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Acto tercero

 

Sala de armas del castillo, con puerta y ventanas practicables en el fondo, que dan a una galería. Puertas en los costados, cubiertas por cortinas árabes. A la derecha del actor, en primer término, un ajimez. Bufete con luces en el lado opuesto.

 

Escena I

 

BELTRÁN.

 
Tiempo resta. Ojo avizor
hasta que llegue el momento.
No se escucha otro rumor

(Mirando por el ajimez.)

que en los pinares el viento
y el silbo del ruiseñor.
Mas, ¡ay!, los agüeros van
torciéndose. Una corneja   (Vuelve a la escena.)
voló. ¿Qué es esto, Beltrán?
¿Te predice algún desmán?
En tu loco empeño ceja.
¿Qué hacer? ¿Me arrepiento y hablo?
Quien canta su mal espanta.
Cantemos, sí... ¡Guarda, Pablo!
Él es quien es. ¿Y si el diablo
tira luego de la manta?
¿Si se sabe que fui yo
el que...? Diré que no fui:
San Pedro a Cristo negó;
y a Dios gracias tiene un no
tantas letras como un .
Ya mi palabra empeñé.
Conciencia, ¿por qué me escarbas
y haces vacilar mi fe?
¿Si lo haré?... ¿Si no lo haré?
Callen faldas y hablen barbas.

(Asomándose al ajimez.)

A no marrar la doctrina,
del pastor, que bien recuerdo,
son las diez; pues ya declina
y toca en el brazo izquierdo
la boca de la bocina.
Aún largo tiempo la luna
tardará en dar en el puente,
que es la señal. Viene gente.
 

Escena II

 

BELTRÁN y un VIEJO.

 
VIEJO. ¿Es mi presencia importuna?
BELTRÁN. Dios te guarde, buen Lorente.
¿Qué ocurre? ¿Tú por acá?
VIEJO. He venido por mandato
del ama.
BELTRÁN.              Rezando está,
y aún en salir tardará.
Tienes que esperar un rato.
VIEJO. ¡Paciencia!
BELTRÁN.                   Al fin has de hacer
aquí noche.
VIEJO.                   ¿En el castillo?
BELTRÁN. Es claro.
VIEJO.               No puede ser.
BELTRÁN. Pues hasta el amanecer
no se levanta el rastrillo.
VIEJO. ¡Aquí encerrado hasta el día!
Necesita mi aflicción
aire, campo.
BELTRÁN.                    ¡Bobería!
VIEJO. ¿No sabes que mi agonía
raya en desesperación?
BELTRÁN. ¡Desesperarse a tus años!
Ellos mostrarte han debido,
con patentes desengaños,
que es gran médico el olvido
para irremediables daños.
Y Constanza, ¿halló consuelo?
Mas ¿cómo aliviar su duelo?
Y al fin tendrá que ser monja
¡Qué lástima!... Sin lisonja,
la pastora es como un cielo.
Pues matar al delincuente
no es la mejor medicina.
Piénsalo bien: sé clemente.
Quien pronto se determina,
despacio al fin se arrepiente.
¿Qué dices?
VIEJO.                     No digo nada.
BELTRÁN. Parece que estás difunto.
VIEJO. Recordar me desagrada
esa historia desgraciada.
BELTRÁN. Pues hablemos de otro asunto.
Ya sabrás que comenzó
la guerra.
VIEJO.                Ya lo sé.
BELTRÁN.                              Y di:
¿será larga?
VIEJO.                    ¿Qué sé yo?
BELTRÁN. ¿Irán los de Astorga?
VIEJO.                                   Sí.
BELTRÁN. ¿Y los de Palencia?
VIEJO.                                No.
BELTRÁN. Gente de tanto valer
debe acudir la primera.
Mucha sangre va a correr.
Y, según tu parecer,
¿quién triunfará?
VIEJO.                           El que Dios quiera.
BELTRÁN. ¿Y qué me dices de Antón?...   (Pausa.)
estoy respuesta aguardando,
¿y callas como un hurón?
VIEJO. Te respondo así: callando.
BELTRÁN. ¡Vaya una contestación!
Un rústico llevó un día
al cura de su lugar
cierto asnillo que tenía,
perjurando que leía
con acierto singular.
El preste, de ingenio romo,
busca limpia y abre un tomo:
lo mira el asno sesudo;
mas ¿leer? Ni por asomo,
se estaba mudo que mudo.
Ya el cura se amostazó,
e impaciente exclamó así:
«¿Lee este animal o no?»
Y el otro le respondió:
«Leyendo está para sí.»
VIEJO. Viene el ama a este aposento...
BELTRÁN. Te dejo en su compañía;
y advierte que no es atento
responder como leía
el borrico de mi cuento.   (Vase por el foro.)
 

