Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

Siguiente

Las sacrificadas1

Horacio Quiroga

PERSONAJES2



OCTAVIO NÉBEL,muchacho de 20 años, estudia medicina en Buenos Aires. Al comenzar la acción veranea en Concordia, su pueblo natal.
DOCTOR NÉBEL,padre de Octavio, de 55 años. Abogado de gran fortuna y vida retirada.
LIDIA,criatura hermosísima de 15 años, apenas núbil.
JULIA DE ARRIZÁBAL,madre de la anterior, de 40 años, viuda. Modalidad equívoca y nervios violentos, exasperados por los hipnóticos. De paso en Concordia en casa de su cuñado.
DOCTOR ARRIZÁBAL, médico de 55 años, viejo soltero egoísta.
UN SEÑOR X.
UNA VECINA.
JOSEFA, sirvienta.
AMBROSIA,sirvienta.
CAYÉ, peón.

La escena representa la sala muy bien puesta del DR. ARRIZÁBAL en Concordia. Carnaval. Balcones a la calle al fondo, donde LIDIA juega con el corso que pasa. Entran serpentinas y flores por el balcón muy iluminado por los focos de la calle. JOSEFA, en primer término, hace urgentemente ramos de flores.

Escena I

LIDIA y JOSEFA.

LIDIA.- (En el balcón tira serpentinas y flores, charla con uno y otro. Sin volverse.)¡Ligero, Josefa! Ya no me queda ninguno... (Hacia el corso.)¡Gracias, muchas gracias!... (Cruza un ramo por encima de ella; no lo alcanza.) ¡Se me escapó!... ¡Sí, a la vuelta!... ¿Qué?... ¡Ah, bueno!... Se lo voy a dar... ¡Sí, sí, en su nombre!... (Se vuelve pateando.) ¡Ligero, Josefa! Usted también... No me alcanza sino tres ramos locos...

JOSEFA.- Pero niña, le acabo de dar la canasta grande llena...

LIDIA.- (Echándose fuera del balcón para alcanzar un ramo.) ¡Se me escapó!... A ver si este tiene más suerte... ¡Bravo!... ¡Para ella, para usted no! ¡Ahí va este otro! (Volviéndose.) ¡Josefa, por favor!...

JOSEFA.- (Buscando apurada.) Es que no quedan más... Esta es la última canasta...

LIDIA.- (Hacia el corso.) ¿Qué?... ¡Sí, sola! No, no me aburro, ¡gracias!... ¿Eh?... ¡Ah, sí! No digo que no... (A otro coche.) ¿Cómo?... ¡Ah, de él!... Bueno... ¡Usted llévele este! (Tira la canasta llena. Volviéndose compungida.) ¡Se me acabaron!...

Escena II

Los mismos y la MADRE.

MADRE.- (Entra con el paso cansado y el gesto displicente.) Muy bien hecho... Con ese modo de tirar... (Ojeando el piso.) Bonito me has puesto esto... Por suerte ya se acaba. (Va hacia ella.) Y con esa cabeza...

LIDIA.- (Tocándosela, se mira en un espejo. La tiene llena de papelitos.) ¿Qué tiene mi cabeza?... (La sacude.) ¡Uf!... Parece un nido de ratones... (Brusca.) ¡Mamá! Arréglame un poco... Ya va a venir.

MADRE.- ¿Yo?... No se puede tocar eso... Y los ojos... ¡magníficos los tienes!

LIDIA.- (Pateando.) ¡Ahí viene, mamá!

MADRE.- Bueno, te dejo... Después vuelvo... Dile a Nébel, no te olvides, que quiero hablar con él. Arréglate un poco, no seas loca.

LIDIA.- Vamos, Josefa, arrégleme un poco... ¡Muévase, pues!...

MADRE.- Arréglela, Josefa...

JOSEFA.- Ya voy, niña, va voy...

LIDIA.- (Con mimo de criatura malcriada.) ¡Lo voy a embromar!... No quiso venir más temprano... ¡Va a ver él!...

(Suena la campanilla.)

LIDIA.- ¡Ahí está! ¡Ligero, Josefa!...

MADRE.- Bueno, yo vuelvo en seguida... Vaya a ver, Josefa.

(Salen la MADRE y JOSEFA.)

Escena III

LIDIA y NÉBEL.

(LIDIA se pone rápidamente un dominó y antifaz. Se sienta como una visita. Entra NÉBEL, saluda ligeramente al pasar y se sienta a su vez. Mira de reojo, desconfía y se levanta a mirar los cuadros, ojeándola de soslayo, mientras tararea.)

NÉBEL.- Me-pa-re-ce-que-te-co-noz-co, mas-ca-ri-ta...

LIDIA.- (Irguiéndose.) ¡Podría ser un poco más educado, señor!... ¡No estoy en la calle!

(NÉBEL queda plantado. Ella camina hacia la puerta, pero en el dintel se vuelve y se saca lentamente el antifaz.)

LIDIA.- ¡Zonzote!... ¡Ni siquiera me conoce!...

NÉBEL.- (Corriendo tras ella.) ¡Ah!... ¡Ya me parecía que yo conocía ese pie!

(LIDIA huye; él la persigue. LIDIA, del otro lado de la mesa.)

LIDIA.- ¡Zonzote, le digo!

NÉBEL.- ¡No, señor! ¡Eso es trampa!

LIDIA.- (Golpeando con el pie.) ¡Zonzo, le digo otra vez!

NÉBEL.- Es lo que vamos a ver.

(La persigue de nuevo; ella interpone al correr sillas, mesitas que voltean. Al fin se recuesta de espaldas contra el teclado del piano, y lo detiene poniendo las manos por delante.)

LIDIA.- Bueno, bueno... Hagamos las paces... ¿Qué merece que le haga por venir a estas horas?

NÉBEL.- No pude venir antes... Estuve muy ocupado.

LIDIA.- ¡Ya me lo figuraba!

NÉBEL.- No, no... No es eso... Es que tengo mucho que hacer... Es que tengo que casarme.

LIDIA.- ¡Hum!... (Pausa; jugando con la situación.) ¿Y tiene muchas ganas?

NÉBEL.- ¿Quién, yo?

LIDIA.- Sí, usted.

NÉBEL.- Lo que es yo..., con toda seguridad. ¿Y usted?

LIDIA.- ¿Yo?... Eso depende...

NÉBEL.- ¿Cómo, depende?... ¡Ligero, ligerito! ¡En seguida! (Arrullando.) ¿Tiene muchas ganas de casarse?

(LIDIA ha estado jugando con una música. La arrolla y le sopla.)

LIDIA.- Con usted, sí.

(No se oye lo que dice.)

NÉBEL.- ¡Más fuerte!... No se oye una palabra.

(Esta vez se oye.)

LIDIA.- ¡Con usted, sí!

NÉBEL.- ¡Ah, menos mal!... ¿Muchas ganas?... ¿Lo que se dice realmente mucha?

LIDIA.- ¡Mucha, mucha!

(Sonríen inmóviles y dichosos. De pronto LIDIA.)

LIDIA.- ¡Vamos a ver! ¿A que no se acuerda de otra vez que le dije también mucha, mucha?

NÉBEL.- ¡Me acuerdo! ¿Y a que no se acuerda del vestido que tenía puesto ese día?

LIDIA.- ¡Me acuerdo! ¿Y a que no recuerda en qué cuadra nos vimos la segunda vez?

NÉBEL.- ¡Me acuerdo! Y a que...

LIDIA.- ¡No, no! ¡En qué calle! ¡Diga!

NÉBEL.- ¡Tsh!... En la calle Colón. Y a que usted...

LIDIA.- (Golpeando sobre el piano.) ¡No! ¡En qué cuadra! ¿Frente a lo de dónde?

NÉBEL.- Frente al Bazar Inglés... Yo me acuerdo de todo. ¿Y a que no se acuerda, vamos a ver, le apuesto lo que quiera, a que no se acuerda de la cara del mozo que nos sirvió los helados en la kermesse del 25 de diciembre?

LIDIA.- ¡Sí, señor, me acuerdo! Trigueño y sin bigote. ¿Y a que no se acuerda de lo que le dije esa misma noche cuando llegamos a casa?

NÉBEL.- (Suspenso y confuso.) De esto no me acuerdo...

LIDIA.- (Patea.) ¡Ahí tiene! ¡No se acuerda de nada!

NÉBEL.- ¡No me dijo nada esa noche! ¡Eso es mentira!

LIDIA.- ¡Déjeme!... (Se aparta.) ¡Tiene menos memoria que un pajarito!

Escena IV

Los mismos y la MADRE.

MADRE.- (Que ha entrado hace un momento.) Si esto lo dices por ti, mi hija... Siempre chiquilineando, usted... (A NÉBEL.) No parece que tuviera usted 20 años... ¿Y por qué es esto, ahora?

LIDIA.- Es él, mamá, que no...

MADRE.- Bueno, bueno... Déjense de locuras. Para novios que están por casarse, emplean muy seriamente el tiempo... Usted sobre todo, Nébel. ¿A que no se ha acordado de lo que le dije ayer?

LIDIA.- ¡No se acordó, mamá!... Él no se...

MADRE.- ¡No digas locuras! Nébel sabe a qué me refiero... ¿Se acordó?

NÉBEL.- (Esquivando.) No..., pero creo que es lo mismo.

MADRE.- ¿Lo mismo? ¡No, se equivoca! Por esto quería hablar con usted hoy. Déjanos un momento, mi hija... En seguida te llamo.

LIDIA.- (Mimosa.) ¿Me voy, entonces?

MADRE.- Sí, déjanos...

Escena V

La MADRE y NÉBEL.

(Sale LIDIA haciendo monerías. Situación difícil. La señora se recuesta sobre las manos en la mesa del centro, con evidente fatiga y mayor contrariedad. NÉBEL responde con esfuerzo.)

MADRE.- Quería decirle una sola cosa, Nébel... Siéntese un momento.

NÉBEL.- Gracias, estoy bien.

MADRE.- No, siéntese... Bueno. Ayer le dije, y hoy se lo repito, que yo deseo ante todo, y con toda el alma, que no haya el menor disgusto entre nosotros..., y entre las dos familias que vamos a unir. ¿No es cierto?

NÉBEL.- Es cierto.

MADRE.- Muy bien; siendo así, usted me dio a entender ayer misino que su papá no veía con agrado... (Ante un gesto de fatiga de NÉBEL.) ¡Tenemos que hablar bien claro una vez por todas, Nébel! Esto no puede seguir un día más así, ¿me oye? Usted es una criatura, y por esto lo queremos. Pero su señor padre es una cosa distinta. ¿Por qué se niega a conocer a su futura nuera?... ¿Por qué no quiere venir?... ¿Qué motivos tiene su señor padre para portarse de este modo? ¿Qué se piensa él?... Esto es lo que yo quiero saber, y lo quiero saber hoy mismo..., ¿me oye, Nébel? ¡Hoy mismo, porque esto no puede seguir así!

NÉBEL.- Hoy no puede; papá...

MADRE.- ¿Por qué no puede hoy? ¿No está su casa ahí enfrente? ¿Le cuesta mucho cruzar?

NÉBEL.- No, no le cuesta...

MADRE.- ¿Y entonces?...

(Pausa.)

NÉBEL.- Si usted quiere...

MADRE.- ¡Lo que yo quiero es que mi hija no entre como una intrusa en una casa! ¡Esto es lo que yo quiero! ¡No faltaba más!... Por mucho que el señor Nébel se enorgullezca de su hijo, yo me enorgullezco más de la mía, óigalo bien! (Pausa; baja el tono.) Vaya ahora mismo, háblele... Dígale lo que quiera..., pero vuelva a decírmelo. ¡No faltaba más, el señor Nébel!...

(NÉBEL se levanta mudo.)

MADRE.- Muy bien..., váyase. Y vuelva en seguida.

(Al salir NÉBEL tropieza con el DOCTOR ARRIZÁBAL que entra, sombrero de copa y bastón.)

Escena V

Los mismos y DOCTOR ARRIZÁBAL

ARRIZÁBAL.- (A NÉBEL.) ¡Hola, amiguito! ¿No se queda a comer hoy?

NÉBEL.- No, gracias... Hasta luego.

(Sale NÉBEL.)

Escena VI

La MADRE y DOCTOR ARRIZÁBAL.

ARRIZÁBAL.- (Sigue con los ojos a NÉBEL.) ¿Y ese?... ¿Qué le pasa hoy?

MADRE.- (Con violencia, que va cayendo poco o poco.) ¡Nada!... ¡Que estoy harta!... Ahora va a hablar con el padre... ¡Me tienen hasta aquí!

ARRIZÁBAL.- (Temiendo algún arrebato histérico de la dama.) Ten cuidado... No asustes demasiado al muchacho.

MADRE.- ¡Oh, no!... Él no tiene la culpa... Tiene la mejor voluntad del mundo... ¡Es el otro el que va a caer en mis manos!

ARRIZÁBAL.- ¡Ah, el viejo!... Ten más cuidado ahí, todavía... Te va a dar más trabajo.

MADRE.- ¡Lo sé!... ¿Crees que no lo sé?... ¡No me importa nada su consentimiento! Lo que quiero es que venga aquí, que doblen el pescuezo, él y todo su Concordia! ¡No se han hartado bastante todos de ponerme por el suelo!...

ARRIZÁBAL.- ¡Bah!. ¡Ya estás!...

MADRE.- ¡Claro! ¡A ti no se te importa un pito! ¡No eres tú quien paga estas cosas!... ¿Acaso no saben todos la situación en que estamos? ¿Crees que tu bonita Concordia se ha olvidado un momento de hacérmelo sentir? ¡No eres tú, no, quien pierde!

ARRIZÁBAL.- (Irónico.) ¡Oh, tú!...

MADRE.- ¡Yo tampoco!... ¡Lo sabes bien! Que tu hermano fuera mi marido, y que tú nos hayas protegido desde entonces, (Recalcando con desprecio.) ¡poco me importa! Si le importa a ellos, ¡que se arreglen!

(Pausa.)

ARRIZÁBAL.- (Mirando el reloj.) ¡Diablo, las siete! (Pausa.) No, a ellos no les importa nada... Pero óyeme: En la vida de Dios hallarás un muchacho como Nébel para marido de tu hija.

(Ella se encoge de hombros.)

¡Sí, en la vida de Dios! Es una criatura...

MADRE.- ¡Pero si por ser una criatura es que lo acepto yo también!

ARRIZÁBAL.- Bueno; es una criatura, y todo lo que quieras; pero un chico con esa inteligencia y ese carácter, no se lo halla a la vuelta de cada esquina... Y mucho menos dar de narices con una fortuna como la del viejo Nébel.

MADRE.- (Displicente.) ¡Sí, ya lo sé!... ¡No creas que no lo veo tan bien como tú!

ARRIZÁBAL.- Es que el muchacho vale, te lo aseguro.

MADRE.- (Más calmada.) ¡Si lo sé!... ¡Dale con tu Nébel!... Yo también lo quiero... Y si por él fuera, ya mañana estarían casados... Están realmente locos los dos.

(Con pensativa ternura. Larga pausa.)

ARRIZÁBAL.- Oye: supongo que tu hija no ha hecho ninguna pavada...

MADRE.- ¿Qué?...

ARRIZÁBAL.- Estás dormida hoy, mi hija... Por ejemplo, haberse besuqueado demasiado con su novio...

MADRE.- (Asombrada.) ¿Él? ¿Ellos?... ¡Estás loco! Jamás se les ocurriría. Se mueren los dos de romanticismo. Estoy segura de que jamás se han dado un beso, siquiera. ¡Ni se tutean! ¡Ya ves!...

