Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice
Abajo

La vocación

Concepción Gimeno de Flaquer





Cada niño nace con facultades determinadas para una ciencia, arte u oficio, y la madre, debe ser la encargada de estudiar esas facultades.

Los padres que se empeñan tenazmente en que sus hijos sigan la misma profesión que ellos, cometen un error, pues se exponen a que se malogre su inteligencia.

Cuando se siente extraordinaria afición hacia una carrera determinada, es ilógico contrariarla.

El espíritu es muy independiente, y no tolera barreras: a despecho de la voluntad brillará siempre la vocación de la criatura; inútil es querer sofocarla.

Para corroborar esta idea, relataremos a grandes rasgos un episodio que hemos oído referir de la vida de un pintor ilustre, nacido en humildísima cuna.

Al fin del florido sendero que conduce a Correggio, hermoso pueblo situado a algunas leguas de Módena, se encontraba una cabaña habitada por seres tan pobres como honrados.

Allegri, su esposa Marietta, Lorenzo, hermano de esta y Antonio, hijo de Allegri, se sustentaban con el mísero producto de la leña que cortaban en los bosques y vendían en el pueblo.

Marietta bordaba pañuelos para la marquesa Gámbara.

La familia del leñador estaba resignada con su destino; en los semblantes de todos brillaba el contento, a excepción del de Antonio, que tenía siempre un tinte melancólico y sombrío, una expresión de disgusto y contrariedad que causaba mucha lástima.

Uno de esos días trasparentes y embalsamados, a la hora del crepúsculo vespertino, esa hora tan bella en Italia, sostenía la siguiente conversación la familia del leñador:

-¿Qué te pasa, hermano? ¿Por qué esa tristeza?; Pobres somos, es verdad, pero para tu consuelo tienes por mujer a mi hermana, es decir, a la mejor hembra de Correggio, y por hijo a mi sobrino Antonio, que es el chico más guapo y hábil, no solo de Correggio, sino de Módena, de Ferrara, de toda Italia, y no digo de las demás partes del mundo, porque no conozco los chicos que hay en ellas.

-Pues ese chico precisamente causa mis desvelos -respondió Allegri-.A mi hijo no le gusta el trabajo, y ya cuenta quince años de edad.

-¡Que no le gusta el trabajo! Tú calumnias a mi ahijado. Mira este fajo de papeles, mayor que los míos de leña, y verás si trabaja tu hijo. Observa qué gracioso está el alcalde del pueblo en caricatura; fíjate y verás con qué expresión tan maliciosa mira la alcaldesa a un mozo del lugar. ¡Cuánto entusiasmo y amor hay en el rostro de aquellos novios que se oprimen la mano! ¿Y qué me dices del señor del pueblo, dando una moneda de cobre a ese andrajoso y examinándola por si se vuelve de oro al dársela? ¡Qué bien retratada está su avaricia!

-No consigues disculparle a mis ojos: su oficio es cortar leña, y no manchar papeles. Es un perezoso, un haragán, un vago, y yo no quiero tener un hijo vagabundo.

-No trates con tanta dureza a nuestro hijo, exclamó Marietta, terciando en la conversación.

-Pruébame, esposa mía, que al chico le gusta trabajar.

-Ahora mismo está haciendo un cielo o una pantalla de chimenea que Lorenzo quiere regalar al señor cura; un cielo como nunca se ha visto, con unas nubes blancas sobre azul, y las nubes parece que andan como si el viento las empujase.

-Más valdría que trabajara en el bosque con los otros leñadores; tú te matas de bordar, y él no gana el pan que come.

-Ya lo ganará.

-Eres muy buena y siempre le disculpas.

-Yo opino como mi hermana.

-Bien debías pensar que tus pintorreteos no te dan a ti nada, y sí la leña del bosque.

-Es que yo soy mal pintor; solo tengo afición, pero el chico tiene grandes disposiciones. Un muchacho de esa edad que no ha aprendido dibujo, y a la primera ojeada que echa sobre mi cuadro exclama: «Tío, esa pierna es corta, ese brazo no está bastante alto, esa nariz está torcida». Y todo es cierto, hermano; el chico tiene razón, sabe más que yo con menos años.

En este momento se presentó Antonio.

-¿De dónde vienes, muchacho? preguntaron unánimemente. ¡Tres días sin parecer por aquí, y tan poco pan que te llevaste!

-He estado en el bosque.

-Traerás mucha leña, objetó el padre.

Marietta estaba alterada.

-Es que me ha sucedido una cosa muy rara, padre: yo iba decidido a cortar leña y traer mi jornal... pero... como dice tío Lorenzo, el hombre pone y Dios dispone.

-¿Y qué más? preguntó Marietta.

-Madre, lo más difícil es decir el sucedido.

-Vamos, el caso es que no trabajaste, ¿he?

-Sí, tío, trabajé.

-Entonces, has perdido el dinero que te dieron por la leña.

-No, madre, tampoco es eso.

-¡Acaba, con cien mil de a caballo!, gritó Allegri.

