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ArribaAbajo- V -

Sucedió lo que debía suceder. Volvía yo de ninguna parte una noche de agosto de frío mordiente, pensando con delectación en el agua caliente que la viuda llamaba sopa y en la tibieza de mi cama, cuando al llegar, comprobé que no habría para mí ni sopa ni cama. Por tres días de atraso en pagar -por adelantado- la pensión, la viuda cancelaba mis derechos. Había metido mis cosas en mi valija, y le había puesto llave a mi pieza, y la valija me estaba esperando en el zaguán. Asustado y deprimido, golpeé suavemente la puerta de la viuda, que estaba viendo televisión. Se abrió la puerta, abrí la boca para hablar pero la vieja me cortó tajante:

-¿Tiene MI dinero?

-Vea, señora...

¡Blam!, era la puerta que se me cerraba en las narices. Aquella señora era lo que se dice de pocas palabras. Pero de algún obscuro meandro interior me subió una oleada de indignación. Volví a golpear con energía la puerta, una, dos, tres veces, hasta que ella volvió a aparecer.

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-¿Qué quiere?

-No quiero marcharme sin pedirle que felicite en mi nombre a su marido.

-¡Pero si está muerto!

-Por eso. Buenas noches.

Y me marché dignamente.

La gente suele hablar livianamente de la angustia por esto o lo otro. Pero aquel que no se vio una noche fría en la calle, sin un céntimo en el bolsillo, sin tener adónde ir y con una valija que le da el sello a la triste condición de forastero en una ciudad extraña, no sabe lo que es angustia. Caminé hasta la próxima esquina, y allí me detuve, con la absurda pretensión de orientarme en una ciudad donde en los cuatro vientos, en lo que a mí concernía, no había nada ni nadie. Nunca fui religioso, pero en esa ocasión sentí la necesidad de implorar devotamente a la Providencia que viniera en mi ayuda, y la poca que recibí fue llegar a la conclusión de que soplaba un helado viento sur, y que si caminaba hacia el sur recibiría las ráfagas de frente, de modo que lo razonable era caminar hacia el norte para recibirlas de espaldas. Así que eché a andar con viento a favor -es un decir- hasta desembocar en la amplia explanada de la Catedral, donde el frío era aún más intenso porque el viento ya no soplaba del sur sino de los cuatro costados del mundo. A lo lejos vi brillar, en la Bahía, las mortecinas luces de un desembarcadero donde estaban inmóviles algunas embarcaciones ancladas allí, lanchas y hasta algún yatecito. Concebí la loca intención de colarme a una de esas embarcaciones para pasar la   —45→   noche, y descendí por la huella del bajo. Sin embargo, no llegué a la costa de la bahía porque vi brillar alegremente un fuego al pie del murallón del Congreso. Hacia allí me dirigí, y me encontré con un viejecito que había colocado unas defensas de tela plástica contra el viento, alimentaba el fuego con unos pedazos de tabla que iba arrancando de un viejo cajón de embalar, y se alimentaba él extrayendo con los dedos unos trozos de carne hervida de una herrumbrosa lata. Le saludé y no me contestó. Le dije que me moría de frío y encogiéndose de hombros me señaló un sitio frente al fuego, donde me senté con gratitud, depositando mi valija contra el paredón, y notando que desde el momento en que me senté a su lado, la lata de comida, que la tenía en el regazo, ahora la apretaba prudentemente contra el pecho, y seguía comiendo, es decir, metía en la boca sin dientes un trozo de carne, lo pasaba de una mejilla a la otra dos o tres veces, y se lo tragaba.

Así debió ser en el principio del tiempo, cuando los hombres de las cavernas descubrieron el germen de la amistad -pensé tristemente- compartir el fuego, sí, pero la comida no. No me sirvió de consuelo llegar a la conclusión de que de entonces la cosa no había cambiado mucho. Por fin, el hombre terminó de comer, sacó del bolsillo una servilleta que tenía el monograma del Hotel Guaraní y se limpió los dedos y los labios, depositó cuidadosamente su lata al pie del murallón, lanzó un sonoro pedo y se acurrucó para dormir. Otro tanto hice yo, excluido el pedo, y aunque parezca mentira, logré   —46→   dormirme a pesar de que el fuego sólo me calentaba una zona desde la tetilla hasta la rodilla y el resto se helaba dolorosamente. Me desperté temprano, viendo que ya era de día, el fuego se había apagado y el viejo ya no estaba. Y mi valija tampoco. Sentí la mejilla húmeda y creí que eso de echarme a llorar empezaba a ser una mala costumbre, pero aquello no era llanto, era una fina llovizna que me tenía empapado.



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ArribaAbajo- VI -

Me encaminé al centro. Por primera vez pasó por mi mente la idea de buscar trabajo. Pero buscar trabajo es en cierto modo un trabajo y se necesitaba energía, y yo estaba muerto de hambre, y por añadidura, me acometía unos escalofríos que parecían querer desarticular el esqueleto. Arribé a una esquina donde una gorda señora instalaba una mesita y sobre ella una canasta, que abría y revelaba su contenido de empanadas aún calientes, y pan, y tendría un mantelito blanco y depositaba todo sobre una bandeja, a la vista. Arrimó una sillita baja y espantamoscas en manos se dispuso a iniciar el negocio. Un perro flaco se acercó a husmear y ella lo ahuyentó, yo me acerqué a husmear y ella no me ahuyentó, espantando sí con su plumero unas moscas inexistentes. Miré al perro que se iba en busca de mejores horizontes y seguí tras su huella, intuyendo vagamente la razón por la cual San Francisco llamaba al perro hermano perro. Los dos eran flacos. El parentesco del hambre. Me reí y me asusté porque me reí, porque lo natural era que estuviera llorando,   —48→   y si el caso daba para llorar y yo andaba riendo, algo andaba mal dentro de mi cabeza, y quizás me estuviera volviendo loco. Pero deseché la idea, recordando haber leído que lo único bueno que tiene el loco, es que nunca sabe que lo está. Aquellos escalofríos me galopaban por la piel como un malón de hormiguitas feroces, con patitas de hielo.

Sin embargo, la madre Naturaleza se defendía, porque al avance de la chusma helada sobre mi piel oponía ese fuego interior que me subía del pecho y me quemaba la garganta, con un calor áspero. «En buena te has metido, hermano -me decía- te estás helando por fuera y te estás quemando por dentro». Y de repente me sentí orgulloso porque estaba pasando por la experiencia única de vivir mi propia muerte, con el agregado de asistir en vivo y en directo a la lucha por mi alma inmortal que libraban Satanás y San Pedro, aquél arrimándome las llamas de la condenación, y éste como un bombero celeste que me echaba agua demasiado fría. «Estás delirando, viejo».

Alguien me hablaba y me paré a escuchar, pero el que hablaba no era otro que yo. Seguí mi camino y me llevé por delante a una señora que salía con un bolsón de un supermercado. Me miró con reproche y murmuró algo de qué calamidad tan temprano y ya borracho. La detuve del brazo y me miró asustada. Quise preguntarle si había una hora en que estar borracho era normal y otra hora en que no. Pero la dejé ir. «No me dejes, mamá», le dijo el otro que se había puesto a hablar por mí desde mí. Pero mamá   —49→   se fue de mi lado, sin dejarme ningún rencor, porque siempre fue así, y creo que la única vez que estuvimos juntos fue cuando ella me tenía en el vientre y yo estaba adentro y calentito, y a propósito y al final de cuentas, la solución de todo estaba en volver allí, de manera que apresuré el paso y aquel ruinoso portón estaba abierto y entré y el depósito de herramientas también estaba abierto y había un rincón que me pareció acogedor y allí me tiré, pero no me estiré sino me comprimí y me hice un nudo y me hice un feto para volver a nacer otro día o para morir para siempre, ya que después de todo, lo mismo daba.

...Y entonces estaba de nuevo leyendo aquella novela idiota y dulzona de la pareja que esperaba el primer hijo y ella tomaba la mano del marido y la ponía sobre el vientre y le decía sentí, sentí como patea y los dos quedaban arrobados porque el feto pateaba. Gran cosa. La maravilla era yo -me dije-, un feto que soñaba la vida que iba a vivir, no la vida que iba a sufrir, que de eso estaba seguro porque en algún momento ya había visto la tumba abierta y yo en el ataúd y el Director del Colegio que no se perdía una sola ocasión de decir un discurso fúnebre cuando alguno del pueblo moría, notable o no, y nunca dejaba de utilizar aquella frase de que esta tumba abierta que acogerá a nuestro hermano no es sino el útero de la inmortalidad feliz que le espera, y yo era niño y no sabía lo que significaba «útero» ni «inmortalidad» pero estaba a punto de saberlo...

Su cara quema -decía una voz. Voz de mujer.

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-Debe ser fiebre -respondía otra voz, masculina.

-Pobrecito... -era la mujer, mujer al fin.

-Es un vago... -era el hombre, hombre al fin.

-Es un prójimo que necesita ayuda -replicaba la voz femenina.

-Si querés, llamo a alguien -el viril sentido práctico ya exploraba la forma de buscar ayuda en otra parte para el prójimo que le importaba un cuerno.

-¿A quién?

-Y... a lo bombero, por ejemplo -decía vacilante el hombre.

-¿Para qué? ¿Para que le pongan una lavativa con una manguera? -aquella alma femenina no era fina, pero sí bondadosa.

-O una ambulancia. En alguna parte tiene que haber una ambulancia. Para eso están la ambulancia. Para venir tocando la sirena y llevar a tipo como éste también, tocando la sirena.