ARRIZÁBAL.- Es raro...

MADRE.- ¡Ya lo creo!... Por eso lo quiero más, al ver cómo respeta a Lidia.

ARRIZÁBAL.- Porque la quiere realmente, como se quiere a su edad. Por esto me gusta el muchacho.

(Desde momentos atrás la MADRE acusa señales de dolorosa fatiga.)

MADRE.- ¡Estoy deshecha!... (Va cansada al espejo, se mira.) ¡Uf!... No se me puede mirar... ¿Tienes la jeringa en la mesa?... La aguja de la mía está muy oxidada.

ARRIZÁBAL.- (La contempla.) No es el cansancio lo que te envejece... ¡Es eso!

MADRE.- ¿La cocaína?... ¡Bah! Esta pobre cosa no hace nada... ¿Quieres darme la inyección tú? (Palpándose las caderas.) Tengo las piernas deshechas de pinchazos...

ARRIZÁBAL.- Anda al consultorio, por lo menos... Cualquier día tu hija te sorprende.

MADRE.- (Cada vez más caída.) ¡Déjate de cosas! Necesito estar bien hoy... Dámela tú.

ARRIZÁBAL.- (Decidiéndose a ir con ella adentro.) En fin, son cosas tuyas...

MADRE.- ¡Ah!, me olvidaba... (Se asoma a la puerta.) ¡Josefa!...

(JOSEFA responde de adentro.)

JOSEFA.- ¡Señora!... Voy.

MADRE.- ¡No! Es para decirle que si vuelve el señor Nébel, lo haga esperar un momento... O mejor avísele a la niña... ¿Me oye?

(JOSEFA responde.)

JOSEFA.- Sí, señora.

MADRE.- Ahora sí... Vamos. (Con extremo quebranto.) ¡No puedo dar un solo paso!...

(Salen la MADRE y ARRIZÁBAL en momentos en que suena la campanilla.)

Escena VII

LIDIA y NÉBEL.

(Entra NÉBEL, y casi en seguida, corriendo y alborozada, LIDIA, que se detiene a su lado, al ver la sombría expresión de él.)

LIDIA.- ¿Qué tienes?... (Con mimo angustiado.) ¡Qué tiene!

NÉBEL.- (Amargado.) Nada..., nada que me haga muy feliz.

(NÉBEL avanza, tira el sombrero sobre la silla, se deja caer sentado con los codos en las rodillas. LIDIA lo sigue lenta y le pone de atrás la mano en la cabeza.)

LIDIA.- ¡Octavio!

NÉBEL.- (Volviendo el rostro; lento, arrobado.) Mi amor querido...

(LIDIA.- ¡Y sí!)

Mi encanto adorado...

(LIDIA.- ¡Y sí!)

Mi vida...

(LIDIA.- ¡Y sí!)

NÉBEL.- (Brusco, con fiebre.) Bueno, dejemos ya. ¡Todo, todo, menos perderte!... ¡He pasado diez minutos de perros!

LIDIA.- ¿Qué? ¿Por qué?...

NÉBEL.- ¿Por qué?... Lo vas a saber... Dime primero... una sola cosa, Lidia... ¿Tú estás bien segura, completamente segura de que para mí no hay mayor felicidad que casarme contigo, no es cierto?

(LIDIA queda muda e inquieta.)

Y que cuanto se oponga lo venceremos, hoy, mañana o después..., ¿no es cierto? (LIDIA presiente excusas de él para romper, y vuelve la cabeza. Él, con pasión.) ¡No, mi alma! ¡No es lo que crees, no!... ¿Cómo podría hablarte así si no estuviera seguro de que vas a ser mía, mía, mía? (Pausa; preocupado.) No es por mí... Es por papá.

LIDIA.- ¿Él?...

NÉBEL.- (Levantándose amargado.) ¡Ah, tú no sabes, no lo conoces! Cuando se le pone una cosa en la cabeza... Y tampoco es por ti, ¡te lo juro! Es el hombre más bueno del mundo... Duro, tal vez, pero de una pieza... Y te juro también que si hay un hombre que quiere la felicidad de su hijo, es él... (Amargo.) ¡Pero es imposible!

LIDIA.- ¿Qué?...

NÉBEL.- ¡Imposible! No sé lo que le ha pasado...

LIDIA.- ¿Pero qué tiene? Tú me habías dicho...

NÉBEL.- Sí, yo te había dicho... ¿Pero quién iba a creer que iba a ir hasta ahí?... (Pausa; bruscamente.) ¡Lidia! ¡Perdóname! ¡No puedo más con esto! ¡Es imposible seguir así! ¡Tu mamá quiere a toda costa que él venga acá... hoy mismo! ¡Quiere que venga en seguida! ¡Y él! ¡Con lo que piensa!... ¡Dime si no hay para volverse loco!

LIDIA.- ¿Pero por qué no quiere?...

NÉBEL.- ¡Deja! ¡No sabes tú! No puedes comprender... ¡Y qué remedio me queda!... No sé qué va a pasar... Le he dicho a papá que el doctor quería hablar con él..., por un asunto..., una consulta cualquiera..., ¡qué sé yo! Va a venir en seguida.

LIDIA.- ¿Él?... ¡Pero qué va a decir!...

NÉBEL.- Sí, él... ¡Qué sé yo!... ¿Qué otra cosa podía hacer?... ¡Tu mamá está también como loca!... ¡Y a nosotros dos nos toca todo eso!

LIDIA.- (Asustada.) ¡Octavio!...

NÉBEL.- ¡Sí, mi amor, lo sé! Es lo último que se me podía ocurrir...; ¿pero crees tú que tengo cara de perderte porque a papá se le ponga una estupidez en la cabeza?... Saldré yo, lo recibiré yo... Puede ser que así...

(LIDIA cree oír la campanilla; asustada.)

LIDIA.- ¡Octavio, yo me voy!...

NÉBEL.- No, ¡quédate!... Quiero que te vea... ¡Que te vea a ti, y cambiará!

LIDIA.- ¡No, no puedo!

(Suena la campanilla.)

LIDIA.- (Corriendo adentro.) ¡Ahí está!

(LIDIA sale corriendo; aparece en la puerta el padre de NÉBEL.)

Escena VIII

NÉBEL y el PADRE.

(El PADRE DE NÉBEL se detiene en la puerta, mira a todos lados, se confirma en sus sospechas. A su hijo, inmóvil en primer término de espaldas a él.)

PADRE.- (Con mordiente calma.) ¡Ah, eres tú! Ya me había parecido que en todo esto no había sino una chiquilinada más de tu parte. ¿Quieres que entre? Supongo que es lo que deseas.

NÉBEL.- (Con voz sorda.) Sí... Quisiera que habláramos un momento.

PADRE.- Ya lo veo... (Avanza, deja lento bastón y sombrero.) Para esto me traes aquí, con el primer pretexto que se te ocurre... (Avanza más; pausa.) Cuando yo tenía 20 años, y era ya menos mocoso que tú, se me ocurrían estas trampas... Veo que has progresado.

NÉBEL.- (De costado.) Y si las hacías antes, no sé por qué te indigna que las haga yo ahora...

PADRE.- (Duramente.) ¡Porque yo no pretendía casarme con esas señoritas, en cuya casa estaba metido todo el día!

NÉBEL.- (Conteniéndose.) ¡Bueno, papá!... ¡Dejemos esto!

PADRE.- ¡No deseo otra cosa! ¿Querías hablarme, hacerme venir contra mi voluntad a esta casa?... Bueno, ya estoy aquí. Hablemos. ¿Qué quieres decirme?

(Larga pausa.)

PADRE.- ¡Ah!... ¡No es tan fácil! ¡Y te parece mucho más cómodo engañar como a un perro a tu padre!

NÉBEL.- Yo no te he engañado..., como crees tú. Es otra cosa...

PADRE.- ¡Como a un perro, te digo, metiéndome en esta emboscada! No hay consulta, ni doctor Arrizábal que valga. Lo único que hay es una estúpida chiquilinada de mi hijo para hacerme aflojar.

NÉBEL.- ¡Papá!

PADRE.- ¡Bah!... Estás muy sensible hoy... ¡De ahí adentro te ha de venir esta sensibilidad!

NÉBEL.- (Duramente a su vez.) ¡De cualquier parte, menos de ti, seguramente!

PADRE.- ¡Bien dicho! De mí no, infeliz, porque por suerte para ti tengo otra cosa en el corazón, en vez de mocos. (Pausa.) ¡El hombrecito!... (Pausa.) Óyeme una cosa, nada más que una... Si se te pone el corazón de gallina y te parezco muy duro porque no te dejo hacer una imbecilidad, dime: ¿por qué no me dijiste desde el principio, como a un buen padre, lo que andabas tramando? ¿Cuántas veces se te ocurrió decirme -¡y ya va largo desde diciembre!- que te gustaba tal o cual muchacha?... ¿Tuviste un solo momento la confianza en tu padre de contarle que visitabas esta o aquella casa -¡esta, esta misma!- y que almorzabas y comías y dormías todo el día aquí? (Ante un gesto violento de su hijo.) ¡Bueno, dejemos lo de dormir!... ¡Y ojalá lo hubieras hecho muchas veces, así no salías con este matrimonio, ahora! ¡Bueno, respóndeme! ¿Hiciste algo de esto?

NÉBEL.- (Sordamente.) No...

PADRE.- ¡Ah, no! ¡Y te quedas tan fresco! Y después, un buen día, te me presentas muy campante, y me dices que te quieres casar -¡lo que se me importa bien poco!- pero que te quieres casar aquí (Patea.) en esta casa! (Ante nuevo gesto de NÉBEL.) ¡Cállate!... (Pausa, más calmado.) Y no solamente esto, sino que quieres que yo asista a tu matrimonio... (Levantándose, mordiente.) ¡El famoso matrimonio de mi hijo con...

NÉBEL.- (Duro.) ¡Cállate tú!... ¡No te permito una palabra!

PADRE.- (Ídem.) ¿Qué?... ¿Qué no me permites? (Pausa; recobrándose.) Para las insolencias siempre estás pronto... ¡Ahí se te encuentra en seguida! (Pausa.) Y esto, y tu... novia, y toda su honorable familia, es todo lo que me ofreces a tus 20 años... ¡Cortar tu carrera como un estúpido, y tomar de suegra a una mujerzuela!

NÉBEL.- (Temiendo que oigan de adentro.) ¡Más despacio!...

PADRE.- Bueno, más despacio... Si todos tus gustos fueran como este, se te podría contentar fácilmente... (Pausa larga.) ¡Contento estoy de ti! ¡Muy contento!... ¡Es una linda satisfacción que le das a mi vejez!

NÉBEL.- (De costado.) ¡Lo que te falta es que me eches en cara la plata que has gastado por mí!

PADRE.- ¡No seas animal! ¡Cállate la boca!... Esto se le puede ocurrir a esta gente, pero no a mí. ¡Aquí has aprendido esto! (Pausa.) ¡Echarte en cara!... ¡Me libro muy bien de ello! Además, sabes bien que lo que gastas es tuyo, porque era de tu madre. No vengas, pues, haciendo pucheros. ¡No! Lo que te echo en cara, o más bien lo que me echo yo a mí mismo, es no haber visto a tiempo lo que iba a pasar. Te quería dejar libre..., tenía la esperanza de que fueras un hombre... ¡Lindo hombre! ¡No está mal para tu edad toda esta podredumbre!

NÉBEL.- (Violento.) ¡Si lo dices!...

PADRE.- ¡Te repito que no tengo nada contra ella!... No me refiero a esa criatura... Quiero creer que no está contaminada todavía... (Pausa.) Y dime, porque lo de podredumbre tampoco te ha hecho dar brincos... Respóndeme tranquilo, sin la trompa torcida. ¿Tú sabes qué clase de relaciones tiene tu futura suegra con Arrizábal?

NÉBEL.- ¡Despacio!...

PADRE.- Bueno... ¿Tú sabes?

NÉBEL.- Sí...

PADRE.- ¡Ah!... ¿Sabes que es o ha sido su querida? ¡Y te quedas tan fresco!

NÉBEL.- ¡Y qué tengo yo que ver con la madre!

PADRE.- ¿Tú? Nada. Nada más que te metes en un lodazal, y yo por mi parte no quiero meter la pata, ¿entiendes? ¡Ni quiero que mi hijo la meta! (Mordiente.) ¡A buscar lirios!

NÉBEL.- ¡Cállate!

PADRE.- ¡Mamarracho!... ¡Si te parece mucho esto, anda, pregunta, infórmate de quien quieras, qué clase de vida lleva tu futura suegra en Buenos Aires! (Ante un gesto violento de su hijo.) ¡Quédate quieto!... (Pausa.) No sé si ella sola o no... ¡Pero esa vida la lleva tu futura familia, y solo tú lo ignoras! ¿Crees que los trapos de esa señora se compran gratis, imbécil? ¿Quién costea la casa y ese rumbo en Buenos Aires? ¡No Arrizábal! ¡Te lo puedo jurar: lo conozco bien! ¡Y te parece muy puro y muy limpio todo esto!

(NÉBEL, inmóvil hasta ese momento, va de un lado a otro y su PADRE lo sigue con los ojos.)

PADRE.- (Pausado.) Ahora te han venido ganas de caminar... ¿Es cierto lo que te digo?

NÉBEL.- Es cierto.

(Pausa.)

PADRE.- ¡Ah, lo sabías ya!...

NÉBEL.- Sí, lo sabía.

(Pausa; el PADRE va a su hijo, le pone desde atrás la mano en el hombro.)

PADRE.- ¡Déjala!

NÉBEL.- No.

PADRE.- Yo tengo 60 años, tú 20... ¡Déjala!

NÉBEL.- ¡No!

(Pausa; el PADRE concluye empujándolo del hombro.)

PADRE.- ¡Anda al diablo..., mamarracho! Lo único que realmente tienes, que es carácter, lo empleas en esta estupidez...

(Pausa. NÉBEL va conciliante a su PADRE, lo hace sentar.)

NÉBEL.- Óyeme, papá... Ahora me toca a mí. Dejemos esto... Haces mal en provocarme así... Sí, provocarme, aunque no te des cuenta. Bueno, dejemos... No te enojes de nuevo... Estoy a una legua de faltarte al respeto. Ya sabes cuánto te quiero, papá... Óyeme: ¡consiente! No, ¡déjame, óyeme!... Si tú estás seguro de que ella no está contaminada, como dices, ¿por qué no quieres acceder a ver el matrimonio de tu hijo?... ¿Qué te cuesta?... ¿Qué pierdes con darme ese gusto?

PADRE.- ¿Qué pierdo yo?... ¡Nada, te aseguro!

NÉBEL.- ¿Y entonces?... ¡Vamos, papá! Ponte un momento en el caso de ellos...

PADRE.- ¡Pero si está todo podrido aquí!

NÉBEL.- ¡Bueno! No lo niego..., te lo concedo todo..., todo lo que quieras. ¡Pero no se trata de ella, papá! Se trata de tu hijo y de la que va a ser su mujer! Nada tengo que ver con el resto... Yo y mi mujer seremos una sola familia, nada más. ¡Y nadie más! ¡De esto puedes estar bien seguro! Yo también he visto... (Muy cariñoso.) ¡Papá! ¡Consiente!

PADRE.- (Levantándose.) ¡No, no y no! ¡Vete al diablo! ¡Si tú no tienes dignidad, el viejo Nébel la tiene por los dos! No quiero mancharme los pies -¿entiendes?-, caminando sobre la misma alfombra que esa entretenida!

