—443→
Los ingleses en viaje son una curiosidad ya por sus extravagancias ya por su ingenuidad candorosa, ya por lo inflexible de su carácter y costumbres.
Lo primero que despunta en uno de ellos bajo el brazo es un libro colorado: El Murray hand book de que ya creemos haber hablado en capítulos anteriores y del que el viajero inglés jamás parece harto, consultándolo y hojeándolo sin cesar hasta en el medio del agua, en un baño marítimo, por ejemplo.
Para él no hay bella natura, ni cascada que golpea ni arroyuelo que serpentea, ni pajarillo que gorjea, ni árbol que menea; el must, es decir el debe, Murray, en mano, llegar hasta el fin de la tierra atravesando campos y ciudades a lo postillón. A este paso recorrería las llanuras del cielo sin detenerse un instante a no ser para echar un vistazo al dilecto Murray.
Parece que el inglés sólo tratase de castigar el cuerpo; llegado al punto que va a ver pasar la vista rápidamente y ya solo piensa en la vuelta al home. Más lee en Murray que en la naturaleza, como aquellos aprendices de dibujo que con la vista fija en el modelo no reparan por donde va la mano.
La mayor parte de las excentricidades que los viajeros franceses achacan a los ingleses suelen ser ciertas. No hay duda que el inglés es generoso, honrado, leal; y lo que más se admira en él en viaje, es que es muy hombre en toda la extensión de la palabra y que compañero por compañero acaso sea preferible al gaulois.
Pero ¡qué caro hace pagar estas virtudes de hombre antiguo con sus extravagancias y falta de complacencia!
—444→El que me acompañó a Kitisia en nuestra matinal excursión a caballo, después que le hube dado fiesta en cuanto quiso, me notificó que debía (I must) dar la vuelta a Atenas en el acto. Insistía yo porque esperara, y no tardé en verlo a veinte pasos de distancia yéndose solo y tarareando la copla andaluza que era su muletilla y que destrozaba un poco y hasta tres muchos:
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El must en boca de un gitano tiene toda la terrible energía de Mucio Scévola metiendo el puño en un brasero. Vano sería traducirlo por yo debo ge dois ni aun por el ich must alemán que materialmente lo calca; nada de eso está a la altura del terrible I must sordo mandato que le sale al inglés desde lo más recóndito de sus entrañas.
El mismo de quien hablo traía como precioso relicario unas taleguitas de monedas antiguas que había comprado en diversos puntos de la Siria. Al preguntarle cómo las obtuvo me contestaba que de los aldeanos y de los niños.
-¿Hay que buscarlos o ellos solicitan al extranjero? -le pregunté porque yo no recordaba haber tropezado con ninguno de tales ambulantes.
-Sí -me contestó con acento bíblico-; «los niños venient á moi, mais quelques foá 'Jallai aux enfants moá'».
Pero el inglés más espiritual es el que se aprecia de polígloto.
Como el poliglotismo en el acento particularmente es poco menos que imposible para el inglés que hable este italiano o latín, siempre parece que está pronunciando su propio idioma.
Cuando una familia inglesa viaja, lo que se ve a cada paso suele ser la niña, la que lleva la palabra y la que se encarga de mostrar sus conocimientos en francés o en italiano. La familia recién llegada va rodando por las calles de la población extranjera hasta que descubre una librería en la cual se zambulle.
Los ingleses y más todavía las inglesas apenas llegan a un lugar desconocido en el que sólo deben permanecer horas, corren a las librerías —445→ donde consumen la mitad del tiempo revolviendo libros y fotografías. La pasión por los libros y por la lectura aun en viaje hace muy recomendables a los ingleses.
Hallábame un día en las librería del señor Nadier cuando se presentó una de esas familias, la señorita avanzó impávida y resuelta hasta el mostrador y dijo al dependiente:
-Mostrami (muéstrame) le fotografie.
Obediente el bibliópola giró sobre sus talones y se dirigió a un cajón cuando oyó que gritaban:
-Nú nú -volvió inmediatamente creyendo que se trataba de rectificar el pedido.
-Nú nú -repetía la gringuita como continuando un monólogo mostratemi, mostratemi (mostradme).
-¡Ah! -dijo el librero, viendo que sólo se trataba de corregir el tratamiento, mientras que la gringuita parecía desazonada a la idea de haber tuteado a un hombre.
Uno de nuestros contertulios en la agradable sobremesa del hotel Victoria en Nápoles era un noble caballero escocés. Tratándose de edades una noche fue preguntando la suya a cada uno de nosotros de los que, el mayor, quizás no tenía veinticinco; así como la del noble Sir parecía frisar con los treinta.
Satisfecho que lo hubimos le preguntamos la suya. El griego guardó silencio un momento; levantose, después dio unos cuantos pasos por el salón en medio de nuestra perplejidad y dirigiéndose por último a la puerta con aire misterioso abriola y desapareció diciéndonos con la malicia de un niño.
-Devinez-la!
Al día siguiente nos encontró por La Chiaja.
-¿O alles vu? -nos dijo en francés.
A retratarnos; ¿quiere usted venir con nosotros?
-Je n'aime pas les carricaturri.
Gruñó el tenebroso hijo de Albión. Y se alejó reconcentrado y solemne. ¿Cuáles son las caricaturas? nos preguntamos; ¿nosotros, él o la fotografía misma?
-Devinez-le!
El 10 de julio de 1862 me acostaba yo en Atenas sin saber todavía si el vapor que acababa de llegar al Pireo traería o no la solución —446→ a la dificultad que principalmente contribuyó a mi larga permanencia en la capital de Grecia.
Habíamos mandado aceptar a Londres una letra sobre esa plaza a mi favor de cuyos fondos necesitaba yo para continuar mi viaje; en la pequeña plaza comercial de Atenas nadie podía presentarse a descontarme una letra girada en España por un desconocido y a favor de otro tal, que era el portador. Y en eso que en una de las muchas casas que me presenté fue la del Cónsul de Francia M. Boulanger, donde después del previo examen del documento oí de labios del mismo cónsul esta agradable contestación.
-Le letra es buena y conozco el nombre de usted.
-¿Eh... -dije para mí-, este hombre sueña?
-Yo he estado en el Perú hace muchos años, cuando usted sería un niño, su abuelo de usted dirigía el despacho de Relaciones Exteriores...
-Mi tío, mi tío -dije cayendo fácilmente en la cuenta.
A pesar de esto, nadie podía arriesgarse a descontar una letra no aceptada cuando en la mañana del 12, muy temprano, tocaban a mi puerta y me anunciaban de parte del señor Sculudi que tenía para mí una buena carta.
Dirigime a ese banquero el cual, mejorado ya sin duda del concepto que tal vez se formó de mí en un principio, se despepitaba en excusas por no haberme adelantado el dinero.
-¿Oh -me decía-; yo siempre vi que era usted un gentleman y verlo sufrir ca me touchait le ker (te coeur) que él pronunciaba con tamaña boca abierta.
-La letra ha sido aceptada, aceptada no más; pero... yo voy a pagársela a usted inmediatamente.
Me acompañó hasta la puerta abrumándome con sus demostraciones y nos despedimos rogándole yo, antes, que me dirigiera a Nápoles «Poste restante», las cartas que pudiera traerme el siguiente paquete.
Esta misma dirección dejé en la estafeta de la ciudad.
En la puerta del hotel volví hallar al buen Sculudi que me había tomado la delantera para informarse solícito de mi futura dirección precisa. Sin duda el buen hombre tenía todavía sus temores sobre el pago de la letra en Londres.
—447→-«Poste Restante, posta ferma, Nápoles» -le volví a decir, y a las diez y media de la mañana me hallaba en el embarcadero del Pireo y algunos instantes después a bordo del «Neva», que alzó sus anclas a las cuatro de la tarde, aunque la partida estaba anunciada para las once de la mañana.
Al día siguiente a eso de mediodía perdimos de vista tierra y nos hallamos en alta mar, en el Adriático o poco menos. El Neva como todos los vapores de las Mensajerías imperiales era de hélice, lo que, según parece, influye desfavorablemente en el movimiento. Todo el tiempo que navegué por el Mediterráneo tuve buen tiempo, lo que no obstó para que hubiera mucho balance cuando iba en vapor francés, así como en los del Llod austriaco el movimiento era insignificante.
Agrada por otra parte ver un vapor con sus dos hermosas ruedas, como gusta ver un hombre con su par de piernas o brazos, porque la costumbre es un placer.
En los vapores de las Mensajerías francesas, que hacían el servicio del Mediterráneo, la comida no pasaba de muy mediocre y el servicio era mezquino, dándonos el té y el café en los mismos pocillos, con lo que el glotón bebe menos té, y el poeta y el artista deploran que esta porción pierde su color local (¿?) servido en una jícara que no es la que le pertenece. En los vapores austriacos la mesa era incomparablemente mejor, así por la sazón, como por la abundancia de los platos.
En la mañana del 13 de julio veíamos a nuestra derecha un continente largo que se prolongaba hasta perderse de vista, y a nuestra izquierda una como isla embozada en su niebla por sobre la cual despuntaba una cima nevada: eran el Etna y la Sicilia, y el continente que a la derecha se dibujaba, era la Calabria. La proa del vapor apuntaba a la boca del estrecho de Mesina al que no tardaríamos en entrar.
Desde las diez de la mañana llevábamos la costa a nuestra derecha e íbamos gozando de la espléndida vegetación de los incendiados campos Elgreos. Avistamos la primera población, Melito; a la izquierda, nada; al frente de nuestra proa, la Sicilia, que parecía continuar la punta de la Calabria que íbamos a doblar para deslizarnos en el famoso estrecho, embellecido por las tradiciones clásicas de Scila y Caribdis, y por las fantasías modernas de la Fata Morgana.
—448→A medida que nos aproximábamos a la boca, se iba levantando un viento terrible, y por el mar rizado se esparcían los innumerables copitos de espuma, que los franceses llaman moutons y los marinos españoles, palomitas. No obstante la agitación del mar, el movimiento del vapor era suave.
A la una del día llegamos a Mesina, cuyo puerto, naturalmente, cerrado, debe ofrecer a las naves un fondeadero seguro.
¡Qué animación! ¡qué ruido! Heme por fin en otro mundo, complacido, más que en nada, en la abundancia de mujeres, que me parece mayor por venir de Oriente, en donde, como lo habrán notado mis lectores, son fruta rara.
Aunque el Hotel Victoria era el primero de la ciudad, no aventajaba mucho en lo del Paseo al de Trinacria, en que me hospedé la vez pasada cuando empezaba mi vuelta por el Oriente que ahora terminaba.
En la mesa nos sirvieron a los postres algunos higos tan hermosos como los de Atenas; pero más dulces, y también esas peritas mezquinas, viles, que yo creía únicas de Lima, por no haberlas visto nunca, en Europa, donde no reina otra pera que la enorme, oblonga y prolongada que también es común en Chile.
La ciudad estaba de gala y de fiesta con motivo de la residencia accidental de dos hijos del rey Víctor Manuel. No tanto por esto cuanto por haberme acostumbrado quizá a las silenciosas poblaciones de Oriente, el ruido de Mesina me pareció ensordecedor.
Una de las cosas que me llamó la atención al recorrer las calles fue ver en las esquinas hombres del pueblo asando mazorcas de maíz en braseros; mazorcas que vendían a los transeúntes pobres, los cuales parecían comerlos con mucho gusto, como los rotos de Chile el mole o maíz cocido que también se les vende en las calles servido en platitos.
Delante de la Catedral se eleva una gran fuente de mármol con bajos relieves muy curiosos, representando escenas mitológicas o legendarias; como unos soldados que descubren a Rómulo y Remo mamando de la loba; Narciso mirándose en una fuente; Acteón convertido en ciervo; todo con su respectiva inscripción latina.
Aquí me pidieron limosna casi en los mismos términos que los —449→ árabes del Cairo, diciéndome «poveretta mezquina». En la ciudad del Nilo la fórmula era: «Mesquí, jagüa» (el pobre, señor).
El 14 de julio, a mediodía, me hallaba nuevamente embarcado a bordo de otro vapor de las Mensajerías francesas, «el Aunis», en que ya había navegado dos veces por la costa de Italia.
Las puertas de los camarotes estaban lindamente decoradas con preciosas pinturas; aunque no revelaban en el artista, un gran conocimiento del corazón humano. El hombre se muere por los contrastes, y quiere ver marinas en la sala de un alquería o chacra, y paisajes rústicos, boyadas y vacadas en las pinturas de un barco. Chateaubriand cuenta en no sé cuál de sus obras el embeleso con que se oía a bordo el canto de un gallo.
Nada de esto tuvo presente el decorador de la cámara del Aurius.
Al pasar el estrecho de Sicilia o de Mesina, vénse, ya a la izquierda, ya a la derecha, en ambas riberas, considerables lechos de torrentes secos, que desde el interior de las montañas vienen a terminar en la misma orilla del mar, presentando el aspecto de grandes calzadas o caminos reales.
Estuvimos entre Scila y Caribdis... el segundo de ellos se ha convertido en el Cabo Faro, y ofrece a la vista del navegante una superficie arenosa y sosegada, no en consonancia con su terrible fama en la antigüedad.
—450→
Acto continuo dirigí mis pasos al Hotel Victoria, en el que naturalmente no encontré uno solo de los amables viajeros que tan grata me hicieron mi primera residencia en el mes de enero anterior, inclusive el escocés aquel de las adivinanzas; ni nada que de ellos me hablara, salvo los mudos sitios en que los había visto. La gente del Hotel los ha olvidado: y nadie podrá decirme dónde fueron ni cuándo volverán, como si se tratara de personas muertas.
Es indudable que la vida nos adelanta la muerte.
La tristeza se apoderó de mi ánimo pero de un modo tan indeterminado, que no la habría descubierto si ella misma no se hubiera revelado por medio de involuntarios suspiros. Un golpe recio y brusco, decisivo como una congestión cerebral, es preferible a esta vaga tristeza, a esta dolencia sin exteriores, a esta gangrena sorda que se llama melancolía.
Nápoles continuaba, no obstante ejerciendo un gran imperio en mis sentidos con los mismos objetos que me habían fascinado en mi primera visita.
Veía otra vez el Museo y el grupo de Orestes y Electra, cuyo arte, desnudo y sencillo, despojado de todo atavío llama la atención, aun del más distraído, con un agradable sabor de los tiempos primitivos. El pequeño Baco, joven, de bronce que acababan de desenterrar, y que estaba lleno de una gracia femenina. Su traje se reducía a la simple nébrida o piel de pantera abrochada al hombro, y a unas sandalias por el estilo de las que ponen a Diana. Un cacciatore (cazador) de mármol, de tamaño casi natural, vestido de una camisa espesa —451→ atada a la cintura por una cuerda de las que penden las palomas atadas por las patas. En el hombro izquierdo lleva una liebre con los dos brazos fuertemente ligados por una cuerda, que por su otra extremidad va envuelta en la mano del cazador. En la derecha se le ve un cuchillo, en la cabeza un sombrerillo, y la expresión de su rostro es la de un rústico.
¿Qué comentarios más prácticos ni mejores de los autores clásicos? Estatua de un guerrero, Pirro, parecido a un Pirro o Marte que está situado a la entrada del Museo del Capitolio en Roma. Al frente veíase un guerrero muerto tendido de espaldas, buena expresión. El Gladiador moribundo, herido de muerte, se paraliza y titubea con una expresión admirable. Dos heridas presenta, una sobre el corazón y otra al lado opuesto, y por ambas chorrea la sangre paralelamente.
Una Venus con el pie apoyado sobre un casco, vestida de la cintura abajo y pareciendo dar órdenes al Amor que está delante de ella. (Traída de Capua).
Del arte griego más remoto podía hallarse en el Museo, desde luego el grupo de Orestes y Electra de que ya he hablado, una Minerva de tamaño natural pareciendo blandir su lanzón, y un Hermes de Baco indiano, cuyos cabellos y barbas caen en bucles ensortijados. Todas éstas estatuas se siguen unas a otras.
En otra sala destacábase una estatuita de Diana con el carcaj; pero sin el arco y demás atributos, y la cabeza ceñida por una especie de corona sideral. La expresión del rostro, ingenua hasta no más. La de las otras estatuas que dejo descritas difiere también mucho de la que los escultores adoptaron y estilaron más tarde, así es que no puede negar su alta antigüedad.
En la sala que sigue a la de Hombres Ilustres hay dos cabezas de Juno, la una, griega, con su venda alrededor de la cabeza, es una belleza purísima la otra, romana lleva una diadema y es de una belleza vulgar. Al entrar a la sala del Torso de Psiquis se admira sobre la puerta unos arabescos de mármol, del edificio de Ehmachia en Pompeya; arabescos deliciosos, compuestos de hojas, racimos, piñas (de pino) y entre el conjunto pajaritos, liebres, lagartos, cangrejos, etc.
Los bodegones de nuestros modernos comedores no alcanzan a reproducir la exquisita ingenuidad de éstos caprichos del arte grecolatino. La Minerva de Herculano, en la Galería de los Musas, es —452→ idéntica a la del Partenón. La Galería de Adonis debería llamarse de las Musas, porque en ella se cuentan muchas.
Allí estaba la Venus Anadiomena, pequeñita y enjugando y exprimiendo su cabello a dos manos; La Venus Marina, apoyada en un Delfín, con tanta fiereza como Nelson sobre un ancla; otra Venus agazapada, es menos bonita que la del Vaticano en igual postura, y tiene detrás de ella un Amorcito muy gracioso, que mostrándole una flecha parece consultarla. Otra se descalza con dejadez, otra sostiene un frasco de esencias en la mano izquierda, mientras Cupido presenta en las suyas la concha del nacimiento materno. Una nueva Venus ostentaba a sus pies un Cupido, entretenido en atormentar a una paloma: casi todas ellas en la misma postura, teniendo al pie, ya la urna con el paño encima cayendo en mil pliegues; ya un Amor o un Delfín y las manos en púdica y graciosa actitud convencional.
Finalmente, la última Venus debería llamarse «Venus saliendo del hospital»; tal es su aire.
Entre los bajos relieves hay un cazador descansando, en pie, apoyado en un largo palo, el lebrel al lado, y un frasquito suspendido del puño de la mano. El estilo es igualmente antiguo, y provenía de Asia Menor, tanto que en expresión era Minivítica.
Embriagado con mis impresiones del Museo subía por las tardes a la cuesta de Pausilipe, y al regresar de noche me entretenía viendo las barcas de los pescadores deslizarse por la bahía inferior ceñidas todas ellas en la base por un cinturón de luz, por una aureola argentada que se hacía y se deshacía con la fugacidad del relámpago; era la fosforescencia, no menos, y acaso más frecuente en estos mares que en los nuestros.
«¿Dónde hallar un compañero?» me preguntaba como tantas veces, en esas y otras excursiones. Las casas de posada, o estaban vacías o estaban pobladas a lo sumo de commis voyageurs, cuya vulgar catadura supongo ya bien fotografiada en la mente de mis lectores con lo que dejo dicho capítulo atrás. Para el ente que viaja comisionado por su principal, no hay interés en bellas artes, ni en naturaleza, ni aun en estudio de costumbres; no comprende a que se puede ir a una selva solitaria, a una gruta, a la playa, a una montaña o al Museo: los únicos lugares a que voluntariamente sigue al viajero, es el paseo público, la calle principal o el teatro.
—453→Si mis compañeros vivos y humanos faltaban del cuadro, los vegetales encanto de la vista, radicados siempre, estaban allí mismo donde los había dejado, recordándome además los que acababan de ser mi embeleso en los lugares del Oriente. Allí surgían lo mismo que en Atenas, los aloes, los plátanos, los dafni o laurel rosa o adelfa y hasta las palmeras. El calor de julio en Nápoles era quizá menos fuerte que en Atenas, más como no corría brisa, ni aun por las tardes, le parecía a uno que se ahogaba. El confort de los hoteles, cafés y demás lugares públicos no es tan perfecto en la península como en París y otras grandes ciudades europeas.
Reina, sí, para todo el abuso de las propinas forzosas, que en Francia llaman pourboires, en Egipto bagshih, entre la plebe de Lima el remojo y en Italia botiglia que es como si dijéramos el continente del pourboire y del remojo y que prueba que el buen italiano pide el todo, mientras que en otras partes sólo se pide la parte. También se dice mancia.
El cicerone que se me presentó a bordo el día de mi llegada -muy bien puesto- proponiéndome llevarme al Hotel Victoria y que en el camino me hizo pagar todo más caro, como acostumbra esta gente, acabó por decirme que era mi acompañante y que esperaba su botella.
Un mocito me trajo al hotel una ropa que había dejado separada en una sastrería. Como era un joven bien vestido y lleno de buenas maneras, le ofrecí asiento y le pagué, y entonces me dijo con un aire lleno de gracia: Un café per mé.
La vida en Nápoles no es cara, pudiéndose comer muy barato en las trattorie nacionales, con vino de Capri que es excelente, y cuya media botella cuesta quince granos, casi tanto como la de Macon en París. El Napoleón de oro (pieza de cuatro fuertes) vale 47 carlinos, y el carlino diez granos; veintitrés granos y medio hacen un franco.
Los hoteles en Nápoles son más baratos en verano que en invierno, y los de sus alrededores viceversa, por la muy obvia razón de que en invierno afluye mucha gente delicada o tísica a invernar a Nápoles, cuyo clima es benigno (para europeos); y en verano la ardiente hija del Vesubio es inhabitable, mientras se ponen deliciosamente atractivos sus veraniegos sitios de Castellamare, Sorrento, etc.
