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Capítulo XXX

Del halcón que se le quiebra el ojo


Según he dicho en otros capítulos antes de éste, muchas ocasiones suceden a los halcones, así como cuando son echados a garza y otras presas que los halcones usan matar; señaladamente, cuando los halcones garceros andan con la garza, o la traen a tierra, hiéreles la garza con el pico en el ojo y quiébraselo; si el halcón es perdiguero o lebrero, andando con la liebre o con la perdiz, topa en algún palo o espina de guisa que se le quiebra el ojo.

En esta ocasión debes socorrerle de este modo:

Toma una hierba que llaman pimpinela, otros la llaman bursa pastoris y otros hierba golondrina; nace cabe las paredes y tiene una como bolsilla en lo alto así como está:

Májala y toma el zumo de ella bien colado; toma la tercia parte de miel y coral blanco molido y cernido. Tomarás este polvo, mezclado con el zumo de la hierba y con la miel, y derribarás el halcón. Toma una pluma hueca, hínchela de aquella medicina, y después soplando con la boca échasela y lánzasela en el ojo llagado, que le caiga dentro.

Échasela con una pluma de gallina, de manera que le caiga en el ojo, y ten el halcón derribado hasta que veas que todo el zumo es consumido; ponle luego el capirote de guisa que no lo pueda sacudir de la cabeza, y esté de tal manera guardado el halcón que no se rasque ni pueda llegar con la mano al capirote ni al ojo; y sea puesto en una cámara oscura.

Debes saber que, si la yema del ojo no estuviere herida, el halcón cobrará toda su vista, a pesar de que cuando ves la herida parece

que todo el ojo está vacío, y torna el ojo después a ser tan hermoso como si nunca hubiese sido herido. Si la lumbre del ojo fuere herida nunca cobrará la vista, mas cobrará la hermosura, de tal manera que pocos hombres conozcan si el halcón es ciego del ojo o no.

Esta cura debes hacer dos veces al día hasta que veas que el ojo ha vuelto a su hermosura, y si le quedare nube o paño, échale polvos de coral blanco bien cernido y así curará.




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Capítulo XXXI

Del halcón que tiene hidropesía o hinchazón en el vientre


Tienen una dolencia los halcones que es llamada hidropesía y se engendra en el vientre. Padecen mucho de esta dolencia señaladamente los gerifaltes que son aves muy pesadas, muy ahogadizas, antojadizas y quejosas por naturaleza.

Sucede especialmente cuando dejan a cualquier halcón en la alcándara y debate mucho, o en la muda, si no está bien tratada y el halcón se espanta y debate. Con la gran queja sucede, a las veces, que se corrompen en el cuerpo de tal manera que se les hace en el vientre una vejiga y se les hinche de agua que se les mete en el buche, los hígados y las tripas, y caliéntase de tal manera que el buche, las tripas y el hígado cuecen tanto que el halcón viene a morir.

Tú debes conocer esta dolencia de la siguiente manera:

Sabe que cuando el halcón tiene esta dolencia, enflaquece y no por eso deja de comer; hínchasele el vientre que parece que trae un gran huevo; tiene las cujas de las piernas como gastadas y secas, no puede volar y cuando defeca hace malas tulliduras, desvariadas y feas.

Esta dolencia es mortal, pero debes cuidarte de ella y no desamparar tu halcón; el remedio para esta dolencia es éste:

Derriba el halcón que tuviere esta dolencia, átale bien los pies con la lonja, échalo de espaldas y trasquílale todo el vientre sin llegar al pecho, con unas tijeras muy agudas. En cuanto lo hubieres trasquilado toma una lanceta muy aguda y ábrele el vientre a lo largo; cuida que tajes el cuero, pero no llegues a las tripas; comiénzalo en el pico del pecho donde acaba el overo, y la abertura sea tan grande que sea preciso darle tres puntos, y entre punto y punto haya espacio de medio dedo, y en cuanto fuere hendido vuelve al halcón el vientre hacia abajo y las espaldas arriba y saldrá aquella agua.

Cuando veas que el agua está fuera, vuelve el vientre del halcón arriba, cóselo y dale aquellos tres puntos; llama cirujano que lo haga, porque tiene conocimiento y uso de ello, y mata una gallina y echa su sangre por encima de la costura.

La razón porque se hace esto de la sangre es la siguiente: porque conviene que el lugar donde ha de haber soldadura de fuera, haya sangre; para que la suelda pegue mejor y porque aquel lugar no es tal que haga sangre de suyo; por tanto, es menester ponerle aquella sangre de gallina.

Una vez puesta la sangre de gallina sobre aquellos puntos, échale la suelda por encima de la sangre, y esta suelda sea hecha como dije en el capítulo XXV, que habla de cuando el halcón pierde la uña, y después toma la otra suelda preciosa que dije que era buena para el cuerpo en el capítulo XXVIII (del halcón que se le quiebra la pierna), y dale de ella un grano tan grande como un garbanzo, en un corazón de gallina, de la manera que arriba he dicho, y si no lo quiere comer, méteselo en la boca.

Todo ese día permanezca el halcón envuelto en un paño de lino, encamisado sobre un cabezal, vientre abajo, y a la noche antes que lo descamises dale de comer media pierna de gallina picada, que sea quitado de ella el escudete y lo duro, y si no lo quisiere comer méteselo por fuerza.

En los nueve días siguientes dale de comer la suelda en un corazón de gallina, cuantía de un garbanzo cada tres días, de manera que coma una suelda tres o cuatro veces.

Hecho todo esto, desenvuélvelo de aquel paño y ponlo en una buena alcándara con un paño de lana de color envuelto en derredor de la alcándara, y si no quisiere estar tranquilo en la alcándara, ponle en una tabla llana, y pon un paño de lana blanco encima de la tabla pegado con clavos, para que esté caliente, y la casa sea bien caliente, sin viento y sin humo. Al otro día toma la alosna, que es incienso amargo, cuécelo en vino blanco, en una olla pequeña y lávale bien cada día en aquella agua y dale a comer la suelda que dice en el capítulo XXVIII de tres en tres días, y no lo saques fuera de casa hasta los nueve días ni le des la carne que hubiere de comer, salvo picada, caliente y buena; ya en adelante, cómala entera por su pico y no le des plumadas.

Recuerda que si este socorro se hiciere a esta dolencia, antes que el hígado y el bofe sean escalfados, el halcón sanará, mas si el halcón tuviere ya el hígado y el bofe escalfados, está en duda si curará o no, y por tanto es menester que el cazador sea avisado en ver si su halcón adolece según las señales de las dolencias; socorre enseguida a tu halcón, antes que la dolencia sea vieja y no aprovechen las medicinas.

Esta hinchazón que ocurre entre el cuero y la carne, de que habla este capítulo, acaece así: cuando algunos halcones son lanzados a aquellas presas que a menudo suelen, como a liebre, o a grulla, o a perdiz, algún can traba del halcón y rómpele el cuero; o puede ser que en la caída con la garza o con la grulla, rómpese el cuero, o bien puede ser que la garza o la grulla lo hiera. Así que por aquel lugar que es así roto el cuero, hinchase todo el halcón o parte de él de viento, y parece muy feo, y a quien esto no vio parécele cosa extraña y espántase de ello cuando es una cosa muy ligera de curar; cúrase así:

Si vieres que no tiene otra llaga, salvo aquel cuero que tiene así hinchado y levantado, toma una lanceta muy aguda y rómpele los lugares donde el viento así está, y luego saldrá todo el viento.

