—219→
Estábamos los tres en un salón de grandes dimensiones, de estilo europeo, con una inmensa chimenea donde se apilaban troncos que nunca arderían, tomando un aperitivo antes de cenar, y yo sintiéndome algo así como una pelota humana de ping-pong, traduciendo lo que decía el anfitrión para el huésped y el huésped para el anfitrión, cuando conocí a la hija de don Roque Serviliano. Una belleza, y si quienes me leen presumen que inmediatamente empecé a tejer fantasías de novela rosa, dan en el blanco. Esa belleza era el medio más directo y agradable de llegar al piso once del Edificio Imperial.
Alta, garbosa, morena, de esas que tienen grandes pechos y saben que los tienen y usan escotes atrevidos, el rostro oval bajo su negra cabellera suelta, parecía una aparición. Me la presentó el padre, pero no hubo en sus ojos nada de ese misterioso deslumbramiento que sacude a la mujer cuando por fin encuentra el hombre soñado. Nada. Me pasó la mano y yo se la estrechaba y murmuraba que mucho gusto mientras ella miraba al padre y le —220→ decía que subía a vestirse porque vendría Ricardo a buscarla. El padre le dijo que bien y ella dejó caer mi mano y subió las escaleras con un movimiento de cinturas que era toda una sinfonía. Y si hubo alguien que estuvo tan hipnotizado como yo por aquel contoneo, era el gringo que la miraba irse y masticaba un trozo de hielo con ruido bastante desagradable.
Poco después llegó Ricardo. Ricardo Valiente. Vicepresidente del Directorio de Imperial Sociedad por Acciones. Importaciones. Exportaciones. Representaciones. Marítimas. Lo odié inmediatamente, porque sentía que me estaba arrebatando algo, y no voy a decir que no sabía qué, porque sabía qué: un lugar en el piso once, y por añadidura, en la cama de la bella Susana del Pozo. Por lo demás, era más atlético que yo, más alto que yo, más apuesto que yo, y tenía una de esas manos que sólo tienen los aviadores y los jugadores de polo, grandota, cuadrada, áspera, dura. Y también era Economista, pero con título de Master en Berkeley, California. Poca cosa.
Su llegada, y la espera a que se vio obligado mientras la bella se vestía, me trajo algún alivio, porque empezó a hablar animadamente en inglés con el gringo de la Victrola, Mr. Roberts realmente, sobre la caída del dólar y la prudencia de convertir en francos suizos o marcos alemanes o de invertir en oro y propiedades.
Por fin bajó la bella, y entonces aprendí algo nuevo: que las escaleras y la mujer forman una misteriosa alianza. Cuando la mujer sube por ellas, revela todo de su poder de seducción carnal. Cuando baja, sobre todo como bajó —221→ ella, airosa, majestuosa, parece un ángel que viene del cielo. Dijo hasta luego a papá con un beso, dedicó una generosa sonrisa al visitante y no se dio por enterada de que yo estaba ahí. Por lo demás, para terminar de amargarme la noche, Ricardo me trituró las manos al despedirse, y sonreía con malevolencia al hacerlo, como diciéndome la próxima vez no mire tanto, hijo.
Ya llegará mi turno, papá -pensé. Pero mi turno nunca llegó, aunque entonces yo ni presentía que todo iba a terminar en fracaso, ni que esa noche empezaba la serie de acontecimientos que parecían elaborados deliberadamente para amargarme la existencia.
Fue la cena más aburrida que recuerdo, hartándome de detener el tenedor o la cuchara a medio camino para decir a Mr. Roberts lo que le decía don Roque Serviliano y lo que le contestaba aquél a éste. Y cuando terminó y fui a casa, los dos me agradecieron efusivamente, y don Roque Serviliano me pidió mi número de teléfono para «llamarle uno de estos días». Se lo di. Lo anotó y lo perdió o lo tiró. Jamás me llamó.
Pero no soy de los que claudican sin lucha, y como Mahoma no venía a la montaña, la montaña iría a Mahoma, es decir, decidí a hacerle una visita en su despacho del piso once a don Roque Serviliano.
Era más difícil de lo que pensaba, y lo comprobé cuando subí al ascensor, pulsé el botón del piso once y el aparato se detuvo en el piso diez. Pensé que había equivocado el botón e insistí con el del piso once... y el ascensor me condujo velozmente, y sin parar en piso alguno, a la —222→ planta baja. Milagro de la ingeniería electrónica, aquel ascensor estaba condicionado para poner en su lugar a los impertinentes que tenían la pretensión de subir al piso once.
Pero una dificultad así no me iría a acobardar. Abordé al portero y le expliqué que había querido subir al piso once y que el ascensor se negaba a pasar del décimo. Me explicó que «ese» ascensor no llegaba al piso once, sino «aquel otro», pero para abordarlo tenía que pasar por encima de su cadáver. Era de uso exclusivo del señor Presidente y de los visitantes que él citaba. Le dije que tenía una cita, y me pidió el nombre y se lo di, y llamó por un teléfono interno por el que habló dos minutos, colgó, me miró moviendo la cabeza como diciéndome muchachito travieso y fue a ocuparse de otra cosa.
Pensé que un nuevo intento valía la pena. Subí de nuevo al ascensor mentiroso y llegué al piso diez. Y efectivamente, como tenía previsto, del piso diez partía una penumbrosa escalera que no podía conducirme a otra parte que al piso siguiente. Efectivamente, arribé por fin al bendito piso once, anduve por un largo pasillo y enfrenté una puerta que no necesitaba tener un letrero de «Presidencia» porque era una puerta de Presidencia, de pesada madera tallada, con un picaporte dorado y peso aproximado, entre las dos hojas, de una tonelada. Al costado, haciendo ángulo, otra puerta menos lujosa tampoco decía Secretaría, pero debía serlo, porque detrás se oía el rumor de una máquina de escribir. Golpeé discretamente, la máquina de escribir calló y abrió la puerta una —223→ dama que podía tener cualquier edad entre 30 y 60 años, tan poco humana parecía en su pulimentada imagen. No me preguntó cortésmente algo así como qué desea señor, sino agriamente:
-¿Cómo diablos llegó hasta aquí?
-Subiendo -quise hacerme el gracioso.
-Entonces ya está bajando -replicó. Mente ágil, la de la mujer sin edad.
-Es que tengo una cita.
-Mentira. El patrón me lo hubiera anticipado.
-Se olvidó. ¿Es humano, no?
-Mire, joven -dijo, ella sosteniendo la puerta, yo de pie en el pasillo-, si don Roque hubiera sido de los que olvidan citas no hubiera estado donde está.
