Nombrado por el
venerable Director de esta Academia para que emita informe sobre la
obra titulada La Nao
Histórica «Santa María», escrita
por el Vicealmirante D. Víctor María Concas, me
complazco en manifestar que pocas veces he hallado reunidas en no
más de ciento cincuenta páginas un tan gran
interés de narración, de datos curiosísimos y
de grandiosos recuerdos de la España del siglo XV.
Los señores
Académicos no habrán olvidado que, para conmemorar el
IV Centenario del descubrimiento de América, fué
construído un buque, reproducción exacta de la
Nao «Santa
María», cuyo mando se le concedió al
entonces capitán de fragata Sr. Concas, y que ésta nave
zarpó del puerto de Cádiz el 10 de Febrero de 1893,
llegando á Canarias el día 16 y á San Juan de
Puerto Rico el 30 de Marzo; que después de tocar en La
Habana y detenerse algún tiempo, continuó su viaje
hasta New-York, y desde allí á Chicago, donde
dió fondo el 7 de julio del mismo año.
Este viaje debe
calificarse de atrevidísimo al par que afortunado, gracias
á la sin rival pericia de su comandante, que supo vencer
dificultades y grandes riesgos originados por distintas causas. El
Diario de la derrota, consignada en el libro que informo,
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es de un palpitante interés, que llena de
admiración á todo hombre de mar. Desde Cádiz
á las Antillas efectuó este viaje la pequeña
Nao, sola y á la
vela, navegando con un aparejo de cuatro siglos ha. Del 4 al 6 de
Marzo sufrió un brisote muy duro, que puso de manifiesto el
mal gobierno de la nave, pues daba guiñadas de siete
á ocho cuartas; del 22 al 24 la alcanzó un furioso
temporal, y refiriéndose á él dice el
Sr. Concas
en su Diario:
«Las
guiñadas son increíbles, y la Nao, revolcándose, se deshace,
amenazándonos los golpes de mar que rompen sobre el costado.
Se cerraron las escotillas y se tomaron cuantas precauciones
exigía la gravedad de nuestra situación,
doliéndome de no haber insistido en la colocación de
las quillas laterales, pues el mal gobierno acrece el peligro
considerablemente. Se echó por barlovento un saco lleno de
estopas empapadas en aceite, cuyo resultado fué asombroso,
pues ganó mucho el gobierno de la Nao y con ello la posibilidad de
defendernos. Pasó una barca corriendo el temporal con las
gavias bajas. La tripulación muy valiente, pero muy
fatigada.»
En su notable obra
describe el ilustre marino la Nao
«Santa María», haciendo de sus
condiciones todas un análisis crítico admirable y que
constituye, acaso, lo más valioso de la
narración.
Pálido
sería cuanto yo pudiera expresar, respecto al
patriótico interés que despertaron en todo el
país, los preparativos del viaje de la Nao; pero su comandante, D. Víctor María
Concas, lo relata con insuperable inspiración y verdad
conmovedora.
Dice
así:
«La
opinión pública, con ese certero instinto que dirige
el sentimiento de los pueblos que, como el nuestro, están
encariñados con sus glorias, al considerar la Santa María como propiedad de
toda España, con tripulación de españoles,
puesta en la lista de su flota, y al mando de uno de sus capitanes
y con la antigua bandera de Castilla enarbolada en su popa,
vió en el conjunto la resurrección de las pasadas
glorias que dieron un mundo á la humanidad; no vió la
carroza histórica de una procesión cívica y
naval, sino la propia historia que quedó escrita
—483→
con la quilla de la Nao
«Santa María» á través del
Océano; vió el surco por donde desbordó la
Europa afligida del feudalismo y de la intolerancia religiosa en
busca de esa playa donde Colón, al mismo tiempo que alzaba
el pendón de Castilla, dejaba empezado el gran
período de la Edad Moderna. La opinión pública
vió el viaje solamente, dejando la Nao como si no existiera, y como tal
nos acogió como héroes á los que
debíamos verificarlo; que, ciertamente, tendríamos
muy buena voluntad, pero aún nada habíamos hecho; y,
sobre todo, no habíamos hecho el viaje con Colón, sin
duda por haber nacido cuatrocientos años después. Sin
embargo, no faltaba gente que lo tomara á lo serio en los
arranques de entusiasmo que dominaban el corazón del pueblo
español; y así, entre muchos, puedo citar una mujer
que me enseñaba á su hija diciendo: «ese es
Colón»; y el angelito, con su manecita, me
señalaba; y puede ser que el día que sea mujer jure y
no haya quien la apee de que el mismo Colón le dió
bizcochos y almendras en 1892.»
