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Ésta es, al menos, la tesis que desarrolla Emilio Mendizábal Losack (1961). No parece desacertada esta idea, pues la existencia de tales pinturas incaicas se halla comprobada con el testimonio de los cronistas Sarmiento de Gamboa, Cristóbal de Molina (el cuzqueño), José de Acosta y Martín de Murúa.
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En esta
dirección apunta, asimismo, por lo que coincide con Padilla
Bendezú (48-49) Emilio Mendizábal Losack (283) cuando
advierte: «Si esto es exacto, el
verdadero sentido de qellqa
fue, en la época precolombina, de registro; registro en
función mnemótica, realizado a base de
imágenes coloreadas o pintadas. Estas imágenes, por
la función mnémica de la qellqa, deben ser
consideradas como signos»
.
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Madrid: Biblioteca de Autores Españoles (1954) 189.
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Un poco antes, el
mismo personaje reflexiona: «No
quería acatar ya ninguna ley emitida en las sombras por la
mano de una sombra ciega, sino ordenarse él mismo y
obedecerse él mismo, asumir su propio futuro»
(La tumba del relámpago 184).
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También Scorza quería hallar un nuevo punto de partida para su narrativa, tras saldar cuentas pendientes con la historia en «La guerra silenciosa» y La danza inmóvil -primera novela del que debía convertirse en un nuevo ciclo titulado «El fuego y la ceniza»- que, por fin, le hicieron sentir libre. Ese nuevo punto de partida debía tomar forma en La verdadera historia del descubrimiento de Europa, novela que quedó truncada por un desgraciado accidente en el aeropuerto de Madrid, en noviembre de 1983, en el que también perdieron la vida Ángel Rama, Marta Traba y Jorge Ibargüengoitia, entre tantos otros.