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Modelos narrativos para los cronistas del Nuevo Mundo: una mirada a los textos fundantes

Blanca López de Mariscal


Instituto Tecnológico de Monterrey



Al oponer en la Poética1, poesía e historia Aristóteles sienta las bases para la diferenciación de ambas disciplinas puntualizando que «el oficio del poeta no es describir realmente cosas acaecidas sino aquellas que pueden suceder» y especifica que el historiador y el poeta «no se diferencian porque uno escriba en verso y el otro en prosa» sino que la verdadera diferencia se encuentra en que «el historiador describe hechos realmente acaecidos y el poeta hechos que pueden acaecer» (p. 35). Para ejemplificar esta diferencia Aristóteles evoca a Herodoto como un ejemplo de historiador que en sus textos tiende a representar «lo particular» como opuesto a «lo universal», que es la materia de la poesía.

En principio la postura aristotélica resulta absolutamente aceptable en cuanto se habla de las oposiciones «universal» vs. «particular» y «hechos acaecidos» frente a «hechos que pueden acaecer». Lo que resulta más difícil de aceptar, desde la óptica contemporánea, es que Aristóteles ejemplifique la dicotomía poesía/historia justamente a partir de la obra de Herodoto, a la que ya desde la época helenística, los seguidores de Tucídides habían tachado como imaginativa debido a la información etnográfica y geográfica que el «Padre de la historia» acumula en sus Nueve libros. Aún así, y a pesar de los seguidores de Tucídides, existe una línea importante de historiadores que continuaron con la propuesta historiográfica iniciada por el de Alicarnaso y lo imitan en su afición por describir lo exótico y lo inusitado, especialmente cuando el tema a tratar se relaciona con la descripción de lugares lejanos. Es así como muchas de las extrañas noticias recolectadas por Herodoto sobre los pueblos de Asia pasan a la historiografía romana y de ahí al imaginario colectivo de Europa medieval.

En la presente exposición intentaré mostrar una serie de ejemplos de cómo los modelos narrativos de la historiografía clásica, son imitados y repetidos en el siglo XVI por los cronistas e historiadores del Nuevo Mundo, en su intento por dar cuenta, en sus textos, de sus experiencias y sus aventuras en un mundo «recientemente descubierto».

Tradicionalmente estos textos han sido leídos lo mismo como crónicas e historias de la conquista que como relatos de viaje. Ambas lecturas surgen de la posibilidad de juzgar a ese tipo de textos, ya como «fuentes para la historia», ya como un relato de aventuras en el que el autor narrador recorre un espacio que le es ajeno y a posteriori hace un recuento de sus experiencias y de su contacto con las tierras visitadas.

El viaje, que desde la antigüedad ha sido «eje estructurador de extensos relatos»2, es un motivo tan extendido que se encuentra como tema recurrente en los textos fundantes de la cultura occidental. Un viaje es el eje central de los episodios fabulosos de La Odisea; y en el ámbito de la historiografía Herodoto, parte de sus recorridos de infatigable viajero para narrar los Nueve libros de la Historia tomando su información no sólo de las experiencias por él vividas y observadas sino también de la recolección de mitos y leyendas a las que tiene acceso en los remotos lugares que visita. Muchas de las noticias fabulosas consignadas por Herodoto pasan a la Historia natural de Plinio y de ahí, como afirma María Rosa Lida [y cito]: «al repertorio de Valerio Máximo, y a la melodramática compilación de Justino, con lo que asegura su perduración en el Edad Media»3.

Estos autores de la Antigüedad dan cuenta en sus textos de una serie de elementos maravillosos, que se van a convertir en una constante en las narraciones de viaje y de viajeros que se difunden desde los albores de la Edad Media y se prolongan hasta los siglos XVI y XVII, en los textos que narran los grandes descubrimientos del Nuevo Mundo. Son temas que habiéndose inaugurado en la antigüedad clásica pasan al imaginario colectivo medieval, entre otras vías, a través de las Etimologías de San Isidoro4 y de las diversas versiones de los viajes de Alejandro el Magno5, y cuyos ecos alcanzaron una enorme difusión en textos de viajeros como Marco Polo y John de Mandeville.

