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ArribaAbajo- XI -

Debía acostumbrarme a considerar que el tiempo no podía ser enteramente mío y entregar a Pola su parte. Lo que yo pudiese brindar a Minze no era equivalente a la complacencia que Pola era capaz de ofrecerle. Poco a poco fui conociéndola mejor, limando las asperezas ocasionadas por mis celos. Era preciso hacerlo para conservar el cariño de Minze. De todos modos, yo estaba en superioridad de condiciones porque Minze vivía en nuestra casa, algo que al parecer nunca iría a variar. En cambio, Pola debía conformarse solamente con un par de días a la semana, y eso en ocasiones que pudieran presentarse según fuese el estado de ánimo de Minze o de ella misma.

Al vernos paseando juntos -Minze, Pola, Can y yo-, pensaba que la gente tendría la impresión de que formábamos una familia, lo cual, lejos de disgustarme, me daba la sensación de estar engañándolos con un secreto que era sólo nuestro. Sin embargo, cierto temor, tal vez propio del comienzo de la adolescencia, fue apoderándose de mí al asentárseme la idea de que todo tiempo bueno siempre tiene una determinada duración y que es inevitable la llegada de tiempos no tan buenos. Las constantes alusiones de la familia a las épocas de vacas gordas y flacas habían hecho mella en mi entendimiento. No obstante, no se me ocurría pensar qué hacer, de qué modo vivir los días para que siguiesen siendo buenos o qué no hacer para evitar la tentación de posibles duendes malignos.

Quizás los tiempos no tan buenos comenzaron con la partida de tío Jako, el miembro más inquieto de la familia, hacia otras tierras, La familia ayudó a hacer los preparativos del viaje. La bisabuela o gran abuela -la llamábamos de las dos maneras- se ocupó de preparar las maletas con bastante antelación.

«No hay por qué preocuparse tanto», dijo Jako mientras todos, reunidos en su habitación, mirábamos cómo la gran abuela, en su   —90→   calidad de mujer anticipatoria de sucesos, descargaba del ropero la ropa del tío para cargarla en dos maletas. Durante todo el tiempo, Jako no dejaba de insistir en que su ausencia sería breve, «sólo un tiempo angosto para conocer lo que ocurre del otro lado del río», dijo, con esa forma tan suya de hablar, entre seria y no tan seria, lo que generalmente desparramaba dudas de las que uno se aferraba para que siguieran siendo sólo eso.

Tío Jako partió en uno de los tantos días brillantes, plenos de sol, que abundan en nuestra ciudad. Todos los parientes, sin excepción, se dieron cita en el muelle del puerto, una costumbre adquirida probablemente en tiempos anteriores como si con ello se quisiese reafirmar que ninguna distancia podía tener la fuerza suficiente para mermar los lazos familiares.

El barco y Jako fueron alejándose desde ese puerto de río que para mí tenía olor a mar. Contuve mi emoción para no llorar, porque ya estaba entrando en una edad que me alejaba de la niñez y de los llantos, precipitados muchas veces sin motivo. No pude evitar, sin embargo, un nudo en la garganta que amenazó con estrangularme y acabar con la posibilidad de sobrevivir.

La vida familiar dejó de ser la misma con la ausencia de tío Jako y las tertulias fueron menos entusiastas. La gran abuela fue perdiendo la fragilidad emocional que la hacía caer en temblores de risa o de llanto. Fue poniéndose blanda de piel y sensible de mirada y ojos.

Presentí, sin tener una idea precisa de situaciones o significados, que esa podría ser su forma de vaticinar una ausencia que sí sería larga, muy larga, porque a la edad no hay cómo torcerle la mano.

Aun así, su carácter de domadora de dificultades le permitió reponerse con el tiempo, a lo que ayudó su gran experiencia para gozar de venturas o sortear desventuras. Pude percibir, sin embargo, que las tres líneas que se formaban o deshacían con gran facilidad en su frente habían quedado fijas de un día para otro.

La atención de la familia se centró en la frecuencia del recibo de cartas de tío Jako. Cuando el cartero -siempre apurado y con el bolso de correspondencia colgado del hombro- detenía su sombra en la   —91→   puerta de la calle, era fijo de que esa noche habría reunión general en nuestra casa, puesto que las cartas de Jako eran leídas tantas veces como miembros de la familia estuvieran presentes, de las cercanas y de las no tanto. En todo caso, tío Jako no dejaba pasar semana sin proporcionarnos noticias. En esas ocasiones, tío Berni, en su afán por tomar livianamente la angustia que nos causaba la separación, comentaba: «parece que no tiene otra cosa que hacer, parece».

Como testimonio de que había encontrado la forma de emprender negocios que le permitiesen llevar una vida desahogada en el nuevo país, con un conocido de la familia Jako envió a la gran abuela un reloj de oro que causó admiración en el círculo íntimo. El desfile, sobre todo de los miembros femeninos, se hizo obligatorio para admirar la joya. Pero el regalo no logró alterarle el ánimo, pues bien conocía los frecuentes altibajos de Jako en cualquier operación comercial que decidiese emprender.

Según la gran abuela, tío Jako había nacido con la tendencia de barajar tiempos buenos y malos como estilo de vida. Así era él y así había que aceptarlo. Tal vez su partida inició el desmembramiento de la familia, porque después le siguió tío Berni, quien también cruzó el río, pero hacia otro país vecino. Me pareció que un montón de líneas iban abriéndose para indicar a cada quien qué camino tomar, siempre en busca de un futuro mejor.

«Yo creí que éste era el futuro», dijo en cierta ocasión la gran abuela. Muchos años atrás, a ella le había bastado el largo desplaza miento desde su pueblo natal hasta el país de adopción. O tal vez ya no estaba en edad de pensar en otras tierras.

Con la partida doble de Jako y Berni, comencé a atajarme más estrechamente de Minze por el temor de que acabase un pasado que pensé iría a extenderse por siempre jamás, como en los cuentos de hadas. Pero no era posible pensar que los deseos íntimos o bien intencionados llegarían a pasar la barrera de un tiempo demarcado por cosas del destino o de la fatalidad», como tantas veces escuché decir.

No sabía de qué modo prepararme para futuras ausencias, o si habría alguna forma de hacerlo sin que me produjesen heridas de cicatrización lenta. En breve tiempo, las cosas empezaron a cambiar con la velocidad de una estrella fugaz. O posiblemente ya estaban en   —92→   proceso de cambio y yo no quería darme cuenta. Veía a la gran abuela cada vez más inclinada de cuerpo, como si no pudiera resistirse ala atracción del suelo, y también escuchaba toser a Minze casi sin horario, con más insistencia durante la noche.

La abuela vieja le hacía fricciones en el pecho con alcohol alcanforado, lo que, según ella, curaba enfermedades de cualquier tipo. Con todo, el tratamiento no fue suficiente para poner alivio a su mal. Pola lo visitaba con frecuencia y a cualquier hora, generalmente acompañada de Can para que su bulla rompiera el clima de intranquilidad y preocupación que se vivía en la casa y que a diario tomaba mayor vuelo. Cocinaba platos especiales que Minze rechazaba. «Por algún lado se me escapó el apetito», decía para no ofender a Pola. Pero ella no era de las que se molestaba sin razón. Y no había razón para ello.

Yo contaba no muchos años. «Es una adolescente», dijeron. Quizás mi edad no tenía la fuerza necesaria para detener el tiempo, para que no siguiera su marcha de manera de retener lo que aún quedaba de él.

Imagino que la bisabuela no pudo resistir la ausencia doble de Jako y Berni, que eran el alma de esas reuniones de familia que hacían temblar el samovar, pulcramente pulido, en el centro de la mesa. A la gran abuela se le estaba escapando el pasado y el presente, de un solo manotazo. Era una mujer de dos tiempos, de varios, de muchos, y todos sabíamos que no podría conformarse fácilmente con la pobreza de un porvenir subrayado por el silencio de sillas desocupadas en la mesa larga del comedor.

Se fue tranquilamente, casi en susurros, retirando el arrastrar de sus pies del diario trajín, subiendo quizás -o no quizás- por una escalera hacia alturas cósmicas para que no la viesen en el momento de su entrega final, una treta, estoy segura, para que no cundiera la tristeza entre nosotros. Tuve la impresión de que mis manos estaban manejando una pizarra para realizar operaciones de resta. Hubiera deseado que sólo fuese el producto de mi imaginación, pero me di cuenta de que hasta ésta podía tener sus límites.

Perel fue alejándose del círculo íntimo de la familia, porque el dinero marca distancias que no son fáciles de traspasar. Se lo veía de tanto en tanto y siempre con apuro, sea porque tenía algún negocio en   —93→   vista o a punto de finiquitar. Sin embargo, las visitas de Elsa se hicieron más frecuentes. Al fin de cuentas, era ella quien estaba ligada en parentesco directo con nosotros. Lo hacía un poco a escondidas de Perel, para quien todo tiempo sustraído a su negocio le significaba la posibilidad de menores ingresos. Después de la partida de la gran abuela, la salud de Minze comenzó a deteriorarse cada día más.

Yo estaba en estado de total confusión. Tenía ganas de llorar para que nada sucediera, una forma de autoaflicción que tal vez pudiese lograr resultados alentadores, o evitar el llanto porque podría ser el anuncio de algún dolor todavía mayor. Me aferré a Pola, a Can, a quien pudiera mantenerse firme y así obligarme a serlo. No obstante, era visible que ningún preparativo anticipado sería capaz de disminuir el impacto de un gran dolor.

Me di cuenta de muchas cosas al mismo tiempo, Eché de menos los días de fiesta en casa de Simón y Rosa, fiestas de «largo sostenuto» que podían prolongarse a voluntad de los ejecutantes. Eché de menos una época que ya no iría a regresar, porque sentí en mi interior la puesta en marcha de responsabilidades que iban de la mano con la progresión de la edad. Tuve ganas de resistirme a crecer, de luchar como fuese y contra quien fuera preciso para retener la ingenuidad que me había permitido gozar de tiempos infantilmente felices.

Recuerdo que Pola dijo «no mires», cubriéndome los ojos con sus manos como se hace cuando se quiere sorprender gratamente a alguien. Las separé, porque Minze no podía irse así no más, sin despedirse, sin que yo le hiciera alguna promesa para que en su viaje final no llevase consigo algún motivo de preocupación.

Pero ¿qué promesa podía hacerle? Sin embargo, escarbando en la bolsa de promesas aún incumplidas, lo hice en el momento en que «quizás o no quizás», como él mismo solía decir, pensé que aún era capaz de escucharme. Minze era dueño de tantos recursos que muy probablemente me había escuchado. Le prometí... No. Las promesas son secretas. Tal vez en algún momento de necesidad se lo cuente a Can, aunque él es capaz de repetírselo a Pola y ella a... Mejor me quedo con ese «quizás o no quizás» de Minze.



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ArribaAbajo- XII -

Los antecedentes comunes tienden a formar hilos comunicantes. A veces sólo basta observar las características físicas de una persona para darse cuenta de orígenes semejantes. Entonces el sentimiento se sensibiliza hasta provocar el deseo de la comunicación. Jashevato, sea como palabra o significado de núcleo formante de una descendencia que involucró a la mía, no dejaba de pesar.

La señora -que intuí rusa- se sentó frente a mí a la hora del desayuno y me deseó buen día en un idioma que no era ni el suyo ni el mío, pero que por casualidad resultó acertado para el entendimiento mutuo. Probablemente mis ancestros me inclinaron a mostrar cierta condescendencia y alertaron mi sensibilidad. Aunque también pudo ser su voz suave, modulando con esfuerzo las palabras extrañas para hacerlas más comprensivas. O su edad, entrada en la pendiente que marca en el rostro un tiempo detenido pero inexorable. O el leve parecido con mi madre, quien acostumbraba estrechar fuertemente mi pecho con el riesgo de producirme una erosión. Ella había fallecido no hacía mucho.

