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Leopoldo de Luis

Francisco Umbral

«El varón que tiene corazón de lis / alma de cristal / el mínimo y dulce Leopoldo de Luis / se está trabajando su flor natural». Con este primor rubeniano rendía homenaje el inolvidable y nicotinado Juan Pérez Creus a su amigo y colega Leopoldo de Luis en aquella mesa de rojos rojazos que era la mesa de los mansuetos poetas en el café Gijón del medio siglo. Esa concordia que ahora se busca entre la derecha y la izquierda la habían logrado en los años 40 y posteriores una docena de hombres de buena voluntad en torno a un glorioso del 27, Gerardo Diego, otro santo insigne de catedral de quien Manuel Alcántara llegó a decir certeramente que tenía cara de pobre. Todos recosidos de cárceles, el primero Leopoldo, todos ternes en su republicanismo de bien, todos llevaban un siglo debatiendo tarde a tarde que si Juan Ramón o si Machado, o sea las dos Españas.

Al fin, a Leopoldo le han dado su flor natural sin trabajársela, el Premio Nacional de las Letras Españolas, cuando está en la ochentena, malherido y disfrutando una gloria tardía que le ha reconocido irónicamente un Gobierno de derechas. Este premio se honra hoy con el nombre carcelario y mutilado de Leopoldo. Se debaten actualmente los homenajes y olvidos a los caídos de la Guerra Civil, a izquierda y derecha. En medio, todavía, calladamente vivo, Leopoldo de Luis.

Emma Rodríguez, en este periódico, le ha hecho a Leopoldo una sobria y emocionada semblanza. Después de los ochenta años un hombre se torna eterno, salvo que sea un hombre bueno como Leopoldo. Entonces le huele a eternidad hasta la ropa. Conmigo fue fraternalmente crítico: «Ya sabemos que tú eres un esteticista». Y yo no me enfadé porque conocía la profundidad literaria y extraliteraria de este admirativo reproche. Él también era y es un esteticista que había elegido el violento y vivísimo tema social para domeñarlo mediante su verso impecable y su palabra íntima, resignada y perpetua. En cambio, me elogió mucho mi libro sobre Lorca. Nos veíamos hermanados en el inmenso poeta andaluz. Leopoldo es de Córdoba como han puntualizado estos días los periódicos.

«Tengo mucho trabajo estos días. Me ha pedido unos versos Camilo para Papeles». Seguro que el contable calladizo llegaba a casa y se ponía a escribir aplicadamente lo que le había pedido Cela, que le admiraba y siempre supo calcular silenciosamente a los poetas. En el debatido mundo de la poesía social Leopoldo era uno de los que mejor habían puesto la forma al servicio de algo, pero ardían más otros que solo hacían panfletos y habían llegado a un prosaísmo sin gracia ni escándalo. A Leopoldo, ilustre de aquella generación, han tenido que venir los jóvenes, los liberales, los demócratas y las ministras para hacer una lectura pacífica de sus versos fronterizos. Otros de iguales méritos murieron discretamente sin llegar a ese reconocimiento. Antologizada la poesía social, se salvan hoy cuatro o cinco nombres. Acabamos de salvar a Leopoldo.

Voy a cenar muy pronto con Lines Hierro, la mujer de Pepe, y hablaremos de aquel genio velocísimo, pero también hablaremos del mínimo y dulce Leopoldo de Luis, el varón que tiene corazón de lis, alma de cristal. Todo un rojazo.