«... geografía y antropología maravillosas presentes en el mundo greco-helenístico y romano como producto de los relatos de viajeros y de las recopilaciones de enciclopedistas, porque buena parte de sus contenidos, confluyen hacia el relato de los viajes de Alejandro y hacia la descripción de los paisajes y países, auténticos y fabulosos, que en ellos aparecen; y porque también de ella deriva en gran medida el imaginario de los siglos medievales, presente en sus viajeros, reales o míticos y en sus recopiladores y enciclopedistas»6.


Los cronistas viajeros del XVI que se desplazan por las rutas del Nuevo Mundo llevan en su equipaje cultural un cúmulo de historias de viajes y con ellas las múltiples expectativas de lo que había de ser encontrado. Su percepción de las tierras visitadas resulta, por lo tanto, teñida no sólo de las experiencias que van viviendo en el nuevo espacio al que se enfrenta, sino también por todos los elementos del imaginario colectivo del que procede, en el cual se integran «un gran conjunto de mitos y de leyendas -apunta Georges Baudot- que han preparado el encuentro de dos mundos y que arrancan de nuestra propia tradición grecolatina, de todo lo que fue descubrir al Otro a lo largo de nuestro pasado, o encontrarse con el Otro»7.

Siguiendo a Michel De Certeau, en La escritura de la historia, podemos concebir el texto del viajero como una síntesis, que enfrenta «de modo sistemático un cuadro de desemejanzas», en el que van a coincidir dos movimientos complementarios; por un lado una ruptura, y por otro «el trabajo de "regresar"».

cada episodio modula lo extraño de un elemento particular de la gama cosmológica (aire, agua, pez, ave, hombre, etcétera) añadiendo su efecto propio a la serie donde la diferencia es a la vez el principio generador y el objeto que la vuelve creíble8.


Me gustaría agregar, al comentario de De Certeau, que es tan común esa búsqueda, y esa expectativa de la desemejanza para hablar de lo nuevo, que en textos como la Carta a Luis de Santo Ángel, de Cristóbal Colón, al no encontrar los objetos o a los seres maravillosos, el hecho queda consignado en frases como «... monstruos no he hallado, ni noticias, salvo de una ysla que es aquí la segunda a la entrada de las yndias, que es poblada de una gente que tienen en todas las yslas por muy ferozes, los cuales comen carne humana... ellos no son más disformes que los otros...»9. En otras palabras lo esperado es la disformidad y la monstruosidad tal y como lo habían consignado los viajeros medievales y los del mundo clásico. Por ese motivo el almirante se ve en la necesidad de dejar constancia de la ausencia, es por eso que apunta en su texto: «monstruos no he hallado».

En el segundo de los movimientos de los que nos habla De Certeau, «el trabajo de regresar», nos encontramos que las narraciones autobiográficas de los viajeros cronistas, parten de la necesidad de reportar las memorias del viaje y a través de ellas recuperar la experiencia del encuentro con lo desconocido y el encuentro con el Otro, mediante el cual el ser humano tiene la posibilidad de establecer la dimensión del yo. En el viaje de ida hace que coincidan el «por acá» con «el mismo» y el «por allá» con «el otro». En el trabajo de regreso en cambio:

«el "por allá" ya no coincide con la alteridad. Una parte del mundo que aparecía totalmente como otro es traída al mismo por efecto del desfasamiento que hace salir de su carril a lo extraño para formar una exterioridad detrás de la cual es posible reconocer una interioridad, única definición del hombre»10.


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Esto significa que en nuestra lectura de los textos de los viajeros del siglo XVI necesariamente nos tendremos que mover entre una serie de tensiones que matizan la decodificación; por un lado tenemos la herencia de la antigüedad grecolatina que pasa al imaginario colectivo a partir de los relatos de viajeros del medievo, por otra parte la descripción de las nuevas experiencias teñidas de las expectativas de las que antes hablábamos, y en tercer término la necesidad de definir al Otro, de figurarlo con palabras, proceso que implica una redefinición del yo.