Toma la alosna, que es incienso amargo, con vino blanco, cuécelo junto, caldéale bien aquellos lugares que vieres que tienen la hinchazón y tenlo en lugar caliente y sin viento; caldéaselos así algunos días hasta que veas que desaparece un color malo de que el cuero está así señalado y luego será sano.




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Capítulo XXXII

Del halcón que devuelve y tiene el papo y tripas frías


Por muchas cosas entra la frialdad en el papo del halcón, en el buche y en las tripas; lo uno por el tiempo frío y de gran invierno, o por no comer y dormir ayuno, lo cual debe guardar todo cazador, que su halcón duerma siempre con alguna cosa en el papo, viandas o plumada; también se resfría el halcón por comer mala vianda y fría, señaladamente en el invierno; y aun por cazar con él en tiempo lluvioso y venir el halcón mojado y no secarse al sol o al fuego sin humo y de lejos. Por tanto, si el halcón viene muy mojado y no hay sol para enjugarse, haz traer a la cámara brasas sin humo, y dándole a tirar y roer cerca del aire del fuego se irá enjugando. Después ponlo en buena casa caliente y que tenga toda la noche candela ardiendo, para que piense de sí, y al día siguiente no le hagas volar en busca de presa hasta que se enjugue al sol.

Por cada una de estas cosas que hemos dicho viene al halcón gran enfermedad, de la cual el halcón perece muy pronto si no es socorrido.

Además es muy malo de curar, porque se resfría totalmente y desordénasele todo el cuerpo; conocerás esta dolencia de esta forma:

Cuando el halcón vomita a menudo y no retiene las cosas que toma, aunque tiene hambre y buen semblante hasta que decae su carne y entonces entristece, procura que antes que así entristezca le socorras, porque si no lo haces tan pronto como comienza a vomitar, cuando le quisieres socorrer no le aprovechará. La razón es ésta:

El buche y el papo están ya encogidos y no quieren recibir cosa en sí, ni vianda alguna; en consecuencia te digo que le socorras antes pronto que tarde, y debes hacerlo de esta guisa:

Toma palominos nuevos, yeguados (si palominos no pudieres haber, toma palomas cualquiera, que palominos tendrás de palomas, o de los que crían en casa domesticados); ahógalos de manera que se cuaje la sangre dentro de ellos, o destílala de guisa que caiga limpia en una escudilla, y luego que la sangre cuajare, dásela a comer al halcón y si vieres que lo retiene dáselo así tres veces al día, fresco y cuajado; que no coma otra vianda. Al día siguiente mata un palomino, dale la sangre cuajada como se ha dicho y una tetilla de palomino, sin pluma y sin hueso; en adelante dale buenas viandas poco a poco, y a menudo gallina, o palomino, o tórtola, o cerceta, o negreta, lo mejor que pudieres. Pero si vieres que estas cosas no las retiene y vomita, haz estos polvos que aquí dice, que son muy buenos y todo cazador los debe siempre traer consigo.

Toma nuez de la India, nuez moscada, mirra, clavos de giroflé, canela, flor de canela, macis, almástiga, incienso y azúcar blanca; pisa y muele cada cosa de éstas por sí, y cuando estuvieren bien molidas y mezcladas en uno (el azúcar blanco sea lo postrimero y de cada cosa tanto de lo uno como de lo otro por peso), toma estos polvos y dáselos a comer en un corazón de gallina. Séale dada al halcón tanta cuantía como dos granos de garbanzos, y cada día rocíale el rostro y la cabeza con buen vino blanco. Hártale de sol, y cuando así estuviere doliente, no le des a probar el agua, salvo si vieres que está ya bien esforzado.

Guárdate que en todo este tiempo no le hagas ninguna prueba, sino gobiérnalo de la manera susodicha. Al cabo de diez y ocho días, dale una alina de cabra caliente, o de carne de la pospierna de una liebre, que sea caliente. Esto se hará por remondar las tripas y el buche de la horrura de los palominos. Y así curará.




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Capítulo XXXIII

De los halcones que son heridos por aves


Hermosa maravilla, y además gran bondad, es que un ave tan pequeña como es un halcón, trabe de una grulla, que es ave tan grande y tan brava que cuando un hombre la toma en un lazo no osa llegar a ella, temiendo el golpe que de ella recela haber; y pues el halcón es loado por tomar tales aves, mucho mayor loor debe tener el cazador que por arte sutil pone al halcón en condiciones de atreverse a ello y de llegar a tener tan esforzado corazón. Porque el halcón, desde que nació, nunca tomó sino pequeñas presas, como palomas, cornejas, ánades, cercetas y otras aves semejantes; y el cazador hácele dejar aquellas presas y codiciar otras aves muy grandes, como grullas, garzas, ánsares bravas, cisnes, avutardas y otras que están fuera de su naturaleza, pues nunca vio nadie al halcón bravo matar tales piezas.

Por matar tan grandes piezas, sucédenles grandes ocasiones de recibir heridas, así como cuando la garza hiere con el pico, y la grulla con la uña del pie, lanzándole coz, y así de muchas maneras son heridos los halcones.

Cuando vieres herido tu halcón, le socorrerás de esta guisa:

Toma unas tijeras muy agudas y trasquílale aquel lugar donde tiene la herida, y si es larga que puedan ser dados puntos, toma una aguja de pellejero muy sutil y un hilo de sirgo retorcido y cásesela. Cose la carne y el cuero todo en uno, y los puntos que fueren dados, cada punto sea cosido sobre sí, y ligado también sobre sí. Toma la suelda que dije en el capítulo XXV (cuando se le cae la uña al halcón), y échasela encima de la herida sobre los puntos. Al otro día toma alosna, que es incienso amargo, y cuécelo en una olla pequeña, nueva, con vino blanco y lávale la herida hasta que veas el cuero, que estaba verde, ha tornado al color de cuando estaba sano.

Con una pluma de gallina, cuidadosamente, sondea la herida, y si la herida profundizare dentro del cuerpo, rómpele el cuero a lo largo, de forma que no le rompas la carne, debes hacerlo porque cuando la herida del halcón es honda no se puede limpiar del lijo y, además, métensele las plumas dentro, y el mal que ha de salir, éntrasele y tórnasele adentro. Esta rompedura que hay que hacer no se cosa, mas lávese con vino y con alosna, de la manera que he dicho. Si no fuere honda, no te preocupes de ella, pero ponle la suelda que está ordenada en el capítulo XXV, y lávala con vino y alosna hasta que sane la herida.

Si la herida es pequeña, que no ha menester ser cosida, lávasela con vino y alosna cocida y échale la suelda, que luego sanará. Míralo una vez cada dos días, y cada vez que lo lavares no le pongas los polvos de la suelda, sino lávalo con aquel vino hasta que tenga buen color la llaga.




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Capítulo XXXIV

De la herida del halcón


Gran bien es y gran bondad para el cazador hacer buena alcándara a su halcón, bien fuerte, bien liada, gruesa y limpia, que gallinas ni otras aves hayan estado en ella. Porque ejemplo y consejo es para el cazador, desde antiguo, que tan firme, tan bien hecha y tan buena debe hacer la alcándara para su halcón para una noche como para un año; esto es por los muchos daños que pueden acontecer a los halcones en alcándaras que no son firmes y esto es cierto, pues ya sucedió a muchos halconeros cuidar poco de ello, por lo que ocurre que sus halcones se les mueren, se les quebrantan las piernas o las alas y se lisiaron por caer la alcándara con ellos.