NÉBEL.- ¡Pero por eso mismo! ¡Por ser un hombre de carácter, no te vas a envilecer con ver el matrimonio de tu hijo, qué diablo! Óyeme: Si fueras un hombre débil, muy bien que te sintieras ofendido -¡bueno, envilecido, enfangado, lo que quieras!- asistiendo al matrimonio de tu hijo... Pero a ti, con tu modo de ser, con la personalidad que tienes, ¿qué te puede hacer esto?... ¿En qué te manchas, si estás por encima de todo?... ¡No! ¡Déjame! ¿Para qué hacer este distingo entre consentir en mi matrimonio y no querer asistir a él?

PADRE.- ¿Por qué? Porque te conozco demasiado para no comprender que lo llevarías todo por delante, y a mí el primero de todos, ¡para salirte con la tuya! ¡Pero esto es una cosa, y otra venir a ponerle trompa de almíbar a esa cocota cocainómana! ¡Eh, déjame en paz!

NÉBEL.- ¡Pero si no se trata de poner ninguna trompa de almíbar! Estás dos minutos, y te vas. ¡Papá, sé bueno! ¡Al fin y al cabo soy tu hijo, qué demonio! Me conoces lo bastante para saber que soy sincero... Tú mismo, que te has informado de todo... (Ante un gesto de él.) -¡bueno! que lo has sabido..., es lo mismo...- tú mismo no me has dicho una palabra de Lidia! Si no estuviera seguro de lo que ella vale, te hubiera dicho también: es esto o lo otro...; pero la quiero, ¡y se acabó! (Conciliando.) ¡Y ya ves! ¡No sabes lo que vale, papá! ¡Es una criatura completa!

PADRE.- (Levantándose de nuevo.) Y esa cocota será... (Gesto de asco.) ¡Puah!... ¡No, no y no! ¡Haz lo que quieras!

NÉBEL.- ¡Papá! ¡Óyeme por última vez!...

PADRE.- (Violento.) ¡No! ¡Rómpete el alma contra esta podredumbre! Cásate con diez mil crías de Arrizábal! Pero no me pidas que me manche las patas -¡las patas, sí! ¡Esta vez te digo las patas!- en la misma alfombra que esa entretenida viciosa. ¡Basta ya! Dame el sombrero.

(NÉBEL se lo da en silencio y queda en primer término de espaldas al PADRE, como al principio.)

NÉBEL.- (Con dificultad.) ¿No quieres verla... un momento, nada más? Es lo único que te pido. No te volveré a pedir más nada, te lo juro...

PADRE.- No, gracias. Quédate tú.

(El PADRE va hacia la puerta, se detiene.)

PADRE.- ¿Te quedas?

NÉBEL.- (Sin volverse.) Sí.

(Pausa larga.)

PADRE.- No deseo verte hoy...

NÉBEL.- Ni me verás más tampoco.

(Sale el PADRE.)

Escena IX

NÉBEL y la MADRE.

(NÉBEL queda un instante inmóvil; se arranca al fin, y toca el timbre. Al sentir pasos, creyendo que es la sirvienta; sin volverse.)

NÉBEL.- Josefa, dígale a la niña Lidia...

(La MADRE, entrando.)

MADRE.- Soy yo, Nébel... Ya viene Lidia... Siéntese... Me alegro de que haya vuelto ya... ¿Tampoco se sienta ahora?... Es igual... Así concluimos más pronto.

(Pausa.)

MADRE.- ¿Y?... ¿Habló con su papá?

(Pausas largas y difíciles de tormenta.)

NÉBEL.- Sí..., hablé.

MADRE.- ¡Ah, menos mal!... ¿Y qué le dijo?

NÉBEL.- Que está enfermo... Le cuesta salir de noche...

MADRE.- ¡Ah!... (Con tensión creciente de nervios.) ¿Es decir..., que su señor padre no quiere mancharse, viniendo a esta casa?

NÉBEL.-...

MADRE.- ¿Y eso es todo lo que ha dicho, ensuciándome las alfombras un cuarto de hora?

NÉBEL.-.....

MADRE.- ¿Y usted cree que no lo iba a saber? ¿Y qué? ¿Qué ha dicho? ¿Se puede saber?

NÉBEL.- (Irritado por la carga que se repite.) ¡Nada!

MADRE.- ¿Qué?... ¿Nada?... ¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha figurado?... ¿Quién es él para darse ese tono?... ¡Tiene la insolencia de pisar aquí, y me sale con esto!

NÉBEL.- Él no tiene la culpa... Yo lo hice venir.

MADRE.- ¡Y a mí qué me importa!... ¡Suya o de él, él ha estado acá! No necesito haber escuchado para saber lo que ha dicho, ¡no! ¡Uf, me parece oírlo!... ¡Hipócritas, todos, ensañándose con una pobre criatura que vale un millón de veces más que todos ellos juntos!... ¡No quiere asistir!... ¡Se mancha su respetable papá, dando este paso! ¡Y aquí, en mi casa, viene a desahogar sus hipocresías!

NÉBEL.- (Cada vez más irritado, aunque contenido.) No tiene razón, vuelvo a repetírselo! Él...

MADRE.- ¿Él?... ¿Por qué?... ¿Quién es él?... (Con duro sarcasmo.) ¡El más autorizado para esto!

(NÉBEL se vuelve a ella, herido.)

MADRE.- ¡Ah, le duele! ¡Usted también salta si lo tocan ahí! ¡Y le parece muy bien que me estén destrozando usted y todos ustedes porque soy una mujer! ¡Pero a él, no! ¡A él no se lo puede tocar!

NÉBEL.- ¡Porque usted no dice la verdad!

MADRE.- ¡Y él, sí! ¡Papá, papaíto!... ¡Déjeme en paz con su papá y todos los jesuitas de este pueblo! ¡Su papá!... ¿Quiere que le diga, yo también?... ¿Quiere? ¡Yo también sé lo que pasa!

(Nuevo gesto violento de NÉBEL; ella lo considera con rabia.)

MADRE.- ¡No sea criatura!... Porque lo era, lo queríamos... (Pausa.) ¡Papá!... ¡Bonita fortuna, sí! ¡Muy linda posición!... ¡Para los que no se quedaron en la calle por él!

NÉBEL.- ¡No sabe lo que está diciendo!

MADRE.- ¿Que no sé?... ¿Que no sé de dónde ha sacado su fortuna, robada a sus clientes y a sus peones?... ¡Ah, esto le duele también! Y esta es la culpa nuestra, de habernos metido con una criatura como usted ¡Su papá!... ¡Pregúntele a su papá, vaya! ¡Pregúnteselo a cualquiera! ¡Y con esos aires! (Remedando.) ¡Uf, el señor Nébel! ¡El doctor Nébel! ¡Su familia irreprochable, sin mancha ninguna!... ¡Se llenan la boca con esto! ¡Sí, su familia, la suya!... ¡Esto le digo! ¡Me viene!... ¡Vaya, dígale a su padre que le diga, ¡corra!, que le diga cuántos cercos tenía que saltar todas las noches para ir a dormir con su mujer, antes de casarse!

(NÉBEL se levanta.)

MADRE.- ¡Ah, usted no lo sabía! ¡Pero lo sé yo, le sabe todo el mundo! ¡Y me viene con esos aires! ¡Sí, váyase, haga lo que quiera! ¡Estoy hasta aquí de todos ustedes!

(NÉBEL toma el sombrero. Conjuntamente con la retirada de NÉBEL, la MADRE va adentro y continúa hablando. Al ver que habla con LIDIA, NÉBEL ya en la puerta se detiene.)

MADRE.- ¡Hipócritas, todos!... ¡Ah, tú también!... ¡Ahí está tu Nébel, anda a verlo, porque es la última vez!

(LIDIA aparece corriendo. NÉBEL la estrecha con pasión, y continúan contra la puerta basta el final de la escena.)

Escena X

LIDIA y NÉBEL.

NÉBEL.- ¡Mi amor! ¡Mi vida querida!

LIDIA.- (Sollozando.) ¡Octavio! ¡Lo que nos pasa!...

NÉBEL.- ¡No, mi alma, no te pierdo! ¡Eres y serás siempre mi mujercita adorada!

MADRE.- (Habla desde adentro.) ¿Encontró, Josefa? Bien; mañana nos vamos... ¡No le importa nada! ¡Muévase!

LIDIA.- ¡Octavio! ¡Estamos perdidos!...

NÉBEL.- ¡No, mi alma querida! ¡No lo conseguirán, te lo juro!

LIDIA.- ¡Dios mío!...

MADRE.- Sí, y los baúles también... Y dígale a la niña Lidia que venga. ¡En seguida!

(Desesperado abrazo de los muchachos.)

NÉBEL.- ¡Adiós, mi alma adorada! ¡Quiéreme mucho, nada más! ¡Querámonos mucho, Lidia mía, y venceremos!

LIDIA.- Sí, sí...

NÉBEL.- ¿Me querrás siempre, siempre?

LIDIA.- ¡Siempre, siempre!

NÉBEL.- ¡Adiós!...

(NÉBEL se arranca y sale. LIDIA queda recostada contra el marco. Adentro más lejos, la voz de la madre:)

MADRE.- ¡Traiga todo, le he dicho!... ¡Lo que es Concordia, se acabó para siempre!

(LIDIA rompe en sollozos contra el marco.)

TELÓN

Cuarto de casa de inquilinato-casi conventillo. Puerta a la izquierda, al corredor. Al fondo puerta a otra pieza. Han pasado once años. En Buenos Aires.

Escena I

SEÑOR y VECINA.

(Fuera de la escena aún.)

VECINA.- ¡Adelante, señor!... No importa... Ya va a venir... ¿La señora de Arrizábal, no?... Un momento, nada más.

(Entran.)

VECINA.- ¡Entre, señor!... Espere un momento... Siéntese, siquiera... Es cuestión de un momento.

SEÑOR.-(Sin sentarse.) Gracias, tengo apuro... Prefiero venir más tarde.

(Saca el reloj.)

VECINA.- Como quiera, señor... ¿Qué hora tiene?... ¿Me lo quiere decir?...

(El SEÑOR le tiende mudo el reloj.)

VECINA.- ¡Ah!..., ¡las once y media ya!... Es raro... Nunca se demora tanto... Quién sabe lo que le habrá pasado... Y eso que ella tiene que cuidarse... Bien enferma, ¡le aseguro!... Su hija no, la pobre... ¿Usted la conoce?... Es muy buena Lidia... ¡Si viera cómo es con los chicos de los vecinos!... ¡La pobre!... Pero no tiene nada de alegre, no... (Pausa.) ¡Qué doña Julia!... No está bien, no... Nada bien... ¡También!... ¡Con la enfermedad que tiene!... ¿Usted sabe, no?... ¡Cómo no ha de saber!... Yo creo que lo he visto al señor alguna vez aquí...

SEÑOR.- No...

VECINA.- ¡Ah!... Bien triste, ¡la vida de doña Julia!... Su hija, no... Ella es bien sana... ¿No la conoce?... ¡Muy buena!... No hay nada que decir... Da lecciones de piano en las casas ricas...

(Aunque el visitante no ha hecho un solo gesto.)

¡Ah!... ¿Usted lo sabe?... Así es... Pero habla bien poco... ¡Se lo digo yo, que hablo tanto! Con las criaturas sí habla... Todos la quieren como unos locos... (Prestando oído.) Debe estar arreglando... ¡Estoy segura que está arreglando!... ¡Oh, yo la conozco!... Pero hay que quererla, eso sí... Se hace querer por todos... aunque no hable mucho... ¿Usted la conoce, no es cierto?... ¡Ah! no me acordaba que me dijo que no... (Pausa.) ¿Quiere decirme qué hora tiene?...

(El SEÑOR va a extenderle otra vez el reloj.)

VECINA.- Ah, sí..., ya me dijo... Las once y media...

(El SEÑOR se levanta.)

SEÑOR.-Le ruego que entregue esta tarjeta a la señora.

VECINA.- Muy bien, señor... ¡Cómo me hubiera gustado que la hubiese visto!...

SEÑOR.- Volveré más tarde.

VECINA.- Sí señor... De tarde la encuentra siempre... Que lo pase bien, señor... Se la daré en seguida, ¡pierda cuidado!

(El SEÑOR sale.)

Escena II

VECINA sola.

(Se acerca a la puerta del fondo.)

VECINA.- ¡Lidia!

LIDIA.- (Desde adentro; con voz calma y grave.) Qué hay...

VECINA.- Nada, soy yo, doña Rosario... ¡Está arreglando la pieza, seguro!...

LIDIA.- Sí... (Pausa.) Me duele un poco la cabeza...

VECINA.- No, no es nada... No la quiero interrumpir... Es una visita que estuvo para doña Julia...

LIDIA.- ¿Quién era?

VECINA.- No sé..., no lo conozco... ¡Un señor muy bien!... Pero tenía un apuro horrible... No quiso esperar nada... Dejó una tarjeta para doña Julia.

(Pausa.)

LIDIA.- Tarda, mamá...

VECINA.- Sí; es lo que yo le decía al señor... (Presta oído.) ¡Me parece que ahí viene! ¡Sí, es ella!... Hasta luego Lidia... Me voy. Hasta luego.

(Al salir entra la SEÑORA DE ARRIZÁBAL. Muy avejentada, con traje de dudoso gusto y el paso inseguro.)

Escena III

VECINA y la MADRE.

VECINA.- ¡Oh, doña Julia!... En este momento le estaba diciendo a Lidia... Estuvo un señor hace un momento... ¡Un señor muy bien!

MADRE.- ¿Quién era?

VECINA.- No sé... Creo que lo he visto alguna vez aquí..., pero no sé. No quiso quedarse ni un momento... Tenía un apuro terrible... Me dio esta tarjeta para usted

MADRE.- ¿Para mí?... (Tomando la tarjeta, la lee.)

VECINA.- Sí, para usted... ¡Un señor muy bien, doña Julia!... (Insinuante.) Me pareció que quería ver a la niña de la casa...

(La MADRE concluye de leer; con gesto desabrido y de fatiga, tira la tarjeta.)

MADRE.- Sí, ya sé... ¡Todos son lo mismo!

VECINA.- ¿Qué era?... ¡Si se puede saber!

MADRE.- Sí... Una tarjeta del doctor González.

VECINA.- ¡Ah, sí!... ¿Donde Lidia daba lecciones de piano?

MADRE.- El mismo... Lo recomienda a su amigo... (Por el señor visitante.) ¿Va a volver?

VECINA.- En seguida. Que en cuanto acabara de comer, volvería...

MADRE.- Muy bien, doña Rosario... Hágame el favor de decirle, cuando venga, que no puedo... ¡No, no!...

VECINA.- ¡Ah! ¿Él también quiere que Lidia?...

MADRE.- Sí, que le dé lecciones a sus chicas... ¡No, no! Esto se acabó... ¡Que no puedo, doña Rosario! ¡Que no podemos!... ¡Cualquier cosa!...

(Pausa.)

VECINA.- Yo, en su lugar, doña Julia... En fin, estas son cosas suyas... Usted dirá por qué me meto... ¡Pero es un señor muy bien! Tal vez guste de Lidia.

MADRE.- (Amarga.) ¡Ah, doña Rosario!... ¡Usted siempre la misma!... ¡Los conoce bien poco usted!...

VECINA.- Bueno, doña Julia... Yo no sé... Usted es una señora..., ha vivido más que yo... Pero un novio formal..., un señor como ese..., le vendría bien a Lidia, créame!

MADRE.- (Volviéndose.) ¿Novio?... Y usted cree que ese quiere ser novio de Lidia?... ¡Ah!...

