[Nota preliminar.Edición digital
basada en la edición de Madrid, Oficina de la Viuda
de Juan Muñoz, 1762, cotejada con la de Jesús
Cañas Murillo, Badajoz, Universidad de Extremadura,
1989.]
A la Exc.ª Señora Doña Mariana de
Silva y Toledo, Duquesa de la ciudad de Medina Sidonia, Condesa
de Niebla, Marquesa de Cazaza en África, Señora
de las almadrabas de las costas de Andalucía, y de
las villas de Trebujena, Conil, Chiclana, Vejer, Bollullos,
Huelva, y las de su partido: San Juan M Puerto y Aljaraque,
de la de Jimena y dozava parte de la de Palos, de la de Gausín
y sus lugares, y de la de Almonte, Dama de la Reina difunta,
nuestra señora, etc. etc.etc.
Señora.
Conociendo
los errores que han advertido los críticos en el teatro
español, determiné purgar la Comedia de todas
las impropiedades de que comúnmente abundan las nuestras,
y así compuse La Petimetra, por el modelo de los más
clásicos autores griegos y latinos, italianos y franceses
que han merecido el aplauso de toda Europa, y cuyas obras
se representan hoy día fuera de España con
general aceptación. Sólo me falta una protección
poderosa para salir defendido contra la obstinación
del vulgo, y así me acojo al auxilio de V.E. suplicando
admita este pequeño trabajo con benignidad, que será
el último fin de mis intentos. Guarde Dios la vida
de V.E. los muchos años que deseo.
Aunque el arrojarse uno a empeños imposibles con
razón es vituperado tan de los cuerdos, suele haber
pasiones tan vehementes que, ofuscando el entendimiento,
no dejan conocer la temeridad. Yo bien conozco la mía;
pero el amor de la Patria puede tanto conmigo que, a trueque
de vindicarla en lo que pueda de las injurias de los extraños,
me expongo evidentemente a las de los críticos y maldicientes
de casa. Bien pudieran excusarme esta afrenta muchos doctos
españoles que, con más felicidad, más
años, y más estudios que los míos, sabrán
perfeccionar la Comedia. Solamente esta proposición
era empeño de mayores fuerzas, pues parece blasfemia
el decir que, habiendo en el mundo Lope, Calderón,
Moreto, Solís, Candamo y otros, haya que añadir
perfección a la Comedia; pues lo cierto es que los
extranjeros, y algunos naturales, se burlan de las nuestras;
y aún ha habido quien afirme que no tenemos una perfecta.
Lope dice que escribió seis con las reglas que manda
la Arte Poética, con que fuera de éstas, que
él no señala cuáles sean, ni a mi noticia
han llegado, podemos con licencia suya echar a un lado, por
desarregladas, y consiguientemente imperfectas, las muchas
que produjo aquel insigne varón. La disculpa que da
no me parece digna del grande entendimiento suyo, pues dice
que escribió sin el Arte por congeniar con el pueblo
y dar gusto al vulgo ignorante; pero yo no puedo creer que,
aunque al vulgo le agrade una cosa desarreglada (que no niego
que sucede), le desagrade otra sólo porque está
hecha según Arte. La razón es clara, y no la
hay para que al vulgo le disguste una comedia, o tragedia,
sólo porque guarda las tres unidades de tiempo, lugar
y acción; y aun al mismo vulgo, que él tanto
quiso agradar, le he visto yo muchas veces admirarse de que
los niños pequeños se hagan hombres en el teatro,
en un tan pequeño espacio, como es el de tres horas,
que regularmente dura una representación; y no menos
admiración es que un vestido dure treinta o cuarenta
años, o más, cuando se supone que los dura
una comedia, cosa que he visto notada aun de los más
ignorantes, sin más noticia del Arte que la razón
natural y el descuido de los actores que hacen más
visible la impropiedad con no deslucir un traje en tanto
tiempo. Algunos juzgan que los Poemas Dramáticos son
como los Épicos o Líricos, que refieren lo
pasado, o lo futuro, sin que tenga conexión la duración
de lo referido con la suya, pues en cortísimo espacio
se pueden referir sucesos de muchos siglos; pero la Comedia,
o Tragedia, no refiere lo pasado, sino lo presente, y, aunque
sean lances muy antiguos, finge que están sucediendo,
y cuanta más propiedad tenga la ficción será
mejor la comedia, con que siendo inverosímil que en
tres horas se vean cosas que se supone que pasan en muchos
años, se sigue que la comedia ni está arreglada
al Arte ni a la razón natural.