-Ves demasiado tele, vos.

-Entonces, decime que hacemo con él.

-Le vamo a ayudar, pobrecito.

-¿Cómo?

-Le llevamo al hospital.

-¿Tenés para un taxi? -otra vez el sentido práctico masculino.

-No.

-Entonces no le llevamos al hospital.

Hice un tremendo esfuerzo para abrir los ojos, y conseguir abrir uno. Ya no sentía frío ni calor en mi   —51→   cuerpo. En realidad ya no tenía cuerpo. Sólo cabeza, con un ojo abierto que enfocó a un hombre grandote y a una mujer grandota. El hombre grandote era una áspera montaña toda piedra. La mujer grandota era una suave y ondulada colina rosada, una colina hembra, si me comprenden. Una colina madre, que me acababa de parir.

-Mamá... -tenía conciencia de que decirlo era absurdo, pero quizás no exista palabra más adecuada para pedir socorro.

-¿Si, mi corazón? -el color rosado de la colina provenía de que estaba cubierta de flores. Flores compasivas. Flores balsámicas.

-Por favor, creo que tengo pulmonía -logré articular- llamen a la Policía -agregué, con la loca esperanza de que viniera corriendo en mi ayuda aquel comisario de lujo con su olor a jabón Reuter y after-shave.

-¡No! -rugió el hombre, dándome la sensación de que aquellos buenos samaritanos preferían mantenerse lejos de los brazos de la Ley.

-Entonces, déjenme morir...

-¡Morir no soluciona nada! -exclamó la mujer con ese sentido práctico límite que sólo es atributo de su sexo. Y luego, agregó, dirigiéndose al compañero-: ¡Vamos a llevarlo!

-¿Adónde?

-¡A casa!

-¿Cómo?

-¡En upa!

-¡No es una criatura!

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¡Es una bolsa de huesos!

Así como si fuera una bolsa de huesos, me sentí alzado, transportado y machucado, a lo largo de callejuelas donde las casas se apiñaban y la gente se apiñaba en los portones de las casas apiñadas para ver pasar aquella procesión y para preguntar si yo estaba muerto, a lo que el hombre, como para infundirme cristiana resignación anticipada, respondía: «No, todavía no». Poco después, las casas se hacían más espaciadas, la tierra más roja, y los verdes más verdes y los zapatones de mi transportador ya no hacían tac tac sobre el empedrado sino plas plas sobre lo que primero supuse que era el cauce de un arroyo y luego, por el olor, comprobé era el cauce de una cloaca, cuestión ésta que no me pareció importante ya que volvían los escalofríos y la quemazón interior, con el agregado de que ya no podía respirar, y tratando de hacer pasar aire por mis tráqueas o por donde fuera producía un sonido como de gárgaras, que oyó la buena mujer que trotaba detrás nuestro y murmuraba «Jesús, Jesús mío» y se hacía la señal de la cruz, mientras mi voluntarioso transportador se volvía a ella y enunciaba su diagnóstico: «Ansia de muerte». Pero aquello, por alguna razón, me rebeló. Yo no tenía ansia de muerte, carajo, tenía ansia de vida, y ponía todo mi ardoroso empeño en llevar oxígeno a mis pulmones y temiendo a cada instante que el hombre se cansara y me abandonara en la cloaca y se fueran los dos a dedicarse a menesteres más alegres. Cruzamos, creo, una estrecha senda de tierra firme entre dos lagunejos verdosos. Y luego la senda se ampliaba hasta formar una   —53→   isla donde se alzaba una casita que era un resumen de lo que alguna gente desecha como basura y otra gente recoge como materiales de construcción. Era nuestro destino. Entramos y el fatigado hombrón me depositó en el suelo. En un rincón había un camastro y en el camastro estaba tirado el hombre más viejo del mundo, con el resto de vida que le quedaba brillando en unos ojitos azules, increíblemente vivaces. De la parte superior de un ruinoso ropero, la mujer bajó una colchoneta, la tendió en el piso, se corrió hasta el camastro y como si fuera un bebé alzó en brazos al viejo y lo trasladó a la colchoneta; luego se volvió a mí, me alzó en brazos como si fuera otro bebé y me depositó en el camastro cuyo fuerte olor a orina no fue óbice para que el calor de esa cama arrullara mi cuerpo helado con una tibieza bienvenida, como bienvenido fue el desflecado poncho con que la buena mujer me arropó después de despojarme sin pudor alguno de toda mi ropa mojada y dejarme en cueros, procediendo a frotar toda mi osamenta con alcohol cuyos vapores me hacían toser pero al mismo tiempo me ayudaban a respirar mejor.

Creo que me dormí por mucho tiempo. O por lo menos el tiempo necesario para que el hombrón degollara una gallina y ella hiciera una sopa, porque cuando desperté, ella estaba sentada en mi camastro y me vertía en la garganta con una cuchara la sopa caliente y olorosa.

-Tragá, tragá, tesorito -susurraba, y me metía la cuchara en la boca y yo tragaba con ansia aquella calentura vital.

-No hay como la sopa de gallina para matar todos los microbios -sentenciaba mientras me embutía la cuchara y   —54→   cuando yo tragaba me premiaba con un «viste que guapo es mi muchachito que se va a poner bien mañana mismo».

Me volvía a dormir, nunca supe cuánto tiempo, pero cuando desperté era de noche. Los escalofríos habían vuelto pero me sentía algo más lúcido. A la luz de una lámpara vi que mi benefactora aseaba con un trapo mojado al viejecito que tiritaba de frío, y el hombrón estaba sentado en una silla, ante una mesa, succionando con ayuda de un tenedor un enorme plato de tallarines. Temblaba yo con tanta intensidad que el ruido que hacía mi camastro les llamó la atención. Prontamente, la mujer terminó el aseo del anciano y se acercó a mí, con extraña, conmovedora solicitud.

-¿Cómo te sentís?

-Tengo mucho frío...

Abrió el ropero y sacó un grueso tapado de mujer que agregó a mi poncho. Se apoderó nuevamente del frasco de alcohol, lo vertió en las palmas y empezó a frotarme suavemente la frente y el cuello con aquellas benditas manotas gordas, ásperas y maternales que el buen Dios le había dado para que fuera así, tan mujer, tan generosa, tan llena de vida que vivir y que dar. Miré al hombre que succionaba sus fideos, los depositaba en la boca y los empujaba con medio pan por vez, y pregunté:

-¿Tu marido?

No, es mi primo. Pero cuando le da por ser marido yo no tengo inconveniente -me dijo como la cosa más natural del mundo, pero intuyendo que aquella extraña relación que me conturbaba requería una explicación,   —55→   agregó:

-Me ayuda.

Síntesis de la teoría del Varón Domado, me dije. Miré a la momia tendida en la colchoneta. Ella siguió mi mirada.

-Es mi abuelo -dijo, y de la colchoneta se alzó un cloqueo que aún tenía algo de humano, y ella tradujo-: dice que te vas a sanar pronto. ¿Te pasó el frío?

Negué con la cabeza. Y acto seguido, sin el menor pudor se puso de pie y se quitó el vestido, quedando sólo con las dos clásicas prendas íntimas.

-Dame lugar...

Miré con cierto temor al primo-marido, pero el hombre seguía muy ocupado con sus espaguetis. Me corrí un poco y ella se acostó a mi lado, y se estrechó contra mí, y me atrajo contra sus grandes pechos blandos y tibios, calefactor inventado por el Creador que ninguna tecnología ha logrado superar. Una infinita sensación de paz me invadió, y me dormía sintiendo el calor de su vientre ancho y blanco sobre mis caderas, y el peso reconfortante de sus muslos sobre mi vientre, cuando oí decir al comedor de espaguetis algo así como que se estaba buscando una peste, y me oí preguntarme a mí mismo donde diablos había venido a parar.



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ArribaAbajo- VII -

Había salido el sol aquella mañana. El viento que rizaba las aguas de la Bahía cercana aún venía del frío sur. Pero el cielo era azul y el sol voluntarioso en su deseo de dar calor. Y yo estaba allí en el sillón de mimbre que había conocido tiempos mejores, envuelto en mi poncho y en el sopor de mi convalecencia, y calentado por el buen sol que el buen Dios había inaugurado un día allá en el cielo para que la vida floreciera y la muerte se batiera en retirada. Abrí los ojos y por primera vez, a plena luz, contemplé a mi benefactora, que destripaba un chanchito muerto colgado de un gancho.