VECINA.- ¡Sí, ya sé, doña Julia!... Yo también sé... Pero Lidia... Usted... Necesitan, doña Julia. (Pausa.) ¡Yo, aunque sea una zonza, también veo, doña Julia!

MADRE.- (Rendida, amarga.) Sí, doña Rosario, ya sé... No necesito que me lo diga... Ya sé a qué se refiere... Pero si mi hija comparece algún día ante el tribunal de la penitencia, no va a ser ella quien tenga la culpa, ¡se lo aseguro!... ¡Pobre, mi hija!... (Se recobra.) ¡Bueno!... ¡Esto se ha concluido, por felicidad!... Y si mi hija dio lecciones a las chicas de González, y él fue muy bueno (Acentuando.) con nosotros... Y si cree que porque Lidia tuvo compasión de su pobre madre en la miseria..., va a hacer lo mismo con ese otro..., ¡se equivoca ese señor! ¡Yo he tenido la culpa de todo!... ¡Dios lo debe! ¡Nadie más que yo debe cargar con el pecado!... ¡Pobre hija mía!... ¡No, no, doña Rosario...! ¡Dígale cualquier cosa..., cualquier cosa!... Por suerte, esto concluyó ya... (Animada.) Sí, doña Rosario... Creo que hemos hallado por fin la tranquilidad..., ya que no puedo decir la felicidad.

VECINA.- ¡Ah!... ¡Cómo me alegro, doña Julia! ¿Y con quién? ¿Se puede saber?

MADRE.- Después, después, vecina... Usted ha sido una buena vecina con nosotros... Vaya un momentito, doña Rosario... Tengo que hacer... Discúlpeme.

VECINA.- ¡Pero doña Julia!... ¡A mí, decirme eso!... Usted ha sido una señora, doña Julia... Esto no se olvida..., aunque a veces se sea tan pobre como uno.

MADRE.- Gracias, vecina... Sí, así es el mundo... Bueno, hasta luego... Y gracias de nuevo.

VECINA.- De nada, doña Julia...

(Sale.)

Escena IV

La MADRE y LIDIA.

(LIDIA habla desde adentro durante toda la escena. La MADRE, dolorida aún, se recobra al final; va pesadamente hasta la puerta de su hija con cara de vieja celestina que ha encontrado por fin un cliente seguro. Adentro, trajín de cosas de loza que se arreglan en el aparador.)

MADRE.- (Arrimando el oído a la puerta.) ¡Lidia!

LIDIA.- (Con la misma voz calma y grave.) ¡No, mamá!... Espérate... Me embarrullas todo.

MADRE.- Bueno, no entro..., es lo mismo... ¿Ya estás vestida?

LIDIA.- (Con ironía triste.) Son las doce, mamá...

MADRE.- ¿Las doce, ya?... ¡Qué cosa, el tiempo! ¿Qué vestido te pusiste?...

LIDIA.- ¡Tsh... mamá!

MADRE.- Es que tengo una noticia que darte, mi chiquita... ¿A que no sabes a quién he visto hoy?...

(Pausa.)

LIDIA.- No sé...

MADRE.- ¡Adivina!

LIDIA.- (Con reproche.) ¡Estoy ocupada en arreglar esto, mamá!... ¡Qué sé yo!...

MADRE.- ¿No son las de Martínez, eh?... (Arrimando más el oído.) ¿Oíste?

LIDIA.- Sí, oí...

MADRE.- ¡Ah, ah!... ¡No vas a adivinar nunca! ¡Es una persona que hace mucho tiempo que no ves!

LIDIA.- Bueno..., no sé...

MADRE.- ¡Nunca adivinarías!... ¿Sabes quién?

(Prosiguen las pausas de LIDIA, como persona distraída por su quehacer.)

LIDIA.- Bueno, dime...

MADRE.- Nébel.

(Brusco silencio del trajín. La MADRE, al notarlo, se restriega las manos de satisfacción.)

MADRE.- ¿Oíste?

LIDIA.- (Pausa; con voz lenta y cambiada) Sí, mamá...

MADRE.- (Triunfal.) ¡Ah!... ¿Y qué me dices, entonces?... ¡Nébel!... ¡Figúrate! ¡Tan luego él!... También... Diez o doce años... ¿Cuántos son?... Once, creo... ¡Qué había de figurarme yo, cuando salí de aquí!... Casi, casi no lo veo... (Pausa.) ¿Me estás oyendo?... Figúrate que subo en el 16, en Corrientes y Suipacha..., y me siento al lado de un tipo que estaba leyendo un diario... Un muchacho joven, muy quemado... ¡Buen mozo, el demonio!... ¡Uy!... En cuanto me senté lo conocí... Era él. Pero está muy cambiado... ¡Si vieras con qué gusto lo vi!... (Pausa.) ¿Él? ¡Ah!... Creí que me habías preguntado... ¡Él no me conoció mucho, que digamos!... Es que también... (Se mira en un espejito de la pared.) ¡Está bien cambiada, tu pobre madre!... (Recobrándose.) ¿Qué dices?... ¿Te cambiaste de traje?... ¡Vamos, respóndeme!... No te hagas la... Va a llegar de un momento a otro.

LIDIA.- (Con dura sorpresa.) ¿Él?...

MADRE.- ¡Claro! ¿Quién quieres que sea?... Le dije que viniera a vemos... ¡Me costó, te aseguro!... Quiero que te vea bien puesta... ¡Para eso has sido su novia!...

(Se oye la voz de la vecina en el patio.)

MADRE.- ¡Ahí está! ¡Mi hija, apúrate!...

(Aparece en la puerta NÉBEL.)

Escena V

La MADRE y NÉBEL.

MADRE.- (Tendiéndole de lejos los brazos.) ¡Ah, aquí está! ¡Entre, Nébel, entre! ¡Entre con toda confianza!... Está en su casa, ya sabe... Entre, siéntese aquí... ¡Qué gusto nos da! Deme el sombrero... ¡No, démelo!... Está en su casa, no se olvide... Así... Ahora, déjeme verlo... ¡Qué bien está! ¡Qué joven!... Buen mozo, ni decirlo, ¿no?... Quemado, sí... (Juntando las manos.) ¡Pero el mismo de siempre!... Lidia... (Inclinándose insinuante.) usted no me ha preguntado todavía por ella... ¡Sí, sí!... ¡Comprendo!... ¡Yo soy madre, Nébel!... Lidia también está igual. (Ante una ojeada de NÉBEL por la pieza.) ¡Oh, no se fije, Nébel!... Esta no es una casa para recibirlo a usted... Y sobre todo cómo debe estar puesta la suya... Sí, sí... Yo sé lo que me digo... Ya no son aquellos tiempos, no... Desde entonces acá, ¡usted no sabe lo que ha pasado!... Pero ya lo conocemos a usted y usted nos conoce bien, Nébel... Y eso que yo... (Se lleva la mano al costado.)

NÉBEL.- No la hallo bien...

MADRE.- ¡Oh, no!... Nada bien. ¡Estoy muy enferma, Nébel!... Ya he tenido ataques a los riñones... Y del último casi ni vuelvo. ¡Soy una pobre máquina vieja, nada más!

NÉBEL.- Usted ha hecho sin embargo lo posible para envejecerse.

MADRE.- ¿Yo?... (Comprendiendo la insinuación a la cocaína.) ¡Oh!... Eso no tiene importancia... Sí, siempre... ¿Qué quiere que haga? A mis años no se empieza a vivir de nuevo... (Con el mismo manejo de vieja celestina.) ¡Usted, en cambio, destila salud y energía!... Se ha convertido en un lindo hombre, ¡déjeme que le diga! Lidia también está igual.

(Pausa.)

NÉBEL.- ¿Soltera?...

MADRE.- ¡Y claro!... ¡Cómo se va a alegrar la pobre! ¡Cuántas veces hemos visto su nombre en los diarios!... Supimos también que su papá había muerto... (Bajando la voz insinuante.) Ella hace como que no ve nunca su nombre... Usted, que es un hombre ahora, conoce bien a las mujeres, ¿no es cierto? Yo tenía antes... (Volviendo los ojos a la pared.) un retrato de su establecimiento... Un ingenio, creo. ¿Y usted vive allá o en la estancia de Entre Ríos?

NÉBEL.- En el Chaco, casi siempre.

MADRE.- (Juntando las manos.) ¡Lo que debe ser eso!... Yo a veces le digo a Lidia: ¡Si hubiéramos tenido la suerte de vivir en el campo!... Yo misma creo que hubiera mejorado. Estoy mal, muy mal, yo sé...

NÉBEL.- No tanto sus riñones... Es la cocaína.

MADRE.- ¡Sí, sí!... ¡Ya sé!... ¡Bastante me ha hecho sufrir, le aseguro!...

(NÉBEL la mira fija y largamente, con recuerdo al pasado.)

¡Sí, ya sé!... ¡Bastante lo he deplorado!... Pero estaba muy agitada en aquella época... Tenía los nervios terribles... (Pausa.) ¡En fin!... No quiero nunca acordarme de eso... Y si no fuera por mi enfermedad... (Suspira; se recobra.) ¡Qué Nébel! ¡Once años!... ¡Y siempre el mismo!... ¿Ah, sabe?... ¿Sabe que hubiera podido tener una porción de hijos con Lidia?...

NÉBEL.- (Sonríe.) Seguramente...

(Aparece LIDIA en la puerta.)

Escena VI

Los mismos y LIDIA

MADRE.- ¡Ah, mi hija!... Ven, mi chiquita... Lo conoces..., ¿no es cierto?... Supongo que no necesitan presentación, ¿eh?...

(Ellos avanzan, dueños de sí, al encuentro uno del otro, sonriendo con seguridad de personas hechas ya.)

LIDIA.- Cómo le va...

NÉBEL.- Mucho gusto de verla...

LIDIA.- Siéntese...

(La MADRE pone la mano sobre la cabeza de LIDIA; con el mismo juego de siempre.)

MADRE.- ¿Y? ¿Qué me dice?... ¿Es una mujer interesante o no?

NÉBEL.- (Sonríe.) Muy bien...

MADRE.- Y tú, zoncita, ¿cómo lo hallas?

LIDIA.- (Mirándolo francamente.) Igual..., pero muy quemado.

MADRE.- ¿Lo hubieras conocido?

LIDIA.- ¡Claro!

MADRE.- ¿Y usted?... ¡Claro también!... Está igual... ¡Qué bueno! ¡Quién había de decirnos esta mañana! (A NÉBEL, por LIDIA.) Y la voz, ¿no la halla cambiada?

NÉBEL.- No...

MADRE.- Ha tenido una laringitis... Nunca quedó bien... (Acariciándola.) ¡Pobre!... ¡Cuánto ha sufrido!... (Se recobra.) ¡En fin!... Ya estamos reunidos... Es decir, nos hemos visto después de tantos años. (Pausa; a NÉBEL.) ¿Y usted, vuelve pronto al Chaco?

NÉBEL.- Sí, tal vez hoy.

LIDIA.- (Muy natural.) ¿En qué va... por agua?

NÉBEL.- No, por tren.

LIDIA.- Yo creía que no estaba concluida la línea...

NÉBEL.- Sí, hace tiempo, ya... Es un poco más incómodo, pero se llega en día y medio.

MADRE.- ¡Qué poco!... ¡Mira, Lidia, eso sí que es un hermoso viaje!...

LIDIA.- Yo me cansaría, me parece.

NÉBEL.- No tanto; a veces, de bajada, vengo por agua...

MADRE.- ¡Casi nunca, estoy segura!... ¡El mismo de siempre! ¡Nervioso como usted solo!

NÉBEL.- No es eso... Es que ahora tengo siempre necesidad de llegar pronto.

LIDIA.- Pero ahora en verano debe ser fuerte el viaje.

NÉBEL.- Sí, un poco... Sobre todo al entrar en el Chaco... Es cuestión de costumbre.

LIDIA.- (Grave.) Sí; se acostumbra a todo uno...

(Pausa.)

MADRE.- ¡Sí, ya lo creo! Hasta a ver a dos personas como usted, que se han conocido bastante, hablando del calor y de la línea! ¡Pero mi hija! ¿No se te ocurre otra cosa que decirle a Nébel?

LIDIA.- (Sonríe.) ¡Y qué le voy a decir!

MADRE.- ¿Qué le vas a decir?... ¡Qué sé yo! Yo no tengo tus 22 años...

LIDIA.- 26, mamá...

MADRE.- ¡Bueno, lo que quieras! ¡Cierto que Nébel sabe bien tu edad!... Yo no sé..., pero si tuviera por delante a un buen mozo como Nébel... encontraría algo más entretenido por decirle.

NÉBEL.- Es que a mí me interesa también hablar de esto.

MADRE.- ¿Usted?... ¡Cállese la boca!... No se vive como usted, y con la posición que tiene, para no saber qué decir a una linda muchacha!... (Acariciándola.) ¡Esto sí te lo puedo decir, mi hija! Si no, que diga Nébel. ¿No es cierto que es una linda muchacha?...

LIDIA.- (Levantándose, sonríe grave.) ¡Lindísima! ¿Quiere café, Nébel?... Esto sí le podemos ofrecer.

MADRE.- ¿Estás loca?... No habrá almorzado, todavía...

NÉBEL.- Sí, ya. (A LIDIA, franco.) Si no le incomoda, con mucho gusto.

LIDIA.- Ninguna... Ya tengo el agua caliente.

(Sale LIDIA.)

Escena VII

La MADRE y NÉBEL.

MADRE.- (Acercándose; en voz baja y arrullante.) ¿Y?... ¿Qué me dice?

NÉBEL.- Muy bien...

MADRE.- ¡Ya lo creo!... Es una mujer como no hay dos. ¡Pobre, mi hija!... Vivimos tan mal, ¡si viera!... Aquí tiene nuestra casa... Nosotros... ¡véanos!... (Pausa.) Pero no quiero lloriquear, no... Por ella lo siento, ¡pobre hija mía! ¡Le haría tan bien un poco de vida al aire libre!... ¡Cuántas veces hemos deseado ir a pasar unos meses al campo, y siempre con el deseo! ¡Y todo por falta de relaciones!... Antes podíamos, usted sabe bien... Ahora, pobre y vieja como está una... ¡Es tan difícil tener un amigo en estas condiciones!... (Ojeada a NÉBEL; pausa.)

NÉBEL.- A Lidia, no sé... Pero a usted le convendría cuidarse más.

MADRE.- (Abriendo las manos.) ¿Yo?... ¡Para qué! ¡Yo soy un cascajo, Nébel! ¡Nada me importa en esta vida! ¡Oh, yo sé lo que me digo!... Pero ella, la pobrecita, ¡qué culpa tiene de que yo sea una vieja inútil para nada! ¡Yo lo sé, Nébel, lo sé bien!... En el campo en seguida se repondría. (Pausa difícil; bruscamente.) ¡Vea, Octavio!... ¿Me permite ser franca con usted?

NÉBEL.-...

MADRE.- Sí, ya sé, Octavio... Yo también lo quiero como a un hijo..., usted lo sabe. (Nueva pausa; se decide por fin.) ¿No podríamos pasar una temporada en su establecimiento?... ¡Nébel! ¡Soy yo, una madre, quien se lo pide!...

NÉBEL.- Soy casado...

MADRE.- ¡Casado! ¡Usted, Nébel! ¡Oh, qué desgracia!... Es decir... Perdóneme, ya sabe... No sé lo que me digo... ¡Tan joven! (Cambia de tono.) ¿Y su señora vive con usted en el establecimiento?