Así como es
impropio que en tres horas se represente una crónica
entera, lo es también que se mude la escena veinte,
treinta o más leguas de donde se empezó. Esto
no necesita de autoridades ni sutilezas para probarse, pues
a cualquier hombre de juicio le parecerá imposible
ver, sin moverse de un puesto, la fachada del Palacio nuevo,
el Capitolio de Roma y la Bahía de Argel. En la unidad
de acción se han cometido tantos errores que juzgo
que ellos han sido origen de los demás, pues, como
han amontonado en las comedias tal multiplicidad de lances,
ha sido preciso alargar la duración y alejarse muchas
leguas para desatarlos todos. Aquí es donde oigo yo
levantarse contra mí la turbamulta de los necios,
llamándome atrevido, temerario, sacrílego y
blasfemo, enemigo de la Patria, pues digo contra sus hijos
semejantes insolencias, habiendo merecido muchos de ellos
los mayores elogios de los hombres más insignes del
orbe; y, en fin, rematarán diciendo que las comedias,
así como están, logran aplauso, y que si querré
yo saber más que Lope, ni Calderón, ni otros
muchos que levantaron a los cielos las Musas españolas.
Pero ni todas esas voces me espantan, ni todos los defensores
juntos estiman ni veneran más a nuestros célebres
poetas que yo los estimo y los venero. El que le agraden
al vulgo las comedias sólo porque estén desarregladas,
con licencia del gran Lope, no me parece muy cierto: lo uno,
porque el Arte está fundado en la razón natural,
y ésta no desagradó a ninguno; y lo otro, además
de otras razones, se infiere de la experiencia, porque al
vulgo embelesó en la antigüedad el dulcísimo
Terencio. No ha mucho que el célebre Molière
fue admiración no sólo de los doctos, sino
del vulgo de Francia. Hoy día aplaude hasta el vulgo
de Alemania, y aun el de toda la Europa, los dramas que da
a luz pública el famoso Abate Don Pedro Metastasio.
Y el vulgo de toda Italia corre ansioso a los teatros, por
ver las comedias que continuamente produce el naturalísimo
Goldoni, abogado y poeta cómico veneciano; y, porque
no falte ejemplo español, cuenten las alabanzas que
han logrado justamente las grandes tragedias de Virginia
y Ataulfo del Señor Don Agustín de Montiano,
y verán que compiten con sus letras. Aplaudir yo a
estos célebres varones es deslucirlos, pues nunca
podré hacer más que repetir lo que a una voz
pregona el mundo. Sólo digo que escribieron ajustadísimos
al Arte y lograron los elogios referidos, con que se infiere
de aquí que el Arte no es tan aborrecido del pueblo
como le parece a Lope, y que una comedia, por sólo
estar según Arte, no será mal recibida. Aquí
vuelve otra vez el alboroto, diciendo que, estén o
no estén según Arte nuestras comedias, ellas
agradan así; pero la respuesta se dará más
adelante. Para agradar al pueblo no es preciso abandonar
el Arte; y si alguna comedia o tragedia escritas sin él
agradan, no es por la precisa circunstancia de que estén
desarregladas, pues, si la tal composición tuviera
el Arte, sería al doble más aplaudida. No solamente
espero impugnaciones de los necios, pero aun de algunos más
estudiosos que dirán que yo no escribo nada de nuevo,
pues no hago más que repetir lo que dice Aristóteles
en su Poética, y lo que han repetido muchísimos
comentadores suyos en las más cultas naciones; pero
esta impugnación me sirve de defensa contra la que
me censure de introductor de novedades, pues nuestros más
selectos autores han tocado ya este punto felizmente, y el
condenar yo el método de nuestras comedias, no es
atrevimiento mío, pues lo confesó primero el
mismo Lope de Vega. Cervantes blasfema de ellas. Cascales
en sus Tablas Poéticas se ríe. Don Ignacio
Luzán, a quien estiman los extranjeros, aun más
que los naturales, enseña en su Poética, con
admirable doctrina y profunda erudición, todo lo que
llevo dicho. Don Gregorio Mayans y Siscar hace lo mismo;
y últimamente, el Señor Montiano y Luyando,
en el Discurso de las tragedias españolas, hace una
severa aunque justísima crítica de los autores
españoles que faltaron a estos preceptos; y no es
extraño que yo escriba en esta forma, pues no hay
enmienda alguna, y las pocas comedias que hoy día
salen a luz sacan los mismos defectos, y aun más,
que las antiguas, de suerte que parece que ha sido en balde
el trabajo de estos grandes hombres, padres de la Patria,
y de la española república literaria. Los errores
de las comedias españolas son tantos que en algún
modo disculpan a los extranjeros, quienes con ridículas
mofas y sátiras se han burlado de nuestros grandes
autores, sin que les hayan valido tantos y en tan grandes
primores como se ven en sus dramas; porque como la obra está
mal concertada en todo el cuerpo, no la libra de la crítica
alguna parte, por más que no esté dañada.
