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«La Llave» de Luisa Valenzuela

Marianella Collette


Ryerson University, Toronto, Canadá



En «La llave», relato perteneciente a la colección «Cuentos de Hades», Luisa Valenzuela hace una relectura del cuento tradicional «Barbazul», representando este personaje en forma de arquetipo que acecha a la mujer, aun en la actualidad, cuando ingresa al terreno prohibido del saber. Valenzuela considera que la cuentística tradicional porta valores e interdicciones que han sido manipulados por poderes colonizadores para mantener a la mujer fuera del ámbito del logos. Esta intención solapada fue articulando en el inconsciente de la colectividad arquetipos que gradualmente adquirieron poder limitando la psiquis femenina. En sus «Cuentos de Hades», la escritora argentina pretende desmantelar algunos de estos paradigmas, con la intención de rescatar el mensaje originario que supone estos relatos portaron en su forma oral arcaica. En este ensayo analizaré cómo en el cuento «La llave» Valenzuela se reapropia de este poderoso símbolo y lo asocia a la curiosidad femenina, transformándolo en un arma efectiva para que la mujer continúe desafiando el discurso restrictivo que mina su ingreso al ámbito del saber. Paralelamente examinaré cómo el símbolo de la llave porta en este cuento un doble significante contrapuesto, el desafío liberador de los miedos que subvierte la interdicción, permitiendo el acceso al espacio del conocimiento y su reverso el prejuicio limitante fundado en el juicio social que deviene de la consecuente condena adherida a toda mujer que ingresa a ese intersticio vedado históricamente para ella.

Luisa Valenzuela consciente de la manipulación de la representación simbólica en los relatos de Charles Perrault propone una relectura del relato originario de «Barbazul». En su cuento «La llave», desdobla el protagonismo femenino en un pasado y un presente, vinculando esta secuencia temporal en la figura de una protagonista que es portadora histórica del símbolo de la llave. Esta relata, en un seminario actual de concientización para la mujer, las peripecias que ha tenido que sufrir a causa de ejercitar libremente la curiosidad femenina. Valenzuela considera que estos cuentos tradicionales en su forma oral primigenia, poseían un propósito muy diferente al cristalizado por Perrault en sus narraciones moralizantes. Según la autora, en su origen estos relatos poseían una intención iniciática, utilizados por madres con el propósito de preparar a sus hijas preadolescentes, para el ingreso al riesgoso mundo de la sexualidad. Este contenido ritual preparatorio fue posteriormente desvirtuado, o puesto al servicio de la manipulación de la sexualidad femenina utilizando el recurso de los miedos. El sujeto destinatario del mensaje originario también se tergiversó para pasar a ser el inconsciente femenino en general. Valenzuela en una entrevista concedida a Gwendolyn Díaz expone su opinión acerca del sentido iniciático que los cuentos de hadas originariamente poseían de la siguiente manera:

Porque pensé, y creo tener razón, que esos cuentos fueron en el principio de los tiempos contados por las mujeres a las niñas, como cuentos iniciáticos, como historias ejemplares. Después vino el hombre -el moralista- Charles Perrault, en este caso, que al escribirlos por vez primera los revistió de culpas y moralejas conducentes a paralizar a la mujer: las niñitas deben ser obedientes, no curiosas, dormir por cien años, esperar el beso del príncipe. Me encantó meterme con esas historias de mensajes falseados para tratar de rescatar el mensaje original. Fue así como nacieron mis «Cuentos de Hades».


(Díaz, 1996: 48-9).                


En un plano esotérico y volviendo al cuento de Luisa, el hacer uso de la llave también significa un acto de iniciación, el ingreso a un nivel de conciencia más profundo que permite a la mujer hacer una relectura de su historia, o de cómo fue ella narrada, para desde ese espacio limitante reescribirse rompiendo tabúes y restricciones inscriptos en su propia psiquis, reapropiándose de su discurso. «Ahora me narro sola» (Valenzuela, 1999:94) dice la protagonista retomando el protagonismo al narrarse en un tiempo presente.