NÉBEL.- Generalmente... Ahora está en Europa.

MADRE.- ¡Con sus padres, seguro! ¡Oh, los padres!...

NÉBEL.- Sí, está un poco enferma...

MADRE.- ¡Pobre señora! En Europa, ¡tan lejos!... Es decir... (Pausa; abriendo los brazos, con lágrimas.) ¡Nébel!... A usted se lo puedo contar todo..., usted ha sido casi mi hijo... ¡Nébel! ¡Estamos poco menos que en la miseria!... ¡Nada, nada!... ¡Lo que ve, y eso! Ya ve cómo estamos... No podemos más... Antes, Lidia... ¡No, no sé lo que me digo!... ¡Por ella, pobre hija mía! ¿Por qué no quiere que vaya con Lidia?... Usted nos conoce bien, no es cierto?... ¡Qué felices seríamos! ¡No lo molestaríamos en nada, no tenga miedo! ¡Oh, lo que es eso, no!... Vea como vivimos...

(Pausa. La MADRE ojea atrás, y se acerca con el mismo juego de vieja celestina.)

MADRE.- ¡Oiga, Nébel!... Usted me conoció antes, sí... Ahora le voy a hacer una confesión de madre..., en toda confianza... (Pausa.) Usted conoce bien el corazón de Lidia, ¿no es cierto? (Espera respuesta en vano. Acercándose más, baja la voz.)Sí, sí... ¡Usted la conoce bien! No me venga... (Con una guiñada espesa.) ¿Y usted cree que Lidia es mujer de olvidar cuando ha querido?...

(Pausa; NÉBEL se levanta en silencio.)

MADRE.- ¡Cómo, Nébel! ¡Se va!...

(NÉBEL niega con la cabeza; da unos pasos.)

MADRE.- ¡Ah, ya decía yo!... (Mirándolo caminar embelesada.) ¡Qué muchacho!... ¡Elegante como siempre! (Pausa; en voz baja, ansiosa.) ¿Sí, Nébel? ¿Consiente?... (Cruzando las manos.) ¡Es una madre, Nébel, quien se lo pide!

NÉBEL.- Sí...

MADRE.- (Con un gran suspiro.)¡Ah! ¡Ya decía yo!... No se vive lo que uno ha vivido, para equivocarse respecto de las personas. ¡Gracias, Nébel, gracias! ¡Gracias de nuevo! ¡Una madre es quien se las da!... ¡Uy! ¡Qué felicidad! ¡Mi pobre hija será tan feliz!... (Se lleva bruscamente la mano al costado, donde siente una puntada.)Y yo también, créame..., necesito un poco de paz... ¡Estoy mal, muy mal!

NÉBEL.- (Mirándola largo.) Creo lo mismo... Cuídese.

MADRE.- (Con sonrisa amarga.) ¡Lo sé, lo sé! ¿Cree usted que no lo sé?...

NÉBEL.- No son los riñones.

MADRE.- ¡Oh, la cocaína!... ¡Siempre lo mismo!... No tiene nada que ver.

NÉBEL.- Sí, no hay otra cosa... Y esa sola condición le impondría.

MADRE.- ¿Qué cosa?... Dígame...

NÉBEL.- Que tenga juicio... Se está matando con eso... Usted lo sabe tan bien como yo.

MADRE.- ¡Lo sé, lo sé! ¡Muchacho siempre! ¿Cree que a mis años se compone esta vieja máquina? (Se levanta con dificultad.) No, es mi riñón... Yo sé..., lo conozco... (Se recobra.) En fin, ya pasará algún día... Dejemos esto. Porque ahora... (Apretándose los ojos.) ¡no quiero ni pensar en la vida que pasaremos! ¡Y cómo, cómo estará puesta su casa!...

(Aparece LIDIA con el café.)

Escena VIII

Los mismos y LIDIA.

MADRE.- ¡Ah, tú, mi chiquita!... Ponlo ahí... Acérquese, Nébel... O no... Mejor trae esa silla aquí... ¡Para qué incomodarlo!... (Ante un gesto de LIDIA.) ¡Y qué!..., ¡qué tiene!... Nébel nos conoce bien..., ¡no seas tonta! ¿Verdad, Nébel?... (A NÉBEL.) ¿Mucha azúcar?...

NÉBEL.- No, dos terrones.

MADRE.- ¿Dos solamente?... (A LIDIA.) ¡Y económico! ¡Ya ves, Lidia! ¡No se dirá que es porque no tiene azúcar! ¡Él, con un ingenio entero!

(Pausa.)

MADRE.- ¡Ah!, ¿no sabes, Lidia?... Nébel nos invita a pasar una temporada en su establecimiento... ¿Qué me dices?

(LIDIA permanece muda mirando a su MADRE. La MADRE, a NÉBEL.)

MADRE.- ¡Así son estas!... ¡Ahí la tiene!... ¡Muriéndose de gusto, y ni una palabra! (A LIDIA.) ¡Ah, y no sabes lo mejor!... Está casado... ¿Qué dices?... (A NÉBEL.) ¡Usted sí que se puede decir que es un marido joven y buen mozo! ¡Da gusto!

(Pausa; LIDIA mira largo a NÉBEL con dolorosa gravedad.)

LIDIA.- ¿Hace tiempo?...

NÉBEL.- Cuatro años...

MADRE.- ¡Ah, eso no me lo dijo! ¡Cuatro años! ¡Es una eternidad, cuatro años! ¡Y tan joven! (Levantándose.) ¡En fin, voy un momento adentro!... No puedo más ya..., me caigo. Ustedes díganse lo que quieran... (Con una guiñada.) ¡No tienen más que recordar!... (Sale.)

Escena IX

LIDIA y NÉBEL.

(Pausa larga; LIDIA pasea lentamente con la cara apoyada en la mano.)

LIDIA.- ¡Perdónela a mamá!... Ha pasado por muchas cosas... ¡Está muy vieja!

(Pausa.)

NÉBEL.- No hubiera creído hoy...

LIDIA.- Sí... ¡Es todo lo que nos reservaba el destino!...

(Pausa.)

NÉBEL.- (Sordamente.) ¡También lo siento yo!... (Pausa.) Si quiere, me voy...

(LIDIA lo mira largo.)

NÉBEL.- Me voy para siempre...

LIDIA.- (Amarga.) ¡Para qué!... ¡Ya hemos caído bastante bajo!...

(Larga pausa.)

¡Lo único que siento..., es haberlo conocido antes!...

(Pausa; NÉBEL se acerca a ella por atrás.)

NÉBEL.- ¡Lidia!...

(LIDIA se ha sentado con la cara en las manos. Vuelve el rostro a él, conteniéndolo con la mano.)

LIDIA.- ¡No, no!... Después...

(Pausa.)

NÉBEL.- ¡Lidia!... ¿Queda algún recuerdo?...

LIDIA.- (Vuelve dolorosa la cabeza a él.) ¿Recuerdo?... ¡Por eso le he dicho que hubiera deseado no haberlo conocido nunca!... (Pausa; camina.) Ahí viene mamá... ¡Perdónela, perdónela!... Ha sufrido mucho... Está muy vieja ya...

NÉBEL.- Y usted..., ¿me perdona?

LIDIA.- ¿Yo?... (Amarga.) ¡Yo no tengo nada que perdonar!... ¡Ni que me perdonen, tampoco!...

(Entra la MADRE.)

Escena X

Los mismos y la MADRE

MADRE.- Ahora sí... Siquiera puedo caminar como la gente... ¿Y?... ¿No se han aburrido?... (Juntando las manos.) ¡La parejita! ¡Hum!... ¡Buen mozo de muchacho!... ¡Pocos pueden decir que tienen la suerte de usted!... Bueno, mi hija... (Acariciándola.) ¿Felices, verdad?... ¿Y, Nébel..., cuándo nos vamos? ¡Me muero ya, pensando!...

NÉBEL.- Había pensado irme esta tarde... Cuando usted quiera.

MADRE.- ¡Pero ahora mismo! ¿Verdad, Lidia?... No tenemos nada que arreglar... (Se lleva de nuevo la mano al costado, con vivo dolor.)

(Pausa.)

NÉBEL.- Es lo que me parece..., que usted no está en estado de hacer un viaje.

MADRE.- Sí, sí..., esto pasa... Ya conozco. Son unas puntadas terribles... Está por venirme otro ataque.

LIDIA.- ¡Mamá!...

MADRE.- (Recobrándose.) ¡Y qué!... Tú sabes bien... ¿Crees que no me voy a sentir mejor allá?... ¡Ah, no, Nébel! Me moriría, le aseguro, quedándome aquí después de... ¡No, vamos hoy mismo! Dentro de una hora estaremos prontas. ¿A qué hora sale el tren? Porque vamos a ir en tren, no?

NÉBEL.- Sí..., si usted se atreve.

LIDIA.- (Haciendo un esfuerzo aún.) Mamá...

MADRE.- ¿Qué, mamá?... ¿Crees que no me animo?... Pero estás loca... ¡Como si no me conocieras..., y no supieras cuánto haría por tu felicidad, sin vergüenza! ¡Sí, Nébel, hoy mismo!...

(NÉBEL toma el sombrero.)

NÉBEL.- Sale a las cinco y media... Yo pasaré por aquí.

MADRE.- ¿Usted?... ¡Ah, el de siempre!... ¡Siempre el mismo muchacho galante!... Bueno, hasta de aquí a un momento... A ver, tú, Lidia... ¿Y? ¿No se dicen nada?... ¡Qué gente!... (Empujándola del hombro.) ¿No le das un beso, siquiera?... ¡Vamos, tonta!...

(Ellos se dan la mano, graves.)

MADRE.- ¡Muy bien! ¡Muy lindo!... Se dan la mano... En fin..., hasta luego, Nébel.

NÉBEL.- Hasta luego.

LIDIA.- Hasta luego.

MADRE.- Hasta luego... Hasta de aquí a un momento.

(Sale NÉBEL.)

ESCENA XI

MADRE y LIDIA.

(Comienza a caer el telón al hablar la MADRE; LIDIA camina con la cara en la mano. La MADRE la mira desde la puerta.)

MADRE.- ¿Y?... ¿Por qué no lo besaste?... Cualquiera diría que no te va a hacer feliz después de once años, ingrata...

TELÓN

Hall interior de chalet, en el Chaco. Muy bien puesto. Muebles, pieles, flechas -decoración del país. Al fondo, a todo lo ancho, vidriera con cortinas. Mesita de té a la derecha, primer término. Más lejos, escritorio. Cuando la luz está encendida en el cuarto de la galería, se ve vagamente a través de los vidrios. NÉBEL viste breeches, polainas y camisa blanca.)

Escena I

LIDIA y AMBROSIA

(10 de la noche. LIDIA dispone el té en la mesita; la sirvienta la ayuda.)

LIDIA.- Gracias, Ambrosia... Ya está... ¿Y el señor Nébel? ¿En el escritorio?

AMBROSIA.- No, niña... Ha salido... Fue un momento a ver a un peón... Se había roto la pierna... Él lo está curando...

LIDIA.- No sabía nada... ¿Fue hoy?...

AMBROSIA.- No, niña... Hace tres o cuatro días... (Pausa.) Lo que es el patrón, no va a dejar así no más... Es muy bueno, el patrón... (Pausa.) Y la niña es muy buena, también...

LIDIA.- (Con triste sonrisa.) ¡Ahí!...

AMBROSIA.- Sí, niña...

LIDIA.- Bueno... Puede irse, Ambrosia... Gracias.

(Sale AMBROSIA.)

Escena II

LIDIA y la MADRE

(Aparece la MADRE en la puerta, sosteniéndose contra el marco.)

LIDIA.- ¡Pero mamá!... (Corre hacia ella.) ¡Qué estás haciendo!... ¡Cómo se te ha ocurrido salir de la cama!...

MADRE.- (Con voz y actitud muy quebradas.) No, mi hija..., no puedo más..., ¡déjame!...

LIDIA.- ¡Mamá!...

MADRE.- Déjame..., déjame sentar un rato...

(LIDIA quiere contenerla. La MADRE avanzando.)

MADRE.- No me va a hacer nada..., yo sé...

LIDIA.- No, mamá... En el estado en que estás... ¡Déjame!... Yo te llevo...

MADRE.- No, no... (Recobrándose.) ¡Ah, mi pobre hija!... ¡Si supieras lo que sufro!... Es de acá a acá... ¡Ah!..., no me deja ni respirar...

LIDIA.- ¡Por lo mismo!... Mamá... Es una locura lo que haces...

MADRE.- No... (Avanzando sostenida por su hija.) No puedo, te aseguro..., no puedo en la cama... Un calor horrible... (Por el corazón.) Es aquí... ¡Me ahogo, me ahogo! Déjame..., déjame sentarme...

LIDIA.- (Con ternura.) Mamá..., pobre..., Ya pasará... Ten paciencia...

MADRE.- ¡Paciencia! ¡Paciencia!... Sí, mi hija... Todos decimos eso... Pero cuando se llega a mi edad..., y se ha vivido lo que yo... ¡Ay!... ¡Qué cosa atroz!... (Recobrándose.) Pero ya empieza a pasar... Ya se va a ir...

LIDIA.- ¿Quieres algo?... ¿Te traigo un almohadón?...

MADRE.- ¡No!... Déjate de almohadón... Ya tengo bastante con la cama... (Larga pausa.) Sí..., para ti todo es fácil... ¡Paciencia!... Eso queda para ti, que eres joven... ¡Ah!..., ya creo que pasa...

LIDIA.- ¿Estás mejor?...

MADRE.- Sí, en este momento...; pero cansada..., quebrantada, como no te haces una idea... Si sigo así, no sé qué va a ser de mí... (Mirando alrededor.) ¿Y Nébel?...

LIDIA.- (Sin levantar los ojos, mientras sirve el té.) Ya va a venir... Salió un momento.

MADRE.- ¿A estas horas?... ¿Qué ha ido a hacer?...

LIDIA.- No sé...

(Pausa.)

MADRE.- ¡Linda confianza tienes tú!... ¡Alguna chinita, seguro!...

LIDIA.- No sé...

MADRE.- En fin..., son cosas tuyas y de él... Yo me lavo las manos. (Pausa. La vieja se arrepiente, tiende la mano para atraer a LIDIA.) No hagas caso, mi hija... No le hagas caso a tu pobre vieja... Es que me pongo mal... Y desde esta mañana... ¡No! Yo quiero verte feliz..., ¿me oyes?... Todo lo paso...: enfermedad, dolores... (Con sorda reticencia.) humillaciones..., con tal de verte feliz...

LIDIA.- (Levanta los ojos.) ¿Por qué dices eso?...

MADRE.- (Vieja hipócrita y temerosa.) ¿Qué dije?... No sé más... Tengo la cabeza no sé cómo... Pero soy feliz viéndote... ¿Verdad, mi hija, que eres bien feliz?

LIDIA.- (Con muerta sonrisa.) Sí, mamá...

MADRE.- ¡No lo dices muy alegre, que digamos!... ¡Ah, lo que es yo...!, si no fuera por... (Pausa; ojeando el hall.) Se está bien acá... Un verdadero dueño de casa, Nébel... Y te quiere, mi hija..., te quiere mucho, créeme a mí... (Ante una amarga sonrisa de LIDIA.) ¡Eh; no te hagas también la monjita, qué embromar!... ¡Lo que falta es que digas también que duermes sola todas las noches!

LIDIA.- (Como si no oyera, llama a la SIRVIENTA.) ¡Ambrosia!

MADRE.- ¿Qué vas a hacer?...

LIDIA.- Nada..., el té... No le gusta que lo esperen... Después se hace el té para él.

