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Los supuestos modelos de las "Empresas" de Saavedra Fajardo y su carácter ensayístico

José Luis Gómez Martínez





La valoración de la obra capital de Diego Saavedra Fajardo, Idea de un príncipe político-cristiano representada en cien empresas, ha dado lugar a las más curiosas conclusiones. En principio, aquellos críticos que profundizaron en su estudio están de acuerdo en considerar a las Empresas -en palabras de Vicente García de Diego- superior a «cuantos libros en España y fuera de ella han tratado el mismo tema»1. La contradicción surge cuando se trata de establecer dónde radica el valor. Para unos, siguiendo a José María Ibáñez García, es su originalidad y enorme erudición lo que la hace destacar y ser digna de estudio, pero los mismos críticos lamentan que su estilo sea seco, oscuro... Para otros, García de Diego entre ellos, la obra carece de originalidad ya que es imitación, entre otras muchas obras, de los Emblemata politica de Jacobo Bruck Angermunt. Según estos últimos críticos, el verdadero valor radica en el «estilo», pero no llegan a señalar con claridad en qué consiste tal «estilo»2.

Estoy convencido de que las Empresas constituyen una culminación original -tanto en su estructura y contenido como en su estilo- donde se enlazan las tradiciones de las «divisas», «emblemas», «tratados políticos» y la «ensayística».

Veamos primero su estructura y contenido, para después estudiar algunos aspectos de su estilo. Como punto de partida nos serviremos de la siguiente gráfica:

Gráfica

Es hoy día común entender como sinónimos los términos «divisas», «emblemas» y «empresas» -así los usa García de Diego en su edición de Idea de un príncipe político-cristiano. Durante los siglos XVI y XVII, sin embargo, existía, sobre todo en Italia y en España, una clara distinción entre dichos términos, a cuyo propósito se escribieron numerosos tratados donde se intentaba fijar las características de lo que entonces se consideró un nuevo género literario3. Las divisas, muy en boga en los siglos XIV y XV, son en realidad una supervivencia medieval adaptada a la ideología del barroco. En la época medieval formaban parte de la heráldica, pero con el Renacimiento salieron del amparo de los caballeros para pasar a los hombres de letras, en conexión con la publicación en Italia, en 1419, de los Hieroglyphica de Horapollo. Las divisas consistían en un grabado alegórico en el que no se podía representar la figura humana en su apariencia contemporánea, y un mote breve en lengua distinta a la del autor de la divisa, generalmente en latín. Con la publicación de Emblematum Liber (Augsburg, 1531), de Alciato, el nuevo «género literario» comenzó a difundirse en Europa. Con Alciato comienza igualmente una diversificación, y sus emblemas, aunque se originan en las divisas, son muy distintos a éstas. Una somera comparación de ambos ante los cuatro principios básicos establecidos por Giovio en 1555 servirá para determinar sus características: 1) En la divisa debía haber una justa proporción entre el cuerpo (grabado) y el alma (mote). En los emblemas, además del mote se incluían varios versos explicativos al modo de un epigrama. 2) Su significado no debía ser tan claro que cualquiera pudiera comprenderlo, ni tan oscuro que se necesitara ser adivino. En los emblemas esta dificultad desaparecía, pues los versos que se añadían al pie del grabado servían para explicarlo. 3) La figura humana no se debía representar y de hacerlo debería ser sólo en función alegórica; Alciato no hizo tal distinción y en sus emblemas aparece la figura humana cuando su pensamiento así lo requiere. 4) El mote debe ser en lengua distinta a la del autor de la divisa; los autores españoles mezclaron el latín y el español sin regla fija. Los emblemas de Alciato, además de las diferencias anotadas, divergían de las divisas en su función y propósito. Las divisas hacían referencia a hechos pasados, los emblemas contenían una enseñanza moral para aplicar al futuro4. Paralelamente a los emblemas aparecieron las empresas que venían a representar la función de los emblemas, pero siguiendo las ya señaladas «reglas académicas» de las divisas, y concentrando su contenido a un asunto particular5.

Si partiendo de las consideraciones precedentes analizamos las Empresas de Saavedra Fajardo y las opiniones de la crítica sobre ellas, en seguida se pone de manifiesto la falta de correspondencia entre éstas y la obra, y la confusión en el uso de los términos emblema y empresa. El origen es siempre el mismo: el amplio estudio que a modo de introducción coloca Vicente García de Diego en su edición de las Empresas (Clásicos Castalia, 1927). En efecto, García de Diego no establece distinción entre empresa y emblema; y propone como antecedente de la obra a Saavedra Fajardo, los Emblemata politica (1618), de Jacobo Bruck Angermunt: «Tenemos que admitir -dice-, después de la comparación de las Empresas con esta obra, que Saavedra la conoció, y que fue este libro el modelo en que nuestro autor se inspiró al resolverse a escribir el tratado de educación del príncipe»6.

En principio, lo único que ambas obras poseen en común es el tema general: la educación del príncipe. Pero aun así resulta que el libro de Bruck no es nada más que uno de los varios que se publicaron antes de la aparición de las Empresas7. Por otra parte, el libro de Bruck, como su título indica, es una colección de emblemas (54 en total); el de Saavedra Fajardo lo es de empresas. Los emblemas de Bruck, siguiendo en ellos la tradición emblemática, constan de un mote, un grabado y unos versos explicativos; las empresas de Saavedra sólo poseen el mote y el grabado. Bruck representa la figura humana en la mayoría de sus emblemas -en varios de ellos en primer plano-; Saavedra, consciente de su arte, evita su uso, no sin que a veces sienta que las reglas se lo prohíban, como sucede en la empresa 20, donde después de señalar un ejemplo propicio indica: «Con él pudiéramos significar también (si permitieran figuras humanas las empresas) al que nace para ser rey» (I, p. 183).

Es cierto que tanto Bruck cómo Saavedra incluyen unas reflexiones en prosa a continuación de cada emblema o empresa, pero esto también era práctica general en la época. En España, por ejemplo, Diego López lo hace en su edición del libro de Alciato, Declaración magistral sobre los emblemas (Nájera, 1615). Pero, incluso aquí hay una diferencia básica entre Saavedra y Bruck. La extensión de los comentarios de Bruck, sorprendentemente sistemática, oscila entre dos páginas y media o tres; en Saavedra no existe regla y la extensión parece depender más que del tema, de la inspiración del momento en que la escribió; así se explica que, por ejemplo, la empresa 77 tenga sólo dos páginas y que la 50 tenga 31.

Figura I

Figura I

Si de estos detalles de conjunto pasamos ahora a los particulares, de nuevo encontramos que las afirmaciones de García de Diego no tienen fundamento sólido y que a lo máximo representan una interpretación. García de Diego dice: «Un breve análisis demostrará cómo en unos emblemas se ha inspirado o ha podido inspirarse Saavedra, y cómo otros han sido estrictamente copiados» (I, p. XXX), y encuentra afiliación directa en las empresas 11, 12, 44 y 70. Esta opinión de García de Diego, formulada en 1927, podría haberse superado hace tiempo si los estudiosos de la obra de Saavedra hubieran tratado de comprobar sus afirmaciones antes de hacer uso de ellas. Analicemos ahora brevemente cada uno de estos casos.

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