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Crebillón concibe la tragedia como una acción funesta, presentada al espectador con imágenes interesantes, y que debe conducir a la piedad por medio del terror, pero con movimientos y rasgos que no repugnen a la delicadeza ni a la decencia. Este célebre autor ha procurado desempeñar esta idea en sus robustos escritos. Mas Arnaud y sus imitadores han corrompido el verdadero terror trágico, llevándole a un exceso reprensible en asuntos que esencialmente no son poéticos. El terceto alude a la Gabriela de Vergi, de De Belloi: tragedia que sin lo horroroso de su catástrofe, y a estar escrita con el estilo de Racine y de Voltaire, pasaría muy bien entre las mejores, por su progresión dramática, por la energía de los caracteres y por la verdad histórica y local de las costumbres.

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Algunos preceptistas han querido establecer la necesidad de hacer siempre la tragedia de un hecho y personajes conocidos. La razón que alegan es que donde no hay esta base de realidad histórica, no hay base tampoco en que se funde el interés. Tendrá esta razón toda la fuerza que se quiera, mas las excepciones vienen de tropel a contradecirla de una manera harto poderosa. En la tragedia antigua intitulada La Flor, mencionada por Aristóteles, todo era fingido, y no por eso interesaba menos a los griegos. Entre las piezas modernas no hay ninguna que se aventaje en este efecto a la Zayra, a la Alcira, al Tancredo, donde, si se exceptúan los nombres generales de naciones y países, todo es fingido también.

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Abre Hécuba la escena en Las troyanas de Séneca con una declamación harto importuna, censurada ya por Boileau en su Arte poética, y que ningún hombre de verdadero gusto se atreverá a disculpar. Mas no por éste y otros defectos de igual naturaleza que hay en las tragedias de aquel hombre célebre, se debe nadie arrogar el derecho de despreciarle, como han hecho tantos preceptistas, incapaces de presentar entre todos veinte líneas que tengan la mitad del nervio y del ingenio que se encuentran a cada paso en el escritor que desdeñan. Sus Troyanos, su Hipólito y su Medea, si bien de un gusto diferente y muy lejano de la simplicidad griega, presentan bellezas superiores dignas del mayor talento, y estudiadas e imitadas después por los mejores dramáticos. La hermosura incomparable de su estilo y de sus versos, cuando no se destempla ni declama, la riqueza de poesía y de números que hay en sus coros, la vivacidad y energía de sus diálogos, la abundancia de sus pensamientos; en fin, el tesoro inagotable de sentencias sublimes que está esparcido por aquellas tragedias con tan inagotable profusión, no consienten juzgarlas con el sobrecejo injusto de tantos estrechos humanistas, que o no las entienden o no las estudian. Algo más que ellos valen Corneille, Racine, Metastasio, Alfieri y otros ciento, en cuyos escritos lucen como diamantes bien engastados las imitaciones del trágico latino. No hay duda que es un escritor más bien de gran talento que de muy buen gusto; pero al sus vicios pueden extraviar a los jóvenes que no le tengan bien formado todavía, los que estén ya fuera de este riesgo no pueden menos de aprovechar y enriquecerse infinito con su lectura y su estudio.

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14.No falta quien diga, en oposición a esta máxima, que nada desnaturaliza más las obras de imaginación que proponerse en ellas un objeto político o moral, cualquiera que sea. Una tragedia ciertamente no debe ser ni un sermón ni una disertación, y la intención demasiado descubierta de instruir y de enseñar puede disminuir el efecto dramático y destruir el halago. Pero si un gran poeta, Voltaire, por ejemplo, se propone destruir en los ánimos el fanatismo, como lo hace en su Mahoma, o dar lecciones de humanidad, como en su Alcira, no se ve que en tal caso se haya destruido el efecto dramático por la intención moral o política del escritor, ni en qué ha dañado la instrucción a la poesía. La tragedia griega era a un tiempo política y moral; y los grandes hombres que así la concibieron, y los más de sus modernos imitadores, no han querido sin duda que el esfuerzo grande del ingenio humano al presentar en un espectáculo público el cuadro terrible de las pasiones de los príncipes, y de los crímenes y desgracias que ellas producen, se redujese a una vana y estéril conmoción, desvanecida tan pronto como se desvanecen las imágenes pintadas en la fantasía. «Yo firmemente creo, decía Alfieri a Casabigi, que los hombres deben aprender en el teatro a ser libres, fuertes, generosos, exaltados por la verdadera virtud, impacientes de toda violencia, amantes de su patria, verdaderos conocedores de sus derechos propios, y en todas sus pasiones, vehementes, rectos y magnánimos.

