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Hija de Luisa Mercedes Levinson, Luisa Valenzuela -periodista, profesora y viajera incansable- ha residido en México, España y Estados Unidos, hasta que regresó definitivamente a su país con la apertura política de finales de los setenta. Es autora de las novelas Hay que sonreír (1966), El gato eficaz (1972), Como en la guerra (1977), Cola de lagartija (1983), Realidad nacional desde la cama (1990) y Novela negra con argentinos (1990), así como de los libros de cuentos Los Heréticos (1967), Aquí pasan cosas raras (1975), Libro que no muerde (1980), Cambio de armas (1982), Donde viven las águilas (1983) y Simetrías (1993).

 

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Sharon Magnarelli ha analizado este aspecto en el relato «Cuarta versión» (1988). Asimismo, «Cambio de armas», que dio título al volumen homónimo, recoge abundantes alusiones a «Barbazul» y «La Bella Durmiente del Bosque». Laura, su protagonista, se encuentra encerrada en una casa desconocida, prisionera del que cree su esposo -al que llama Roque- y que en realidad fue su torturador durante la Guerra Sucia. Laura, como la esposa de Barbazul, tiene a su alcance unas llaves que no debe tocar para salir del apartamento -pronto descubrirá que son de plástico-; en la conclusión Roque, que ha querido obligarla a depender de él «como una recién nacida» (144), «la arranca de un sueño en el que caminaba sobre las aguas del secreto sin mojarse» (141); y, como a una nueva Bella Durmiente, la despierta «de su lindo sueño» (143) para sumergirla en la terrible verdad. El cuento acaba con una escena abierta, cuando la hasta entonces sumisa Laura empuña un revólver contra su «marido», produciéndose el final «cambio de armas» entre víctima y verdugo que da título al relato.

 

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Así ocurre especialmente en las novelas El gato eficaz, Realidad nacional desde la cama y Novela negra con argentinos, así como en los libros de relatos Aquí pasan cosas raras, Libro que no muerde, Cambio de armas y Simetría.

 

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Este hecho es destacado asimismo en relación al volumen por Sharon Magnarelli: «Surely, the notion of symmetry, parallel situations and responses, similarity (but not identity), underlies many of Valenzuela's works. [...] Thus, although at first glance the material of the stories may appear unrelated, I shall argue that the collection is in fact carefully orchestrated, ever revolving around the principal motifs of language and power, the latter in its natural or preternatural, personal or political, visible or invisible forms [...]. Each story is predicated on the interrelation of language and power, but that power will prove to be neither unilinear nor unilocular» (Magnarelli, «'Simetrías', Mirror, Mirror on the Wall...», 717).

 

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Nos enfrentamos al «ciclo de cuentos» definido por Forrest Ingram en los siguientes términos: «A story cycle, then, is a set of stories linked to each other in such way as to maintain a balance between the individuality of each of the stories and the necessities of the larger unit» (15). Es asimismo la definida por Gabriela Mora como «colección integrada»: «Llamamos integrada a la colección de cuentos que presenta paradigmas de relación entre los diversos relatos, para distinguirla de otra de tipo misceláneo en que dicha relación no existe» (113).

 

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De ahí que Susan Garland la incluyera en su libro The Short Story Cycle: «In The Bloody Chamber (1979) and Black Venus (1985), Angela Carter imaginatively retells fairy tales and creates stories about historical, legendary, and literary characters, presenting a series of sadomasochistic relations» (12-13).

 

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«Arroz con leche» de Ferré (1977) recupera el cuento de Barbazul, en una revisión que hace perecer al asesino en manos de su astuta novia. En el caso de Martín Gaite, resulta especialmente significativa su novela Caperucita en Manhattan (1989). «Cuento de hadas» de Negroni (1994) narra la historia de una nueva Cenicienta que se niega a luchar por su destino, por lo que acaba en la total alienación como castigo a su pasividad. La relectura de Barbazul se aprecia en Jugo de mango (1988) y Fábula de la Virgen y el bombero (1993) de Gorodischer. En el primer título, la profesora de geografía Delmira Luzuriaga emprende un viaje de placer y llega a ser la heroína de arriesgadas aventuras, ante las que comenta: «Es cierto que una abre una puerta y la cambia, contra la razón, contra la teoría, contra la historia y el juego de posibilidades... Las puertas, esas cosas tan misteriosas, tan astutas. ¿Qué hay detrás de una puerta?» (1988, 72). El segundo se encuentra protagonizado por Emi, una joven de la aristocracia rosarina, aparentemente tonta, que descubre una puerta secreta en el fondo de un ropero. La chica se aventura a través de él porque «ser mujer es seguir adelante a pesar de tener miedo», con lo que consigue independizarse de la voz interiorizada de la madre, adoptar sus propios códigos y viajar a Europa (1993, 134). Como Valenzuela, Shua estableció un ciclo cuentístico de relatos maravillosos en sus «Versiones» de Casa de geishas (1992), que he analizado en el artículo «Para leer con los brazos en alto: Ana María Shua y sus versiones de los cuentos de hadas» (Noguerol, 2001a).

 

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Constituido por los títulos «Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja», «No se detiene el progreso», «4 príncipes 4», «La densidad de las palabras», «Avatares» y «La llave», el ciclo recurre como subtextos de los relatos a las conocidas historias de «Caperucita Roja», «La Bella Durmiente del Bosque», «La princesa y el sapo», «Las dos hermanas», «Cenicienta» y «Barbazul».

 

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Este motivo ha sido señalado por Garland como una de las constantes temáticas en los cuentos integrados: «Although there is no limit to the kinds of subjects or themes that are found in cycles, one repeatedly discovers that twentieth-century cycles are preoccupied with certain themes, including isolation, disintegration, indeterminacy, the role of the artist, and the maturation process» (14-15).

 

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Claudia André destaca este rasgo general en la obra de Valenzuela: «Su propuesta es la de desmitificar todo poder centralizado, falogocéntrico y dogmático, introduciendo múltiples variables para la construcción de una nueva subjetividad individual a partir de la escritura» (1).