Si un escultor del siglo XVI anduviera loco de la vida buscando una modelo para una escultura de la maternidad, la habría elegido a ella. Tal vez un poco más de treinta años. Blanca, con una suave pelusa dorada sobre la blancura de la piel, en los brazos y en las piernas, y con toda la potencia de una feminidad fecunda que era como un altar vivo y palpitante para el rito de aquellos primordiales dioses de grandes falos enhiestos. Una cara vulgar,   —58→   redimida por unos inmensos ojos muy claros, que no podían ser aquellos espejos del alma que dicen los poetas, sino ventanas transparentes a las que asomarse a mirar la vasta limpidez de un mundo interior intocado y puro. Me reproché que estuviera poetizando a una mujer que se acostaba con su primo, pero enseguida me reproché porque me reproché por eso, porque acostarse con su primo podría ser el fruto de una inocencia raigal, de fruta de los montes. Y volví a mi imaginario escultor del siglo XVI, de aquellos realistas que no vieron nada de malo y mucho de bueno en las Venus adiposas que los antiguos pusieron de moda hasta que alguien vino a corromper nuestros gustos y a convencernos de que la mujer cuando más flaca, más mujer. Y cerré los ojos y lo vi moldear en mármol a mi benefactora, fiel a sus hombros redondos, a sus pechos que parecían reventar de leche, a su vientre plano y a sus caderas anchas, rotundas, como las de una abeja reina que deposita sus huevos en interminables cadenas. Le ordené al escultor que se fuera, porque la frialdad del mármol tiene algo de la frialdad de la muerte, o quizás de la no vida. Lo que ella merecía era un pintor, y la calidez de la pintura para que plasmara su calidez de mujer. Y entonces el pintor fui yo mismo, y la instalé en un paisaje de cuando la tierra era joven y la gacela lamía la sal de la piel de un león dormido. Pinté la luna cuando era luna y nadie la llamaba satélite, alumbrando el río que corría rumoroso, con su playa de arena dorada, y en la playa, ella, desnuda y dando a luz sin dolores -porque entonces no había dolor-, y lista a recibir a su niño y lavarlo   —59→   en el agua helada del río mientras murmuraba que yo te bautizo en el nombre de todos los amores que sobrevivirán para consuelo de todos los doloridos del mundo y... una sombra me quitaba sol y abrí los ojos y ella estaba delante mío, mirándome con algo de susto.

-Hablabas solo -me dijo con preocupación.

-Estaba soñando -dije.

-Le estabas bautizando a alguien.

-No, no era yo. Eras vos. Le bautizabas a tu hijo con las aguas de un río que era bendito de nacimiento, porque venía del cielo.

-Tu sueño es mentiroso -murmuró con algo de pena.

-¿Por qué?

-Porque cuando tenía quince años me hicieron un aborto y me dejaron huera.

Dios incomprensible, me dije, no tienes derecho a pisotear así el lirismo de los líricos. Mi diosa viva de la maternidad era estéril, como Marilín Monroe con toda la gloria de su cuerpo y con toda la miseria de sus ovarios muertos.

Se sentó a mi lado, con la sangre del chanchito manchando sus vestidos, y un borde rojo bajo las uñas.

-Qué pena... -atiné a decir.

-No hay pena -dijo terminante, y agregó-. ¿Qué pasa cuando una tiene un hijo? El amor llena tu corazón pero tu corazón es un embudo, y el amor se derrama para uno solo. ¿Es justo, eh?

-Celina...

-¿Qué?

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-Sos una mujer sabia.

-¿Yo? -rió-. ¡Jesús!

-Has elaborado toda una filosofía para enterrar debajo tu pena...

-Si hablas así no te entiendo un carajo -me dijo.

-Sí me entiendes -le dije sin saber por qué quería herirla.

-Sí te entiendo -consintió-, pero ¿qué puedo hacer?

-Lo que haces, olvidar. Borrar de tu mente.

-¿Que soy huera?

-Eso.

-No puedo. Mi cuerpo me grita que soy huera cada vez que un hombre está conmigo y me llena de semilla.

-¿Tu primo?

-Y los otros.

-¿Otros?

Debió notar en mis ojos desconcierto. ¿Rencor o celos?

-No. No. No soy puta -se apresuró a aclarar.

-Pero... otros. Dijiste «otros».

-¡Los hombres!

Me miró a los ojos, suspiró apenada por mi falta de mundo, de modo que me ilustró con ese aire paciente de la maestra que trata de que la «o» le salga redonda al párvulo.

-Mirá -me dijo- una puta tiene clientes. Una mujer honesta tiene hombres. Hombres. Hombres que le ayudan.

-Tu primo...

-¿Qué pasa con él?

-¿Sabe?

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-Me parece que sí.

-¿Y no le importa?

-Me parece que no.

-¿Te quiere?

-No sé, pero me ayuda, a pesar de que es haragán. Así de grandote como es, es haragán. Pero es bueno y me ayuda. Hoy vamos a comer de su sangre.

-¡Jesús!

-Con lo grandote que es, sirve para algo. Ayer vendió medio litro de sangre y compró el chanchito. Yo no sé si eso es amor o qué, pero es bueno.

Yo no sabía si aquello era bueno o malo, pero lo que sí sabía es que jamás comería aquel chanchito. Era como canibalismo por interpósito lechón. Evitando la nausea, volví a nuestra charla.

-¿Y yo, Celina?

-¿Vos qué?

-¿Qué soy aquí?

-¿Cuantos años tenés?, ¿veinte?

-Un poco más.

-Sos mi hijo.

Quedé alelado. Si aquel hijo que le arrancaron de las entrañas cuando ella era una niña viviera, tendría veinte años, como yo. La miré... ¡me estaba adivinando el pensamiento!

-Volviste... -me dijo.

Yo era su segunda oportunidad. Volví. Volví de la muerte que ella alejó para devolverme la vida que me devolvió. Dios mío. ¿Estaba llegando al punto en que la   —62→   locura se confunde con la poesía? ¿Y qué poesía? ¿Aquella que trepa desconocidos escalones de augustos templos sin edad y deja de ser poesía para ser Justicia poética?

¿Y Dios? -me pregunté-. ¿Me tuvo viviendo veinte años de vida fetal y pueblerina para renacer, no, para nacer aquí y ahora?

¿Pero por qué esta madre que se acostaba con su primo y con todos sus hombres?

¿Por qué no me desvanecí de frío y de hambre en el portal de una casa solariega donde otra mujer preñada de esterilidad y de esperas me recogiera?

¿Otra mujer distinta a ésta?

¿Distinta en qué?

¿Más pura?

¿Pero quién mide la pureza de una mujer? ¿Qué es la pureza de una mujer? Mala pregunta, hermano -me dije-, porque la pregunta debe ser: ¿Qué es la pureza?, a secas.

¿La sombría virginidad de una beata que quiere engendrar por obra y gracia del Espíritu Santo, repitiendo en ella el milagro irrepetible, o la generosa sexualidad de esta hembra cristalina que da lo único que tiene en pago de la ayuda de su primo y la de todos sus hombres?

¿Pureza la razón calculada de la caridad que recoge a un moribundo o la alucinación del encuentro en la alegría desgarrante y feliz de un parto postergado por veinte años?

Déjate de pavadas -me dije-, vos ya tenés madre.

Imbécil -me repliqué- no estoy hablando de madre,   —63→   sino de maternidad.

Ahí estaba la cuestión. La cuestión de si basta ser madre para ser maternal. No me iba a poner, allí y entonces, a buscar la diferencia demasiado sutil para mi gusto, pero las dos palabras, madre y maternidad, sonaban en mi mente como dos notas distintas.

Y recordé a mi madre, y me pregunté por qué en todos esos días amargos y doloridos no deseé su presencia. Hijo ingrato -me dije-, es esa la explicación, pero no la única, lamentablemente, porque quizás la ley de las compensaciones pone a un hijo ingrato al otro extremo de una madre de corazón anestesiado por el servilismo de esposa. O simplemente anestesiado.

-Me das miedo cuando ponés esa cara -me decía Celina.

-Es la cara que uso para pensar.

-Pensar mucho no soluciona nada -dijo Celina, con el mismo tono terminante que usó cuando me decía que con «morir no se soluciona nada». Al parecer, su vida era una búsqueda de soluciones rápidas y fáciles. No estaba mal como sistema.

-¿Sabes que un sabio dijo: «Pienso, luego existo»? -le dije con ánimo maligno de burlarme de ella.

-¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

-Vos tenés que decir «no pienso, luego vegeto».

-¿Qué quiere decir «vegeto»?

-Me dejo llevar por la corriente.

-¿Eso hace la gente que no piensa?

-Eso hace.

-Entonce la gente que no piensa es más sabia que la gente   —64→   que piensa.

-¡Vaya! ¿Por qué?

-Porque si no pienso y me voy a favor de la corriente, y otro piensa y va en contra, el estúpido es el otro, no yo.

-¡No quise tratarte de estúpida! -me apresuré a aclarar con una gran dosis de hipocresía.

-Ya sé -me dijo, con otra gran dosis de hipocresía, pero infinitamente más noble que la mía.

Se levantó y fue a dedicarse al lechón, dejando en mi corazón una bola de pesadumbre que de repente tuvo una boca y me gritó: «Respétala, cretino».

Y decidí poner toda mi buena voluntad para aprender a respetarla. Y a comprenderla. Y a no juzgarla, porque lo que era ella estaba sencillamente fuera de mi alcance, porque era dueña de una sabiduría que no figuraba en ningún libro, sino estaba elaborada por los días que en cada amanecer le enseñaba una lección de cómo vivir y cómo sobrevivir sin perder la alegría, sin cegar las fuentes del amor y manteniendo virgen la inocencia dentro de un cuerpo mil veces manoseado, y mutilado para siempre. Intención nobilísima de mi parte, que pronto sería vapuleada, deteriorada, por la extraña sucesión de acontecimientos que me esperaba.



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ArribaAbajo- VIII -

Esa noche, cuando me dormía en el camastro de donde había sido expulsado permanentemente el abuelo, y ella tendía su catre en la piececita de al lado, reflexionaba sobre todo lo pasado en los últimos días, y me preocupaba por el rumbo que tomarían las cosas. Era obvio que este disparatado asunto de mi adopción por parte de Celina era algo pasajero. La manía de una niña grande que recogía de la calle un gatito moribundo y lo traía a casa y jugaba a ser mamá, hasta que el gatito, sano y alimentado, decidía vivir por su propia cuenta, y con su propia independencia. Sin embargo, una puntilla de preocupación asomaba en mis pensamientos sobre el tema, cuando, haciendo el recuento de todo, me di cuenta de que en ningún momento le había expresado gratitud por lo que ella y su oso vendedor de sangre habían hecho por mí.