Después de desearme buen día, hablamos del café con leche que nos estábamos sirviendo en el comedor del hotel. Coincidimos en que, para nuestro gusto, no estaba suficientemente caliente, pero le aseguré que, por mi experiencia del día anterior, la segunda taza la servían en el punto esperado.

Una vez que terminó la primera taza, llamó cortésmente a la camarera y le pidió una segunda. Cafetera en mano, le llenó la taza. Mi compañera ocasional sonrió con agradecimiento, pero la mujer no pareció gratificada con la sonrisa. En actitud agresiva, se sentó frente a nosotras, con la cafetera a modo de arma o de escudo y en su idioma, extraño a ambas, pero comprensible, aunque no tanto por la velocidad verbal, increpó duramente a la señora, dirigiéndose a las dos. «¡Nada   —96→   la conforma. Esta ha sido su actitud desde que llegó, siempre alegando que el café está frío o demasiado caliente! ¿No ve toda la gente a la que debo atender yo sola? ¿O usted cree ser alguien especial?».

Mi vecina de mesa quedó tan turbada por esa agresión verbal que sólo atinó a sonreír, En ella veía yo una conjunción de madre y abuela, además de un refinamiento que se reflejaba en su porte y en sus modales. Traté de apaciguar a la mujer, pero mi intervención estaba condenada al fracaso aún antes de comenzar. La camarera, una vez lanzado su sermón, se alejó con la furia aún marcada en el rostro.

«Parecía muy molesta», comentó la señora. «Seguramente tiene problemas personales que la hacen reaccionar con quien le interrumpa su ritmo o interfiera con sus pensamientos», dije.

La señora rusa iba traduciendo lo acontecido a una compañera de viaje que estaba a su lado. Después se volvió hacia mí y, con señales de preocupación, me dijo: «¿se enteró de lo que ha ocurrido en mi país? Aún no lo podemos creer. En pocos días se ha puesto fin a un proceso que llevaba tanto tiempo, casi una vida entera. Esto es muy preocupante, porque no podemos asegurar si será para mejor o si es el inicio de otro proceso que puede durar hasta que surja alguien que imponga una nueva transformación. En mi país todos quieren ser líderes y escribir su propia historia. Escuchamos la noticia esta mañana en la radio. Uno se toma unos días de vacaciones, porque ahora es permitido cruzar la frontera -lo que nos da la posibilidad de saber qué ocurre en otros lugares- y se encuentra con que al regreso tendremos que acostumbrarnos a una situación política diferente. ¿Seremos capaces de afrontarla? ¿Usted qué cree?».

Le aseguré que a menudo la distancia distorsiona los hechos y que los noticieros buscan magnificarlos para vender la noticia, «¿En verdad así lo cree?», me preguntó. Había perdido la sonrisa y las líneas de su rostro parecían haberse acentuado aún más.

A la mañana siguiente, ella ya estaba en la mesa cuando entré en el comedor. Tomé el mismo asiento que había ocupado el día antes, como deferencia hacia ella o sencillamente para continuar una conversación entrecortada, aunque agradable, confiando que la noticia acerca de los cambios en su país no surgiera en la conversación, «No puedo acostumbrarme a las bebidas con temperatura intermedia. Para mí, lo caliente debe ser caliente y lo frío, frío». La vista   —97→   fugaz del samovar en medio de la mesa larga del comedor de la casa familiar me produjo un tintineo en la memoria. Quedamos de acuerdo en que esperaríamos a que la camarera sirviese la primera ronda y pedir el café cuando la viéramos llenar de nuevo la cafetera. Fue una buena estrategia. Esa mañana nos servimos dos tazas de café caliente.

La tercera mañana, de nuevo la señora rusa llegó antes al comedor. «Fíjese que me es difícil esperar. Una vez que me siento a desayunar, necesito mi primera taza de café. Pero no me gusta crear problemas. Eso sí, si dominara su idioma, pienso que la dejaría bien puesta en su lugar. A veces se inician de esta manera los problemas de frontera. Alguien pone un pie más allá de la línea divisoria y otro quiere hacer lo mismo. Entonces suenan los cañones, responden otros y la guerra se abre como solución de un conflicto que nadie buscó, Así que le diré a la camarera que me sirva el café como a ella le guste».

Después de servírselo, me dijo que el café estaba tan caliente que casi se quemó la boca, «Tal vez lo hizo a propósito porque ya me tiene en la mira, como los que disparan con la seguridad de que no pueden fallar». Me alegré que no hubiera llevado la conversación hacia los acontecimientos registrados en su país. Me entró la sospecha de que algunas luces internas de la mujer ya no estaban respondiendo a los desafíos de su memoria, lo que asocié, dolorosamente, con algunos casos de mis familiares.

Esperé. Junto con caer en un juego incitado por quien sabe qué duendes malignos, esa mañana pedí chocolate en vez de café. Quería saber hasta dónde podía presionar a la camarera. Me lo sirvió, sin mediar palabra y a la temperatura justa. La señora rusa dijo que, como ya no tenía nada que perder, en vez de una segunda taza de café, pediría chocolate.

«¡Mais non!», bramó la camarera, usando seguidamente su metralleta de palabras que no tuvieron el poder de alcanzar a la señora rusa, quien sólo se limitó a sonreír porque en verdad, la velocidad con que las lanzaba no le permitía entenderlo bien. «¡Ah!, ahora quiere que acepte su cinismo. ¿De qué se ríe, dígame, de qué?». «¿Es cierto que me río?», me preguntó. «Esta buena mujer parece no saber que los años acumulados a veces hacen de la cara una mueca de llanto o de risa». Entonces sonreí yo. «¿Usted también?», se sulfuró la camarera. Traté de convencerla de lo contrario y que todo se debía a un malentendido,   —98→   a un conocimiento rudimentario de su idioma. Con un gesto como indicando «¡qué podemos hacer con el primitivismo de cierta gente!», la mujer optó por retirarse.

Yo partía al día siguiente, así que permanecí un rato más en la mesa para proseguir la conversación, orientando a la señora rusa sobre los lugares que aún le faltaba visitar en la ciudad. Nos despedimos como si una gran amistad se hubiese desarrollado en el curso de varios desayunos compartidos.

«Si se renuncia a los derechos más simples, uno termina aplastado por tanques», me dijo. Esta vez no sonreía. Llevaba la cara oxidada por muchos otoños no muy bien vividos. Me habría gustado saber más de ella, alcanzar algún posible parentesco recóndito que tal vez pudo haber sido el motivo de nuestra mutua búsqueda de acercamiento.

«Las búsquedas a veces deparan sorpresas», dijo de pronto. Me sorprendí. Tuve la sensación de que ella era capaz de leer mis pensamientos. O sólo dejaba salir por turno pensamientos acumulados para que no continuasen surcando su rostro, aunque en verdad ya no tenía sitio para más hendiduras. «Mi padre vino de allá, de su misma tierra», le dije, queriendo llegar más íntimamente a ella. «Entonces habla mi lengua», se alegró. Hice un gesto negativo. Lamenté que no hubiese agregado a la herencia el conocimiento del idioma.

A veces, cuando el café está demasiado caliente, produce evasiones fugaces. Sobre todo cuando la borra se resiste a quedar tranquila, se agita, y por ahí guiña un ojo en total complicidad. Hasta tengo la impresión de que me habla y dice que no hay mejor forma de salvaguardar derechos, aunque me parece un poco ingenuo. Pero por algún lado hay que comenzar, pues una punta bien puede ser el inicio de un ovillo. Quién sabe. Sonrío, sin que todavía mi sonrisa parezca llanto.

La memoria ha dado una voltereta en un intento deshonesto por confundirme.

No. Ya no estoy «en el tribunal de mi padre». Más bien él está en el mío. Son esos arreglos que la muerte tiene con los que quedan, de modo que éstos puedan recurrir a los ausentes cuando no resta alternativa, cuando la angustia de la nostalgia no puede borrarse con un viaje rápido de ida y retorno. Es una situación difícil que alcanza   —99→   una dimensión casi imposible, aunque los expertos puedan demostrar que las dimensiones se vuelven flexibles y lo imposible puede ser lijado hasta que desaparecen las dos primeras letras.

Quizás no debí imaginarme al hombre de la mesa de al lado más allá de su verdadera imagen: un hombre corriente, solo, tomando café, sorbiendo lentamente cada cucharadita con un ruido goloso. Esperé que en algún momento, como mandaba el recuerdo, el hombre iría a sacar de su bolsillo un terrón de azúcar para ponerlo en la boca y derretirlo gradualmente con cada sorbo hasta terminar el café.

Pero era sólo el fruto de mi imaginación o el deseo de ver en esa persona -con quien no me ligaba ninguna relación- el parentesco que buscaba, invocando dioses de cualquier laya que hiciera posible la transformación para tener a mi padre de nuevo frente a mí y volver a costumbres por las que él luchaba, justamente para no perderlas. Es decir, la confrontación de un diálogo irritado por quien sabe qué rezagos o enconos, un diálogo cruzado como en las mejores hostilidades que, sin embargo, no llegaba a producir guerras, pero necesario para limpiar de sarro el recuerdo futuro.

De haberme acercado al hombre e interferido con su forma de sorber el café, posiblemente habría pensado que se trataba de alguien con sus cuerdas mentales cedidas o excedidas en sus atribuciones. Quizás era necesaria la distancia para disimular mi intención, la que no pretendía más que volver a mi padre a la realidad visible.

No había transcurrido todavía un tiempo suficiente desde su desaparición como para que hiciera esfuerzos por mantener sus rasgos. Seguía viéndolo con total claridad. Sus facciones mantenían la actitud de acecho constante, consecuencia de la vida y sus trajines, una forma de no dar pie al tendido de trampas y la consiguiente caída en ellas. A veces, envuelta en la bruma del recuerdo, no dejo de preguntarme dónde estaría yo si mi padre no hubiera decidido el cruce de mares y la adopción de una tierra tan extraña a la de nacimiento. Entonces la nacionalidad adquiere visos circunstanciales y la duda sobre la mía se fija a esas circunstancias.

El hombre de la mesa de al lado es mi padre, ha de serlo. Tiene los mismos ojos abrillantados por la edad y veo que le tiemblan las placas en la boca. «Siempre ocurre cuando tomo algo frío o demasiado caliente», creo escuchar. Entonces no tengo más que cruzar los dos o   —100→   tres pasos que nos separan y decirle «aquí estoy, continuemos», y ponerle mis condiciones, por supuesto, asegurarle que el tiempo produce cambios, que su posición es ahora la del escucha y que no le queda más que aceptarla.

El hombre ha dejado la cucharita al costado de la taza. Limpia con la servilleta los restos de café que su boca no ha podido controlar. Mira a su alrededor con mirada alerta, como queriendo evitar ser sorprendido en falta o quizás buscando alguna comparsa fantasmal que disminuya su condición de hombre solo. Tal vez sea mi fantasía la que de nuevo juega conmigo y el hombre sólo quiere que lo dejen tranquilo para gozar su café y la galleta con que lo acompaña.

Siento que la insistencia de mi mirada ha provocado su interés porque ahora también él me observa. Pienso que su edad sólo le permite la observación pasiva, libre de cualquier dejo fabulatorio. Puedo mirarlo de frente, casi traspasarlo con los ojos o adentrarme en los suyos sin tropezar con límites. Su boca ostenta frunces resultantes de masticar pasados. O sólo es boca de recuerdo de pasión acabada. Me duele su imagen, pues me remito a un pasado del que huyo porque no lo quiero igual, porque deseo transformarlo y busco como si algo hubiera quedado extraviado, el nudo, el meollo de lo que no logró ser.

No sé si es posible tapiar el pasado y formar otro que se adecue al deseo presente. El hombre se ajusta la corbata y luego alisa sus cabellos que se levantan, ralos, como si estuvieran electrizados. Temo que en cualquier momento decida marcharse. Debo apurar mis pensamientos, decidir qué hacer, cómo entablar una conversación con el extraño que, de buenas a primeras, mediante quien sabe qué recurso de suplantación se ha convertido en mi padre. Es preciso que me acerque y le diga que no continúe detentando el poder de la voluntad absoluta, asegurarle que me he convertido en adulta, que tengo mi propia voluntad y sé como manejarla, que es inútil que siga controlando mis movimientos, mi tiempo, mis salidas o entradas. Tengo que hacerlo, pues el hombre está haciendo movimientos de retirada: recoge las migajas que han quedado sobre la mesa, toma su sombrero de fieltro, lo alisa y con la mano vuelve a formar el pliegue del centro para después colocárselo y dar un pequeño toque en el ala.