También se lisian algunos halcones por topadura, chocando en la ribera un halcón con otro, lo que acaeció muchas veces; o venir el halcón en pos de alguna ralea y, venciendo, la topa el halcón en tierra o en un árbol, de lo cual hay grandes ocasiones, volando por las riberas y lugares donde hay árboles.

Cuando sintieres que el halcón está dañado de tales heridas, como éstas, harás así:

Toma la suelda que dije en el capítulo XXVIII (de la pierna quebrada), que se hace con la momia, y dale a comer de ella nueve días, según está allí ordenado, de tres en tres días hasta que sea sano. Sean, pues, nueve días dándole aquellos polvos con pierna de gallina tierna, cada vez la cuantía de dos garbanzos, en un corazón de gallina.

Si vieres que aquella caída o topadura hace hinchazón en algún lugar y tuviere sangre acumulada bajo el cuero, rómpele éste y se aventará aquella sangre. A esta rompedura no le eches ninguna suelda, pues no se hace sino para que aquella sangre quebrantada salga de allí, lávale con vino blanco y alosna, que es incienso amargo.

Si de la dicha caída o topadura no se acumulase sangre, salvo que se pone aquel lugar negro, lávaselo con vino y alosna, como dicho es, y debes ponerlo en la vara en cuanto estuviere maltrecho, y no le traigas en la mano.




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Capítulo XXXV

De la abatidura del halcón


De las caídas y abatiduras de la alcándara y de la mano del mal cazador, recibe el halcón gran quebranto, y de esto debe darse cuenta el cazador que lo trae en la mano, y lo puede ver y oír; cuando así lo observare, dele a comer, luego, la suelda que está ordenada para el cuerpo del halcón en el capítulo XXVIII (de la pierna quebrada).

Puedo afirmar que la abatidura o caída desde la alcándara es mucho peor que desde la mano, porque el halcón no es tan ligero en su debatir como el azor, y cuando se debate no puede tornarse a la vara, y se resiente de las piernas y cura muy tarde de ello.

En las batiduras que el halcón hace en la alcándara, obsérvale siempre la espuela del pecho, y mira si se le hace allí alguna postilla o llaga, y si vieres que hace postilla, ponle el ungüento cetrino (búscalo en casa de los cirujanos); otros le llaman ungüento amarillo, y luego sanará.

Para todas las otras abatiduras dale siempre, cada vez que entendieres que tu halcón se ha resentido o quebrantado, la suelda ordenada en el capítulo XXVIII, porque es muy preciosa medicina, y guárdate siempre de poner tu ave en lugar donde reciba estos daños.




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Capítulo XXXVI

Del halcón que tiene las tripas fuera


Algunas veces se le salen las tripas al halcón por golpes de garzas o por otras ocasiones.

Cuando vieres a tu halcón las tripas fuera, derríbalo sobre la parte sana, en manera que la llaga esté para arriba, y tórnale las tripas a su lugar, cose aquel lugar por donde salieron las tripas y echa allí la suelda que está ordenada en el capítulo XXV (de la uña del halcón), y si vieres que el cuero está junto con la carne, cáselo todo en uno y échale la suelda; y si el cuero está sobre sí y la carne también, cose cada uno por sí. Si lo hicieres delante de cirujano será mejor, porque tendrá buen tiento en el coser, y cuando estuviere cosido, ponle la suelda sobredicha.

También te digo que acaece algunas veces traer el halcón las tripas fuera, entre cuero y carne, así como verás algunos bueyes a los que otro buey da con el cuerno y le horada la ijada, y no le horada el cuero, y trae las tripas entre cuero y carne. Cuando tal dolencia vieres al halcón, socórrele de esta guisa:

Derríbalo, tórnale las tripas dentro del cuerpo por aquel agujero de donde salieron y verás entonces quedar el cuero en que estaban las tripas, flojo; apáñalo todo y átalo con un hilo, torcido bien a raíz de la carne, una vez que fuere bien apañado con la mano por encima; y el cuero que sobrase encima, córtalo por más arriba de la atadura con una navaja. Toma los hierros hechos por esta guisa:

y sean tan luengos como un jeme, para que cuando se calienten, los pueda uno tener; caliéntalos por el lugar donde son cuadrados, y han de ser estos hierros bien limados y cuadrados encima de los dados, bien escuadrados, y en las astas bien limados y bien redondos; caliéntalos bien en el lugar en que son cuadrados, ponlos dos o tres veces encima de aquel lugar do tajares el cuero, y sea tan grande un cuadrado como otro, y después lo que está debajo, donde están las letras a, a) por señal, ponlo encima del cuero cortado, de manera que se vaya encogiendo con el fuego; dale a comer la suelda que está ordenada en el capítulo XXVIII, por la guisa que está en el dicho capítulo ordenada, y procura que no se debata hasta que no esté sano.




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Capítulo XXXVII

Del halcón que tiene las quijadas torcidas


Hay cazadores que cuando quieren ir a algunos lugares a librar sus negocios, tienen por embargo llevar las aves en sus manos, y por ir más desembargados déjanlas en sus alcándaras.

Hay halcones que son quejosos, y como no quieren sosegar en la alcándara, les ponen el capirote, y para que no se les caiga, pónenle una contrapesa a la correa del capirote; cuando el halcón se rasca para derribar el capirote y no puede, va con el pico a los costados donde siente que anda la correa del capirote y quiere tirar de ella con el pico. Cuando así traba el halcón con el pico la correa, el contrapeso no se lo deja salir fuera de ella, y métesele la correa por la boca al través de las quijadas, y cuando el halcón quiere sacar el pico fuera, no puede, porque no le deja la correa, y con la fuerza de tirar, tuércensele las quijadas y sálensele de su lugar, de guisa que el halcón no puede cerrar la boca y tiénela desvariada y desviada.

Cuando tal desgracia como ésta vieres a tu halcón, derríbalo y métele dos dedos en la boca, aquéllos que vieres que mejor le caben o pueden caber, y un dedo sea de una mano y el otro de otra; entonces, con un dedo, tira por el cabo de un carrillar de la boca, y con el otro dedo, por el otro carrillar; sácale después los dedos y cierra la boca, luego déjasela abrir, y si vieres que abre la boca desvariada, entiende que las quijadas no están en su lugar, y de aquel cabo, que vieres que tiene tuerta la boca, métele uno de los dedos que vieres que mejor pueden entrar, tírale de la quijada hacia el cornijal de la boca donde la quijada está fuera, y así, hasta que veas que las palas de abajo están igualadas con el pico.

No le des de comer, salvo picada la vianda, y dale a comer la suelda que está ordenada en el capítulo XXVIII (de la pierna quebrada), y dásela en un corazón de gallina, de tres en tres días, durante nueve. Gobiérnalo así hasta que lo veas bien fortalecido, y que comienza a picotear por sí mismo, y entonces dale a comer su vianda como antes solía.




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Capítulo XXXVIII

Cómo debes hacer la muda a tu halcón


Los halcones baharís, sardos, mallorquines, de Romaña, tagarotes, son los halcones, entre todos los plumajes, que más pronto comienzan a mudar, y así salen más tempranos.

Yo vi un halcón del rey Don Pedro, que llamaban Doncella, baharí de Romaña, garcero y altanero, en la primera semana del mes de agosto estar ya fuera de muda y desainado, y matar una garza.