—454→El clima, no obstante su fama, para un hijo de Lima es algo maluco, pues en invierno hay bastante frío para tiritar, con lluvia casi diaria, y en verano el sol es abrumador. Por las tardes, busca en vano el que viene de Atenas esas espléndidas puestas de sol de que acaba de disfrutar en la ciudad de Minerva en donde son cosa corriente. En Nápoles el horizonte permanecía envuelto en vapores como en pleno invierno o como si el sol hubiera desaparecido muchas horas antes. A esto había que agregar en las horas del sueño los mosquitos (nuestros zancudos) que atormentaban bastante.
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Una mañana a las nueve salí para Pompeya, y a las diez menos diez bajaba en las ruinas acompañado de dos tunecinos, a quienes había conocido a bordo. El uno era el General Jasín, y el que lo acompañaba, un joven como de mi edad, que hablaba bien italiano y francés, y vestía a la europea, lo mismo que el General, quien no conservaba más del traje de los suyos, que el amplio y característico gorro encarnado con su gran borla azul, que es lo último de que se desprenden los musulmanes (como de la trenza los chinos entre nosotros) al europeizarse en su vestido, adoptando desde el botín de preville hasta la ajustada levita negra.
Entramos, como de costumbre al llegar a Pompeya, por la Puerta de la Marina, y sucesivamente fuimos viendo la Basílica con la adjunta prisión subterránea, el templo de Venus y el Foro civil donde se encuentra el templete de Mercurio, que hace hoy veces de Museo, y contiene bajos relieves y estatuitas -tan frescas y bien conservadas estas últimas que parecen del día.
Vimos igualmente el templo de Isis, el teatro, poco menos que a escape, porque mis compañeros debían estar de vuelta en Nápoles por la una del día. La prisa no me importaba mucho a mí, porque en mi anterior residencia había hecho más de una visita a Pompeya y la exhumada ciudad me era familiar.
Visité una nueva casa recientemente descubierta, y quedé sorprendido del brillo de los pisos tanto tiempo enterrados. Otra la desenterraban en esos momentos mismos, y al presenciar la operación vi que en efecto Pompeya se encuentra bajo tres capas diversas de —456→ tierra: una de piedrecitas o piedra pómez, otra de ceniza, y la última de tierra vegetal, que en concepto de unos no es más que ceniza descompuesta.
Al llegar a la Puerta de Herculano se divisa, lo mismo que en otras partes de Pompeya, la gloriosa campiña de Nápoles, extendiéndose a la extremidad de la calle solitaria y abandonada. ¡Cuadro patético, formado por el exceso de la vida junto al exceso de la muerte!
Desde el tren había venido ya admirando esos fértiles campos, cuya vegetación trepa hasta el Vesubio, que presenta sus faldas como entapizadas de terciopelo verde, de tal modo es suave y lustroso el césped que las cubre.
El establecimiento de baños en Pompeya, como otros muchos edificios, no revela absolutamente los diez y ocho siglos que pesan sobre él, y está mucho más fresco y agradable, que el mejor local de baños de la actual Constantinopla; locales llamados jaimán en turco y lutrá en griego moderno.
Es por lo mismo risible encontrar y en algunas de las casas mejor conservadas a un oficioso individuo que se presenta a lavar o barrer los mosaicos que él mismo acaba de empolvar ex profeso, con el objeto de venderle la fineza al visitante y sacarle algunos sueldos por su trabajo imaginario.
Este hombre me recordaba a esos críticos oficiosos que se empeñaban en hacer resaltar bellezas y malicias literarias que uno puede ver sin ellos, o en esclarecer pasajes clásicos que no tienen más oscuridad, que la que su pedantería les presta.
El establecimiento de baños es una gran sala en cuyo fondo se abre otra en forma octogonal con su gran estanque en el centro, y alrededor del cual hay practicados en la pared nichos como los de nuestros altares y en los que podría caber una persona de pie.
Sigue otra sala, en cuyo fondo se ve un enorme brasero de bronce para calentar a los friolentos después del baño. Alrededor del muro, nichitos sostenidos por pequeños atlas a guisa de columnitas, en los cuales descansaban los tarros, frascos y botes de ungüentos y esencias, vasijas que debían ser tan grandes, como las que hoy exponen por gala los farmacéuticos en sus vidriera.
Al llegar a Castellamare me encaminé al Hotel Real -y allí se me pidió ocho carlinos diarios tan sólo por el cuarto no como quería, —457→ sino colindante con la región etérea- y cuyo aire-luz y vista estaban impedidos por una llamada azotea que tapaba sus ventanas. Pero por lo menos en ese asiento veraniego había lo que faltaba en Nápoles, aire puro y respirable. Delante de mí se levantaban altas y perpendiculares montañas cubiertas de bosque. Era el monte San Ángelo, de tres picos de los que alcanzaba a ver dos, con una montaña que le sirve como de peldaño y escabel.
El San Ángelo se extiende a la izquierda de la población y va hasta el mar, en donde forma el Cabo Campanella, que había doblado ya pocos días antes para entrar a la bahía de Nápoles.
Esta ciudad no difunde por sus alrededores veraniegos toda la comodidad que otras capitales -y aunque son sitios tan concurridos y, de moda, dejan bastante que desear.
En Castellamare entré al hotel por la tarde con intención de comer, el portero me hizo varias objeciones y por último como quien declina toda responsabilidad, llamó a un hombrecillo que andaba por allí, pálido y sepultados sus ojos en unos anteojos azules cercados de red de alambre, a prueba de sol y polvo, como para que se entendiera conmigo.
El hombrecillo llevó la mano a la altura de su gorra, yo lo hice a la de mi sombrero y previo este recíproco saludo, empezamos en estos términos:
-¿Encargó usted su comida esta mañana?
-¡Hombre... no!
-¿Por qué?
-Porque... no había llegado a Castellamare.
-Entonces no hay caso, a menos que quiera usted esperar tres cuartos de hora.
-Pero ¿no hay aquí un Restaurant?
-Estamos en un hotel, caballero.
-Sí, ya lo veo; hay cuartos y camas pero bien podría haber un Restaurant anexo.
-No señor, estamos en un Gran Hotel, en un hotel enteramente coinm' faut.
-Por lo mismo y me acuerdo que del Archiduque Carlos en Viena...
—458→-Estamos en un hotel, caballero, me volvió a decir el hombre pálido, que era demasiado impertinente para su oficio.
-¿Y mesa redonda?
-Hay, pero no hay gente.
Me sonreí y el hombrecillo replicó amostazado.
-Tenemos grandes familias, muy grandes... aun familias reales.
-¿Y a mí qué me importa?
-Es que esas familias comen en su cuarto, y no se dignan bajar a la mesa redonda, no se dignan.
No hallando cómo entenderme con el hombrecillo del Hotel de Castellamare -partí para Sorrento sin comer, y atenido a la taza de café que había tomado a las ocho de la mañana.
Quise por lo menos apuntalarme con un vaso de cerveza y se me contestó lo que en todos los lugares que llevan una vida artificial y se abastecen cotidianamente de algún gran centro más o menos inmediato; todavía no ha llegado de Nápoles.
Pensé en Neptuno y tomé un baño de mar, siendo muy halagado por el mozo que me sirvió, el cual no hablaba dos palabras sin llamarme la sua eccelenza: tratamiento que repitieron más tarde el cochero y el batelero que me llevó a la isla de Capri. Con estas dulces lisonjas y suaves modos se deja uno explotar en Italia más gustosamente que en cualquier otra parte.
Una parte del camino que seguí se asemejaba levemente al que conduce de Therápia a Buyuk-Deré en las orillas de Bósforo, y el resto me hizo recordar la Huerta de Valencia, o más bien el camino de Valencia al Grau. Llevaba a mi izquierda la montaña, que se presentaba algunas veces desnuda y cortada a pico como una cantera, y a la derecha y a mis pies, el mar. El camino es elevado sobre la costa, y la base del barranco está calzada de vegetación, encontrándose, no barrancos áridos y feos como los de nuestra costa, sino poblados de bosque -y a cuya extremidad se veía relucir el mar.
Uno de ellos se prolonga tanto hacia el interior, que corta el camino y ha habido que echar sobre él un viaducto de dos órdenes de arcos. El olivo, la higuera y algunas acacias prosperan a la derecha del viajero. Pasado el Vico Equense viene el pueblecito de Meta, que se reúne con Sorrento por medio de los de Carrosi y Santa Aguese. A partir de Meta entramos en la Huerta, por decirlo así, —459→ y se presentaban en abundancia los naranjos y limoneros, corriendo el camino encajonado entre dos altos muros que encierran vastas huertas. Venían bien aquí los versos de Lamartine:
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Estos versos que nuestros poetas recitarán embelesados, creyéndolos del más puro lirismo, son tan exactos como la pintura material de un pintor. Fuera bueno que los nuestros tuvieran siempre presente lo de Platón: lo bello no es sino el esplendor de la verdad.
Llegué, y como el Hotel de Rispoli estaba lleno, me dirigieron al de la Campania, que era una especie de granja grande donde se quedaron estupefactos cuando pedí de comer.
Subí a Capo di Monti que no era una curia como yo esperaba, sino una vía carretera, un paso que faldea la montaña. Pasé por la Punta de Massa, llamada así porque conduce al pueblo de este nombre -y en todo el camino pude respirar a pulmón tendido el aire- que más puro y más limpio que en Nápoles, donde me ahogaba, circulaba por esos gratos contornos.
Por la noche, el fresco era casi frescor por lo que me produjo una impresión deliciosa. La noche además estaba animada con las vísperas de la fiesta que caía al día siguiente, y que era la de la Madonna del Carmen, motivo con el cual el pueblo andaba regocijado.
Al bajar de Capodimonte, como para que mis recuerdos de la campiña de Constantinopla recibieran un nuevo y vivo toque, vi de improviso relucir entre la yerba un punto luminoso, eran las luciérnagas que había visto en la Selva de Belgrado, los lucíferos insectos llamados moscas de fuego en inglés, gusano luciente en francés, candelilla, cocuyo y de otros modos de Hispanoamérica y finalmente, en italiano, lengua que dora y poetiza y realza con nombres más o menos hermosos todo objeto que lo merece, en italiano se llama fuego muerto, como denominan poma de oro al tomate y frutas de mar al marisco.
Este nombre de tomate, de tan bárbaro y áspero origen (del mexicano «tomatl»), pasa a Europa, y mientras en España se limita —460→ a suavizarse, tomate, en Inglaterra, Italia y Alemania se embellece convirtiéndose en manzana de oro, en manzana de amor, (love apple). Nadie es profeta en su tierra.
Si el tomate es la poma del amor y poma de oro, debemos deducir que ésta fue la manzana que Paris adjudicó a Venus, puesto que se la entregó por amor, prefiriéndola a Minerva y Juno, que no podían inspirarle tal sentimiento.
Al colocar aún el cocuyo en los campos napolitanos, parece que la naturaleza en ese suelo privilegiado no hubiera querido olvidar ni la más mínima de sus maravillas.
Oía asimismo cantar o más bien chirriar a las cigarras, que bien podían llamarse las ranas de los árboles, por la semejanza que su discordante algarabía tiene con la del palustre habitante. ¿Cómo es que los poetas griegos antiguos hablan siempre con deleite del dulce canto de este bicho? Homero, Anacreón, Teócrito, Eupolis, la Antología, todos lo celebran. Virgilio pensaba de otro modo.
Un poeta alemán moderno, va más lejos y canta a su grillito, pidiéndole como último favor, que cuando muera, le vaya a cantar a su sepulcro.
Los italianos, con referencia a sus mayores, se hallan sin género de duda muchísimo menos degenerados que los griegos actuales comparados con los antiguos helenos. En Nápoles todo el mundo es artista, como sucedía en lo antiguo cuando esto era la Gran Grecia, y manifiestan su tendencia y su disposición artística en el material y bajo la forma que pueden.
El manzano, el nogal y otros árboles, suministran a los sorrentinos dóciles maderas para ejercitar su fantasía; y labran y esculpen con exquisito primor, relojerías atriles, tarjeteros, plegaderas para cortar papel, y finalmente cajitas sobre cuya tapa dibujan en mosaico, reuniendo mínimas astillas de todas sus maderas, no sólo labores de mil clases, sino hasta tipos locales y escenas campestres con singular propiedad y perfección.
En Sorrento, lo mismo que en Mesina, el asno es una cabalgadura tan corriente y tan noble, como en Egipto, y como lo fue hasta hace pocos años en nuestro pueblo de Chorrillos. Los borricos circulan seguidos de sus niños borriqueros como en las márgenes del Nilo. El ¡arre! de los chicos napolitanos es un grito seco producido —461→ exclusivamente por el paladar, sin el auxilio de la lengua o labios, el del egipcio es más expresivo, y parece que revelara cierto rencor y cierta ojeriza como quien se dirige a un antiguo enemigo. Finalmente, los damasquinos emiten un ruido como si fueran a expectorar. Recomiendo a los etnógrafos estas débiles observaciones.
—462→
El 20 de julio de 1862 a eso de las diez de la mañana, tomé una barca de cuatro remos, que me costó dos piastras (cosa de dos duros) sin la mancia o propina adicional a todo gasto europeo, y salí a visitar la isla de Capri, célebre por su Gruta Azul y por los recuerdos de Tiberio. El mar estaba agitado y tanto a la ida como a la vuelta, pagué tributo al marco. A poco de haber salido del puerto, doblamos raspándolo casi, el cabo Sorrento, donde se me mostró las ruinas harto desfiguradas, de lo que según parece fue templo en honor de Hércules. Vese una muralla con grandes nichos abiertos en ella, y cuya construcción tiene analogía con la gruta de Soyano y con ciertos edificios de Pompeya, porque todo esto parece hecho de ladrillitos.
Más tarde vimos al cabo Massa, y tras él, el pueblo de igual nombre, y como a las doce y media del día, estábamos delante de la entrada de la famosa y maravillosa Gruta Azul. Allí nos esperaba un pequeñísimo batel, venido expresamente de Capri, para introducirnos en ese lindo tabernáculo de Neptuno. La gruta se encuentra debajo de la isla, y casi en su extremidad, por la que hay que bogar a lo largo de ella para llegar hasta la entrada del misterioso retrete. La isla presenta tres cumbres o picos respectivamente coronados, el que mira al cabo Campanella, por una capillita que indica el sitio donde fue el palacio de Tiberio, el del centro, por el pueblo de Capri, a cuyo pie se extiende lo que los italianos llaman la Marina, y finalmente el tercero por Anacaprí, cuya juventud femenina, según me dijo un comedido personaje que encontré en la Marina, no reconoce igual por la belleza. —463→
Desde mucho antes de llegar a la gruta, el agua comienza a teñirse notablemente de azul, y al retirarse en el reflujo, y dejar descubiertas las rocas, aparecen erizadas... no hay que asustarse de trozos de coral, cuyo color rojo resplandece. Vense asimismo unas ruinas de los baños de Tiberio, que también se asemejan a las del templo de Hércules, de que he hablado más arriba.
Delante de la Gruta las rocas no permiten desembarcar, ni menos la hondura del mar, y hay que trasbordarse al pequeño batel, y una vez en él, esperar el momento favorable para deslizarse en el antro. Así lo hicimos, y llegada la ocasión, agachámonos, deslizose la embarcación como un pez y en un abrir y cerrar de ojos pudimos volver a enderezarnos y hallarnos en el centro de una vasta rotonda, en donde el agua sosegada, sin orillas, y con bastante profundidad, tenía un color enteramente de añil, que la bóveda natural, reflejaba con cierta opacidad. Al fondo de esta caverna, donde la luz es poca, el tinte del agua no es tan hermoso; así como vista desde allí la parte inmediata a la entrada, aparece más luminosa todavía. El muchacho que nos conducía se echó al agua, y acto continuo lo vimos envolverse en un color fosfórico, que no nos dejó dudar que nos hallábamos en una gruta positivamente azul. Volví a la Marina, y di por ella algunos pasos buscando un establecimiento balneario. Cuando me convencí de que no había, me determiné a tomar un baño al raso, muy parecido al que tomé desde mi bote en la isla de Egina en Grecia, y de que ya he hablado.
Me situé pintorescamente en el centro de las rocas, acompañado del oficioso personaje a quien ya he aludido y el cual tras de servirme de guía, hizo aquí hasta de ayuda de cámara, porque me desnudó y al salir del agua enjugome y vistiome.
Italia es el mejor país para darse aires de príncipe a poca costa, yo dejaba hacer a mi hombre, el cual cuando hubo concluido de vestirme, se echó a recogerme por la playa pedacitos de coral mezclados con la arena.
Los napolitanos rodean al viajero de tales atenciones, que si lo roban están en su derecho y no solamente no es posible quejarse, pero ni echarlo de ver porque ellos no dan tiempo como aquellos vampiros de la tradición, que mientras le chupan la cara al durmiente, —464→ lo ventean con el batimiento de sus alas y lo refrescan con un aire deletéreo.
Poco después, diversas muchachas, algunas en la flor de la edad, me rodeaban, acariciándome casi, y presentándome piedrecitas de lindos colores, fragmentos de coral, conchas coloradas, y hubo una que, tomando familiarmente la cadena de mi reloj se puso a jugar con ella, exclamando con ese acento ingenuo que tanto me agradaba de la gente de Nápoles: ¡Qué bonito!
En dos horas volví a Sorrento, y como de costumbre a la postre de todas mis excursiones me pregunté si estaba satisfecho, y como de costumbre lamenté mi vacío y mi soledad. Por todas partes sembraba lamentos.
Sorrento es verdaderamente bonito: sus hoteles de Rispoli y de la Sirena parecen unas grandes granjas, como ya he dicho, porque encierran en su recinto más que jardines, huertas plantadas de olivos, albaricoques y otros árboles frutales: pajareras, establos de vacas. En el de Rispoli creía divisar hasta una panadería.
Por la noche tuvimos fuegos artificiales de que gocé desde la azotea de Rispoli, entre viajeros y viajeras que me eran desconocidos, lo que no debió llamar mi atención, acostumbrado como estaba a mi papel de ignotus.
Las ventanas del Hotel de la Sirena caían casi a pico al mar, y podía verse sumergido bajo el agua un arco antiguo griego según mi cicerone y restos de los fundamentos de un templo de Neptuno.
Sorprendido por la fiebre, tuve que permanecer dos días en Sorrento en cama. Sin duda cogí la enfermedad en la excursión que a todo sol hice en bote por la bahía al ir a visitar Capri y la Gruta Azul. El doctor Sangredo que estuvo a verme quería a todo trance sangrarme a lo que yo me opuse, porque jamás me habían hecho esta operación. Entonces me recetó naranjadas a pasto, con lo que sané en tres días, ni más ni menos como en Madrid, idéntica enfermedad, idéntica causa, siendo éstas las dos únicas enfermedades que pasé en todo mi largo viaje. Una vez restablecido, me faltó el valor para seguir más lejos en la excursión que traía proyectada, y di la vuelta a Nápoles. Tuve que arrepentirme, porque en el campo se estaba mejor, disfrutando de un aire más fresco y mucho más puro, sin mosquitos y casi moscas, y con un cuarto mucho más confortable.
—465→Los del Hotel de Nápoles aunque era el primero de la ciudad, no satisfacían por completo. Ninguna puerta cerraba fácilmente y los sofás y sillones eran vetustos e incómodos. Las ventanas pugnaban contra todas las reglas del arte. Las camas constituían una curiosidad por su altura lo mismo que las mesas de noche, aumentada aquella por la convexidad de los colchones. Mi cuarto caía a la plaza, y aburrido del ruido heterogéneo que cada mañana se armaba al pie de mi ventana, tomé otra que daba a un cuartel. Di en Scila por huir de Caribdis. Estos cuartos interiores parecen las más de las veces habitaciones de sirvientes, y vienen a ser en los hoteles lo que el Interior en las diligencias de España, compartimiento poco apreciado y con razón.
En Nápoles como en Mesina se encuentran mujeres en todos los oficios. El servicio del hotel en esta última ciudad estaba en su mayor parte en manos de ellas, y se les veía asimismo trabajando en todas las tiendas, aun en aquellas sobre cuya puerta se leía: Doratore.
También como en Mesina, se ve a la gente del pueblo en Nápoles comer por las calles el maíz cocido o tostado reemplazado en invierno por la pifia de pino asada. Las frutas y todos los productos de la tierra se ostentan en la antigua Parténome con un lujo fabuloso, no siendo necesario como en las otras ciudades ir de madrugada al mercado a buscar el rincón en que están expuestos los productos escogidos.
Donde quiera que se presente un vendedor encontraremos grandes y hermosos tomates, grandes y hermosos albérchigos, sandías coloradas hasta la última capa de su corteza, y todas esas admirables y casi fantásticas frutas que los entalladores en madera acostumbran figurar en los bodegones para comedores.
Nápoles fue la única ciudad que me cautivó en tan largo viaje, y de la que salí con pena y con deseo de volver a ella, lo que verifiqué visitándola por segunda vez en el abrasado estío, como ya lo había hecho antes en el corazón del invierno (enero y julio 1862).
Al principio creí que con esta segunda visita en pleno mes de julio iba a echarlo a perder todo; o que por lo menos mi amor por Pausílipe comenzaría a ser en lo sucesivo el que se experimenta por la querida cuando pasa a ser esposa: no fue así; y el antiguo objeto de mis ensueños volvió a flotar en mi mente con los colores y movimientos —466→ que no puede menos de prestarle el alma que una vez vivió impresionada por sus graciosas formas.