En el cuento de Valenzuela, la voz narrativa superpone el discurso de la última esposa de Barbazul, que desafió la interdicción masculina y es portadora simbólica de la llave, con el discurso de una mujer creativa contemporánea que dicta seminarios de reflexión para mujeres en Buenos Aires. La llave, poderoso elemento simbólico, representa el albedrío que le confiere a la mujer la posibilidad de ingresar a un ámbito de saber del que ha sido intencionalmente marginada. No es casual que Valenzuela se haya apropiado de este símbolo para titular su cuento, pues porta en sí un mensaje profundo que cala en el género y que la sobreviviente de antaño, al igual que la protagonista actual, pretenden retransmitir a las mujeres del porvenir. Una sugiriendo una relectura de la tradición cuentística, otra utilizando sus seminarios de reflexión, para enseñar maneras de retomar el protagonismo y reescribirse desde un nivel de conciencia más amplio del poder que encierra el ingreso al ámbito de conocimiento:

Al castillo lo dejé para museo aunque sabía que nadie lo iba a cuidar y que finalmente se derrumbaría, como en realidad ocurrió. No me importa, yo no quise ensuciarme más las manos. Preferí pasar hambre. Me llevó siglos perfeccionar el entendimiento gracias al cual realizo este trabajo de concientización, como se dice ahora.


(Valenzuela, 1999: 95).                


El castillo, otrora ámbito de poder despótico masculino, es un permanente recordatorio que simboliza la dependencia y el enclaustramiento del alma femenina. La protagonista se ha desplazado de ese espacio represivo, pagando el costo que esto le ha acarreado y lo trae a un presente activo en sus conferencias.

Valenzuela condensa en su protagonista femenina una doble faceta que atañe al género y a la sexualidad, al pasado y al presente, a la preadolescencia y a la madurez sexual, a lo individual y lo colectivo. El discurso de la ex-esposa de Barbazul ha madurado con la experiencia, exponiendo un resumen histórico sobe el traumático derrotero que debió padecer, luego de desafiar a la ley paterna, un proceso doloroso en el que la protagonista comenta: «[...] una muere mil veces y yo he muerto mil veces mil; con cada nueva versión de mi historia muero un poco más o muero de manera diferente» (Valenzuela, 1999: 94). Esta adolescente, de antaño que optó por seguir su camino iniciativo, se transformó gradualmente en un continium colectivo femenino, que sobrevivió y continuará sobreviviendo a medida que supere una y otra vez el miedo profundo a la muerte impuesto por los relatos masculinos. En la versión de Valenzuela, al contrario de las anteriores, algo distinto sucede. La curiosidad femenina se representa como una llave que tiene el poder de subvertir la prohibición enfrentando a los miedos:

[...] muero casi cotidianamente, pero reconozco que si todavía estoy acá para contar el cuento (o para que el cuento sea contado) se lo debo a aquello por lo cual tantas veces he sido y todavía soy condenada.


(Valenzuela, 1999: 93).                


El texto se refiere a la imposibilidad de develar la verdad sin atravesar previamente por la experiencia de dolor, la mujer al poner en ejercicio su curiosidad deberá experimentar la cercanía de la muerte. La muerte es una experiencia simbólica de atravesar el velo de la ignorancia tomando el camino de tantas otras mujeres que decidieron saber más acerca de su cuerpo y su historia. Esta protagonista portadora de la llave que mira hacia el pasado y el futuro está vinculada metonímicamente en su dualidad a Jano, dios griego de doble semblante, que observa hacia un tiempo pretérito y el porvenir. Guía de almas que porta en una mano un bastón y en otra, coincidentemente, una llave. En el cuento de Valenzuela, la protagonista posee esta doble perspectiva que le otorga la posibilidad de deslizarse en su memoria de género hacia el pasado, realizando una relectura del cuento de Charles Perrault, para retornar hacia un presente con la intención de trasmitir su mensaje a mujeres contemporáneas. Su mensaje hace hincapié en la importancia que tiene el preservar esta curiosidad intacta a toda costa, para la supervivencia de la mujer en propio protagonismo. El símbolo de la llave hunde sus raíces en una faceta femenina de ciclicidad, Jano fecunda el nombre del primer mes del año, Enero, demarcando un elemento cíclico con su cara dual que observa un tiempo que se fue y el tiempo por venir. El momento previo de atravesar el umbral de la ignorancia y la recuperación del protagonismo de la propia narración que significa el encuentro con los cadáveres de aquellas mujeres que optaron desafiar el mandato limitante del discurso del poder dominante.

Esta protagonista con doble percepción ejemplifica lo que Valenzuela pretende rescatar sobre la importancia de la revisión de la historia y la preservación de la memoria para reelaborar la realidad femenina presente. Los elementos de la memoria y la revisión histórica están conjugados en la protagonista un arquetipo femenino asociado al sufrimiento que deviene de la experiencia de saber, que desafiando el discurso represivo de Barbazul, mantuvo siempre su curiosidad activa. La protagonista insiste en la necesidad de mantener esta curiosidad en acto, ejercicio constante que le ha permitido crear: «cierta capacidad deductiva que (le) permite ver a través de las trampasy hasta trasmitir lo visto, lo comprendido». (Valenzuela, 1999: 93).