(Pausa.)

MADRE.- Y tú..., ¿por qué no lo esperas a él?

(Va entrando la SIRVIENTA.)

MADRE.- ¿Te has vuelto muda?

LIDIA.- No... Es lo mismo...

Escena III

Los mismos y AMBROSIA.

LIDIA.- Lleve la tetera, Ambrosia... Y tenga agua pronta para cuando venga el señor.

AMBROSIA.- Muy bien, niña...

Escena IV

La MADRE y LIDIA.

MADRE.-(Por la sirvienta, siguiéndola con la vista. AMBROSIA no es india.) Estas indias también se harían matar por él... Sabe hacerse querer..., no se puede decir... (Pausa.) Y no es que tenga la mano blanda... (LIDIA levanta los ojos.) ¡No, no se trata de pegar!... ¡Ya estás tú también!...

LIDIA.- No he dicho una palabra...

MADRE.- ¡Sí, ya!... ¡No te toquen a tu Nébel!...

LIDIA.- ¡Mamá!...

MADRE.- ¡Y qué! ¿No te puedo decir eso?... ¡A la menor cosa sobre Nébel, ya saltas!...

LIDIA.- (Cansada.) ¡Pero si no te he dicho nada!...

MADRE.- ¡Y aunque dijeras!... Nada más natural, yo creo, en tu caso, que defenderlo... (Pausa.) Tú, por lo menos, no creo que tengas queja... (Con reticencia.) ¡Ojalá pudieran todos decir lo mismo!...

LIDIA.- ¡Tampoco las tienes tú, me parece!...

MADRE.- ¡Oh, yo, yo!... Yo soy otra cosa... ¡Valgo bien poco para el señor Nébel!...

LIDIA.- Sí..., ya sé adónde vas...

MADRE.- ¡Ah, sabes!... ¡Y esto te parece muy bien!...

LIDIA.- ¡Mamá!...

MADRE.- (Remedando.) ¡Qué, mamá!... (Pausa.) Ya estoy vieja, mi hija... ¡No se ve todos los días lo que estoy viendo yo!...

LIDIA.- ¿Qué?... ¿Qué ves?...

MADRE.- ¿Lo que veo?... ¡Que ya no te importa un pito de tu madre!... ¡Esto es lo que veo!... ¡Que todo es Nébel, y Nébel y Nébel!...

LIDIA.- (Acercándose dolorida.) Mamá..., no seas así... Tú sabes bien que todo esto no es cierto... ¡No, no es cierto!... No te digo nunca una palabra de él... ¿Para qué dices, entonces?... ¡Vamos! Soy siempre la misma para ti..., lo sabes bien...

MADRE.- (Recalcitrante.) Sí, sí...

LIDIA.- Es que no estás bien... Cuando te pones enferma... (Pausa.) Y de él..., ¡qué quejas tienes!... (Ante un gesto de ella.) Sí, ya sé...: ¡la bendita cocaína!

MADRE.- (Herida.) ¡Ah! ¡Y lo sabes! ¡Y te parece muy natural!... ¡Tú, que estás mamando todavía, puedes comprender lo que es una vida gastada como la mía!...

LIDIA.- ¡Si no te juzgo!... No te reprocho nada... Nunca te he dicho nada, lo sabes... Pero es cierto o no lo que te ha dicho Nébel... No te han dicho todos los médicos, eternamente: ¡Deje eso, señora, deje!... ¡Se va a matar!... (Muy tierna.) ¡Mamá!... ¡Ya no tienes cuarenta años!.. ¡Sé sensata!...

MADRE.- ¡Sensata! ¡A tu madre!... Necesito haber vivido, para que tú...

LIDIA.- ¡Pero mamá!... Compréndeme de una vez... (Acentuando.) ¿Es cierto o no que desde que te conozco te estás matando con la cocaína?... (Se aparta cansada.) Esto no lo podrás negar, yo creo...

MADRE.- ¡No, no te niego..., no lo niego!... ¡No me has conocido nunca el defecto de mentir!...

LIDIA.- (Extrañada, pero accediendo.) No..., ya lo sé...

MADRE.- ¡Y entonces!...

LIDIA.- No quiero decir eso...

MADRE.- ¡Bueno!... ¡Dejemos!... Ya estoy cansada de hablar contigo... La culpa la tengo yo... Para vivir como me tratan aquí...

LIDIA.- ¡Pero di de una vez, por favor!...

MADRE.- ¡Ah, que diga!... ¿Y qué es lo que hacen conmigo?... Bueno, te lo voy a decir, porque tú también estás con él: ¿quién tiene derecho aquí en la casa a meterse con lo que sólo me importa a mí?... ¿Quién es él, tu Nébel, para meterse conmigo? ¿Quién es él para robarme lo que es mío?

LIDIA.- No te ha robado nada, mamá... Te ha prohibido la cocaína.

MADRE.- ¡Es lo mismo!... ¡Prohibido!... ¡Si cree él que le voy a hacer!... ¿Quién es él?... ¿Por qué no me la quiere dar?... ¡Prohibido!... ¡Que me la deje a mí, y va a ver el caso que hago de él!...

LIDIA.- Por eso mismo, mamá...

MADRE.- ¡Déjame!... (Remendando.) «¡Mamá!... ¡Mamá!...» ¡Yo quiero la cocaína!... ¿Oyes?... ¡No puedo resistir estos dolores, te digo!... Dime de una vez: ¿dónde la ha puesto?

LIDIA.- Yo la guardé... Está guardada... ¡Mamá!... ¡Te vas a matar! ¡Sólo tú no ves esto!

MADRE.- ¡Matar!... ¿Acaso he muerto..., y cuando era libre de hacer lo que quería?... ¡El dolor de verte así conmigo es lo que me va a matar!... (Pausa; depresión creciente.) Antes..., cuando estábamos en Buenos Aires..., eras otra cosa conmigo... (Ante una mirada de LIDIA.) ¡Sí, otra cosa!... ¡Y él, también era otra cosa, él... Muy bien que supo arreglarse para hacerme venir aquí!...

LIDIA.- (Indignada.) ¡Mamá!...

MADRE.- ¡Sí, venir aquí!... (Pausa.) ¡Yo era feliz, te digo! ¿Qué nos faltaba?... ¿No éramos felices?... ¡Respóndeme ahora!... (Mirando a LIDIA, que baja la cabeza, muerta.) Sí... Y él, con sus palacios... (Ojeando alrededor.) que no sé tampoco qué tienen de palacio... Es todo lo que he ganado... (Aumenta la depresión.) Diez días acá, sufriendo lo que yo sola sé..., por sacrificarme... Sí, sacrificarme..., por ti... (Chocheando, lloriquea.) Pobre vieja..., pobre madre vieja...

LIDIA.- ¡Mamá!...

(Entra NÉBEL.)

ESCENA V

Los mismos y NÉBEL.

MADRE.- (Recobrándose; en voz baja a LIDIA.) No quiero que me vea así..., no..., no quiero...

(NÉBEL avanza; cruza al paso una breve sonrisa con LIDIA, y se sienta.)

NÉBEL.- Buenas noches... (A la MADRE, mirándola largamente.) Y usted..., levantada...

LIDIA.- (Interviene.) Sí; hace un momento... Se ahogaba en la cama... Se encuentra mejor... (Va a la puerta.) ¡Ambrosia! Traiga el té para el señor.

NÉBEL.- (A la MADRE; secamente, sin dureza.) Ha hecho una de las suyas... ¿Cómo se encuentra ahora?...

MADRE.- ¿Yo, cómo estoy?... Ya ve... (Vieja cómica.) Reuniendo todas las amarguras de mi vida para concluir de una vez...

NÉBEL.- Aunque no las reúna es lo mismo, mientras tenga el poco juicio de siempre.

MADRE.- ¡Juicio!... ¡Juicio!...

NÉBEL.- Sí, juicio..., nada más. (Se levanta la pulsa, observa los párpados, etc.)

NÉBEL.- Es peor usted que una criatura... Lo único malo que podía haber hecho, es levantarse.

MADRE.- ¡Lo malo!... ¡Lo malo!... ¡Para usted todo es malo!...

NÉBEL.- Sí, cuando se tropieza con una mujer como usted. Sabe perfectamente mejor que yo que debe evitar a toda costa un desarreglo... Y lo primero que hace es levantarse. Después se queja.

MADRE.- ¡No me quejo!... ¡No me he quejado nunca!... (Pausa; con sorda reticencia.) De lo que me quejo es de ciertas cosas... ¡No puedo, Nébel, resistir estos dolores!..

NÉBEL.- No importa... A usted, menos que a nadie, se le podría dar un calmante.

MADRE.- ¡Porque no es usted quien sufre!...

NÉBEL.- (Larga mirada con alusión al pasado.) ¡He sufrido bastante en otra época..., y no me quejo!

MADRE.- ¡Por eso mismo!... ¡Deme un poco!.. ¡Déjeme calmar!... ¡Me voy a morir, le aseguro!...

NÉBEL.- (A LIDIA, fríamente, sin dureza.) Has hecho mal en dejarla levantar.

LIDIA.- Llegó aquí... No sabía nada...

MADRE.- ¡Mal!... ¡Mal!... ¡Todo es mal para usted!... ¡Hay cosas más malas que una pobre mujer tiene que sufrir porque no es libre!...

NÉBEL.- (Sin oírla, a LIDIA.) Hay que acostarla en seguida.

MADRE.- ¡No, no!... ¡Me ahogo en la cama!..

NÉBEL.- (Duramente.) ¡Por favor!... ¡Tenga dos dedos de frente, siquiera!... (A LIDIA.) Puede sentarse en la cama... Tres o cuatro almohadones.

MADRE.- (Agudo dolor de costado.) ¡Ay!... ¡Lidia..., Nébel!... ¡Ya empieza!...

LIDIA.- (Ansiosa.) ¡Mamá!... Nébel..., ¿qué hacemos?...

NÉBEL.- La cama..., es lo único.

LIDIA.- Es que tiene razón mamá... Hace mucho calor allá...

NÉBEL.- Que lleven la cama al cuarto de la galería..., es mucho más fresco... ¿Quieres decirle a Ambrosia que la lleven?

LIDIA.- (Corriendo a la puerta.) ¡Ambrosia!... ¡Ambrosia!... Dígale a Cayé que le ayude a llevar la cama a la galería... Sí..., al cuarto de la galería...

(Entre tanto, NÉBEL palpa de nuevo el riñón, etc. Tras las cortinas pasan los peones con la cama, mesita, bandejas con juego de agua, etc. Ídem. LIDIA, con ropas, chucherías.)

MADRE.- (Bruscamente toma la mano de NÉBEL, con angustia.) ¡Ay, Nébel!... Ya va a empezar otra vez... Yo conozco... ¡No podré resistir!...

NÉBEL.- Valor..., ya pasará.

MADRE.- ¡No, no puedo!... ¡Nébel!... ¡Por todos los santos del cielo!...

NÉBEL.- Imposible... (A LIDIA, que entra.) Lidia: dile a Ambrosia que te ayude a llevarla.

LIDIA.- (Angustiada.) ¿Te vas?...

NÉBEL.- No..., al escritorio un momento.

MADRE.- (Al ver salir a NÉBEL, desesperado.) ¡Nébel!... ¡No se vaya!...

NÉBEL.- No, no me voy.

(Sale. Entra AMBROSIA.)

Escena VI

LIDIA, la MADRE y AMBROSIA.

(Llevan a la MADRE por bajo de los brazos.)

LIDIA.- Vamos, mamá... Ten valor... Ambrosia: agárrela con cuidado... Así... Vamos, mamá...

MADRE.- ¡Ah, Dios mío!... ¡Esto no va a pasar nunca!...

LIDIA.- Valor, mamá...

MADRE.- Ya empieza otra vez... ¡Lidia, mi hija!... ¡Dile a ese hombre que tenga compasión de tu madre!... Que me dé un poco... ¡No podré resistir!... (Extenuada, lloriqueando.) Mi hija..., pídele... El buen Dios te lo pagará...

(Entran en la galería; se ven las sombras contra los visillos de la vidriera.)

Escena VII

NÉBEL, enseguida LIDIA.

(Pausa larga. NÉBEL llama a LIDIA en silencio.)

NÉBEL.- ¿Tú sabes que tu madre está muy enferma?

LIDIA.-...

NÉBEL.- Es que está más enferma de lo que crees... (Pausa.) Quería decírtelo hoy..., ahora cuando entre... (Pausa.) La gracia que ha hecho con levantarse... He telegrafiado... (Se encoge de hombros.) Estamos en la loma del diablo... Antes de la madrugada no creo que venga el médico...

LIDIA.- ¿...?

NÉBEL.- ¡Qué quieres que te diga!...

(Se oyen los gemidos de la enferma. Ambos vuelven la cabeza adentro. Pausa.)

En el estado en que está... Y con el riñón como lo tiene... Cualquier crisis...

LIDIA.- Pobre mamá... ¡Nébel!... ¡Sufre mucho!... ¿No podrías?...

NÉBEL.- (Mirándola.) ¿Cocaína?... Ni media gota. La poca fuerza que le queda es para sufrir... (Caminando.) Eso lo debían haber visto ustedes antes... Ahora es tarde.

(LIDIA presta oído; no se oye nada en la galería.)

LIDIA.- (Angustiada.) ¡Nébel!...

NÉBEL.- No es nada, déjala. Tiene que sufrir todavía... (Pausa. Cambia bruscamente de lugar. Ambos hablan sin mirarse.) Lo que me reprocho como un estúpido es no haber visto esto antes... ¿Cuándo tuvo el último ataque?

LIDIA.- No me acuerdo... Hace cuatro o cinco meses, creo...

NÉBEL.- Y este es el quinto. Debía haberlo visto..., antes de salir. Con otra persona de vida como la gente, no sería nada. (Se encoge de hombros.) Pero con ella...

(Larga pausa. LIDIA ve la sombra de su MADRE que se ha levantado y corre, a punto de sostenerla en la puerta.)

Escena VIII

Los mismos y la MADRE.

LIDIA.- ¡Mamá!...

MADRE.- Mi hija... ¡No puedo más!... ¡Son dolores horrorosos!...

LIDIA.- ¡Mamá!...

MADRE.- Mi hija..., ayúdame... Dile... ¡No es él que sufre!... ¡Él no sabe lo que es!...

LIDIA.- Vuelve, mamá... Deja...

MADRE.- No, no... (A NÉBEL que se acerca.) ¡Nébel!... ¡Por piedad!... Usted ha sido mi hijo... Lo he querido..., le perdono todo... ¡Deme cocaína!...

LIDIA.- ¡Mamá!...

MADRE.- ¡No..., déjame!... No puedo más... ¡Me muero!... (A NÉBEL, tendiéndole los brazos.) ¡Octavio!... ¡Mi hijo Octavio!... ¡Dame cocaína!... (Cae de bruces.)

LIDIA.- ¡Mamá!...

NÉBEL.- (A LIDIA.) Llévala. Una sola gota la mataría en seguida.

MADRE.- ¡Dame, Octavio!... ¡Mi hijo!... ¡Dame cocaína!...

NÉBEL.- (Duramente a LIDIA.) ¡Llévala, tú también!

(Ha llegado AMBROSIA por dentro.)

NÉBEL.- (A AMBROSIA, señalando el grupo.) Ambrosia...

LIDIA.- ¡Vamos, mamá!...

MADRE.- ¡No voy!... ¡No quiero!... (La llevan adentro. La MADRE, llorando extenuada.) Lo que hacen conmigo... ¡Mi hija!... ¡Nébel!... ¡Es horroroso esto!...