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No pueden negarse sin injusticia al pueblo español las dotes de ánimo propias para gustar de la tragedia: imaginación pronta, que se afecta vivamente de las desgracias ajenas; sensibilidad, que simpatiza con ellas; nobleza y elevación en sus pensamientos. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos que desde Montiano acá se han hecho entre nosotros para aficionarle a este espectáculo, es fuerza confesar que no se ha conseguido todavía. Unos echan la culpa al poco talento de los escritores que se han ensayado en este género, lo cual no me toca examinar a mí que, aunque indigno, me cuento en este número; otros, a que no se ha verificado aquel conjunto de requisitos cuya combinación es precisa para el progreso de esta clase de producciones, como son autores, actores y público; otros, a que no ha habido todavía un hombre que, independiente en su fortuna, fuerte y resuelto por carácter, y dotado de gran talento y de una afición exclusiva a la tragedia, haga de ella la ocupación de toda su vida y el único título de su reputación y de su gloria: él, dicen, hubiera dominado al público y al teatro, habría dado al arte el impulso que necesita, y una emulación noble y provechosa a los ingenios.

Sin negar el influjo más o menos poderoso que pueden tener estas diferentes causas, creo que hay otra, de la cual depende principalmente esta indiferencia. Apenas ha habido en el tiempo de que se trata humanista alguno de crédito entre nosotros que no haya dado su tributo a Melpómene, y compuesto su pieza de ensayo. Yo prescindo del diferente éxito que han tenido estas tentativas, y estoy muy lejos de desconocer el incontestable mérito que hay en muchas de ellas. Obras las unas de hombres que han sido mis maestros, las otras de amigos y compañeros míos, mi interés y mi aprecio están por ellas, y no puede caber en mí la intención de desacreditarlas. Pero los escritores modernos no han contado con la imaginación, con el carácter y con los hábitos propios de nuestra nación. Para que la tragedia pueda llamarse nacional es preciso que sea popular, esto es, que el pueblo se afecte de ella y la juzgue, como habla y juzga de un acontecimiento público, cual es un incendio, una muerte, una alevosía, una catástrofe cualquiera que sucede a su vista. Lejos de dirigirse a esto nuestros autores, han tratado de naturalizar en España, quién la tragedia griega, quién la inglesa y alemana, quién la italiana al gusto de Alfieri, quién, en fin, y estos han sido los más, la francesa, por parecerles la más acabada y perfecta. Mas estas plantas no podían realmente prosperar en nuestro suelo, donde nada había que estuviese en armonía con ellas. Reflejos más o menos vivos de una poesía, de un gusto y de unas costumbres que no son las nuestras, las tragedias modernas carecen generalmente de aquellas gracias nativas, de aquel aspecto original que constituyen un carácter propio, distinto de otras naciones y de otros autores. Aquél pues llevará la palma, y yo realmente se la envidio, que sepa dar a esta composición la vida, la marcha, el aire propio y acomodado a nuestra índole y a nuestras costumbres: entonces podrá decirse que hay una tragedia verdaderamente española.

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Momo.

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Alusión a las primeras escenas del acto segundo del Avaro, de Molière, en que el protagonista, prestando su dinero a un interés sórdido y escandaloso, se halla con que su propio hijo es el disipador insensato a quien arruina con su usura; situación, a mi parecer, la más cómica que ha podido ocurrir a la imaginación de un poeta, y diga lo que quiera Rousseau, al mismo tiempo la más moral.

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Preguntado un hombre de mucho ingenio y de muy buen inicio, de cuál comedia española querría con preferencia ser autor, respondió al instante que de El desdén con el desdén. Yo creo que habrá muchos que sean de su gusto. Una acción sencillísima perfectamente graduada, la oposición de los caracteres puestos en situación, y tres o cuatro diálogos, llenos a la verdad de expresión, de discreción, de fuego y de sentimientos naturales, excitan un interés que en vano se buscaría en el estrépito de lances, episodios y aventuras que se amontonan en otras fábulas, para las cuales se necesita ciertamente de mucho menos talento. Al cabo de siglo y medio todavía reina esta bella comedia en el teatro, y con un lustre tal, que apenas hay otra alguna que la compita. Todo el mundo la sabe de memoria, todo el mundo va a oírla cuando hay actores capaces de desempeñarla; y al llegar la escena de la máscara, la suspensión y el silencio embargan el ánimo de los oyentes, manifiestan el interés profundo que los penetra. y proclaman el triunfo del poeta.

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No están a la verdad debidamente caracterizados en estos pocos versos los padres del teatro español; y sería inoportuno, si no pedantesco, hacer para ello una nota, cuando fuera más propio de una disertación literaria. Sólo si diré que en gracia de su bella dicción, de sus dulces versos, de tal cual diálogo ingenioso, y de los rasgos de ternura que a veces presenta, se disimulan demasiados delirios y extravagancias a Lope de Vega, y que sus fabulas están muy lejos de la coordinación, de la unidad de intención y de interés, y de la propiedad que ofrecen las de sus dos sucesores, aún bajo el sistema de licencia y abandono que unos y otros adoptaron y siguieron. Falta a nuestra literatura una colección atinadamente hecha de comedias españolas, empresa hasta ahora fallida en las manos que la han acometido: falta igualmente una buena historia de nuestro teatro. Si fuese verdad que de este último trabajo se está ocupando mucho tiempo ha la misma pluma que con tanta felicidad y aplauso ha resucitado la comedia de Terencio entre nosotros, la obra no ha podido caer en mejores manos, y nuestros autores dramáticos serán al fin pintados y juzgados con tanta destreza como justicia.

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