Me levanto con temor de ser rechazada, de que el hombre levante   —101→   la voz o grite frente a la insolencia de una extraña, pero ya he ido demasiado lejos en la memoria ficticia o real para retroceder. Es como si hubiese recuperado el derecho de comportarme de acuerdo con mi edad, mi razonamiento. O mi rebeldía, si así pudiera llamarla. Levanto la mano para acariciarle la cabeza y sólo palpo el aire. Nadie hay en la mesa de al lado, aunque escucho, claramente, «una voluntad siempre depende de otra, en cierta medida. El problema comienza cuando la voluntad se independiza. La propia, exige una gran responsabilidad».

Tuve ganas de replicarle «ahora estás en mi tribunal», pero no me dio tiempo.

Temo que soy víctima de una invasión de sueños. Por lo tanto, para justificar mi posición debo buscar un culpable, uno que haga contrapeso a tanta lucubración y permita desacelerar la vorágine en la que caigo. Y me levanto y vuelvo a caer porque es preciso que me sostenga de esos hilos invisibles, hilos de araña que, sin embargo, posibilitan el arraigo de la imaginación.

Veo cuadros y recuerdos, ojos oscilantes que logran un acomodo temporal, cicatrices internas, rostros que prometen dilucidar misterios, una máquina que intenta pulir el tiempo, aumentarlo o disminuirlo, o mantenerlo en un límite constante para que no sea trasgredido por ilusiones. Es un tren que corre a mi lado y yo trato de alcanzarlo o no perderlo, o por lo menos llevar el mismo tranco para que nada escape, para que nada se pierda, para que ninguna velocidad pueda hacer desaparecer el encanto del recuerdo o hunda mi memoria en terrones movibles.

Quizás sea suficiente con abrir y cerrar días y no entregarse a la pasividad de la inacción, dejar que las cosas sucedan y no luchar, no porque uno se ha acostumbrado a hacerlo, sino para priorizar situaciones y evaluar el tipo de lucha.

El ejemplo de don Erman aún repercute en alguno de mis sentidos. Los golpes todavía resuenan en mi cabeza, golpes de martillo amenguados por la suavidad del plástico. Era la novedad en esos años posteriores a la gran guerra, el invento que conformaba frente a la inalcanzabilidad del cuero. Era también una cuestión de moda, el brillo necesario para opacar el ruido sordo que seguía   —102→   remeciendo tierras lejanas, exportando seres que debían iniciar nuevos aprendizajes en un intento por retomar características a punto de ser extraviadas.

Llegaban en oleadas, con ruidos de guerra, con expresiones alteradas, con cuerpos transformados por la lucha constante para no convertirse en fantasmas anticipados. Por aquellos años no conocía cabalmente el significado doloroso de «inmigrante».

Era muy niña para comprender, muy niña para interesarme en historias de ultramar, de ultratumba, de enfrentamientos con las fuerzas del mal, poderosas en su capacidad numérica, que dejaban sin posibilidad de acercamiento a las otras. Aún así, la proximidad con gente que llegaba, precedida de historias de miedo, fue acercándome a protagonistas que luego formarían parte de ella con el correr de la historia, llenando libros que pusieran de manifiesto la locura colectiva, el compromiso humano débil de la no repetición como forma de sobrevivencia, el desconocimiento del manejo voluble de voluntades inclinadas a la lucha en nombre de defensas indefendibles.

Así conocí a don Erman, un hombre que no había hipotecado el deseo inalienable de vivir, la apertura de días mejores, la posibilidad de conciliar el negro y el blanco para obtener una mezcla ajena a extremismos. Se convirtió en el despertador diario con su canto que llevaba el ritmo de los golpes del martillo para obtener cinturones y carteras que colgaban de ganchos donde los colores eran ordenados, de más claros a más oscuros, en un alineamiento comparable con espejismos pintados o anticipo de arco iris.

Yo tenía el íntimo convencimiento de que don Erman cantaba también en colores, alternando subidas y bajadas de tono según el tinte del material que estuviese moldeando. Doña Mane, su mujer, era inclinada al llanto como forma de mantener la memoria. Desde el corredor de la segunda planta de su casa le era posible ver el patio interior de la nuestra y, cada vez que necesitaba a don Erman, quien tenía su taller en la planta baja, lanzaba frases aéreas que inevitablemente eran compartidas por nosotros.

Don Erman, aún cantando, subía de dos en dos los tramos de la escalera. Después de un breve intercambio de palabras con su esposa, regresaba del mismo modo al taller para continuar con lo suyo. Entonces, desde su atalaya, doña Mane llamaba a mi madre para   —103→   quejarse de la falta de comprensión de su marido. «Más tiempo con usted significa menos carteras y menos cinturones», aseveraba mi madre. «Además, ¿para qué lo necesita? Puede llamarme cuando le parezca, si siempre estoy aquí, en la cocina». Lo cual era cierto.

La intimidad de nuestra casa era algo muy relativo, ya que casi todos nuestros movimientos podían ser registrados desde el segundo piso de los vecinos, además de escucharse nuestras conversaciones y detectar lo que se cocinaba por el olor de la comida. Llegué a pensar que, en verdad, formábamos una familia doble, separada accidentalmente por una muralla.

El golpeteo acompasado del martillo de don Erman, desde horas tempranas, hacía innecesario el uso del despertador. Además, por una cuestión de clima, la hora de amanecida se fijaba más bien por los vaivenes del calor. Eran días en los cuales los problemas entre vecinos, por la misma forma de comunicación estrecha, eran asumidos como parte de los de uno. Casi una forma de tribunal público donde se ventilaba el curso bondadoso, o no tanto, del acontecer humano. Aunque más de alguna vez deseé que la muralla divisoria fuese más alta, las voces menos estridentes y el acontecer interno de cada familia más íntimo.

Pero también era una cuestión de época, en la cual había un alto grado de solidaridad -en cierta medida culposa- por no haber pasado las mismas penurias. Los sobrevivientes originaron un caudal migratorio tan poderoso que bien podría ser calificado como un «big bang» humano. Y tal vez fue así, pues muchos núcleos familiares, disueltos a consecuencia del desbande, nunca más volvieron a conformarse del mismo modo.

La señora Mane era una mujer muy especial. No podía hacer mejor contrapunto al carácter indomable de don Erman. Ella, decidida a no congraciarse con la vida, él deseoso de buscar la más mínima oportunidad para soltar su efervescencia y equilibrarse, sin perder pie, como un violinista sobre el tejado. El día en que, a través de la muralla y con posibilidad de rebotar en otras murallas, le dijo a mi madre que la diferencia de diez años menos que se llevaba con mi padre no era notoria, mi madre estuvo a punto de quitarle el saludo y acabar con la rutina de la conversación diaria, levantando un muro de silencio.

Mi madre no vio el lado bueno del comentario de doña Mane,   —104→   tomándolo como que los años se hubiesen encaprichado más con ella que con papá. Sin embargo, después de pensarlo bien consideró que ella era un apoyo necesario para doña Mane y, si bien el reinicio de la relación tuvo un arrastre dificultoso en su comienzo, al final la mutua necesidad estableció el puente.

Una madrugada, antes de que cualquier amanecer tempranero levantase trinos de pájaros o sonidos de voces, mamá escuchó un llanto que llegaba de algún lado. Era quedo, llorado desde adentro, como deseoso de permanecer así, pero sin poder remediarlo: Con su inclinación detectivesca y su oído supersónico, mi madre se levanto y fue recorriendo una a una las habitaciones. Una voz constatada la tranquilidad interior, salió al patio. «¿Es usted, doña Mane?», escuché a mi madre preguntar. Un «sí» apenas audible atravesó la penumbra. «¿Qué sucede?», volví a escuchar. «Es muy largo de contar». Mi madre no podía quedar satisfecha así no más con una respuesta tan vaga. De modo que, luego de una pausa cautelosa, «pero por lo menos dígame algo», insistió.

Lo que doña Mane buscaba que sonase a drama, tuvo una reacción contraria, pues a mi madre le causó risa. «Estoy embarazada», le dijo, y soltó por fin el llanto contenido, tan abiertamente que le hizo desequilibrar la risa. A pesar de la hora tan temprana, «voy para allá», le anunció. Sentí mover con cautela el pesado pasador de la puerta de calle y a mi madre salir sigilosamente para no interrumpir sueños no consumados del todo. No sé cuánto duró su ausencia, pues el sueño volvió a alzarse con su característica de nubes y tufos envolventes.

Mi madre era una mujer capaz de escuchar con toda atención los problemas de la gente y de buscarles una solución, aunque muchas veces no quedaba muy convencida de sus propios consejos. Y este era uno de esos casos. Un embarazo no esperado producía en esos tiempos una reacción como la de doña Mane, pues el control de la natalidad estaba en manos de la naturaleza. Sospecho que, en algún momento de vida fértil, a mamá le habría gustado recibir el apoyo de terceros en una situación similar.

A la hora del desayuno, mi padre, como de costumbre ajeno a los problemas de barrio, apuraba una taza de té antes de partir al trabajo. Pero como mi madre no era de esas personas que demoran en   —105→   descargar el peso de lo que llevan encima. entre sorbo y sorbo de té le fue contando el problema de doña Mane.

«Puede que no le falte razón», dijo. «Tiene miedo. Aún le persiguen las pesadillas y no deseaba otro hijo. ¿Sabes qué me dijo? 'Para qué seguir trayendo hijos al mundo si en la vida puede que sufran las mismas penurias por las que nosotros hemos pasado'?» Le señalé que no todo se repite del mismo modo, que las cosas cambian y la gente aprende de las experiencias pasadas. Bueno, no estoy muy segura. Me contestó que un hijo era suficiente y que el que tienen tal vez ya había sido un error». Con los brazos apoyados en la mesa para dar mayor fuerza a sus palabras, «¡eso sí que no lo pude aguantar!», exclamó.

«Imagínate, llamar error a esa hermosa niña es como demasiado. Así que la puse en su lugar. Ya estaba más calmada cuando salió don Erman de la habitación. ¡Qué hombre! ¡Que forma de consolarla! Como si buscase expurgar alguna culpa».

Doña Mane tuvo un varón y mi madre fue la primera en visitarla en la clínica. Después nos llevó, por turno, para que conociéramos al recién nacido. Recuerdo que tuvimos una gran decepción. Con mis hermanos pensamos que lo único que podría salvar a esa especie de renacuajo -que hacía contorsiones circenses en medio de un llanto inaguantable- era que algún día llegara a parecerse a nosotros. Nos pareció qué podría ser, sin ahondar en antecedentes que nos indicase si qué aspecto teníamos nosotros al nacer. De todos modos, estábamos absolutamente convencidos de que mamá había exagerado al alabar la belleza del crío.

Don Erman dedicó varios años a trabajar sin horario, en el pequeño salón de la planta baja que servía de taller y lugar de ventas a la vez. Con el tiempo fue progresando y, como para contradecir cualquier cálculo aritmético, en una división irreal de ese espacio fue ubicando unas máquinas para trabajar el cuero, además de tres ayudantes. Más tarde, nuevas necesidades de espacio fueron superando su deseo de continuar en el mismo lugar. Por entonces, «ya había hecho dinero», como se decía deo alguien ante el menor asomo de progreso.

El silencio se instaló sobre la muralla divisoria. Muchas veces, olvidando que don Erman y doña Mane ya no estaban del otro lado, escuché a mi madre hablando en voz alta desde la cocina.