Escena III

 

DOÑA JUANA y el VIEJO.

 
D.ª JUANA DE MENDOZA. Anciano, guárdete el cielo.
VIEJO. Él más dicha os dé que a mí.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Te he llamado.
VIEJO.                        Y heme aquí.
D.ª JUANA DE MENDOZA. A solas hablarte anhelo.
VIEJO. Honra inmerecida es,
y os beso los pies ufano.

(Hace ademán de rendirse a sus pies.)

D.ª JUANA DE MENDOZA. No quiero yo ver, anciano,
tus canas junto a mis pies.
VIEJO. Vuestra virtud y prudencia
dignas son de gran respeto.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿No presumes con qué objeto
dispuse esta conferencia?
VIEJO. Para calmar mi dolor.   (Con intención.)
Sin duda a anunciarme vais
que ya decidida estáis
a dar muerte al seductor.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Y si la clemencia mía,
compadeciendo su suerte,
le librase de la muerte,
qué pensaras?
VIEJO.                       Pensaría
que hollabais vuestro deber.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Y así tu lengua ha podido...?
VIEJO. Vos sois la que habéis querido
que os diga mi parecer.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Dura respuesta no ofende
en que el dolor tiene parte.
Ahora quiero suplicarte...
VIEJO. ¿Suplicarme vos...?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                               Atiende.
A tu hija Constanza miro
víctima de una vileza,
que la flor de su pureza
torpe mancilló Ramiro.
Ella en crudo padecer
siente el pecho desgarrado;
y ese hombre, ese malvado,
está unido a otra mujer.
Pero lo que el alma llena
de viva saña y horror,
lo que hace el crimen mayor
debe aminorar la pena.
Su muerte, en crudos desvelos
a una esposa abismaría,
y en negra orfandad impía
a dos tristes pequeñuelos.
El juez a la ley ceñido
justo ha de ser, no clemente;
y está el perdón solamente
en manos del ofendido.
Salva, pues, de angustia fiera
a los que inocentes son:
ten de un padre compasión
Habla; decide.
VIEJO.                        Que muera.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Próvida clemencia rija
tu pecho, que el odio encona.
VIEJO. ¿Y cuándo un padre perdona
al seductor de su hija?
¿Sabéis cuánto es adorado
por mísero anciano el hijo
en quien ve con regocijo
su propio ser dilatado;
joya que le da altivez
cuando ya todo le humilla;
sol de juventud, que brilla
sobre su helada vejez;
ángel que, de aciaga suerte
aplacando los rigores,
le va sembrando de flores
el camino de la muerte?
Y cuando en horrible duelo
pierdo en ella apoyo y guía,
mi único bien, mi alegría,
mi luz, mi gloria, mi cielo,
¿queréis que perdone al hombre
que inicuo me la arrebata,
a quien la mata y me mata,
a quien deshonra mi nombre?...
Señora, mi justo encono
me acompañará a la tumba.
¡Yo perdonarle!... Sucumba
mi enemigo. No perdono.
Nunca mayor criminal
que el seductor pudo haber,
que la honra de la mujer
es llave del bien y el mal.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Pero el vasallo olvidó
que quien le suplica así,
hoy todo lo puede aquí.
VIEJO. Mucho sí, mas todo no.
Vos nos disteis sabias leyes;
y vos no ignoráis, señora,
que ante la ley bienhechora
rinden su cetro los Reyes;
que no hay poder soberano