En el cuento de la autora argentina este discurso represor asociado a la figura de Barbazul termina amalgamándose en su objetivo, con el de Charles Perrault el uno asesinando mujeres que osan desafiar su mandato, el otro utilizando su relato para interpretar y perpetuar en la tradición literaria este homicidio de la libre conciencia femenina. Amenaza Perrault o Barbazul en la moraleja que según Valenzuela aquel creó acerca del cuento:

A pesar de todos sus encantos, la curiosidad causa a menudo mucho dolor. Miles de ejemplos se ven todos los días. Que no se enfade el sexo bello, pero es un efímero placer. En cuanto se lo goza ya deja de ser tal y siempre cuesta demasiado caro.


(Valenzuela, 1999:95).                


Este tono amenazante utilizado en la moraleja tiene el objetivo de paralizar a la mujer en el espacio del no saber. Coacción a la que la protagonista responde con la indignación de sus siglos de historia. A fines del siglo XVII, Charles Perrault (1628-1703) fue comisionado por Luis XIV, para realizar una recolección de relatos pertenecientes a la tradición oral francesa, adhiriéndoles una intención moralizante para la época. Su cuento «Barbazul» parece estar vinculado a una leyenda oral sobre el caballero Gilles de Rais, que vivió en el siglo XV. Este sórdido personaje llegó a tener un poderío económico que el propio Carlos VII de Francia observaba con envidia. Obtuvo el grado de Mariscal de Francia por su desempeño en la Guerra de los Cien Años. Era reconocido por su ferviente devoción hacia Juana de Arco. Cuando Juana es condenada a la hoguera, el Mariscal de Rais se recluye en su castillo y se entrega a una existencia plena de perversiones protegido por la impunidad que le otorgaba su prestigio e influencias transformándose en un mórbido asesino de niños, secuestrados y desaparecidos en un lapso de unos 8 años. En 1440 es condenado a la horca por la muerte comprobada de 140 de los 1000 niños que se supone torturó y mató durante ese terrible período. Dos siglos más tarde, Perrault rescata este relato de la tradición oral y por alguna razón transforma al otrora predador de inocentes, en Barbazul, un asesino de mujeres curiosas. En la contracara del discurso moralizante del autor francés este personaje Barbazul se inscribe como una representación alegórica de un feroz depredador que amenaza a toda mujer que ingresa al ámbito vedado del saber.

Clarissa Pinkola Estés, realizando un análisis junguiano de Barbazul, lo describe como un siniestro arquetipo internalizado en la historia del inconsciente femenino, que retoma desde ese espacio en forma de depredador natural sarcástico y homicida, cada vez que la mujer se pone en contacto con su poder. En su libro Mujeres que corren con los lobos la autora representa a este depredador como un contenido abyecto que retoma desde los intersticios inconscientes para poner en funcionamiento mecanismos de sabotaje y fragmentación, cada vez que la mujer subvierte el mandato masculino para conectarse con un espacio de saber. Barbazul se ha convertido en un predador externo que es una proyección de los miedos interiorizados por la mujer, un arquetipo reflexivo que pone en marcha mecanismos de destrucción y fragmentación del potencial femenino. Pinkola Estés comenta que:

Este poderoso depredador aparece una y otra vez en los sueños de las mujeres y estalla en el mismo centro de sus planes más espirituales y significativos. Aísla a la mujer de su naturaleza instintiva. Y, una vez cumplido su propósito, la deja insensibilizada y sin fuerzas para mejorar su vida, con las ideas y los sueños tirados a sus pies y privados de aliento.


(Pinkola Estés, 2001:48).                


La mujer necesita familiarizarse con esa presencia terrorífica, que retoma una y otra vez a través de su historia y que es el resultado de una proyección interior que deviene de un arquetipo instalado en el inconsciente femenino. Para ello la autora sugiere seguir el instinto, elemento fundamental para atravesar el velo de la ignorancia e ingresar en un territorio donde no se le ha permitido observar. Sin embargo, la mujer tiene que confrontar el miedo para poder así armarse de fuerza para reclamar y demandar. La voz narrativa en la llave comenta que a veces la tentación de quedarse en el terreno permitido resulta muy atractiva:

Ellas en un principio hubieran optado por una vida sin curiosidad, callada, a cambio de tantas comodidades.