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Los nuevos vecinos no supieron apreciar las bondades de la comunicación a través del tráfico aéreo de palabras. Mi madre sintió entonces que la muralla había crecido hasta llegar a atorarla. Pero como no era mujer de quedar en silencio cuando se encontraba en medio de ollas, guisos y cocidos, empezó a desempolvar tangos y boleros y a calzarlos en el aire, en el cuerpo, en las ansias por alivianar el inmenso bagaje comunicativo con el que había nacido.



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ArribaAbajo- XIII -

«Fue una travesía plagada de miseria que después se transformó en historia. Recurríamos a ella para tranquilizar dudas y asentar la elección del nuevo lugar». La abuela Bea tenía su propio mirador para atisbar el pasado con ojos que manejaba como si fuesen taladros o incubadoras de sentires. Hablaba de aldeas, una palabra que hacía delirar nuestra imaginación con su alcance de otras épocas.

«Eran muchas, a lo largo de caminos de paso, enlazadas por parentesco o amistad, o al menos por las veces en que esos pasos fueron necesarios. Eran aldeas con alma, cuerpos, caras, y con gustos y aromas que obligaban al desgarramiento lento. Había que lanzar la imaginación al mar y confiar en su capacidad de flotar, porque también los barcos eran imaginarios por esa levedad que los hacía parecer imposibilitados de atravesar tanta agua extendida en la que nuestros ojos edificaban islas, verdaderas tablas de salvación que eran rotas por el atropello del horizonte. Padecíamos el hacinamiento de tercera clase, de sótano, de subterráneo. También había enfermedades y muerte. Se jugaba todo el día a los dados para matar el tedio. Era la influencia presente y directa del Arca de Noé, la unión de lo cotidiano heroico y lo sublime cosmológico. El Génesis se hacía día a día y los escribas se volvían lentos para tanto acontecer».

Era difícil saber de dónde la abuela sacaba tanto discurso. Teníamos la sensación de que lo llevaba escrito en alguna parte de su interior y que sólo le bastaba leerlo hacia adentro para asombrarnos, Con ella, hasta las historias de piratas se volvían innecesarias. Puede que haya sido el ojo que no necesitaba ser de buey o tener una nave para filtrar combates marinos que mecían y remecían nuestros años cortos, entre expectativas que en algún momento irían a concretarse y los terribles miedos que, con su ayuda, podían prolongarse durante toda la noche para enfrentar el amanecer en la duda de si habían sido   —108→   capitulación de sueños, o los mismos sueños, pero contados por ella.

Cuando la notaba friccionándose las sienes, me decía que masajeaba la memoria para ponerla en su lugar. «Abuela, la memoria no es la cabeza», asegurábamos, con risas apretadas para no ofenderla. Entonces, traspasando el aire e hincando la punta de sus ojos en los nuestros, replicaba: «Quién sabe; todo esta tan junto y al mismo tiempo tan desparramado».

Al llegar la noche nos castigaba con el abandono, subiendo pasada y pausadamente la escalera que conducía a su cuarto en el altillo. No nos atrevíamos a seguirlo a la «palomera» -como siempre la llamamos-, desde donde pasaba por «estados de observación», sin saber nosotros si era a solas o con los espíritus de ocupantes anteriores. Nada podía afirmarse o desafirmarse con ella. A veces, el temor de que la puerta no pudiera abrirse y quedase aprisionada, hacía callar la estridencia de nuestras voces. Cuando iniciaba su ascenso a la palomera, daba la sensación de que lo hacía de a poco, como esas ramas que buscan ventanas para torcer su dirección en un ensayo súbito. En la palomera no dejaba que hubiese espejos, porque son «reflejos móviles para reír o llorar». Cuando hacíamos algún comentario sobre su cutis de porcelana, afirmaba que «las porcelanas envejecen, se ponen opacas y unas venas azules forman dibujos a rayas».

Durante sus encierros reflexivos sólo se alimentaba de líquidos «para no abusar de las bondades del cuerpo». Cuando ponía término a la reclusión, su voluminosa envoltura emergía con un adelgazamiento notorio. «Estoy limpia», anunciaba entonces. «Ahora puedo continuar andando». En esos momentos se rodeaba de misterio, y el suspenso que provocaba la espera de ser favorecidos con quien sabe qué anécdotas agitaba nuestro ritmo cardíaco.

Pero debíamos aguantar pacientemente para darle tiempo a que su pensamiento se esclarezca.

Esa vez su clausura duró más de lo acostumbrado. Nadie se atrevió a interrumpirle. Eran sus instrucciones. El temor de que algún cataclismo cósmico fuera a producirse de no respetar su voluntad, nos mantenía en estado de alerta, sin atrevernos a tomar alguna acción que pudiese molestarla. «Hay que esperar, decía María, la doméstica de tantos años, torciendo los ojos, llevándolos hacia adentro para devolverlos con cierto cambio de color.

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Parecía haber, entre María y la abuela, una suerte de confabulación, o tal vez ambas eran igual de excéntricas. O quizás no era así, sino su cualidad de sobrepasar condiciones terrenales y atisbar latitudes sólo reservadas a espíritus elegidos. También pudo ser la misma casa, capaz de cobijar a varias generaciones juntas, donde el sentido de maternidad o paternidad era compartido, donde era posible experimentar la sensación tribal heredada de épocas que no irían a repetirse.

El tío Jako era quien mejor comprendía a la abuela Bea y también el encargado de que no le faltase líquido suficiente durante su «exilio». Cuando con la espontaneidad propia de la palabra ligera y suelta de años infantiles se me ocurrió aventurar de que la abuela no era «verdaderamente real», el tío Jako adelantó un ojo en extensión de mirada, dando la impresión de que el ojo iría a descender por la mejilla. El otro lo torció hacia el fondo hasta dejarlo perdido en la oscuridad de su órbita y, sonándose la boca -tronando como si en verdad se tratase de la nariz- y moviendo la oreja izquierda en total independencia de la otra, preguntó: «Y yo, ¿tampoco soy real?».

No cabía una respuesta, pues faltaba la aproximación que establecía niveles, a veces insalvables, entre los de arriba y los de abajo, además de la ignorancia atribuida a los de poca estatura, una ignorancia que los de arriba la equiparaban con moralidad saludable. Por tanto, sólo cabía esperar que el correr de los años nos nivelase para poder llegar a la incursión profunda de la palabra que se encarga de abrir arcanos llenos de misterio. A veces, adoptando posturas de poder alcanzado a lo largo de sus largos años de convivencia con la abuela. María soltaba alguna pista que sólo llevaba a laberintos de ojos desorbitados. Conseguido su propósito, se retiraba a su cuarto, obligándonos a otro tipo de espera.

En medio del asentamiento de esperas y de falta de respuestas apropiadas, vimos un día la abuela ayudada por las ramas más resistentes del árbol próximo a la palomera descender por una gruesa cuerda, deslizándose al estilo de Tarzán. O al menos fue lo que pensamos, pues asociarla con Jane la habría puesto en la situación absurda, aunque todo el espectáculo pasaba por distintas fases de lo increíblemente absurdo o disparatado.

El tío Jako dijo que había sido su culpa por no haber cumplido   —110→   cabalmente los horarios, que un problema en la puerta impidió que la abuela pudiese abrirla y por tanto no tuvo más remedio que tomar esa medida extrema para no sufrir un ataque de claustrofobia. Cuando le preguntamos el significado de claustrofobia, el golpe de su mirada nos hizo retroceder. Quedamos convencidos de que se trataba de una de esas enfermedades infecciosas y terriblemente contagiosas que podían ser transmitidas a través de inflexiones de la voz. La abuela, en todo caso, aterrizó con su fuselaje intacto.

Las jornadas eran largas y profundas. Yo tenía la certeza de que podrían ser capaces de envolver cualquier cosa, ensanchándose a voluntad para poder cargarlas y después ir sacando pequeños paquetes de sorpresas que, al abrirlos, mostrarían una ristra de recuerdos, resbaladizos en extremo, lo que obligaría a grandes esfuerzos para ser rescatados. La niñez, siempre en estado de fabulación ininterrumpida, se transformaba en umbral de resplandores o sombras, con el resultado de una realidad de cuadratura difícil o más bien extraña. «Para que sean interesantes, las historias de familia deben tener cierto alcance de locura», solía decir tío Jako.

La voz y los dichos de tío Jako vienen de antes, como eco retroactivo, pero al mismo tiempo con cobro al presente. Algo bien extraño, porque me hace sonar cuerdas y sentires cuando el recuerdo no puede sino funcionar en pasado y, referirme a él como si aún continuase cumpliendo deberes, le hace parecer muy próximo para rememorarlo en su verdadera dimensión.

¡Qué tipo este Jako! Más bien ¡qué personaje!, por mi imposibilidad de calzar de modo certero sus facciones. Su cara era un desparramo de nariz, boca, ojos y cejas en misión de provocar la risa o de reír como si toda su fisonomía estuviese hecha de goma. El mero recuerdo me hace soltar la mandíbula, en imitación imposible de repetir, y me obliga a sorber restos de risa, o tal vez de llanto, cuando me presiona el convencimiento de que no es mucho lo que aún puede dar la cuerda.

Cuando ese día azul, con tendencia a desteñirse y optar por el gris más solitario de la tierra, dijo muy seriamente que «bigamia es tener una esposa de más y monogamia es lo mismo», me pregunté cuál sería el origen de tantos dichos propios que sacaba la luz para cada oportunidad, sin equivocarse al elegir el que no correspondiese.   —111→   Aunque de pronto era extraño escuchar a este experto en aventuras del más claro absurdo hablar de ese modo, como si el pensamiento estuviera recién presentándose o hubiese hecho contacto quien sabe con qué parte de su interior. Sin embargo, él no era hombre de arrepentimientos, y lo había demostrado mucho antes de que la Piaff hiciese del arrepentimiento un punto de partida, sin remiendos ni lastre.

«Fue de mal augurio que la gallina se pusiese a dormir con un solo ojo», dijo un día, cuando ya no compartíamos la misma casa. Lo hizo sin mirar a tía Lola, su esposa, o tal vez mirándola porque de lo contrario no se habría desencadenado tal tempestad doméstica, con la tía clamando -así como así, desde lo alto de una ventana- por su madre y su abuela, con todo el largo de nombres propios y adquiridos como si por algún artilugio fuese posible traerlas raudamente desde esa ciudad allende el río, donde, pese a la distancia, parcelan no perderse nada de la vida matrimonial de tía Lola, siempre preparadas para intervenir cuando se las requiriese.

Después de tanto tiempo de conocimiento, alejado o cercano, daba para percatarse de que tío Jako no era un hombre como los demás. Había que tomarlo o dejarlo, con sus virtudes y defectos, sin buscar cambiarlo o idear alguna estrategia para hacerlo, simplemente porque no era el camino más acertado. Era sabido que ninguna fantasía podía superar a las que él tenía almacenadas, las que a veces lo llevaban a la búsqueda de otras «gallinas» para hacer comparaciones o cerciorarse de si el mal augurio estaba dirigido a él, o si un fenómeno atmosférico le había hecho su partícipe por una cuestión de turno.

De modo que su inveterada curiosidad le impulsó a incursionar en otros gallineros para alivianar el peso del problema. Fueron incursiones, sin duración precisa de tiempo, que en su momento lo tuvieron al borde de que la tía Lola lo demandase por abandono de hogar. Sin embargo, fue sólo un borde amenazante, puesto que no logró culminar ante el temor de que la demanda llegase a airear algunos trapos, como su prolongada soltería que la había dejado con el humor sexual alterado, algo que daba para susurrar a puertas cerradas para no poner en boca de otros el buen nombre de la familia del tío. Con todo, la inclinación de Jako por los ojos abiertos o cerrados de algunas «gallinas» no le hacían olvidar sus dotes de caballero. Cada   —112→   reintegro a la vida conyugal, con los ojos ablandados por la falta de sueño, lo acompañaba con cajas de chocolates y la palabra apropiada para calmar a la tía Lola, quien afirmaba que las «incursiones» de Jako no eran tales, sino sólo parte de su fantasía.