digno de existir sin ella,
que el mismo Rey, si la huella,
de Rey se trueca en tirano.
Rasgando el impuro seno
del que roba y asesina,
la ley es arma divina
con que al malo vence el bueno.
Y ella la muerte reclama
del vil que con alma impura
fue ladrón de mi ventura
y asesino de mi fama.
Obrad, pues, con rectitud,
aunque os duela el sacrificio;
que dejar impune el vicio
es corromper la virtud.
No aguardéis, pues, de mi boca
el perdón de ese tirano.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Advierte...
VIEJO.                  Todo es en vano:
pensad que habláis a una roca.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Sé cuál es mi obligación,
y ya, lo probé mil veces;
pero, ¡ay, anciano!, los jueces
tienen también corazón.
La ley premia al virtuoso,
hiriendo al que la atropella;
pero ¡es la piedad tan bella!...
¡Es el perdón tan hermoso!
Acércate más, anciano;
mira en mí tan sólo ahora
una mujer que te implora
y que te tiende la mano.
Ramiro su grave yerro
en tierra lejana espíe;
por su patria en vano ansíe;
también es muerte el destierro.
Tú no pierdas la esperanza
de gozar horas serenas.
Cuando lágrimas y penas
purifiquen a Constanza,
ya cederán los enojos;
y anudados tiernos lazos,
tú morirás en sus brazos,
ella cerrará tus ojos.
No repliques: bien sé yo
que al fin la perdonarás;
y en breve tal vez...
VIEJO.                                Jamás...
D.ª JUANA DE MENDOZA. Si eres padre, ¿cómo no?
Tú en mi palacio admitido
vivirás siempre a mi lado,
de los míos respetado,
y por mí favorecido.
Tuyo es el puesto que elija
tu ambición: nada lo impide.
Pide cuanto quieras; pide...
VIEJO. Dadme el honor de mi hija.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Qué? ¿No logro conmoverte?
VIEJO. No, que deshonrado estoy.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Es padre!
VIEJO.                 ¡También lo soy!
D.ª JUANA DE MENDOZA. El destierro...
VIEJO.                       No; la muerte.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Ve la sentencia.   (Mostrándola.)
VIEJO.                          Acabad:
firmadla, sed justiciera.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Viejo! Por la vez postrera:
¿rasgo este papel?
VIEJO.                              Firmad.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Alma tenaz y enemiga!

(Después de firmar la sentencia y entregársela al VIEJO.)

No fui yo quien le mató,
sino tú.
VIEJO.             Ni vos, ni yo:
la ley, que premia y castiga.   (Vase por el foro.)
 

Escena IV

 

DOÑA JUANA.

 
A su implacable desdén
da el paterno amor consejo.
Razón tiene el noble viejo,
y por quien soy, que hace bien.
¡Después de afanes prolijos,   (Tristemente.)
morirá un hombre mañana!...
Su viuda será mi hermana;
sus hijos serán mis hijos.
 

Escena V

 

DOÑA JUANA y VIVALDO.

 
VIVALDO. (Sola está.)
D.ª JUANA DE MENDOZA.                   Ven. Te esperaba.
VIVALDO. (Ya penetro su designio.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Quiero de Marina hablarte.
VIVALDO. ¿No oís en la selva ruido
como de caballos?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                              Sólo

(Dirigiéndose hacia el ajimez.)