¿Comodidades?, pregunto yo, retóricamente, ¿comodidades, frente a la puerta cerrada de una pieza que tiene el piso cubierto de sangre, una pieza llena de mujeres muertas, desangradas, colgadas de ganchos y seguramente un gancho allí, limpito, esperándome a mí?


(Valenzuela, 1999:96).                


Sin embargo, la narradora se da cuenta de la importancia de respetar los tiempos de cada mujer, pero aclara que es preferible saber la verdad a vivir silenciada en un ámbito de apariencia. Primero habrá que confrontar los miedos, aprensiones que calan en lo más hondo de la psiquis femenina, ecos del discurso amenazante de Barbazul. No conocer la verdad es equivalente a morir de la peor manera que se pueda una imaginar, en la ignorancia de la repetición de la historia. Pero se trata de un miedo ancestral que la mujer continúa proyectando sobre los Barbazules de turno que la intentan sofocar, un desasosiego que tiende a dejar inerte la capacidad indagatoria sobre su protagonismo histórico.

La protagonista en su dimensión actual que dicta seminarios de reflexión, realiza un ejercicio en el cual da a cada participante un manojo de llaves imaginarias para que lo lleven a sus casas. La intención es que sueñen y mediten con la llave prohibida, induciendo en ellas la experiencia de búsqueda de ese cuarto vedado, para que una vez frente a esa puerta y en uso de todas sus facultades, puedan apropiarse de la libertad de tomar la decisión crucial sabiendo que no hay camino de retorno. Al día siguiente las participantes comparten sus respectivas experiencias y en la mayoría de los casos la ley fue contravenida, pero también en todos los casos las infractoras intentan ocultar su trasgresión, lavar la sangre, representación simbólica de la culpa inscripta indeleblemente en la llave. Pero, para satisfacción de la facilitadora, hay una excepción:

Menos esta mujer, hoy, en Buenos Aires, ésta tan serena con la cabeza envuelta en un pañuelo blanco. Levanta en alto el brazo como un mástil y en su mano la sangre de su llave luce más reluciente que la propia llave...

Yo la aplaudo y río aliviada, por fin la lección parece haber cundido. Mi señor Barbazul debe estar retorciéndose en su tumba.


(Valenzuela, 1999: 97).                


Esta clara alusión a las Madres de Plaza de Mayo, con la que Valenzuela cierra su cuento es un elemento que otorga equilibrio al relato. La escritora argentina dedica este cuento a la fundadora de este grupo René Epelbaum y con ello ratifica la importancia ejemplificadora de estas mujeres en la concientización de la mujer.

Su protagonismo ejemplar como mujeres que desafiaron el mandato represivo, exigiendo que se abrieran los portales prohibidos de la memoria, a sabiendas del dolor resultante del acto de tomar conciencia de las atrocidades cometidas a las extensiones de sus propios cuerpos. Las Madres de Plaza de Mayo fueron el grupo organizado que mucho antes de terminar la dictadura (1976-1983) ya exigían los cuerpos de sus hijos a los predadores voraces de una de las peores dictaduras del cono sur. Pinkola Estés percibe en el cuento de «Barbazul» una estructura ritual que describe instancias que la mujer debe seguir para develar ese depredador que limita el potencial del conocimiento de su psique femenina: «[...] localizar los cuerpos, seguir los instintos, contemplar lo que se tenga que contemplar, echar mano del músculo psíquico y acabar con la fuerza destructora» (Pinkola Estés, 2001: 67). Estas instrucciones están emparentadas con el procedimiento que han puesto en acto las Madres de Plaza de Mayo en su indagación sobre la verdad histórica. Localizar sus muertos; contemplar lo que se tenga que contemplar superando el dolor y el miedo; seguir sus instintos como modo de sortear las barreras impuestas por una ideología represora en un nivel racional; echar mano al músculo psíquico, un referente de género que las Madres reprogramaron enseñando un modo de sobreponerse al miedo gutural, familiarizándose con la fuerza destructora; acabar con ese impulso represivo que se perpetúa en forma simbólica, y que pretende inmortalizar la amnesia sobre la dolorosa historia de cuerpos ausentes que no terminan de revelarse. En estas coordenadas significantes es donde se entrecruzan la historia de la mujer de Barbazul y el camino elegido por las madres. Gwendolyn Díaz comenta que:

Los cuerpos desnudos y degollados de las víctimas del cuento son una alusión clara a los cuerpos torturados y asesinados tanto de los subversivos militantes como de los ciudadanos argentinos que se atrevieron a proclamar un discurso alternativo al del orden oficial.