Censura a Plauto Daniel Heinsio porque en el Anfitrión
se tarda nueve meses, en los cuales Alemena de Júpiter,
su transformado galán, concibe y pare al grande Hércules;
y añade, como por burla, que apenas es mayor el período
de la Ilíada de Homero que el del Anfitrión
de Plauto; y la razón en que se funda es aquella tan
sabida de Aristóteles que para la acción dramática
sólo concede un día, aunque el Minturno, sin
razón, se alarga a conceder dos. Pues ¿qué
diría de nuestras comedias este crítico, al
ver que se pasan los años, y aun los siglos, sin sentir
en el teatro? El célebre Luzán hizo un capítulo
aparte de los defectos más comunes de nuestras comedias;
y, aunque en algún modo parezca que repito lo que
dijo este gran poeta, diré brevemente algunos, sin
que por esto se infiera que yo no estimo como debo a nuestros
cómicos. La comedia de SanAmaro, la de Los siete
durmientes, Los trabajos de Adán y Eva, El conde de
Saldaña, y otras infinitas, más que comedias
se pueden llamar historias representadas, según la
duración de sus acciones. La desunión de lugar
se nota en las mejores y más bien parladas comedias
nuestras, pues hay alguna cuyas tres jornadas se representan
en las tres partes del mundo, y me admiro que no hayan puesto
cuatro actos para que no quede desconsolada la América;
pero ya se acordó de ella el Maestro Tirso de Molina,
que en las hazañas de los Pizarros saltó desde
Trujilo al Perú, y yo he visto comedia del giro que
hizo en el orbe la nave la Victoria, donde es gusto hallarse
ya en el Estrecho de Magallanes, ya en las Islas Marianas,
ya en las Filipinas, ya en las Molucas y Maldivias, ya en
el Cabo de Buena Esperanza, ya en las Canarias, hasta llegar
a Sanlúcar, donde se empezó la comedia. En
la unidad de acción se puede verificar mejor que en
cosa ninguna el gusto estragado del vulgo, que dijo Lope.
La culpa de esto, sin duda, la tiene el profundo Calderón,
quien con la inmensa fantasía de que pródigamente
le dotó naturaleza, amontonó tantos lances
en sus comedias que hay alguna que de cada acto, o jornada,
se pudiera componer otra muy buena, y el vulgo, embelesado
en aquel laberinto de enredos, se está con la boca
abierta hasta que al fin de la comedia salen absortos, sin
poder repetir toda la sustancia de ella; pero los hombres
de juicio, que saben que la Comedia se hizo para corregir
las malas costumbres, y que no podemos cumplirlo sin entenderlo,
conocen que es superflua e inverosímil toda aquella
redundancia, la cual es originada de la libertad, que se
toman, en que dure la acción lo que ellos quieren;
pues si la redujeran a los límites del Arte, no pudieran
en tan poco tiempo desatar tantos enredos, y si alguno lo
conseguía, tropezaba con la inverosimilitud, porque
es imposible, o, a lo menos, muy extraño, que en un
día y en un paraje le sucedan a un hombre tantos acasos.
Otras impropiedades, no menores, se notan en nuestras comedias.
