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1

Se citará por esta edición de las tradiciones (TPC).

 

2

Véanse también 161, 560 y 572.

 

3

Véase Ramón Rojas y Cañas, Museo de limeñadas (Lima, 1853) 10 y 21, donde abomina la «servil imitación» de otros mientras se justifica en el ejemplo de Larra. (Se citará por esta edición. Las referencias parentéticas siempre aparecerán sin alusión al autor o a su obra, v. g., [25]). Véase también Leal 17 y Holguín Callo 201. En el Museo hay muchos errores de ortografía tanto por convención personal como por equivocación. En las citas se mantendrá en general la ortografía de Rojas y Cañas y sólo se usará [sic] en caso de confusión.

 

4

Véase Holguín Callo 354 y 453.

 

5

Escribiendo sobre las costumbres trece años después, Manuel Fuentes, conocedor y censor de las obras de Palma y Rojas y Cañas, manifiesta otra opinión tocante a la aparente abundancia de malas costumbres en Lima. Dice que su propósito en coger la pluma es hacer ver «que las costumbres populares se han dulcificado y estinguídose, en su mayor parte, las introducidas por el mal gusto y por la barbarie» (VIII).

 

6

«Sin embargo, el único modo con que se rompe el alma en Lima, es rompiendo el honor, a fuerza de asquerosos insultos, por el anónimo. [...] Quítenos U. el anónimo, y ya no somos nada [...] los limeños» (Rojas 62). En cuanto al «comunicado», Fuentes anotó en 1867 que «era, hace poco tiempo, un objeto que infundía miedo y terror a la persona contra quien se dirigía o a quien con él se amenazaba; pero tanto se ha abusado y se abusa de esa arma alevosa y ofensiva, que se ha embotado su filo y pasa sin hacer bien, ni dañar» (136).

 

7

Había en Lima casas de ejercicios espirituales para hombres y para mujeres. Estaban situadas en el interior de ciertos conventos. Véase Fuentes 38.

 

8

Fuentes tachó de ridículo y risible ese mismo «abuso [...] de los actos religiosos, [o sea] la multitud de clérigos y monigotes canchadores que se encuentran en ese día en el panteón para decir responsos por el alma de los difuntos, haciéndose unos a otros la competencia que se pueden hacer dos vendedores de fósforos» (166).

 

9

A mediados del XIX la población de Lima ofrecía «en sus individuos, una escala de tintes desde el más fino y brillante negro al blanco y desde este color al amarillo [indio]» (Fuentes 79).

 

10

Más tarde Palma dedicaría muchos renglones a la evocación de las tapadas y su vestimenta especial (TPC 160-162, 801); Véase también Holguín Callo 178-180.

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