Como había un tinte de adoración en su voz, pude encasillarla en mi catálogo de personajes arquetípicos. Vieja secretaria enamorada de su viejo patrón, sublimado amor de solterona, a mil años luz de todo toque sexual. Posiblemente el viejo patrón lo sabía y lo dejaba correr con agrado, porque le ayuda a sentirse joven, como el coche casi sport.
-Si por lo menos tuviera la gentileza de pasarle mi tarjeta, señorita.
Creo que lo de «señorita» despertó cierta dosis de buena voluntad. La suficiente para mirar con esforzados ojos miopes la tarjeta que yo sostenía frente a sus narices. Me miró después de leerla:
-¿Doctor?
-Sí.
—224→-¿Médico? -había un poquito de respeto en su voz.
-Economista.
-¡Ah! -su tono de respeto descendió unos puntos.
-Estoy seguro de que don Roque se alegrará de verme.
-Yo no.
-¿Probamos?
-¿Qué tipo de relación tiene Ud. con él?
Le conté de los apuros que había sacado a su patrón cuando estaban atrapados con Mr. Roberts, por la barrera del idioma. Y de su invitación a cenar. Y de lo amable que fue conmigo Susanita. Y finalmente, de que don Roque Serviliano me había dicho que lo visitara en cualquier momento, sin protocolo. Parece ser que la mención de Mr. Roberts, a quien conocería, y de Susana, la hija del patrón, la convencieron. Atrapó mi tarjeta, me cerró la puerta en la cara y fue a anunciarme. No tardó ni dos minutos. Sonreí ajustándome el nudo de la corbata cuando la oí volver. Pero no me dijo pase adelante doctor. Me devolvió la tarjeta, murmuró que vuelva otro día y cerró la puerta. Vuelva otro día. Lo que se dice a un mendigo cuando no se tiene monedas.
Bajé por la escalera al piso diez y por el ascensor hasta el piso siete. No me iría sin una satisfacción mínima, como ver a Perla. Entré sin llamar porque ahí seguía el cartelito, y no era Perla. Aunque también era elaboradamente hermosa como Perla.
-¿Señor?
-Perdón, buscaba a la secretaria.
-Soy yo.
—225→-No. No es Ud. Perdón, quise decir que no es Ud. la persona que busco.
-¿Trabaja aquí?
-La última vez estaba sentada en esa misma silla.
-¡Ah, esa! -había un matiz de desprecio en su voz, y siguió-, se refiere a Anselma, la anterior secretaria.
-La misma -confirmé, notando que no había acertado en el nombre, pero de igual modo, Anselma también era bonito.
-¿Qué es Ud. de ella?
-Es mi novia. Pero ella no lo sabe aún.
-¿Me está tomando del pelo?
-No. ¿No oyó hablar de que los hombres tenemos la mujer de nuestros sueños? Ella es la mía.
Me miró con esa burla que hay en los ojos de las chicas que saben todo, enfrentadas a varones que no saben nada.
-¡De modo que anda buscando la mujer de sus sueños!
-Anselma.
Más burla en aquellos ojos juveniles femeninamente sabios.
-Le daré la dirección. Pero no diga que yo se la di, ¿eh?
Sospeché que me estaba utilizando. Bueno, yo también. Me estaba vengando en ella de toda la Firma, de todo el edificio.
-Edificio Palmar, Departamento B. Piso cinco -informó, y yo anoté.
-Gracias, es Ud. muy gentil.
-¡No sabe cuánto! -y otra vez la risa, pero ya abierta. Un —226→ poquito crispada, de mujer despechada, tal vez.
Me estaba tratando como a un chiquillo soñador. En el piso once me habían tratado como a un mendigo. Decidí mostrar que era un hombre de mundo.
-¿Quién es él? -pregunté por el costado de la boca, como un detective.
-¿Él? -se sorprendió.
-Se está burlando de mí, y de mis sueños. Piensa en mí como un cornudo lírico, ¿no?
-Bueno...
-No terminé. Y Ud. le tiene rabia a Anselma.
-Sí. ¡Es una perra!
-Cuénteme, ¿quién es él?
-¿Para qué?
-Para hacer sufrir a los dos.
-¿De veras? Vamos. ¿Qué tiene que ver Ud. con la firma?
-Soy el intérprete personal de don Roque.
-¿Y amigo de Susana?
-Jugamos tenis todos los jueves.
-¿Y amigo de Ricardo Valiente?
Adiviné la razón del rencor.
-No mucho. No me cae bien.
-A mí tampoco -dijo.
-Mentira -repliqué-, Ud. fue secretaria de Ricardo Valiente. Ricardo Valiente vio a Anselma, le gustó y hubo un trueque. Ud. dejó de ser secretaria del Vicepresidente y bajó aquí al piso siete, y Anselma subió al piso once.
-¡Pero no sabe todo!
-Sí sé todo. Anselma dejó de ser secretaria porque —227→ Ricardo le puso un departamento. ¡Otra materializando su sueño, hijita!
-¿Es Ud. un brujo?
-Me falta un poco para recibirme.
-¿No va a contar que yo...?
-Soy una tumba para los secretos femeninos. Adiós.
Esa misma noche, sin necesidad de acechar mucho, comprobé que efectivamente Anselma recibía en su coqueto departamento al afortunado Ricardo Valiente. Llegó manejando su Volvo, le puso llave en el estacionamiento y subió con todo el aire de quien piensa quedarse toda la noche. Fui a cenar a un restaurant del centro, y a la vuelta, pasé de nuevo por ahí. El Volvo todavía estaba a la espera y arriba, en la ventana que correspondía a Anselma, un tenue resplandor hablaba de un velador rosado a cuya luz se ve también todo rosado. Hombre de suerte. Por lo menos, hasta que yo sacudiera un poco la monolítica estructura de Imperial etc. -me dije, y fui a dormir.
Es decir, fui a acostarme, porque no logré dormir. Había tropezado con una nueva experiencia. Tenía, desde luego, aprendido que el dinero abre todas las puertas, pero no las de los que tienen más dinero. Buena lección para un presuntuoso -reconocí-, pero al mismo tiempo, suficiente motivo para detonar la indignación de un hombre que, como yo, tenía la justa medida de sus grandes méritos. Recordaba que cuando niño, tenía un amigo, Sotero, hijo del Juez de Paz. Tenía pasión por los pájaros. Trataba de cazarlos vivos, pero cuando no lo lograba, los mataba con —228→ un rifle de aire comprimido. Algo de ese cazador de pájaros tenía yo: o te pliegas a mi voluntad o mueres. Claro que no iba a matar a nadie, pero no los dejaría tan orondos en su podredumbre. Joven demonio. En buena hora.