Sea la primera en la del Cerco de Roma por el Rey Longobardo
Desiderio, que estando acampado este pagano a vista de aquella
ciudad, ve en sueños a Carlo Magno en Francia, y a
Bernardo, que está en España, lo que, aunque
no es imposible que pudiera soñar él, lo es
que se lo haga percibir visiblemente al auditorio, el cual
lo está oyendo todo y viendo desde su asiento tres
parajes tan distantes, lo que pudiera haber evitado el autor
con hacer referir el sueño en alguna pequeña
relación. No es menos duro después aquel paso
tan desatento, que sucede en Roma ya acabado de llegar Bernardo,
cuyas descorteses fanfarronadas y arrogancias vanas y jactanciosas,
impropias en tal lance y en persona de su esfera, más
deslucen que acreditan a aquel valiente español. En
La Cisma de Inglaterra, el embajador de Francia hace y dice
su embajada delante de todas las damas de palacio; y en la
de Rendirse a la obligación, otro embajador da su
embajada a la Reina en su jardín delante de los jardineros,
y uno de ellos (que es un príncipe disfrazado) riñe
con el dicho embajador, porque anduvo descomedido con la
Reina. Si estos pasos son o no son verosímiles, senténcienlo
los desapasionados juiciosos, que yo no quiero cansarme en
vano. La altura del estilo sublime de nuestras comedias es
censurada también porque hablando, como se supone,
los actores de repente, no pueden proferir agudezas tan artificiosas,
y sutiles, como se oyen a cada paso, y más debiendo
ser personas humildes y plebeyas. Otras impropiedades hay:
v. gr. no guardar el carácter del sujeto, de la nación
y el siglo en que se supone. Los lances tan frecuentes de
las tapadas quiero que los sentencie todo el mundo, y diga
cualquiera si no conocería por la voz y por otras
mil señales a su hermana o dama o a otra con quien
tenga mucha comunicación, y suele haber conversaciones
bien largas, y la señora está muy segura, fiada,
sólo a la raridad de un manto, sin que la conozca
quien continuamente suele estar pensando en ella. La instrucción
moral, que es el alma de la Comedia, pocas son las que la
tienen, siendo circunstancia esencialísima, porque
el fin de la Poesía es enseñar deleitando,
y para esto es la Comedia; y hay algunas, que, aunque su
asunto principal no es manifiestamente malo, suelen tener
algunas cláusulas que pudieran compararse con las
de Menandro y Aristófanes, y éste es el motivo
por qué han sido perseguidas las comedias tantas veces
por varones religiosos, y cristianos, lo que no sucediera
si estuvieran según el Arte, que enseña a ultrajar
el vicio y a dejar siempre triunfante la virtud. De todo
lo arriba dicho se origina una cuestión, y es, si
nuestros autores cómicos supieron el Arte, o no. Muchos
son de la segunda opinión, y dicen que, si acaso le
supieron, ¿cómo no le mostraron en una u otra comedia
con distinción, escribiendo alguna en particular para
los doctos quien escribió tantas veces para los necios?
Pero se acredita de ello quien tal piensa, pues del gran
Lope consta que le supo cuando supo distinguir, aun en sus
mismas comedias, las unas de las otras. Y aun sin esta razón,
¿quién pudiera persuadirse que un hombre de tan vasta
erudición, y doctrina, como Lope, ignorase una cosa
tan trivial para quien discurría divinamente en materias
más profundas? Una cosa es el capricho y otra la ignorancia,
y de ésta no tuvo nada el gran poeta español:
él dio en aquel Arte nuevo, y Calderón le siguió
como vio la aceptación de las comedias de Lope, que
no porque ignoraba el modo de hacer bien una comedia; y lo
mismo digo de los demás autores de aquel tiempo, en
el cual, aunque no se practicaba, se sabía el Arte
en España, pues Cascales le enseña bien. Suelen
también decir muchos que si a un poeta le dan por
asunto de una comedia la vida de éste, o el otro,
que fue larga y de varios lances sucedidos en muy distintos
parajes, que es preciso que abandone el Arte para referirlos
todos y mude la escena muchas veces; pero a esto responderá
el Padre Homero en la Ulisea, y Camoens en la Lusiada, y
por todos el gran Virgilio, el cual pone a Eneas en Cartago
contando a la reina Dido, por vía de conversación,