No recordaba dónde había leído, quizás en Freud, que ningún hombre llega a la madurez completa mientras su padre vive. Y que la relación madre-hijo excluye la gratitud, porque, agrego yo, no se agradece lo que es   —66→   natural, como la mujer que brinda amor y el hijo que lo devora, lo degusta y se va.

Y yo no había expresado gratitud. Quizás estaba aceptando el juego de la niña grande. La cuestión residía en averiguar urgentemente si en la misma medida en que ella adoptaba un hijo, yo estaba adoptando una madre.

Oí el concierto de crujidos de su catre cuando se acostaba, soplaba, apagaba la vela y me preguntaba:

-¿Ya dormiste?

-No.

-Hasta mañana.

No le contesté, porque algo me susurraba que ella esperaba que yo le dijera: «Hasta mañana, mamá». Y eso sería la locura. Y aunque aquello fuera el juego de dos era saludable que uno de los involucrados conservara el juicio. De modo que murmuré apenas:

-Hasta mañana, Celina.

Cuando desperté a la mañana siguiente, ella no estaba. Y lo que me resultó más extraño, el viejecito tampoco. Pensé que lo había sacado al sol y miré afuera, pero no estaba allí. Además el sol no había salido, porque estaba de vuelta la llovizna y el frío y el día gris.

Me senté en la cama, pasándome el agujero del poncho por la cabeza y temblando de frío. Con ese movimiento, cayó al suelo un papel que había estado encima de mis cobijas, y resultó ser una esquela de Celina: «Me boy a Quiindy a llevarle al agüelo con mi jente de allá y entonce ba aber mas espacio para nosotro. Te dejé comida. Mirá sobre la mesa». Miré la mesa, y   —67→   efectivamente, tapado con un gran paño blanco, almidonado y limpio, había una fuente, posiblemente de carne fría procedente del chanchito. En una canasta había galletas, y además dos botellas de gaseosa y una fuente con uvas. Además, el brasero contenía carbón listo a ser encendido, y al lado una pava de agua. No se había olvidado ni de dejar a la vista la cajita de fósforos. Y el frasco de Nescafé.

Encendí entre los carbones un papel diario y puse la pava encima cuando los carbones hicieron brasas, y regresé a la cama.

La imagen de la mamá-niña y el gatito abandonado volvió a mi mente. Trasladado al plano humano, aquello resultaba insano. Insano todo, hasta las cuidadosas previsiones y las generosas provisiones que dejara al marcharse. Aquello jamás podía resultar. Además, no estaba en mis planes vivir al borde de la cloaca de la ciudad, sino en la ciudad misma, la ciudad como un territorio de conquista, con sus oportunidades que estaban a mi alcance, siempre que aprendiera a sacudirme mi derrotista modorra. Siempre que me saliera del punto muerto.

Hirvió el agua. Hice algo de café que vertí en un jarro de lata, y me lo bebí de una vez, sin tocar la galleta. Rebusqué entre los trastos que hacían de moblaje y encontré un cuaderno y un bolígrafo, me senté en la mesa, bebí más café, y me puse a escribir.

«Querida Celina. Jamás podré agradecerte todo lo que has hecho por mí. Por tu buen corazón, mereces ser   —68→   madre, la mejor de las madres, pero no la mía. Eso es sólo una ilusión tuya, pero la gente no debe vivir de ilusiones, sino de realidades. Así es todo de simple, Celina. Me voy. Subiré la cuesta por donde uds. me bajaron en brazos, con tanta generosidad. Y subiré por mis propios medios. Tengo que buscar trabajo. Tengo que estudiar. Tengo que encontrarme a mí mismo, y si valgo algo, demostrarme que sí valgo. Y eso el hombre debe hacerlo solo. Espero que me comprendas y sepas perdonar que no te ayude a vivir esa ilusión misericordiosa que se te ha prendido en el corazón, de que yo soy el hijo que perdiste, y que volvió. No soy tu hijo. Soy un hombre, o por lo menos, intento serlo. Y si debo luchar para conseguirlo, debo hacerme a la idea de sufrir solo mi derrota y la ilusión de venir a compartir contigo mi victoria. No quiero herirte, Celina, pero debo dejar plantada en tu mente mi afirmación de que nuestros caminos, así como nuestro pasado, son muy distintos. Otra vez te pido que me perdones, y guardes mi promesa de que vendré a visitarte cada vez que tenga una buena noticia que darte, y compartirla contigo. Palabra. Hasta pronto. Un abrazo para vos y para tu primo. Carlos»

Doblé cuidadosamente el papel y después de arreglar la cama donde había dormido, lo deposité sobre la almohada, sin poder dejar de sentir cierta pena por la pena que iba a darle a Celina. Pero la decisión estaba tomada. No debía volverme atrás y menos, por sentimentalismos enfermizos.

-Es hora de marcharte, hermano -me dije, buscando   —69→   mi ropa. Buscándola por todos los rincones. Y no estaba en ninguno. Estaba lo que se dice desnudo. Y prisionero. La palabra me deflagró una violenta indignación, como de perro que muerde la cuerda.

¿Se había asegurado de esa manera de que yo no me marchara en su ausencia?

O daba solamente la casualidad de que ella había entregado a las lavanderas del río, justo ese mismo día, toda mi ropa.

Sintiéndome violento, decidí que debería irme de cualquier modo. Pero no había cualquier modo, había un solo modo, así como estaba, y pocos propicios serían conmigo los hados si iniciaba la conquista de la ciudad, en un día de frío de Agosto, con una camiseta «musculosa» y un calzoncillo a rayas.

La odié ante semejante humillación. Y decidí castigarla. No tocaría un solo pedazo de su chancho de mierda ni de su galleta de mierda.

Me senté enfurruñado en la cama, sin saber qué hacer, hasta que por el borde de mi furia se vino abriendo paso un sentimiento de alarma, porque al negarme caprichosamente a comer, me estaba portando exactamente como quien ella veía en mí: su bebé.

-Hija de puta -le dije mentalmente-, me hubieras dejado también un chupete.



  —[70]→     —71→  

ArribaAbajo- IX -

Pasé todo aquel día mirando por la ventana las aguas grises de la Bahía y el paisaje transido de frío. En un rincón, en algún momento del día, encontré una colección de diarios del año pasado y leí hasta los edictos de mensura y de separaciones conyugales. Al mediodía me serví un abundante almuerzo de carne fría, galletas y coca, y luego me acosté a hacer una siesta. Me desperté cuando anochecía, di media vuelta en la cama y decidí que levantarme a cenar era demasiado esfuerzo, reacomodé mi cuerpo sobre el colchón, esponjé las cobijas y me dormí de nuevo. Un movimiento, y el ir y venir de una vela me despertaron. Celina había vuelto, abrí los ojos, y la vi leyendo mi carta, de la que, idiota de mí, me había olvidado. Mejor -me dije- a lo hecho pecho. Y a plantear las cosas. Me miraba con reproche.

-¿Es cierto esto? -me preguntó mostrándome la carta.

-Es cierto.

-¿Por qué?

-Por lo que dice la carta.

  —72→  

-¡Acá no dice nada! -rugió arrugando el papel y tirándolo.

-¡Allí dice todo! -rugí yo-. ¿Dónde está mi ropa?

-Te traigo mañana. Hice lavar y planchar.

-Está bien. Hasta mañana, entonces -y le dí la espalda.

Pero ella no se movía. Todavía estaba allí, con la vela encendida en la mano, alzada como para que la luz me diera mejor. Una parodia de la Estatua de la Libertad.

-Pero... ¿qué vas a hacer? -me preguntó.

-No sé -le contesté diciéndole la verdad y nada más que la verdad.

-¡Así no se empieza nada! -farfulló malhumorada.

Di otra media vuelta y me enfrenté otra vez con ella y con su vela encendida.

-Celina -le dije-, no pienso empezar nada. ¡Lo que quiero es terminar esto!

-¿Estás enojado por algo?

Suspiré fatigado. No hay prueba más difícil para los nervios que discutir con un alma simple.

-Celina, no hace falta estar precisamente enojado para decidir algo. Las cosas se deciden porque necesitan ser decididas -cuando terminé de decirlo, no me sentí muy superior intelectualmente al primo.

Me miró con furia, y con furia sopló y apagó la vela, con un soplido que podía haber apagado un incendio, y como queriéndome decir que así yo apago el inmerecido amor que te he dado. Dio media vuelta en la obscuridad y tropezó con una silla y murmuró algo sobre su estupidez de preocuparse por un homosexual de porquería, aunque lo dijo con una palabra más fuerte. Oí como se acostaba,   —73→   pero no el silencio espeso que viene de un cuchitril donde un ser humano duerme, sino algo parecido a un llanto ahogado por una almohada, o por el orgullo, o por ambos al mismo tiempo.

Me dormí profundamente, quizás tranquilizado por la firmeza de mi decisión ya tomada de marcharme al día siguiente, y me desperté cuando el sol, que ese día decidió salir, estaba ya alto. Me senté en la cama, y allí, prolijamente planchada estaba mi camisa, mis medias secas y limpias, y mis zapatos lustrados. Mi raído traje, lavado y planchado, colgaba de una percha sujeta a un clavo de la pared. Sobre la mesa humeaba la cafetera, y había también un tazón de leche y pan, y azúcar.