Pero, comunalmente, los demás plumajes todos comienzan a mudar la primera semana del mes de junio, unos más temprano y otros más tarde, según acaece.

Conviene que hagas su muda en casa buena, donde no llegue humo ni mucho ruido, y digo esto por el halcón neblí, o gerifalte, o baharí, o sacre, pues el borní y el alfaneque mudan mejor donde ven los hombres. Haz que en la casa donde la muda hicieres no entre humo ni lumbre, pero sí una ventana que le abras cuando quieras, para que sosiegue el halcón.

Hazle la muda alta de la tierra, por la humedad, sobre maderos recios y tablas y embarrada. Ponle allí una piedra; ten siempre limpia la muda; tenga su arena y de noche un candil de aceite que arda toda la noche; y algunas veces ponle algunos céspedes verdes como en manera de prado, que tome placer con la verdura.

Dale de comer en la mano en cuanto él quisiere; señaladamente por las tardes, con la fría, tómalo en la mano y dale allí de comer, y siempre observa si está alegre, o qué semblante tiene, para que si hubiere menester de curarlo, que lo socorras.




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Capítulo XXXIX

De algunos halcones que no quieren mudar, y cómo harás para que tu halcón mude muy aprisa


Después que vieres que tu halcón comienza a perder las plumas, como corvas y cabo de cuchillos, tráelo en la mano y no lo pongas en muda hasta que pierda plumas de la cola; ponle carne y coma cuanto quisiere; dale buenas viandas, y cuando vieres que suelta las plumas de la cola, como sería peligroso si se debatiese y quebrase alguna pluma en sangre, ponlo en su muda.

Dale tórtolas bien cebadas y bien gordas, y palominos enjutos, señaladamente cuando ha de gobernar las plumas mayores, y cuando le dieres estas aves, pélalas vivas, y límpialas con un trapo áspero, para que no les quede piojo.

Hay algunas razones por las cuales los halcones tienen dificultad en la muda, y no quieren mudar: la primera razón es tener alguna enfermedad; la otra, por no entrar bien purgado en la muda; y la tercera, por saña que el halcón toma en la muda y no quiere sosegar.

Cuando es el embargo primero que dije, de no mudar por alguna enfermedad que tiene, a esta razón digo que lo saques de la muda, y fíjate en él, mira bien su semblante, y según las señales de la dolencia que en él vieres, cuídale según está ordenado en cada capítulo de este libro que habla de su dolencia, según la dolencia manda.

Si el halcón deja de mudar por la segunda razón que dijimos, que no entre bien purgado en la muda, de este embargo el cazador es el culpable, pues es cosa que debe tener en cuidado: purgar su halcón a la entrada de la muda, y a la salida; a esto digo que lo saques y lo hagas de la manera que he dicho y púrgalo.

Si el halcón deja de mudar por la tercera razón que dijimos, por saña y orgullo que toma y no quiere sosegar, le puedes socorrer ligeramente. Saca el halcón de la muda tres o cuatro días, de guisa que tenga buen hambre, tórnalo a la muda, tápale bien la casa, que sea bien oscura, dale poca vianda hasta que veas que se ha sosegado: entiéndase que no coma mucho, mas coma templadamente y con hambre.

Lo que deben hacer después, es darle buenas viandas, y algunas veces darle, en ocho días, una vez, ansarón o carnero bien caliente, de la pierna, para quitarle el hastío de las otras viandas que come cada día, y luego, al comienzo, dale tórtolas, que son muy buenas para poner el halcón en carne. Mas después que el halcón comienza a derribar las plumas mayores, son buenos los palominos, que son calientes, y ayúdanle a venir las plumas grandes, señaladamente los cuchillos mayores, que están en lugar de pequeño gobierno, que son las alas, y han menester ayuda, y los palominos enjutos y eguados es la mejor vianda que entonces le puedes dar. Es bueno mudarle las viandas para que no se hastíen. También es bueno darle las landres de los cabrones y cabras que les hallares en el pescuezo, en la garganta, y tras las orejas; dáselas tres veces en la semana, y hazle de ellas papo comunalmente, pero si el halcón se enoja de ellas, dale otra vianda, y en cuanto en aquella comenzare a comer, tórnale a dar las landres, y haz esto hasta que veas que derriba las plumas comunalmente. Toma también la nuez del garguero de la cabra o del cabrán, pícala bien menuda y dásela con las dichas landres.

Haz todo esto a los halcones que derriban perezosamente sus plumas, y síguele dando palominos enjutos y eguados, que les hacen vestir bien de hermosas plumas.




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Capítulo XL

Cómo harás después que tu halcón hubiere mudado


Después que vieres que tu halcón ha derribado todo lo grande y está ya en el cuchillo y tijera postrimeros, dale menos vianda, de manera que la coma con hambre, y vaya gastando lentamente el sain que tiene; y esto aprovecha, porque saldrá de la muda más seguro, tendrás menos trabajo con él, y menos peligro el halcón, porque cuando salen muy cerrados de carne es gran peligro si se debate y se le quebrase el sain, ya que nunca, en aquel afío, andaría como debe, ni lo podrías ordenar bien.

Cuando los cuchillos y tijeras hubiere derribado y apuntan las tijeras como dos dedos, sácalo de la muda durante la noche, y ande en la mano; madruga bien con él, dándole pollos pequeños ahogados en agua fría, para refrescar el halcón, y de estas viandas delgadas y frías hazle buen papo. Si hubiere fiesta, ponlo en una alcándara, en casa fría y oscura, que no entre allí quien le espante, y en cuanto fuere tarde, tómalo en la mano, y así haz de manera que vaya gastando el sain, y le quede buena carne.

Luego que fuere desainado, hazlo volar al señuelo, a la tira, y algún poco el recuesto arriba, porque no hay cosa en el mundo que más desaíne al halcón que volar a la tira y jamás se te olviden las plumas y juntas, cada tarde, mojadas en agua tibia, en cuanto comenzare a tener hambre, porque en cuanto estuviere cerrado no las querrá tomar.




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Capítulo XLI

De los azores


Los azores crían en muchas partes, por todo el mundo; pero de los que conocemos, son los mejores los azores de Noruega, de Suecia y de aquellas comarcas donde dijimos que crían los neblís, gerifaltes y otros halcones. Los azores que allí se crían son muy grandes, hermosos y de gran esfuerzo; pero hay unos mucho mayores y mejores que otros, y porque luego lo digamos, sus proporciones deben ser tales como aquí diremos:

Debe tener gran pinta granada, la tetilla y el pecho grande, buena cuja, buen zanco, los dedos gruesos, el cuello delgado, la cabeza pequeña, el rostro muy grande y largo y las ventanas buenas.

Comúnmente, los azores de Noruega tienen estas figuras, o los más de ellos; y estos azores de Noruega tráenlos a Flandes, por las cuencas de Alemania, y entonces traen los gerifaltes, neblís y otras naves; de allí, de Flandes, llévanlos por todas las tierras, así como Francia, Italia, España y otras comarcas.