Escena IX

NÉBEL y LIDIA.

(Vuelve LIDIA; larga pausa.)

NÉBEL.- Ya ves...

LIDIA.- (Por los dolores de su MADRE.) Nébel... ¿No se podría?...

NÉBEL.- ¿Qué cosa?... ¿Concluir de matarla, robándole la mínima defensa que le queda?... Lo poco de vida que aún tiene, es para sufrir eso... (Pausa; arranca a caminar.) No piensas mucho, tú tampoco...

LIDIA.- (Con las manos en la cara.) Es que no puedo verla sufrir así...

NÉBEL.- Ya es tarde... (Pausa. Por la lámpara del cuarto.) Raja un poco más la luz..., hay demasiada. Se va a agitar menos.

(LIDIA va adentro, se inclina sobre la cama. Se oye vago diálogo, con extremadas entonaciones de cariño de LIDIA. Entre tanto, entra un peón con varias cartas. NÉBEL está leyendo recostado de espaldas a la mesa, a tiempo que vuelve LIDIA. Esta, ansiosa, sigue de lejos la lectura. Por fin no puede más.)

LIDIA.- ¿Una carta?...

NÉBEL.- (Sin levantar los ojos.) Sí...

(Pausa.)

LIDIA.- ¿Del médico?...

NÉBEL.- (Secamente sin mirarla.) No, de mi mujer.

(LIDIA recibe el golpe, se vuelve lentamente. Él levanta los ojos, la sigue con la mirada, deja la carta, y arranca a caminar. Pausa. Hablan sin mirarse.)

NÉBEL.- No te he querido decir eso... Tú tienes la culpa... Estoy mal... (Pausa.) No tendría valor, te aseguro, para hablarte..., para insultarte así.

LIDIA.- (Sentada, conteniendo las lágrimas.) Sí, sí..., no es nada...

NÉBEL.- No te he querido decir eso... (Pausa.) Pero estamos en una situación demasiado terrible...

LIDIA.- (Amarga.) Sí..., ya lo sé...

(Pausa.)

NÉBEL.- También lo sé yo..., y no sufro menos que tú. (Pausa; sordamente.) Deberíamos haber hablado antes...

LIDIA.- (Amarga y extrañada, lo mira.) ¿Antes?... No era fácil hacerlo contigo...

NÉBEL.- Tampoco me era fácil a mí hacerlo... Ni a ti tampoco, creo...

LIDIA.- ¡Aunque hubiera querido!... No te veía sino de noche...

NÉBEL.- (Se vuelve a ella.) ¿Y qué iba a decirte?... ¡Que íbamos a decirnos!... (Pausa.) Hemos tenido por lo menos ese pudor...

(LIDIA se estremece largamente. NÉBEL al notarlo.)

NÉBEL.- No eres tú sola la que ha sufrido...

LIDIA.- (Amarga.) ¡Oh, tú!...

NÉBEL.- ¡Es lo que no sabes!... (Pausa.) Hubiera dado no sé qué..., un millar de años, ¡para no haberte vuelto a encontrar nunca!...

LIDIA.- (Amarga.) Eso te lo dije yo a ti..., cuando nos vimos.

NÉBEL.- Ya sé... Por eso lo repito...

LIDIA.- (Inmensamente dolorida, porque cree interpretar el reproche de NÉBEL.) Yo no te engañé Octavio... (Se aprieta la cara con las manos.) ¡Necesito decirte esto!...

NÉBEL.- ¡No te hablo de engaño alguno!... (Pausa.) Es otra cosa..., que no entenderías tampoco.

LIDIA.- ¡Oh, sí!... ¡No creas!...

NÉBEL.- Bueno..., dejemos esto... Sería amargamos mucho más... No es lo que te figuras, créeme... (Volviendo la cabeza.) Tu madre duerme tranquila, me parece... Déjala que descanse... Voy a ver un plano... A la menor cosa, llámame...

LIDIA.-Anda, no más... Y si quiere tomar algo..., ¿qué le doy?...

NÉBEL.- Un poco de leche, si acaso... O no..., mejor nada... Agua solamente... Pero no ha de querer nada... Llámame en seguida...

LIDIA.- Sí...

(Sale.)

Escena X

LIDIA y AMBROSIA.

(LIDIA se mueve por la escena, abatida. Presta oído. Llama.)

LIDIA.- ¡Ambrosia!...

(Aparece en la puerta AMBROSIA.)

LIDIA.- Vea, Ambrosia... Apronte más agua caliente... Las dos pavas grandes. Y tráigame los porrones que llevó hoy.

AMBROSIA.- Sí, niña... ¿Y el agua, la traigo en seguida?...

LIDIA.- ¿La tiene caliente ya?...

AMBROSIA.- Una pava, sí.

LIDIA.- No, espere... Tráigame las dos juntas.

AMBROSIA.- ¿Nada más, niña?

LIDIA.- No, nada más... Vaya, Ambrosia.

AMBROSIA.- Y la señora, ¿cómo sigue?...

LIDIA.- Mal... Está muy mal...

AMBROSIA.- Si me precisa, niña...

LIDIA.- No, Ambrosia... Vaya no más.

(Sale.)

Escena XI

LIDIA, luego NÉBEL.

(LIDIA va de un lado a otro. Se inquieta al fin por el silencio del cuarto. Se asoma adentro; avanza rápidamente, da un grito, cae al lado de la cama y vuelve a salir corriendo.)

LIDIA.- ¡Mamá!... ¡Octavio!... ¡Octavio!... ¡Dios mío!...

(Aparece NÉBEL.)

NÉBEL.- ¿Qué hay?...

LIDIA.- ¡Mamá se muere, Octavio!...

(NÉBEL va adentro, se inclina, recoge un objeto. LIDIA lo ha seguido hasta la puerta. Aparece NÉBEL con un frasco en la mano.)

NÉBEL.- ¡Es claro!... ¿Quién le ha dado esto?

(LIDIA no se da cuenta.)

NÉBEL.- ¡Esto! ¡El frasco de cocaína!... ¿Quién se lo ha dado?...

LIDIA.- ¡...!

NÉBEL.- ¡Dime, por favor!... ¡Esto!... ¿Quién se lo ha dado?...

LIDIA.- ¡No sé, Octavio!... Estaba guardado... Yo lo había guardado cuando me dijiste...

NÉBEL.- ¿Y cómo estaba ahí?...

LIDIA.- No sé... Habrá venido con la ropa. ¡Mamá!...

NÉBEL.- (Tira el frasco, se encoge de hombros.) Sí..., y ahora no hay nada que hacer.

LIDIA.- ¡Dios mío!... ¿Nada, nada?...

NÉBEL.- Nada.

(LIDIA va adentro, cae al lado de la cama sollozando.)

LIDIA.- ¡Mamá..., pobre mamá!...

TELÓN

Acto IV

Igual decoración que el anterior.

Escena I

AMBROSIA y CAYÉ.

(AMBROSIA busca en los muebles alguna chuchería olvidada por LIDIA. Entra CAYÉ enseguida.)

AMBROSIA.- ¿Y?... ¿Ya volvieron del cementerio?

CAYÉ.- Sí... Ahí viene el patrón con la niña Lidia... Yo tengo que ir a buscar el baúl de la niña...

AMBROSIA.- ¿Para qué?

CAYÉ.- El patrón me dijo que le pusieran el letrero... (Se oprime las muñecas.) ¡Lejos, el cementerio, te digo! Todavía tengo el puño cansado.

AMBROSIA.- ¿La llevaron a pulso, entonces?... Es muy lejos.

CAYÉ.- Sí... La llevamos hasta después de pasar el tanque grande... Después la subimos en la carreta. (Se despereza, cansado.) Bueno..., ya quedó allá la señora.

AMBROSIA.- ¿Fue el mayordomo también, no?

CAYÉ.- Sí... Y el recibidor de la madera, y don Luis... Nadie más.

(Pausa.)

AMBROSIA.- ¡Pobre!...

CAYÉ.- Sí..., es lo que yo digo... ¡Pobre niña Lidia!... Vuelve del cementerio, y en seguida se va... Voy a buscar el baúl.

AMBROSIA.- Bueno... Ahí está en su cuarto... ¿El patrón te dijo que lo trajeras aquí?

CAYÉ.- Sí, él mismo... De aquí se lleva bien por la galería...

(Sale CAYÉ y vuelve en seguida con el baúl.)

CAYÉ.- ¡Pesado el baulito, te digo!...

(AMBROSIA, sin dejar de hablar, escribe el rótulo, pega, etc.)

AMBROSIA.- ¡También!... Toda la ropa que trajeron...

CAYÉ.- ¿Y los otros baúles?... ¿Van a quedar aquí?

AMBROSIA.- Sí...

CAYÉ.- ¡Pobre niña!... Le voy a pedir un baulito para mí...

AMBROSIA.- Tené cuidado con el patrón... No ha de tener ganas que lo hagan hablar mucho, hoy...

CAYÉ.- ¿Yo?... ¡Por mí!... No voy a hablar una palabra... (Pausa.) También el patrón... ¡No tiene suerte, el pobre!... Esa señora tan buena... Morirse en seguida...

AMBROSIA.- No era tan buena, no...

CAYÉ.- ¡No sé! Digo.

AMBROSIA.- ¡Yo sí, sé!... Estaba muy enferma, además...

CAYÉ.- ¡Eso sí, te digo! Cuando vino aquí, hace una semana..., ya me pareció a mí que no iba a durar mucho... ¡También!... ¡Con la enfermedad que tenía!...

AMBROSIA.- Y eso que vos no sabés nada.

CAYÉ.- ¿Yo?... ¡Y a mí!... Por la niña Lidia es que lo siento...

AMBROSIA.- Yo también. ¡Pobre!... Y tan sola, ahora...

(Pausa.)

CAYÉ.- Vea, Ambrosia: Yo casi me alegro. Que concluya todo, qué aña... El patrón es el patrón..., y la patrona es la patrona.

AMBROSIA.- Y esa señora era una tía del patrón.

CAYÉ.- ¡Tía!... ¡Tía!... ¡Tá bueno!... ¡Tan tía como yo, del patrón!

AMBROSIA.- Es lo que no te importa.

CAYÉ.- ¿A mí?... ¡No, ni esto!

AMBROSIA.- Pero al patrón sí le importa... Tené mucho cuidado.

CAYÉ.- ¡Por mí!... No es por mí que lo va a saber la patrona cuando vuelva.

AMBROSIA.- No, zonzo. La patrona debe saberlo. Para esto el patrón nos dijo que era su tía. Lo que no debe saber es... (Acentuando.) lo otro.

CAYÉ.- (Resuelto.) Lo que es por mí, llevo el baúl: esto quiero decir... El patrón ante todo.

AMBROSIA.- Bueno... ¿Está pronto?

CAYÉ.- Sí, ya está.

AMBROSIA.- (Recogiendo una chuchería cualquiera de LIDIA.) ¿Y esto? Ahora sí... La niña Lidia se olvidó... Y esto... En su valija no cabe nada...

CAYÉ.- (Por el baúl.) Lo que es aquí, menos.

AMBROSIA.- Bueno... Llevá eso de una vez... Yo voy a ver a la niña Lidia.

(Sale CAYÉ primero. Al salir AMBROSIA entra NÉBEL.)

Escena II

AMBROSIA y NÉBEL.

NÉBEL.- (A AMBROSIA, por la chuchería.) ¿Y eso?...

AMBROSIA.- Es de la señorita Lidia; lo olvidó arriba del...

NÉBEL.- Bueno, lléveselo. (Al salir AMBROSIA.) ¿Y Cayé? ¿Llevó ya el equipaje?

AMBROSIA.- Acaba de salir, señor...

NÉBEL.- Llámelo en seguida.

AMBROSIA.- Sí, señor.

(Sale AMBROSIA. NÉBEL busca algo en los cajones del escritorio, y entra CAYÉ.)

Escena III

NÉBEL y CAYÉ.

NÉBEL.- Anda a la estación y pregunta si viene a horario el tren... (Por la incomprensión del otro.) Si no viene con atraso... Volvé en seguida.

CAYÉ.- Sí, patrón...

(Sale CAYÉ y entra AMBROSIA al mismo tiempo.)

Escena IV

NÉBEL y AMBROSIA.

AMBROSIA.- Dice la señorita Lidia si es hora ya.

NÉBEL.- Dígale que sí. Espere... Mandé a Cayé... Bueno, dígale que puede aprontarse.

AMBROSIA.- Ya está pronta...

NÉBEL.- Mejor.

(Sale AMBROSIA.)

Escena V

NÉBEL y LIDIA.

(NÉBEL busca aún en los cajones el talonario de cheques. Lo encuentra, y al comenzar a escribir entra LIDIA, de negro, con una valijita de mano. Se detiene en la puerta.)

LIDIA.- (Titubeando.) Si te incomodo...

NÉBEL.- (Levantando un instante la cabeza.) No; concluyo en seguida... Un momento.

(LIDIA deja su valijita sobre una silla, sin avanzar. NÉBEL concluye de escribir.)

NÉBEL.- ¿Arreglaste todo ya?

LIDIA.- Sí..., ya fue el muchacho... Le dije que pusieran el rótulo...

NÉBEL.- Lo pusieron. ¿Y tu valija grande?

LIDIA.- Ahí quedó... Ambrosia está acabando de poner unas cosas...

(Hace ademán de salir.)

NÉBEL.- Espérate un momento... (Sacando el reloj.) Mandé a Cayé que pregunte si viene a horario el tren. No tienes para qué esperar allá... En dos minutos estás allá.

(Pausa.)

LIDIA.- Con todo, desearía estar en la estación...

NÉBEL.- Como gustes.

(Nuevo ademán de salir de LIDIA. NÉBEL se acuerda del cheque, y tomándolo de encima del escritorio, muy natural, a LIDIA.)

NÉBEL.- Toma esto.

(LIDIA no se da cuenta. NÉBEL, con un ligero encogimiento de hombros, siempre con voz muy natural.)

NÉBEL.- Nada; un cheque..., diez mil pesos.

(LIDIA, atrozmente herida, lo mira hasta el fondo. NÉBEL, tranquilo, insiste.)

NÉBEL.- ¡Toma, pues!

(Vencida, LIDIA toma el cheque que cae de su mano. Se dobla sobre su valijita simulando buscar algo para ocultar sus lágrimas. NÉBEL se aparta del escritorio, camina, la mira, va a ella por fin; poniéndole la mano en la cabeza.)

NÉBEL.- Perdóname... No te he querido insultar..., te lo juro... Sobre todo ahora, después de lo que ha pasado... No, créeme... Es la situación nuestra... demasiado terrible. Perdóname... No me juzgues peor de lo que soy.

(LIDIA cae sobre una silla, con el pañuelo por fin en los ojos, que mantendrá en ellos sin interrupción.)

LIDIA.- ¡No te juzgo!... ¡No te juzgo!...

NÉBEL.- ¡Sí, me juzgas..., y demasiado mal!...

LIDIA.- No...

NÉBEL.- Lo que he hecho... (Por el cheque.) está muy lejos del insulto.

LIDIA.- (Sollozando y sacudiendo la cabeza.) ¡Si no valgo nada!... ¡Soy un trapo para ti!...

NÉBEL.- ¡Te equivocas..., completamente!... (Pausa larga.) Óyeme, Lidia... Óyeme ahora porque fatalmente teníamos que hablar... Hay cosas que no puedes comprender porque no eres hombre...

LIDIA.- (Siempre desesperada.) ¡Sí, te comprendo!... ¡Haces bien!...