Al otro día, no me costó nada averiguar que Susana tenía una boutique en el centro. Me extrañó un poco. Porque la heredera de aquel leviatán de once pisos no necesitaba ganarse la vida, aunque bien pudiera ser que fuera un carácter independiente y haya obligado a papá a montarle su propio negocio.
Cuando llegué allí, comprobé que papá había sido generoso. Boutique montada a todo lujo, con estanterías repletas de artículos finos de París, de Berlín, de Barcelona. Nada de Taiwan ni de Hong Kong. Un pequeño mostrador y amplios divanes donde sentarse a conversar sobre las últimas tendencias de la moda. Cuando entré, sonaron unas delicadas varillas de cristal movidas por la puerta. El lugar estuvo desierto, pero no esperé mucho, porque se abrió una cortina que daba a misteriosas dependencias interiores y apareció Susana, abrochándose la blusa y un poquitín despeinada, casi fuera de tono en aquella capilla de la elegancia femenina. Me miró dudando y de repente recordó:
-¡Ya! -me apuntó con el dedo como una pistola-. ¡Ud. es el intérprete de papá!
-Oh, aquella vez fue ocasional. Soy Economista.
-Muy bien. ¿Y a qué se dedica?
-Negocios inmobiliarios.
—229→-¿Viene a venderme un lote?
-No vengo a vender nada.
-¡A comprar algo para su novia!
-No tengo novia.
-No vendo artículos masculinos.
-Tampoco los necesito.
-¡Entonces viene a verme a mí!
-Exacto.
-¿Para qué carajo?
Fina. Fina. No era. Más bien brava. Ya apagaría yo esa bravura.
-Pasando por alto su boca sucia, vine a hacerle un favor.
-¡No me diga! ¿Y en qué consiste?
-Primero. En que venero y respeto a su señor padre.
-Yo no. Es un viejo puñetero.
-Yo sí. Me siento obligado hacia su familia.
-¡Yo soy su única familia!
-Por eso digo. Lo que me preocupa y conturba, se refiere a Ud.
-¡Vaya!, ¡consiguió ponerme curiosa! ¿Qué es?
-La engañan.
-¡No!
-¡La insultan!
-¡Jesús!
Aquel retintín de burla no me gustaba nada.
-Me refiero a su novio. A Ricardo Valiente.
-¡Cuénteme! ¡Cuénteme!
Le conté con lujo de detalles sus amoríos con Anselma. El departamento, la luz rosada. Todo. Suspiró —230→ profundamente, y creí que empezaba a derrumbarse. Me equivoqué.
-¡Oh vida cruel! -dijo-. ¡Tan cierto es aquello de que el que las hace, las paga!
Tono dramático totalmente falso. Sarah Bernhardt interpretada por una aprendiza.
-¿Me toma del pelo? -pregunté innecesariamente, porque estaba seguro que sí.
-Nooo -murmuró-, me siento impelida a decirle la verdad. A Ud. generoso corazón. ¿Se lo digo?
Miró para todos lados como buscando oídos indiscretos. Estaba gozando creyendo que yo me lo tragaba. Estaba jugando conmigo.
-Dígame -dije, procurando encontrar la manera de jugar yo con ella.
-¡Yo-también-le-engaño-a-Ricardo! -dejó caer.
-¡No! -rugí.
-¡Sí! -sollozó. Ni eso sabía fingir, la perra.
-¿Con quién? -pregunté angustiado.
-¡Está allí! -me señaló las misteriosas dependencias interiores, y luego, llamó-: ¡Amor!, ¡ven aquí!
A pesar mío, me sentí realmente interesado. Por lo menos conocería al sujeto que le ponía cuernos al rotundo Ricardo Valiente. Pero no salió ningún sujeto, sino una muchachita espigada, rubia y femenina hasta la exageración. Susana la atrajo contra su pecho, le susurró algunas cositas al oído, ella se retorcía gimiendo de cosquillas deliciosas y de repente, Susana sacó una lengua larga como una espada y la muchachita otra lengua larga como —231→ otra espada y empezaron a practicar una especie de esgrima, lingual, allí, delante de mí, que no salía de mi asombro, que ellas vieron, sintieron lo ridículo que éramos mi asombro y yo, y soltaron a dúo un par de carcajadas que removieron los humus más escondidos de mi humillación. Riendo a tambor batiente, parecían dos Satanases hembras, mofándose de mi inocencia.
Salí poco menos que a la disparada, y me detuve en la esquina. ¿Y ahora qué, señor «joven demonio»? ¿Ir a buscar a Ricardo y decirle que su novia es una puerca lesbiana? No, gracias. Podía suceder que el hombre sacara un marinero de su ropero. Me convencí que no podía contra Imperial etcétera.
De repente, sentí la urgente necesidad de ir a reposar mi cabeza en el ancho regazo de Celina, comparado con todo lo visto, un oasis de pureza y de inocencia. Pero hasta eso ya me estaba vedado.
—[232]→ —233→
Han pasado casi dos años de mis últimos apuntes, y tratando de continuarlos, trato de aclarar recuerdos, por los cuales concluyo que si algún sedimento dejó en mí la frustrada aproximación al Edificio Imperial, fue en forma de feroz determinación de tener más dinero. Dinero sin límites, fluyendo en caudaloso torrente, no con la espesa seguridad con que fluían los intereses que depositaban los hermanos Gauto, ni el mísero goteo de mi negocio inmobiliario. Dinero, más dinero. Sueño, angustia, ambición, obsesión. Dinero para demostrarme y demostrar que si no tenía cabida en el Edificio Imperial, podía darme el lujo de construirme mi propio edificio. De doce pisos, por añadidura.
Fue el principio de mi perdición. Sólo contaba con el nada despreciable Capital de los negocios inmobiliarios. Traté de convencer a los hermanos Gauto para que me otorgaran mayor libertad y más bienes que administrar sin trabas. No quisieron, no pudieron o tuvieron miedo de mi arrebatada, galopante ambición. Después de —234→ todo, estaban defendiendo la octava parte que les correspondería si yo heredara a don Baltazar, una perspectiva más segura que seguir poniendo más dinero a mi disposición. Argumenté, grité, rogué, halagué, prometí. Se mantuvieron inamovibles.
-¡Denme una razón! -les grité.
El Escribano no se inmutó, y me contestó con voz reflexiva.