En todas aquellas tierras, salvo España, no cuidan de tomar perdices con el azor, sino presas gruesas, como grulla, garza, avutarda; pero toman con ellos faisanes, que vuelan como perdiz; y cuando toman presas gruesas, siempre llevan galgo y lo llevan para que ayude y el azor no trabaje mucho. Traen los azores capirotes, y, en verdad, no los tienen tan cuidados como en España hacen, ya que toman, algunas veces, con ellos, liebre y conejo, aunque en ello se dañan. Creo que los aventuran así porque hay muchos, y en España, como tienen pocas veces azores escogidos, aprécianlos mucho, guárdanlos, y no toman con ellos salvo perdices y garzas comúnmente; creen que es bueno tomar perdiz el azor, y está bien, porque le saca el vuelo, como la perdiz vuela largo trecho, y suponen que cuando el azor vuela una vez a lo largo, toma todas las otras presas más ligeramente, ya que el azor y cualquier ave de caza, por mayor trabajo tiene el volar que el trabar.

Los azores torzuelos de Noruega salen muy buenos perdigueros, y son más ligeros que las primas; pero los torzuelos son más melancólicos, y ambos, primas y torzuelos de Noruega, por su naturaleza, son muy espantadizos.

Otros azores se crían en Irlanda, que está en la Isla de Inglaterra; son más pequeños, muy blancos y salen muy buenos.

Otros se crían en Esclavonia, que está en Grecia, y son llamados esclavos y son buenos, pero no como los de Noruega.

Críanse, también, en Cerdeña, que es isla, y son llamados sardos; son pescozudos y cabezudos, toman bien ánade, cuerva y algunas perdices, pero no muy bien, porque luego se hacen regateros.

Asimismo, se crían azores en el ducado de Borgoña; son pequeños pero salen buenos.

En Castilla se crían azores en muchas comarcas, así como en Guipúzcoa, Álava, Vizcaya, Segura (que es de la orden de Santiago) y Algeciras. De ellos, los mejores que yo vi son los de Algeciras, pequeños y roqueces; los demás, comúnmente los torzuelos, son muy buenos perdigueros; y las primas son comunales. Cuando son pollos tiene un plumaje bermejo y el pico oscuro. No son bien empluinados, y son estrechos, pero algunos salen buenos, aunque son de malas costumbres.

Tómanse azores bravos en el tiempo que se toman las torcazas, y vienen con el paso de ellas; los mejores se toman en Castilla, en una villa frontera de Navarra que llaman Santa Cruz de Campezo, y son de otra pinta que los que ahora dijimos, bastante grandes y se parecen en el plumaje a los azores de Noruega, porque tienen el plumaje entre blanco y amarillo, la pinta gruesa, y salen muy buenos si son mudados de una muda en el aire. Valen más si tienen cazador paciente que los eduque poco a poco y sin violencia.

Los señores aprecian mucho los azores buenos, pues son muy hermosos y de buen donaire y toman ante ellos las presas; son buenos para tomar raleas traínas para educar halcones, como garzas, grullas y otras.

Los azores requieren ser muy bien traídos en la mano, ser alimentados de buenas viandas y tener una buena alcándara. Hártalo de sol y de agua; no quieren estar en la alcándara entre mucha gente, sino en lugar apartado, que piensa mejor de sí.

Además en cuanto pudieres excusa de cazar, con tu azor, cuervo carnicero, que es mala presa, ni budalón porque se ensañan mucho y los escarmientan. Tampoco caces milano con él, del mediodía en adelante, porque ya están los milanos cebados y cuando los captura el azor vomitan lo que han comido, enojan al azor y en consecuencia éste aborrece tomar otras presas. No tomes con él avutarda ni ánsar brava, porque los rompen y se vuelan con ellos.

Cuando hubieres de lanzar tu azor a garza, procura que halle la garza levantada, ya que si está posada y llega a ella la hiere muy mal. Nunca lo lances a liebre ni conejo; dale siempre a tirar y pelar. En la muda esté en buena casa de gran espacio y suelto; tenga dos alcándaras y un bacín de agua y coma en la mano.




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Capítulo XLII

De los gavilanes


Los gavilanes son aves de caza muy lindas, gentiles y de gran esfuerzo; en todas sus costumbres y proporciones parecen ser azores pequeños de Noruega, porque así como ellos tienen el plumaje y la pinta.

Los gavilanes se crían en muchas partes. Crían en los árboles y se dice que los crían en espino son más rubios que otros, pero esto no les viene del espino. Ocurre que todos los gavilanes rubios prefieren las grandes presas, por ello crían en árboles bajos, para llevar a los hijos más ligeramente la presa que toman; el espino es árbol bajo y espeso, por eso crían allí. Los gavilanes que crían en los valles de las montañas son mejores que los que crían en lo alto; todo esto es así por la razón que dijimos.

En España los mejores gavilanes, que yo sepa, y mayores y de mejor esfuerzo son los que crían en el Pedroche, que es en término de Córdoba. Son también buenos los gavilanes que se crían en Ibor, que está en términos de Guadalupe y Trujillo. De esto gavilanes, y de todos los otros son los mejores los que se toman rameros, que son criados más libremente por el padre y la madre. Oí decir que Ruy Páez de Biezma, un gran caballero de Galicia, viniendo de la guerra de los moros, y yendo para su tierra, pasó en el tiempo de los gavilanes nuevos, por el Pedroche, e hizo llevar de allí veinte gavilanes nuevos, primas y torzuelos, en sus alcahaces, y cuando llegó a su tierra hízolos echar en un monte suyo, y dicen que desde entonces acá hay allí, en aquella tierra y comarca, muy buenos gavilanes, mejores que primero había.

Los gavilanes quieren ser bien traídos y bien gobernados de buenas viandas, y requeridos solamente de agua; debe desplumar a menudo, y tener buena alcándara y buena casa sin humo, porque si humo o sereno les da, luego son perdidos. Toman presas muy buenas con que toma el hombre placer, como los perdigones en verano; después, en los meses de agosto y septiembre, las codornices, y en el invierno las cercetas con tambor, la picaza y la cigoñuela, y otras presas por todo el año.

Son aves que no pueden sufrir purgas, porque son muy delicadas, y, por tanto, su alimento para traerlos sanos es buena vianda y no darle grande papos, sino pocos y a menudo.

Son aves que, con el gran valor que tienen, toman algunas veces grandes presas, como cazar ánade y cuerva, trabar del milano y tomar el alcaraván; por ello los llaman en latín nisus, que quiere decir esforzado, y en Francia y en otras partes lo llaman esparvel. Son los gavilanes más privilegiados que ninguna otra ave de caza, pues cualquier mercader que lleve halcones a vender pagará portazgo, mas si llevare un gavilán con ellos es franco; yo lo vi en Cañete, un lugar ribera del mar, que es del Vizconde de Illa, en el reino de Aragón. Vi llegar una barca que venía de Provenza, y venían diecisiete mercaderes que traían sacres de Romaña y Alemania, halcones boraís provenzales -ochenta piezas- y traían un gavilán con ellos y cuando llegaron al puerto murióseles el gavilán, y no llevaron de allí los halcones hasta que uno fue a Perpiñán, dio un halcón provenzal a un caballero, tomo de él un gavilán y tornó para allí, llevándose entonces sus halcones porque iban ya seguros de no pagar portadas.

Si en invierno lo quisieres pasar, dale buena casa caliente, piernas de gallina, pajarillos, hártalo de sol, guárdalo de viento, de sereno y de humo; dale buena alcándara; ponle un paño de color bajo los pies, o un pellejo de liebre. No le des más carne que la que tiene pluma.

En todas sus proporciones procura que sea el gavilán enano y de buena carne, de buen rostro y buenas ventanas, gran mano y dedos largos. Los gavilanes rubios son más ardidos. No te pagues de gavilán que sea estrecho de hombros ni zancudo -de luengas piernas-. Dale buena pihuela, blanca y delicada, cascabeles pequeños de buen sonar, y si fuere zahareño, hay algunos que le ponen capirote, y anda más guardado, por lo cual tiene más recio el cuerpo y las piernas, ya que le impide abatir.