Rumor de viento percibo.
Desierto aparece el bosque
de la luna al claro brillo.
¡Astro hermoso!
VIVALDO.                           Compitiendo
con vos se amengua su hechizo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Guarda tan galanas flores
para Marina. Contigo
la he de casar.
VIVALDO.                        Ese enlace
no es posible.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                       Di el motivo.
VIVALDO. (Esta es la ocasión.) Señora,
ocultarlo fuera indigno:
sabed que por otra bella
enamorado suspiro.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Y esa mujer corresponde
a tu amante desvarío?
VIVALDO. Lo ignoro.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                 ¿Es libre?
VIVALDO.                                En ajenos
brazos, por mi mal, la miro.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Casada! ¿Y los torpes ojos
pusiste en ella atrevido?
Porque sedujo a Constanza
la vida pierde Ramiro;
conviene a fe que lo sepas.
VIVALDO. ¿Y no es mayor el suplicio,
decídmelo vos, señora,
de quien ama con delirio,
y está por vínculo eterno
a ser que aborrece unido?
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Qué quieres que yo te diga
de caso en que no me he visto?
VIVALDO. (Consigo propia batalla,
y en vano finge desvío.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Vuelve a la razón. Marina,
flor de mágico atractivo,
labrar tu ventura puede;
premio otorga a su cariño.
Con tu dulce compañera
dichoso vive y tranquilo
en las pingües heredades
que yo en dote la destino.
Y si en noble afán de gloria
sientes el pecho encendido,
la gente que puedas arma,
y a tu Rey prestando auxilio,
ya contra el feroz alarbe,
ya contra el inglés altivo,
con sangre en los campos deja
tus altos hechos escritos,
y da con tu humilde nombre
a ilustre raza principio.
Después tornarás ufano
al quieto envidiable asilo,
donde un corazón dejaste
en redes de amor cautivo.
y cuando la edad caduca
te robe el vigor antiguo,
mientras tus hijos combaten,
émulos ya de tus bríos,
báculo hallarás seguro
en los hijos de tus hijos.
VIVALDO. Grandes son vuestros favores.
¡Oh, si pudiera admitirlos!
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Y por qué no?
VIVALDO.                         Perdonad.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Explícate.
VIVALDO.                  Os lo repito:
ardo en otro amor.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                             Culpable.
VIVALDO. Inmenso.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                Dale al olvido.
VIVALDO. ¿Basta querer?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                        Basta.
VIVALDO.                                  ¿Cómo
ahogar del amor el grito?
En vano batalla, en vano,
contra el corazón el juicio,
que siempre en la pugna queda
por vencedor su enemigo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Cuando hallar disculpa quieren
a sus viles apetitos,
que no pueden refrenarlos
dicen siempre los inicuos;
pero ni al prójimo engañan,
ni se engañan a sí mismos.
El Hacedor de los hombres,
no esclavos, libres nos hizo.
VIVALDO. Esclavo soy del afecto
que avasalla mi albedrío.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Porque en sentirle te gozas,
acaso con vil designio.
Retrocede, y hallarás
el premio en el sacrificio;
avanza, y tu ruina es cierta;
que de ese fatal camino
un abismo cierra el paso.
Elige, pues.
VIVALDO.                    El abismo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Vivaldo!
VIVALDO.                Cejar no puedo;
no. Martirio por martirio,
entre morir o perderla,
morir esperando elijo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Morirás.
VIVALDO.               Si ella lo quiere,
bendeciré mi destino.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Indújome la piedad
a darte prudente aviso;
ya la obligación me ordena
emplear medios distintos.
Saldrás al romper el día
para siempre del castillo.
VIVALDO. ¡Qué decís!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                   De hoy más, Vivaldo,
en mí no has de hallar abrigo,
que fuera mi tolerancia
cómplice de tu delito.
VIVALDO. Aún de mi pecho el arcano
está en mi pecho escondido,
y nadie ha de imaginar...
D.ª JUANA DE MENDOZA. Basta si yo lo imagino.
En mal hora tus palabras
llegaron a mis oídos;
en mal hora, que no puedo
excusar ya tu castigo.
VIVALDO. Ved que es rigor alejarme
para siempre de estos sitios.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Rigor necesario.
VIVALDO.                          Injusto.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Quizá leve.
VIVALDO.                   Yo os suplico
D.ª JUANA DE MENDOZA. Te irás.
VIVALDO.             ¡Irme!
D.ª JUANA DE MENDOZA. Sí.
VIVALDO.     ¡Clemencia!
D.ª JUANA DE MENDOZA. Mañana...
VIVALDO.                 Pierdo el sentido.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Cuando amanezca.
VIVALDO.                               Tened
compasión de mi delirio.
Ella me rechaza. Nunca
he de vencer su desvío.
Ya no pretendo, no espero.
Tan sólo verla codicio.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Basta. Sal de mi presencia.
VIVALDO. ¡No!   (Arrodillándose.)
D.ª JUANA DE MENDOZA.        Vete.
VIVALDO.                ¡Piedad!
 