Y este entusiasmo
patriótico que anota el autor revistió una forma de
poética grandeza que, invadiendo los ánimos de todos
los tripulantes, se cristalizó en las siguientes palabras
del señor Concas:
«Conforme al
programa, me trasladé á la vela desde Huelva al otro
río frente á Palos, donde debía pasar la noche
del 2 al 3 de Agosto, aniversario de la salida de Colón.
Allí quedó sola la Nao «Santa María»
representando un papel en que éramos los únicos
actores y espectadores, pues propios y extraños
habían quedado en Huelva, donde al ser obscuro reflejaba el
lejano resplandor de las iluminaciones. Mas esa fiesta, para
nosotros solos, ha sido la más solemne, la más
grandiosa de todo el Centenario; fiesta capaz de evocar
sentimientos sublimes tan grandes como en lo humano cabe dentro de
ese innato dominio que tienen sobre nuestra alma los recuerdos de
la historia patria, cuando revisten las formas de la realidad. En
efecto; el sitio seguramente nada cambiado, y tal como lo vieron
los hombres del siglo XV, idéntica Nao, en el mismo lugar en que estuvo
Colón, tal como debieron verla, y con tan distintos
sentimientos, —484→
él, sus compañeros, las familias de
éstos y los buenos frailes de la Rábida; el recuerdo
del gran continente americano, donde he pasado los mejores
días de mi juventud, que veíamos en su profunda
transformación al través de cuatro siglos, la misma
soledad, el lejano bullicio de las fiestas de Huelva, evocando
frente á frente el hoy al ayer; el panorama, que al irse
borrando entre las claridades del día, nos llevaba en
fantasías á otro siglo y á otras gentes; todos
nosotros, los tripulantes de la Nao de 1892, sin ser románticos
y todos hombres de mundo, avezados á las grandes luchas del
siglo XIX, ligábamos, sin darnos cuenta, el pasado y el
presente en la indisputable y sublime unidad de la historia del
hombre. ¡Sólo nosotros hemos vivido de verdad unas
horas en el siglo XV!»
«Expedicionarios, fiestas, peligros, grandes discursos...
¡todo convencional! ¡Todo pálido y más
que sabido! ¡Todo pequeño ante el cuadro verdad de la
noche del 2 á 3 de Agosto de 1892, á bordo de la
Nao «Santa
María!»
Como sería
incompatible con la reducida extensión de un informe
académico el relato, punto por punto, de cuanto el libro
contiene, pues todo en él es interesante, todo digno de
especial mención y elogio, terminaré diciendo que la
recepción de la Nao
«Santa María» en los Estados Unidos y
singularmente en Chicago, superó en grandiosidad á
cuanto pueda pensarse; más de medio millón de
personas pisaron su bordo; y, según el criterio de un
antiguo Ministro Plenipotenciario de Norte América en
Madrid, la presencia de la Nao había hecho más
propaganda en favor de la amistad entre ambos países que
cuarenta años de relaciones y comunidad de intereses. No lo
creyó así el Sr. Concas al leer los libros de Mahan contra
España, y constándole el apoyo que se prestaba
á los conspiradores cubanos, opinando que, si en el
país era un hecho verdad la simpatía á nuestra
Patria, no lo era en el elemento político. Seis años
después los sucesos le daban la razón.
La
histórica Nao
fué donada á Chicago, donde había de
permanecer, y su comandante, el Sr. Concas, refiriéndose al acto de la
donación, dice:
—485→
«Antes de
dejar la Santa
María, creyendo que no podíamos quedar sin un
recuerdo de una expedición que pasara á nuestros
hijos, como un deber que España cumplió con su propia
historia, remití al Museo Naval la bandera española
izada en el mar y en la entrada de los puertos, y el
gallardetón de Castilla usado entonces á popa,
saludadas ambas por todas las naciones del mundo y saludadas sin
respuesta, como prueba de inmenso respeto á la página
más grande de la historia de la civilización; ninguna
igual ni de más trascendencia desde el misterio del
Gólgota; página española de colosal grandeza,
origen de 23 pueblos civilizados, página tan grande, que en
esa monomanía de censurar lo nuestro, casi no comprendemos
que las primeras naciones del mundo quisieran para lo mejor de su
historia un sólo retazo de una de tantas páginas
inimitables de la nuestra.»
En resumen,
considero que esta obra merece la más alta estimación
y su autor los más sinceros plácemes de la docta
Academia y de la Marina; que sus páginas, como aquél
dice en el prefacio, escritas están en espera de otras
generaciones, por lo que dedica el libro á sus descendientes
que vivan en 1992 y á los que entonces sean oficiales de la
Armada, que algo útil encontrarán en él cuando
se celebre el V Centenario del descubrimiento de
América.