Me vestí y me senté a desayunar, en primer lugar porque tenía hambre, en segundo lugar porque aunque no tuviera hambre debería hartarme por adelantado porque no sabía lo que me esperaba en mi primera excursión exploratoria en la ciudad, y en tercero, porque no debía ofenderla rechazando el alimento.

Sólo apareció ella cuando de la mesa desaparecía la última miga de la media trincha de pan que acompañó mi desayuno. Se sentó en una silla, junto a mí, unió las manos, y me dijo:

-Vamo a hablar como gente adúltera.

-Se dice «adulta». Está bien, Celina. Vamos a hablar como gente adulta.

-Prometeme una cosa.

-No puedo prometerte nada. No debo, Celina.

-Entonce contestame una cosa.

  —74→  

-¿Qué?

-Que si lo que encontrás allá arriba no es mejor que aquí, vas a volver. Y si no encontrás nada también. ¿Sí o no?

Callé y ella continuó:

-Hasta los pájaros tienen un lugar para volver.

Seguí callando, aunque admitiendo la elemental razón de su sentencia sobre los pájaros... y sobre los hombres.

Ante mi silencio, siguió con su monólogo:

-Pero los hombres no son pájaros -¿me leyó el pensamiento?- y el hombre se dice que no es cosa de macho recular así nomás, y se queda a sufrir solo.

Rompí mi silencio.

-Eso es justamente lo que voy a pensar, Celina.

-Ya sé. Pero vas a estar equivocado.

-¿Por qué?

-Porque yo no soy tu esposa, ni tu concubina, ni tu hembra.

¡Allí estaba de nuevo!

La fórmula más sencilla de la vida; no hay claudicación en el macho que regresa contrito y despellejado a refugiarse a la sombra amorosa de las grandes tetas, siempre que sean maternales.

La quise en ese momento, a pesar mío. Me estaba diciendo que si volvía a ella, era valor entendido que ante sus ojos y ante los míos, mi orgullo varonil no sufriría deterioro alguno, ni mancha mi honra de varón.

Me levanté y le di un beso en la frente, y sentí en su proximidad el substancial olor de su vitalidad y de su   —75→   fuerza interior: sudor, paja fermentada de colchones viejos, humo de leña en sus cabellos.

-Chau, Celina.

-¿Necesitás dinero? -me preguntó con conmovedora timidez.

-No -le contesté con también conmovedora estupidez, pues Dios sabía que no tenía un céntimo, pero Dios sabía también que en algún desván interior yo conservaba aún un resto de decencia, que funcionaba de vez en cuando.

Me fui. Evité como pude el curso del arroyo cloacal por donde me había traído el primo-amante-vendedor de sangre, para preservar el lustre de mis zapatos. Subí escaleras talladas en la dura tosca, atravesé la bucólica serenidad del parque cuyos árboles aún goteaban fríos cristales de rocío, y desemboqué en la ciudad.

-Bueno, hermano -me dije-, ¿y ahora qué?

¿Cómo se empieza a vivir en serio?

Buscando trabajo -me contesté.

¿Con ayuda de quién?

De un amigo.

¿Tengo yo un amigo?

¡El Comisario!

Bueno -reconocí- lo que se dice amigo, amigo, no es. Pero fue el primero que demostró respeto, no sé si a lo que yo era o lo que yo pensaba, pero lo demostró. Además, me había exhibido como un hallazgo valioso, o por lo menos curioso, a aquel pulcro caballero con estampa de ejecutivo que le acompañaba cuando me dejó en libertad.

  —76→  

Caminé hasta la Comisaría, y el vigilante de guardia tocó un silbato para que viniera otro vigilante que hacía guardia pero sentado, que a su vez tocó otro silbato y vino un tercer vigilante a preguntarme qué deseaba. Vaya manera de complicar las cosas -me dije tratando de no demostrar lo que pensaba- y expliqué al vigilante que deseaba ver al señor Comisario. Un oficial me preguntó para qué y le dije que era asunto personal, y vi que escribía en un cuaderno, además de mi nombre en una columna, la hora, la fecha y el año en otra, y en otra más ancha la frase «asunto personal». Consideré aquello de buen augurio. Me tomaban tan en serio que estaban registrando los datos para la posteridad. Sentado en el banco de la sala de espera imaginé a un Comisario del año 2000 que mostraba con orgullo el viejo cuaderno y decía: Por aquí pasó cuando era jovencito su Excelencia el señor Ministro Carlos Salcedo. De paso, Carlos Salcedo soy yo, además de soñador, del tipo idiota.

No esperé mucho tiempo para ser recibido. El señor Comisario no había cambiado nada. Pulido, discreto, afeitado y con ese corte de pelo tan viril de la gente de uniforme.

-Hola -me dijo, y me tendió la mano, que estreché con gratitud.

Me invitó a tomar asiento en una silla frente a su escritorio. Y comprobé que además de ser tan buen Comisario, había leído sicología, y había aprendido aquella trampita de hacer sentar al visitante en una silla baja, de modo que quedara bien establecida la diferencia:   —77→   «Ud. me mira desde abajo y yo le miro desde arriba». Dicen que los ejecutivos bancarios logran sus mayores éxitos por este simple sistema. No sé. La cuestión es probar qué eficacia tiene un hombre que reclama sus derechos hundido en un sillón tramposo.

-Me imagino que no vino aquí para dormitar -me reprochó el Comisario.

-No. No. Perdón, estaba pensando.

-Vamos a ver. ¿En qué?

-Necesito trabajo.

-Muchos jóvenes necesitan trabajo.

-Yo lo necesito hoy -dije con esa valentía brusca de los tímidos.

-¡Claro! Y yo puedo sacarle a Ud. un trabajo como un mago saca un conejo de una galera.

-Tanto como eso, señor Comisario...

-Además, no me explicó por qué un joven que necesita trabajo tiene que venir a buscarlo a una Comisaría.

-No vine a la Comisaría. Vine al Comisario.

-¿A mí?

-Ud. me honró con su respeto -expliqué sintiéndome un poco demasiado cortesano.

-Es cierto -dijo-. Ud. me parece un muchacho inteligente. Pero no veo cómo yo...

-Pensaba en su amigo, señor Comisario.

-¿Amigo?

-Aquel señor tan distinguido a quien Ud. le habló de mí, y con tan comprometedores términos que el caballero en cuestión se interesó por mis estudios, con expresiones tan   —78→   bondadosas -decididamente, si yo hubiera nacido en la corte de algún Luis de los grandes, hubiera sido un éxito.

-Pensé que si me recomendara a él...

-¿Y por qué yo tendría que recomendarle a él?

-Porque me parecía un ejecutivo próspero... y amigo suyo.

-Lo siento. No es ejecutivo, ni amigo mío.

-Habría jurado...

-Se hubiera equivocado. Es mi padre, y es sastre.

-Y su lema es que un sastre que viste mal no merece ser sastre.

-¿Cómo lo sabe? -preguntó admirado.

-Imaginé, señor Comisario, imaginé. No quiero hacerle perder más su tiempo.

Me levanté.

-Siéntese -dijo.

Me senté. O mejor, me hundí de nuevo en mi nivel de pedigüeño fracasado.

-Cuénteme -ordenó con su brevedad castrense.

-¿Que le cuente qué, señor Comisario?

-Todo.

-¿Puedo ponerme de pie?

-¡Claro!

Empecé a contarlo todo, descubriendo de paso que cuando se cuenta desgracias, el estar más arriba o más abajo que el interlocutor no hace ninguna diferencia. Cuando llegué al capítulo en que, medio muerto, era recogido por una pareja y conducido hacia la salvación y con qué cariño me cuidó Celina, me interrumpió:

  —79→  

-¿Dijo... Celina?

-Sí, así se llama.

-¿Vive en...?

Le informé donde vivía.

¿Y ella es...?

Describí a Celina. Movió la cabeza como pensando «que casualidad».

-¿La conoce?

Hizo un gesto de asentimiento, con la sonrisa casi interior que usamos los hombres cuando queremos decir que la última vez que vimos a una mujer fue en la cama.

-Es buena... -dijo, y yo callé, sin cometer la indelicadeza de preguntarle si era buena en la cama o era buena en general.

Por lo demás, él no soltaba el tema.

-Una chica digna de ayuda -decía.

Casi reí. Apenas asomadas las narices en la ciudad, ya me había topado con el segundo integrante del gremio de ayudadores de mi promiscua e inocente madre postiza. Pero me reproché lo de «promiscua». Ella había dejado claramente sentado que la cosa era un intercambio: toda ella por «ayuda». Sentí la urgente necesidad de ver la otra cara de la moneda.

-¿Ud., señor Comisario, la ayudaba?

-Víveres que me sobraban... y algún valecito para la cooperativa. Un zapato, o algo así -rió-. Continúe -me dijo.

-Eso es todo -le contesté, callando por un sentimiento de obscura lealtad a Celina, el aspecto freudiano de nuestras enfermizas relaciones.

  —80→  

-De modo que salió a buscar trabajo, hizo bien -sentenció.

Abrió el cajón de su escritorio y extrajo un block de papel de cartas, de papel caro, y que lucía en un ángulo su nombre escrito en letras doradas, y desde luego, en relieve. Con el mismo cuidadoso cariño por las cosas finas extrajo su lapicera de oro, le quitó la capucha, destornillándola ceremoniosamente, y se puso a escribir con una letra impecable, mientras murmuraba algo sobre que los amigos de Celina eran sus amigos. Cuando terminó de escribir, estampó su enérgica firma. Dobló cuidadosamente el papel, abrió el tercer cajón de su escritorio, sacó de él un sobre, puso el papel adentro, lamió la goma con la punta de la lengua, cerró el sobre, escribió el destinatario con su prolija caligrafía, y me entregó el resultado de tan minucioso trabajo.