Todo lo tiene, matices en el cielo, calor activo y siempre en la fecundación de la tierra: hasta el mar como estimulado por las larguezas de los otros elementos, parece entrar en la competencia arrojando en abundancia los sabrosos y variados mariscos que llaman frutti di mare; frutas de mar, denominación que por la falta de costumbre sería en nuestra lengua una elegancia, una metáfora, una licencia poética. Y bueno es advertir aquí a los que menosprecian la poesía por inexacta, que no pocas de las profundas verdades de la ciencia están formuladas poéticamente.
Los más áridos sabios han tenido que agachar la cabeza y que recoger una denominación enteramente poética.
Si hoy por primera vez un hombre poeta saliera llamando figuradamente La vía láctea al Camino de Santiago, «poesía» se le contestaría con desprecio. Mientras tanto, la ciencia astronómica ha tenido que conservar ese nombre, fruto exclusivo de la risueña imaginación de los griegos, de la poesía.
Tiene por último, Nápoles, unos habitantes que, si como ciudadanos dejan que desear, considerados como simples figuras, son por sus gestos, modales, carácter, cantos, y bailes (la tarantela particularmente) la más agradable expresión de la naturaleza que los produce. Posee por otra parte la más bella, o mejor dicho, la más tierna de las antigüedades; no aquella que pueda recomendarse por sus inscripciones cófticas, por sus jeroglíficos faraónicos: mas la que se presenta embellecida por la tradición de una conmovedora catástrofe; la que nos permite visitar el voluptuoso retrete de Salustito, las bodegas del opulento Panzas tocar las manchas melosas que dejaron en la mesa de las Termápatas (los cafés de la época) los pocillos de las bebidas que se tomaron; ver paredes incrustadas de fósiles humanos por decirlo así, debido a la presión constante e inmóvil durante diez y ocho siglos de los cuerpos de aquellos desgraciados que no alcanzaron a escaparse de la invasión del fuego y la ceniza.
Los frescos que ornaban comedores y retretes han sido trasladados al Museo, donde siempre se encuentran aficionados ocupados en copiarlos a la aguada para venderlos enseguida. Del mismo modo —467→ se reproducen por medio de la terracota los bustos y las estatuas más notables. Los más felices entre los primeros me parecieron los que representaban a Séneca, tomados de dos o tres cabezas suyas en bronce, idénticas al parecer; a Caracalla copiado del más notable de sus dos o tres bustos de mármol. Estos modelos son, como retratos, de lo más marcado y característico del Museo, lo que ha debido facilitar su copia a los artistas contemporáneos por aquello de «Lo que claro concíbese en la mente, se pinta fácilmente», que dice Martínez de la Rosa traduciendo a Boileau.
Cuatro meses hacía que ni me llegaba carta de mi casa, porque no podían seguirme ni alcanzarme, ni sabía u oía cosa alguna del Perú. Temblaba al pensar cuántos cambios, cuántos sucesos, domésticos o públicos iban a participarme los primeros paquetes atrasados de cartas y periódicos que cayeran en mis manos.
Despaché de Nápoles para París, a fin de quedar más desembarazado en el viaje pedestre que iba a emprender por los Alpes, una caja o cajón con todas las curiosidades compradas en Oriente.
—468→
El 26 de julio a las cuatro de la tarde dejé Nápoles en el vapor francés «El Cefiso», nombre de un seco riachuelo de Atenas que yo acababa de ver. El vapor no pasaba de mediocre, y al día siguiente a mediodía nos hallábamos delante de Civita Vecchia. El más curioso entre los pasajeros de a bordo era un commis voyageur napolitano, muy parlanchín, y de una curiosidad mujeril que daba risa, tanto que no parecía haberse embarcado con otro objeto, que el de imponerse de los asuntos de los demás. Al referirse a alguno de los pasajeros que aún había sabido librarse de su maldito aguijón, decía con la mayor naturalidad: «A ese no lo he pescado todavía», como si nuestro hombre fuera un verdadero gancho o arpón.
El agua en el fondeadero de Civita Vecchia es de una transparencia extraordinaria. Desde la cubierta del Cefiso me entretenía en ver las yerbas y la arena del fondo del mar, y los gruesos pescados que discurrían. A poco rato zarpamos y a eso de las cuatro de la tarde teníamos a la derecha la isla de Elba, que me pareció extensa; al frente, a lo lejos, la de Montecristo, que es pequeña, y delante de la proa, la Córcega, entre la cual y la isla de Elba se forma un canal, al que nuestra proa iba enderezando el rumbo.
Al ver Elba pensé en el destino fatalmente oceánico e insular del gran Napoleón: una isla es su cuna; una isla su primera prisión (los cien días) otra isla su prisión provisional, Inglaterra, y otra isla su cárcel definitiva y su tumba.
Seis sacerdotes de Venezuela, de los que el uno era un obispo, se embarcaron en Civita Vecchia. Debí a éste la relación de algunos —469→ hechos bastante curiosos referentes a su país, de que tomé la debida nota, porque en aquellos días todos los países me interesaban, sobre cualquiera otra cosa, como si sólo hubiera nacido para navegar y viajar. Me contaba Su Ilustrísima que en la isla de Curazao, muy cerca de Caracas, se hablaba una jerga que participaba de todos las lenguas. Mi espíritu imbuido entonces de estudios filológicos, al través de los cuales lo miraba todo, volaba ya a ese asiento insular con la misma ansia de estudio de un médico practicante, a quien se indica un nuevo hospital rico... en toda clase de enfermedades.
Su Ilustrísima era nada menos que el obispo de Caracas. De La Guaira a la capital, me contaba, camino de tres leguas, se iba en coche. El Orinoco figuraba entre los ríos navegables hacía doce años. Se embarcaba uno en La Guaira en grandes vapores, y seis días después llegaba a Ciudad Bolívar, en las orillas mismas del gran río. De allí se podía continuar hasta Bogotá, requiriendo el viaje completo doce días por el Orinoco, y en parte por el Amazonas. Para ir al Brasil se tomaba el Río Negro, que también conducía al Amazonas, siendo esta travesía más penosa por tener que hacerse una gran parte en canoa. Todo esto lo conversábamos en un 28 de julio, por lo que yo me distraía a cada paso para entonar mentalmente:
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Costeamos las islas de Hayres. Vimos tres que parecían una sola cortada en tres pedazos, y rato después, la de Pouquerolles, mucho más grande y selvosa, menos chata que las precedentes y casi erizada de fortalezas. Al frente, en un árido islote, Langoustide, se ve un faro, que se tomaría por una iglesia con su campanario. A las cinco y media fondeamos en la rada de Marsella, habiendo visto el Castillo de If antes de entrar al puerto; histórica prisión de estado, que data desde el tiempo de Francisco I, no obstante lo cual sería muy poco o nada célebre a no ser por la novela del Conde de Montecristo. Ella y su autor son muy populares en Marsella, mereciendo —470→ el honor de que se les miente tanto como al Mistral, viento peculiar de Marsella, de que oía hablar con frecuencia.
La ciudad posee hermosas calles: la de Roma, que conduce al Prado, y el boulevard Longchamp que va a dar al Jardín Zoológico, están sombreadas por magníficos plátanos, árboles tan comunes allí, que parecen peculiares de la localidad. Las plazas, que toman el nombre de Cours, están en lo general embovedadas por el follaje de estos mismos plátanos. ¡Sólo en Lima hay el santo horror de los árboles! ¡Quitan la vista! (¿Qué vista, s' il vous plait? ¿La del árido cerro de San Cristóbal?) ¡Traen zancudos y tercianas! ¡ocultan a los ladrones, etc.!
También es respetado y respetable, y se lee en una estatua, el nombre de Belzunce, nombre de gratos recuerdos para mi familia, y que a fines del siglo pasado era llevado en Lima por gente de lo más principal. El Belzunce de Marsella, obispo, se conquistó la inmortalidad por su civismo y caridad en la desastrosa epidemia de 1720 que asoló esa ciudad. Los Belzunces de Lima fueron unos de los dueños de la hacienda de San Juan de Arona en Cañete.
Al devolverme mi pasaporte me preguntan adónde voy. Al tomar pasaje para Niza, indagan mi patria, mi edad y mi profesión; yo creía que esta política tenebrosa sólo era incumbencia de los Estados de la Iglesia y de Nápoles.
Salí en efecto para Niza, y a las siete de la tarde me hallaba a bordo del vaporcito «Hérault». Por probar y por variar, tomé pasaje de segunda clase, y lo hallé bastante miserable, tocándome un camarote casi sobre el bauprés.
En las primeras horas de la noche especialmente, tuvimos un balance insoportable, y tal calor en los camarotes, que me vi obligado a pasar la noche en cubierta envuelto en mi frazada.
En Niza la fruta es todavía más mezquina que en Marsella. No hay nada más fastidioso que estos lugares que sólo tienen una vida accidental en la época de los baños, o cuando son hospitaleros como Niza. Si se llega un poco antes o un poco después de la temporada, de seguro que no se encuentra nada, ni aun lo más necesario, como si; los habitantes fueran incorpóreos y pudieran prescindir de todo, reservando las comodidades y aun el bienestar para la llegada de los veraneantes o invernantes. Al negar cada artículo de los que se piden —471→ agregan invariablemente que no es la estación (es decir, la temporada) creyendo disculparlo todo con esta gran razón. Me fui, a alzar al Café de la Victoria, el mejor del lugar, y me encontré con unas mesas cojas y con una sal gruesa para la mesa. ¡No era la temporada!
Durante el día los cafés están llenos de los ociosos del lugar, que se entretienen en hablar de países lejanos, conversación favorita de todos los puertos de mar solitarios y desde Niza, hasta Algorta en Vizcaya, Nápoles, Constantinopla, Río de Janeiro, Valparaíso, Lima misma, van desfilando sucesivamente, en las conversaciones de esos desocupados, que se pegan al café lo mismo que las moscas del lugar.
La ventaja de estos países cálidos en verano, hablo de los que yo entonces recorría, Atenas, Nápoles, Marsella, Niza, es que casi no se sienten necesidades: al menos yo puedo decir que mientras por ahí anduve, que fue en verano, ni fumaba, ni tomaba café, ni bebía vino, ni me alimentaba de otra cosa que de pescado, fruta y huevos. En cambio dormía como un lirón.
El Boulevard du midi, que no es más que un malecón, guarda cierta semejanza con el Lungo l' Arno de Pisa, así como esta ciudad misma se asemeja a Niza, que tiene sin embargo, cierto aire de hospital, que no es por cierto el de Pisa morta. El paseo que llaman de los Ingleses, presenta un aspecto pobre y mezquino cuando se viene de ver el Posílipo de los napolitanos, del que este paseo parece la parodia. Se encuentra a continuación del Jardín público. La plaza Massena está rodeada de portales, cuyo pavimento se compone de aquellas piedrecitas menudas que en los portales de Botoneros y Escribanos, hacían las delicias de los nuestros... cuando tenían callos.
En Niza parecen vivir en adoración de los ingleses: en la sola plaza del Jardín público se ven tres hoteles seguidos cuyos distintivos van siendo: Hotel de la Gran Bretaña, Hotel de Inglaterra y Hotel de los Ingleses, que son como el becerro de oro de los nizanos.
Cobrada la carta de crédito por cinco mil francos, única diligencia que en tan mala época me llevó a Niza, hallábame en la tarde del primero de agosto a bordo del Var, de la misma compañía Fressinet.
Marsella y Niza están como desparramadas en una serie de colinas —472→ y cerros siendo la mayor parte de los que rodean a la primera, de un color blanquizco como si fueran calcáreos. Delante del puerto se extienden algunas islas ligeras que sólo parecen formar una. La que está frente por frente del puerto es la que soporta el Castillo de Li, y se distingue por el color de que he hablado.
A la noche siguiente salía del Hotel de Luxemburgo en que me hallaba hospedado, y me dirigía a la puerta a esperar al cargador que había subido por mi equipaje, porque esa noche continuaba mi viaje. Un francés conversaba en el vestíbulo con unas señoras y decía precisamente cuando yo pasaba:
-No, señora; vengo de Lima, del Perú.
-¿Usted viene de Lima? -le pregunté volviéndome bruscamente. y olvidando por completo los rigores de la etiqueta europea. Ya he dicho que llevaba cuatro meses de no saber nada del nuevo mundo, y estaba ansioso de noticias. Supe por este individuo, que había pasado tres años en Lima como director de un Hotel de Inglaterra situado en la calle de Bodegones. Sólo la noche anterior había desembarcado en Marsella, después de naufragar en el cabo de Hornos, por lo cual sin duda empleó en la travesía el enorme tiempo de ¡ciento ochenta días!
Pasando toda la noche en ferrocarril estuve en Lyon a la mañana siguiente a las siete. La ciudad me pareció más bonita que Marsella, aunque ambas recuerdan París a cada paso. Delante de la estación se abre la Plaza de Napoleón, de donde parte la larga calle conocida con el nombre de Borbón, que conduce a la plaza de Luis el Grande. Al atravesarla vi a una mujer rodeada de vacas que ordeñaba, y cuya leche despachaba a algunos concurrentes. Me apresuré a ser del número de éstos, hallando muy grato el improvisado y frugal desayuno al aire libre.
Pasé de allí a la Calle imperial, en donde vi la fachada del Gran Hotel de Lyon, y enseguida al Museo, situado en la plaza de Terreaux, y cuya fachada recordaba la del Banco de Londres. Estaba cerrado, pero por ser extranjero sin duda, se me abrió, y vi las galerías de pintura en donde no hallé nada de extraordinario. El calor se dejaba sentir con más fuerza que en Marsella, que al fin tenía el mar delante. Algunas familias almorzaban en la parte exterior de los cafés, al estilo parisiense. La mamá, el papá y el muchacho —473→ se batían cada cual con una gran taza repleta de chocolate o de café con leche, en cuya superficie flotaban las rebanadas de pan. Mi pasaporte, entregado en Niza, me fue negado en Marsella cuando lo reclamé, no obstante estar visado por la policía de aquel lugar. Para recogerlo tuve que llenar las mismas, formalidades que a mi llegada de Nápoles.
Junto conmigo salió de Marsella una vieja siempre alegre, nariz de papagayo, labio caído o belfo a lo Luis XVI, acompañada de una joven que tanto parecía su hija, como una criada de estimación; y tan amarilla, como si acabara de pasar la fiebre de este nombrejo, una ictericia. Carecía de busto, es decir que sus piernas se bifurcaban como desde la cintura. Entre ella y la vieja existía ese cariño que suele establecerse entre una anciana y una joven, que por sus gustos e ideas precoces se hace vieja antes de tiempo. La abuelita, siempre alegre, acabó por notar que me traía divertido, y de improviso me fulminó una mirada sostenida con sus ojazos redondos de lechuza. Volví la cabeza sin dejar de observar a mi vieja: olas de púrpuras se agolpaban periódicamente en la punta de su nariz de remolacha, se agolpaban y desaparecían como un flujo y reflujo. Dos sujetos llenos de miramientos la acompañaban; el uno se llamaba Julio y entrambos parecían peluqueros.
Al fin me dormí y, cosa extraña, no tuve pesadilla.
—474→
A las once y media dejamos Lyon y a las nueve y media entramos a Ginebra con lluvia y mal tiempo. Estaba deleitado al ver llover, nubarrones, de respirar un aire fresco, después de las sequedades de Egipto, Atenas y Nápoles. Él mismo es bonito, sobre todo a medida que se acerca la Suiza que es cuando comienzan a aparecer los picos coronados... no de nieve, sino de Vírgenes y Madonas en pie, sobre un alto pedestal, y en tal actitud, que parecen repartir bendiciones sobre los que pasan camino abajo. Veíanse asimismo lindas colinas tapizadas de gateadora viña. Casi al punto que se entra en Suiza se está en Ginebra.
La ciudad estaba de tal manera triste por ser domingo, que parecía que un huracán de desolación acababa de barrerla. El puente de Bergues, que separa por decirlo así, el Hotel de Bergues del Hotel del Escudo, no tiene nada de sorprendente. Es un puente clásico, sencillo, sin más mérito que el de todos los puentes: hacerlo pasar a uno a pie enjuto por encima del agua. El Hotel del Escudo es un mundo, un universo; y aunque no he estado en Nueva York, presumo que así serán sus célebres establecimientos de hospedaje. Por lo pronto se asemejaba el del Escudo a los de Panamá en la afluencia de gente de todas partes. En la mesa nos sirvieron fresco, fresquesito ese queso de Gruyere que más o menos reseco se toma en todos los lugares de la tierra, y que acaba de ser aprensado no lejos de aquí, a unos tres mil o más pies sobre el nivel del mar en —475→ uno de los Chalets o mojadas de los Alpes, o del Alpe como también se dice. Este célebre nombre viene del radical suizo-alemán Alp, que quiere decir montaña de pastos, ni más ni menos nuestras lomas en su acepción privativa. Allí se envían los ganados en verano, y como si hubiera verdaderas zonas de pastales, aquellos, una vez que han ramoneado la hierba de las cumbres, bajan a la del centro.
A nuestras lomas, a la inversa, se mandan los ganados en invierno, por lo que se dice la inverna por la época o lugar del pastoreo.
A los postres de la Table d' hotel que era como la más ordinaria de París a cuatro francos, salvo muchas ceremonias y la música que en obsequio nuestro tocaba en el vestíbulo, se nos sirvió como en los hoteles de otras poblaciones, miel, la miel de abejas, que aquí difería mucho de la de Atenas, en el color, que es de topacio, paja u oro, es mucho más bonita y transparente que la que llamamos miel del sol en nuestras haciendas de caña; siendo asimismo su gusto más refinado que el de la miel del Himeto, cuyo sabor es agradable y agreste como el de miel en bruto. Otras veces la miel que se trae a la mesa en los hoteles suizos, es un rubio y hermoso panal, que pudiera considerarse como una fruta sin pelar. Al principio el gusto dulce satisface; pero no tarda uno en hallarse con una costra seca e insípida entre los dientes, que es necesario escupir como el bagazo cuando se chupa caña dulce.
El hielo tampoco presentaba el color muerto del que se sirve en las mesas de París: aquí el hielo es una entidad que vive y que es la mitad del país, por lo que se veía al través de la garrafa animado con la blancura de la nieve y con la dureza del hielo. Desgraciadamente en todos estos Hoteles suizos se prenden del viajero con tal encarnizamiento, que le disminuyen mucho el placer.
Pasada la desolación del domingo, que hace de Ginebra un pequeño Londres, lo mismo que el menudo cisco que cada vecino encuentra constantemente sobre su mesa, llegó el lunes y la ciudad salió de su sopor. Estos días de fiesta son una verdadera plaga. Yo adoro la uniformidad como un buen discípulo de Epicuro, y desearía que todo el año, que toda la vida quizá fuera de una sola pieza. Es un ataque a la libertad individual y un abuso de la sociedad y una exageración de sus derechos, esto de imponernos periódicamente cada —476→ ocho días, velis nolis, un aire togado, un aire de circunstancias en las fisonomías, y un desmantelamiento glacial en las calles. Quizá el porvenir entre infinitas mejoras, traiga el día de fiesta libre y no impuesto.
Lo que más me deslumbraba en los almacenes de Ginebra era la abundancia de diversas piedras preciosas de la localidad, como ónix, cornalinas, ágatas, piedras musgosas, etc. En las que se tallan o labran lindas cajitas de todo tamaño; tan microscópicas algunas, que en rigor sólo podrían servir para guardar estampillas (sellos di correo). Veíanse igualmente collares y pulseras de amatista, o bien de una especie de vidrio rosado muy bonito.
Acompañado de un bello joven sueco de Estocolmo con quien acababa de trabar relación, y que investía el carácter de Secretario de Legación respondiendo al para enigmático nombre de Witi Wasen, me dirigí al correo. Recibí el formidable paquete, y calculando que el resumen podría venir en la carta de remisión de París, de la persona que había ido guardándome mi correspondencia, abrí, aquella, tembloroso; y echando la vista por el centro de sus renglones, lo primero con que topé fue esta frases La de peores noticias... No leí más: me despedí precipitadamente del nuevo amigo; volé a mi cuarto y allí devoré por junto y solo, esas amarguras que paladeadas paulatinamente y en compañía, componen el alimento casi diario de la vida humana.
El correo o la Poste como dicen los franceses, parece ser un nombre simbólico para los ginebrinos; y así como en Niza todo está bajo la advocación de los ingleses, aquí hay más de diez cafés, más de diez hoteles y otros tantos establecimientos de baños titulados de la Posta. ¡Es hasta donde puede llegar el mal gusto y la aridez de imaginación de los hombres del Siglo XIX! ¿No será también este uno de esos rasgos malignos con que nos sorprende de cuando en cuando la pícara Democracia? ¿No será este un convenio tácito republicano para abjurar de las viejas denominaciones que decían; «Real, Imperial, del Palacio, de la Corte, etc.»?
El hombre no puede vivir sin la adoración y la tiranía, en último caso aun cuando sea de la Posta (o el Postillón). La decantada tiranía de los Felipe II y otros insignes tiranos, no ha hecho más, con el advenimiento de las luces, y de las libertades públicas, que —477→ desmonopolizarse; y hoy se divide democráticamente, que es como decir burdamente, entre instituciones de todo género, bancarias por ejemplo, cuyo úkase, edicto, firmas, etc., se llaman Estatutos y «Reglamento interno». El cetro de actos tiranuelos incultos es un gran embudo con la campaña vuelta hacia el vientre del monarca, y el pitón apuntando al Pueblo Sober... asno, que no es otra cosa, porque maldita la libertad de que disfruta. Agréguese la tiranía de los sátrapas de otras especies: «Nuestro periódico», «El Sacerdocio de la Prensa», las «Ilustrísimas y Excelentísimas» Cortes... de justicia, las empresas con monopolio y privilegio, que equivalen a los antiguos príncipes... y todo esto es libertad y democracia. ¡Infelices humanos!
