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Las dos ciudades del escudo de Aquiles

Jaime Molina Vidal

En este fragmento de La Ilíada se describen los relieves que Hefesto labró en el escudo que fabricó para el héroe griego Aquiles. El relato, como acertadamente ha planteado Di Donato, contrapone dos ciudades o épocas de la misma ciudad: una pacífica y otra en conflicto. En la primera ciudad se destacan algunos elementos fundamentales de la comunidad cívica como el matrimonio o la acción de la justicia. Llama la atención la escena en la que los hombres reunidos en el ágora se disponen a juzgar los asuntos públicos, para dar sentencias rectas en el círculo sagrado. Se ve la tensión social primigenia entre el individuo y la colectividad, en una comunidad que finalmente asume el conflicto. En la otra ciudad vemos el conflicto sin encauzar que desemboca en la guerra, en la muerte, contrapuesta a la pacífica estampa descrita con anterioridad

   «Fabricó en primerísimo lugar un alto y compacto escudo

primoroso por doquier y en su contorno puso una reluciente orla

   de tres capas, chispeante, a la que ajustó un áureo talabarte.
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El propio escudo estaba compuesto de cinco láminas y en él

fue creando muchos primores con su hábil destreza.

Hizo Figurar en él la tierra, el cielo y el mar,

el infatigable sol y la luna llena,

   así como todos los astros que coronan el firmamento:
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las Pléyades, las Híades y el poderío de Orion

y la Osa, que también denominan con el nombre de Carro,

que gira allí mismo y acecha a Orion,

y que es la única que no participa de los baños en el Océano.

   Realizó también dos ciudades de míseras gentes,
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bellas. En una había bodas y convites, y novias

a las que a la luz de las antorchas conducían por la ciudad

desde cámaras nupciales; muchos cantos de boda alzaban su son;

jóvenes danzantes daban vertiginosos giros y en medio de ellos

   emitían su voz flautas dobles y fórminges, mientras las mujeres
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se detenían a la puerta de los vestíbulos maravilladas.

Los hombres estaban reunidos en el mercado. Allí una contienda

se había entablado, y dos hombres pleiteaban por la pena debida

a causa de un asesinato: uno insistía en que había pagado todo

   en su testimonio público, y el otro negaba haber recibido nada,
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y ambos reclamaban el recurso a un árbitro para el veredicto.

Las gentes aclamaban a ambos, en defensa de uno o de otro,

y los heraldos intentaban contener al gentío. Los ancianos

estaban sentados sobre pulidas piedras en un círculo sagrado

   y tenían en las manos los cetros de los claros heraldos,
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con los que se iban levantando para dar su dictamen por turno.

En medio de ellos había dos talentos de oro en el suelo,

para regalárselos al que pronunciara la sentencia más recta.

La otra ciudad estaba asediada por dos ejércitos de tropas

   que brillaban por sus armas. Contrarios planes les agradaban:
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saquearla por completo o repartir en dos lotes todas

las riquezas que la amena fortaleza custodiaba en su interior.

Mas los sitiados no se avenían aún y disponían una emboscada.

Las queridas esposas y los infantiles hijos defendían el muro

   de pie sobre él, y los varones a los que la vejez incapacitaba;
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los demás salían y al frente iban Ares y Palas Atenea,

ambos de oro y vestidos con áureas ropas,

bellos y esbeltos con sus armas, como corresponde a dos dioses,

conspicuos a ambos lados, en tanto que las tropas eran menores.

   En cuanto llegaron adonde les pareció bien tender la emboscada,
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un río donde había un abrevadero para todos los ganados,

se apostaron allí, recubiertos de rutilante bronce.

Dos vigías suyos se habían instalado a distancia de las huestes

al acecho de los ganados y de las vacas, de retorcidos cuernos.

   Éstos pronto aparecieron: dos pastores les acompañaban,
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recreándose con sus zamponas sin prever en absoluto la celada.

Al verlos, los agredieron por sorpresa y en seguida

interceptaron la manada de vacas y los bellos rebaños

de blancas ovejas y mataron a los que las apacentaban.

   Nada más percibir el gran clamor que rodeaba la vacada,
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los que estaban sentados ante los estrados en los caballos,

de suspensas pezuñas, montaron, acudieron y pronto llegaron.

Nada más formar se entabló la lucha en las riberas del río,

y unos a otros se arrojaban las picas, guarnecidas de bronce.

   Allí intervenían la Disputa y el Tumulto, y la funesta Parca,
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que sujetaba a un recién herido vivo y a otro no herido,

arrastraba de los pies a otro muerto en medio de la turba

y llevaba a hombros un vestido enrojecido de sangre humana.

Todos intervenían y luchaban igual que mortales vivos

   y arrastraban los cadáveres de los muertos de ambos bandos».
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(Homero, La Ilíada, XVIII, 478-540. Traducción de Emilio Crespo Güemes, Homero, La Ilíada, Madrid, Biblioteca Clásica Gredos, 1991, pp. 481-483.)