-Es una carta para un compañero mío de Facultad -dijo-. Quizás tenga suerte. Es todo lo que puedo hacer por Ud.

Miré el sobre. Estaba dirigido a un Dr. Quiñónez. ¿Compañero de la Facultad? Mi Comisario había resultado todo un abogado. Pero no me sorprendí esta vez, porque ya la primera vez había descubierto que los Comisarios ahora vienen de lujo. Le agradecí. Me preguntó si ya había almorzado. Le dije que no y él hizo el ademán de pulsar el timbre, que yo interrumpí diciéndole que ya conocía el camino. Me hizo con la mano un elegante gesto de despedida digno del señorío de D'Artagnan y fui al comedor donde me hice conocer como amigo del Comisario y me sirvieron un almuerzo digno del amigo del Comisario.



  —81→  

ArribaAbajo- X -

El sobre destinado al Dr. Quiñónez, decía además que el Dr. Quiñónez tenía su oficina (7D) en el séptimo piso del Edificio Imperial. Lo que me obligó, tras el copioso almuerzo consumido en la Comisaría, a ir a holgazanear en una plaza del centro, pues apenas había pasado la una de la tarde y una oficina que se respeta no se abre hasta las tres. De tal suerte que elegí un banco al sol, gocé del calorcito y de la agradable modorra que producen los jugos digestivos convirtiendo en energía la generosa comida que me habían servido.

Si el hambre irrita, el estómago lleno nos vuelve tolerantes y perdonadores. De modo que me puse a pensar con cierto cariño en Celina. Aquel sobre en el bolsillo -estaba seguro- era el comienzo de una fulgurante carrera hacia el éxito. Trabajaría, ganaría dinero, estudiaría y alquilaría una casita. Celina, previa cura de su manía maternal, sería mi ama de llaves, y le enseñaría que en este mundo existe eso que se llama moral que impide que la mujer viva acostándose con todos los hombres, y mucho   —82→   más con un primo. Desde luego, para darte un sentimiento de seguridad, le consultaría sobre decisiones transcendentes, como la elección de una novia, y todas esas cosas que hacen que las mujeres maduras se sientan importantes en la vida de un hombre joven. Algo madres, pero ojo, hasta ciertos límites. Eso sí.

Quizás escribiría una carta a mis padres, contándoles de mis progresos. Y con satisfacción, visualicé allí mismo la cara asombrada de mi padre que murmuraba que después de todo aquel zoquete de su hijo menor valía algo. Y veía también la expresión de alivio de mis hermanos liberados de la obligación de enviar dinero al hermanito extraviado. Y a mamá que lloraba sin que ella supiera por qué y yo tampoco, pero lloraba porque una madre debe llorar cuando un hijo ausente envía una carta.

-¿Por qué llorás? -le preguntaría mi padre con el mismo tono con que le preguntaba si había lavado su camisa de salir.

-No sé -contestaría mamá como si él le hubiera preguntado dónde quedaba Birmania.

Me dije con un retintín de autocensura que estaba siendo demasiado severo con mis padres. Pero de inmediato me autojustifiqué cuando pensé que no era severo, sino realista. Que yo amaba la vida, y que había vivido una asfixiante no-vida en la que la tiránica aritmética del negocio había roído la parte humana de mi gente.

Lo triste, o lo simplemente real, era que Celina y su primo, conforme a esas pautas que yo había sacado vaya uno a saber de dónde, rebosaban humanidad, no porque   —83→   fueran tan humanitarios, sino simplemente tan humanos, tan espontáneos, ella para darse con esa generosidad arrolladora, y él, con su aspecto de oso amaestrado, tan elemental como su negocio de vender su sangre para alimentarse, y alimentar a un pobre diablo desahuciado que habían recogido de la calle.

Si yo huí de aquello porque renegaba de la no-vida -me dije-, ¿por qué rechazo la vida, la sí-vida, que bulle a borbotones en aquel rancho orillero edificado con desperdicios?

¡Eh, alto ahí! -me dijo la voz interior- no la rechazas. Sólo que quieres aceptarla en tus propios términos.

Es lo justo -sentencié yo mismo, y me adormilé feliz, satisfecho de mi profunda sabiduría, al calorcito de aquel laborioso sol de agosto.

Más tarde, calculando que serían ya las tres, decidí marcharme a hacer mi entrada triunfal a Roma, o sea, la Oficina 7D del Dr. Quiñónez. En una canilla de agua de riego me lavé la cara y me mojé el cabello, lo que me llevó a comprobar que mi pobreza era tal que no tenía un mísero peine.

Lo sustituí como pude con los dedos y me encaminé al edificio Imperial.

El ascensor me depositó ceremoniosamente en el séptimo piso, donde descubrí que el 7D no era una puerta entre una fila de puertas, sino todo el piso, y más, todo el edificio, pues nada más salir del ascensor la vista se posaba en una bruñida placa de bronce que decía «Imperial Sociedad por Acciones, Importaciones, Exportaciones,   —84→   Representaciones, Marítimas 7D». Entendí todo, menos eso de «marítimas», y colegí que la Sociedad por Acciones que tendría el honor de contarme en su nómina también tenía que ver algo con barcos, airosos barcos mercantes de ultramar. Me ilusioné con optimismo; algo grande estaba por ocurrirme. Caminé despacio por el pasillo, y en vez de paredes habían gruesos cristales tras los cuales se veía a gente laboriosa sentada ante severos escritorios metálicos. Todo el mundo hacía algo con una concentración y eficiencia que decían a gritos que Imperial etc. era una cosa seria. Muchachos de blancas camisas y discretas corbatas hablaban por teléfono, pero a media voz. Las secretarias que escribían a máquina se sentaban con la espalda erecta. Había por lo menos 20 mesas de trabajo, ocupadas por gente muy ocupada, en un salón que tenía algo de nave catedralicia, semejanza que se acentuaba al fijarme en el lugar que debería ocupar el altar, y allí veía instalado un escritorio más grande, con más teléfonos que los otros, y ocupado por un caballero más viejo y más gordo que los otros, y además, a mayor altura, de modo que sólo le bastaba levantar la vista para tener una visión clara del comportamiento de la feligresía, perdón, del personal.

Supuse por un momento que el Sumo Sacerdote sería el Dr. Quiñónez, y observándolo, traté de adivinar qué clase de persona sería. Vano intento. El que sabe determinar el carácter de un hombre sentado tras un escritorio con tres teléfonos, con un rimero de papeles a la izquierda que iban a engrosar lentamente otro rimero de   —85→   la derecha, previa lectura, fruncimiento de nariz y firma; que parecía por ilusión óptica, sostener sobre sus hombros un mapa del mundo acribillado de alfileres verdes y rojos que habían fijado en la pared, y mirándolo detrás de un cristal grueso como mi dedo, no necesita buscar empleo. El empleo lo buscaría él. De manera que rogué a Dios que el sujeto aquél no fuera el Dr. Quiñónez, porque intuía que jamás permitiría que mi intrusión interrumpiera el armonioso ritmo de pasar los papeles por ver y firmar de la izquierda a la pila de papeles vistos y firmados de la derecha. Mi presencia allí sería tan bien vista como la de un beduino fanático de Alá en la Basílica de San Pedro.

Para mi consuelo, pasillo más adelante, vi una puerta que decía Secretaría y luego otra: Gerencia Departamental; y nuevamente otra: Secretaría y más adelante la última: Gerencia General.

Mi sobre no decía si el Dr. Quiñónez era Gerente Departamental o Gerente General, y vacilé ante las dos Secretarías, aunque las dos tenían una leyenda que decía amablemente: «No golpee. Entre». Decidí que el condiscípulo de un Comisario todavía joven debía ser un burócrata todavía joven, máximo, Gerente Departamental, y me encontré con los ojos celestes más bellos y la sonrisa más falsa que haya visto en mi vida, todo, inserto en la cara perfecta de una joven secretaria que si no era la Reina de la Asociación de Empleados de Imperial, etc. allí no había democracia. Todavía con la sonrisa profesional, me preguntó amablemente:

  —86→  

-¿Señor?

Antes de que yo le contestara, sus ojos, como dos inmisericordes reflectores ya habían recorrido mi traje, cuello, corbata y zapatos, con el resultado de que decidió no seguir malgastando en mí su sonrisa profesional, que borró de un plumazo como quien dice.

-Así es mucho más hermosa -le dije.

-¿Cómo dice?

-Sin la sonrisa, digo.

-No me pagan un sueldo para ser hermosa -dijo-, sino para trabajar.

-Entonces trabaje y anúncieme al Dr. Quiñónez.

-Primero me tiene que decir para qué.

-Se lo diré al Dr. Quiñónez.

Me miró con una paciencia que le agradecí debidamente, porque algo me decía que estaba empezando mal.

-Escuche, señor -me dijo-, no le pregunto por curiosidad. El caso es que tengo que pulsar este botoncito, aquí, ¿ve? Y por este agujerito sale la voz del Dr. Quiñónez que me dice: ¿Si? Y yo le digo que aquí está un caballero que desea verlo. Y él me dice: ¿Qué quiere?

Me miró con sus grandes ojos amables, después de todo, y preguntó.

-¿Qué le digo?

-Trabajo.

-¿Qué?