En este punto cabría preguntarnos ¿cómo pasan este cúmulo de mitos y leyendas al imaginario colectivo? y en lo particular ¿cómo pasan a la tradición española? ¿podríamos rastrear alguna vía de penetración de la tradición de los viajeros de la antigüedad y de sus mundos fantásticos, sus bestiarios y sus catálogos de habitantes de las regiones más alejadas del planeta?

El punto de partida, como dije antes, es Herodoto quien nos ha legado una obra producto de sus observaciones en los pueblos que recorre. En su Historia, y muy especialmente en el libro IV, Herodoto nos dejó un catálogo de temas y de extraños personajes que después van a pasar a formar parte del imaginario medieval, en él se describen seres extraordinarios, curiosas costumbres y animales míticos que siglos después encontraremos presentes en las narraciones de Plinio y más tarde en las de Marco Polo y posteriormente se convierten en una obsesión de los viajeros de Indias. Sirenas y amazonas; canibalismo y sodomía, monstruos marinos y unicornios, son entre otros muchos los caracteres que aparecerán repetidos una y otra vez en los textos de los viajeros de la antigüedad, así como constantes referencias a los lugares donde nace el oro, a ciudades poseedoras de lujos y de riquezas excepcionales, las ricas telas con que se adornan sus habitantes y a la posibilidad de comerciar con las especies tan apreciadas por los navegantes del siglo XVI.

Plinio es el autor modelo para los cronistas de la primera mitad del siglo XVI, citado en más de cien ocasiones por Fernández de Oviedo en la Historia general y natural de las Indias. Constantemente encontramos pasajes en los que el autor declara que ha escrito su obra «a imitación de Plinio» o nos remite a él con fórmulas como: «como decía Plinio», «como Plinio escribe», «hablando Plinio de...», con las que deja clara su filiación con su predecesor y modelo. Pedro Mártir, que es el primer compilador de las crónicas del Nuevo Mundo utiliza también a Plinio como referente, siempre parece acudir a su autoridad para explicar elementos de la flora o la fauna del Nuevo Mundo que podrían resultar extraños o difíciles de visualizar para sus destinatarios: «Pues de los cocodrilos dice Plinio que se encontraron algunos de dieciocho codos»11; «Y no me maravillo, si hemos de creer a Plinio y otros autores acerca de los árboles de la India...»12.

Las narraciones de los viajes de Alejandro13 constituyen también un camino de penetración de las historias fantásticas y de los seres fabulosos originados en Herodoto y posteriormente repetidos por Plinio. Concretamente en el caso de la Península Ibérica, contamos, para ejemplificar esto, con el Libro de Alexandre (siglo XIII), en el que los viajes del conquistador de Macedonia dan pie para descripciones de lugares fabulosos: como la magnífica Babilonia y los palacios del rey Poro con sus paredes de oro y piedras preciosas:


Las portadas eran todas de marfil natural
Blancas e relucientes como fino cristal [...]
Quatrocientas colunpnasavie en esas casas,
Todas de oro fino, capiteles e basas14.


En El poema de Alexandre vemos desfilar todo tipo de seres fantásticos que ya antes habíamos encontrado en Herodoto o en Plinio; como los hombres sin cabeza, el ave fénix que renace de sus cenizas, expediciones aéreas y submarinas y un grupo de mujeres amazonas con su atractiva y rica reina Calectrix:


Sennora de la tierra que dizen feminina
Calectrix le dexieron desque fue pequenina,
Non trae barón solo por melezina15.


