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20

Trece de las cartas dirigidas por Mora a Florencio Varela están publicadas en la obra de GREGORIO F. RODRÍGUEZ, Contribución histórica y documental, t. I, págs. 505-534, Buenos Aires, 1921. (N. del A.)



 

21

He tratado extensamente el punto en el capítulo «El París literario de Esteban Echeverría» de mi Contribución al estudio del poeta (Boletín de la Academia Argentina de Letras, t. IX, págs. 437-472, año 1941). (N. del A.)



 

22

Las estatuas de la Universidad, pág. 46, Buenos Aires, 1863. (N. del A.)



 

23

Fueron publicadas sin autorización del Dr. López, en la revista La Biblioteca (t. I, Buenos Aires, agosto de 1896), y se dice que el autor destruyó el resto del manuscrito. (N. del A.)



 

24

Sobre este personaje, escasamente conocido, puede consultarse el capítulo IX de mi libro Don Gregorio Beéche y los bibliógrafos americanistas de Chile y del Plata, La Plata, Biblioteca de Humanidades, 1941. (N. del A.)



 

25

Obras Completas, vol. I, págs. 131 y 132. (N. del A.)



 

26

Escritos Póstumos, tomo XV, págs. 308 y 309. (N. del A.)



 

27

Discursos pronunciados el día de la apertura del Salón Literario, fundado por don Marcos Sastre, Buenos Aires, Imprenta de la Independencia, 1837. Los tres discursos fueron reproducidos en un libro editado por el Concejo Deliberante de Buenos Aires, Antecedentes de la Asociación de Mayo, 1837-1937, y en la edición crítica y documentada del Dogma socialista, de Esteban Echeverría, a cargo de Alberto Palcos, publicada por la Universidad Nacional de La Plata en 1940. También se hallan en esta edición los textos completos de los tres comentarios citados a continuación. (N. del A.)



 

28

En Lima continuó su obra docente y su labor poética. Radicado después en Bolivia (1834-1837), protegido por el general Santa Cruz, del que fue secretario y leal colaborador, reanudó su enseñanza humanista, aumentó el número de sus libros de texto, volvió al periodismo y comenzó a escribir sus celebradas Leyendas Españolas. En carta de esos días, dirigida a don Ventura Blanco Encalada, declaró sus propósitos de introducir entre sus compatriotas «un pequeño cisma contra los quintanistas y melendiztas» y de tocar todas las teclas en procura de algunas innovaciones. Designado cónsul general de la Confederación Perú-Boliviana, en Londres, cargo que resultó tan efímero como ella, volvió al Támesis en 1838, y un lustro después regresó a la patria. La Academia Española lo incorporó como individuo de número. Murió octogenario en 1864. Escribió sobre su vida, en 1888, Miguel Luis Amunátegui, el biógrafo chileno de Bello. (N. del A.)



 

29

Recuerdos literarios, segunda edición, Santiago, 1885, págs. 79-85. (N. del A.)



 
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