La situación doméstica fue tomando colores oscuros cuando, casi sin darse cuenta, el tío murmuró que siempre hay tiempo para estar mal, no recordando que tía Lola era capaz de escuchar hasta el sonido del viento antes de que iniciase su vuelo. Las sales aromáticas no fueron suficientes y hubo que llamar de urgencia al doctor Méndez. En su afán por calmar de golpe a la tía, hizo preparar una poción, mezcla de belladona y genciana, que la tuvo dormida de ambos ojos por varios días, durante los cuales no dejó de comer, pues abría la boca a las horas acostumbradas, sin saltarse un solo reparto. Cuando por fin despertó del todo, había aumentado sus buenos kilos, lo que dio pie a alguna gente -alerta a su problema sexual, aunque no exenta de celos- a comentar sobre la posibilidad de un embarazo.

Con tal de quedar bien, la tía Lola era capaz de cualquier sacrificio cuando se trataba de seguir el juego. De modo que fue redondeándose a medida que pasaban los meses hasta el punto de desorientar al doctor Méndez, quien dijo que ni siquiera era necesario revisarla porque «la cosa está a la vista». Además, no lo hubiese sido fácil hacerlo por la insoportable timidez que aducía Lola para alargar el engaño. Cuando los nueve meses dejaron de correr y la tensión llegó a su término, Lola aseguro, con tono de desesperanza, que un tumor de descomunal tamaño era el causante de su sobrepeso. Tío Jako no se pronunció. Sólo abrió la puerta y desapareció con el primer tranvía de paso. En ese entonces estos transportes circulaban sin paradas fijas; bastaba un gesto de mano para que se detuvieran.

Una semana después, tío Jako regreso. Lo hizo en compañía de una mujer que hablaba con acento extranjero y con facciones también extranjeras, ante cuya vista Lola no tuvo más remedio que desmayarse. Tío Jako, muy caballero, corrió en busca del vinagre aromático. Con teatral estremecimiento, Lola se recuperó del «desmayo». No pregunto quién era la mujer, pues eran épocas de parentescos sin límite, de inmigraciones que a veces causaban desbarajustes domésticos, los cuales eran aceptados en un intento por lograr acomodamientos que hiciesen menos dolorosa la situación de esa gente.

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Así que la prima Nina se instaló en la casa con derechos de parentesco, aunque sin identificación alguna que lo ratificase. Lola estuvo a punto de decir «ella o yo», con el mismo ímpetu de aquella vez en que al tío se le ocurrió traer dos caballos a la casa -su afición por la hípica-, cuando le dijo: «Los caballos o yo». Pero en ese momento logró frenar a tiempo su impulso por temor a que tío Jako le replicara nuevamente con el silencio.

La prima Nina mostró ser todo lo que no era Lola, y la diferencia fue desatando cada vez más el interés del tío por ella.

De nuevo la cuestión climática los afectó. La prima Nina venía de un país frío, y eso de encontrarse de pronto con la amplitud de días de sol brillante que sólo se permitían una tregua durante la noche, tuvo en ella un efecto cuya consecuencia pareció calzar de medida a tío Jako: dejar muda a Lola. Para aprovechar al máximo esos días, Nina tomó la costumbre de tenderse al sol en el fondo del patio. Comenzó por hacerlo desnuda de cintura para arriba y luego de cintura para abajo para lograr un bronceado homogéneo. «Nada como dejarse estar», fue el comentario de tío Jako ante esa vista, girando teatralmente la cabeza con la ayuda de sus dos manos para evitar cualquier torcedura «involuntaria». Al preguntarle tía Lola si no se había equivocado en eso de «dejarse estar», Jako se limitó a mirarla de la forma como siempre lo hacía cuando no deseaba desperdiciar palabra.

Los baños diarios de sol atrajeron no pocas miradas de los vecinos -mujeres inquietas y varones al borde de un salto de muralla-, lo que produjo en el vecindario un estado de efervescencia como no se recordaba en mucho tiempo. Cuando Jako salía en las mañanas para atender su negocio, un coro de cabezas masculinas lo seguía con admiración antes de desmembrarse en sus propias obligaciones.

Jako empezó a respetar horarios de llegada y a descuidar los de salida. Un aire de enfermedad romántica lo fue envolviendo al tiempo que ojeras de color indefinido se le marcaban notoriamente, dándole un aspecto cansado, o sufriente, que los vecinos atribuyeron al reparto obligatorio que habría de hacer con su cuerpo para conformar a dos mujeres. Se preguntaban qué ocurriría en la casa al cerrarse la jornada y también la puerta grande de calle.

El misterio fue agrandándose con el correr de los días. No faltó   —114→   quien, preocupado por la salud de Jako, se ofreciera como voluntario para equilibrar sus supuestas obligaciones. Detrás del primero surgieron otros en reclamo de los mismos derechos para «acometer la empresa». Alguien propuso llevar a cabo un sorteo. «Nada como la democracia para dirimir situaciones», dijo José, el vecino más cercano, quien nada tenía de casto y era conocido como hombre de suerte para los juegos de azar.

José se aprontó como correspondía: vestido con elegancia y bien perfumado para presentarse a una hora apropiada, no muy temprano ni demasiado tarde. Lo hizo con dos golpes secos y fuertes en la puerta de calle, seguido de uno tímido, algo como entre querer y no querer, pero con el derecho otorgado por consenso vecinal. Después de un momento, apareció tío Jako en calzoncillos, seguido de Lola, vestida de odalisca. Más atrás, como manteniendo un orden de precedencia, Nina, con una balalaika en sus manos. «Una orgía, una bacanal», pensó José, sin adentrarse demasiado en el pensamiento, pues de haberlo hecho habría sabido que todo contaba para Jako: el día y la noche, las declinaciones o exuberancias del clima, el cuerpo descubierto a medias para «insinuar intimidades» -como le gustaba decir-, la risa y la pena, el enganche amoroso porque sí y el otro obligado por el compromiso, Era, sin duda, un gozador de situaciones, un pescador encaprichado en enlazar lo que le ayudase a gozar del encanto de la vida. «Todo cuenta, hasta la descuenta», aseguraba en su inveterado afán fantasioso por moldear frases para que alguien, algún día, las volviese a repetir.

Así que tío Jako no se sorprendió ante la mirada de boca abierta de José; sólo le dijo que dejase la visita para otra ocasión. Su desengaño fue tal que la efervescencia, que ya había hecho estación en el barrio, aumentó con agregados resultantes de la experiencia del hombre. Se necesitó nada más que la confluencia de bocas y conversaciones de interior y exterior para que en esa ciudad, de cuenta constantemente prolongada, donde el punto final era corrido por la presión de otro punto aparentemente final, cundiese el rumor de que Jako había comenzado a operar en el barrio «una de esas casas», ofrendándose como primer cliente.

Cuando otros, tentados por la suerte de Jako se presentaron a horas extemporáneas «para ayudarle a desarrollar el negocio», nadie   —115→   hizo caso a los golpes nocturnos en la puerta de calle, la cual se mantuvo cerrada durante mucho tiempo. Los ojos hicieron turnos y la expectativa aumentó deseos concentrados de detractores y de los otros, pero la puerta permaneció cerrada.

Fue así como la conciencia arremangada empezó a soltarse. Surgieron voces de alabanza para tío Jako, de afirmación de la sospecha de lo que había presenciado José, de deseos de terminar con la puerta cerrada y devolver al barrio su tranquilidad. Entonces la atención se desvió hacia la amenaza de la tormenta que antes, mucho antes, había originado una plaga de langostas. Fue una tormenta huracanada que abrió cofres y puertas e hizo volar por los aires historias escritas y heredadas, la misma que permitió aberturas o entreaberturas de puertas. Jako, Lola y Nina tal vez aprovecharon el temporal o los raudales, o el descuido de la gente, para instalarse en la otra orilla del río, donde con la madre y la abuela de Lola inauguraron... No, no fue inauguración, porque el negocio ya estaba en marcha. La luz roja podía verse desde la orilla opuesta. De hecho, la veían quienes no se animaban a cruzar el río y se agotaban de deseos no consumados.

Todo continuó igual en el barrio. Sólo la imaginación se permitió alguna extravagancia, como la de llamar «Nina» al huracán siguiente o «Jako» al que cambió de rumbo a último momento.



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ArribaAbajo- XIV -

El regreso al pasado siempre me produjo cierto rechazo, pues pasado y estancamiento parecían entrelazarse peligrosamente, algo que era necesario respetar para no caer en la ofensa gratuita, lo que no era difícil que sucediese porque la falta de estudios formales de los mayores aumentaba las susceptibilidades. Las diferencias de edad también eran respetadas. Los años acumulados les otorgaba un aire doctoral que ningún aprendizaje joven podía igualar.

A veces no se me ocurre qué hacer con el recuerdo o en qué punto preciso tomarlo o dejarlo. Entonces lo bordeo, igual que gallo de riña dando vueltas en el ruedo para estudiar al rival antes de propinarlo el picotazo. Quizás ese punto preciso no debiera ser molestado, por ser el que más duele, y el dolor sólo puede generar más dolor y el resultado no sería otro que una continuación que forma sufrientes a ambos lados de la línea, en este caso el escritor y el lector. Aparece entonces la posibilidad de la opción y se hurga hasta localizarla, porque la opción constituye la etapa final y la búsqueda el preludio. La música, que siempre me ha acompañado en sus distintos géneros, surge involuntariamente como telón de fondo, con distintas estridencias y en diferentes momentos. Pero no había que tomarla en cuenta como elemento aglutinante, preciso, para redondear asuntos de familia o su amistad, con choque de vasos para brindar por lo que fuese. Esa era otra forma de buscar cambios venideros: el brindis constante como incitación para que esos cambios ocurran. Era necesario chocar los vasos de determinada forma para que el cambio fuese propicio y las mentes se pongan en blanco para dar lugar al pensamiento que iría a azuzar el futuro hacia la dirección correcta, como se hace al apagar las velas que adornan las tortas de cumpleaños.

Y me decido, claro, y quiero volver a narrar esas historias que ni papá ni esos tíos que fueron sus hermanos llegaron a contar, porque en   —118→   el umbral de una edad indefinida que es la adolescencia creíamos saberlo todo.

Y qué más podría esperarse o qué más agregar de esos tres mosqueteros que abandonaron el país del frío -en épocas que otros también lo hicieron-, cuyas anécdotas eran similares y por tanto sin algo demasiado especial. Lo que entonces no sabía era que justamente ese algo lo ponían mi padre y sus hermanos, además de los abuelos y la abuela vieja a quienes nunca pude imaginar de otro modo.

Al hacer comparaciones en un presente que me hace requerir los misterios del pasado, puedo apreciar la riqueza de lo poco que me fue narrado y continuar maravillándome de todo lo que no conocí, haciendo asociaciones fantasiosas o atando cabos, juntando las fichas del juego de dominó que estrechaba las sombras de largas noches de invierno en la casa de los abuelos.

A veces siento la mente fragmentada, hilos que se entrecruzan interfiriendo con terminaciones nerviosas, un actuar o desactuar interno que amenaza develar misterios o intrigas. Es así que, buscando una dirección o un determinado papel, mis dedos se detienen en otros papeles y la curiosidad del olvido, de la acumulación involuntaria, hace que la detención me contagie los ojos y, lo que se previó como acción rápida y resultado inmediato, se posterga por la necesidad de revivir ciertas cosas, de volver a experimentar sorpresa por lo que en un determinado momento ya sorprendió. A lo mejor se trata de un ejercicio buscado para evitar el rápido desarrollo del presente, un escape, por así decirlo, y el asidero constituye la marca dejada intencionalmente. Quiero creer que es así. Son pistas que recrean el tiempo, produciendo nuevos espacios que permitan seguir siendo llenado.

Fue una pista falsa la mía, seguramente para llegar a la carta. Está doblada en cuatro, bien doblada como si aún guardase el misterio de su mensaje. La escritura, de rasgos largos y verticales, me remeció el conocimiento a través del papel transparente. «Las cartas, viejas o nuevas, deben ser abiertas», me dije, por más que en ese momento sentí algo sobrecargados los espacios de doble fondo aparente.

