Las ciudades y el control de su territorio en Dión de Prusa
Juan Manuel Abascal Palazón
Las leyes locales de las ciudades del mundo romano, como sabemos ahora por la ley de Irni, dejaban en manos de duunviros y decuriones el control de los límites del territorio ciudadano y de sus campos; una comisión designada por la asamblea local realizaba la inspección anual comprobando el mantenimiento de los mojones y revisando las modificaciones en el régimen de tenencia de las tierras a los correspondientes efectos fiscales; en estas visitas se comprobaba el mantenimiento de los lugares de paso tradicionales, la correcta utilización de los cursos de agua, y se valoraban las necesidades de nuevas infraestructuras.
Sobre este control del territorio ciudadano hay precisas referencias en el delicioso discurso Euboico de Dión de Prusa, escrito a fines del siglo I d. C. En una parte del relato, un recaudador de impuestos recorre por cuenta de la ciudad el ager publicus, llegando a una aldea enclavada en él a fin de recaudar el tributo de campesinos y cazadores; uno de éstos, que desconoce las prácticas fiscales en la ciudad y que no tiene con qué pagar lo que se le pide, es obligado a trasladarse a la ciudad y a comparecer en el tribunal ante los magistrados; allí se le presenta como un hombre que explota la propiedad pública desde hace años, al tiempo que se le acusa de no haber pagado nada por el disfrute de esas tierras durante mucho tiempo.
«... se presentó un hombre a pedirnos dinero, como si nosotros tuviésemos algo, dando órdenes de seguirlo hasta la capital. Pero nosotros no teníamos dinero, además le juré que no poseíamos nada... Yo le seguí hasta la ciudad, pues manifestaba que era necesario que uno de nosotros fuera con él y diera explicaciones sobre el particular.
Vi, pues, como la primera vez, numerosos y espléndidos edificios y, en la parte exterior, una sólida muralla, y elevadas construcciones de forma cuadrada adosadas a ella, así como una gran cantidad de barcos atracados en el puerto... Entonces mi guía me conduce frente a unos magistrados y les dice riéndose: "He aquí al hombre contra el que vosotros me habéis enviado, pero realmente no tiene nada, a no ser su melena y un chozo de troncos muy resistentes"...
Algunos se subían a la tribuna, otros se levantaban de su sitio y se dirigían a la multitud, unos con pocas palabras, otros con largos discursos. A unos los escuchaban largo tiempo, pero a otros, al contrario, malhumorándose con ellos en cuanto comenzaban a perorar, no les permitían siquiera emitir la menor palabra.
... Un individuo tomó entonces la palabra: "He aquí, ciudadanos, a uno de esos hombres que explotan nuestra propiedad pública desde hace muchos años... Y aprovechan con sus ganados nuestras montañas para pasto, las ponen en cultivo, cazan y construyen numerosas viviendas, plantan viñas y gozan de innumerables ventajas, sin haber dado jamás a nadie el precio de sus tierras y sin haber recibido jamás esas tierras como un regalo del Estado"».
(Dión de Prusa, Discurso VII, 21-27 (fragmento). Edición de Gaspar Morocho, en Dión de Prusa, Discursos I-XI, Madrid, Gredos, 1988, pp. 351-353.)