cómo el contexto de la narración de Berganza ofrece muchas maneras, distintas a la brujería, de explicar las supuestas transformaciones: como un delirio o sueño de Campuzano, por ejemplo. Sin embargo, creo que tenemos motivos para no intentar comprender cuáles son los hechos verdaderos en el caso del «Coloquio», pues no tenemos la historia entera. Nos falta el relato de Cipión, donde, se supone, se explicaría esta cuestión: si es un portento, presagiando «alguna calamidad grande» (III, 155, 5-8), y si los perros en realidad «bolverán en su forma verdadera / quando vieren con presta diligencia / derribar los sobervios levantados, / y alçar a los humildes abatidos, / con poderosa mano para hazello» (III, 213, 14-18). (Como curiosidad, menciono que en el siglo XVII un imitador, Ginés Carrillo Cerón, escribió la segunda parte del «Coloquio de los perros», según Emilio Cotarelo [y Mori], «Un novelista del siglo XVII e imitador de Cervantes, desconocido», Boletín de la Real Academia Española,12 [1925], 640-651.)



 

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«O selvas de encantos llenas, / do jamás se ha visto a penas / cosa en su ser verdadero» (Casa de los celos, I, 179, 23-25). «Aquessa enterrada y muerta / no es Angélica la bella, / sino sombra o imagen della, / que [t]u vista desconcierta» (Casa de los celos, I, 212, 18-21).



 

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También «El licenciado Vidriera», II, 79, 10. Hay una nota acerca de la tropelía en la edición de La pícara Justina de Francisco López de Úbeda realizada por Julio Puyol y Alonso (Madrid: Sociedad de Bibliófilos Madrileños, 1912), III, 248-249; véase también la edición de El casamiento engañoso y el coloquio de los perros de Agustín G. de Amezúa y Mayo (Madrid: Bailly-Baillière, 1912), págs. 611-612 y su «Un juglar de antaño», en Homenaje ofrecido a Menéndez Pidal (Madrid: Hernando, 1925), III, 319-324, reimpreso en sus Opúsculos histórico-literarios, III, 71-77. Bruce W. Wardropper examina la relación de «tropelía» con el problema de las apariencias y realidad en «La eutrapelia en las Novelas ejemplares de Cervantes», en Actas del séptimo congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, ed. Giuseppe Bellini (Roma: Bulzoni, 1982), I, 153-169, especialmente págs. 162-165; sobre la eutrapelia también hay que leer Joseph R. Jones, «Cervantes y la virtud de la eutrapelia: la moralidad de la literatura de esparcimiento», Anales Cervantinos, 23 (1985), 19-30.



 

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Véase el capítulo 4, nota 448.



 

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Véase Italo Calvino, Por qué leer los clásicos, trad. A. Bernárdez (Barcelona: Tusquets, 1992), reseñado por Fernando Lázaro Carreter, ABC cultural, 18 diciembre 1992, pág. 7.



 

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Además de presentar a las mujeres más próximas a los protagonistas (el ama y la sobrina de Don Quijote, la mujer de Sancho) de forma poco halagadora, de la hipotética naturaleza de la única mujer «buena» que no se presenta incidentalmente (Camila) y de la aparente falta de interés por la reproducción humana, se encuentran en Don Quijote y en las demás obras de Cervantes varias observaciones misóginas. «Es natural condición de mugeres... desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece» (I, 268, 22-25); «la natural inclinación de las mugeres... por la mayor parte suele ser desatinada y mal compuesta» (II, 385, 28-30; de la misma forma, La guarda cuidadosa, IV, 79, 2-3); «entre el sí y el no de la muger no me atrevería a poner una punta de alfiler, porque no cabría» (III, 243, 24-26; del mismo modo, II, 377, 14 y La guarda cuidadosa, IV, 63, 11-12); la «naturaleza» de la mujer es «fácil y arrojadiza para todo aquello que es de su gusto» («El amante liberal», I, 177, 8-10); y, en el Persiles (I, 239, 10-11), «las mujeres somos naturalmente vengativas». La opinión de Cervantes acerca de las casadas también es negativa. Presenta de forma favorable el dominio del hombre sobre la mujer en la sociedad gitana, en la cual los hombres son «verdugos» de las mujeres adúlteras, medida necesaria para infundir la honestidad femenina, y las abandonan libremente cuando han envejecido para tomar otras «al gusto de sus años» («La gitanilla», I, 78, 4-24). La naturaleza de las mujeres es perversa: «opinión fue de no sé qué sabio que no avía en el mundo sino una sola muger buena» (III, 275, 25-27); en La entretenida, «la muger ha de ser buena, / y parecerlo, que es más» (III, 8, 15-16).