Muchas veces me prometí, en gimnasia de salud mental, no volver sobre huellas que permitiesen la apertura de puertas atascadas por uso exagerado. Como extremos de cualquier situación, podría ser todo un desafío. Traté de recordar lo escrito, lo cual no me causó   —119→   esfuerzo porque estaba consciente de cada palabra de esa única carta que alguna vez recibiera de tío Berni. No era afecto a la palabra escrita, sino más bien al prototipo del hacedor de leyendas, el fabulador innato que precisa moldear las letras, insuflarles significado, formar las palabras y dejar que otro fabulador las recoja y se convierta en seguidor. Pienso si tío Berni en verdad existió o si fue tragado por sus propias historias hasta desaparecer en un remolino de viento, semejante al caballo blanco con el cual una tía de esa familia «un poco loca» -como él mismo afirmaba- atravesó el aire, elevándose y aprovechando tío Berni ese viaje involuntario para llevársela consigo.

Presiento un desajuste emocional, un temor que me recorre entera, un deseo contrariado por mi propio deseo porque creí haber sobrepasado la fragilidad de la memoria.

La carta está en mis manos, amenazante. Temo que se trate de una caja de Pandora o de una conjura de duendes y caiga yo como víctima indefensa. El temor de que el recuerdo se desencadene arbitrariamente, sin respeto por mis zonas más o menos sensibles, detiene mis manos. Siento una desnudez interior, un punto que no escapa para no ser escrutado. Deslizo un ojo, nada más que uno, por el borde doblado. Hay palabras sueltas, cortadas como si fuese época de poda: cheque, viaje, jubilación, familia, hermano... Me detengo en esta palabra. Sí, el hermano de tío Berni era mi padre. Pero ¿porqué habla del hermano si mi padre ya no está? No, no habla, porque la voz de tío Berni tampoco ya está. Quizás él no se habrá enterado o sea su forma de comunicación entre difuntos, o la alucinación del pasado hace que se le olviden algunas cosas.

Descubro la parte superior de la carta para mirar la fecha: agosto de 1983. Abro un poco más el doblez del papel y alcanzo a leer una frase: «me has enviado un cheque, sin especificar en concepto de qué». Aparto la carta. No tengo edad para regresar a un tiempo que pueda desmoronar mi fortaleza. «Deja atrás lo que ya ha quedado atrás, tío Berni», quiero decirle. «Ten paciencia, espérame para el balance final». Cierro y abro la carta como si se tratara de esos juegos infantiles donde numerábamos ilusiones y elegíamos el número para después accionar los dobleces del papel con la esperanza de haber acertado. Vuelvo a apartar la carta. Está borroneada. Debe de ser un defecto de   —120→   calidad de la tinta, una que aún se mantiene húmeda... Es preciso esperar que se seque para continuar leyéndola.

Me pregunto por qué ese día tropecé con la carta. Trato de recordar la fecha. Hay días en que los números se me invierten y forman cifras sin futuro. Sí, le habíamos enviado un cheque, a través de terceros, con la intención de que fuese anónimo, como tantas veces tío Berni lo hiciera en su afán por aliviar necesidades de otros. Pero no era posible engañarlo. «No recuerdo nada que merezca una recompensa monetaria, salvo que quisieron hacerlo por el inmenso cariño que siento por ustedes. En verdad, debiera ser al revés, pues con los sobrinos me entrené para ser padre, algo que después fue muy agradecido por mis propias hijas», decía otro párrafo.

He recibido otra carta, que no es de tío Berni, sino del otro, tío Jako, el de los caballos y actitudes de ilusionista, el de la vida en broma, el único que aún quedaba de los tres hermanos, los que una vez armaron un trineo en su país de nacimiento, heladamente lejano, para no dejar pasar la niñez sin los desatinos de la niñez. «Tengo problemas de escritura», cuenta en su carta. Agrega que le tiemblan las manos, pero no espera que se le pase con el tiempo. ¿Qué tiempo, tío Jako?

«Hablando en serio», continúa la carta de tío Berni, «creo que circula un falso rumor sobre mi situación económica». Sin embargo, a pesar del tono liviano de sus palabras, no lo desmiente. «Usaré el importe para visitar a mis hermanos una vez que se despejen los caminos afectados por las inundaciones. Saben que prefiero viajar por tierra, porque así se prolonga el gusto y el inicio y regreso llegan a caber dentro de la misma fantasía». Tío Berni realizó el viaje. Fue el último, casi un recorrido de despedida. Años atrás había emigrado en busca de nuevos vientos, igual que esas aves que cambian de lugar como si pretendieran desafiar marcas de vuelo. No le fue bien. Era mucha la confianza de ciudad pequeña que llevaba consigo para medirse en un medio más grande, sin antes haber calculado el riesgo. Fue cuando le enviamos el cheque.

De nuevo pienso en los números, como si estuviese relacionado con la precisión matemática. Es mucha la coincidencia: la carta de tío Jako está fechada un día 13 y la de tío Berni es de 1983, ambos terminando en un número cabalístico. Tal vez sea una señal para que indague el significado, me aboque a estudios de   —121→   donde pueda seguir alguna clave. «Hay formas y formas de comunicación», decía tío Jako. Pero ¿quién podía tomarlo en serio? La mudez de la escritura a veces otorga el silencio tan deseado, la ausencia de voces que no perturben la imaginación, pienso. De pronto siento que el doble fondo, que a menudo se produce en mis espacios interiores, cede, se rompe y tiende a confundir épocas. Me convierto en muñeca japonesa, me adorno con collares, abro vitrinas mágicas de donde salen figuras de porcelana en esa tienda antigua, propiedad de Jako y Berni, donde me dejaban probar a ser grande. Entra la abuela Bea y «deja el apuro para más adelante», me dice. Tiene los cabellos grises y quebrada la piel de la cara. Aún así, habla de «más adelante». Cierro la vitrina. La abuela ha quedado adentro. Es de porcelana y está rota. Escapo por el último espacio abierto de la cortina metálica de enrollar antes de que sienta el golpe de cierre.

Doblo la carta, tratando de no formar nuevos pliegues, y la guardo donde estaba, en el mismo cajón, pero más abajo para engañar dedos, ojos o deseos. Salgo. He heredado algunas inclinaciones azarosas de tío Jako. Llego al kiosco de la esquina y pido un billete de lotería, «¡Tiene que terminar en tres!», pregunta el vendedor. «Únicamente en tres», respondo, al tiempo que me cubro los ojos para protegerlos del polvo que ha levantado un extraño viento repentino.

Era un hombre con tantas rodillas que uno podía elegir donde sentarse. Eran años cortos, tanto que el solo acto de sentarse sobre sus rodillas tenía un sabor a aventura comparable con el de trepar árboles en busca de la rama adecuada para descansar. Aún siento el ángulo que lo hacía posible, el que tal vez tuvo algo que ver para hacer más blando mi aprendizaje de geometría.

Lo llamaban «el coronel». Pero eso fue mucho después, cuando tuve que desprenderme poco a poco de él, ceder el derecho de pertenencia total, porque las leyes naturales hacen de seres más próximos los verdaderos herederos. Cuando el tiempo fue asociándose a la distancia hasta conspirar contra el pasado, cuando esos herederos le empezaron a llamar «coronel» en una apropiación nada ilícita que, sin embargo, chocaba con mi profundo sentido de pertenencia   —122→   personal, tuve que cortar ramas y podar sobrantes para separar hechos, seres, momentos.

Pero el tiempo ya había hecho lo suyo, actuando a su manera, y la adultez evitaba retrocesos hacia comportamientos anteriores. Desde la última vez que lo vi, han pasado varios años. Un día, empezando a sentir el peso de esos años, le llamé por teléfono a la ciudad que él había elegido como otra de las tantas residencias temporales en las que siempre ponía «pie de paso», como aseguraba. Los mismos años hicieron de esa ciudad su albergue definitivo.

«Estoy bien», contesto, «sólo que me ha atacado de modo duro la nostalgia». Del otro lado de la línea, a cubierto de cualquier expresión, lo tomé a la risa. «Son cosas de viejo en las que no puedes caer, no tú», dije. Al colgar el teléfono, sentí un sonido negro. Lo alejé, con toda la fuerza del rechazo, para que el sonido no se insertase en mi oído ni diese lugar a pensamientos adelantados.

De pronto me sentí débil para poder resistir tanta avalancha de recuerdos. Necesito atajarme de algo, apoyar mi mente fragmentada para lograr uniones comunicantes. El espejo está en el camino. Puede que sea una ayuda. Lo miro, insistente y profundamente. La respuesta viene de inmediato; es un espejo capaz de recordar, lo cual me da cierta tranquilidad. No tendré más que traspasar sus aguas para sentirme en pasado. Sin embargo, hay algo que no funciona en él, semejante a lo que ocurre con las computadoras cuando se niegan a dejarse incursionar.

Trato de buscar el código apropiado, lanzando cifras cabalísticas, números de suerte, pero el espejo sigue obcecado, como si le doliesen mis requerimientos. Recurro a la mímica, al canto, a la interpretación de algún instrumento musical para cortar la frialdad que amenaza con romperse tanto vertical como horizontalmente, negando su calidad de irrompible. No hay caso, pues refleja mis actos como si no supiera hacer otra cosa en imitación exenta de creatividad.

Busco el álbum de familia y lo muestro al espejo, señalando a cada uno de los sonrientes modelos mientras voy indicando el grado de parentesco. Marco con un círculo la figura del «coronel», quien no es otro que tío Berni. Las aguas del espejo tiemblan, lo que me produce un malestar pues no deja de ser una respuesta, una forma de pronunciamiento. Paso la mano por el espejo para mostrar mi gratitud, pero sólo veo que acaricia mi propia cara. Quiero buscar alguna forma de   —123→   orientación, olfatear el espejo para encontrar la distensión de mi espíritu, pero el espejo parece no tener alma o haber perdido el sentimiento. Aún así, me perturba su frialdad quebradiza. Quizás yo sienta temor de ahondar en sus aguas y llegar a alguna orilla donde el cartel «cerrado por olvido» se levante como dedo acusador. «¿Cuál olvido?», me pregunto. «¿El que consiguió la rapidez del tiempo o el de la memoria?».

Una sombra parece envejecer súbitamente al espejo. Temo que vaya tomando cuerpo hasta hacer aparecer a tío Berni. A pesar que era un burlador innato, no sería capaz de abandonarme sin algún atisbo de culpa. Debo dejar el espejo, buscar otro lugar donde abandonarme, una fuente que permita continuar nutriendo mi tribulación. Tal vez sea un espejo de siete leguas que extravió sus botas, igual que el gato del cuento, una pista insinuante de tío Berni para obligarme a tomar caminos, sin importar que sean de tierra o agua. Sin embargo, de nuevo me detiene el temor de enredarme con cualquier cosa que impida mi avance.

El recuerdo de su boca sonriente, burlona, se abre ante mí como pozo mágico. Me pregunto -o a lo mejor ya pregunté al espejo- en qué momento una persona se hace presente, si cuando vive o cuando muere. Pero yo no soy Cenicienta y el espejo no tiene la capacidad de hablar. Pienso que si me desdoblo podría lograrlo. Sin embargo, ¿cómo saber de qué parte desprenderme? Me invade el temor de que el recuerdo cargue mi sueño hasta volverlo recurrente, aunque cierre herméticamente ojos y ventanas para impedir la intrusión de duendes.

Estoy cayendo en la atracción del espejo. O es un caso de hipnosis mutua que sólo terminará con la rotura del espejo. Me sobrecoge un nuevo temor: que a través de las aberturas quebradas del vidrio salga mi cuerpo desmembrado, o el de tío Berni pidiendo que lo dejen en paz. «No soy yo, sino mi memoria que no termina de acusar recibo de recuerdos o de lo contrario», digo, confiando en que se escuche, que se manifieste de alguna manera. «¿De qué color quieres que sea el día?», escucho su voz de antes, que no es la suya, sino la mía queriendo recuperar ese tiempo lejano apenas entre dormido. Pero no puedo volver hacia atrás, porque entonces se abrirán espacios que los deseo cerrados definitivamente.