Escena VI

 

DICHOS y DON ALFONSO. Este entra por la puerta del foro, cerca de la cual se detiene.

 
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                               (¡Qué miro!
¡A sus pies!)
VIVALDO.                      (¡El Almirante!)
D.ª JUANA DE MENDOZA. (¡Cielos!) Quieto.

(Deteniendo imperiosamente a VIVALDO, que trata de levantarse.)

VIVALDO.                              (No adivino...)
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Qué mal hay en que mi esposo
te vea a mis pies rendido?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (¿Se burla?)

(Yendo hacia DOÑA JUANA, dominado de violento furor.)

D.ª JUANA DE MENDOZA.                    Pero ¿tú aquí?
¿A estas horas?... ¿Qué motivo...?

(Con naturalidad y calma, que turban a DON ALFONSO.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Luego lo sabrás.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                           Levanta...
Que ruegas en balde he dicho.   (A VIVALDO.)
A cumplir tu voluntad   (A DON ALFONSO.)
se resiste, y le despido.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Pronto llegará la hueste:
manda que alcen el rastrillo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Le alzarán sin mi licencia.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Lo contrario se previno.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Nunca respeta el vasallo
la ley que el señor deshizo.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Ya tardas en complacerme.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Si ha de ser con mi permiso,
Vivaldo lleve la orden.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Que la des tú propia, exijo.
D.ª JUANA DE MENDOZA. No es decoroso.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                          Obedece.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Obedezco a mi marido.
 

Escena VII

 

DON ALFONSO y VIVALDO.

 
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (¡Cierta es mi deshonra; sí!
¡Siervo aleve! ¡Esposa infiel!)
VIVALDO. (¡También tiene celos él!
Sufra lo que yo sufrí.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (No hay dudar: de verlo acabo.)
VIVALDO. (Salgamos: mi saña ardiente
domar no puedo.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                             Detente.
VIVALDO. Perdonad...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                    Detente, esclavo.
VIVALDO. ¡Oh!... Me afrentáis sin razón.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. A mí me ofende tu lengua;
y no te escarmiento...
VIVALDO.                                   (¡Oh mengua!)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Porque me das compasión.
VIVALDO. ¡Compasión!   (Adelantándose.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                     ¿Qué atrevimiento?
VIVALDO. No de compasivo, alarde
hagáis.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.            Vil, traidor, cobarde.
VIVALDO. Apurad mi sufrimiento.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. De eso trato.
VIVALDO.                     Pues a fe
que si se me apura más
y olvido quien sois...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                                  ¿Qué harás?
VIVALDO. Dios lo sabe, y yo lo sé.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Dilo.
VIVALDO.         Mi valor probaros.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Cuándo?
VIVALDO.                 Al punto.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                                ¿Dónde?
VIVALDO.                                              Aquí.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Provocarme osaras?
VIVALDO.                                   Sí.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Y pelear?
VIVALDO.                  Y mataros.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Pues ya aquí, tenlo entendido,
no hay vasallo ni hay señor.
VIVALDO. Pues vos el vil, el traidor,
el cobarde, el mal nacido.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Haz de tu impudencia gala,
que así acrecientas mi furia.
VIVALDO. Nada reparo: la injuria
con quien me ofende me iguala.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Conmigo vas a reñir,
que de ti vengarme quiero.
VIVALDO. Ved ya desnudo mi acero.   (Sacando la espada.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. A matar, pues.   (Desnudando la suya.)
VIVALDO.                        O a morir.   (Riñen.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Sí; que en matar, ¡vive Dios!,
o en morir mi dicha fundo.
VIVALDO. Bien decís; que ya en el mundo
no hay lugar para los dos.
 