-Doctor. En los negocios los impulsos audaces son sanos. La fiebre y temeridad no.
-¿Pero de dónde sacaron que yo tengo fiebre y temeridad?
-Tiene los síntomas -aclaró el hermano Abogado, y continuó-: Ha manejado su negocio inmobiliario con inteligencia admirable. Y ha ganado más que lo justo.
-¿Y bien?
-Quiere ir más adelante -habló el hermano Abogado-, ya no quiere ganar. Quiere acumular.
-Y eso ya no es inteligencia, sino pasión -contestó el hermano Escribano.
-Y no hay nada más dañino a una buena administración, que el temperamento exaltado.
-Entonces... ¿no?
-No -dijeron a dúo.
Decidí jugar la última carta.
-Pues bien, me llevan a tomar una decisión desagradable. Si por desgracia muriera Inocencio, y se cumpliera la transferencia de los bienes de don Baltazar, no me sentiré obligado a seguir manteniéndolos dentro del negocio.
-Tenemos la octava parte de la herencia -me recordó el —235→ Escribano.
-Y la octava parte del negocio inmobiliario, cuyo control contable llevamos gracias a sus informes periódicos -agregó el hermano Abogado.
-Pude haberles mentido.
-Sabemos que no lo hizo.
-¿Cómo lo saben?
-Tenemos otros controles. Lo malo de especular en tierras, es que todo pasa por Registros oficiales.
Tenían razón. No se puede mover un metro cuadrado sin pasar por una miríada de inscripciones y registros.
Y los dos hermanos eran hábiles como ratas de transitar por los tenebrosos pasillos burocráticos.
Tenía pues que dar el gran salto, desde el poco propicio trampolín de los bienes bajo mi administración personal.
Cuando se fueron, examiné la situación, llevándola a su extremo más simple. Existe una forma lícita de ganar dinero. Poco riesgo... y poco dinero. Existe una forma, mil formas ilícitas de ganar dinero. Mucho riesgo, y mucho dinero. Entonces todo se reducía a tener coraje, creí tenerlo, siempre que no lo estuviera confundiendo con obsesión o desesperación. Y a tener suerte. ¿Era yo un hombre de suerte? Una legión de hadas madrinas me habían acompañado en mi largo itinerario desde el rancho de desechos de la laguna hasta esta mansión que estaba a punto de ser mía.
La decisión no fue difícil. Hecho, hermano. Juguemos a ser Al Capone. Viajé a Santa Cruz y conocí —236→ cierto Hotel de segunda categoría que tenía una extraña clientela de extranjeros altos, curtidos, silenciosos. Pilotos, desechos de vaya a saber qué guerras que se atrevían a tripular feos aviones, también desechos de guerra como sus pilotos, en suicidas viajes sobre el continente obscurecido, sin radio, sin radar, sin nada, con el viejo cascarón trepidando y llevando la muerte blanca que va matando la civilización occidental y cristiana. Drogas. Traté de entablar conversación con ellos, hasta alcanzar el grado suficiente de confianza para decirles que tenía dinero que invertir en el negocio. Me resultaron tan herméticos como la Puerta de Tinhuanaku. Eran hombres con dos oficios: pilotar y callar. Y en frecuentes ocasiones, pilotar, callar y morir.
Ya me estaba cansando de aquel juego, cuando la casualidad hizo que una noche me encontrara cara a cara en el Hotel aquel, con el mismísimo Mr. Roberts, el gringo de la Victrola. Palideció como si hubiera visto un fantasma, y me hizo una pregunta bastante extraña:
-¿Me ha seguido?
¿Por qué no explorar por los meandros de su incomprensible miedo?
-Quizás -contesté con la palabra más ambigua que se me ocurrió.
-Supongo que es una cuestión de que conversemos -dijo.
-Nada se pierde -murmuré.
Conversamos. Y saqué inicialmente una conclusión. Me quería comprar. Le di un poco de cuerda para que siguiera hablando y me dijera por qué me quería comprar. —237→ Averiguación: creía que yo estaba al servicio de don Roque Serviliano. Y que lo seguía. Y cuando me vio se asustó. Conclusión: le estaba haciendo una perrada a don Roque Serviliano. Decidí jugar esa carta.
-Debo lealtad a mi patrón -le dije. Y di en el blanco, porque su miedo se acrecentó.
Por fin, lo supe todo. Don Roque Serviliano le había confiado dinero para adquirir en Amsterdam un buque de ultramar. Ahí estaba lo de «Marítimas» de la pomposa Firma. Mr. Roberts no había ido a Rotterdam, sino a Bolivia. Y estaba tratando de acrecentar para su beneficio el dinero de don Roque Serviliano. El barco podía esperar. Lo malo es que don Roque Serviliano había pedido una garantía a Mr. Roberts para entregarle el dinero, y el hombre había presentado una «certificación de honorabilidad» de un Banco de Nueva York. Quedar como un pirata con don Roque Serviliano no era gran cosa. Pero traicionar la confianza de un Banco de Nueva York, con innumerables sucursales por todo el mundo, era el desastre. Bastaba una carta de Don Roque Serviliano al Banco de marras informando que Mr. Roberts no se encontraba en Holanda donde debía estar, sino en Bolivia, donde no debía estar, para que el mundo se hundiera bajo los grandes pies de Mr. Roberts.
Me pidió precio por mi silencio. Le dije que no quería su dinero, sino multiplicar el mío. Discutimos, hicimos números en las servilletas de papel del Hotel, y por fin, decidió. Había tres «embarques», yo financiaría la mitad y él la mitad. Ganancias por partes iguales.
—238→Regresé a Asunción y en 12 días liquidé todo lo que tenía, convirtiéndolo en dólares. Volví a Santa Cruz y puse todo aquello en manos de Mr. Roberts. Nada de documentos ni contratos. Entre honorables hampones basta un apretón de manos. Además, yo era dueño del destino de Mr. Roberts. Al menos eso creía.
Y me equivoqué. Jamás volví a ver mi dinero ni a Mr. Roberts. Me había hecho su elaborado cuento, incluido el susto que parecía tan genuino, y me dejó en la misma situación del viejo aquel que no me dio su comida y se llevó mi valija, en una fría noche al pie del murallón del Congreso.
De vuelta a casa, hice cuentas de la situación. Perdido: 30 millones. En caja: cero. Pero yo ya tenía un impulso inicial. No podía detenerme. Debía ir adelante. No voy, me empujan, había escrito una vez. Y seguía siendo igual. Sólo que ahora me empujaban mis propios demonios.
Inocencio debía morir.