el incendio de Troya y la causa de sus peregrinaciones, lo
que también, como el épico, puede hacer el
poeta cómico, y así lo hizo Moreto en El desdén
con el desdén, cuando Carlos cuenta a Polilla en aquella
relación todas las circunstancias de su amor y la
esquivez de Diana, lo que otro poeta no hubiera contado si
no lo hubiera hecho ver representado, cansando al auditorio
con un año de ingratitudes. Y para que mejor se vea,
hagamos un paralelo de dos comedias escritas a un mismo asunto,
que es la fidelidad de Temístocles: la una es española,
cuyo autor, sin perder de vista la historia (no por seguir
la verdad, pues algunas veces que no importa la abandona),
considerando que la injuria que le hicieron fue en Atenas,
empieza allí la acción, y luego se viene a
Persia, en cuyo viaje y sucesos con Jerjes gasta muchísimo
tiempo y mil impropiedades y bufonadas del gracioso, violentas
en tan serio espectáculo: él hace dos comedias
en una, faltando notablemente a la unidad de lugar y a otros
primores del Arte; pero el grande Metastasio que los sabe
todos, imitando al escultor, que de un tronco de diez varas
hace una estatua de dos, arrojando lo inútil, echó
por el atajo, y puso a Temístocles en Susa, corte
de los reyes de Persia, y en aquel día mismo acaba
toda su acción con admirable artificio, informando
al auditorio de todo cuanto conduce a aquel intento. Vistas
las circunstancias de la historia, y la comedia primera,
parece que no se podía componer de otro modo. Pues
miren como le halló el Arte para hacerlo más
hermoso, más natural y verisímil. Otra perfección
encuentro en este drama, y es que Temístocles halla
a su hija Aspasia en aquel mismo día en Persia, y
admirado la pregunta cómo fue allí su venida,
a lo que ella responde en pocas palabras que fue arrojada
de una tempestad. Cuya respuesta, si hubiera quedado a cargo
de otro poeta, olvidado del lance lastimoso y de la prisa
en que se hallaban, hubiera hecho a la muchacha pintar una
borrasca tan furiosa, con tales coloridos, que no la compitiera
Ovidio, Lucano, Virgilio, Estacio, Séneca, Homero,
ni Camoes. No hubiera dejado nombre náutico que no
la hiciese decir por ostentarse erudito; pero Metastasio
conoció que la mayor erudición era pintar aquel
lance como pudiera haber sido, y así le sacó
muy natural. Ahora vuelve la pregunta a que ofrecí
responder, y es que ¿cómo aunque están sin
Arte agradan tanto nuestras comedias? A esto digo sin lisonja:
que ¿a quién no ha de agradar y embelesar por extremo
aquella prodigiosa afluencia, tan natural y abundante, del
profundo Calderón, por cuya dulce boca hablaron suavidades
las Musas? ¿Quién no admira la discreción de
Solís, de Don Francisco de Rojas, de Don Agustín
Moreto, de Candamo, de Montalbán, y otros muchos?
Y qué hombre habrá tan idiota, que no admire
absorto la facilidad natural, y la elegancia sonora del fecundísimo
Lope, el cual fue tan excelente en lo lírico que no
cede ventajas al Petrarca. En lo heroico fue sublime. Hable
su Jerusalén y callará la de Tasso, pues (exceptuando
el orden y disposición) tiene cosas tan altas y divinas
que al haberlas escrito un forastero, las trajeran los españoles
continuamente en la boca. Allí se ve aquel furor arrebatado
y encumbrada fantasía que constituye el numen de los
verdaderos poetas y los distingue de los versificantes y
coplistas. No es de mi asunto hacer cotejos, pero tiene muchos
pasos iguales a la Eneida, y algunos que la exceden; y si
le oyera cantar sus divinos versos, le hiciera reverencia
el gran Virgilio. Esto que digo ingenuamente es para que
se vea el justo aprecio que yo hago del mérito y la
virtud, y que yo no he concebido ningún odio ni envidia
contra tan insignes hombres, los cuales abandonaron el Arte,
que no ignoraban, solamente por capricho y novedad, y esto
ha sido lo que les ha quitado la estimación entre
los doctos, porque, aunque en las mismas comedias desarregladas
se encuentran cosas altísimas, sucede lo que en una
ciudad mal dispuesta, que, aunque tenga edificios suntuosísimos,
todos se lastiman de verlos mal empleados en semejante paraje;