-Pues, señor, llego al bosque, cojo mi hacha y mi martillo, y empiezo con tan buena voluntad, que los compañeros me gritaban: «anda, chico, hoy sí que estará tu padre contento». Llega la hora de comer, me siento en el suelo, saco mi navaja y mi pan, mi queso y carne, y mientras comía, veo una gran rama que se desprende de un árbol, limpia y hermosa; y sin saber lo que hacía, soñando tal vez, olvido que estaba comiendo, y distraído empiezo a hacer cortaduritas en la rama, y después de tres días he concluido hoy mi trabajo.

-¿Qué has concluido? gritaron los oyentes.

-¡Mi paciencia! exclamó Allegri.

-Esto, dijo el chico, yendo a buscar de un rincón un objeto que presentó a los asombrados leñadores.

El objeto era una Madona con el Niño Jesús en los brazos, groseramente tallado.

Allegri no vio más que un pedazo de madera. La madre, con ese instinto que es peculiar a las madres, gritó alborozada, adivinando el genio en su hijo:

-¡Preciosa Madona! algunas más perfectas hará mi Antonio con el tiempo: todavía no puede hacerlas mejores, es imposible.

-¡Yo digo que es un estúpido! gritó el padre.

-Hijo mío, yo te protegeré, decía Marietta llorando de entusiasmo.

-Yo también, añadió el tío Lorenzo: te entrego desde ahora mi paleta, mi pincel y mis raspines.

El padre gritaba:

-¡Todos estáis locos! ¡Un haz de leña sería mejor!

-Mira, Allegri, con qué gracia inclina la Madona la frente hacia su hijo.

-No te fascine tu amor maternal; yo soy tan devoto como tú de la Madona, y sin embargo, no puedo aplaudir que gaste el tiempo en hacer muñecos de madera. Todos sois culpables por alimentar su pereza.

-Padre, no volverá vd. a decirme que no gano el pan que como.

-Es muy bueno que tengas dignidad.

El muchacho se alejó un poco.

Marietta lloraba.

-¿Qué tienes, mujer?

-Debía adivinarlo tu amor de padre: Antonio nos deja, es su resolución, lo leo en su frente.

-Si el chico tiene vocación de artista, añadió Lorenzo, dejadle: él no se da mala maña para la pintura. El otro día le ha hecho al frutero de enfrente una muestra que representa al mismo frutero comiéndose a dos carrillos su propia mercancía, y os aseguro que frutas y frutero parecía que se salían de la tabla. Pronto poseerá el talento de la plástica; su Madona lo indica. Hay en todas las líneas de su cara una expresión, un sello especial que delata su genio.

Antonio marchó a Módena, dejando a sus padres afligidos, pero después de haber obtenido la bendición de ellos.

Solo, con su fe en Dios y su entusiasmo, entró por la vez primera en una gran ciudad.

Su madre le dio unas líneas que debía entregar a la marquesa Gámbara, para la cual bordaba pañuelos, y el muchacho se presentó a ella pidiendo protección.

A la marquesa le interesó el muchacho por la vehemencia que manifestó al hablar de su vocación, y se encaminó con él inmediatamente al estudio de Francisco Bianchi, para recomendarlo.

Admitido por el célebre maestro, Antonio no podía dominar su alegría y su notable gratitud hacia la marquesa.

-¡Creed, gritaba ebrio de placer, creed, señora, que yo haré buenos cuadros, y que el primero será para vos!

En el estudio de Francisco Bianchi se hacían obras maestras.

La marquesa pagaba puntualmente las mensualidades del pequeño artista, y cada vez que iba a verle, recibía satisfactorias noticias acerca de los progresos de Antonio.

Su primer cuadro representó la Asunción de la Santa Virgen, como obsequio a su devota protectora, y en memoria de la Madona de madera groseramente tallada que determinó su gran vocación.

Sus condiscípulos le denominaron Correggio, y ha pasado a la posteridad con este nombre.

Grandes obras hizo, de las cuales solo recordamos las siguientes: un grupo para la iglesia de Santa Margarita en Módena; un San Antonio, de la galería de Dresde que pintó en 1572, en Carpi; varios frescos para la familia Gámbara, algunos cuadros para el conventual de la misma ciudad, y más tarde pintó para otros países. Según dicen, nunca estuvo en Roma, y sin embargo, una de las cosas que más brillan en él es el gusto de lo antiguo. No solo el Correggio era el pintor de las gracias, lo que hacía decir a Faillascan que el Correggio era en la gracia, lo que Miguel Ángel en lo terrible, sino que fue también el creador de la armonía del claroscuro y de los admirables escorzos, de tan gran efecto cuando no se abusa de ellos.

Los niños pintados por el Correggio tienen una gracia divina y celeste, que los iguala a los mismos ángeles.

La familia del humilde Allegri se vio rodeada de una aureola de gloria.

La predicción de Marietta se cumplió.

Un mísero leñador ocupó puestos elevados, ganándose la admiración de todo el mundo.

¡Oh! el instinto maternal no engaña nunca a las mujeres: él suele ser a veces más fiel que las profundas disquisiciones de los filósofos.

¡No desoigáis nunca la voz de una buena madre!





Indice