«Todo o nada, Las cosas no pueden entregarse por partes», siento   —124→   claramente que habla el espejo. Lo muevo, como se hace con las muñecas hablantes para que repitan la frase. Mi imagen tiembla.

Siento que pierdo estabilidad, que la perspectiva del espejo cambia de lugar, haciéndose eco en el suelo, y una fuerza extraña me proyecta hacia las profundidades de la tierra. Puede que sea la señal para que escarbe hasta encontrar espejos enterrados, guardianes de trozos de imágenes que deberán armarse como un rompecabezas para formar historias. Un miedo ondulatorio me produce un frío también ondulatorio. Debo ordenar mis pensamientos, separarlos en buenos y de los otros, recuperar el pasado sin que gravite sobre el presente. «Sólo somos pasado», se introduce la frase en mis oídos. «No puedo regresar; ya estoy aquí», me defiendo, me excuso por haber perturbado... Pero él, tío Berni, ya no está... No puedo usar la palabra, por temor a premoniciones que puedan volverse realidad.

Entonces recuerdo, sí, recuerdo haber recibido la noticia de su muerte, pero fue ayer, o un poco antes, o la semana anterior. Hace muy poco. De todos modos, era una noticia muy fresca aún para incorporarla a la memoria.



  —125→  

ArribaAbajo- XV -

Por azar, como los conejos en sus saltos naturales y quizás reflejos, surgió el apellido de la señora Nimerowsky. Nunca supe su nombre, el cual probablemente no lo necesitaba pues parecía bastarle que la nombraran sólo por el apellido, uno que la enmarcaba como si no hubiese sido posible designarla de otro modo.

Era una mujer que en una conversación nunca terminaba de decir lo mucho que guardaba adentro, como esas obras clásicas que requieren una segunda lectura para absorber acabadamente la esencia de lo no escrito. Daba la impresión de que no quería agotar un toma de una sola vez, dejando generalmente en suspenso sus relatos hasta el encuentro siguiente. Era una antecesora de los embrollos de la pantalla chica, una actriz hecha a fuerza de vivencias, de traslados, de barcos que atracaban en puertos o, arrepentidos, seguían rumbos decididos sobre la marcha.

Los significados no tenían importancia para ella. «Sólo la fabulación del futuro merece que pasemos por el presente», decía esa mujer sin nombre, a quien debo bautizar para acercarla y no mencionarla por el apellido, que tampoco era propio. Busco un nombre que le haga juego o que juegue con su forma de ser, de moverse, de gesticular, de redondear o ampliar los ojos para que el azul sea más impactante, de mover nerviosamente su mano para acomodar un mechón de cabellos que no se ha movido de lugar. La llamaré Rina, aunque pienso que suena superficial y demasiado rápido para calzarla. Emma me parece mejor, con doble «eme» para arrastrar el nombre y obligue a la boca a una reflexión correcta. Sí, definitivamente Emma le viene bien.

Mencionaba siempre muchos nombres, todos masculinos, dando la impresión de que los recogía como setas surgidas después de las lluvias. Cuando incluyó el de tío Jako en su lista de setas, me pareció un agravio para la familia. Además, estaba adentrándose en terrenos   —126→   que consideraba sólo míos. No en balde, teniendo apenas 12 o 13 años, había afirmado, con total convicción, que me casaría con él cuando fuese grande. Aunque tal vez anidaba demasiadas expectativas, por que llegado el momento podría no ser tomada en cuenta por él.

Era tanta mi subyugación por Emma, por su pelo rubio oxigenadamente maravilloso, por su estampa de actriz de cine mudo con labios pintados en forma de corazón, que empecé a considerar seriamente la idea de compartirla con tío Jako, al menos hasta cuando llegara a grande y pudiese mirarla directamente a los ojos, sin necesidad de levantar la cabeza. Era una mujer de apariencia frágil, a pesar de sus senos voluminosos, la cintura alta, la cadera recortada como si le faltara una parte y las piernas semiarqueadas, pero de marcar con fuerza el paso y su pisar con eco.

Quizás estaba tomando demasiado en serio mi secreto amor por tío Jako. La idea absurda de que algo pudiese suceder verdaderamente en el momento en que dejara de hacerlo, desordenaba mis pensamientos. Sin embargo, no podía alejar mi temor de caer en el desamparo, sólo porque tío Jako no era capaz de verme o porque Emma había tenido la oportunidad de nacer antes y todo se le ofrecía en presente.

Pensé que la llegada del carnaval sería una ocasión que no podía desperdiciar. Con máscara, disfraz, tacos altos -zancos tal vez-, podría ponerme a la altura de Emma. Disfrazarme de seta era una posibilidad, pero entonces sería detectada por Emma. Y esa no era mi intención.

De pronto me entran ganas de volver a referirme a ella como la señora Nimerowsky y recordarle que un hombre le ha dado ese apellido, que no necesita otro, que se conforme con el que tiene o se consuele si así lo quiere y deje en paz a tío Jako para que pueda esperar mi crecimiento, tranquilo y sin interferencias.

Me pregunto por qué los hombres no se fijan en una mujer de 13 años, porque en verdad yo lo era ya. Podía demostrarlo levantando bandera roja regularmente todos los meses en un anuncio silencioso de estar lista para lo que fuese. Pero ¿estar lista para qué? ¿Qué puertas serían abiertas o qué misterios podrían ser develados con el pase otorgado por la naturaleza? Quizás, vestida para la ocasión, era preciso que tuviese una larga y esclarecedora conversación con Emma. Pero ella, por presencia o ausencia, me producía una especie   —127→   de temor, de miedo de enfrentarla, de no saber qué lenguaje emplear o por último qué decirle.

Podía escuchar, con cierta anticipación, la resonancia inacabable de su carcajada, proyectada a octavas agudas que acabarían por destrozar mis tímpanos, mis laberintos, quedando para siempre atrapada en mi eco interior. Hasta el tiempo semejaba un enemigo en suspenso, sin ganas de avanzar y darme la oportunidad de llegar a grande, de desarrollar pechos semejantes a los de ella o los mismos ojos transparentes, por más que la diaria convivencia con el espejo sostenía lo contrario. Al parecer, estaba condenada a un pasado indefinido por el solo hecho de tener 13 años, a pesar de mi lucha por rescatarlo, por traerlo a la luz y, con un golpe bien dado, volverlo presente con posibilidad de otros cambios.

Debía hacer lo que fuese preciso para incorporarme al mundo externo y abandonar ese calabozo que me aprisionaba, atorando mis sueños. Pero Emma me llevaba ventaja al poder decidir por sí sola, al no estar sometida a la dominación de mayores. La fuga, como modo de llamar la atención, me tentó durante varios días. Sin embargo, a pesar de mi espíritu aventurero me detenía la falta de comodidades y el miedo de soslayar situaciones peligrosas o amedrentadoras. El suicidio lo dejé de lado, como último recurso, en caso de no alcanzar un avance en el tiempo o mi deseo de lograr algún parecido con Emma para que tío Jako mude el sujeto de su admiración o enamoramiento.

Me dispuse, en cambio, a observar detenidamente a Emma, a analizarla con mis 13 años asentados, llegando a la conclusión aritmética de que cada día ella tenía un día menos y yo uno más en mi marcha hacia el ideal femenino. Entonces, ¿en qué residía el gran atractivo de Emma? ¿Por qué tío Jako pasaba tantas horas a su lado, compartiéndola con su marido?

«No hay forma de tomarla por sorpresa, de pescarla en el desconocimiento», dijo tío Jako un día, sin dirigirse a nadie en particular. Pero yo lo escuché, porque buscaba estar donde él estuviese, como araña que cambia constantemente de rincón para evitar ser detectada. Entonces supe lo que debía hacer: fui a ver a Emma.

Apenas abrió la puerta, le dije «enséñame». «¿Enseñarte qué?», preguntó, sorprendida. «Todo». Pensé que me daría unas galletas, acompañadas de una sonrisa, y después cerraría la puerta, obligándome   —128→   a regresar con la cabeza gacha. En cambio, me observó detenidamente, como se hace con un animal asustado para hacerle la desconfianza. Después me tomó de los hombros y me hizo entrar. Me convertí en su alumna. Vi desfilar pueblos y puertos de embarque y atraque a través de sus palabras. Conocí la forma de identificar países y ciudades en los mapas, subiendo o bajando por paralelos y meridianos. Las tardes de poesía eran las más esperadas cuando, ajustando su voz, era capaz de figurar o transfigurar situaciones hasta desdoblar las palabras, convirtiéndolas en vehículos mágicos.

El tiempo empezó a pasar, un tiempo único y justo para todos. Pasó, sin que fuese necesario verlo o tocarlo, con todos sus cortes divididos en estaciones, con todos los cambios asignados a cada una de ellas, demasiado rápido tal vez, porque de sopetón, como ocurre cuando la mente deja de desordenarse, pude mirarme en un espejo diferente. Era y no era yo. Había adoptado ciertos gestos que me acercaban a Emma. No sé si fui desenamorándome de tío Jako a medida que conocía a Emma o ya no necesitaba sentirme enamorada de él para afirmar mi tiempo, mis años, deteniendo esas revoluciones mentales causadas por desequilibrios propios de la edad. O la pérdida gradual del cabello de tío Jako fue otra medida de tiempo con la que tuve que lidiar. No lo sé. Comprendí su apego a Emma, una mujer que hacía una aventura de lo cotidiano en esa ciudad a la que había llegado traída por los vientos y cuyos límites empezaban a ahogarla.

Presentí que Emma era una mujer de paso, que su mundo interior la sobrepasaba hasta el punto de no permitirle el arraigo. Casi me arrepiento de haber llegado a grande, pues empecé a ver como utopía no realizada el tiempo de antes. Pero ahora era tarde, como siempre lo es cuando se quiere aprehender las cosas que buscan escapar. Y Emma se me escapaba. Mi enamoramiento de tío Jako había tocado fondo. ¿Qué podía hacer? Nada, absolutamente nada. Con sus tacos altos y el traje sastre imprescindible para ocasiones serias, la vi partir junto con su marido. Tío Jako tomó una fotografía del barco, con ambos apoyados en la baranda. Luego me tomó una a mí.

Ahora miro la fotografía y me veo en pasado, uno lejano y joven.

Emma ya no está. ¿O debería llamarla señora Nimerowsky? La dejaré como Emma, pues ninguna distancia, terrena o espacial, conocida o desconocida, podrá alejarla de mi sentimiento. Después de todo ¿qué   —129→   importancia tienen los nombres? Sin embargo, Emma es un nombre con fuerza. Me hubiese gustado tener uno igual, pues a veces el nombre hasta puede cambiar la vida de una mujer.

De pronto pienso lo contrario, sobre todo cuando la otra abuela emerge de atrás del mostrador del almacén con su anatomía rubia e imponente capaz de despintar al más pintado. Pero de ahí a que se saque un pecho, lo envuelva en papel de estraza doble para evitar que la grasa traspase y lo entregue al cliente, era difícil de aceptar. «La fantasía es la gran hacedora de milagros», solía decir. Claro que hoy por hoy, con eso de los trasplantes y de que los órganos sean frescos, lo del pecho debiera parecer natural.

Pero vuelvo atrás para pensar y eso no me parece posible o aceptable mientras estoy parada en la puerta de otro almacén, imposibilitada de moverme para correr y olvidarme del asunto, o de entrar a comprar lo que me encargaron. Quizás se deba al recuerdo colgante de las delanteras impúdicas de la abuela, quien trataba de ocultarlas con sostenes de costura casera, lo cual servía sólo para evitar los saltos de esos excesos carnosos con repercusión en la espalda, en la garganta, en el cuello, y la queja callada -pienso- de haber amamantado siete hijos hasta después de los dos años «con el maná del cuerpo», como decía.