Cada siglo tiene su rueda de molinos con que hace comulgar a los contemporáneos.
Volviendo al correo, los ginebrinos son tan dulces, que han azucarado hasta las estampillas o sellos de correo; y al humedecer una de aquellas con la lengua para franquear una carta, nos hallamos con el grato descubrimiento de que chupamos algo.
Están igualmente por el eufemismo, y a lo largo de esos muros en los que en París se escribe brutalmente: «Defense de zairé des ordures» han puesto ellos: Es prohibido pararse aquí... No cabe mayor delicadeza para impedirnos lo que se sigue al detenimiento estático, y no arqueológico, ante una pared de esas.
Notaba también que en la pronunciación de su francés dejaban sentir las eses finales en muchas palabras diciendo: moins, trois y no moin, troi. Al mercado de trigos lo llaman grenier y no Halle aux bres, trayendo la palabra directamente de grain, como buisson de buis, procedimiento algo semejante al que rige en nuestros provincialismos con respecto al español que se habla en España. También se oye septente por soixante dix, latinismo racional, porque al fin soixante-dix como quaire vingts, es una suma y no un nombre propio. Me refiero que en el francés de los suizos como en el alemán de los austriacos han de verse novedades buenas y malas, como en el castellano de Hispanoamérica.
Así como al venir de Egipto a Suiza, topográficamente se pasa de lo llano a lo escabroso, así antropológicamente, es al contrario, porque venimos de lo turgente a lo chato. El seno y las formas generales —478→ de la mujer egipcia se acusan y acentúan vigorosamente desde muy temprano, recibiendo nuevo realce con la verticalidad del continente en todas ellas, que es ni más ni menos la figura de la mujer bíblica. En las suizas el desarrollo es tardío, demasiado tardío, las más de las veces no llega nunca, no hay timidez del seno ni de las caderas, y la verticalidad exquisita babilónica, asiria, asiática, para decirlo de una vez, está sustituida por un andar ancho, lateral. En cambio las caras, como en Inglaterra y Alemania, son pedazos de cielo.
Antes de lanzarme a las grandes excursiones del alpenstock y el havresac, traté de orientarme y probarme en pequeños paseos por las cercanías de la ciudad helvética. Empecé por comprar la gran obra Los Alpes de Federico Tschudi, tan apreciado en Suiza, como su hermano en el Perú por los valiosos trabajos científicos con que nos favoreció por más de veinte años. La compré traducida (al francés) como deben comprarse siempre esta clase de obras, porque en materia científica, de examen y experimentos materiales, viene muy bien aquello de que más vale cuatro ojos que dos, máxime cuando la traducción se hace con la aquiescencia y aprobación del autor, que entonces el trabajo equivale a una colaboración.
En el paseo del Jardín Inglés hay un triángulo de donde parten vapores, que son en lo general los que visitan la ribera derecha, que es de Saboya, perteneciente ya entonces a Francia por anexión como pago de la campaña de Italia que estaba en esos días reciente. Los vapores de la ribera izquierda parten del frente. Este triángulo es un buen punto de vista: desde él se ve la cadena del Jura que se extiende hasta Alemania, distinguiéndose en su extremidad la cumbre del Dolle. A la derecha se ve un pico piramidal que llaman los naturales el Mole, viniendo en seguida el pequeño y el gran Saleve. El pueblo de Montier ocupa su centro a lo que parece, si de allí se faldea a la izquierda un montecillo, se va a parar al pueblo de Mornai que pasa por muy bonito. En la cumbre del Mole reina siempre una temperatura muy fresca. Se ve también la barra que separa el lago del Ródano y que está partida o marcada en su centro por una puerta o más bien por dos jambas de mampostería, que llaman la atención y atraen la vista del viajero. Allí el lago, —479→ acá el río, quedando la ciudad más bien a la orilla de éste que la de aquel.
Por la orilla izquierda despunta un edificio blanco cuadrado: es el castillo de Rotschild.
Los tubos de las chimeneas de Ginebra se presentan sobre los techos en gran abundancia, y dispuestos de tal manera, que parecen ramas o más bien cucuruchos vacíos tirados con negligencia dentro de una copa.
Visité la Catedral, y el sitio en que se verifica la confluencia del Ródano con el Arve. Se sale de la ciudad y se costea el río, muy ancho y muy majestuoso en este punto. Se camina por un sendero tan angosto que difícilmente más de dos personas podrían avanzar de frente por él. A la derecha está sombreado por árboles, y a la izquierda se ven algunos huertos. Por último, se llega a un sitio en donde el sendero termina y forma una punta o lengua de tierra, teniendo a la izquierda el Arve, turbio, y a la derecha el Ródano azul, que al reunirse con aquél pierde su lindo color y su pureza, que sólo vuelve a recuperar en su desembocadura. ¡Oh muchachas víctimas de un seductor! ¡vosotras sois menos dichosas! No hay salvación después de vuestra desgracia, no hay agua lustral que lave vuestra mancha. Quizá ni la del sepulcro.
No podéis volver a levantaros después de vuestra caída.
Al atravesar el Puente nuevo, que conduce del Plain Palais al ferrocarril (puente que es más bonito que todos los otros) solía encontrar algunos pescadores de caña, que forzosamente tenían que llamar mi atención, porque está, como otras mil trivialidades de la vida europea, sólo por pinturas, descripciones o voces (para nosotros muertas) del idioma, pueden ser conocidas a los que hemos vivido la vida artificial y nada variada de la costa del Perú. Estos pescadores ¿te caña eran unos desocupados señores que desde lo alto del puente desenvolvían un hilo larguísimo, cuya extremidad armada de un anzuelo se perdía a lo lejos en el agua. El hilo estaba envuelto en un carrete o tabla cuadrada, que me recordaba el log de los marinos ingleses, cuando desde la cubierta del vapor van averiguando las millas que andan por hora, o nudos que corren.
Una tarde pude ver distintamente las innumerables agujas del Mont Blanc dibujándose con sus glaciers por detrás del Vauvin, el —480→ Mole y el Saleve. Tomé al acaso un camino a la extremidad del Jardín Inglés, y empecé por atravesar un arrabal de la ciudad que tenía ya un aire más campestre, entrando luego en una larga y magnífica avenida, con el lago a la izquierda, y detrás de mí las luces de la ciudad reverberando en él.
Llegué a un puertecito en donde se estaban bañando unos niños, por los cuales supe que el puerto era el Port Noir. La avenida se llamaba Route d'Heimanz porque conducía al lugar de este nombre, y asimismo a un pueblecito de pescadores llamado La Blotte. La oscura avenida que se abría a mi derecha iba a Cologny. Me asombró la inteligencia de estos niños que me informaron de todo tan bien, como Murray y Hachette y en un lenguaje lleno de elegancia.
La puesta del sol no estuvo hermosa sino acompañada de nubarrones. Cuando hace buen tiempo el lago está sereno, ni una arruga, y el Mont Blanc se refleja en su superficie. Pregunté a los niños cómo habían venido a bañarse tan lejos; me contestaron que vivían a dos pasos de allí.
-¿Son ustedes campesinos?
-No; uno es de la ciudad; pero uno está en el campo.
Al día siguiente me hallaba en Cologny en el restaurante del Chalet suizo. Hay un Chalet desde el cual la vista es bella. Inmediatamente a sus pies tiene uno, se tiende una rampa magníficamente tapizada de viñedos que van hasta el borde del lago. La ciudad de Ginebra está a la izquierda, al frente la costa elevada, y detrás la gran cadena del Yura. Pero el panorama es incompleto porque no es la Saboya con su Monte Blanco, que es la preocupación del viajero en Suiza, ni el Mole, ni el Saleve. Pedí un biftek con papas, y causé asombro, como si no fuera la época de los viajeros. Un pobre Baucis me preguntó con aire atribulado si había de ser en el instante.
Al regreso me detuve como la víspera en Port Noir. Esta vez me encontré con un pescador de caña con quien entré en conversación como con los niños de la víspera. Esta preciosa y democrática costumbre que usé desde el primer día de mi viaje hasta el último, es inestimable, y se la recomiendo a todo el que quiera viajar con provecho.
La que le servía a mi hombre era una larga caña, y el hilo parecía un rosario de anzuelos muy pequeños y convenientemente cebados. —481→ Por el centro del hilo había un palito atravesado que venía a ser como la brújula del pescador, porque tan pronto como desaparecía bajo el agua, era señal de que algún pescado había mordido el anzuelo. Cuando lo que se quiere pescar son perchettes, se sustituye la ceba de migajón de pan con una lombriz, de las que el aficionado trae acopio en una caja de lata de esas que han sido de sardinas. Las perchettes son muy buscadas en el lago Leman. Su tamaño es el de una sardina, y cuando son más grandes se les llama simplemente perches. Tienen a lo largo del lomo y arqueada como él, una especie de sierra. A la puesta del sol se pescan carpas, porque para pescarlas se necesita de la sombra, ya de la tarde, ya de la mañana. Obtenidos estos datos, no de gran importancia por cierto, y concluida mi conversación, me retiraba a la ciudad cuando me sorprendió la sonoridad de un cascabel.
Era una hermosa vaca que pasaba majestuosamente.
—482→
El 7 de agosto me levanté a las siete de la mañana y partí para Ferney en compañía de un francés de Montauban a quien había conocido la víspera; hombre muy agradable y que me gustó mucho, como otro compatriota suyo, el Barón d'Arboud, de Tolosa, con quien hacía en birlocho las excursiones de las cercanías de Nápoles.
Para ir a Ferney no había ni ómnibus ni diligencia, y tuvimos que tomar un coche, que nos costó cuatro francos por ida y vuelta. No podía darse mayor baratura, fuera de la solicitud en el servicio. Una y otra cosa son corrientes en Europa. No hay idea de que un vil y perezoso cochero se quede torpemente en el pescante, mientras el pasajero forcejea solo por abrir la portezuela o soltar el estribo.
Al llegar a Ferney se nos anunció que el castillo no se enseñaba a los extranjeros, o lo que es lo mismo no se abría al público hasta después de mediodía. Como apenas eran las nueve y medía de la mañana, ofrecimos al cochero dos francos más porque nos esperase. Delante de la verja del jardín, a la izquierda se ve una capillita de piedra, cuya puerta un poco deteriorada y el musgo que cubre las paredes, pregonan la venerable antigüedad del pequeño edificio. Sobre la puerta se lee esta célebre inscripción: «Deo erexil Voltaire». Una avenida de olmos lleva en pocos minutos del pueblo al castillo. Entramos, y atravesamos el jardín que es vasto y rico en flores. Se ven passe-roses (malva real) blancas y coloradas y toda clase de malváceas. Plátanos (el plátano europeo) que tan comunes son en Ginebra; el laurel rosa, llamado también laurel almendro, porque el olor de su flor se asemeja al de la almendra, y —483→ cuya hoja hervida en leche, según me comunicaba mi compañero, le trasmitía un sabor agradable. Se hacen también con ella salsas, y las lecheras de Montauban la emplean para coronar sus cántaros. Geranios, cuya flor colorada parece oler a sardina, pelargonios, girasoles, belles de nuit (buenas tardes nuestras); giroflées (alhelíes), petunias, que ya son blancas, ya lilas, o bien reúnen los dos colores en bandas verticales. Los vegetales corpulentos o sea los árboles, se desplegaban asimismo con una gran variedad. Allí estaban el plátano el olmo, l'ormille, el tejo, el castaño de Indias con su fruto redondo y cruzado de púas como un erizo de mar; el nogal, el sauce, el membrillo ¿qué se yo? La mayor parte de esas flores, plantas y árboles apenas son conocidas en Lima de nombre, tanto que al llegar a Europa se necesita, previo aprendizaje práctico para poder aplicar correctamente esa multitud de nombres que los libros y cuadros europeos van dejando en nuestra memoria, desde que somos niños.
Vimos la antecámara del poeta y su cuarto de dormir, ambos adornados con pinturas, litografías y bustos de Voltaire, como que esta fue su célebre residencia, en mármol y en yeso. Entre los cuadros hay dos por lo menos que representan a Diana y Endimión, asunto que tal vez gustaba al poeta. En la antecámara se ve un monumento de ladrillo con esta inscripción arriba: «Mes manés sont consolés» etc., y en el centro, «Son esprit est parlout et son coeur est solés»: y un busto de mármol que representa a Voltaire tal como está en su estatua de la Comédie française en París. En el dormitorio aparece un retrato al óleo de cuando era muy joven, el mismo que figura en la edición selecta y manual de sus obras ligeras, hecha y multiplicada anualmente por «Fermín Didot», y que es una de las que más circulan. Debajo se ve otro de yeso, de perfil, en que aparece viejísimo, y al lado Madame de Chatelet. Próxima está su cama y un largo sillón que parece un canapé: delante de los cuartos en el parque se extiende una larga y oscura charmille14 por la que Voltaire se paseaba dictando a su secretario o amanuense. La espesura —484→ está rota a trechos intencionalmente para que pudiera divisarse, to take a glimpse como diría un inglés, los Alpes, el Monte Blanco, etc.
Durante mis viajes experimenté tres impresiones muy fuertes: al pisar Europa, al pisar África, y al verme ante el cráter del Vesubio; y dos muy tristes: en la galería histórica de figuras de cera de Madame Toussaud en Londres, y en el cuarto de Voltaire, porque en ambos lugares la grandeza humana se me presentó materialmente con un tinte espectral y desolador.
A nuestro regreso de Ferney encontramos a la izquierda el camino del grand Saconex, y más lejos a nuestra derecha el del pequeño Saconex que fue el que seguimos. El camino es un camino cualquiera, pero pintoresco. Al llegar a un recodo se distingue a Ginebra con sus techos de zinc relucientes por el sol, y sus montañas: es el pequeño Saconex. Fuimos a la casa de Mr. Poncet en las alturas de la Chatelaine, au dessus de la jonction, como prescriben las indicaciones de la Estética. Se ve al frente a lo lejos el pueblo de Montier, entre el grande y el pequeño Saleve, detrás de los Alpes y después del Monte Blanco. Por esta garganta entre los dos Saleves es por donde se puede divisar el Monte Blanco, el pico más alto entre las agujas que lo rodean.
A las dos y media seguí a mi compañero al pueblo de Evian, afamado por sus baños y cuyas aguas tienen alguna semejanza con las de Vichy. Partimos por el vapor, y a las cinco y diez llegamos. Apenas se deja el embarcadero quitan la toile o toldo (sin duda por temor al viento) y tiene el pasajero que cocerse a todo sol. Al regresar a la mañana siguiente no había sol, pero sí lluvia. El vapor recorre y visita La Blotte, Belle Rive, Thenon, etc., siendo lo más notable, que exceptuando uno o dos de esos lugares hay que desembarcar en una barca, lo que presta a una pequeña excursión de placer la seriedad de un viaje. Se ven algunos lindos campanarios revestidos de zinc y que resplandecen entre la hierba a los rayos del sol, y algunas casas blancas aisladas y situadas al borde mismo del lago, con un verde respaldo por detrás y un tapete azul a sus pies. Llegamos, y nos dirigimos al «Hotel de France», cuyo salón de conversación se hallaba en el cuarto piso, sin duda para que se pudiera disfrutar del aire y de la vista. Hay en Evian unas cinco o seis fuentes —485→ cuyas propiedades varían, siendo la más nombrada la de Bonne Vie. Allí se han apresurado a instalar un bonito establecimiento de baños con un jardín alrededor, un gabinete de lectura, que es un chalet, y un gran salón que disfruta de bellísima vista.
El gabinete de lectura, la librería, el libro, siguen y persiguen al viajero en Europa por todas partes; en las estaciones ferrocarrileras, en los lugares de baños, hasta en la cámara de los vapores. Entre nosotros, en los remates públicos de espléndidos menajes se encuentra todo, absolutamente todo cuanto puede necesitar la familia, el individuo o el mero especulador todo, estantes mismos, pero no libros. Entre nosotros el que tiene que atravesar las calles de la ciudad con un libro por acaso en la mano, se apresura a envolverlo en algo, para no atraer la atención como un ente curioso. En cambio el que se toma una buena mona, vuela a lucirla al teatro, al club o a la calle de Mercaderes, en donde su paso y sus crapulosas bestialidades serán acogidas por exclamaciones de esta especie: «¡Qué lástima! ¡Un mozo de tanta chispa! ¡Cómo se ha malogrado!». El libro, y por consiguiente el literato, gozan de un profundo y merecido desprecio en una sociedad tan ocupada... del rocambor, del billar, del «¿Qué hay de nuevo? y de vociferar contra el país, babeando estólidamente en una esquina, que es lo que llaman ocuparse de política.
En Evian se toma el baño en una tina, caliente o fría. El agua es alcalina como la de la Celestina en Vichy, y se bebe mucho. En el mismo jardín se ha arreglado una pequeña gruta en la que corre el chorro bienhechor, y en la que se encuentran siempre listos los vasos adecuados.
En el Escorial y La Granja en España, el agua es tan celebrada, que se emprenden romerías diarias a tomarla durante la temporada; debido a lo cual la fábrica o comercio de vasitos apropiados toma allí gran incremento. Son de vidrio y los hay de todos los tamaños, formas y colores imaginables; siendo los más corrientes unos chatos como para el bolsillo, y cruzados de fajas azules o rosadas que los hacen muy vistosos.
El agua de Evian es muy fresca, once grados centígrados, muy ligera y muy deliciosa, realzando su prestigio el jardín que la rodea, y el Lago, y el Jura que se presentan al frente. Durante el día hace —486→ menos calor, y por la tarde menos frío que en Ginebra, por lo que la diferencia de temperatura entre el día y la noche no es desproporcionada. Las calles son tortuosas, mal empedradas y están alumbradas con aceite, viéndose por ellas muchos extranjeros.
Al día siguiente a las seis de la mañana volví a emprender el paseo a Bonne Vié, y a las ocho me separé de mi compañero en el embarcadero y di la vuelta a Ginebra.
Pocos días después fui a probar los baños de Arve; cuya agua se hace notar por su color turbio y por su extremada frialdad. La temperatura no pasa en verano de once a doce grados centígrados. Este río nace en los glaciers del Monte Blanco, y hace su trayecto hasta Ginebra en diez y ocho o veinte horas; así es que se baña uno como en hielo que acaba de derretirse, de donde resulta un baño muy tónico. El establecimiento balneario situado en su misma orilla es muy bueno, habiendo en cada cuarto una ducha y una lluvia, de que se sirve uno según su necesidad o antojo, tirando ya de éste, ya del otro cordón, lo mismo que quien tira de la campanilla. Antes de la inmersión se asperja uno en la susodicha lluvia. La primera vez experimenté un dolor agudo a la cabeza, como el que se siente en las manos, pies orejas, y también en toda la cabeza, en uno de esos días en que el frío arrecia y se hace intenso. Se pega una zambullida y se sale antes quizá de dos minutos, tanto para evitar reumatismos, cuanto porque siente uno que se quema, como cuando se amasa nieve con las manos. Esta agua a fuerza de su frío deja de serlo (argumentun quod multum probat nihil probat). Pasada la primera impresión, que es muy rápida, se siente menos frío que en un baño ordinario; y a la salida y después de vestido, menos que después de un baño tibio. Al echar la cabeza para atrás en el agua sentía en la nuca un frescura mucho menor que al hacerlo en mi aljofaina en la ablución matinal.
A la salida se hace uso del otro conducto de ducha aplicando el chorro a la parte baja del cuerpo para atraer la sangre, y porque creyendo con una fuerza extremada el golpe será poco agradable y hasta dañino en el pecho o la cabeza. ¡Singular baño después de los de Damasco y Turquía!
El pescado más abundante en el lago de Ginebra es el llamado feurre (¿?) que es muy bueno. Viene en seguida la trucha, que es —487→ el salmón de agua dulce, como la cigarra es la rana de los árboles por la querellona. La armazón de la trucha difiere tanto de la del salmón que por sí sola bastaría para establecer la diferencia entre ambos. La de la trucha parece que sólo se compusiera de filamentos.
El Museo Zoológico Nacional, situado cerca del Circo (¿circum circa?). No, contando con muchos objetos, ha multiplicado los números del Catálogo para darla un volumen importante. Vi en el museo topos que parecían musarañas grandes; herminias en pelambre de verano rubia, y de invierno, blanca, como si alternativamente quisieran honrar a la rubia Ceres, y al cano invierto. Chevreuils (corzos o cervatillos); chamois (gamuzas), más velludos que los bous o chivos, y con dos cuernecitos en la parte alta de la frente, retorcidos hacia otras como para que puedan rascarse el lomo. Bouquetins (cabrones silvestres) intermediarios entre ciervo y el cabrito; las astas de la hembra son casi lisas como los del adulto, y las del macho nudosas. Gavilanes de patas amarillas, cabecita chata y sepultada entre los hombros, aire, cuitado, tipo de mucha gente idéntico al que aparece esculpido en los obeliscos egipcios, y que es el épervier de los franceses. Martín pescadores por el estilo de nuestros carpinteros, de color cerúleo y largo pico, y aparentemente más pequeños que los de nuestro campo. Picazas, con la mitad del cuerpo listado de blanco y no todos negros o cenicientas como los parroquianos del Esbekié en el Cairo: a los primeros compara Garcilaso de la Vega el plumaje de nuestros cóndores. La Perdiz de las nieves (tetrax lagopsde) muy parecida a lo que en Lima llamamos paloma de Castilla, aunque con la pata análoga a la de una liebre, mucho más velluda. Esta linda ave es de un plumaje níveo que en invierno se salpica de plumitas oscuras. Poules d'eau, sin duda nuestras galloretas o gallinetas; el cormorán, que vivo solía ver por el Lago y que recuerda a aquel man of war inglés de ese nombre, que en 1844 bombardeó nuestro inerme puerto de Arica. El cormorán es un pato parecido a ciertos hombres que hay, de piernas cortitas y gran panza. Sus patas, que están separadas, huyen rápidamente hacia atrás de su vientre, ni más ni menos como en los interesantes bípedos implumes a que acabo de referirme, y a los que un sombrero de copa, un chaleco cuasi chupa, un fraquetón, unos pantalones, unos botines y un bastón, metamorfosean en hombres. Eu —488→ reuils o ardillas que más tarde en mis excursiones pedestres por los Alpes, debía ver saltando de rama en rama por entre los pinos y alerces. El halcón, que es un gran gavilán; la cercelle o cerceta, etc.