—239→
Cuando llegó la fecha de pasar el informe periódico a los hermanos Gauto, los llamé y les dije que había convertido en efectivo todos los caudales de la inmobiliaria, y que estaba esperando una ocasión propicia para dar el gran golpe. Se mostraron inquietos, pero callaron, conscientes de que de una u otra manera estaban involucrados en las violaciones que le estábamos haciendo a las cláusulas de la herencia, y que por el momento era prudente cerrar la boca.
Llegó el mes de junio, desapacible y frío, y yo había inducido algunas novedades en la rutina de nuestros días. Celina, y ocasionalmente Sócrates, comían en la cocina. La enfermera almorzaba y cenaba conmigo. No se trataba de generosidad, sino del principio universalmente aceptado de que para conocer a una mujer, hay que compartir con ella dos cosas, la mesa y la cama. Lo último fue descartado y me dediqué a lo primero, es decir, ascenderla a la dignidad de comensal en el salón comedor. Al principio se mostró un poco tímida, tiesa, insegura de sí —240→ misma, pero fingí no notarlo, mientras le daba conversación, en tono coloquial, intimista, soltando suaves confidencias que invitaban a respuestas igualmente confidenciales. Y lo logré al cabo de una semana, cuando una noche, durante la cena, me contó que era casada, pero «separada». Que no tenía idea del paradero de su marido que se había ido con otra, y ella sufría mucho por aquel abandono imperdonable, no porque amara al ingrato, sino porque se había marchado con otra enfermera más vieja que ella. La pobre vivía con el insulto pegado como moho a su corazón dolorido. Me enteré además de que habían tenido un hijo, que se había quedado con ella cuando el marido partió, y estudiaba, era un buen hijo y trabajaba como cobrador en una empresa de loteamientos. Le compraron sus patrones una moto para que recaudara más pronto y más dinero, y la moto lo mató.
Desde la noche siguiente, ordené que cambiaran la bebida en la mesa, y a la acostumbrada gaseosa y agua mineral, hice substituir por una robusta botella de Chablis. Aquella carga de amarguras femeninas y maternales llamaba a gritos la evasión del alcohol. Empezó a beber con cierta vergüenza, pero lo maravilloso del alcohol es que su primer efecto es borrar los pudores, soltar la lengua, recordar con mayor tristeza, odiar con mayor intensidad, y desear tomar más. Al cabo de una semana, consumíamos una botella en el almuerzo y otra en la cena, y llegó la noche en que cuando terminó una botella, hice destapar otra, de la que apenas nos servimos, pero cuando llegó el momento de levantar la mesa, le dije como al —241→ pasar que sería una lástima que el buen vino se agriara en la heladera y por qué no se la llevaba arriba, con ella, porque el vino es bueno para dormir. Se llevó la botella esa noche y le duró tres días. Más tarde, sólo duraba dos, y pronto, el consumo nocturno de la enfermera era de una botella por noche. En una oportunidad sólo por probar, «olvidé» abrir la segunda botella en la mesa, y cuando llegó el momento de que ella se marchaba arriba, me preguntó con cierta timidez si podía llevar «su» botella de vino. Le dije que sí, y desde entonces, se hizo rutina de que antes de subir pasara por la despensa a aprovisionarse de bebida.
Siempre en tren de comprobaciones, en una ocasión, esperé que el reloj diera la una de la madrugada. Y subí al dormitorio que la enfermera compartía con Inocencio. La buena señora dormía, roncando con la boca abierta. Inocencio olía insoportablemente a caca... y la botella estaba vacía. Su celo enfermeril estaba obviamente vencido, y tuve la impresión de que podía disparar un tiro en la habitación, y la enfermera no se despertaría.
El primer obstáculo estaba vencido. Pero quedaba Celina. No era lo suficientemente inteligente para adivinar la sutileza de mi proceder. Pero tenía una intuición agudizada por sus obsesiones maternales que le hicieron oler el peligro desde el primer momento. Y cuando creyó llegado el momento, me encaró y fue directamente al grano.
-¿Por qué le enseñaste a tomar? -preguntó.
-¿Quién toma?
—242→-La enfermera.
-Sólo en la mesa, Celina.
-Ella lleva una botella arriba.
Adopté una expresión de furia.
-¡Cada vez me resulta más molesto tener una loca en casa!
No se inmutó.
-¿Comprendés lo que quiero decir? -pregunté-.
-Sí -contestó-, que podés echarme.
-Eso mismo.
-Y no tengo derecho a quedarme si me echás.
-Correcto.
-Pero tengo derecho a contarle al Doctor lo que sé.
Me tenía atrapado. Y lo sabía. Pero no me miraba con aire de triunfo, sino con una inmensa pena. Un cálido sentimiento de nostalgia flotó en mis obscuras aguas interiores. Nostalgia por el tiempo en que podíamos encontrar juntos una verdad, y compartirla con amor, o con el sentimiento más aproximado al amor. Pero ahora, ya somos enemigos, pensé. Y que tampoco podía detenerme.
Tuvo que ser en Agosto. Nuevamente en Agosto. El mes más mefítico del año casi me había matado. Ahora me ayudaría a matar. Era como si mi destino estuviera ligado al viento sur y al frío.
Estaba arropado yo bajo las tibias frazadas. El reloj sobre la mesita marcaba un poco más de la medianoche. Afuera, el espeso follaje del mangal siseaba dolorido, castigado por el viento sur, cuyos dedos helados parecían tantear la seguridad de las ventanas, sacudiéndolas con —243→ furia. Noche de perros. Noche de muerte.
¿Qué había dicho el Doctor?
«Un hombre postrado en cama... incapaz de moverse... está expuesto a muchas complicaciones, generalmente pulmonares, que casi siempre resultan fatales. Pulmonía... Neumonía... ¡Adiós!»
Esperé. Celina se había acostumbrado a velar todas las noches el sueño de Inocencio, y sólo bajaba a dormir, cuando se convencía de que todo estaba bien.
A la una, escuché que descendía la escalera. Esperé quince minutos y subí. La pieza estaba maloliente y cálida. La enfermera roncaba con ese abandono de los borrachos que ni siquiera se desnudan para dormir. Los dedos helados del frío, dedos de la Muerte, arañaban los cristales, ansiosos de entrar.