El motivo de las mujeres extraordinarias amas y señoras de sus tierras me permite ejemplificar. No es extraño encontrar ya desde el texto de Herodoto referencias a mujeres fabulosas como aquella habitante de Hilea, doncella de «dos naturalezas, semivívora a un tiempo y semivirgen, mujer desde las nalgas arriba y sierpe de las nalgas abajo»16. Así como también encontramos múltiples referencias a mujeres que viven sin hombres como las amazonas, que posteriormente aparecerán en un gran número de los textos de los viajeros del Nuevo Mundo, con comportamientos y características similares a las descritas por el historiador griego:

«Nosotras -se autodefinen las amazonas en el texto de Herodoto- disparamos el arco, tiramos el dardo, montamos un caballo, y esas habilidades mujeriles de hilar el copo, enhebrar la aguja, atender a los cuidados domésticos, las ignoramos...»17


Patrones de conducta femenina como los anteriores, se van a repetir en el texto de Marco Polo, en el que podemos detectar una vez más la presencia de estas mujeres fuertes, señoras de sí mismas y ocupadas de ejercicios varoniles, aunque en este caso son pescadoras y comerciantes. El viajero veneciano parte de la descripción de Plinio para informarnos de la manera como las amazonas han solucionado el problema de la descendencia:

«Los hombres van a la isla de las mujeres y viven con ellas durante tres meses seguidos... Las mujeres tienen a sus hijos varones consigo hasta los XIV años, y después los envían a sus padres»18.


En el Libro de Alexandre, el poeta retoma la información difundida por los textos grecolatinos con respecto a la forma en que se soluciona la descendencia en la corte de la reina Calectrix:


Nunca en essa tierra son uarones cabidos
An en essas tierras logares estaueçidos,
Que tres uezes en lanno azen con sos maridos:
Assy de tal manera son todos auenidos.
Si naçe fija fembra su madre la cria,
Se naçe fijo uaron al padre lo embia19.


En el espacio del Nuevo Mundo, Colón, desde su primer viaje, reporta la existencia de mujeres que viven sin varón. Los pueblos de amazonas se encontraban, tanto dentro de sus expectativas como de las expectativas de la tripulación, ya que habían sido una y otra vez reportadas por los viajeros de la antigüedad. No debemos olvidar que, al menos el Almirante había sido un asiduo lector del Libro de Marco Polo20. En su Carta a Luis de Santo Ángel informa que: «Ellas no usan exercicio femenil, salvo arcos y flechas» (6). Y cuando hace referencia a los temibles caníbales (otro topoi en los textos de los viajeros de la antigüedad) no duda en relacionarlos con las amazonas convirtiéndolos en quienes les ayudan a perpetuar una sociedad que de otra manera se extinguiría en una sola generación: «Estos [los que comen carne humana] son aquellos que tratan con las mugeres de Matinino...»21.

Colón no es el único que reporta amazonas, Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de Indias abunda con detalle sobre el tema. El Capítulo XXXII de su libro VI habla de «... las mugeres que en las Indias viven en repúblicas é son señoras sobre sí, a imitaçión de las Amaçonas...» (222)22.

... y si quedan esas mugeres preñadas, despues que han parido envian los hijos á sus padres, para que los crien é hagan dellos lo que quisieren; é si paren hijas, retiénenlas consigo é criánlas para aumentaçion de su república23.


Como él muchos otros cronistas retoman el tema de las mujeres que viven sin necesidad de los hombres, y se refieren a ellas con fórmulas conceptuales y lingüísticas prácticamente idénticas a las que hemos identificado en los textos fundantes.

Pedro Mártir:

Se ha creído que los caníbales se acercan a aquellas mujeres en cierto tiempo del año, del mismo modo que los robustos tracios pasaban a ver a las amazonas de Lesbos, según refieren los antiguos, y que de igual manera ellas les envían los hijos destetados a sus padres reteniendo consigo a las hembras24.


Cortés:

y las que quedan preñadas si paren mujeres las guardan, y si hombres, los hechan de su compañía25.


Nuño de Guzmán:

y lo que nace, si es barón, dicen que lo matan, y guardan a las mugeres26.


Valgan estos casos para ejemplificar la idea a la que he estado tratando de dar forma: Los viajeros que llegaron al Nuevo Mundo llevaban consigo un horizonte de expectativas que había sido prefigurado por los textos de los viajeros de la antigüedad, y por lo tanto su percepción de los nuevos territorios y la forma como esta percepción se textualiza responde a ese cúmulo de expectativas que compartían con sus contemporáneos.

