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Como muestra Amezúa a lo largo de su voluminoso estudio, Epistolario, II, Lope era persona de pocas necesidades materiales, fuera del gusto por su casa, libros y flores, como hombre apasionado sólo por mujeres y literatura. Se ha insistido poco en sus preocupaciones económicas a causa de sus hijos, de los que tanto se preocupó, y por sus ayudas a Marta, arruinada y viuda, y que probablemente murió en casa del poeta. Esta obligación, la dote de Marcela y el matrimonio de Feliciana son tres ejemplos, entre otros, de sus inquietudes económicas en esta última etapa de su vida.

 

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El parecido de versos sueltos y aun estrofas enteras de los Soliloquios, con pasos amorosos de sus comedias es chocante para la sensibilidad de hoy (Madrid, Ed. de Barrantes, 1863): «¿Que dije? Esperad, no os vais» (pág. 11); «Luego que vida os llamé / a pediros me atreví / por que el regalo sentí / y en vuestros brazos hablé» (pág. 13); «¡O qué divinos colores / os hace esa sangre fría! / ¡O cómo estáis, vida mía, / para deciros amores» (pág. 14) (sin comentar el contraste); «Ai aquí / esas estrellas volvéis, / veréis» (pág. 53); «Que queréis los brazos darme» (pág. 54), etc.; hasta el máximo de antropocentrismo religioso: «Queredme, pues tanto os quiero / no aguardéis a que mañana / me vuelva ceniza vana» (pág. 127).