NÉBEL.- No, no hago bien...; pero tengo que hacerlo. (Pausa.) Óyeme: Hemos caído ambos en un abismo... Hemos hecho pedazos algo que debía haber sido sagrado para nosotros... Hemos tenido la profunda desgracia, tú y yo... -tú más que yo, seguramente- de no haber tenido el valor de desencontrarnos..., ¡después de lo que hemos sido antes! (Pausa.) ¡Esto es lo que no te podía decir..., y lo que me ahogaba cuando estaba contigo! Me reprochabas que no te hablara... (Al pasar le acaricia muy dulce la cabeza.) ¡Qué te iba a decir!... ¡Qué te iba a decir..., a ti!...

LIDIA.- Tienes razón... Yo tengo la culpa...

NÉBEL.- ¿Tú, la culpa?... (Acariciándola de nuevo.) No, no llores...

LIDIA.- ¡Sí!...

NÉBEL.- No; ni tú ni yo tenemos la culpa... ¡Y tú menos que yo!

(NÉBEL camina de nuevo; cae por fin en una silla, la cara entre las manos.)

NÉBEL.- (Lento.) ¡Lo horrible de todo esto es haber deshecho en veinte mil pedazos un recuerdo como el que yo tenía de ti!... ¡Esto es lo que lloro, y lo que tú no podrás comprender porque no eres hombre, te lo repito!... (Pausa; sordo.) La primera noche..., aquí..., cuando entré en tu cuarto...

LIDIA.- (Rompe en sollozos bajo el pañuelo.) ¡Sí..., como en el cuarto..., de una sirvienta!... ¡Y tú dices que no comprendo!

NÉBEL.- ¡No, no es lo mismo!

LIDIA.- ¿No?... ¡Ah, tú no sabes!... ¡Era demasiado sufrimiento para mí, te aseguro!... (Pausa.) ¡Tampoco sabes tú el recuerdo que yo tenía de nosotros..., de mí!... ¡No sabes lo que he luchado antes..., lo que me he defendido!...

NÉBEL.- Si no te culpo, no... Lo que lloro, vuelvo a repetirte, no es eso... Eso ya lo supuse cuando te vi... No me he hecho ninguna ilusión ¡No!... ¡Lo que lloro es el recuerdo de ti, que he perdido!... Haber enfangado lo más puro de cuanto ha habido en mí..., ¡ese primer amor de mi adolescencia! ¡Esto, esto es lo que lloro!... (Pausa.) Tú sabes lo que eras para mí... Jamás quise mancharte, ¿me oyes? Dándote un solo beso. ¡Eso, esto eras tú para mí!... Entre todas las miserias de la vida..., a través de tres o cuatro amores, como todo el mundo los ha tenido...; aquellos seis meses pasados contigo eran lo único puro que quedaba en mí... ¡Ah!... ¡Tú no sabes lo que es la vida..., la fuerza que da entre las canalladas ajenas y propias..., el recuerdo sin mancha de un santo amor inmaculado!... (Pausa. Se levanta y camina.) Esto era lo que te quería decir..., que no comprenderías porque no eres hombre... (Pausa.) ¡Y haber venido a parar a todo esto!...

(Pausa.)

LIDIA.- (Bajo el pañuelo.) Sí, tienes razón...; pero no es muy noble lo que me dices.

NÉBEL.- (Volviéndose a ella.) ¿Noble?... No muy noble, tal vez... Pero cuando se ha marchitado, como yo... Cuando se ha pisoteado, enlodado, lo único realmente bueno que nos queda en la vida... ¡Ah!... ¡Es muy fácil para ti hablar de falta de nobleza!

LIDIA.- ¡Y para ti, muy fácil reprochármelo!...

NÉBEL.- No te reprocho nada... Todo está por encima de ti y de mí... No, no es un reproche... ¡Es un derrumbe de nosotros mismos!... (Pausa.) Una sola cosa..., una sola debía ser sagrada para nosotros... ¡Y esto es lo que hemos ensuciado..., enfangado hasta las heces! (Pausa.) ¡Ah!... ¡Por qué hemos vuelto a encontrarnos!... ¡Qué necesidad tenía el destino de meterse con nosotros!... ¡Qué necesidad tenía tu madre de reconocerme..., de hablarme en el tranvía! ¡Y ella, tan luego!... (Pausa.) ¡No he tenido suerte, no!

LIDIA.- Ah, tú te quejas... ¡Y yo!...

NÉBEL.- No es de ti... Ya sabes lo que quiero decir.

LIDIA.- No tienes razón, tampoco... (Pausa.) ¡Pobre mamá!... No la culpes... Tú no sabes lo que es la miseria...

NÉBEL.- ¡No lo sé, no!... Pero la conozco..., la conocía a tu madre. (Sordo.) Antes..., en aquella época..., me hizo sufrir mucho... (Volviéndose a ella.) Tú no lo sabes, porque no te lo he dicho... Estuve a punto de pegarme un tiro... (Ella levanta los ojos del pañuelo.) ¡Y era en serio, te aseguro!... (Pausa.) ¡Lo que eras tú para mí, entonces!... ¡Pero ella era otra cosa, antes! Loca y todo, conservaba un resto... ¡Oh, era otra cosa!

LIDIA.- ¡Sí, porque teníamos más dinero!...

NÉBEL.- ¡No!... No es cuestión de dinero... ¡Es cuestión de... (Ella levanta los ojos.) dignidad, nada más!

LIDIA.- (Amarga.) ¡Ah! ¡Te parece a ti muy fácil decir dignidad!... A ti nunca te faltó nada... Siempre estuviste seguro de tu vida... ¡Tú no sabes lo que es caer..., caer!... (Pausa.) ¡Pobre mamá!... Ha luchado, se ha defendido, ¡créeme!

NÉBEL.- (Con desprecio.) ¿Ella?

LIDIA.- Sí, ella... (Pausa. Habla bajo el pañuelo.) Por mí, por lo menos... (Pausa.) Después de morir Arrizábal... ¡Sin nada, nada!... Vivimos tres años en Montevideo... Después volvimos a Buenos Aires... Trabajé al principio en casa... Cosía, cosía... Después di lecciones de piano... ¡Hice lo que pude!... La vida, de ese modo..., para nosotros que habíamos conocido otra cosa..., no te das cuenta de lo que es, ¡no! Hice lo que pude... (Pausa; sordo.) Al fin...

(Pausa.)

NÉBEL.- ¿Fue entonces?...

(Pausa.)

LIDIA.- Sí... (Se arranca.) Mamá siempre mal... Enferma y agriada... Sin un centavo en casa... Me veía llegar de noche..., siempre tarde para comer..., muerta de frío... (Pausa.) ¡Ah!... ¡Te aseguro que no es muy culpable mamá, a pesar de todo!

(Larga pausa.)

NÉBEL.- ¿Y tú?...

(Pausa.)

LIDIA.- Yo sí...

(NÉBEL se acerca, le acaricia lento la cabeza, con honda ternura.)

NÉBEL.- No..., tú no... Perdóname, Lidia..., mi pequeña Lidia de antes...

(LIDIA, casi dichosa, besa la palma de la mano que NÉBEL le pasa de atrás por la cara.)

NÉBEL.- Perdóname... Hemos tenido bien poca suerte..., pobre pequeña... ¡Por qué no te encontré antes!... Siquiera esto hubiera pasado hace 4 años... antes de esto... (Por su hogar.)

LIDIA.- (Sacudiendo la cabeza.) ¡Hubiera sido demasiado tarde!...

(NÉBEL le pone la mano en la boca.)

NÉBEL.- Cállate... Levanta la cara... Contigo está y para siempre, lo mejor que ha habido en mí: ¡todo el candor de un alma de muchacho!... (Soñando.) No me costaría mucho recordar las expresiones de cariño que usaba contigo... (Pausa; se pasa la mano por la frente.) Es un mundo ya perdido... (Se arranca.) ¡Bueno!... La vida es así... ¡Imposible volver atrás!... Tal es... No me quejo, sin embargo... Soy feliz... y quiero mucho a mi mujer.

(LIDIA baja la cabeza.)

NÉBEL.- (Con grave cariño.) Perdóname..., no te quiero hacer daño... Compréndeme... Hay en todos los hombres dos vidas bien completas y distintas... Una hasta los veinticinco..., la otra después. Te he querido demasiado, Lidia; has llenado demasiado esa primera parte de mi vida, para no quererte siempre cuando cierro los ojos hacia aquella época..., a pesar de todo..., ¡y de todo! ¡Qué podría decirte más!... ¡No podrías apreciar..., no sabes lo que me ha ayudado en la vida..., cómo me ha sostenido, sintiéndome más bueno, la pureza de mi amor a ti!...

(LIDIA llora despacio bajo el pañuelo. Él le levanta la cara, tierno y dueño ya de sí.)

NÉBEL.- No llores... Ya hemos hablado... Era lo que nos hacía falta, ¿ves?... Bueno, dejemos... Ten valor... (Muy tierno y viril.) ¡Pobre pequeña!... Has tenido bien poca suerte... ¡Una de las tantas sacrificadas!

LIDIA.- (Tierna también.) Dejemos a mamá...

NÉBEL.- Si no es tu madre, no... Ella es un detalle en la vida... Es la vida misma, el cúmulo de fatalidades que pesan y se acumulan sobre una existencia... Sobre esta cabeza, no... Sobre aquella, sí... Sobre esta, también... Aquella se escapa... ¡No, pobre pequeña!... ¡Nadie como tú, te juro, pudo esperar la felicidad con el corazón más abierto y la frente más alta!... Y ya ves..., ¡ya ves adónde hemos venido a para los dos!... (Pausa.) Una sacrificada por la vida, nada más... (Se arranca; sereno.) Bueno; por esto... (Tomando el cheque de arriba de la mesa.) ¿Me comprenderás ahora?...

(Ella hace aún un gesto de rechazo.)

¡No! No cometas contigo misma la infamia de suponerme otro de lo que soy. Toma... Hemos destrozado y recompuesto..., hasta donde era posible, lo que quedaba de nosotros... Hemos sufrido bastante ya... Toma... Es doloroso..., como todo lo que hemos hecho... Seamos por lo menos dignos de afrontarlo.

(Gesto humillado aún de LIDIA.)

¡No! ¡Con la cabeza alta, ahora!... Toma... Para mí no es nada... Para ti... Podrás vivir casi independiente... (Amargo.) ¡Bien sabes que vale la pena!

(LIDIA se seca los ojos; tranquila y grave.)

LIDIA.- Sí..., acepto...

NÉBEL.- Muy bien... No sabes lo contento que me dejas... Tenía un miedo horrible de que me desconocieras.

LIDIA.- (Mirándolo con triste sonrisa cariñosa.) No te conozco de ahora...

NÉBEL.- Muy bien; ahora estoy tranquilo.

(Entra CAYÉ.)

Escena VI

Los mismos y CAYÉ.

NÉBEL.- (A CAYÉ.) ¡Ah!... ¿Qué dicen en la estación?

CAYÉ.- El tren llega bien, patrón... Llega a las seis y cuarto...

NÉBEL.- (Sacando el reloj.) ¿El sulky está en el portón?

CAYÉ.- Sí, patrón...

NÉBEL.- Bueno, andá... En seguida vamos.

(Sale CAYÉ.)

Escena VII

NÉBEL y LIDIA.

(Ambos, aunque tranquilos, afectan más naturalidad de la que sienten.)

LIDIA.- ¿Es hora ya?...

NÉBEL.- Falta un rato todavía... De aquí a un momento vamos.

(Pausa.)

LIDIA.- (Extrañada.) ¿Tú vienes también?...

NÉBEL.- Sí... ¿No quieres?...

(Pausa.)

LIDIA.- No... Preferiría ir sola...

NÉBEL.- Como quieras... Pero hubiera tenido placer en acompañarte..., ¿quieres?...

LIDIA.- No... Mejor así...

NÉBEL.- Como quieras.

(LIDIA se dispone a despedirse.)

NÉBEL.- Tienes tiempo todavía... En un minuto estás allí con el sulky... Cuando suene la campana, tienes tiempo.

LIDIA.- Bueno...

(LIDIA da unos pasos; se compone con naturalidad.)

NÉBEL.- ¿Le dijiste a Ambrosia que haga llevar al sulky tu valija grande?

LIDIA.- Tú le dijiste ya...

NÉBEL.- Tienes razón..., no me acordaba.

LIDIA.- Sin embargo, sería bueno... (Va hacia la puerta a recomendarle la cosa a AMBROSIA. NÉBEL se adelanta.)

NÉBEL.- Deja no más... Yo le digo.

(NÉBEL va a la puerta.)

NÉBEL.- ¡Ambrosia! No se olvide de llevar la valija de la señorita Lidia al sulky... Si lo ha hecho ya, mejor. (LIDIA va hasta la puerta a la izquierda; NÉBEL se acerca también. Ambos embargados, sin quererlo dejar ver.)

LIDIA.- (Mirando afuera.) El tiempo se compone...

NÉBEL.- Sí..., van a tener un buen viaje, seguramente.

LIDIA.- Por suerte, ha llovido... Si no, la tierra debe ser espantosa...

NÉBEL.- Aquí en el Chaco, no tanto... Más abajo, sí.

LIDIA.- Por suerte...

(LIDIA asoma más la cabeza.)

LIDIA.- Y esos durmientes..., ¿son para la línea del Bermejo?...

(NÉBEL se asoma a la vez.)

NÉBEL.- Sí, todos. La línea está bastante mal.

LIDIA.- Sí, salta mucho... (Pausa; LIDIA se vuelve a él.)

LIDIA.- Ah, me olvidaba... Esa enredadera que trajo el muchacho..., que puse en la maceta... ¿Quieres decirle a Ambrosia que la cuide?... Es muy linda...

NÉBEL.- (Grave.) Pierde cuidado...

LIDIA.- Va a quedar bien en la galería...

NÉBEL.- Sí...

(Suena la campana de la estación.)

LIDIA.- La campana... Me voy ya.

NÉBEL.- (Mientras LIDIA recoge la valijita.) No te inquietes, sin embargo... En un instante estar, allá.

(NÉBEL se asoma de nuevo a la puerta.)

NÉBEL.- Bella temperatura...

(LIDIA, ídem.)

LIDIA.- Sí, muy linda...

(El momento final; parados uno enfrente del otro, se miran largo. LIDIA le tiende al fin la mano.)

LIDIA.- Entonces...

(NÉBEL la estrecha un largo momento.)

NÉBEL.-¡Felicidad...! ¡Mucha!

LIDIA.- (Con triste sonrisa.) Gracias...

(NÉBEL, sin soltar la mano, le pasa la otra por la cintura y la atrae. Ella resiste -todo muy lento- y lo detiene poniéndole la mano en la cara con gran dulzura y muy cortadas las frases.)

LIDIA.- ¡No..., basta!... No hagamos... como... la otra vez... Nos hemos... encontrado... dos veces... ¡Basta ya!...

(Pausa.)

NÉBEL.- (Sordo y lento.) Y no nos encontraremos más...

LIDIA.- ¡Nunca!...

(LIDIA mira hacia afuera, de costado, apoyada en el marco, sintiéndose débil. Por fin.)

LIDIA.- Dejemos así... ¡Conservemos... por lo menos... la memoria de... un dulce recuerdo!..

(Pausa; NÉBEL después de mirarla largo.)

NÉBEL.- (Grave.) Tienes razón... ¡Y de un honrado momento!

(Toma la mano de LIDIA y la lleva respetuosamente a la boca.)

LIDIA.- Adiós...

NÉBEL.- Adiós...

TELÓN LENTO

FIN