El lector europeo se sorprenderá de la minuciosa complacencia con que describo plantas, árboles y animales familiares y sin interés para el último rústico de Europa; pero es de advertir que todos estos nombres son novedades para un habitante de Lima, que en lo general no conoce prácticamente más árboles que el sauce, más palomas que el cuculí, más pájaros que el gallinazo, ni más pescados que la corvina y liza.
El autor de este libro se sentía maravillado al ver vivos o de bulto, objetos que para él no habían sido más que belleza literaria. Y conociendo esta deficiencia de su país se esmera en suplirla.
—489→
El 13 de agosto a las dos de la tarde dejé Ginebra, y mediante cuatro francos llegué a Lausana a las cinco por vía de agua.
Los viajes son agradables especialmente antes y después, en los preparativos, en los recuerdos, y formulando este pensamiento sigamos narrando.
De Ouchy, que es el puerto de Lausana, se parte en ómnibus, y es camino de tres cuartos de hora por una cuesta muy fastidiosa. En la población todas las calles están en declive más o menos rápido, y todo, hasta las fuentes públicas, afecta la forma gótica siendo también éste el estilo de la Catedral.
Un edificio gótico podría simbolizarse por una papaya arequipeña; así como en lo antiguo un canastillo rebosando flores fue el principio del capitel corintio; y así como en las copas de las palmeras de Egipto parece palpitar el capitel faraónico.
Quizá la catedral de Lausana no es un gótico puro; el «pleicintre» es casi redondo, se estrecha poco a poco, se hace puntiagudo y forma por fin el gótico afilado de la papaya de que hablamos. En la catedral parece notarse esa transición. El edificio cuenta unos 800 años de edad, y en él se ven algunos mausoleos curiosos entre ellos el de «Othon de Grandson». Su estatua acostada apoya los pies en un leoncito y está cubierto de cota de malla, faltándole las manos para recordar que las perdió en el desafío que ocasionó su muerte ahora más de 500 años. ¡Esto es vivir de recuerdos! ¡Esto es tener raíces en los más antiguos tiempos, y esta es la vida de Europa! En nuestros incipientes países no hay tradiciones, o las hay confusas, de incomprensible color local, y relativas a generaciones con las cuales la mayor —490→ parte de nosotros, llenos de sangre europea no nos sentimos inclinados a simpatizar de veras; salvo hasta donde es necesario para la farsa política interna y para el estilo convencional, retórico y literario.
Lausana, capital del «Vaud», se halla situada en la confluencia del «Flon» y del «Lonve». Posee un gran puente que recuerda algunos viaductos ferrocarrileros de la ciudad de Londres, porque al atravesarlo ve uno a sus pies por debajo las caprichosas de la ciudad. El calor más fuerte que en Ginebra; 25 grados centígrados, y a veces 30.
La ciudad está rodeada de «villas» o quintas en cuya verja se leen inscripciones que habrán parecido muy adecuadas a sus moradores, y que para el transeúnte, ajeno a la historia moral del propietario, son vaciedades: «Mi deseo», «Mi descanso», «Bien escogido», lemas que recuerdan los de aquellos escritores, que nos echan su personalidad desde la portada de sus libros con epígrafes con este estilo: «J' aime les morts» a lo que nos da ganas de contestar; ¿qué nos importa a nosotros? o bien: «Aimons les animaux», lo que es a éste se le podía echar un nora mala.
En Suiza no encontraba por cierto la flema indiferente de los habitantes de Atenas, en donde se podía impunemente escalar paredes en pleno día y en plena calle para asaltar una huerta sin que nadie se detuviera ni hiciera caso. En Lausana la llegada de nuestro ómnibus, que debía ser cosa diaria, fue un acontecimiento; y cada vez que se detenía a la puerta de un hotel, comenzaban a aparecer cabezas curiosas en las ventanas inmediatas y a propósito: cada hotel de Suiza parece una colmena por el número y la pequeñez de sus cuartos. Los estudiantes de Lausana usan una gorra verde, los de Ginebra blanca. Aquí parece que se fomenta la destreza en la destrucción. Por todas partes oigo hablar de «Tiros cantonales» y leo en las calles de las poblaciones, «Tiró a la carabina y a la pistola». ¿O serán homenajes porfiados a la memoria de la «Wilhelm Tell»?
Por las tardes que paseaba en la compañía de un francés, natural de Puix en Languedoc sobre el Loira, el cual me refería con alguna simplicidad las peripecias de su viaje: Vinieron en diligencia hasta «Saint Etienne»; y de allí a París en ferrocarril. Al decirle yo que venía de «L' Orient» se produjo un equívoco muy gracioso porque mi amigo entendió «Lorient», que es un puerto naval de alguna importancia en Francia. Del mismo modo cuando anuncié la primera —491→ vez en Atenas que mi procedencia era del «Perú», me preguntaron si no quedaba eso por la parte de Beirut.
Dos, acaso tres caminos suben a la altura llamada «Le Sigual». Tomé el que pasaba por delante del jardín y al entrar a la «Selva de Sauvabelin» vi un abrevadero rústico abierto o mejor dicho excavado en un tronco largo y muy ancho que me recordaba algunos versos de las Geórgicas... «potabile lignum». La cabeza o punto superior del abrevadero estaba apoyada en un árbol grueso cuyo tronco perforado en el centro, le suministraba el agua por un caño de zinc. Al fin conseguía ver a la naturaleza viva. Este abrevadero me recordaba asimismo a las famosas piraguas de los indios de América; que no son otra cosa que grandes troncos escavados. Al frente se veía una granja, y a un paso, a la entrada de un caminito, una cruceta pintada de verde que me transportó definitivamente a los campos patrios. Estas crucetas son lo que los franceses llaman tourniquets y el diccionario de la lengua castellana «molinetes». Llegué al «Sigual» que es una especie de pequeña azotea («terrasse») triangular, a cuyo pie tiene uno la ciudad, a la derecha el socavado por el «Lonve», y a la izquierda el que forma el «Flon». Parece que estuviese uno en una península. Al frente en la orilla opuesta, los alpes de Saboya, a la izquierda el Jorat y por detrás los alpes de Friburgo.
Tomé el pasaje en el ferrocarril para «Vevey»; partimos a las diez de la noche y antes de una hora llegamos. Un boleto de segunda clase que es tan buena como en Alemania, me costó un franco cincuenta céntimos. La estación de Lausana estaba muy animada con numerosos tiradores que partían para lo que volvían de «Aigle» del tiro cantonal, con el fusil al hombro y el sombrero rodeado de cintas y de plumillas parecidas a las del Volante en el juego de este nombre que habían comprado en la fiesta. Bebían, gritaban y cantaban, después de tan varoniles y provechosas diversiones. A la llegada de cada tren todos los empleados a un tiempo gritaban el nuevo derrotero armando tal ruido, que se podía desafiar al oído más sutil a darse cuenta de esa algarabía.
Un ómnibus con tres coronas estampadas en los vidrios nos condujo al hotel de este nombre, en donde me asignaron un cuarto, en el cuarto piso, cuyo techo comenzaba a resentirse de la forma de la bohardilla. La ventana por donde bajaba la luz era un agujero; mas —492→ tenía vista al lago, libre ventilación, nada de humedad, nada de polvo, nada de ruido, o el que llegaba hasta mí llegaba tan debilitado, tan depurado, tan poetizado como todas las cosas alueñadas que era casi como una armonía, o cuando menos un murmullo placentero. No carece de ventaja vivir en la vecindad del cielo.
Por la mañana subí a los Bosquets de Rouvenac, costeando primero el torrente de Veveyse, sobre el cual divisé dos puentes, uno de piedra y otro de fierro. Hallábase seco entonces y pude ver su cauce pedregoso y el sitio por el cual se descarga en el lago. De los «Bosquets» bajé a la «Terraza del panorama», delante de la iglesia de «San Martín» que en verano hace el servicio de Catedral. De allí el panorama es realmente hermoso.
Después de medio día el tiempo se encapotó y llovió, a pesar de lo cual reinaba un calor pesado. Sobre el Lago, que es el mismo de Ginebra, se divisaba una larga raya que separaba dos colores: el de allá cerúleo y el de acá oscuro. Quizá el primero representaba al Ródano cerca de cuya embocadura en «Villeneuve», nos encontrábamos. De repente se levanta un viento extraordinario y comienzan aquellos corderitos como dicen los franceses, peculiares del mar cuando sopla brisa fuerte y hasta se ven olas. Para que nada falte al cuadro marino aparecen las gaviotas, recorren el lago y zambullen repetidas veces sin duda para pescar los pescaditos que el mal tiempo ha debido aturdir. «A lago revuelto ganancia de gaviotas», podríamos decir. Los gorriones del jardín por su parte, parecen apresurarse a hacer su agostillo. No puede verse estos animalillos, estas curiosidades de la creación sin lamentar que huyan del hombre. ¡Oh, si ellos nos buscaran como esos repugnantes y dañinos bichos que infestan la vida doméstica! Este deseo me lo suscitaba probablemente un nuevo parásito familiar, una nueva variedad de mosca que en Vevey como en Lausana me fastidiaba no poco. No eran abejas, ni tenían la esbeltez de la avispa, quizá eran zánganos o abejorros; ello es que en el comedor particularmente, acosaban en unión de las moscas atraídas por la miel, y se lanzaban al panal servido sobre la mesa con una voluptuosidad irresistible, que los hacía atropellar todos los obstáculos. Una vez que se aferraban a él, todo su corpúsculo parecía agitado por un estremecimiento de placer.
A las seis y media de la mañana dejé Vevey; en un cuarto de —493→ hora por el ferrocarril llegué a Clarens. Subí al Castillo de «Chatelard» dejé a la izquierda «Tavel» y por un camino sombreado no tardé en encontrarme delante del edificio que visto de lejos parece una casa cualquiera. Se entra por una puerta baja estrecha, que recuerda los castillos de la Edad Media. Di un paseo por la azotea, el tiempo estaba nublado y lluvioso, de lo que casi me alegré por variar. ¡Está uno tan acostumbrado al llegar a todo punto de vista cual encontrarse con un panorama espléndido o sea con un lugar común, que casi conviene este chasco! Además que no dejaba de verse el lago, el Castillo de Chillón (mucho más célebre) y el cauce de un torrente seco que corre derecho al lago, y la otro lado del cual se veían despuntar entre espesuras de árboles una o dos casas blancas situadas en una colina, y que llevan el nombre de «Bosquet de Julie». El castillo corona un montículo.
Atravesando viñedos llegué en media hora a «Ternex», paso de largo, tomo a la izquierda, y dejando a la derecha «Montreux», emprendo la ascensión del «Sales». Recorro la única y larga calle del pueblo y voy a parar a un puente de 27 metros de alto sobre la «Baye de Montreux», que es el mismo torrente cuyo cauce seco hemos visto en Clarens, y aquí arrastra alguna agua que se ve correr por abajo, ya por canceles de madera, ya rompiéndose entre las rocas, lo que ofrece un cuadro pintoresco. Entré al hotel de la Unión y tomé una taza de café puro con una copita de aguardiente de cerezas, el famoso «Kirschvasser». Me puse a arreglar mis apuntes de las últimas excursiones, que llevaba con lápiz y en francés en cuadernitos muy pequeños; y bastante mojado esperé que pasara el tiempo.
Antes de entrar en Vevey, decían mis apuntes rezagados, se pasa por una hermosa selva. En Vevey al ir al paseo de «Entre Deux Villes», se deja a la izquierda pasándose por delante de ella, una puerta ojiva coronada de un campanario muy pintoresco y que llaman la Puerta del campanario, que conduce al campo. A la salida se encuentra inmediatamente a la izquierda el Cementerio, no sólo encubierto de cipreses, sino también de flores y de jardín. De Vevey se divisa la extremidad oriental del lago, y se ve una larga barra de árboles, como un puente de verduras echado entre los Alpes de Saboya y el «Jorat». Desde la azotea de la iglesia en Vernex, la barra se ofrecía a mis ojos como una larga y risueña cañada, chata y salpicada —494→ de árboles que me recordaba el valle de Cañete.
De la azotea bajé a la gruta que está abajo. Hay un bonito «Chalet» (establecimiento de baños) en cuya puerta se lee «Grotte». Un hombre me lleva a ella; es pequeña, pero bastante alta y no carece de mérito con su piso de piedra pómez, el musgo que la cubre y el hilo de agua que corre en el medio.
Prosigo, y paso por «Terret» siguiendo la grande route (el camino real) sin árbol, sin sombra, sin recurso si hay sol, y sólo yo, sin compañero, amigo, criado, ni agua, perdido con mis ligeros veinte años en medio del continente europeo.
No quedaba más consuelo que pasar la vista por los montes selvosos que se extendían a izquierda y derecha, y por las viñas que bajan hasta los rieles. Las faldas de las montañas estaban trilladas de caminos o veredas, y a medida que va uno elevándose, el sendero se hace más estrecho, pero también más fresco como que corre entre árboles y viñedos.
Llegué al Castillo de Chillón, y se me enseñaron los subterráneos que son galerías con sus arcos en pleicintre, de las que la primera posee bastante luz. Están construidas parte en la roca viva y el resto en piedra de construcción. La de Bonnivard tiene como siete columnas, leyéndose en la cuarta el nombre de Byron, grabado según se dice por él mismo, y en la quinta el anillo de fierro a que estaba atado Bonnivard inmortalizado por Byron en su poemita «El prisionero de Chillón», del que allí mismo compré una edición especial en inglés.
Se ven en el suelo estampadas las huellas de célebre prisionero, a juzgar por las cuales no disponía de más de tres metros de suelo para moverse. Se pasa a otra sala en cuyo fondo oscuro se descubre con gran trabajo la horca en que colgaban a los prisioneros condenados. Al frente una abertura que cae al lago, fácil de destaparse, y por la que se arrojaba el cadáver.
Antes de esta sala hay un pequeño calabozo en donde sobre la roca misma se había tallado una cama muy pulida y casi perpendicular, en la que el condenado debía pasar su última noche.
Se sale y se pasa por delante de la Gran Torre, la más antigua de todas, y sucesivamente se visitan la cámara del duque de Saboya, de la duquesa, de la sala de recepción con un hermoso cielo raso o techo de nogal. En la cámara de la duquesa hay una ventana que —495→ domina el lago y de la que se disfruta de una bellísima vista. En todas esas piezas se ven las grandes chimeneas de la época que bien podrían constituir unas cocinas. Vese además en otra pieza, una columna de madera que remata en una polea, y que se llama la columna de la tortura, porque allí se aplicaba el tormento a los porfiados; una pieza más separada del cuerpo principal en la que se ve un agujero al que se baja por una escalera. No alcanzan a contarse sino hasta tres gradas porque las otras desaparecen en la oscuridad del antro. Teníase allí los reos a quienes se quería hacer desaparecer misteriosamente. Bajaban los infelices sin sospechar los tres peldaños visibles, y cuando alargaban el pie para tocar el cuarto sumido en densas tinieblas se encontraban en el fondo del lago a unos 80 metros de la superficie.
La boca de ese abismo está rodeada hoy de una baranda de madera y se llama Les Oubliettes, que es como si dijéramos las olvidaderas.
A la salida se encuentran de venta bastones, madera esculpida, acuarelas, folletos y otros objetos colectivamente denominados recuerdos de Chillón.
Seguí mi camino para Villeneuve, a pie como en todas mis anteriores excursiones y pasando por delante del lindo Hotel Byron, que parece marcar la mitad del camino entre Chillón y Villeneuve. Este último es un pueblo triste con una sola y larga calle donde yacen los muchachos revolcándose al aire libre. Al frente del embarcadero se ve una islita con tres árboles que no hacen sino uno solo. Es tan pequeño y de forma tan regular, que no la habría tomado por isla sino por un cajón lleno de tierra y con sus árboles o su árbol en el centro.
El Sol que había salido ha vuelto a desaparecer; y las cimas comienzan nuevamente a calarse su gorro de dormir.
En algunos hoteles suizos lo mismo que en Marsella y Bilbao, se entretienen en pulir y bruñir los enladrillados u otros pisos con exageración, como para proporcionarle a uno fastidiosos resbalones.
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A las dos y media salgo de Villeneuve y media hora después atravesando el Ródano llego a Aigle. Una gran calle se abre desde la estación y se llama la calle nueva, pudiéndose notar que la población está de fiesta. Arcos de verdura, banderas de colores, divisas en profusión con sentencias como éstas: «Unámonos, la unión es la fuerza» y este gran letrero de amor general a la entrada del pueblo: «Sed bienvenidos», que tanto se dirigía a los suizos como a mí, como a mi perro si lo hubiese tenido.
El campo del tiro presentaba un aspecto de feria en donde se bebía, en donde no faltaba la música, las tiendas ambulantes, el juego de envite, los columpios, y un gran Café con el nombre de cantina. Los tiradores también estaban a la sombra, y delante de ellos se abrían varias alamedas de álamos tiernos, que iban a parar al blanco, siendo éste como un medio de encarrilar la puntería.
El blanco era un cuadro blanco con un punto en el centro que desaparecía cada vez que un tirador acertaba, subiendo inmediatamente otro a reemplazarlo, de la manera que debía correrse el telón en el teatro de los romanos de abajo para arriba. Un individuo con un libro en la mano junto al puesto de los tiradores toma nota de los tiros felices. Las detonaciones se suceden sin interrupción en un verdadero tiroteo. Muchas valesanas, con su ropa ceñida o entallada casi bajo los sobacos, y un sombrerito redondo de alas abarquilladas y muy pequeñas, sobre las cuales alrededor de la copa se arma con seda y raso, una verdadera muralla de circunvalación; muralla de —497→ ciudad, aunque de forma irregular, almenada por un bordado de hilo de oro.
Con este tocado extravagante, con esta corona mural de la cabeza, cada valesana venía a ser lo que los latinos llaman mulier turrita. En algunas el sombrero se reducía a un simple gorro de panadero.
Voy a la cascada de Fontanay, que no vale la pena de una excursión, por no ser más que un arroyuelo.
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Dos caminos que se desprenden de la extremidad de la calle nueva, conducen a ella. Ambos son del mismo largo, y costeando la Grande Eau que es un río del pueblo, el camino de la izquierda conduce al pie mismo de la pretendida cascada, y permite beber su agua muy estimada en el pueblo por su limpidez y frescura, y el de la derecha la presenta de golpe, proporcionando además la linda vista del pueblo, chispeando en su verde llanura, y al pie de sus montañas aterciopeladas, que con los rayos del sol toman todos los reflejos del terciopelo.
Salgo para Martigny. La partida anunciada para las siete menos cuarto de la tarde, no se ha verificado sino a las ocho. Engañado a cada paso me convenzo más y más de que este país, ya singular por sus montañas no está hecho para ferrocarriles. En San Mauricio se encuentran sin coche para los pasajeros de tercera clase, y los zampan a segunda.
Una atmósfera de ajos y de Gruyere, eso sí, como estamos en su lugar, invade nuestro vagón.
El cuarto que me han dado me recuerda el que tuve en el pueblo de Vergara en España, hace tres años. El mismo silencio por fuera, las mismas montañas tapiándome la vista, casi delante de mis ventanas, y en la noche el mismo sonido de agua que cae. Esta mañana a las diez tomo el camino a pie de Vernay, que también le llaman Vernaya, y por una pésima carretera, larga y derecha, nada —498→ romántica llegó en media hora a este pueblo. A la misma entrada se atraviesa un puente sobre el Trient, que a la derecha se ve salir de un desfiladero alto y estrecho. En la extremidad del puente hay un letrero que dice: «Entrada de col (garganta) de Trient», por la cual penetro.
Hasta hace poco no era accesible este recinto, porque habría habido que meterse al agua. Hoy cintando con el peaje de los extranjeros y con esta renta más, renta verdaderamente viagere como todas las de Suiza, cuyas anuales rentas veraniegas son de viajeros, hoy, repito se han construido una galería de madera, ligero andamio colgado al muro de la roca viva de la derecha, y por el cual puede uno internarse hasta un cuarto de hora, en que termina, por esta curiosísima galería de la naturaleza. En este punto el torrente cae rompiéndose, no de una gran altura, una cosa de 25 metros, pero con una gran magnificencia. El puente por el cual se camina tiene veinte pies de alto más o menos, y una baranda de seguridad. De trecho en trecho tuerce graciosamente y pasa al otro lado por el cual continúa, llevando al viajero en el aire y entre dos altísimas paredes de roca viva, de seiscientos a mil pies de alto. La fuente originaria de este torrente se encuentra a tres leguas de distancia en uno de los glaciers del Monte Blanco. A su paso recibe el tributo del Agua negra y de la Barberine, y su color es de un lavadero público. La cascada que forma en la extremidad de la galería es una sorpresa para el visitante que no la espera. Esta cascada es más digna de ser visitada que muchas cascadas de que hablan Murray y Hachette en sus manuales de viajero. El peaje es de un franco por persona, al principio el piso está seco, pero no tarda el torrente en hacerse profundo y sin orillas llenando de bote en bote su angostísimo cauce. Allí el cuadro es imponente: a nuestros pies un golfo atormentado y espumoso y encima de nuestras cabezas un pedacito de cielo, allá, por las alturas, en donde casi se juntan las paredes de ese antro o calabozo. Nada de flores en la adusta superficie de esas rocas talladas a pico; a lo sumo un ligero musgo, aunque a medida que se avanza se van divisando algunos arbustos en la inaccesible roca del barranco.