-Es lo que Ud. debe responder cuando él le pregunte: ¿Qué quiere?

-Buenas tardes -me dijo.

  —87→  

-Buenas tardes -le contesté.

-No le digo porque acaba de llegar, sino porque se está marchando -explicó.

-Un momentito, señorita. Si soy torpe perdóneme. El caso es que tengo una carta para el Dr. Quiñónez.

-¿De quién?

-De un condiscípulo suyo -le informé-, Comisario.

Me miró con desdén, de modo que me apresuré a agregar:

-Si Ud. lo viera no creería que es Comisario. Se parece a Alain Delón. Y es abogado.

Dudó un momento, después decidió que valía la pena hacer por mí su buena acción del día, suspiró, apretó el botoncito y se reprodujo el diálogo electrónico con que me había aleccionado. Generosamente ella pasó por alto que el motivo de mi visita era pedir trabajo y cortó por la tangente diciendo es portador de una carta personal. El agujero permaneció unos segundos en silencio y cuando yo creí que diría que pase, lo que dijo fue tráigame la carta.

Sin decir palabra, ella me tendió sus delicadas manos y yo deposité en ellas la carta, perdido ya el 80% de la confianza en mi buena suerte, o en la influencia de mi amigo el Comisario, que es lo mismo.

Se levantó, dio dos golpecitos innecesarios en una puerta y entró con mi carta. Volvió enseguida, sin mi carta. Me sonrió, bendita sea, para darme ánimos, giró su silla, enfrentó a la máquina de escribir y se puso a teclear con una velocidad increíble, la cabeza pulida inclinada graciosamente sobre el manuscrito que estaba copiando.   —88→   Decidí favorecerla con mis preferencias sentimentales cuando fuera empleado de la empresa. Se lo merecía. Se sorprendió, pero no se dignó preguntarme la razón de la risotada que se me escapó.

Por el consabido agujero salió la voz del Dr. Quiñónez.

-Que pase.

Ella se levantó, abrió la puerta y cuando yo entraba, susurró:

-Suerte.

Me sentí confortado. Es grandioso el poder de una sola palabra cuando es sincera.

El Dr. Quiñónez era el sueño de esas mujeres que confiesan cual es su tipo ideal de hombre: 35 años, alto, atlético, rubio, feo-divino como Belmondo, y creo que lo sabía, porque en ningún momento dejó de mirarme con esa mirada divertida-burlona de Belmondo.

Me ofreció asiento, y supe que el hombre era tan seguro de sí mismo que no apelaba a la trampita del asiento más bajo para el visitante. Quedamos al mismo nivel. Lo que al final resultó otra trampita, porque me hubiera sentido mejor sentado más bajo que esa montaña de personalidad y eficiencia.

Tenía mi carta abierta sobre la mesa. El sobre ya estaba en el canasto. Me miró. Y no me gustó nada. La mirada burlona o qué, algo me decía que aquél era un hombre cruel. En otra vida habría sido un gato, si los hindúes tienen razón.

-¿Y bien?

  —89→  

Yo no tenía idea de lo que decía la carta, porque el Comisario me la entregó cerrada.

-¿No dice la carta...?

-Dice que es un joven inteligente.

Gracias, mi buen Comisario.

-Bueno, doctor, el caso es que este joven inteligente necesita trabajo.

-Me parece bien. ¿Y bien?

-¿Y bien qué?

-¿Y bien?

Ahí estaba su sistema felino. Decía: ¿Y bien?, y era el gato que martirizaba a la laucha, hiriéndola de a poquito, sin que sangrara mucho, para que dure.

-Todo se reduce, doctor, a que necesito trabajo. No hay «Y bien» que tenga otra respuesta.

Rogué que no me dijera de nuevo: ¿Y bien? Y mi ruego fue escuchado.

-¿Qué sabe hacer?

-Soy Bachiller.

-No le pregunto qué es, sino qué sabe hacer.

Sutil el Micifuz, lo odié con toda mi alma. Pero no lo demostré. Ya sabría de mí cuando yo fuera su jefe.

«Cretino» -me dije.

-Depende de lo que la Empresa espera de mí -dije pomposamente.

-¿Sabe inglés?

-No.

-¿Francés?

-No.

  —90→  

-¿Portugués?

-No.

-¿Dactilografía?

-No.

-Pero al fin. ¿Qué diablos sabe hacer?

Cavilé la respuesta. Y ahí estaba la respuesta. Lo único que yo sabía hacer era sentarme a cavilar respuestas. Nada práctico.

-Podría aprender...

-Esto no es una escuela, amigo.

-Podría empezar como mensajero...

-Tenemos teléfono y télex.

-Entonces... -dije, levantándome.

-Siéntese -su voz sonó como un zarpazo impaciente.

Me senté, pobre laucha. Y continuó:

-Si Ud. no sabe hacer nada... ¿cómo quiere que lo emplee en algo?

Lógica irrebatible. Me levanté de nuevo jurándome que no volvería a sentarme así me arrancara las tripas.

-¿Puedo pedirle un favor? -me dijo.

-¿Qué me tire por la ventana para no ensuciar sus alfombras al salir? -le pregunté.

-Tiene sentido del humor.

-Y un diploma de Bachiller pajuerano -le repliqué, pensando que ambos no valían nada.

Había sacado la billetera, y me alargaba dos billetes bastante grandes. Si existe humillación es que a uno le nieguen trabajo por ignorante, pero si a eso se suma que le den dinero...

  —91→  

Debió notar mi furia.

-Oh -dijo con un revoleo de manos-, no es para Ud.

-¿Para quién?

-Para Celina.

La carta. Claro. Los benditos tiempos de jolgorio estudiantil y Celina, la complaciente Celina, rebotando de una a otra cama.

Había puesto el dinero sobre la mesa. La suma daba para comprar una independencia de quince días, siempre que me la guardara, desde luego. Analicé su personalidad de gato. ¿No era una prueba? ¿No me había leído ya el pensamiento de apropiarme de aquello, y esperaba un gesto honrado para decirme: Lo felicito, amigo, es Ud. un joven cabal. Venga desde mañana, a las siete?

Aposté a mi suerte y dije:

-Será imposible, doctor, no creo que la vea en el futuro.

Fallé, porque dijo qué pena y se guardó el dinero.

Y yo me fui con la renovada conciencia de que no servía para nada. Para nada útil. Y para estafador tampoco. Brillante porvenir me esperaba.

Mi estado de ánimo no era el más propicio a las relaciones humanas cuando aterricé de nuevo ante la secretaria, que interrumpió el tecleo y me miró con auténtico interés, con una límpida pregunta flotando en sus ojos claros.

-Cero -le dije.

Noté su pena. Y sentí furia porque sintiera pena. La ataqué:

  —92→  

-¿«Vuparléfrancé»?

-Oui.

¿«Spikiinglish»?

-¡Yes!

-¿«Vocéfalaportugués»?

-.

-¿«Parlaitaliano»?

-¡Prego, prego!

¡Como en las películas!

-¿Cuántos años tienes, amor mío?

-Veinte.

Y yo casi dos más, pero no sabía ni la décima parte de lo que ella sabía. Recordé mi diploma de Bachiller y sentí asco.

-«Auffidensen» -le dije, me iba.

-¡Espera! -me detuvo.

Me detuve. Y ella se levantó, y tomó la cartera, y la abría y se acercaba a mí y decía:

-Si puedo hacer algo por vos...

-Puedes.

-Tengo un poco de...

-Puede cerrar la cartera.

-¿Cómo?

-Todavía no he caído tan bajo como para aceptar favores de una mujer.

Al decirlo, recordé a Celina y me sentí infinitamente hipócrita. Pero qué joder. La cosa tiene gradaciones. Con Celina la hidalguía era un desperdicio. Con esta buena moza, alimento para el ego.

Cuando regresaba por el pasillo rumbo al ascensor, el Sumo Sacerdote seguía oficiando y la pila de la derecha ya estaba más alta que la de la izquierda.



  —93→  

ArribaAbajo- XI -

De nuevo en la calle, miré sobre mis hombros y vi alzarse la inmensa mole de Imperial Sociedad por Acciones. La fortaleza que el pastorcito tocador de flauta quiso conquistar, con su señor feudal que ronroneaba en su cueva con calefacción y aire acondicionado, y con su Princesa Encantada que hablaba cuatro idiomas, escribía 90 palabras por minuto, probablemente fuera taquígrafa y Licenciada en algo, y a pesar de todo eso, tenía corazón. Lamenté no haberle preguntado su nombre. Los bellos recuerdos y las ilusiones están más completos cuando tienen un nombre. Decidí inventarle uno, el más femenino posible: Perla.

Volví a mirar los once pisos de la Imperial Sociedad por Acciones. Y me sentí aplastado dos veces, por lo enorme que era aquello que me rechazaba por inútil, y por lo planchado que yo me veía con mi única especialidad de cavilador impenitente.

Adiós Perla, quizás nos volvamos a ver en otra vida, porque lo que me queda de ésta no creo que alcance   —94→   para reunir todo el currículum necesario para pasar más allá de la portería de Imperial Sociedad por Acciones.

