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Para E. L. King, en su citado estudio introductivo de El humo dormido, la «estampa» vendría a ser la especie literaria más característicamente mironiana. (Vid. ed. cit., especialmente pp. 36 y ss., en donde se encuentran muy bien planteadas consideraciones sobre el Genre of «El humo dormido»). Por mi parte, y en un breve prólogo a la ed. de Años y leguas publicada en la colección «Libro RTV», n.º 68, Madrid, 1970, y en sus pp. 14-15, tuve ocasión de señalar: «Hay momentos, en la historia de la Literatura, en que una determinada especie literaria asciende a un tal nivel de madurez, que se diría imposible su posterior superación. Es lo que ocurrió con el soneto cuando llegó a las manos de Lope y de Quevedo, o lo que le sucedió al cuento al ser manejado por «Clarín». Posiblemente, todo lector de Años y leguas pensará que se ha dado un fenómeno semejante con relación a la 'estampa', prodigiosa creación mironiana en la que se cifra uno de los más altos empeños estéticos de nuestra historia literaria».
12
En mi libro El cuento español en el siglo XIX, C.S.I.C., Madrid, 1949, tuve ocasión de plantear ampliamente esta problemática, a propósito de las relaciones entre el cuento decimonónico y otros géneros muy cultivados en la misma época como los artículos, cuadros y escenas de costumbres, las leyendas y baladas, poemas en prosa, etc. Vid. sobre todo el capítulo II, El género literario 'cuento', pp. 75-140.
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Sabido es que, con muy buen criterio, Emilia Pardo Bazán propuso alguna vez esa denominación «cuento largo», como preferible a la de «Novela corta» (Vid. El cuento español en el siglo XIX, p. 131). A un español de los siglos XVI o XVII le hubiese parecido lo de «Novela corta» una insufrible tautología, habida cuenta de que, en esos años, la palabra «novela» -sentida aún como un italianismo- designaba precisamente un relato breve.
14
Sobre esto vid. mi ya cit. libro El cuento español en el siglo XIX. En él, y bajo el epígrafe El cuento, género intermedio entre poesía y novela (pp. 140 y ss.) recogí el siguiente interesante testimonio de Emilia Pardo Bazán: «Noto particular analogía entre la concepción del cuento y la de la poesía lírica; una y otra son rápidas como un chispazo y muy intensas -porque a ello obliga la brevedad, condición precisa del cuento-. Cuento original que no se concibe de súbito, no cuaja nunca. Días hay -dispensa, lector, estas confidencias íntimas y personajes en que no se me ocurre ni un mal asunto de cuento, y horas en que a docenas se presentan a mi imaginación asuntos posibles, y al par siento impaciencia de trasladarlos al papel. Paseando o leyendo; en el teatro o en ferrocarril; al chisporroteo de la llama en invierno y al blando ritmo del mar en verano, saltan ideas de cuentos con sus líneas y colores, como las estrofas cn la mente del poeta lírico, que suele concebir de una vez el pensamiento y su forma métrica» (Ob. cit., pp. 140 141).
El estudio de tales aspectos me llevó, en ese libro de 1949, a intentar la siguiente caracterización del género «cuento»: «En resumen, el cuento es un preciso género literario que sirve para expresar un tipo especial de emoción, de signo muy semejante a la poética, pero que no siendo apropiada para ser expuesta poéticamente, encarna en una forma narrativa próxima a la de la novela, pero diferente de ella en técnica e intención. Se trata, pues, de un género intermedio entre poesía y novela, apresador de un matiz semipoético, seminovelesco, que sólo es expresable en las dimensiones del cuento» (Ob. cit., p. 148).
15
Ed. cit., p. 102.
16
Ed. cit., p. 173, b.
17
Ed. cit., p. 246, a.
18
Ed. cit., p. 342, b.
19
Ed. cit., p. 523, b.
20
Ed. cit., p. 744, b.