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Los fantasmas de la caseta de proyección

Sergio Ramírez





Como los amadises y belianises trabajan la cabeza del viejo manchego rompiendo en fantasías la máquina de su cerebro (aquellos héroes lanza en ristre de a caballo eran no otra cosa que los superhombres del comic-strip moderno), los héroes de las películas -los chavalos, campeones de trompadas- pueden trastocar la cabeza un pobre operador de cine encerrado largas horas en la penumbra ronroneante de su calurosa caseta de proyección. Este quijote, no magro sino barrigón, saldrá entonces a los caminos no de yelmo y adarga, sino vestido de rojo y azul como supermán, a desfacer entuertos. La fantasía acumulada hace entonces su trabajo y crea, del inocente hombre común, el héroe.

Con humor y perfección, manejando una impresionante cantidad de material proveniente del Museo Fílmico Norteamericano, el director Harry Hurwitz crea esta película, The projectionist, que ilustra alegre y espléndidamente la enajenación por el cine en la primera y más propicia de sus víctimas, el maquinista de la caseta desde donde se echan a la vida los fantasmas, donde se devanan y se les deja dormir en las latas una vez concluida la función.

La mente del operador, encendida de escenas cinematográficas, encandilada por la pasión de la aventura hollywoodiana, necesita de poco para desatarse y hacerle comenzar a vivir como propias las historias que ocurren en la pantalla, en una desbocada mixtura que incluye un repertorio de filmes de horror, thrills detectivescos, películas espaciales, lo mejor de los romances de Humphrey Bogart o Gregory Peck, y para que el panorama no sea incompleto en su cabeza, los noticieros: esa cabeza que como la de Walter Mitty -el personaje literario que es ya un símbolo de complejo psicológico tan común, que parecería creado por Freud- reacciona constantemente a los impulsos de su recuerdo para apropiarse las situaciones de su fantasía, solo que esta fantasía proviene exclusivamente del cine.

Hurwitz revive en los engarces documentales de su film lo más granado de ese cine popular norteamericano de los seriales, con todo y su música patética, sus héroes que nunca botan el sombrero en las riñas ni agotan la carga de sus pistolas; monstruos especiales, aquellas iguanas gigantescas de evidente utilería; Bogart en Casablanca, John Wayne en Río Bravo, Laurel y Hardy, Fred Astaire y Judy Garland; del romance en los mares del sur el operador desemboca, siempre héroe, en los western, en las batallas del África del Norte en la segunda guerra mundial, o despierta en la cueva infernal de Mr. Bat, el jefe de todos los gánster.

En su sueño, los buenos lucharán, por supuesto, contra los malos como en todo film que se precie de ser clásico; Humphrey Bogart será su consejero, sobre todo y todo, en la lucha contra Mr. Bat, quien a su vez está aliado con Hitler y Mussolini, alineados del lado de los monstruos cuando en la sucesión de escenarios aventureros se desemboca en los noticieros. Y Mr. Bat, que tiene su propia identidad en la vida real, no es otro que el propietario de la sala de cine, despiadado explotador de sus pobres empleados, vendedores de chicles y acomodadores, el propio héroe-operador incluido.

La revisión antológica que hace con tanto genio Hurwitz de lo más camp del cine norteamericano, pasándola por la mente del operador solitario, sirve también como una revista crítica y graciosa de lo que ese cine ha representado en la cultura del presente siglo; contra la actual ola nostálgica que trata de revivir muchos de esos valores, que son también un estilo de comportamiento de una civilización enredada actualmente en sus propios mecates, Hurwitz rescata esas imágenes y escenas pero solo para sepultarlas, ya como inútiles: la nostalgia significa que el John Wayne súper-cowboy es el John Wayne súper-boina-verde. Siempre los buenos contra los malos.

En soledad, caminando por las calles arracimadas de extraños al concluir su trabajo en la caseta de los fantasmas brillantes, el operador hilvana otra vez sus sueños, superpone sobre la dureza de su incomunicación las escenas esplendentes en que besa a la heroína, la rescata de las garras de Mr. Bat, derrota a Hitler, es aclamado por mil coristas en trajes de lentejuelas, siempre sobreviviendo a los peligros. ¿Y quién no ha padecido esos fantasmas? Lo que Hurwitz ilustra con su película, lo hace Manuel Puig con su Traición de Rita Hayworth, que había sido concebida antes que como novela, como guion de cine.

Pero se quiere gracia en ambos casos para contar la cosa. Y tanto Hurwitz como Puig, claro que la tienen.

Berlín, 4 de abril de 1975.





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