Abrí de par en par las ventanas y Agosto entró con un rugido triunfal, con su gélido aliento que me ponía los pelos de punta y anticipaba frialdades inmemoriales de sepulcros. Peluda bestia blanca de dientes de hielo, se adueñó de todo, desparramó las mustias flores de la mesita sobre el piso, infló las cortinas que parecían debatirse espantadas, saturó todo con la letal amenaza del frío. Afuera, el follaje obscuro del mango se sacudía y gemía como verdes cabelleras de sacerdotisas en éxtasis que convocaban a los silenciosos fantasmas de la Eternidad. Quité las gruesas frazadas que cobijaban a Inocencio y Agosto se abatió sobre su grotesco pijama de seda. Tendí las cobijas de Inocencio sobre la enfermera roncante. Vi que el enfermo se encogía gimiendo. Y salí.
—244→Regresé a las cuatro de la mañana. Y fue como penetrar en una cámara frigorífica. Cerré las ventanas y puse orden en todo. Recogí las flores y las puse donde debían estar. Volví a cubrir a Inocencio con las cobijas y al hacerlo, toqué su frente, que no estaba helado, sino ardía. Una complicación pulmonar.
El escándalo estalló recién al mediodía, cuando Celina fue a reemplazar a la enfermera para que ésta bajara a almorzar, y la encontró todavía dormida. Presumo que la despertó; que le reprochó el estado calamitoso en que se encontraba Inocencio, y al ir a asearlo, la enfermera se dio cuenta de que algo andaba mal. Se deslizó a la carrera por la escalera, hacia el teléfono, murmurando algo así que Dios mío, el Inocencio tiene fiebre.
El médico no tardó en llegar. Tomó temperaturas, escuchó sonidos bronquiales y pulmonares y el ritmo cardíaco. Interrogó a la enfermera si el yacente había tomado frío de «este tiempo de perros» en algún momento, y ésta afirmó rotundamente que no, que incluso su baño era con agua templada.
Terminó su examen el médico, y me llamó aparte.
-Hay que internarlo inmediatamente -me dijo.
Yo no le escuchaba.
-Voy a disponer que venga inmediatamente una ambulancia y lo llevaremos al Sanatorio Zalazar.
Yo no le escuchaba.
-En enfermos como éste el proceso de infección es terriblemente veloz...
Yo no le escuchaba. Porque miraba a Celina, que —245→ sostenía entre los dedos una hoja seca de mango. Y miraba la hoja, miraba la ventana, y me miraba a mí. Y en sus ojos ardía el dolor más viejo del mundo, el dolor que parió todos los dolores que ha venido soportando esta Humanidad suicida, y que en toda Celina-madre se convertía en la silenciosa pregunta que me lanzaba a la cara.
Caín... ¿qué le has hecho a tu hermano?
Celina sabía.
—[246]→ —247→
Al tercer día murió Inocencio. Los hermanos Gauto, muy modosos para el caso, convocaron a los tres médicos que debían certificar que había sido muerte natural. No hubo autopsia, como yo pensé que habría. Simplemente una conversación de los tres con el médico de Inocencio, en torno al cadáver. Una conversación de médicos, si me entienden, en ese lenguaje superior en la que la ciencia y la experiencia hacen innecesarias palabras y explicaciones. Hablaron sobre la indefensión del enfermo y asentían sobre la misma conclusión fatalista: que en Inocencio la muerte no sólo era inevitable, sino, si bien se mira, una liberación. Al menos, eso colegí yo, escuchando aquel susurro conformista, y observando los rostros de los médicos.
Durante el sepelio de Inocencio, se abatió sobre todos ese espeso clima de locura que me hizo temer por mi propia salud mental, y que tuvo su impúdica ráfaga inicial cuando vi que Celina asistía a la ceremonia totalmente vestida de negro, sollozando, histérica, y como —248→ si fuera poco, sostenida por un Sócrates que también lloraba, y se había puesto una gruesa banda negra sobre la manga derecha de su mugroso saco.
Parecían dos afligidos padres reales despidiendo los restos mortales de un hijo también real. Pero aquella grotesca parodia era solamente el elemento definidor de un tiempo de incertidumbre y miedo que empezaba a corroer mis defensas y mis justificaciones.
Celina sabía. Y yo sabía que sabía. Y ella sabía que yo sabía. Pero entre nosotros, hasta entonces, sólo existía el silencio tenebroso, amenazador, un silencio denso que de pronto generaría zarpas que me arañaran hasta las vísceras y abriría bocas que me escupirían fuego.
Cuando echaba el candado sobre la cripta donde habían vuelto a reunirse la patética familia de don Baltazar, ya para siempre, decidí que lo que cabía en más, era un acto de valor, terminante y brutal, para romper ese silencio de locura.
Sin embargo, fue Celina quien lo rompió. Porque cuando yo llegué de regreso a casa con los Gauto, ella me estaba esperando. Tomé un café con el Escribano y el Abogado, que se habían vuelto nuevamente serviles y cortesanos, y combinamos un encuentro en la oficina de los dos, a fin de encarar todos los detalles inherentes a la formalización de la herencia.
Cuando ellos se fueron, Celina entró en la sala, e inició la conversación de la manera más corriente. Era difícil de concebir su serenidad, tan poco tiempo después de los desgarradores gritos con que había despedido a —249→ Inocencio.
-Me voy de esta casa -dijo.
-¿Adónde, Celina?
-Al rancho de la laguna.
-Podés quedarte aquí, Celina.
-No quiero vivir con un asesino. Y no quiero ver cuando venga la justicia y te lleve con grillo y con cadena...
-¿Me vas a denunciar?
-Le mataste a Inocencio.
-¿Me vas a denunciar?
-Sí.
-No te van a creer, Celina.
Le hablaba con serenidad, con dulzura, como a una niña grande a quien se le recomienda portarse bien. No hacer locuras ni travesuras.
-Yo creo que me van a creer -replicó con firmeza.
-¿Por qué estás tan segura?
-Porque QUIEREN creer.
Una lucecita de alerta se encendió en mi mente.
-Quieren creer... ¿Quiénes, Celina?
-Los Gauto. Y el médico. Me preguntaron.
-Te preguntaron... ¿qué?
-Los Gauto me preguntaron por qué tenés miedo...
-¿Miedo?
-Se te ve en la cara.
¿Sería posible que me estuviera traicionando a mí mismo? Aquella ya no era Celina. Con su ropaje negro, con toda la tensión contenida de su maternidad herida, sentada allí en el sillón, parecía un inmenso pájaro agorero —250→ que me estaba anticipando fracasos y derrumbamientos.
-¿Y el médico también te preguntó por qué tengo miedo?
-No. ¡Me preguntó por qué estoy despedazada!
-¿Y qué vas a hacer, Celina?