Del puente de que ya hemos hablado, se pasa al pueblo que está inmediato; y allí se va a visitar la cascada de Pissevache que parece —499→ muy cerca y que dista media hora. Gana mucho con ser vista de cerca, y allí, a no ser por el ruido, se la tomaría por humo. También la llaman Sallanches, por ser formada por el río de ese nombre, que viene del Diente del mediodía, y la forma poco después de incorporarse al Ródano. El Trient, se incorpora también en Vernaza, y el Dranse en Martigny.
La Pissevache vista desde el vagón, se despliega sobre la roca, lo mismo que una sábana cayendo de una altura como de 60 y tantos metros.
A la entrada de Col de Trient a la izquierda se ve una subida bastante fuerte que se despliega en zig zag y que conducen en veinte minutos a un pueblo llamado Geure compuesto de seis casas y donde se cultiva, el sarrazin, papas, etc. Está construido casi encima del Col Trient.
Al subir mientras más se asciende más bella se hace la vista; y una vez arriba se encuentra desde luego a la derecha una casita de madera que sirve de refugio en el mal tiempo, y de la que se desprende un balcón que vuela casi hasta el medio del precipicio, que se ve entonces con un horror distinto, de arriba para abajo, quedando explicada la manera distinta de dar idea de una profundidad, del latín y de las lenguas modernas. En el primero se diría que el Col de Trient es alto; en un idioma vivo que es profundo. ¿Por qué? Porque el antiguo se suponía en el fondo y el moderno en la boca; aunque con la industria viva de nuestros días podemos ver las profundidades de arriba a abajo, y aun de abajo a arriba, salvo los cráteres de los volcanes, pues el primero que hizo la prueba de descender ahora muchos siglos, Empédocles no ha vuelto hasta la fecha.
El cauce del Trient, visto desde ahí arriba, se estrecha, y el torrente aunque espumoso, no parece por ese sitio más ancho que un riachuelo.
La galería se detiene o principia más abajo.
Habiendo visto las curiosidades de Vernay, espero en la estación la partida de las tres y media para Martigny.
A las seis de la mañana salgo del hotel (Martigny) acompañado de mi guía que lleva a la espalda mi ligero saco o havresac, especie de mochila suiza hecha de tela impermeable, que llena pesa unas doce libras, no conteniendo sino una muda de ropa blanca y un par —500→ de zapatos, que se cruza al pecho con unas correas. Al principio quise llevarla yo mismo; mas a las pocas horas de subidas y bajadas sentí que el pecho se me abría de dolor, sin duda por la ninguna costumbre. Pasamos Martignyboeurg, y llegados al pueblo de la Cruz donde el camino se bifurca, a la derecha para Chamunix, por el Col de Balme y a la izquierda para el gran San Bernardo, mi guía que desde hacía tiempo se proponía dirigirme a este último lugar dando vuelta al Monte Blanco, se detiene para dejarme reflexionar. Me resuelvo pronto, cosa que rara vez me sucede, tomo a la izquierda y heme aquí viendo a cuatro días de distancia ese Chamunix que ya columbraba al fin de la jornada de hoy.
Desde Martigny se empieza a subir insensiblemente, y a partir de Orziéres los árboles frutales desaparecen, y se encuentra uno en los dominios de los abetos, los alerces y los pinos, que con el cáñamo y el lino en las llanuras, constituyen por así decirlo toda la fisonomía topográfica de la Suiza. El alerce extiende sus ramas como el pino, horizontalmente y en abanico; pero su verde es claro y el del pino oscuro. Además da fruto parecido a la mora en la forma apiñada y, que no es sino la misma piña del pino pero más pequeña. Este fruto del alerce sólo sirve para reproducirlo. Su madera es mucho más sólida que la del abeto, que se pudre pronto y que casi se confunde con el pino.
El alerce por esa solidez da buenos durmientes para los ferrocarriles. Sirve también para abrevaderos para el ganado en los pueblos de Suiza. Su corteza, roja ya, se pudre y desaparece; y el corazón o madera propiamente dicha, más roja, se conserva y se recomienda por su solidez. El abeto es menos colorado, casi blanco.
Se atraviesa todo el valle de Entremont, estrecho por hallarse encajonado entre dos montes como lo dice su nombre. Se costea la Dranse du Saint Bernard, teniéndolo (el río) ya al lado, al nivel del camino, ya a una gran profundidad hasta más allá de Orziéres, delante de Proz (?) situado en una bonita pradera en donde se junta con la Dranse de Val Terre (o Val Saley?) para continuar con el nombre de Dranse Saint Bernard, de donde trae su origen.
Almuerzo en el hotel d'Angleterre con bastante modestia por dos francos, y tomo un coche para la cantina de Proz dos horas, que me cuesta cuatro francos.
—501→Quiero dormir, y a cada paso me despierta el ruido de una cascada o el raro canto de un pájaro. El suelo está esmaltado de florecitas que parecen puntos de todo color. Veo una pequeña pero admirable alfombra de verdura, es la paciencia, legumbre de ancha hoja, de una gran hermosura que se da a comer a los puercos. Vense asimismo en todo el valle papeles, cañamales en los que la planta macho es la que lleva la semilla reproductora: la hembra se determina por una especie de flor blanquizca; plantaciones de coles; espinos, cuya fruta es una pequeña baya roja, como tomate, saifoin, que no se da ni a las mulas ni a los caballos porque les desarregla el vientre.
Llego a la cantina con la lluvia; aguardo un cuarto de hora y a las cuatro de la tarde vuelvo a empezar mi marcha a pie hacia el Hospicio. Se sigue viendo la Dranse que se va haciendo más y más estrecha, más y más pura en su caudal conforme se aproxima al seno materno o sea a su fuente.
Los afluentes, los malditos afluentes son los que al engrosarlo más tarde le arrebatan la pureza de su color. Viva imagen de la vida humana: ¿quién no conservaría la pureza de sus sentimientos y de sus ilusiones hasta el sepulcro, si el maldito caudal de los desengaños al venir a enriquecernos con la experiencia, no enturbiara y manchara para siempre el delicado espejo de nuestra alma?
Al cabo de hora y media llego, envuelto como un héroe de la Iliada en espesa niebla. La subida muy buena. Durante toda ella vi flotar trozos de nubes blancas como vapor, como copos de nieve, y de trecho en trecho pedacitos de cielo azul. En el suelo ni una rama ni una zarza. En estas alturas la naturaleza se despoja de aquellas operetas, que con variadas formas de la vegetación, parece tararear por allá abajo para entretener la frivolidad humana; y con voz glacial sólo entona un adusto De Profundis en este desmantelado templo digno de su solitario visitante.
Al comenzar la subida se ve al Pico de la Piedra, que es un cono perfecto, y a la derecha el Chalet del mismo nombre, con su establo y sus animales que pastan por la falda inmediata cubierta de musgo. Más lejos el hospicio y la Capilla de los muertos, que no es más que un osario, construido como la pieza próxima, el hospicio, de piedras de la localidad, y recubierto de groseras pizarras. Esta habitación —502→ a media subida, sirve para dar alivio y confortar a los viajeros que puedan necesitar socorros antes de llegar al convento, del cual depende este edificio.
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Llegamos en plena niebla (18 de agosto) después de hora y media de marcha. Eran las cinco y media de la tarde y a las seis estábamos sentados a la mesa. El comedor es un refectorio como el de un colegio o seminario. La mesa en su extremidad da una vuelta y forma un martillo. Gran chimenea con un espléndido fuego doblemente apreciado en esas alturas. Un piano en que se ponen a tocar y cantar unas damas inglesas. Hasta las diez de la noche llega gente, y antes de las nueve se habían servido ya tres mesas, habiendo figurado en todo como cuarenta viajeros en esa sola noche.
Mi cuarto fue una celda, no por sus dimensiones, sino por sus muebles consistentes en sillas de madera negra con respaldos cuadrados; dos mesas que parecían de comer, y la una para más de doce personas, ambas como las que en Lima se suelen ver en las lavanderías y casas de gente pobre. El primer piso del edificio, o rez-de-chaussée como dicen los franceses, se compone de dos galerías en cruz abovedadas, y de piedra, lo que, las hace parecer caves o bóvedas subterráneas. Por allí están la cocina, el comedor de los pobres, y sobre todo por allí circulan familiarmente los famosos perrazos de San Bernardo, que tanta fama dan al lugar y a la especie canina de los tiempos modernos.
Estos sujetos son muy indiferentes y de un alto estoicismo para el forastero: ni hacen caso de sus halagos, ni los acometen.
—504→El perro de San Bernardo, como hombre que pasa su vida en las frígidas punas y escarbando la nieve a una gran profundidad, con el noble propósito, con el penoso empeño de sacar de apuros a... su semejante (!!) es estoico, nada amable, nada expansivo, hasta misántropo podría decirse sino se conociera su gloriosa profesión.
No se digna ni mirar siquiera al extranjero recién llegado al convento sin otro objeto tal vez que el de verlo. Por más que se le llame con el aire y la voz más dulces, cosa que se hace no sólo por atraerle, sino porque no conociéndole el genio podríamos ser recibidos con una tarascada, el animal se mantiene inmóvil y distraído en su sitio. Aun creí notar en algunos que huían con cierta medrosidad supersticiosa, cuando me acercaba por fin a ellos viendo que no acudían a mi llamada.
¡Oh nobles corazones que no conocen al hombre sino cuando está en duros trances! Lo que es en esto, si que no parecen prójimos nuestros, que acostumbrarnos proceder a la inversa.
Los padres, que no tienen otra sociedad que la de sus perros, los miran con un afecto siempre nuevo. No pueden pasar junto a uno de ellos sin pararse a prodigarle cariños y palabras de ternura, con tanto anhelo, que se diría que el padre es el viajero curioso recién llegado, y que el extranjero muchas veces indiferente, es el agustino, acostumbrado tiempo ha a semejante sociedad.
Delante del convento u Hospicio que corre a cargo de unos padres agustinos franceses, que pasan allí el año dando posada gratuita, salvo las erogaciones voluntarias que se echan en el cepillo de la capilla, hay una laguna muy honda, sin peces por su gran frialdad. Detrás de la iglesia está la morgue, exposición permanente de los cadáveres hallados en la nieve hasta que sean reconocidos. El suelo está cubierto de huesos, y a lo largo de las paredes, arrimados contra ellas, se puede pasar revista hasta a unos veinte muertos puestos allí tal como fueron encontrados, y desafiando la putrefacción per secula seculorum gracias a la glacial temperatura.
El primer efecto que produce este horrible cuadro a la vista, es el de unos borrachos detenidos en un retén de policía, o bien el de unos desgraciados entregados a silenciosa desesperación. Siguiendo el indispensable caimiento de un cuerpo muerto, por más entero y vestido que esté, se han resbalado todos hasta el suelo. Los unos —505→ guardan todavía el equilibrio, casi sentados; los otros lo están ya del todo, con la cabeza cubierta de su pelo, caída sobre el pecho como abismados en terribles reflexiones o como derramando un torrente de lágrimas.
Uno recordaba en su actitud al Gladiador Moribundo, otro, recostado contra la esquina entre las dos paredes, se mantenía derecho en pie y ostentaba un gesto que parecía una risa fatídica, que ora inspiraba enternecimiento, ora disgusto, como la de un hombre cuya perversidad fisionómica no proviene sino de largas amarguras.
Esta pieza, que parece un calabozo, tiene cuatro ventanitas o troneras por sus cuatro caras exteriores, cuyos barrotes son dos fierros atravesados en cruz. Por cada una de ellas me asomé ansioso de ver por todos sus lados este cuadro que, aunque sólo compuesto de palurdos y no de monarcas y personajes históricos como el Museo de cera de Madame Toussaud en Londres, me interesaba mucho más: The proper study of mantkind is man, y éstos, al fin, eran hombres de carne, (aunque momia), y hueso, y no maniquíes. Pasé a la capilla en la que decían cuatro misas a un tiempo; y viendo junto al monumento de Desaix hecho erigir por Napoleón I, el cepillo para las limosnas, introduje como viajero delicado unos seis francos, no estimando en más mi frugal hospedaje y cena.
Las atenciones de los padres son muy imparciales, pareciendo las mismas con el rico que pagará su albergue, que con el pobre que no dejará un cuarto. Temo que esta imparcialidad o indiferencia sea extensiva al recuerdo; porque es dudoso que después de su partida averigüen los santos padres quiénes han erogado y quiénes no. Para eso, o más bien para el recuerdo del tránsito, está ahí el famoso infolio de todos estos lugares, desde la ermita del Vesubio, en que cada pasajero va dejando su nombre, la fecha y a veces alguna observación impertinente.
Después de estampar el mío en el registro del Hospicio y de echar un vistazo a lo que los solitarios padres llaman el jardín, que no es sino una poza, con una pequeña, raquítica y forzada vegetación, que produce el mismo efecto en el ánimo que la morgue, es decir, el de una vida imposible, continué mi marcha a las siete menos cuarto de la mañana sin más compañía que mi guía.
En esto de compañeros fui desgraciado en Suiza, sin duda porque —506→ allí las excursiones andan tan dispersas y desparramadas, que es difícil hallar dos viajeros que coincidan en derrotero, día, hora y forma de emprender la caminata, que puede ser a pie, en coche en ómnibus, a bestia, por ferrocarril o por agua.
A las ocho y media estaba en San Remy habiendo encontrado antes cerca del convento un poste que marca la entrada al Piamonte. A las nueve continuamos, y si no me engaño a las doce y treinta y cinco estábamos en el Col de la Serena.
La vista me pareció muy hermosa y muy libre (tiempo magnífico). Delante de mí y detrás, sucesión de picos y de agujas, sombríos y desnudos los unos, encasquetados en su nieve los otros. La pendiente (versant) que dejaba atrás, vegetación pobre; la que se abría ante mí, admirablemente selvosa. Bajamos hasta un punto en donde un delicioso valle se abre de improviso; es el de Aosta y el de Cormayor. Llegamos al lugarejo de Morges y desde allí hasta Morgex aconsejo a todo el mundo que vaya a pie (hora y media). El camino está casi todo sombreado y animado por cascadas y riachuelos, y es delicioso. En el centro de este valle se ve chispear el campanario y las casas blancas de Morgex a la orilla misma del Doira.
Nada hasta aquí he visto más risueño en Suiza que este pueblo, y San Didier y Cormayor que vienen después, hasta más bonitos que ese Chamonix tan decantado. De allí a Cormayor camino carretero.
Quiero tomar un coche y ofrezco franco y medio; el cochero que me supone fatigado, quiere aprovechar y pide dos. Nos encaprichamos y continúo a pie, pesándome después, porque debía haber economizado mis fuerzas para la jornada de catorce horas que me esperaba al día siguiente, en la que, fatigado hasta lo indecible, pude gastar cuatro o seis veces más. Un ahorro mal entendido conduce a un despilfarro inevitable.
Llego a las siete y media, y todo el mundo conmovido con la llegada de un nuevo extranjero. El barbero viene hasta el medio de la calle, y parece formular una corveta y una sonrisa bonachona, llena de benevolencia, como para animarme a entrar en una conversación que evito. Hotel del Monte Blanco: en la mesa, peluqueros, herreros, gallipavos, al menos todo eso parecían.
Hoy a las seis de la mañana abandono la mala posada del Monte —507→ Blanco en Cormayor, y a las once y media, después de pasar por el pueblo de Saxe, me hallo en la cima del Col de la Seigne, pasado el cual empieza la Saboya.
De Cormayor a Nan-Borrant no tuve más preocupación que doblar cols (gargantas) unos tras otros: el de la Seigne, el de los Fours y el del Bonhomme. El último es insignificante o más bien lo dejamos a la izquierda lo mismo que el valle de Beaufort que se abre por el mismo lado, y que brillaba en ese momento bajo un pedazo de cielo azul, mientras que nosotros estábamos envueltos en la niebla. Hora y media después me hallo en los Chalets de Mottets, y cinco y media más tarde llegaba a Nan-Bovrant, después de una fuerte caminata de trece horas y media y de haber pasado a pie tres cols.
A la entrada del pueblo, no pude más con el cansancio y me tiré por tierra en pleno camino sobre el hermoso césped que, como el agua fresca y pura no falta nunca en la región alpestre. Esta agua espumosa y la garganta del caminante abrasada... no pueden sin embargo, o mejor dicho, no deben juntarse por la más vulgar higiene. Lo que la sed pide al caminar a pie por los Alpes es espirituoso. El frasco de cognac que yo llevaba colgado al hombro, salía lleno por la mañana de la posada, y estaba vacío por la noche. Hoy en Lima no sería capaz de tomar una copita de cognac.
Los chalets, que también llaman pavillons, son (salvo la poesía del lugar) los paraderos de España y los tambos del Perú.
Bajamos por largo tiempo; en Suiza nunca se hace otra cosa; salvo cuando se sube. Echado hacia adelante o hacia atrás, así hay que andar siempre. La llanura es una ilusión, y aun en el centro de las poblaciones en donde han debido de hacer prodigios de nivelación, parece que dormitara latente la tendencia a la curvatura.
Se sale de un valle, y después de una subida cada vez más recia y que toma de tres a cinco horas, se llega al Col, que es como un puente natural entre dos valles y cuya conformación es verdaderamente la de una garganta o istmo.
Los valles o cañadas presentan todos el mismo simétrico aspecto. Dos pendientes laterales cubiertas de abetos y alerces, que parecen flechas clavadas en el suelo, y a su pie un río que las separa y que va regando uno o más pueblos.
—508→Teníamos al frente un pico, Mont Jovet, sosteniendo un glacier del mismo nombre, y de forma redonda como el del Monte Velán frente a San Bernardo. Los glaciers colocados de esta manera parecen un líquido rebosando en una copa. Llegamos a una meseta verde llamada Plan des dames, en cuyo centro surge un montículo de piedras piramidal, que según tradición antigua cubre los restos de una señora que junto con su criada fue víctima allí de la tempestad. Cada viajero que pasa siguiendo el ejemplo de guía, tira su piedra. Era exactamente la apacheta de los Andes.
Bajamos a otra meseta, que ofrecía una belleza tranquila y deliciosa, por la que pastaban hasta seis vacas bajo el cuidado de un rapaz bastante despierto, que vino a ofrecernos hospedaje asegurándonos que el Pabellón Nan Borrant, que aún distaba una hora, estaba atorado de gente.
El sitio, a esa hora apacible en que declina el día, me producía una impresión tan tierna que de buena gana habría aceptado. Desgraciadamente, el Chalet que en nuestra imaginación nos figuramos lleno de colorido en las altiplanicies, es en la realidad una descolorida majada, de esas que puede describir el Quijote; una granja, un corral de chacra (bassecour) casi una pocilga donde el hambriento no halla sino, leche y lacticinios. La leche no puede ser mejor, ésta es su patria; pero depositada en cuartos húmedos, está siempre glacial, lo que agregado a su inverosímil grosura la hace casi repugnante, mucho más para desayunarse. Algunas moscas sobrenadan por su superficie; y así y todo hay que apechugar con ella, sin azúcar porque allí se carece de todo, desde el pan hasta la carne. Por otra parte, el olor de las vacas, el olor tibio de la vida que se desprende del abrigado recinto, es muy refocilador para el viajero, cuya vista, olfato y paladar se sienten desolados a la vista de un páramo silencioso, sin flores y sin árboles, y en donde la brisa es insípida a fuerza de ser delgada y pura.
Hay con todo, una florecita, lila, de la familia a lo que creo de las campánulas, que me acompaña siempre hasta arriba, y vuelve a bajar conmigo, por lo que la llamo la flor de las cimas.
Mi última jornada en lo que se llama la gran vuelta del Monte Blanco, que empecé partiendo de Martigny y que debía cerrar en Chamonix, viaje a pie que realicé del 18 al 21 de agosto de 1862, —509→ mi última jornada, repito, del Nan Borrant a Charmonix fue la más corta y la más interesante.
En el susodicho Pabellón sólo había seis cuartos, pero bonitos y aseados. La comida y el servicio muy esmerados, y los precios con moderación. Por desgracia todo estaba lleno como me lo aseguraba el muchacho vaquero, y me tocó un indecente cuarto entre la caballeriza y la cocina. Por el mismo agolpamiento de gente me veo más tarde alojado aquí (Chamonix-Hotel Monte Blanco) con un cabaret (taberna) debajo y un mirlo al frente.
Dejé Nan Barrant a las siete de la mañana; bajo por una pendiente rápida abierta en la roca, dejo a la izquierda la gorge (quebrada) de Nuestra Señora de la gorge con su iglesia del mismo nombre, muy bonita como la de todos los pueblos suizos, y voy costeando el Bonnant, río que forma el valle de Montjote, encantado de las flores que encuentro en el camino, y que me apresuro a recoger para mi herbolario. El trébol, que da buena y abundante leche a las vacas como el refoín (reheno), llaman así a la segunda cosecha del bono que se cosecha cuatro veces por año, el fromen, más alto que el trigo, y cuyo pan es menos fino, y la avena, de tallo liso y granos pendientes como lágrimas: es el llorón de los cereales y da un pan detestable.