y no son todas las comedias totalmente imperfectas, pues
hay muchas que, si no son buenas, lo quedarán con
poquísimo reparo; v. gr. Los empeños de un
acaso; Antes que todo es mi dama; El amor al uso; También
hay duelo en las damas; Mejor está que estaba; No
siempre lo peor es cierto; El esclavo en grillos de oro;
El tramposo con las damas; y otras, de las cuales hay alguna
que, con sólo quitarla o añadirla una palabra,
quedaba perfecta. Sólo resta dar un ejemplar y ver
si se pueden poner en práctica las reglas de esta
teórica. Muchos célebres en ésta no
han acertado en aquella: yo no pienso haberlo conseguido
en una ni en otra; pero mi intento no es el de enseñar
que no me juzgo capaz de eso, sino el de excitar para que
algún docto español perfeccione con más
juicio lo que yo empiezo. Por ahora presento La Petimetra,de la cual quisiera hacer una desinteresada crítica,
pero el miedo de que juzguen apasionado me detiene, sólo
advertiré de paso algunas cosas, y así digo
que el sujeto me parece propio y el asunto natural para lo
cómico. Heme apartado de los comunísimos que
tenemos, donde todos son enamorados, duelistas y guapetones;
pero tampoco lo he olvidado del todo, por ser del gusto y
carácter de la nación. El de la petimetra Doña
Jerónima, si no está más exprimido,
fue por no alargar la comedia. La instrucción moral
está patente, sin que haya multitud de sentencias,
por no incurrir en el delito de Séneca. La acción
se representa en Madrid; y, aunque algunos autores, y entre
ellos Pedro Cornelio, permiten que una comedia se represente
en una ciudad y en sus contornos, yo no he querido usar de
tanta licencia. Nuestro Luzán dice que en distintos
parajes de una ciudad se puede hacer la comedia, porque le
parece inverosímil que en uno sucedan todos los lances;
pero sin que, a mi parecer, se note inverosimilitud ni violencia,
he logrado colocarla no en el ancho circuito de Madrid, ni
en una casa, sino en una pieza particular, donde tiene el
tocador Doña Jerónima, y de allí no
se sale un paso, ni aun al cuarto de más afuera, y
esto es lo que con propiedad debe llamarse unidad de lugar.
La de tiempo está guardada tan fielmente que no se
tarda en la acción más de lo que pueda tardar
en representarse, de suerte que su duración no pasará
de tres horas; y, aunque pudiera alargarla por todo el giro
o período del sol que da Aristóteles, he querido
sujetarme a lo que es más natural: y, aunque está
ya recibido, si se mira con rigor, no dejará de ser
violento que lo que pasa en ocho o diez horas pueda reducirse
a tres, pero yo no intento quitar esta libertad. No imagine
nadie hallar en mi comedia tantos enredos como en otras,
pues el tiempo ni el paraje inmutable no lo permiten, ni
fueran verosímiles tampoco. Menos se encontrará
aquel estilo sublime y elegante, pues yo nunca le tuve, ni
aunque le tuviera le usara en la humildad de una comedia.
Todo su contexto me parece verosímil y creíble.
Que tenga algunas faltas, ni lo niego ni lo dudo, porque
no soy ángel; pero se la pueden suplir por las demás
circunstancias que tiene, pues, sin que sea vanagloria, juzgo
que pocas comedias observarán los preceptos tan religiosamente.
Esto no es decir que yo sea más que Lope, ni Calderón,
ni Solís, a quienes venero mucho, y también
lo hacen, aunque con disimulo, los de afuera, pues algunos
conceptos suyos he notado yo traducidos, con particular gusto
mío, en las comedias extranjeras. Para corregirme
mis defectos no es menester sátiras ni apodos. Yo
le agredeceré infinito a cualquiera que, mejor informado,
me advierta mis descuidos, y públicamente le confesaré
por mi maestro, pues yo no tengo vergüenza de aprender,
y agradézcame la patria mi intención, pues
yo por defenderla me expongo: si no lo he conseguido, fue
al menos noble el intento, y será feliz, si algún
docto compatriota, estimulado, corona con perfección
lo que yo empecé toscamente, que lo conseguirá
sin duda.
PERSONAJES
DON DAMIÁN.
DON RODRIGO, su tío.
DON FÉLIX.
ANA,criada.
DOÑA JERÓNIMA.
MARTINA,criada.
DOÑA
MARÍA.
ROQUE.
La escena se representa en Madrid,
en el cuarto de DOÑA JERÓNIMA.