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«Después de varios y extraños acaescimientos, después de mil perdidas esperanças de alcançar remedio de nuestras desdichas, el piadoso cielo, sin ningún merecimiento nuestro, nos ha buelto a la deseada patria» («El amante liberal», I, 203, 1-5); Amadís en la Peña Pobre, según Don Quixote, «se hartó de llorar y de encomendarse a Dios, hasta que el cielo le acorrió en medio de su mayor cuita y necessidad» (I, 374, 23-26, I, 26).

 

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Entre los múltiples lazos que tiene nuestro texto con la literatura de la época de Cervantes, cabe señalar que esto recuerda a las Soledades de GÓNGORA, dedicadas, como la primera parte de Don Quixote, al séptimo duque de Béjar, y con claros vínculos con la obra cervantina («the Soledad primera is -among other things- a reading of La Galatea», dijo Mary Gaylord Randel, «Reading the Pastoral Palimpsest: La Galatea in Góngora's Soledad primera», Symposium, 36, 1982, 71-91). Éstas iban a acabar, según las todavía inéditas Anotaciones y defensas a la Primera Soledad de Pedro DÍAZ DE RIVAS, en el yermo (véase R. O. JONES, «Neoplatonism and the Soledades», BHS, 40, 1963, págs. 1-16, y Javier NÚÑEZ CÁCERES, «Acerca del título Soledades», Romanische Forschungen, 96 (1983), págs. 85-89; extracto de las Anotaciones en Documentos gongorinos, ed. Eunice J. GATES, México: El Colegio de México, 1960, pág. 86, n. 4). Considerando la seriedad que Góngora reclamaba para su obra, cabe pensar que la obra acabaría en el yermo con propósito religioso.

 

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Harry SIEBER, «Literary Time in the "Cueva de Montesinos"», MLN, 86 (1971), págs. 268-273; Luis A. MURILLO, The Golden Dial: Temporal Configuration in «Don Quijote», Oxford: Dolphin, 1975, sobre el cual véase la reseña de A. J. CLOSE, BHS, 54 (1977), págs. 248-249; anteriormente «The Summer of Myth: Don Quijote de la Mancha and Amadís de Gaula», Philological Quarterly, 51, No. 1 (Hispanic Studies in Honor of Edmund de Chasca, 1972), págs. 145-157; Kenneth P. ALLEN, «Aspects of Time in Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Revista Hispánica Moderna, 36 (1970-71 [1973]), págs. 77-107; Aurora ELIDO, «Topografía y cronografía en La Galatea», en Lecciones cervantinas, Zaragoza: Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, 1985, págs. 49-93. Sobre el tiempo en la literatura española del siglo XVII, véase Daniel L. HEIPLE, Mechanical Images in Spanish Golden Age Poetry, Madrid: José Porrúa Turanzas, 1983, Part III, «Time and Measurement of Time»; Otis GREEN, Spain and the Western Tradition, IV, págs. 22-39; Hans FLASCHE, «El problema del tiempo en el auto El día mayor de los días», en Hacia Calderón. Tercer coloquio anglo-germano, Berlín y Nueva York: De Gruyter, 1976, págs. 216-232; Anthony J. SALVIA, «Time and Heilsgeschichte in the theatrum mundi: A Study of Calderón's El día mayor de los días», BHS, 58 (1981), págs. 31-45; Manuel DURÁN, «El sentido del tiempo en Quevedo», Cuadernos Americanos, 73 (1954), págs. 273-288; D. Gareth WALTERS, «Conflicting Views of Time in a Quevedo Sonnet: An Analysis of "Diez años de mi vida se ha llevado"», JHP, 4 (1980 [1981]), págs. 143-156; no hemos visto todavía José Adriano de FREITAS CARVALHO, «O "Museo do tempo" na poesía espanhola do séc. XVII», en IV Centenário do nascimento de Francisco de Quevedo (Ciclo de Confêrencias), Porto: Fundaçáo Eng. António de Almeida, 1982, págs. 41-90. Para una introducción del tema en un contexto más amplio, Dorothy Sherman SEVERIN, Memory in «La Celestina», Londres: Tamesis, 1970, y Ricardo J. QUIÑONES, The Renaissance Discovery of Time, Cambridge: Harvard University Press, 1972.