Entre las flores se llevaban la palma esa mañana unos pensamientos amarillos, que veo por la primera vez y que me deleitan. Crecen por el camino como flores ordinarias y se emplean para tisanas. Sobre esas mismas orillas del Bon Nant vi un grupo de árboles (petit bosquet) de tronco liso, largo y tan delgado, que bastaría cortar uno a cierta altura para tener un buen bastón. Es el berne (vergne en patois del país y aune en francés) palo duro que no sirve sino para la candela, y que gusta de los terrenos ribereños. Comienza por ser una planta muy pequeña, casi invisible, y crece hasta formar muy bonitos bosques. El máximum de circunferencia que puede alcanzar su tronco es de pie y medio. Las cabras gustan de ramonear sus hojas, que se recogen en verano; y secas en el invierno sirven para alimentarlas. El fuego de su leña es muy estimado, porque chisporrotea menos y dura más que el abeto. El aune es el aliso.
He visto asimismo unos arbolitos o arbustos que dan unas bayas, unos racimos como de tomates pequeños. Son tan bonitas, sobre —510→ todo por el contraste de los colores, que parecen hechos adrede. Según mi guía se llaman thimé o algo por el estilo. Thymian en alemán es tomillo. Su tronco delgado, es muy liso y muy negro.
En Suiza como en Constantinopla, enteramente preocupado con la naturaleza, me pregunto de tiempo en tiempo: «¿Y los habitantes? A lo que me contesto aquí como allá: estoy en el paraíso terrenal antes de la creación del hombre.»
—511→
El día de mi partida de Cormayor vi la primera moraine más allá del Lago Combal, lago sin peces por su excesiva frialdad, en la árida Allée Blanche al pie del Col de la Seigne y dominada a la derecha por el glacier de Miage. Al ver por primera vez una moraine, se piensa inmediatamente en que ha habido derrumbe de alguna montaña próxima; así como si se le viera en la vecindad de una población se creería que era el muladar de ella.
Es un montón de despojos geológicos situado al pie o al lado de un glacier, y del que se escapa un pequeño torrente que más tarde será un río. Las moraines presentan un color ceniciento, y hendidas a trechos dejan ver la blancura del hielo que encubren, y el cual como si fuera una persona aseada, expele a la superficie toda materia impura. La moraine que veía era propiamente, esto es, parecía un puente vecinal de un solo ojo, viéndose sus dos salidas, y para mayor ilusión un torrente que pasaba por debajo. ¡Raro capricho de la naturaleza!
Admiraba de cerca, viéndola por debajo, esta bella y blanca bóveda de hielo que sólo allí revela sus misterios echando al exterior el traje de ruina, el tosco disfraz que la cubre, e insensiblemente me iba metiendo bajo el ojo del arco, hasta que mi guía me detuvo para librarme, primero de un baño de pie, enseguida de la gotera continua que cae de arriba, y por último de un formidable y no imposible desplome de la masa glacial; porque así como basta la punta de un alfiler introducido para desagregar en todo sentido el más —512→ compacto carámbano de hielo, así la más tenue vibración en el aire, inclusive la de la voz humana, suele determinar una avalancha o alud, desgajándose las moles que sólo esperaban una ocasión para soltarse.
Había salido de Nan-Borrant como lo dejo dicho, a las siete de la mañana del 21 de agosto de 1862, y costeaba el Bonnant atravesando los pueblos de Tressdessouss, donde una buena Báucis a solicitud mía se pone a ordeñar su vaca y me escancia un vaso de Champel y de la Villete, ya en altura, como que comenzamos la ascensión del Col de Voza, último que doblaré en mi circunvalación del Monte Blanco que vengo faldeando a respetuosa distancia desde Martigny, y hasta Chamonix. Pasé ante todo por Contamines, pueblo sepultado entre las flores como los precedentes. Hasta allí si no me engaño es el valle de Mont-Joie, y el siguiente el de Contamines. Se deja a la izquierda el camino de Saint-Gervais y principia uno a elevarse sobre el Col de Voza, el más alto (?) que hasta aquí he trepado, siendo su altura sobre el mar de 1810 metros.
A las once y media me hallaba en la plataforma, Chalet o Pabellón de Bellevue. La vista muy buena, aunque demasiadas nubes en el horizonte, que me tapaban las cumbres. Lo que se ve mejor, el glacier de Bossons a mis pies, y el de Bionasay a mi derecha. Almuerzo y continúo mi bajada en esta vida de altibajos que no es sino la imagen material de la misma vida humana.
Veo al fin la Rosa de los Alpes o Rhododendro, es decir, su follaje, porque flor no da sino en primavera y sólo dura hasta julio. La hoja no es como la he visto en algunas colecciones, dentada o picada en todo su contorno a la manera de la hoja común de rosa.
Vi asimismo, l'Ambroune (?) que es una uva ordinaria de grano pequeño y negro, pero de un gusto insípido.
No tardé en llegar a Ouches a las dos de la tarde. Sigo el camino carretero a Chamonix; y a la mitad de él tuerzo a la derecha para el glacier de Bossons. Subo, llego a sus orillas y me siento deslumbrado por la blancura de su crespa superficie, que podía recordar la de un plato de arroz con leche. Es mucho más blanco, pero menos quebrado que el Mar de hielo de Chamonix.
Lo atravieso lentamente para admirarlo mejor, y a cada paso veo arroyitos de agua pura que corren por la nieve y que nacen de —513→ ella misma. Algunas veces se han excavado un cauce no ya somero, sino un tanto profundo, y entonces se les ve correr por entre dos muros de cristal de roca, y por un lecho que es de lo mismo: blanco cristalino, azulejo, que no se cansa uno de mirar.
Cuando me aproximaba a la cima del Col des Fours, costeaba un torrente que corría entre dos paredes de pizarra que parecían pulidas adrede, y que trajeron a mi memoria el célebre soneto de Lope de Vega.
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No pude menos de recordarlo en el glacier de Bossons, porque en ambas partes la naturaleza había pulimentado el lecho de dos corrientes labrándoles un canal como el más eximio artífice en piedra y en cristal. Para entrar y salir de estos glaciers hay que pasar siempre por encima de unos escombros que parecen moraines.
Muy cerca estaba Bossons de Chamonix cuando di este rodeo descaminándome lo menos hora y media para ir a ver el glacier que ya queda descrito, y también las cascadas de Peregrinos y del Dardo, que no ofrecen interés.
A las cinco de la tarde estaba en el célebre pueblecito que me agrada menos de lo que esperaba. Calor durante el día y frío por la mañana y por la tarde; pero frío vulgar, de Londres, y no el que yo soñaba, de montaña, vivo, ligero, bienhechor para el pulmón.
En Chamonix, no hay nada que comprar. ¡Ay del viajero que no ha venido provisto de todo! La población no se compone sino de gulas, que serán unos 160, y de viajeros. La renta de Chamonix y la de gran parte de la Suiza, es una verdadera renta viagére. Los habitantes parecen vivir en la contemplación, en el espectáculo del extranjero, y me figuro que lo verán llegar como se ve venir con ojo atento las cosechas en los países agrícolas.
Ésta es la época de la feria, y hacen sus provisiones para el invierno como la hormiga. Las tiendas que contienen pretendidos artículos de viaje, son barracas construidas a prisa, provisionales, como las que empiezan a aparecer en los bulevares de París quince días antes del año nuevo.
—514→El guía que me ha acompañado tenía 53 años y se llamaba José Pillet, bueno y excelente hombre. Según él hay nueve leguas de Martigny a San Bernardo; doce de este lugar a Cormayor; catorce a NanBorrant y nueve a Chamonix.
He andado pues a pie cuarenta y cuatro leguas en cuatro días o cuarenta y ocho horas. Más claro, salí de Martigny el 18 de agosto a las seis de la mañana, y el 21 a las cinco de la tarde estaba en Chamonix.
Ayer partí a pie a visitar el Mar de hielo que es una de las primeras curiosidades de este valle. Tardé dos horas hasta el Montantvert, que es una cuesta selvosa muy interesante, que conduce a ese glacier monstruo, que es respecto al vulgo de los otros, lo que el océano con relación a los mares interiores.
Atravieso el Mar del Hielo en tres cuartos de hora; yendo ligero puede hacerse en media hora. Casi siempre se ve uno rodeado de crevasses, que muestran sus paredes de hielo que descienden hasta abajo ostentando un color ya verde esmeralda, ya azul cerúleo como las olas del mar de Nápoles en las noches de verano.
Las crevasses son las resquebrajaduras, hendiduras o grietas peculiares a todo glacier. Figúrese el lector una de nuestras pampas en donde por haberse abierto la tierra como vulgarmente se dice, o por cualquiera otra causa geológica, se admira el mismo fenómeno aterrador e imponente, y tendrá una idea exacta de lo que son estas crevasses, y del terror que produce mirar para abajo estos abismos cristalinos. Algunas son tan anchas que se necesita la mano del guía o apoyarse en el Alpenstock15 para saltarlas. Es verdad que la misma anchura en la somera acequia de un jardín, se salvaría hasta con negligencia.
Este color del hielo forma contraste con el polvo negro que en gran parte cubre su superficie. A la extremidad está tan sucia y tan llena de aculados despojos, que la tomé por una moraine. Este es el punto más hermoso, hallándose uno en medio de golfos. Ando largo —515→ tiempo costeándola por entre gruesas piedras hasta llegar al mal paso, que no lo parecería si no fuera prevenido. Se pasa en ocho minutos, y después al Chapeau, y se baja a la fuente del Arveyron contorneando el Glacier de Bossons.
Hoy subo a la Flegére, subida que es muy pedregosa y fastidiosa, gozándose en la cima de una linda vista. Se ve el Pabellón del Col de Valme muy claramente, lo mismo que el glacier de Fours y de Argentieres. La aguja del Don, muy esbelta, arrimada a la Aguja verde como si fueran dos pegadas. Las grandes y pequeñas Torasses, la Aiguille du mur que desde esta altura confiesa su nulidad verdadera, y como el resto, queda sobrepujada por el Monte Blanco, que visto desde el valle parece más bajo que los otros grupos. Estas curiosas Agujas o Picos tan características de la Suiza, parece que se anunciaran por medio de vegetales desde el fondo de los valles y faldas de las montañas. Todo el suelo suizo señala al cielo con dedos índices, desde las hondonadas hasta las alturas. Cada tallo de esos cañamares y linares que constituyen las plantaciones interiores, es una verdadera aguja o pirámide en cuya coronilla se siente palpitar el anhelo de lanzarse al infinito. Inmediatamente después y en orden ascendente, son reemplazados estos índices desde el pie de las montañas, por los coníferos, pinos, abetos y alerces; nuevas agujas pirámides u obeliscos que también señalan al cielo en ese segundo plano. Por último termina la tierra con las «pirámides de hielo» como las llama un traductor de Ossian, que cierran el cuadro en las alturas mismas. Todos los demás rasgos topográficos de la Suiza, los rasgos horizontales, por decirlo así, no son nada ante esta linda tendencia vertical o indicial, si se me permite la expresión.
Los coníferos no dan plena sombra sino cuando forman selva. Quisiera ver esos árboles que han hecho mis delicias en el Oriente: plátanos, sicomoros.
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Ayer por segunda vez voy a atravesar el hermoso glacier de Bossons. La nieve bajo mi pie ora cruje, ora rechina, y admiro esos hilos de agua que corren por la superficie, y que reuniéndose de tiempo —516→ en tiempo forman un pequeño arroyo que se desliza entre dos paredes de cristal bastante altas. El Mar de Hielo al acercármele, me parecía tener color de herrumbre lo mismo que las aguas del Arye y del Arveyron vistas de esta altura.
A las cinco y media de la mañana parto para el Jardín, término natural, de la excursión al Mer de glace, en cuyo solitario fondo se encuentra ese brevísimo recinto, que por contener una que otra yerbecilla miserable, en esas nevadas alturas, ha merecido el pomposo nombre de jardín; punto hasta el cual no penetré en mi primera excursión.
El frío me molestó mucho, particularmente en las orejas, hasta que llegamos a Montanvers. Puse hora y tres cuartos. A las ocho vuelvo a emprender la caminata, y a las doce y media del día llego al jardín, en donde permanezco y descanso hora y media.
El jardín está casi a 3.000 metros sobre el nivel del mar. No es precisamente el susodicho jardín, que yo habría visto cien veces sin pensar en darle tal nombre, lo que constituye la belleza del sitio, sino su grandiosa soledad y su magnífico silencio que hacen estremecer al que entra. No faltan empero, por allí algunos raros pajarracos, cornejas o pícaras a juzgar por el graznido, revoloteando por lo alto.
He dicho al que entra, porque es un anfiteatro perfecto, un verdadero circo o coliseo de hielo, cuya única entrada es el punto por donde el glacier del Talefre se abre una salida para ir a juntarse con el de Lechaud, mucho más bello por sus altas pirámides, y que a su vez va a desembocar en el mar de hielo.
Está uno sentado en el Talefre, o al menos en el jardín, que es como la isla de este mar. El jardín viene a ser una moraine cubierta de césped en su parte central, donde se encuentran flores, pero pequeñas y ocultas bajo la hierba, y que es necesario buscar. No son de las que esmaltan el verde tapiz, como pudiera creerse.
Además cuando se llega allí se viene atravesando el Talefre en un cuarto de hora, de la fastidiosa cuesta de los Egralets, que pudiéramos llamar el continente, donde se dejan las mismas flores y el mismo césped, y no puede uno sorprenderse de la vegetación insular, sino pensando que uno está en ese momento rodeado de hielo por todas partes.
—517→El cuadro o marco de esta llanura de hielo en que se descansa, está formado altas agujas o picos, ya aislados, ya en grupos, desnudos los unos, nevados los otros, y que ahuecándose a veces forman como nichos o como las altas galerías de ese anfiteatro. El sol quema allí con todo su fuerza. No hay un árbol, un sicomoro, o bien
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Ni siquiera un peñasco saliente y puntiago que los reemplace para dar sombra. Hay que presentarse al sol como una víctima inerme. Desde el Montanvers se camina por el hielo, en todo, dos horas y media más o menos; desde luego por el mar deshielo, a cuya orilla derecha se llega al fin atravesando tres moraines, para comenzar la ascensión de una hora de los Egralets, después de lo cual vuelve a entrarse al hielo (Talefre). En su parte más alta, al pie de los Seracs du Geant, es donde el mar despliega alternativamente las ondulaciones que le son propias, y esa blancura que parecería exclusiva del glacier de Bossons.
El verano en Suiza es una feria, una comedia para los habitantes, que parecen renunciar a toda ocupación para entregarse a la explotación y a la contemplación del extranjero. No hay para qué decir quiénes son los actores en esta comedia. Cada nuevo viajero que llega, aun en Chamonix y en Vavery, y en el primer lugar más quizá que en cualquier otra parte, es mirado con más asombro, que lo debió ser por los otros animales, el primer hombre que apareció sobre la tierra.
Voluntariamente me proporcionaban cuantos datos quería, con tal de que empezara a contestar en seguida a una multitud de preguntas, de adonde venía, adónde iba, etc. La vida es muy artificial en este país de la naturaleza.
He encontrado hoy unas bonitas flores de botón de oro, rodeadas de hojas blancas como el ancho cuello vuelto de un niño -como una rubia niña- con su blanca pechera. La llaman camomille y la dan en infusión para el dolor de estómago. Es nuestra manzanilla. He visto también una planta rara en los Egralets cuya ancha hoja se parece a una mediapapa.
—518→
A las ocho menos cuarto de la mañana salgo de Chamonix, esta vez caballero en mula que con guía y todo me cuesta 24 francos. Mis lectores no han olvidado que el 18 partí de Martigny para Chamonix dando la vuelta por la falda del Monte Blanco; así es que al volver al punto de partida cierro por completo la interesante vuelta que me propuse dar, y que los viajeros suelen verificar en sentido inverso empezando por Chamonix y acabando por Martigny.
A las once y diez de la mañana me hallaba en el Hotel de la Cascada, en el valle Barberino, continué mi marcha al mediodía y a las cinco de la tarde estoy en Martigny. Este camino o vía de la Tete Noire como se llama, es delicioso. Después del hotel que he hablado, galería de la Roche percée, y hasta la subida de la Forclaz la más bella parte del camino. Por donde quiera abetos y alerces cuyo tronco suda una goma o resina que he encontrado muy buena, y el olor de la cual es medicinal o lo parece, siendo la de alerce más estimada aún. Por todas partes el cáñamo, cuya coronilla se diría que tuviera algo de viviente como el de nuestros yucales y que fueran a desprenderse de su esbelto tallo y a echarse a volar al cielo como una mariposa; linares que se cosechan y extienden sobre la yerba por algunos días a fin de que se pudran con el sereno.
A la bajada de la Forclaz y mientras atravesaba una gran variedad de hermosos árboles frutales, que parece mayor viniendo de Chamonix en donde no he visto más que abetos y alerces, no podía pensar cinco minutos en la misma cosa, de tal manera estaba distraída mi atención a cada paso por las chiquillas que apostadas en —519→ todo el trayecto, venían a ofrecer al noble extranjero, la una manzana, la otra peras, la de más allá uvas, como si estuviera recorriendo las diversas zonas de vegetación.
Estas frutas parecen magníficas para ser de Suiza, porque de otra manera tienen una aspereza en la forma y en el gusto que revela la montaña.
El valle del Ródano o sea el Valais, es hermoso, sobre todo cuando uno lo ve desatarse a sus pies desde las alturas de la Forclaz, con un gran río que culebrea por el centro como una larga cinta cuya extremidad se pierde de vista. El cantón del Valais es fecundo en flores y en crétins, y se extiende Bouveret a la furca regado por el Ródano, que es como su espina dorsal, así como los numerosos vallecitos laterales vienen a ser las patas de ese pólipo gigantesco.
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El 28 de agosto salí para Vevey, por matar el tiempo y para sacar de mi equipaje algunas prendas que comenzaba a necesitar, como que ya llevaba cosa de doce días de vida de havresac o mochila, a las cuatro estaba de vuelta.
El Valais es el país de los colosos (goitreux) y de los cretins, palabra francesa que imperfectamente traducimos por idiotas. Cuesta trabajo contener la risa al ver en las calles a individuos de cuerpo y proporciones enanos, casi liliputienses, con las piernas y los brazos generalmente defectuosos, con las facciones y fisonomía revelando una honrada y apacible estolidez, y paseando gravemente su coto, lamparón o papera.
En cambio en Saboya los niños son muy bonitos y sobre todo muy graciosos.
El 29 de agosto me hallaba en Viége; así se llamaba en francés, y Fisp (visp) en alemán. A la una salí de Martigny, y en una hora por ferrocarril llegué a Fung, que no me pareció desprovisto de interés, con sus viejos castillos y sus sitios montañosos; me recordó a Padua.
—520→Tomé un coche con un escocés que acababa de conocer; y a las ocho y media de la tarde16 llegamos. Lluvia constante desde hace tres días. Cerca de Visp o Viége las aguas se han extendido por los campos y se ven flotar árboles por medio del agua.
El 30 de agosto a las siete y media de la mañana me despedí de Visp con un tiempo nublado y lluvioso. Atravieso el lugar de Neubruck con su puente pintoresco de un solo ojo por encima del cual pasé. Mas allá de Stalden bajamos al fondo del valle salvando el Visp por medio de un puente rústico cuya vista es bonita y nos internamos en esta garganta estrecha y salvaje para ir a dar a San Niklaus donde me detuve hora y media.
Esta excursión la hice a pie, llevando por compañero a un caballero con quien me encontraba por segunda vez en mi dilatado viaje. La primera vez fue en Nápoles en enero de ese mismo año (1862), en el Hotel Victoria, donde ambos vivimos y donde nunca nos dirigimos la palabra.
Era un hombre como de 50 años, alto, delgado, sordo como una tapia, brusco, distraidísimo, un verdadero britano. Se llamaba Sir Patrick, probando el título de Sir que no era un cualquiera. Al llegar al pueblo de Stalden a cosa de dos horas de viaje, nuestros guías quisieron convidarnos a vino, que naturalmente no aceptamos, y los dejamos beber solos, sentándonos mientras tanto a descansar en uno de esos abrevaderos rústicos que por entonces estaba seco, tan comunes en Suiza, y que se reduce a un tronco de meleze (alerce en Español) larch en inglés, lárige en italiano, lerchenbaum en alemán, o de sapin (abeto) excavado y acostado a la altura suficiente para que los ganados puedan abrevarse en ellos con comodidad.
Siendo de materia tan natural y hechos por un sistema tan primitivos, su aspecto es rustiquísimo y no puede uno verlos sin recordar ciertos versos de Virgilio: «Llevarás cada mañana tus ganados» dice el poeta, «currentem illignis biber, canalibus undam».
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—521→
Así como la destilera es el árbol por excelencia y característico del Egipto y el maíz la planta por excelencia del Perú, así el alerce o el abeto y toda la familia de los coníferos llenan este objeto en Suiza.
El agua termal que se trae de los baños de Pferer al pueblo de Ragatz, pasa por una cañería de estos troncos como lo veremos próximamente.
Continuamos nuestra marcha, y al salir del pueblo, vimos a unos hombres que forcejeaban por levantar un tronco largo y grueso. Sir Patrick echa un vistazo, y sin decir palabra, va a colocarse después del último de ellos mete el hombro derecho y enderezando con vigor su alta estatura, levantó y movió el tronco más de lo necesario; hecho lo cual continuó su camino a largos trancos como de costumbre; de tal modo, que cuando los otros volvieron la cara azorados para ver de adónde había salido ese auxilio tan repentino y eficaz, ya se había perdido de vista el noble escocés.