Desgraciadamente, estas afirmaciones indican una misoginia más típica que excepcional en el contexto de su época; los prejuicios que tenía Cervantes eran corrientes. «Santo Tomás... declaró que la mujer era sólo un ser "ocasional" e incompleto, una especie de hombre imperfecto. "El hombre es superior a la mujer, como Cristo es superior al hombre. La mujer está forzosamente destinada a vivir bajo la influencia del hombre, y no tiene ninguna autoridad de su señor." Sin lugar a dudas estamos ante un caso de misoginia. Aunque no todos los antiguos tenían estas opiniones.» (Theo Lang, The Difference between a Man and a Woman [New York: John Day, 1971], pág. 362.) El siguiente comentario es del Libro del orden de caballería de Lulio (traducción de F. Sureda Blanes, Colección Austral, 889 [Madrid: Espasa-Calpe, 1949], pág. 23: «El varón, en cuanto tiene más buen sentido y es más inteligente que las hembras, también puede ser mejor que las mujeres. Porque si no fuese tan poderoso para ser bueno como la mujer, seguiríase que bondad y fuerza de naturaleza serían contrarias a bondad de ánimo y buenas obras. Por donde, así como el hombre por su naturaleza, se halla en mejor disposición de tener noble valor y ser más bueno que la hembra; del mismo modo se halla también mejor preparado que la hembra para hacerse malo. Y esto es precisamente para que, por su mayor nobleza y valor, tenga mayor mérito, siendo bueno, que la mujer».



 

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«Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico» (IV, 53, 6-8); «de los vasallos leales es dezir la verdad a sus señores en su ser y figura propia, sin que la adulación la acreciente, o otro vano respeto la disminuya» (III, 55, 22-26). La validez de esta última afirmación desgraciadamente se demostró, en pruebas la versión original de este libro, con el desastre del transbordador espacial Challenger. El hecho de que no se transmitiera información negativa a los superiores contribuyó al accidente (New York Times, 27 de febrero de 1987, Sección D, pág. 27 y 28 de febrero, Sección D, págs. 1 y 4).



 

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El entusiasmo de unos cuantos autores modernos por algunos de ellos no cambia esta afirmación; este entusiasmo no les ha llevado en ningún caso más allá de los libros alabados por Cervantes.



 

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Es fácil citar ejemplos de autores cuyas obras se han valorado incorrectamente. Booth Tarkington es el clásico caso vergonzoso; a principios de este siglo se le llamó un «genio [que había] dominado totalmente el arte de escribir» (Robert Cortes Holliday, Booth Tarkington [Garden City: Doubleday, Page, 1918], pág. 207), pero hoy ha sido olvidado por el público y sólo es recordado por los eruditos como ejemplo precisamente de esta cuestión. En los estudios hispánicos, los últimos poemas de Góngora, que hoy se aceptan como brillantes, se consideraban «una especie de logogrifos [que]... no se entendían» (Ticknor, Historia de la literatura española, III, 207). En general las obras conservadoras, que aceptan la autoridad y los valores literarios y sociales, tienden a ser sobrevalorados cuando aparecen por primera vez, y las obras vanguardistas infravaloradas, pero sin el respaldo de una percepción retrospectiva es difícil distinguir lo innovador y fructífero de lo mediocre. Existe el mismo problema en otros campos. Muchos inventos importantes, por ejemplo, fueron primero rechazados por poco prácticos y faltos de potencial comercial, pero la mayoría de los inventos que no han tenido éxito de hecho son poco prácticos.



 
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