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Capítulo XLIII

De los esmerejones


Esmerejones son aves que parecen halcones en todo su aspecto, así como los gavilanes parecen azores. Hay en los esmerejones plumajes varios, como los hay en los halcones, porque de ellos hay gerifaltes, neblís, baharís, sacres y bornís, y se crían, según dicen, en Noruega y en aquellas partes donde se crían los neblí y las otras aves, y vienen con el paso de las aves, como vienen los neblís. Son aves muy ligeras y placenteras, vuelan y cazan bien la cogujada, la aloya y aún toman la perdiz.

Yo vi un esmerejón a Don Felipe, hijo del rey de Francia, duque de Borgoña y conde de Flandes, que le confiara la duquesa de Bretaña: decíame que en aquel invierno que él lo había tenido, había tomado doscientas perdices, o más, y era sacre por su plumaje.

Quieren los esmerejones ser traídos en la mano, como el neblí, y no olvidarlos en la alcándara; quieren ser alimentados de buenas viandas y pequeños papos, pero son aves que rápidamente se pierden, porque son muy bulliciosos y de poco sosiego.




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Capítulo XLIV

De los alcotanes


Los alcotanes son mayores que los esmerejones; parecen algo halcones, se crían en Aragón y creo que en todas partes.

Los pollos sacados del nido no valen nada; tomados del aire es un muy hermoso vuelo, y cuantas menos mudas tiene es mejor.

Son mal acondicionados algunos de ellos, y es menester tener mucha paciencia.

Lo que vuelan es el zaboque puesto en el cielo; verdad es que no aciertan todas las veces. También vuelan la abubilla, y hanla de volar con la lonja, porque como tiene malas vueltas, encuéntranse con ella y embarázanla: muy pocas veces la matan. Suelen ser perdigueros; tienen poco sosiego, como los esmerejones.




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Capítulo XLV

Del paso de las aves


Muchas veces hemos dicho en este libro cómo los halcones neblíes y otros vienen con el paso de las aves a esta tierra: ahora queremos decir qué paso es éste de las aves de que hicimos mención.

Debéis saber que a todas las cosa que Nuestro Señor Dios crió dio su gobernamiento, y por ordenamiento de la naturaleza tienen su industria para vivir; en consecuencia dice el Profeta David en el salmo, alabando a Dios y a sus obras: el Señor da a las bestias mantenimiento a ellas perteneciente y también a los pollos de los cuervos que a Él claman.

Dicen los filósofos naturalistas que el cuervo, cuando ve los hijos salidos de sus huevos, cubiertos de pelo blanco, no los reconoce por sus hijos, porque los ve blancos, y no de su color; aborrécelos y no los quiere cebar ni dar de comer. Y en aquel tiempo que ellos están así desamparados de los padres, abren las bocas con hambre, dando voces, y allí péganseles mosquitos y hormigas, de que se mantienen. También se mantienen del rocío del cielo, abriendo la boca, hasta que van cobrando su pelo negro que tienen por naturaleza y los van conociendo el padre y la madre por hijos suyos y tornan a gobernarlos. Así provee Dios al hombre, animales, aves y a todas las otras cosas, según que en muchos lugares se podría poner en ejemplo.

Así las aves, por industria de la naturaleza, buscan su vida y su mantenimiento. Señaladamente las aves buscan su vida en la morada del invierno y del verano; porque las aves que crían en Noruega, así como neblís, sacres y bornís y otras aves, en el invierno, porque es muy frío, salen de allí -de Noruega- de aquella tierra muy fría, y vienen con otras aves a buscar tierra caliente, y vienen cazando aquellas aves que vienen en su compañía, y as! se derraman por muchas tierras, donde los capturan.

Otras aves hay que aunque son de tierra caliente buscan otras que lo sean aún mucho más, como las cigüeñas y sisones y otras muchas aves que crían en esta tierra de Europa que contiene a España y Francia y otras tierras. Cuando viene el invierno pasan allende el mar, al África, porque es más caliente y, luego, tórnanse. Yo vi por el estrecho de Marruecos, que está entre Tarifa y Ceuta, pasar las cigüeñas a fines de verano, que se tornaban para África; eran tantas que no podía el hombre contarlas, y duraban mucho tiempo en el cielo, tan grande era la manada que iba. Eso mismo ocurre con las garzas y otras aves y dicen que así lo hacen las codornices, porque muchas veces, con un viento, se hallan muchas, y luego que otro viento viene parten de allí y vanse, lo cual vieron muchos.

Yendo el rey Don Pedro por el mar, teniendo guerra con el rey de Aragón, atravesando desde el cabo Martín a Ibiza, que es un travesía de doce leguas, vi que en la galera de un caballero que llamaban Orejón, bien a seis leguas de tierra, cayó una codorniz, no sé si iban otras, pero dicen que pasan el mar.

Vi también en el camino de la travesía de mar que se hace entre Bermeo, villa de Vizcaya, y la Rochela, que pueden ser ochenta leguas, poco más, yendo yo en una galera a media vía del mar, que podía ser a cuarenta leguas de tierra de cada parte, hallé garzas que llevaban aquella misma vía, y así andan buscando su camino y su paso las aves por naturaleza.

Los neblís siguen a estas aves y atraviesan todo el mundo. Yo tuve un halcón neblí, que era muy buen altanero, llamábase Poca ropa, y fue tomado en Plasencia. Díjome el redero que lo tomara, que le cayera en la red con unas palomas torcaces, tras las cuales venía, y decía que las palomas traían el papo lleno de la frutilla del haya que llaman ho, y aquella mañana la habían comido, y no hallamos que hubiere hayas hasta Villafranca de Montes de Oca, que estaba bien setenta leguas de allí; y por tanto, podéis entender la travesía que las aves hacen.

No hay duda que muchos halcones son tomados en las rocinas y en el campo de Santarem con el pelo blanco, con que nacieron, en la cabeza, y verás si han volado y atravesado desde tierra de Noruega aquí. También vi en tierras de Toledo, un año en que fueron tomadas muchas tórtolas en el mes de setiembre, que venían a posarse en los olivos, y matábanlas los ballesteros, que muchas de ellas traían incienso en el papo pegado, y decían que podía ser que vinieran de la tierra donde nace el incienso y que se posaban en los árboles donde ello era.

En tierra del Sultán de Babilonia hay una comarca a la cual suelen venir las grullas en tiempo cierto de paso; y dicen que pasan el mar, y cuando allí llegan vienen muy cansadas, en manera que no pueden volar sino muy flojo y bajo. El Sultán tiene sus atalayas en aquel tiempo por todas aquellas comarcas donde suelen venir, y va allá y lleva muchos gerifaltes; dicen que dura aquel paso quince días, hasta que las grullas están descansadas para partir allí para otra tierra; con aquellos gerifaltes toman muchas, y yo vi en París un mercader genovés, que decía que moraba y tenía su casa y mercaderías en Damasco, que es del dicho Sultán de Babilonia, y tenía en París entonces hombres de Alemania que llevaban gerifaltes para el Sultán: eran los que yo vi en cuatro que ellos llaman cajas, y que nosotros decimos acá varas, ochenta gerifaltes, que eran todos roqueces, y decíame que le había mandado ya otros tantos, y cuando allá llegaban, que tanto le daban y pagaban por el que moría en camino como por el que llegaba vivo. Y haría esto para que los mercaderes no dejasen de llevarle halcones porque desde Noruega y la alta Alemania, de donde los traían, a Damasco hay muy largo camino por tierra y por mar.