 

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«Parece que para que no pueda gozar este contento se apresura más el sol en su carrera que suele» (15:5-6). Expresiones parecidas: «he estado en el otro mundo, a mi parecer, más de mil años» (Don Quixote, IV, 359, 4-5, II, 70); «la vida como en sueño se les passa, / o como suele el tiempo a jugadores» (Parnaso, 16, 2-3); «el mundo quedará falto y sin el passatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere» (Don Quixote, I, 129, 20-23, I, 9). «Cada punto que la galeota tardava en anegarse o en embestir en las peñas, era para mí un siglo de más penosa muerte» («El amante liberal», I, 152, 12-13); «corrió el tiempo, y no con la ligereza que él quisiera, que, los que viven con esperanças de promessas venideras, siempre imaginan que no buela el tiempo, sino que anda sobre los pies de la pereza misma» («La española inglesa», II, 39, 20-24); «con alboroço y contento esperava los quatro días que se le ivan haziendo, a la cuenta de su desseo, quatrocientos siglos» (Don Quixote, IV, 187, 25-28, II, 54); «pensando que aún duravan los siglos donde corrían mis alabanças» (Ocho comedias, prólogo, I, 8, 31-32); «Vivan y revivan, / y en siglos velozes / del tiempo los días / passen con las noches» (La elección de los alcaldes de Daganço, Comedias y entremeses, IV, 54, 1-4); «ligeras horas del ligero tiempo / para mí pereçosas y cansadas» (La Galatea, II, 106, 4-5); «[le parecía] que el día se alargava más de lo acostumbrado, bien assí como acontece a los enamorados» (Don Quixote, IV, 374, 4-6, II, 71). En fin, «no todos los tiempos son unos, ni corren de una misma suerte» (Don Quixote, IV, 229, 7-8, II, 58; también Persiles, I, lix, 23-24, prólogo).

 

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Anticiparemos que el bosquejo sugiere conocimiento significativo, de parte de Cervantes, de las Coplas de Jorge Manrique, popularísimas en el siglo XVI. Estaría totalmente conforme con posiciones como la siguiente: «pues si vemos lo presente / cómo en un punto s'es ido / e acabado, / si juzgamos sabiamente, / daremos lo non venido / por passado. / Non se engañe nadi, no, / pensando que ha de durar / lo que espera / más que duró lo que vio».

 

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Son frecuentes en las obras de Cervantes semejantes referencias al pasado, presente y futuro, y del deseo de conocer éste: «el natural desseo que todos los hombres tienen, no sólo de saber todo lo passado y presente, sino lo por venir» (Persiles, I, 91, 9-11, I, 13); «el demonio [...] como ha tanto tiempo que tiene experiencia de los casos passados y tanta noticia de los presentes, con facilidad se arroja a juzgar de los por venir» (Persiles, I, 91, 25-31, I, 13); «los varones prudentes, por los casos passados y por los presentes, juzgan los que están por venir» (Persiles, I, 208, 18-20, II, 7). «El mono no responde sino a las cosas passadas o presentes, y la sabiduría del diablo no se puede estender a más; que las por venir no las sabe, si no es por conjeturas, y no todas vezes» (Don Quixote, III, 323, 2-6, II, 25); el mono «adivinava todo lo passado y lo presente, pero [...] en lo de por venir no se dava maña» (III, 342, 2-4, II, 27). «La [...] más perfecta hermosura que tuvo la edad passada, tiene la presente y espera tener la que está por venir» («El amante liberal», I, 139, 2-4); «la más alta ocasión que vieron los siglos passados, los presentes, ni esperan ver los venideros» (Don Quixote, III, 27, 20-23; II, prólogo); «la historia, [...] testigo de lo passado, exemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir» (Don Quixote, I, 132, 29-133, 1, I, 9); «Hamete Benengeli [...] persuádeles [a los lectores] que se les olviden las passadas cavallerías del ingenioso hidalgo, y pongan los ojos en las que están por venir, que desde agora en el camino del Toboso comiençan» (Don Quixote, III, 110, 5-16, II, 8). Utiliza series de tiempos verbales con el mismo propósito: «Tuve, tengo, y tendré los pensamientos / merced al cielo que a tal bien me inclina / de toda adulación libres y essentos» (Parnaso, 56, 3-5); «sin govierno salistes del vientre de vuestra madre, sin govierno avéis vivido hasta aora, y sin govierno os iréis o os llevarán a la sepultura quando Dios fuere servido» (Don Quixote, III, 82, 11-14, II, 5); «nunca mi intento fue, es, ni será otro, que daros gusto y contento en quanto mis fuerças alcançaren» («El zeloso estremeño», II, 224, 5-7); «todas estas, y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama» (III, 116, 18-20, II, 8); «perseguido me han encantadores, encantadores me persiguen y encantadores me persiguirán hasta dar conmigo y con mis altas cavallerías en el profundo abismo del olvido» (Don Quixote, III, 400, 2-5, II, 32).