Escena VIII

 

DICHOS, DOÑA JUANA y criados con hachas.

 
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Cielos! ¡Tened!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                           En logrando
mi venganza con su muerte.
VIVALDO. ¡Aún aliento!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                      Espera. Advierte.

(Ora a DON ALFONSO, ora a VIVALDO.)

D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Nunca.
VIVALDO.            Jamás.
D.ª JUANA DE MENDOZA.                       Yo lo mando.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. Aparta.
D.ª JUANA DE MENDOZA.             Pues no os contengo
en tan injusta porfía,
yo entre los dos...   (Poniéndose entre ambos.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                             ¡Qué osadía!
D.ª JUANA DE MENDOZA. Aún lo dudo.
VIVALDO.                      ¡Y no me vengo!
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Será verdad que te hallo    (A VIVALDO.)
en lucha con tu señor?
¿Que tú infamas tu valor   (A DON ALFONSO.)
riñendo con un vasallo?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Y tú me reprendes?
D.ª JUANA DE MENDOZA.                                 Sí.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¿Tú, con torpe confianza,
te opones a mi venganza?
¿Tiemblas por él o por mí?
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¿Qué dices?
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                    La indignación
más me enfurece. Abre paso,
o con un golpe traspaso
el tuyo y su corazón.
D.ª JUANA DE MENDOZA. ¡Cielos!... Mas ¿cómo olvidar
puede mi esposo quién soy,
quién es él?... ¿Soñando estoy?
No... ¿Qué debo recelar?
Tu regreso, tus enojos,
cuyo origen busco en vano,
este abrasar de tu mano,
ese brillar de tus ojos,
todo es señal evidente
de tu ciego desvarío.
Sí; no hay duda: el sol de estío
hizo delirar tu mente.
(Vuelve en ti: observa un instante
quién te escucha, quién te mira...)

(En voz baja, señalando a los criado.)

¡Oh! Sí; delira, delira...   (A los criados.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. (¿Qué dice?... Es cierto: ¡delante
de todos!...)
D.ª JUANA DE MENDOZA.                    Habla...
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                                ¡Tal vez!
(Ocultar debo mi agravio.)
¡Tal vez!... Acertó tu labio...
Pero con necia altivez

(Enfureciéndose de nuevo.)

me ha ofendido, y no revoco
de Vivaldo la sentencia.
D.ª JUANA DE MENDOZA. Obra, pues, mas con prudencia.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Prudencia pides a un loco!
D.ª JUANA DE MENDOZA. Tente.
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.           Muera quien me agravia.

(En ademán de herir a VIVALDO.)

D.ª JUANA DE MENDOZA. Dame tu espada.   (A VIVALDO.)
VIVALDO.                           Señora...   (Como resistiéndose.)
D.ª JUANA DE MENDOZA. Dámela.   (Se la arrebata y la arroja lejos de sí.)
             Mátale ahora.   (A DON ALFONSO.)
D. ALFONSO ENRÍQUEZ. ¡Vive Cristo!
D.ª JUANA DE MENDOZA.                      ¡Hiere!
D. ALFONSO ENRÍQUEZ.                                 ¡Oh rabia!
 

FIN DEL TERCER ACTO



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