También vi, viniendo de la Rochela a España, bien a veinte leguas de tierra, venir a mi galera un cernícalo y muy muchos pajarillos pequeños; se posaban en el árbol de la vela y luego que alzaban o bajaban el mástil volaban un poco fuera de la galera sobre el mar y tornábanse a la galera, donde los cogían con las manos. Estos no sé si pasaban a otra tierra; decían algunos que muchas aves volaban por el mar, creyendo que es más estrecha, y cuando se cansan caen y piérdense en el mar, y si hallan algún navío vanse para él y posan allí. Lo cual se confirma por el cuervo que Noé envió, que por cuanto no halló donde posar, tornóse a posar en el arca.

Así como hemos dicho, de muchas maneras pasan las aves y atraviesan el mundo, y con ellas viene los halcones cebándose, y son, los más de ellos, pollos.




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Capítulo XLVI

De cómo se deben injerir las plumas quebradas


Aunque el injerir las péñolas del halcón y del azor todos los halconeros y cazadores comúnmente lo saben hacer, empero, puesto que en este libro hemos hablado de todas las cosas y curas que pertenecen a las aves de caza, pondremos aquí la manera y práctica cómo las plumas quebradas de las aves se deben injerir, para que las aves cobren todos sus vuelos enteros. Pues parece muy feo cuando el ave trae el ala mellada y menguada de sus plumas, y es gran daño para el ave: lo uno, no vuela tan bien, porque no recibe tan bien el viento en el ala aportillada como cuando la tiene cerrada y guarnecida de sus plumas; además, cuando una pluma se quiebra, las otras, que están a par de ella, perecen y van a mal, porque unas a otras se ayudan y se sostienen.

No hay honra del halconero ni del cazador en que su ave ande así y aparece mucho en ello su negligencia, o que guardó el ave mal, o que está se maltrató por su culpa, o que el cazador no pone en ello remedio cual cumple. Y en consecuencia debéis saber que por muchas causas se quiebran las péñolas a las aves. Unas veces al traerlas: cuando los mercaderes traen muchas aves, en varas, juntas y largo camino y no pueden así cuidar de tantas aves reunidas; además, no vienen en la mano, sino en aquellas gavias que les hacen y, por tanto, las aves, como vienen ciegas con los capirotes y tan juntas, marrótanse mucho. Otras veces se marrotan las aves y quiébranseles muchas veces las plumas a causa de atacar gran presa, y volarse con ella por no poderla tener a su voluntad, así como cuando el azor toma avutarda, o ánsar brava; o el halcón neblí cuando toma por ralea o alguna otra presa. En fin, pierde y quiébranseles algunas veces las plumas al ave por mengua, negligencia y poco saber del cazador, dejándolo en la alcándara olvidado: debátese y no le toman ni cuidan de ello; tuércensele las plumas y no procuran socorrerle y enderezárselas, y por ello vienen a quebrar, por lo que en adelante aquellas plumas quebradas vienen todavía a marrotar más hasta que se hienden y vienen a ser rotas y cortadas hasta lo vivo.

Si acaeciere que la pluma sea así quebrada y rota hasta lo vivo, no hay remedio para poderse injerir, y queda la tal péñola en la aventura de mudarla el ave, pues cuando llega a la muda no se puede ayudar del pico para trabar de ella y removerla, como hace con las otras; y si es al comienzo de cazar, no vuela el ave tanto como debe, y las otras plumas andan en peligro por ella.

El remedio que aquí se puede poner es éste:

Toma unas turquesas pequeñas que llaman tenazas, como aquéllas, necesarias a los halcones, con que les cortan las uñas y el pico; mas procura que no sean agudas ni corten; derriba tu halcón, cógelo y trábale de aquella pluma con las turquesas y sácasela. Y enseguida ponle en aquel agujero, por donde salió, un grano de cebada pelado, para que no se cierre; dale buenas viandas y excúsalo de trabajar hasta que venga la pluma nueva. Esto en las plumas mayores, que están en lugar que es pobre de gobierno si no le ayudas con buenas viandas que le des.

Pero si la pluma es quebrada de manera que se rompió todo lo macizo y un poco del cañón, entonces tomarás otra pluma igual, de otra ave, como la has menester para allí: si cuchillo, cuchillo; si tijera, tijera. Procura mucho que sea del plumaje de tu ave, pues no debes injerir al gerifalte pluma de neblí, ni al neblí de gerifalte, porque no se haría bien, mas a cada ave buscar pluma semejante; si es pollo cuida que la pluma que has de injerir sea polla, y si mudado, sea mudada. Entonces toma el cuchillo que hace falta e iguálalo con la pluma quebrada donde se ha de injerir, y conciértalo bien con ella, y sea del mismo ala: si es izquierda, sea del ala izquierda; si derecha, sea del ala derecha; y de aquel mismo número; si es cuchillo primero o segundo y así en adelante. Toma la pluma, córtala por el cañón, de manera que cuando entrare por el otro cañón llegue hasta cerca de lo vivo, mas no llegue a ello, porque no le duela; hiende la péñola que traes de fuera por el cañón a lo largo, sácale aquel meollo que trae dentro, ponle un poco de trementina y, entonces, métela por el cañón del ave según he dicho.

Por cuanto, como he dicho, el cañón quedó corto, y la pluma que injieres no toma tan gran asentamiento que pueda estar firme si el ave revolase con una presa, o se debatiese, y luego la perdería, para que esté firme, horada con una lezna muy delgada, como si fuera para huso, aquellos dos cañones que están juntos en dos lugares en esta guisa:

y por aquellos dos agujeros mete sendas plumas de perdiz, de las que traen en las alas, y corta la cola, porque son correosas y no se rompen; mételas primero por la parte del flojel que tienen y cuando las metieres hasta que atiesten, córtaselas de cada extremo a raíz del cañón con un cañivete muy agudo.

Si la pluma fuere quebrada entre el cañón y lo macizo, de manera que todo el cañón queda entero, entonces tomarás la pluma que traes para poner, haz de ella como hemos dicho y úntala con la trementina, metiéndola por el otro cañón del ave, de manera que se incorpore bien una en otra, y tal como está no ha menester tarugos porque ella entra tanto por el cañón del ave, que estará bastante firme. Procura cuando metieres estas plumas por otras, que el cañón de las plumas que traes entre retorcido y encogido para que no hagas reventar la del ave, ya que, después que dentro estuviere allá, se soltará y henchirá todo el cañón, y, por tanto, hiéndela; lo primero para que tome mejor la trementina y lo segundo porque la aprieta uno.

Finalmente, si la péñola o pluma está quebrada por lo macizo, por cualquier lugar que sea, o por el más delgado o por el más grueso, taja lo que estuviere marrotado, toma la pluma que traes y conciértalas de guisa que vengan ni más ni menos de lo que han menester; taja las dos, tanto la del ave como la que traes, sosquinadas por esta guisa, para que se unan mejor:

y de manera que no les cortes las plumas menudillas de ninguna de ambas plumas, cerca del lugar donde han de ser juntadas, pues parecerían feas y no se encubriría bien la injeridura. Haz aquella cortadura de las plumas con cañivete bien agudo y moja las dos en lugar donde se han de injerir con agua tibia, para que enternezcan, y después toma la aguja de injerir que sea hecha así:

y estas agujas han de ser bien delgadas y unas más gruesas que otras, y algunas pequeñas, según cada una de las plumas que se han de injerir requiere, y son todas de tres esquinas de cabo a cabo de las puntas hasta el medio, y tengan sus esquinillas levantadas al revés las unas de las otras, para que entre la pluma y después no pueda salir.