En casi todas las selvas de abetos y alerces escucho siempre el canto de un mismo pájaro, muy melodioso. Me han dicho que son serins (canarios) o gorriones (moineaux) como yo mismo he visto. Creía que no cantaban aunque nosotros los tengamos de una voz cuya prolongada melodía no puede en concepto mío ser sobrepasada por ninguna otra clase de gorrión. Buffon dice que no cantan y, en efecto, a los de París, tan urbanos, sólo se les oye un graznido bajo. A los nuestros se les puede llamar juilipios por onomatopeya. Los de Santiago de Chile llamados chincoles, casi compiten con los nuestros en lo límpido del canto, aunque con un grado menos de melodía y un poco menos de fuerza para repetir el pío pío que sigue al canto propiamente dicho. La repentina petulancia con que este pajarito suele soltar sus notas de noche, ya en un camino, ya desde el jardín de cualquier casa, sorprende agradablemente a las personas inmediatas.
El de Suiza cuyo pito o gorjeo es como un canto en estado rudimentario difiere, sin embargo, del gorrión. Tiene la cola que menea constantemente como un perro alegre, de color rojo y aleonado, fulvo, lo mismo que toda la parte anterior del cuerpo. Además todo su aire revela un habitante de climas bien distintos de los que frecuenta el gorrión ordinario, tan amigo de las poblaciones. Es como la fruta —522→ de Suiza que aun siendo buena, (para el lugar) en el aspecto y gusto tiene un no sé qué de áspero y rudo que trasciende a montaña.
Más tarde veo una planta cuyas ramas retorcidas parecen cordoncillos o bien dedos de pollo. Asimismo, he visto una planta ya borrada de mis recuerdos, en los alrededores del Cerro azul en Cañete, en los camellones de los surcos, y que por su color de carne merece más todavía, el nombre de dedos de pollo, los naturales sin embargo lo llaman en Cerro Azul con no menos propiedad yerba del alacrán. Pero la que acabo de ver aquí da unas bayas o frutitas que podrían tomarse por ciruelas reina Claudia, microscópicas. Mi guía Alemán la llama Rack-honder-béri (?) y otro palmen agregando que servía para una especie de té muy especial que se hacía, ya con los granos reduciéndolos a polvo cuando están secos, ya con las ramas; yo los había tomado por la ambroune de que he hablado páginas atrás, pero las ramitas de estas plantas recuerdan las del alerce y no semejan cordoncillos como las del palmen, son como la uva vulgar y tiene un gusto muy dulce, casi empalagoso.
Ayer a las once de la mañana sin estar muy decidido, tomo el camino del Rifelberg y deteniéndome en todas partes llego a él a las dos de la tarde. Había llegado a Zermatt la víspera a las seis de la tarde, después de haberme entretenido hora y media en San Niklaus.
Para llegar a Rifelberg atravieso una hermosa selva de abetos y alerces, trepándose enseguida a la áspera cima en donde está situado el hotel del mismo nombre, aislado y solo en medio de esta planicie donde la vegetación ha terminado; no viéndose por la superficie del suelo sino una hierba muy pequeña que lo cubre. Antes de entrar a Zermatt costeaba como siempre el visp. De improviso vi dibujarse ante mí un pequeño valle, una verde pradera con la forma de una herradura, por lo que me creí a la entrada de un estado griego como aquel que dejaba visto en Atenas.
Al fondo se veían algunas casas de madera ennegrecidas y superpuestas en una base que no era más que un montón de piedras. Se les habría tomado por barraca provisionales a no estar completamente engalanadas por ventanitas con sus vidrios octógonos todas, muchos de los cuales no hacen sino una sola hoja pequeña. En ellas pude reconocer el modelo de todas esas casitas de madera tan delicadas —523→ que se fabrican en Suiza y que se exponen en las vidrieras de las tiendas como si fueran juguetes o artículos de pura fantasía.
A las siete y media de la mañana dejo el Hotel Mont-Rose (en Zermatt) y a las cinco y media me encuentro en Visp. Estoy a caballo que reemplaza aquí a la mula. Entre Tesch y Randa el valle se ensancha, y forma una planicie por la que el río corre con libertad partiéndose en brazos en el centro de los cuales se forman islas de arena y de piedras. También este sitio me recuerda el aspecto salvaje y si se quiere grandioso de las orillas del Rímac y del río de Cañete que son los torrentes de la costa peruana.
Sus márgenes están pobladas de aunes (alisos) del aliso, amigo fiel de los terrenos húmedos.
Del hotel de Rifelberg partí ayer a las siete de la mañana para la excursión del Garner-Grat. En hora y media estuve allí. Se camina siempre sobre la nieve o cerca de ella y la vista es grandiosa pavoneándose uno en medio de un círculo de nieve y con un vasto glacier, el del Mount Rose a sus pies, a una gran profundidad.
—524→
Ayer a las tres y media de la mañana salto de la cama en Visp y corro a la oficina de las diligencias. Vengo hasta Brieg desde cuyo punto empieza la ascensión del Simplón, junto con el postillón, en la voiture suplementaire (coche suplementario) y allí tomo la diligencia tocándome un asiento que llaman banqueta, especie de cabriolé encaramado como una jaula a la zaga de la diligencia, o como el asiento del lacayo en un carruaje particular, una silla volante. Este asiento parece muy desestimado, y se me decía que me tocaba a mí por haber llegado el último. Lo encontré magnífico; ¡es mucho cuento tener 20 años! y temiendo que alguien me lo viniera a disputar, no cesaba de repetir con una voz que me costaba trabajo fingir desolada: "¡Tomaré pues la banqueta!" Allí dominaba, y mi posición era... elevada. Por otra parte, este asiento, siendo una silla de posta perfecta, tenía la cabeza y los pies tan al abrigo del frío como del sol. Si hacía buen tiempo echaba hacia atrás la capote o fuelle, y la tela impermeable que me cubría las piernas. Estaba solo, aislado como el gaviero en la tablilla de la cofa; sin prójimos a mi lado, que es una de las más terribles vecindades cuando se debe permanecer en diligencia algunas horas.
Durante todo el trayecto, sintiéndome rebosar de satisfacción, comencé a asustarme sabiendo
—525→
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Esto no puede durar, me decía; está demasiado completo. Y en efecto; Dios me oyó y me castigó, porque a eso, de las ocho de la noche, en una estación de cuyo nombre no quiero acordarme, un grosero milanés, aunque lleno de humos (poseur) vino a pedirme que le hiciera sitio. Sostengo que el asiento no es sino para uno, puesto que en él se ve un letrero que dice I Posto (en italiano, estamos en el Piamonte). El conductor tiene la culpa de todo; es su puesto propio, y él lo negocia de una manera absurda. Forzoso me fue pues, ceder, y aguantar a un prójimo no a mi lado, casi en mis rodillas.
Este disgusto no me causó sorpresa. Tan pronto como se sale de Francia y de Inglaterra hay que hacer el ánimo a informalidades y sobre todo a maravillas, a causa de que la civilización, digo, la civilización perfecta, general y refinada, termina en las fronteras de esos adelantados países. En mi asiento se leía I Posto, pero se duplicaba como el pan en manos del Salvador. Me lamenté amargamente como de costumbre en semejantes casos, pensando que cuando por un raro acaso logra el hombre disfrutar de una felicidad perfecta, debe prepararse a expiar luego ese raro crimen. Por fortuna a las once de la noche me apeaba en Baveno, habiendo partido de Brieg a las seis menos cuarto.
Duermo allí, Hotel Bellevue, bonito, confortable y no caro. Hoy a las diez menos cuarto tomo una barca, y visitando Isola bella Isola Madre, llegué a Pallanza a las dos de la tarde. Tomo el vapor, y a las cinco, Logarzo, de donde la diligencia me trae a Belinzona en dos horas. El Lago Mayor, mucho más hermoso que el Lemán de Ginebra; aunque no se ven allí las nieves en las cumbres que lo rodean, menos grandioso.
En este momento, diez de la noche, espero en Belinzona la diligencia que debe llevarme hasta Splugen por el Bernardino17 otro de los pasos de los Alpes que une al Piamonte con la Suiza y la Alemania Occidental, de donde proseguiré a pie a Coira18. Comienzan —526→ a cargar los equipajes. Uno de los cargadores que lleva un grueso baúl a cuestas, oye a la mitad del camino uno de esos organitos tan comunes en las calles de Italia, que toca una contradanza; deja inmediatamente el paso grave que llevaba; y encorvado con su enorme peso a cuestas, va hasta la diligencia dando saltitos graciosos, y bailando al compás de la música, recordándome uno de esos numerosos faunos danzantes descubiertos en Pompeya y Herculano, y que se ven en los museos.
Aquí venía al pie de la letra la vulgar metáfora de un hombre que soporta alegremente la carga de la vida.
Parto a media noche, y estoy en el Coupé (berlina de España) y duermo casi sin interrupción hasta las seis; aunque tengo a dos prójimos junto a mí; desde luego un grueso lombardo, y un joven alemán que al parecer lo acompaña en el otro rincón. Ocupando el centro, duerme menos bien que yo el Lombardo, y me dirige dulces ironías. Digo dulces porque mi dicha no ha agriado su alma. Tiene un buen corazón, y se lo admiro. El león es el rey de las fieras, el águila de las aves; para mí el más hermoso de los animales es un hombre bueno. No tenemos suerte; niebla y lluvia hasta aquí, Coira, a donde llego hoy a las cinco de la tarde. (A Splugen a las once, Tusis a las dos, etc.) sin haber podido andar a pie. Por fortuna la Vía Mala, a cuya entrada está Tusis, no tiene nada de sorprendente para cualquiera que haya pasado la Tete-Noire, y sobre todo la gorge (garganta) de Gondo, cuyas altas paredes lisas y bruñidas hasta el último extremo, no destilando agua por todos los lados, no se encuentran en ninguna parte. Esta agua baja de lo alto, desde la simple forma de lluvia hasta la de cascada, y todos esos humildes y grandes tributarios van a engrosar la Doveria que se arrastra por el fondo.
Se entra en esta gorge o garganta, al salir de la soberbia galería del mismo nombre que viene después del pueblo de Simplón y que es la más larga del camino. Es un túnel de 596 pies abierto en la roca viva de granito. De improviso encuentra a la izquierda la impetuosa cascada de Fresinona que parece precipitarse sobre uno, y a la derecha un puente de un solo ojo sobre el Doveria, todo lo cual constituye un bello cuadro.
Otra muy notable hay al aproximarse a la cima poco antes del hospicio viniendo de Brieg. Está cubierta de un techo como la otra —527→ y con innumerables arcos laterales para que pase la luz, lo que la hace asemejarse a alguno de los portales de las ciudades italianas.
La cascada procedente de un soberbio glacier que hay en la cima, pasa por encima del techo y vuelve a caer encorvándose por delante de uno de los arcos. Así al atravesar esta galería se detiene uno a cada nueva abertura para verla de más cerca, y por último, en aquella ante la cual se despliega enderezándose por el vuelo que le comunica el paso por encima del techo.
Este paso de los Alpes ha sido techado a trechos para resguardar a los viajeros de las avalanchas o aludes que caen de lo alto lo mismo que algas y torbellinos de nieve.
El Hospicio sea porque se presenta de repente, sea porque reúne en un solo cuerpo de edificio lo que en San Bernardo está distribuido en tres o cuatro diseminados y de tamaño común, agrada infinitamente más, respirándose en él un aire mucho más confortable y nuevo. La diligencia no se detuvo sino algunos minutos, y no pude ver sino lo que se ve al último o no se llega a descubrir, que es la cocina y la capilla, el cocinero y el sacristán. Tomo un caldo a escape en la cocina, sirviéndome estos dos últimos de acólitos. Hallé el servicio más solícito que en San Bernardo y tuve tiempo de ir a echar un vistazo al salón, verdadero salón de hotel. El jardín independiente del edificio un poco más grande y rico que el de San Bernardo. El edificio en sí mismo parece un gran cuartel y hospital. Se baja. Valle más risueño que el que se ha visto a la subida. Es el valle de Ganther regado por el torrente del mismo nombre, cuya extremidad superior va a morir o a comenzar al pie de la cascada volante de que he hablado.
Pero el que se ve a la bajada es Italia, o más bien el valle del Simplón, pues la Italia no empieza sino a partir de Isella que se encuentra todavía casi en la garganta de Gondo. Viene en seguida Crévola, donde ve uno desplegarse el hermoso valle de Ossola, a cuya capital Domodossola no tarda en llegarse.
El paso del Bernardino me ha agradado mucho. No podré decir si es grandioso porque la niebla no permite a la vista ir lejos, pero se ven innumerables cascadas de un efecto más o menos prodigioso, sin duda porque los torrentes que las forman estaban engrosados —528→ por las últimas lluvias. Enormes trozos (bloes) de mármol vetado (veiné), etc.
El alerce que los ingleses llaman larch y los italianos larice aparece y desaparece alternativamente. El pueblo de San Bernardino me produjo un efecto delicioso, está situado en el centro de un plateau (meseta) tan bajo y tan risueño que se creería estar ya al otro lado del paso y muy lejos de las alturas. Hay allí un hotel grandioso cuyos innumerables cuartos forman un dédalo.
Es porque este sitio es frecuentado por los milaneses que van a él a tomar baños minerales. Bajamos hasta Hinterrhein en el valle del Rhin, cuya fuente no está lejos. Al pasar por el pueblo de Splugen fuimos hasta la gargante de Rofla (?) dejando a la derecha el Val Ferrara que conduce a la Engadina inferior.
Atravesamos el hermoso valle de forma oval, en Schams (etimología: Sexamniensis) con sus dos pueblos de Ander y Zillis y entramos en la Vía Mala. Allí se ve al Rhin, a veces a una gran profundidad, atormentarse y romperse.
A la salida, sobre el alto pico de la derecha se ve un castillo, Realta (Rhetia alta) y acto continuo el bonito pueblo de Thusis donde compré unas manzanas de notable blancura, y bajo este aspecto, más semejantes a nuestros peros que a la manzana común, a la que asimismo aventajaban en su blandura. Vi también a un postillón con un poncho, del que hasta el género se parecía a una de esas frazadas que algunos de los nuestros suelen convertir en ponchos, sin más procedimiento que el de abrirla por el medio.
Al aproximarme a Coira me encuentro en un ancho valle y veo a la derecha unos montículos aislados, tan pequeños y graciosos, que parecen puestos adrede para dar algún relieve a esta llanura. En el pueblo mismo veo colgadas de todas las ventanas a manera de rosarios, largas sartas de orejones, que acaso sea una de las industrias locales. Hoy he visto la catedral, que es gótica.
La Isola bella lo es en realidad. Se nos mostró el palacio, bastante vasto, pero sin interés para el que ha visitado los de Italia. De allí atravesamos algunos cuartos bajos abovedados, con el piso de pequeños guijarros y las paredes y el techo de piedra conchisca, o más bien de una especie de argamasa conchil.
—529→El jardín muy rico. Un laurel-alcanfor grande, notable. Un pequeño arbusto, escallona-rubra de Chile. La araucaria brasilensis, que es el pino de esas regiones; l' alene (?) con sus frutitos colorados llenos de baba; cedros del Líbano; quercus suber, cuyo tronco es de corcho; floripondios del Perú (datura arbórea) y creo que hasta nuestros capulíes. Vi también la planta del té, amarantos, helechos, cuyas hojas recuerdan la sensitiva, mimosa púdica, etc.
Otro desagrado del viajero en Suiza, más formidable que las avalanchas, son los estudiantes alemanes con que se tropieza en todas partes, por pelotones, y armando tal bulla como si estuvieran en su casa. No se trata de ese viajero alemán que se puede ver en otra parte solitario y silencioso, o con un compañero, pero siempre moderado como todo viajero; sino de jóvenes que recorren el país lo menos de cuatro en cuatro, comiendo y bebiendo como energúmenos, haciendo ruido con un desembarazo perfecto, y siempre muy sobre sí, y siempre pensando en las economías. Por otra parte, sea escasez de recursos, sea miramientos con su buena ropa, andan vestidos de una manera lamentable.
El ya que se encuentra eternamente en toda boca alemana fastidiará asimismo al que ignore esta lengua. Por su significación de sí, su repetición debería parecer natural; pero apostaría mi cabeza a que abusan del afirmativo mis buenos tedescos. Además, toman para la enunciación de este simple monosílabo tanto tiempo, cuanto se toma en las otras lenguas para articular una frase entera. Se diría que hallando una especie de voluptuosidad en ese balido, se derraman a cada paso en yáaaaes, venga o no al caso la afirmación, para proporcionarse un goce.
El málista de los griegos modernos; el cómo no de los limeños son raros en la conversación, comparados con este sempiterno Yáaaaa... que alguna vez se modifica con una inflexión y resulta ya vol, o ya vul. Por lo demás los tales alemanes son una gente excelente, bonachones, aunque no poseen ni la fiereza del gringo, ni la petulancia del gabacho, ni la varonil dulzura del italiano, nada que los caracterice, salvo su bondad. Hallándose como en su casa, por lo menos en la Suiza alemana, son bien acogidos en toda parte y lugar; y eclipsan a los demás viajeros como los hijos de Albión en Atenas moderna.
—530→El nombre de Ragatz me hace pensar en esas bellas ragazzas de Italia que hicieron mis delicias en Nápoles y sus cercanías. ¡Ay! ¡qué lejos estamos de ellas! Si al suelo chato del Egipto he visto suceder el suelo levantado de la Suiza, de la misma manera al seno turgente y precoz de las egipciacas veo suceder con dolor el seno plano y tardío de las suizas germanas. Se diría que aquí las mujeres carecen de ese poderoso elemento de las artes plásticas. Aun el de aquéllas que han llegado a su completo desarrollo, está tan poco alto como la palma de la mano.
En Egipto algunas veces desde la edad de nueve años la mujer comienza a manifestar su sexo; pero pasemos a otra cosa.
Esta mañana a las ocho salgo de Coira cuyas montañas inmediatas no he visto sino ayer en la noche en que una luna pálida se dignó descorrer las nubes y mostrarse. Se distinguía sobre todo el Mittelberg situado detrás del pueblo. En menos de una hora llegó a Ragatz, atravieso el pueblo y entro en el desfiladero de Tanina, hallándome una hora después en los celebrados baños de Pfaefers. El camino, carretero, está trazado a la derecha; a la izquierda la pared de roca se presenta casi siempre lisa, desnuda y perpendicular hasta el torrente. El pasaje o paso es por el estilo de todos los que ya he visto. Tete Noire, Vía Mala, etc.
Los baños son un vasto establecimiento. Al atravesarlo, paso después de un salón de donde cuatro grifones reparten agua caliente a diferentes temperaturas, salón que me recuerda el gimnasio del Seminario de Vergara en España, paso, repito, un puente de madera y sigo por largo tiempo una galería de madera arrimada al muro izquierdo de la gorge, que conduce a las fuentes. Este desfiladero me recuerda el de Trient, con la diferencia que aquí las dos paredes de roca están más juntas, llegando en algunos sitios a tocarse, y pudiéndose ver entonces por encima de la cabeza una débil luz y con ella, follaje verde y raíces de árboles. Al fondo se encuentran dos especies de grutas oscuras. Se visita la primera alumbrado por la vela del conductor, y se llega a la fuente, cuyo calor puede ser soportado por la mano.
Me alejo del establecimiento, y en lugar de volver sobre mis pasos, subo a la izquierda. Más lejos la subida se continúa por escalones, ya abiertos en la roca viva, ya de madera, teniendo a veces —531→ un grueso pasamano y siendo siempre un poco fatigante. Llego a una alta meseta, que atravieso caminando por el florido césped, o bien a la sombra de los árboles. Al fondo la vista penetra en la gorge de la Tanina y diviso el techo del establecimiento balneario. Paso el pueblo de Pfaefers, y dejando a la izquierda el convento de igual nombre sobre una plataforma, cuya vista es muy linda, y también un montecillo coronado de las ruinas pintorescas del castillo de Wertenstein a que doy vuelta desciendo a Ragatz.
Mientras que bajo a toda prisa, fingiendo como que llevo una gran viada y que necesito apoyarme en algo para no irme de bruces permito a mi mano que acaricie, así, a la pasada, el palmito de las aldeanas que voy encontrando. Las más, asustadas por este movimiento brusco e inesperado del extranjero que ellas creían de prisa y distraído, me rechazan vivamente y como por instinto; y pasado su primer susto, vuelven la cara y me sonríen. Las otras, más apáticas, se limitan a apartar dulcemente mi mano después que ha satisfecho su deseo, o más bien el deseo que la impelía.
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Tomo el ferrocarril; paso Sargans y a partir del pueblo de Wallenstadt, costeamos constantemente y de cerca el lago del mismo nombre siguiendo la ribera Sud. Su aspecto silencioso, las altas montañas desnudas y severas entre las que materialmente está encajonado, me complacen.
A partir de Coira he empezado a ver una especie de pino cuyo tronco es muy delgado, liso y elevado, y no está rodeado de ramas sino en su parte superior. No se asemejan estos pinos ni a los alerces ni a los abetos que dejo vistos, sino a los pinos que componen el paseo de los pinos en Beyrut.
El cáñamo obtiene un desarrollo tan considerable como en los valles italianos no distantes. Tallos he visto que eran arbolitos. Ya he dicho que en Chamonix anuncian éstos desde la hondonada, las agujas de las alturas. Es una escala de proporción, el hijo, el padre —532→ y el abuelo; conjunto afilado y puntiagudo; tallos que recuerdan el grupo de chinos saltando en su danza nacional, todos con el dedo índice levantado.