En la misma forma que hemos rastreado el tema de las mujeres que viven como las amazonas, podríamos hacerlo con muchos otros. Ya antes apunté la posibilidad de encontrar referencias con respecto, por ejemplo, al canibalismo o a la sodomía, para poner sólo algunos ejemplos. Sin embargo en este momento deseo detenerme en una obsesión reiterada: aparece en los viajeros de la antigüedad, se va a convertir en un tema recurrente en los relatos del medievo y posteriormente en los del siglo XVI. Se trata de las referencias al oro, o a riquezas inusitadas.

Ha sido ya muy estudiada la obsesión colombina por el oro, el Almirante tiene la necesidad de justificar su empresa frente a la Corona mediante la retribución de grandes riquezas, y constantemente vemos en el Diario que las esperanzas de encontrar el preciado metal se multiplican27. Colón anhela encontrar el lugar donde «nace el oro, y ruega a Nuestro Señor [le] aderece, por su piedad, que halle este oro», sus decisiones de exploración de las nuevas tierras están siempre marcadas por esa búsqueda del anhelado tesoro.

No resulta nada extraña esta obsesión cuando revisamos los textos de los grandes exploradores anteriores a Colón. En Marco Polo constantemente se hace referencia a lo fácil que es conseguir el metal en abundancia y la forma que se puede obtener mediante ventajosos trueques: «Allí se encuentra mucho oro... que se extrae de los ríos se trueca un sagio de ese oro por seis de plata»28; «En esa comarca -Ardanam- se da oro al peso; en efecto, una onza o sagio de oro se trueca por cinco onzas o sagios de plata»29. En la provincia de Mien los hombres también «llevan oro que truecan por plata, y dan una onza de oro por cinco onzas de plata»30, en Tholoman hay «oro en abundancia»31, y en Cathay «abunda la seda y se hacen allí muchos paños de oro»32. Podría multiplicar las referencias que hace el viajero medieval a la riqueza de las tierras de oriente sin ninguna dificultad, ya que aparecen siempre acotadas por las apostillas que según la tradición han sido escritas por el Almirante.

Lo mismo sucede si echamos un vistazo al texto de Herodoto, hay referencias precisas de los lugares en los que abunda el precioso metal: «La parte de la India de la cual se saca el oro, y que está hacia donde nace el Sol, es toda un mero arenal...»33. No puedo dejar de mencionar en este punto la descripción de la legendaria tierra de los indios auríferos que roban a las hormigas gigantes el oro que sacan al construir sus moradas: «la arena que sacan es oro puro molido, y por ella van al desierto los indios señalados...»34. Esta gran riqueza según Herodoto se debe a que a los «puntos extremos de la tierra habitada les ha caído en suerte las cosas más bellas y preciosas...» y por ese motivo es que el historiador asegura que se encuentra «... en la India infinita copia de oro, ya sacado de sus minas, ya revuelto por los ríos entre las arenas, ya robado, como dije, a las hormigas»35 (IV, 285). De aquí las expectativas de Colón y de todos los viajeros que lo precedieron. Las promesas de grandes tesoros y de ciudades fabulosas se encuentran una y otra vez, como dije antes en los textos que fundan la percepción de los viajeros del siglo XVI en el Nuevo Mundo.

En el mundo clásico greco-latino, historia y relato de viaje son dos géneros retóricos tan cercanos que difícilmente podríamos establecer líneas divisorias entre uno y otro, de no ser a partir de las prácticas de sus grandes representantes: Herodoto y Tucídides. En la escritura de Herodoto se destaca la reflexión etnográfica y la descripción geográfica del mundo, mientras que debemos a Tucídides el haber sentado las bases para la construcción de un discurso histórico en el que se destaca la precisión y la concisión. A la luz de este razonamiento tendríamos que aceptar que los textos que los cronistas viajeros del siglo XVI nos legaron, se encuentran más cerca de la forma de hacer historia propia de Herodoto, y que en ellos se describen los espacios y las costumbres del otro estructurados a partir de un horizonte de expectativas heredado del mundo clásico y en el que los elementos imaginativos forman un componente imprescindible.

Muchas gracias.





 
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