(Díaz, 2001:170).                


Reforzando este paralelo la voz narrativa otorga protagonismo a una de estas madres al decir: «Acá hay muchas como yo, algunos todavía nos llaman locas aunque está demostrado que los locos son ellos, dice la mujer del pañuelo blanco en la cabeza» (Valenzuela, 1999: 97) y es increíble, porque durante mucho tiempo se estigmatizó a estas madres como locas porque no actuaban dentro de los parámetros socio-culturales aceptados para la mujer. El límite que discierne entre lucidez y locura ha sido tradicionalmente una construcción sociocultural utilizada convenientemente por ideologías dominantes para descalificar voces femeninas que decidieron atravesar el umbral del statu quo. Un estigma en ambos casos relacionado a la condena adherida a toda mujer que ingresa a un espacio vedado históricamente para ella. La llave ha abierto la habitación del horror pero queda estigmatizada con una afrenta que parece supurar constantemente. La voz narrativa dice:

Como me sucedió a mí hace tantísimo tiempo, como les sucede a todas las que se animan a usarla, la llavecita se les cae al suelo y queda manchada, estigmatizada para siempre. Esa mancha de sangre. En mi momento yo, para salvarme, para que el ogro de mi señor marido no supiera de mi desobediencia, traté de lavarla con lejía, con agua hirviendo, con vinagre, con los alcoholes más pesados de la bodega del castillo. Traté de pulirla con arenisca, y nada. Esa mancha es sangre para siempre. Yo traté de limpiar la llavecita de oro que con tantos reparos me había sido encomendada, todas las mujeres que he encontrado hasta ahora en mi talleres han hecho también lo imposible por lavarla tratando de ocultar su trasgresión.


(Valenzuela, 1999: 97).                


La sangre representa este mácula que lleva cada mujer al transgredir el mandato y contradecir las leyes establecidas por el discurso de Barbazul. Sangre relacionada con un sentimiento de culpa que le hace sentir el peso del juicio social. La mujer condenada es la mujer que se salva atravesando el umbral y que elige adueñarse del protagonismo doloroso de su historia.

En el cuento «La llave» Luisa Valenzuela se apropia de la curiosidad femenina, promoviéndola como instrumento eficaz para continuar subvirtiendo al discurso prohibitivo que pena su ingreso al terreno del saber. El símbolo de la llave retoma a la mujer el libre albedrío de optar por confrontar o no la narración de su historia. Si decide hacerlo recupera la potestad de reescribirse con la sangre del sufrimiento propio y de los miles de cuerpos mutilados de aquellas que optaron por atravesar el umbral sin retorno que la separa de sus miedos. No es solo el albedrío de ceder o no a su curiosidad femenina lo que la protagonista pretende transmitir de su experiencia, sino también esta parte que habla del verdadero sentido de este ejercicio de poder femenino. Vencer el miedo a las represalias, actuar de frente a cara descubierta confrontando al opresor como lo han hecho las Madres de Plaza de Mayo desafiando los miedos externos e internos. Esta parece ser la lección que la protagonista pretende transmitir, no solo se trata de recuperar los cuerpos desaparecidos de la memoria o los trozos prohibidos por una historia oficial, sino también, siguiendo el ejemplo de las Madres, enfrentar cara a cara a Barbazul en el centro mismo de su poder. Un Barbazul que como un reflejo especular juzga desde afuera y se entrecruza con el abyecto que toda mujer porta en lo más recóndito de su juicio colectivo. Para desde ese punto equidistante en el que se encuentran el reflejo y su imagen, levantar con orgullo esa llave manchada de sangre muestra inefable del ejercicio de su «sagrada curiosidad» que le permite seguir desafiando al poder opresor interno-externo.






Bibliografía

  • DÍAZ, Gwendolyn, «Entrevista con Luisa Valenzuela», en: Gwendolyn Díaz y María Inés Lagos, La palabra en Vilo: Narrativa de Luisa Valenzuela, Chile, Editorial Cuarto Propio, 1996.
  • —— «El cuerpo como texto político en el cuento de Luisa Valenzuela», Letras femeninas, XXVII, 1, 2001, págs. 164-176.
  • PINKOLA ESTES, Clarissa, Mujeres que corren con los lobos, 4ª Edición, Trad. M.ª Antonia Menini, Barcelona, Ediciones B, 2001.
  • VALENZUELA, Luisa, Cuentos completos y uno más, México, Alfaguara, 1999.


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