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Como es obvio, no hay aquí alternativa al uso del concepto de subconsciente y a plantear el problema del conocimiento de Freud por Miró, que por su complejidad no puede ser ahora abordado y habrá de quedar para otra ocasión.

 

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La biblioteca privada de Miró poseía una traducción francesa de Las afinidades electivas (MacDonald, Gabriel Miró, p. 211). En este caso, sin embargo, la cabeza de la intertextualidad es claramente Doña Luz de Valera (a su vez enraizada en Goethe de un modo muy activo) más bien que el poeta de Weimar. Nótese además que la adoración juvenil de Miró hacia Valera dejó huellas permanentes y reconocibles todavía en las novelas de Oleza. La génesis de un personaje tan importante como Elvira debe mucho a la historia de la condesa de Fajalauza, madre de Doña Luz: «Como las cartas no eran más que un indicio, el conde se limitó a atormentar a su mujer y a desconfiar de ella y vigilarla. Con un pretexto plausible se trajo a vivir en su casa a una hermana soltera que tenía, la cual era una furia del infierno. Esta mujer era desde entonces la espía, la acompañante, la dueña, la negra sombra de la condesa» (Doña Luz [Madrid: Biblioteca Nueva, 1931], c. XIX, p. 242).

 

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El obispo es comparado con Job por Roberta Johnson, «Miró's «"El obispo leproso": Echoes of Pauline Theology in Alicante», p. 241. Para Edmund King, Del vivir ha favorecido el acercamiento figurado de Miró-Sigüenza a la figura de Cristo como leproso y humillado, conforme a Isaías, 53, 2-3 («Sigüenza y sus modelos», Homenaje a Álvaro Galmés de Fuentes [Madrid: Gredos, 1985] I, p. 484). El texto de Job 30 es invocado a la cabeza de Del vivir, pero éste hace hincapié en el sufrimiento y no en la resignación.

 

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Las connotaciones positivas del ferrocarril como final de la novela, así como la general simpatía de Miró (hijo de un ingeniero de caminos) hacia las vías de comunicación y espacios abiertos es estudiada por Ian R. MacDonald, «Caminos y lugares: Gabriel Miró's "El obispo leproso"», Modern Language Review, 77 (1982), 606-617. La enemiga del clero al ferrocarril, invertida por el obispo, era también tópica. Pueden verse los donosos términos en que trata de justificarla el Padre Amaro de Eça de Queiroz (O crime do Padre Amaro, c. XVI). Cuando el ferrocarril llegó a Orihuela en 1884 (por gestiones del municipio y no de ningún obispo) no faltó un don Amancio Meseguer que previniera en pésimos versos contra el riesgo que ello podía representar para la fe: «Mas cuida de, al gozar de días mejores, / uniéndote al mundo en lazo estrecho; / guarda, virgen, la fe de tus mayores; / lleva siempre la Cruz sobre tu pecho» (Coope, Reality and Time, 31).

 

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Como observa Coope, el tiempo particular del obispo es objeto de una refinada manipulación con miras a hacerlo parecer mucho más dilatado de lo que habría de ser según la cronología interna de la novela (Reality and Time, 150).

 

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Véase Raymond S. Willis, «Sancho Panza: Prototype for the Modern Novel», Hispanic Review, 37 (1969), 207-227. Contra lo que viene diciéndose, don Magín tiene una profunda deuda con Sancho Panza, mucho más que con el Arcipreste de Hita y otros eventuales precursores. Muy conforme a su modus operandi, Miró da una pista inconfundible al destacar el «vientre prócer» (p. 49, NP) de don Magín. Bajo la sugestión cervantina que tan sutilmente actúa siempre en Miró, Don Quijote y Sancho han reencarnado a su modo en el obispo del amor sublimado y su fidelísimo capellán, honesto gozador de la vida y de pies firmemente asentados en la tierra.

 

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La estructura cíclica del relato, que comienza y termina en torno a la muerte de un obispo y llegada de su sucesor, ha sido destacada por Yvette E. Miller, La novelística de Gabriel Miró, 29.

 

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Véase Claudio Guillén, «Apuntes para un estudio de la diégesis en "La Regenta", en Clarín y su obra. En el cementerio de "La Regenta"», ed. A. Vilanova (Barcelona: Universidad de Barcelona, 1985), 265-291. Guillermo Díaz Plaja había mencionado anteriormente la característica naturaleza «ambientada» del personaje romántico «en una línea ascendente que podríamos trazar, por ejemplo, desde Gustave Flaubert a Gabriel Miró» («El "Quijote" como situación teatral», en Cuestión de límites [Madrid, 1963], p. 41). Por su parte, Chabás: «Los personajes se funden con la naturaleza, casi inmóviles en ella, y adquieren esa tristeza lenta con que está pensado y visto el paisaje» («Gabriel Miró», p. 48).

 

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La esencial componente ambigua, desdibujada o hermética del obispo es enfáticamente respaldada por críticos de muy diversas tendencias. «Enigmático» para Enrique Moreno Báez. «El impresionismo de "Nuestro Padre San Daniel"», Studia Philologica. Homenaje a Dámaso Alonso (Madrid: Gredos, 1961) II, p. 500. «Personaje misterioso» para Gullón («Reflexiones en torno a Miró», p. 119). «Envuelto en una casi inequívoca atmósfera que funde el olor de santidad heroica con los vislumbres tímidos de un doloroso y estoico escepticismo nihilista», según Eugenio G. de Nora, La novela española contemporánea (Madrid: Gredos, 1970), I, p. 463. «Figura contemplada desde una cierta lejanía, vislumbrada apenas en las rápidas apariciones que efectúa en la novela» (Carlos Ruiz Silva, introducción a Nuestro Padre San Daniel [Madrid: Ediciones de la Torre, 1981], p. 36). «This image of social acceptance in a world of change and transience» y figura central «ellusively withdrawn» (MacDonald, «Why is Miró's Bishop a Leper?», p. 74). La técnica mironiana de ofrecer o retirar información esencial conforme a sus designios es señalada por Edmund L. Ring, «Life and Death, Space and Time: "El Sepulturero"», en Critical Essays on Gabriel Miró, ed. R. Landeira, p. 107.

 

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José Guardiola Ortiz cuenta cómo «más tarde le cambió el título y quemó un buen puñado de cuartillas porque al editor le pareció mucho texto para un solo volumen» (Biografía íntima de Gabriel Miró [Alicante, 1935], p. 273).