Ejercí otra de mis especialidades. Es decir, caminé sin rumbo, pensando en cuestiones prácticas inmediatas, como dónde cenar y dónde dormir, problema todavía más delicado, porque el frío de agosto se iba acentuando con el atardecer. Sobre la acera y protegidas del viento, estaban puestas las mesas de una chopería y todo lo demás. Me senté en una de las mesas y se acercó un mozo que me preguntó qué me iba a servir y le contesté que nada gracias, que por el momento con la silla me bastaba. Me miró con su cara vieja, malhumorada y bien afeitada y me dijo que para tener derecho a la silla debía pedir algo, por ejemplo, un cafecito. Le confesé que no tenía para un cafecito, y le conté que andaba buscando trabajo y le pregunté si no necesitaban un mozo auxiliar. No lo necesitaban. Entonces me levanté para liberar su silla de mi arbitraria presencia y me dijo quedate ahí que te traigo algo.

-No tengo dinero -le reiteré.

-Ya sé -me dijo-, te invito yo, me recuerdas a mi hijo.

Me trajo una gaseosa y una empanada grasienta, y se quedó a conversar conmigo.

-¿Su hijo murió, don?

-No. Vive y gana mucha plata. En Grecia.

Viejo de tipo fabulador, le clasifiqué. Ahora me vas a contar que tu hijo se casó con una prima de Cristina Onassis. Me dispuse a escucharle, por la silla y la empanada.

  —95→  

-Al principio no le fue bien -relató-. Se lesionó en el primer partido que jugó allá. Y tuvo que dejarse de la pelota.

Y la cosa siguió. La Providencia había sido previsora, porque las aficiones del hijo se dividían entre el fútbol y el arpa. Y el desenlace feliz fue que desenfundó el arpa que había llevado por si acaso, formó un conjunto nativo con dos griegos y un italiano, se vistieron como los europeos creen que visten los paraguayos y empezaron una carrera fulminante cuyo punto más alto era haber cantado para el «Rey Reinerio». Sacó del bolsillo una foto en colores, y allí estaba el conjunto paraguayo rodeando al gordo y aburrido soberano de Mónaco. Y Grace, la única Princesa en el mundo que sin ser Princesa de sangre era la que más planta de Princesa tiene en toda Europa, donde todas las Princesas tienen cara de mucamas, al menos si nos atenemos a las revistas españolas.

-Así que busca trabajo -preguntó.

-Sí.

-¿No sabe tocar el arpa?

-No. Tampoco sé jugar al fútbol -confesé.

Me miró con lástima, diciéndome con los ojos que yo era un caso perdido. Alguien lo llamó de una mesa y me dejó con la sensación exacta de que sí era un caso perdido.

Entonces apareció ella.

Celina.

Estaba casi elegante con aquel vestido. Y casi hermosa, con su desbordante hermosura de vaca holando,   —96→   pero con cintura.

-¿Me estabas siguiendo? -le pregunté enojado.

-No -dijo-, a mí me parecía que vos me estabas esperando.

-¿Esperarte? ¿Por qué?

-Yo aparezco siempre por aquí.

-No sabía.

-Entonces es una casualidad -determinó, sentándose en la otra silla y palmoteando enérgicamente, llamando al mozo.

El mozo vino.

-¿Le estás aplaudiendo a tu macho? -le preguntó a Celina, amablemente.

-No. Le estoy llamando a un mozo pajero -replicó ella con la misma sutileza.

-¿Lo de siempre? -preguntó el mozo.

-Lo de siempre -confirmó Celina.

-¿Y para él? -volvió a requerir el mozo, señalándome.

-¡No quiero nada! -afirmé.

Poco después volvió «con lo de siempre», que era un robusto vaso de jugo de banana en leche para Celina. Y el timbrecito de la caja que Celina miró y dijo que cómo subió mi jugo, a lo que el mozo contestó que no había subido, sino que había incluido una gaseosa y una empanada que había consumido el señor. O sea yo. Viejo desgraciado -pensé-, poca cuerda tiene su generosidad en honor a su hijo futbolista-músico.

Después de zamparse su bebida y sin preocuparse del bigote blanco que la leche pintó sobre su boca roja, me preguntó cómo me había ido. Con alguien tenía que   —97→   desahogarme, y le conté la historia de mi fracaso con la carta del Comisario al doctor Quiñónez y de paso le dije que los dos le mandaban cariñosos recuerdos.

-Además hice varios descubrimientos -le dije-. Primero: mi diploma de Bachiller vale un carajo. Segundo, no sé inglés, ni francés, ni dactilografía, ni portugués. Tercero: soy una nulidad.

Me miró seriamente, sopesando la enormidad de mis falencias frente a las exigencias del mundo. Y finalmente dijo:

-Tenemos que hacer algo.

El plural me molestó, por lo que implicaba.

-Tengo que hacer algo -le corregí.

-Eso es lo que digo -me confundió.

Yo iba a replicarle que si mal no recordaba yo me había marchado de su casa y desaparecido de su vida esa misma mañana, cuando noté que ella miraba más allá de mí y decía que tenía que irse. Miré yo también más allá de mí y vi un coche bastante lujoso manejado por un señor bastante maduro que me pareció trataba de hundirse con bastante éxito en el asiento mientras esperaba a Celina.

Celina dejó el importe de la consumición sobre la mesa y se levantó con prisa, y se iba con prisa cuando se volvió y me dijo:

-Después hablamos -se iba, se volvió, y agregó-: Te dejé la cena.

Subió al automóvil que arrancó como alma que lleva el diablo. Aquel hombre tenía una gran urgencia o un gran miedo.

  —98→  

¡Te dejé la cena! No había forma más ofensiva y agraviante de decirme que no confiaba absolutamente en la fortaleza de mis decisiones.

Caminé furioso por las calles de la ciudad. La maldije, la agravié, la insulté. Tiempo después oí en algún lugar que daban nueve campanadas y el frío arreciaba. Seguí caminando todavía fastidiado y herido, y así me sentía, fastidiado y herido, cuando cerca de medianoche bajaba cuidadosamente los escalones tallados en la tierra dura que me llevaban de vuelta a la casa de Celina.

Después de todo... ¿adónde más podía ir?

Los hombres y los pájaros...

...¡Qué lo parió!



  —99→  

ArribaAbajo- XII -

Dios es testigo de que no me di por vencido. Persistí como un poseído en la búsqueda de un trabajo decente, y Celina me dejaba hacer, limitándose a hospedarme y a alimentarme. No me dejé abrumar por la derrota ni cuando eso de «trabajo decente» se redujo a simplemente «trabajo». Cualquiera que me diera independencia, y una cabecita de playa en la conquista de la ciudad, o un lugar mío donde «volver como los pájaros».

Estuve con posibilidades de entrar como dependiente en una tienda, sección Caballeros, pero fracasé porque no sabía distinguir un pacato casimir inglés de un vulgar terilene brasilero. Una semana después, se me abría el paraíso cuando un gordo abogado me aceptó como ordenanza de su Estudio Jurídico, en realidad, varios Estudios Jurídicos instalados en la misma casa, que era propiedad de mi futuro empleador. Me ofreció un sueldo de miseria que yo acepté de inmediato porque con el sueldo venía el permiso para poner un catre en una piececita del fondo donde me autorizaba a instalarme, y con el júbilo del caso,   —100→   estaba pensando ya en pedirle el último préstamo a Celina para la compra del catre y del colchón, cuando sentí que la gorda mano de mi futuro patrón me exploraba la entrepierna, tentando tamaño y peso de mis atributos masculinos. Nuevo fracaso.

Sucesivamente, un despachante de aduana me rechazó porque no sabía dactilografía; un escribano por la misma razón y un médico que regenteaba un laboratorio porque no entendía su letra cuando me mandaba a comprar elementos para su trabajo. Una ferretería no me aceptó como cajero porque no podía dar «referencias» y mucho menos «depositar garantías».

Fue entonces que rebajé mis pretensiones de hallar un trabajo decente por una más modesta de encontrar simplemente trabajo. Audazmente me presenté como «Oficial Herrero» en una herrería «artística». Dicen que el optimista se define porque se le oye decir que «no existe lo imposible». Quisiera ver yo a ese optimista tratando de convertir en graciosa voluta una varilla de hierro al rojo blanco, con una tenaza en una mano, un martillo en la otra y con un yunque delante. Yo hice la experiencia y volví a Celina con una quemadura en la mano, y en el alma humillada, el eco de las burlas de aquellos modernos y groseros sacerdotes de Vulcano.

En otra ocasión, vagando por el Mercado, oí que «Ña Josefa necesitaba un muchacho». Averigüé y llegué hasta ña Josefa, una mujer inmensa que regenteaba un puesto de venta al por mayor de papas y cebollas. El trabajo consistía en manejar un híbrido vehículo, mitad   —101→   moto, mitad camioneta enana, acarreando papas y cebollas desde el depósito hasta el puesto de venta. Si ella me hubiera preguntado si yo sabía manejar aquella mula mecánica tal vez haya dicho que no. Pero no me preguntó, me tiró la llave y me dijo empezá de una vez. Empecé y terminé de una vez, despatarrado en el suelo, con las piernas quemadas por el caño de escape, y con la moto o lo que sea, rugiendo triunfalmente, en aceleración máxima, sobre el montón de desperdicios en que se había convertido el mostrador de exhibición de artículos electrónicos de un japonés. Logré escabullirme antes que llegara la Policía.

Durante un año exacto, transité de humillación en humillación. Descubrí que hasta para lo más ínfimo, como vender quinielas, loterías o rifas, era necesario un mínimo de solvencia y confiabilidad, totalmente lejos de un sujeto que como yo, sólo tenía lo puesto. No pude entrar en la hermandad de carameleros, y el único trabajo que conseguí, fue el atender de 12 a 15 un puesto de revistas, mientras su dueño iba a almorzar y a hacer la siesta. Lo dejé.