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«Entonces contempló la campiña muda, reposada, y como si le trajese la visión de toda la tierra, se dijo bruscamente: "Falta amor, falta amor... los hombres no se alivian, no se amparan... Un día cálido y jocundo; el júbilo por la salud y el goce de la carne; la unción de ternura que la belleza nos regala; momentos deleitosos del espíritu hacen amar inmensamente de natural manera. Amor, entonces, place, conmueve, regocija... pero luego se apaga, se torna en la acritud y sequedad de un deber"» (p. 122, DV). La edición de 1904 apostilla aquí con una larga y erudita nota «filográfica», por entero crucial para la comprensión de toda la obra de Miró. Fue recogida en la lista de variantes de la Edición Conmemorativa (I, pp. 270-275). Véase MacDonald, Gabriel Miró, pp. 196 y ss. Comenta aquí Joaquín Casalduero: «Ahora podemos comprender esa atracción por la lepra (no porque hubiera leproserías en Valencia), esa descomposición viviente, es la figura del dolor que el hombre no puede dominar. La vida es así» («Gabriel Miró y el cubismo», La Torre 5/18 [1957], p. 127). En Del vivir, «el leproso muestra como nadie el alienamiento anfibológico del hombre que sufre; del hombre existencial, en la dimensión metafísica y, en el sentido moral, de la falta de misericordia entre los hombres» (Richard López Landeira, Gabriel Miró, trilogía de Sigüenza, Estudios de Hispanófila [Madrid, 1972] p. 34).

 

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Como observa MacDonald, «the priest-like turkeys end as ironic guardians at the gate of Paradise» y en todo momento «the Church is, in fact, consistently pictured as of no use to those suffering» (Gabriel Miró, pp. 196 y 194).

 

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El párroco de Alcalalí don Alejandro Gimeno durante veinte años (1863-1883) «fue hombre tan exacto y cumplidor de sus obligaciones que pasaba los años en compañía de sus leprosos, en aquella atmósfera infecta y repugnante de sus chozas y madrigueras, consolándoles y socorriéndoles diariamente en sus aflicciones y necesidades. Diariamente acudía también a su lado llevándoles alimentos, aseándolos y curándolos personalmente». En 1890 comenzó a padecer la enfermedad. El párroco de Gata don Juan Martínez Blasco edificó en el pueblo un lazareto en 1884 y «nunca tuvo la menor repugnancia en visitarlos; lo mismo cuando moraban en solitarias chozas, que cuando vivían en la nueva leprosería, socorriéndolos y consolándolos en todo momento. Se contagió igualmente de la lepra, murió paupérrimo y a la hora de su muerte pronunció estas palabras: "Me he quedado sin pecados, sin amigos y sin dinero, gracias a Dios"». En Motos un leproso era cuidadosamente atendido por otro sacerdote octogenario. I. San Martín Bacaicoa sigue para todo esto (La lepra en la España del siglo XIX, p. 95) la memoria de la Colonia-sanatorio nacional de San Francisco de Borja (Valencia, 1904) o leprosería de Fontilles, debida en parte a los esfuerzos del jesuita P. Carlos Ferris. El escuchar en diciembre de 1901 los quejidos del leproso solitario Bautista, en Tormos, le condujo a tal iniciativa, ayudado por D. Valentín Lloret e igualmente desesperados ambos de la indiferencia oficial. Para todo este trasfondo puede consultarse también el idilio religioso-sanitario de Demetrio Zurbitu, «Las jornadas de la lucha contra la lepra. Una visita a Fontilles», Razón y Fe, 28 (1928), 481-500. Visión más objetiva de la controversia suscitada en torno a la fundación de la leprosería y reforzada con amplia bibliografía, en el reciente estudio de Rosa Sánchez García, «Algunes idees sobre l'origen del sanatori de Fontilles», Aguaits (Denia), 1 (1988): 79-86 (debo su conocimiento a la Licda. Begoña Ripoll).

 

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Es preciso tener aquí en cuenta la despreocupada cronología confesada en Del vivir, según Edmund King (Introducción a Gabriel Miró, El humo dormido [New York: Dell, 1967], p. 34) y MacDonald (Gabriel Miró, p. 185). Aunque las páginas finales y el conocimiento de Poquet se refieran a finales de agosto de 1903, es probable que fueran redactadas en 1904, tras conocer la publicación acerca de Fontilles descrita en la nota que precede.

 

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Todo lo relativo a los rumores y maniobras previas a su nombramiento se halla claramente sugerido por la presencia del mismo tema en L'orme du mail de Anatole France, obra presente en la biblioteca de Miró en traducción española de 1905 (MacDonald, Gabriel Miró, p. 211). Observado ya, dentro de los términos «d'une trasposition infiniment subtile», por Jean Sarrailh, «Le prestige d'Anatole France en Espagne», Revue de Littérature Comparée, 16 (1936), p. 118. Por lo demás, el nombramiento del obispo de Oleza se muestra acorde con el cuidado de los mecanismos de selección para descartar a candidatos de ideología carlista. Véase el interesante estudio de Fernando García de Cortázar Ruiz de Aguirre, «Anales sociológicos del episcopado español de la Restauración», Revista Internacional de Sociología, 34, (1976), 63-90. El obispo Maura es situado aquí «a la cabeza del grupo de prelados que trataba de dar una respuesta eclesial al advenimiento de las ideas socialistas y de la revolución social» (p. 83). Pero la oposición de los integristas al obispo leproso recuerda mucho más la sostenida con éstos por el agustino fray Tomás Cámara y Castro, obispo de Salamanca a partir de 1886. Véase Abel García Vázquez, «El Padre Cámara, figura preclara del episcopado español y fundador de los estudios eclesiásticos de Calatrava», Hispania Sacra, 1 (1954), 327-358.

 

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Las estadísticas y memorias del siglo XIX virtualmente ignoran el caso de los leprosos de situación acomodada. Desde la Edad Media, los enfermos de posición social gozaron de ciertos arreglos paliativos, como el de ser acogidos en condiciones de privilegio en asilos especiales (Brody, The Disease of the Soul, p. 71).

 

17

Emilia Pardo Bazán, Obras completas (Madrid: Aguilar, 1963) I, pág. 678.

 

18

La homeopatía dista de ser desconocida en la novela alrededor de Miró. Véase Pérez Bautista, El tema de la enfermedad, p. 228.

 

19

Nuestro Padre San Daniel. Novela de capellanes y devotos, Obras completas. Edición Conmemorativa (Barcelona, 1945) 10, p. 101. En adelante NP.

 

20

El obispo leproso. Segunda parte de Nuestro Padre San Daniel. Obras completas. Edición conmemorativa (Barcelona, 1947) 11, pág. 95. En adelante, OL.