-Les voy a contestar. A los Gautos les voy a jurar que te oí cuando le gritabas a Inocencio que se muera. Y les voy a contar que abriste la ventana para que entre la Muerte. Y que le enseñaste a tomar a la enfermera. Sócrates también sabe eso, y la cocinera.
-¡Todo eso a los Gauto! ¿Y al Doctor?
-Le voy a decir que estoy despedazada porque mi hijo mató a mi hijo.
Era la locura. La locura que me llevó de la mano hacia la salvación, la vida y el éxito. Y la locura que ahora me empujaba al abismo. ¿Dónde está la defensa contra la locura? ¿No es la razón acaso? Y traté de ser razonable.
-Celina -le dije con voz paciente-. Vos querés que se haga justicia conmigo. Pero la justicia no funciona así. No basta decir que una persona mató a otra persona. Es mucho más complicado. ¡Te vas a enfrentar con gente inteligente, con abogados que te van a pasar por encima, que te van a destrozar!
-¡No me importa!
Su decisión era firme, y yo tenía conciencia de que, con su testimonio, los hermanos Gauto se aferrarían de una posibilidad y le sacarían el máximo de provecho. Y por lo que yo sabía, el médico no me tenía cariño alguno. Había calado hondo en mi mente, y averiguado que yo —251→ deseaba que Inocencio muriera. Me pareció verlo ante el estrado de un Juez, que le preguntaba:
-¿Puede caber la posibilidad de que la enfermedad que mató a Inocencio fuera provocada deliberadamente?
-Es posible -contestaría el médico.
-¿Es necesario tener conocimientos médicos para provocar esa enfermedad?
-No es necesario. Sólo un mínimo de información médica.
-¿Y le pidió alguna vez el acusado un «mínimo de información médica»?
-En cierto modo, sí, señor juez -diría el médico.
-¿Quiere ser más claro, Doctor?
-El caso es que una vez el acusado me consultó sobre las posibilidades de vida del enfermo, y yo le detallé los riesgos a que están expuestas las personas en esa condición. Es un hombre inteligente. Pudo haber sacado sus propias conclusiones, si su intención fuera provocar la muerte al enfermo.
Y con eso podía hundirme.
Miré a Celina. Una Esfinge negra. Pero no tan Esfinge, porque trascendía. Trascendía sufrimiento. Su sufrimiento. Mi última carta.
-Está bien, Celina -dije en tono de derrota-. No puedo detenerte. Yo soy tu hechura. Vos me hiciste. Vos me podés deshacer. Así estaba escrito desde el principio.
-Así lo quisiste vos.
-¿Por qué no me dejaste morir aquella vez?
-¿Dejarte morir?
-Dejarme morir, Celina. Yo tenía derecho a morir.
—252→Basta de cálculos, basta de deliberaciones -me dije-, ábrete y defiéndete. Defiende lo poco que queda de ti mismo. Lo poco que te queda de esperanza y de perspectiva.
-¡Tenías que vivir!
-¿Para qué?
-¡Para ser algo!
-Ahora soy algo. Soy todo lo que me enseñó tu egoísmo. ¡Y tu maldad!
-¡Yo no soy mala!
-Dios me quería en el Cielo, la fosa me quería en su cuna, o el Diablo en el Infierno, pero allí estabas vos para escupirle al Cielo y burlarse del Infierno. Me parió tu egoísmo, Celina. No me salvaste, me inventaste, me fabricaste y me apretaste contra tu pecho. Yo no era el hijo de tu amor. Era el hijo de tu fracaso. Me usaste, Celina, para vengarte de la partera que te arrancó el útero. Me usaste a mí como usaste a todos tus hombres...
-¡No digas eso! -lloriqueó, sorprendida, agredida.
-Yo vine de mi pueblo para conocer la vida, Celina. Para vivir mi vida. Yo quería vivir una vida de inocencia y de conocimiento al mismo tiempo. No pude. Me encerraste en tu locura, en tu poderosa locura de madre frustrada. Y no viví mi vida. Vos viviste mi vida. Tus hombres me alimentaron. Tus hombres me ayudaron. Tus hombres me enseñaron todo.
-¡No te entiendo nada! -sus lágrimas corrían a torrentes.
-¡No me importa! -repliqué con furia-. Vos me trajiste a esta casa donde todos no somos sino juguetes de la —253→ Muerte. Me trajiste a esta casa donde la Muerte es la dueña. La que fija el tiempo de la felicidad para unos y el tiempo de la desgracia para otros. Yo no maté a Inocencio, Celina. Lo mató la Muerte... con mi mano, porque yo ya no era yo. Yo sólo era el instrumento de la Muerte, el sirviente de la Muerte, y a la Muerte le entregué mi alma y mi conciencia a cambio de poder y de riqueza. Yo no quise venir aquí, Celina. Me gustaba la inocencia de nuestro rancho y la inocencia de nuestras vidas sucias, pero nuestras. Pero vos me trajiste aquí. Vos me diste por ahijado a la Muerte. La Muerte es tu comadre, «mamá».
Lloraba y se arrancaba los cabellos. Una desesperación elemental como elemental todo el mundo que yo derrumbaba en torno a ella.
-¡Yo te quería! -dijo en un alarido.
-¡Me usaste para cambiar el rancho por el palacio! Y ahora me vas a usar de nuevo para convencerte que no sos, nunca fuiste huera ni seca. ¡Que tenés un hijo que llorar y otro hijo que castigar! ¡Mentira, loca de mierda! ¡Nunca fuiste madre! ¡Nunca sentiste como madre! ¡Sos una retrasada mental que jugaste a ser madre! ¡No existe tu amor ni tu dolor! ¡Sólo tu juego! ¡Un muñeco de trapo que debe aprender a respetar a su hermanito!
-¡Basta, basta! -suplicó.
-Sí, señora, ¡basta! -seguí machacando sin compasión-. ¡Basta de este juego de locura! ¡Devolveme a mi desesperación y a mi miseria, Celina! ¡Vamos! ¡Fuera, andá corriendo a contarle tus secretos de loca a los Gauto, al Doctor, a todo el mundo! ¡Que vengan y me pongan cadenas que —254→ me liberen de vos! ¡Araña, pulpo, basta, basta, señora madre de dos carroñas! ¡Fuera! ¡Fuera!
Sin darme cuenta, mis gritos resonaban en toda la casa. Me miró con espanto, y salió corriendo.
Traté de calmarme. Sólo Dios sabe cuánto de verdad y cuánto de manipulación cruel de sentimientos ajenos hubo en todo lo que dije. Yo nunca lo sabré.
