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Hace poco leía una opinión contraria a la mía, del reseñista Juan Ángel Juaristo, a quien cito: «Realizar una reseña adecuada de este libro significa, de entrada aceptar casi sin ambages los presupuestos de los que parte. De no ser así, puede producirse un rechazo a todas luces injusto porque se origina en prejuicios debidos al propio interés del que hace la reseña. Me explico: uno no es proclive a esta suerte de narrativa, muy prolífica en estos tiempos, en que el autor procura retratar ciertos caracteres sociales con una clara intención de desenmascarar esas falsas actitudes ideológicas que todo grupo humano procura (sic). Y no es proclive porque supone que, tras ello, se esconde una vieja estética, obsoleta durante decenios, pero que siempre pugna por salir disfrazada de otra cosa. Es decir aquel curioso costumbrismo del XIX vuelve de nuevo a la carga pero despojado de aquella ingenuidad, para nuestra manera actual de leer, que sus autores sembraban por doquier en sus descripciones». Blanco y negro cultural, 17-5-2003, p. 9.

 

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Véase Michael Fried, (1990) El realismo de Courbet, Madrid, La balsa de la Medusa, 2003, donde se estableee con claridad la distinción entre la obra teatral y la autocontenida obra realista.

 

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La cita de Juan Benet es sumamente sabrosa. «La realidad cotidiana, entre 1945 y 1955, ofrecía tan escasos motivos de estímulo que se comprende, sin necesidad de recurrir a las simplezas del psicoanálisis, la afición a buscar una cierta amenidad en una zona escatológica de la fantasía que está mas cerca del portento que de la casualidad. Pero el mentís diario que el curso rutinario de los acontecimientos impone a unas esperanzas mal concebidas, a menudo da origen a un escepticismo de segundo grado, una suerte de perverso regocijo en la adversidad y un desquiciamiento de la credulidad porque a medida que lo esperado se torna más improbable, más deseable se hace lo más inverosímil.», Otoño en Madrid, Madrid, Alianza, 2003, p. 27.

 

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La publicación de La ciudad y los perros (1962), de Mario Vargas Llosa, y Rayuela (1963), de Julio Cortázar, siempre se consideran seminales para la renovación de la novela en España a comienzos de los años sesenta. Miguel Herráez en «La novela española y sus rupturas. A treinta años del inicio del Boom latinoamericano», Especulo, n° 6 , expone las opiniones críticas más relevantes expuestas sobre el asunto, entre ellas la autorizada de Joaquín Marco, que viene a coincidir en que la influencia de Vargas Llosa fue superior en su momento a la de Martín-Santos.

 

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Recuerdo el comentario que me hizo Gregory Rabassa, traductor al inglés de Cien años de soledad y de Volverás a Región (1967), de Benet, que esta última le parecía la mejor de las obras que había traducido hasta el momento.

 

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La historia de esa recepción la cuenta muy bien José Manuel López de Abiada en «Nuevas estrellas en la galaxia Gutenberg», José Manuel López de Abiada, Hans-Jörg Neuschafer y Augusta López Bernasocchi, editores, Entre el ocio y el negocio: industria editorial y literatura en la España de los 90, Madrid, Verbum , 2001, pp. 15-43.

 

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Construcción y sentido de «Tiempo de silencio», José Porrúa Turanzas, Madrid, 1977.

 

18

Tom Wolfe escribió elocuentes palabras sobre este tema en el capítulo «My Three Stooges» de su libro Hooking Up, New York, Farrar, Straus, Giroux, 2000, p. 167 y ss.

 

19

Tom Wolfe escribió elocuentes palabras sobre este tema en el capítulo «My Three Stooges» de su libro Hooking Up, New York, Farrar, Straus, Giroux. 2000. p. 167 y ss.

 

20

Pierre Bourdieu, (1972) «Modes of domination», en Outline of a Theory of Practice, Cambridge, Cambridge University Press, 1999, p. 197.