 

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Incluso Don Quixote menciona el tiempo como explicación de su «encantamiento»: «Ay muchas maneras de encantamentos, y podría ser que con el tiempo se huviessen mudado de unos en otros. [...] De manera, que contra el uso de los tiempos no ay que argüir ni de qué hazer consecuencias» (77, 358, 20-27, I, 49; también Sancho, IV, 280, 15-16, II, 62). Otros ejemplos: «el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se dexa ninguna que no la [«las» en el original] saque a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra» (Don Quixote, III, 325, 18-21, II, 25; también II, 183, 13, I, 37); «el tiempo, que es gran maestro de dar y hallar remedio a los casos más desesperados» («Las dos donzellas», 177, 39, 18-20); «otras muchas e infinitas cosas iréis descubriendo en él [el trato y la vida] con el tiempo» («La gitanilla», I, 80, 28-30); «mal de los que el tiempo suele curar» (La Galatea, I, 16, 5-6); según el corregidor en «La gitanilla», había que dar «tiempo al tiempo, que suele dar dulce salida a muchas amargas dificultades» (I, 128, 5-7; también Don Quixote, II, 128, 31, I, 34, II, 199, 27-200, 1, I, 38, IV, 375, 23-24, II, 71; La Galatea, 77, 106, 11).

 

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«Un día -que fuera para mí el más venturoso de los de mi vida, si el tiempo y las occasiones no uvieran traído tal descuento a mis alegrías-» (La Galatea, I, 55, 6-9).

 

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También: «el tiempo, que passa y buela, / llevará presto la vida» (La Galatea, I, 48, 3-4); «no está obligado ningún marido a tener la velocidad y corrida del tiempo, que no passe por su puerta y por sus días» (El juez de los divorcios, Comedias y entremeses, IV, 9, 9-12); «como si huviera sido en mi mano aver detenido el tiempo que no passasse por mí» (Don Quixote, III, 27, 17-19, II, prólogo); «el tiempo tiene cuidado de quitarnos las vidas» (Don Quixote, III, 179, 20, II, 14).

 

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Son frecuentes los hijos presentados como problemas, y los muchachos como enojos (Don Quixote, III, 346, 20, II, 27, IV, 118, 27-28, II, 48, IV, 217, 10-13, II, 56, IV, 277, 20-21, II, 61, IV, 390, 16-22, II, 73; «El licenciado Vidriera», II, 87, 30-88, 12; «La illustre fregona», II, 325, 26-326, 19); con excepción de las hijas hermosas, no nos acordamos de que Cervantes presente a los hijos como placer y orgullo de sus padres. Hay sólo unos pocos pasajes -emocionalmente fríos, en nuestra opinión- en que se pondera a los hijos como continuadores: «los hijos, señor, son pedaços de las entrañas de sus padres; [...] a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pastos de la virtud, de la buena criança y de las buenas y christianas costumbres, para que [...] sean [...] gloria de su posteridad» ( Don Quixote, III, 204, 6-14, 11, 16; nótese «su posteridad» en nuestro texto, 8:12); «vivió en compañía de su esposo Persiles hasta que bisnietos le alargaron los días, pues los vio en su larga y feliz posteridad» (Persiles, II, 294, 10-13, IV, 14); «una de las cosas en que ponían el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron del verdadero conocimiento de Dios, fue [...] en tener muchos y buenos hijos» (Don Quixote, III, 202, 32-203, 5, II, 16). Aunque perder un hijo es, según la Cañizares, «la mayor [...] pesadumbre [...] que se puede imaginar» («Coloquio de los perros», III, 218, 3-5), no hay sino un pasaje en el cual se habla favorablemente de los hijos y, aun más, de los nietos. Este comentario forma parte de la relación de las características del buen gobernador: «si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felizidad indezible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz, y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcançará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros neteçuelos» (Don Quixote, IV, 54, 13-22, II, 42).

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