Los picos de las agujas no sean muy gruesos, y así te digo que pocas veces las halla uno como le cumple, por tanto, donde las encuentres tómalas y guárdalas bien, y estén bien hechas; las esquinas no sean muy largas, y tan grandes y tan gruesas como pertenezca al lugar donde han de estar, de manera que no reviente la pluma.

Con la aguja mojada en agua y sal, para que orinezca, junta las plumas una con otra, y haz que entre la aguja tanto en una pluma como en la otra, y se vengan a juntar en medio de la aguja.

En todas estas cosas para mientes de hacerlos bien, con buen tiento, que no injieras torcido ni fuera de medida; si lo hicieres bien, pocos divisarán que la pluma está injerida. Para esto anda siempre apercibido de buenas agujas, mayores y menores, delgadas y gruesas, y de plumas, cuchillos y tijeras, que las traigas contigo cuando anduvieres, en el invierno, de caza, para que si menester fuere, pongas luego remedio.

Además de estas ocasiones que vienen de quebrarse las péñolas, siempre debes mirar y regir tu halcón cuando alguna se tuerce; si vieres que no tiene rotura en ella sino torcedura, toma agua caliente, poco más que tibia, moja la pluma, y cuando vieres que enternece ve enderezándosela cuidadosamente con los dedos, y después el ave misma la ha de enderezar con el pico. Si por ventura hubiere en ella livor, que quiere decir quebrantadura, pero que no está partida, toma entonces un tronco de berza de col, o la hoja penca, y si es gruesa ponla en el rescoldo, y tan pronto estuviere caliente, sácala y ábrela; coloca entre ella aquella quebradura de la pluma, y tenla allí un tiempo hasta que suelde, que allí luego soldará.




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Capítulo XLVII

De cuáles cosas y medicinas debe andar apercibido el cazador y traer consigo para sus aves


Todo cazador debe ser muy cuidadoso de sus aves, pues, ya que lo toma para tener placer, y hace gran costa en buscar y comprar nobles halcones, debe, igualmente, traerlos bien guarnecidos y cuidados. Para esto debe andar bien apercibido de traer buenos capirotes, bien hechos, y de todas guisas, grandes y menores, así para gerifaltes como para neblís, azores y otros halcones, porque cada ave tiene la cabeza según su talla, y necesita capirote de su proporción; debe el cazador traer cuero bueno para hacerlos, y el mejor cuero que en el mundo hay para ello son buenos cueros de becerros que traen de Francia, y llaman cueros de abadía; llámanlos así, porque dicen que los monjes de las abadías los adoban para sus zapatos y sus botas.

Debe traer, también, el cazador, muchas pihuelas y señuelos livianos, lúas, lonjas, tambor, cascabeles de Milán doblados, grandes, menores y pequeños; tornillos para azores y gavilanes, herramental necesario a los halcones, en que hay turquesas, buen cañivete, punzón para coser, señuelo, cuchillo para tajar los capirotes y pihuelas, hierros para labrar, según arriba están figurados, lima para adobar las hormas de los capirotes, cada una de su guisa, cordeles para señolear; cada halconero debe traer sus cañivetes muy grandes para aparejar la vianda de su halcón y hacer juntas y plumadas.

También debe traer sus pequeñas liniaveras de lienzo, bien hechas para traer al costado, donde pueda meter, esconder y cobrar el ánade o la ralea que el halcón tomare, para que no la vea, y donde traiga la comida para su halcón, sus roederos, el capirote de sobra y los cascabeles, por si quiere cargar o descargar su halcón. Debe traer una liniavera grande, donde traiga sus gallinas muertas, plumas y roederos, y sus viandas para cuando ha de dar de comer a sus halcones.

También debe traer unas que llaman cajetas, que se hacen de barba de ballena, con esta forma:

o las que hacen de madera y son para traer gallina viva, que no se ahogue, para con ella socorrer a su halcón, si viere que no lo puede coger y que no trae la presa que le echen, y lo ve ir a perderse por miedo del águila.

También debe andar apercibido el cazador de traer consigo medicinas para sus aves, las cuales son éstas:

Buena momia, que es la más preciosa medicina para los quebrantamientos del halcón; que puede ser y es hecha de carne de hombre confeccionada; y lo mejor es que sea de la cabeza.

Zaragatona que tienen los boticarios.

Simiente de mastuerzo.

Pez luciente y virgen.

Simiente de perejil.

Aciche.

Casca de encina.

Zumaque.

Suelda de raca.

Sangre de drago.

Acíbar cecotrí.

Acíbar pátigo.

Bolarménico.

Miel dura en terrón.

Incienso.

Nuez de India.

Nuez moscada.

Macis.

Azúcar blanco.

Azúcar cande.

Azafrán.

Hierba golondrina.

Zumo de condeso.

Delante dijimos que es pimpinela, bursa pastoris, hierba golondrina: todo es uno.

Coral blanco.

Cardenillo, otros lo llaman verdet.

Alumbre, otros lo llaman alume.

Almástiga.

Piedra sanguina.

Clavos de giroflé.

Canela.

Flor de canela.

Espic.

Aceite.

Albayalde.

Enjundia de garza.

Dialtea.

Ungüento cetrino.

Alcatenes.

Leche de cabras.

Mirra.

Estopas de seda.

Favarraz.

Tártago.

Buenas tijeras para trasquilar plumas.

Un peso pequeño para pesar las especias.

Lancetas.

Agujas de injerir.

Agujas para coser heridas.

Píldoras de acíbar cecotrí, son buenas para purgamiento del cuerpo; hallarás cómo se hacen en el capítulo XI.

Simiente de hierba menudilla.

Zumo de hinojo.

Alosna, que es ajenjo amargo.

Jabón francés.

Trementina.

Ceniza de vides.

Sebo de carnero.

Suelda en polvo para heridas del halcón; hallarás cómo se debe hacer en el capítulo XXV.

Suelda que dan a los halcones en la comida para los quebrantamientos del cuerpo; hallarás cómo se debe hacer en el capítulo XXVIII.

Agua de espic, que es buena para el halcón que tiene comienzo de agua vidriada; la hallarás en el capítulo XI.

Polvos para cuando el halcón vomita; hallarás en el capítulo XXXIII.

Condeso es una mata que tiene la hoja menudilla, como trébol, y el madero es como blanco, y dicen que con el madero torcido atan cubas, en algunas tierras; y el zumo que mandan poner para las lombrices, ha de ser de la raíz. Nace, comúnmente, en las riberas del agua, y si no lo hallares, aprovéchate de la hierba lombriguera, porque esto se usaba para las lombrices.

Polvos para la uña del halcón, en el capítulo XXVI los hallarás; son buenos para las heridas.





Aquí se acaba el LIBRO DE LA CAZA DE LAS AVES, que hizo Pero López de Ayala en el Castillo de Olidos, en Portugal, en el mes de junio, año del Señor de mil y trescientos y ochenta y seis años, era de César de MCCCCXXIV años.




 
 
LAUS DEO
 
 



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