—255→
¿Qué fue lo que me llevó aquella noche a la casa de Celina? ¿Curiosidad? ¿Incertidumbre? ¿Miedo? Dos días transcurrieron desde aquella lamentable escena que le hice, y que se marchó desmelenada y llorando a gritos, y nada había ocurrido. Ni el médico se presentó con ojos acusadores ni los hermanos Gauto dejaron de cumplir con diligencia los primeros trámites judiciales.
¿Una trampa?
Contemplé la noche de Setiembre, con su anticipación de Primavera y una mansa luna en el cielo limpio. No era una noche para la tragedia ni para el dolor, sino, más bien, una noche para la reconciliación y la explicación.
Pero aun esa misma mansedumbre nocturna podía ser parte de la trampa. A veces, la Naturaleza se asocia con los malvados. Amantes infieles han sido descuartizadas a la luz de una luna hecha para enamorados.
Debía ser cuidadoso. En todo. Porque las trampas pueden ser tan sutiles que sus mecanismos están insertos —256→ en nuestras propias debilidades. De ahí que me repetía a mí mismo que mantenerme alerta no era por cierto una forma enfermiza de paranoia. Un hombre tiene que defenderse y defender lo suyo, hasta contra sus propios y mentirosos ángeles interiores.
El silencio del médico y la diligencia de los hermanos Gauto podían ser más letales que los dedos acusadores y las palabras duras que piden cuentas. ¿Acaso el tigre que acecha en el cañaveral revela su intención sangrienta con un solo rumor de hojas? No. Se agazapa lo mismo en la fronda que en el silencio. Y cuando salta y desgarra, ya es demasiado tarde para la víctima.
A mí no me engañarían con ese silencio. Porque tenía algo a mi favor. Una inteligencia superior que oponer a la astucia de mis enemigos. Y si estaba armada la trampa, debía desactivarla, dejarla floja e inútil. Por eso fui aquella noche de luna a la casita de la laguna. Necesitaba un punto de partida para trazar la estrategia de mi defensa contra la conspiración de los perversos. Y el punto de partida estaba en qué había hecho Celina con su secreto. Con nuestro secreto.
Desde lejos, cuando bajaba cuidadosamente los escalones tallados en la tierra dura, vi que en el rancho había luz. Y cuando caminaba por el talud sobre la laguna, también oí que había vida, algo que venía del rancho, que parecía el ulular del viento entre paredes de viejos callejones. Pero no había viento, sino una luna de enamorados, y bajo la luna, el rancho con su ventana iluminada, y aquel ulular que parecía vivo y viscoso, y me lamía la —257→ piel a contrapelo, y me erizaba los vellos de la espalda y de la nuca. Me aproximé, el ulular salía de allí. Abrí la puerta. Sócrates, de rodillas, se mecía atrás y adelante, como un creyente de macumba en éxtasis, y aullaba con el manso dolor de un gran perro abandonado. Un gran bulto negro colgaba del techo: era Celina, con los ojos en blanco, el cuello quebrado y burlándose del mundo sacándole una gran lengua morada, monstruosamente larga, monstruosamente hinchada.
Había comprado mi salvación con su muerte.
Gracias, mamá.
—[258]→ —259→
Debo estar padeciendo algún tipo de fatiga mental. Lo normal es que los acontecimientos ocurren encadenados al tiempo. He releído mi largo manuscrito, y a veces me parece escrito por otro, o por mí sobre cosas y personas que saltan de la realidad a la fantasía, y del recuerdo vivo a la imaginación desbocada. Lo real es la muerte de Celina. Al menos eso creo. Pero no recuerdo si fue ayer, el mes pasado o hace un año. Las cosas son tan confusas...
Pero en lo que no dudo es que soy objeto de una persecución implacable. Todos conspiran contra mí, y tengo la clara impresión de que detrás de todo esto está la mano de don Roque Serviliano y de su hija, la Lesbiana, Sacerdotisa del Demonio. Han comprado a los hermanos Gauto, y los hermanos Gauto han ido a los Tribunales para anular el Testamento. Dijeron que estoy loco, incapacitado mental e incapacitado legal, y han logrado que tres médicos hayan hurgado en mí con el afán impúdico de desnudar todo, mi alma, mi memoria y mis secretos, —260→ pero yo me he cerrado a ellos como una ostra, y me he reído en la cara de los tres con la hilaridad que me produce la torpe pretensión de vencer mis orgullosas fortalezas interiores. Me he reído porque sé más que ellos. He leído literatura hermética, he tenido sueños profundos que me transfirieron a los tiempos puros del Conocimiento y he bebido la fuente de la Gracia mientras la hermandad de la Pirámide cantaba Aleluyas en coro. Me han dado las fórmulas del Secreto y del Poder. La Cábala es mi sirvienta. ¿Loco yo? Todo lo mío es mío. Y Propiedad es Voluntad. Y fue mi Voluntad talar todos los malditos mangos, porque cada hoja que susurra no es una hoja que susurra sino una lengua de Demonio que sisea maldiciones terribles que me impiden dormir, porque un ser normal, cuyo cerebro está llamado a partir y ser parte de la Armonía de las Esferas no puede sustraerse de su mísera envoltura de huesos cuando lo perturba ese coro de maldiciones infernales. Así se lo dije al Juez: talé los mangos en legítima defensa, y en legítima defensa instalé diez, veinte, cien reflectores que iluminan toda la casa. Porque los Demonios temen a la luz como temen a las Alturas que nos aproximan a las Mansiones Celestes. Y es bajo ese Principio que ordené los planos del Edificio del Dedo del Bueno, de 22 pisos. Fíjense bien: de 22 pisos, para instalarme en el doble de la altura en que está el Cubículo del Malo, allá en esa excrecencia del Infierno que es el Edificio Imperial. Veintidós pisos para alejarme de Sócrates, hoy poseído por el Demonio, que me acecha con su gran cuchillo de carnicero para entregar mi esqueleto —261→ a los estudiantes de medicina y mi alma al Malo. Pero no le hago concesiones. Soy cauto, vivo alerta. El pobre infeliz cree que no le veo cuando me sigue por las calles. Y no sabe que cuando no le veo, le oigo. Oigo su jadear de bestia de presa, especialmente cuando vela al pie de mi ventana. Estoy protegido, protegido contra todo, gozando de mi gran broma: Celina no está muerta. Vive. Está conmigo. Volvió para traerme su Amor, y su Amor es mi Talismán contra todo mal en este mundo. Estamos de nuevo juntos, devueltos a un principio más sincero y completo: ella Madre, yo Hijo, dispuestos a empezar todo de nuevo.
FIN