Con todo, la abuela terminó sus días con las dos luminarias puestas, o brújulas más bien, ya que de niños estábamos convencidos de que en verdad le servían para señalarle el camino. Y lo de haber terminado sus días entera es de la más pura verdad, pues a través de la puerta entornada donde le daban los últimos cuidados de acuerdo con el rito, lavándola por partes en la cama, los ojos se nos hacían pequeños para captar en su totalidad esas enormes piezas enjabonadas que escapaban de las manos de las limpiadoras para deslizarse impúdicamente a los costados, cayendo con todo su peso sobre el colchón.

Era una pena que no fuese época de trasplantes, porque la abuela hubiera podido hacerse de unos pesos parcelando tanta abundancia para complacer más de una necesidad. Por años me quedó la obsesión alucinada, el despertar seguro, de que una de esas prominencias colgaba del techo -como esas bolsas de arena que sirven para evitar que algunos techos frágiles emprendan vuelo al menor viento-,   —130→   cayendo sorpresivamente sin darme la oportunidad de desviar el golpe. Son cosas que marcan mi memoria de modo indeleble, sobre todo por eso de «la ninguna diferencia entre frente y perfil», constatada en cada reflejo de paso, que ha ido encorvando mi espalda, formando una joroba que no equilibra la falta de lo otro ni la esconde.

Pero la mujer del almacén, mi abuela, excede cualquier fabulación. Hasta la he imaginado mercando uno de sus pechos como si se tratase de un trozo de bife y esta imagen me ha perseguido, poniendo mi exigüidad más en evidencia, A la mujer se le cae de vergüenza el otro pecho, no la cara. Nadie más que yo parece afectada por lo que, de inaudito, pasa a ser grotesco, un cuadro de Botero donde un enorme pecho único, central -posible herencia de cíclope trasnochado-, defiende su derecho a la independencia en el centro de una mujer observada por otras que no han podido pasar por la mutación voluntaria, demasiado tradicionales para decisiones que dejan huérfana a medias la maternidad andante.



  —131→  

ArribaAbajo- XVI -

El grito largo y agudamente sostenido de mi madre, proveniente de la habitación donde junto con la bisabuela, a quien llamábamos también la abuela vieja o la gran abuela, estaba la partera -una presencia prescindible, según ella-, era la señal inequívoca de que un nuevo número se había agregado al censo familiar. La reacción de mi padre estaba siempre en relación directa con el resultado cualitativo del grito, porque hacía una clara diferencia entre el nacimiento de un varón y «lo contrario».

Los pasos de la abuela vieja en la habitación, que podíamos escuchar desde afuera, acercándose a la puerta para lanzar la noticia, eran también acordes con el resultado del parto. Siempre tuvimos la impresión, dada su marcada preferencia por los varones, de que la bisabuela no era totalmente mujer y que los bigotes que le asomaban con timidez no eran sino el resultado de una indefinición sexual sabiamente ocultada. Quizás por eso parecía tener un acuerdo con papá acerca de preferencias: si los pasos eran de acercamiento rápido y enérgico, contaríamos en adelante con un nuevo hermano. En el caso opuesto, podíamos tener la seguridad de que se trataba de «lo contrario». Esa vez se escuchó una aproximación lenta de pasos pesados, seguidos por la apertura indecisa de la puerta, apenas lo suficiente para el informe escueto: «es mujer».

La reacción de mi padre con el advenimiento de un varón se reflejaba en un grito semejante al de mi madre, aunque no completamente, al tiempo que se restregaba las manos como si el mérito fuese unilateral. Olvidándose de la doliente madre, la bisabuela sacaba una botella estrictamente reservada para esas ocasiones y juntos cortaban el aire con un choque de cristales. Juntos también encendían un cigarrillo y se sentaban a conversar sobre el futuro del ser aún anónimo. En cambio, las cejas enmarcadas al punto de formar un   —132→   triángulo sin calificación especial y un pequeño gesto de la cabeza significando aceptación, sin manifestaciones de regocijo, era todo cuanto mi padre demostraba ante el anuncio de «lo contrario». Yo ya había pasado por eso, y seguramente desde entonces me quedó el gusto por el llanto. En cambio, mi hermana no lloró. Hubo que arrancarle el llanto a palmadas. En este oficio la bisabuela sí que era experta.

Luego del anuncio, cerró la puerta para finalizar las labores del posparto. La demora en hacer su reaparición nos empezó a preocupar. Parada junto a mi padre, desde mi estatura a la suya nos observamos con una mirada vertical. «¿Por qué tienen la puerta cerrada, por qué?», preguntó mi padre, con esa forma un poco suya y de sus hermanos de repetir al final las mismas palabras iniciales. Recuerdo que sólo me encogí de hombros, lo que podía traducirse como «qué se yo» o «qué me importa», porque también, como regla matemática, era posible prever que a mayor población infantil habría menos distribución de cariño, llevando a ciertas marginaciones o preferencias.

De pronto escuchamos otro grito. Esta vez era la bisabuela. Sin esperar más, mi padre abrió la puerta. Mi hermana, a quien le pondrían Camila por nombre, estaba siendo examinada por la bisabuela. Con tono frustrado o quizás de culpa por no haberlo podido evitar, dijo «esta niña nació con la menstruación; es la primera vez que me ocurre. Hay que llamar a Miguel de inmediato».

Miguel, médico y hermano de mi madre, era quien siempre daba la primera opinión en situaciones de emergencia o de cualquier otra naturaleza. A él lo escuchábamos a ojos cerrados, pero también había que hacerlo a oídos abiertos porque estaba segura de que la bisabuela, excitada al máximo por el nacimiento de un varón, en vez de darle la palmada en el lugar indicado lo había hecho en la boca, produciéndole no precisamente un tartamudeo, sino más bien un problema de dicción que fue en adelante su marca de fábrica, obligando al interlocutor a leer sus labios en un intento, no siempre éxitos, por entenderle. Lo mismo ocurría con su escritura, a pesar de que la bisabuela siempre negó que hubiera recurrido a una segunda palmada. «La primera siempre me resulta», decía.

Así que, en comisión de servicio, me enviaron a buscar a Miguel lo más rápidamente posible. Por fortuna, las distancias eran caminables   —133→   en esos días. Aún así, después de subir corriendo las gradas de la entrada de la casa de tío Miguel, que también era su consultorio, y golpear acaloradamente la puerta cancel, tuve que apretarme el pecho para recuperar el aliento. A través del vidrio, adelantando sin apuro su cuerpo cadencioso, pude ver a Presentación, la muchacha, a quien algunos encontraban un parecido con Ingrid Bergman, a pesar de que para mí era idéntica a Pastora, la novia eterna de Patoruzú, o a Ramona, la de las tiras cómicas. Abrió la puerta y dijo: «el doctor está tomando su siesta». Estuve a punto de irrumpir en su habitación y despabilarlo con un grito de socorro. Pero mi imaginación dio algunas vueltas tortuosas y lo vislumbré, alterado por mi entrada intempestiva, con su lenguaje más confuso e inentendible aún, al punto de enredar también el mío con el riesgo de fracasar en la entrega del mensaje. Me senté en la sala de espera, levantándome de tanto en tanto para salir al patio y pasearme delante de la habitación dormida.

Debió ser el eco de mis pasos o tal vez la magia de la bisabuela, guardada en algún tambor cuyo repique cruzaba el aire para asegurarse de la entrega del mensaje, lo que hizo abrir la puerta como si hubiese sido empujada por un repentino viento, Miguel, terminando de vestirse, «me pareció escuchar tu voz y algo me dijo que tenía que levantarme», explicó. Entonces no tuve duda: fue obra de la bisabuela.

Le conté lo que estaba pasando. «Iremos en el coche», dijo. Hice el cálculo de que sería más rápido caminar con apuro las pocas cuadras que mediaban hasta mi casa. Además, viajar en el coche de Miguel siempre tuvo otro significado para mí: acompañarlo, sólo por el paseo, en sus visitas domiciliarias, una verdadera aventura cuando aún era novedad poseer un vehículo.

Miguel era muy especial en su forma de subir las gradas: movía sólo las piernas, manteniendo el resto del cuerpo erguido e independiente de las extremidades. Ya en la habitación, tomó a Camila por los hombros e intentó pararla sobre la cama para después acostarla e iniciar el examen. «Sí», dijo. «A veces ocurre, no frecuentemente, pero ocurre. Puede durar sólo hoy o prolongarse hasta mañana; después se le pasará». En la habitación se escuchó un suspiro a varias voces. Al abrirle la boca, «tiene una lengua geográfica», dictaminó. Pienso que todas las migraciones juntas descendieron sobre esa lengua geográfica, indicando quien sabe qué destino de nunca acabar. Miré a mi   —134→   madre. Creo que estaba demasiado agotada para tomar el peso de las palabras de Miguel, aunque tal vez no existía tal peso. Agregó una explicación susurrante que entendimos sólo a medias. No valía la pena pedir a Miguel que aclarase lo dicho, porque la respuesta corría el riesgo de ser también entendible a medias. Había silencio, espera, temor, sospecha, un atado que, si bien repartido entre los presentes, continuaba pesando. Cuando al final dijo «no es nada, se le pasará pronto, aunque es probable que le dificulte la alimentación durante unos días hasta que se le alise la lengua», retornó la calma.

Mi padre fue aceptando «otra mujer», como esta vez se refirió a Camila, con miradas esquivas como si ellas pudieran depararle la sorpresa de que esa otra mujer se convierta en un varón, sea por deseo o por desesperanza. «Las mujeres nacen más feas que los varones», dijo, a la distancia, como intimidado para acercarse a la recién nacida.

Busqué un espejo para mirarme, temerosa de que aún no se me hubiera pasado la fealdad de nacimiento. Después saqué la lengua y la observé con cuidado, No encontré ningún mapa. En cuanto a lo otro, lo de la menstruación, era evidente que Camila me llevaba ventaja. De todos modos, una visita al baño, ajena a toda necesidad, se hizo imprescindible, no obstante que en ese momento no sabía a ciencia cierta qué buscaba o si algo iría a encontrar.

Parada sobre el inodoro, con la parte inferior desnuda, me miré en el espejo colocado sobre el lavatorio. Todo parecía normal. Podría preguntar directamente a mamá o a la bisabuela. Me puse roja de solo pensarlo. El diccionario se abrió como alternativa, pero había olvidado la palabra. Me prometí estar alerta para retenerla cuando mamá o la bisabuela la pronunciaran de nuevo. Pero eran épocas de susurros y murmuraciones, lo que mantuve mi inquietud en la punta de la lengua, de las ganas, de las preguntas retenidas a fuerza de aguante.

Mantuve también la ignorancia del conocimiento del cuerpo, de mi propio cuerpo, con la certeza de que había partes innombrables, oscuras, feas, que debían ser aceptadas por el ignominioso y terrible hecho de haber nacido mujer.

Cuando ya no necesité del inodoro para alcanzar el espejo, me busqué en mi reflejo, examinando las mejoras que el tiempo me había consentido. Pese a que aún era temprano para cambios muy radicales, pude notar que el contorno de mi cuerpo iba asentándose y los rasgos   —135→   del rostro se alejaban de las características de los años infantiles. Ahora era yo quien llevaba ventaja a Camila.

Fueron años rápidos, Un día mi padre dijo «nacen feas, pero con posibilidad de cambio». No podía abandonar sus convicciones, pero las fue limando con el tiempo. Después tal cambio fue notado por terceros, varones a quienes mi padre quiso espantar como si fuesen pájaros atentando contra la estabilidad de su nido.

El alejamiento que impone la ausencia definitiva del otro probablemente permite la liberación de algunas ataduras. Y pienso, queriendo visualizar de otro modo las diferentes reacciones de papá frente al advenimiento de hijos o hijas, que ellas se debían al deseo íntimo de proteger, a su manera, el futuro descalificador de cualidades igualitarias entre los sexos, no deseando aumentar la entrada de mujeres a la arena de las probabilidades. Eran, quizás, residuos heredados de tiempos cuando la mujer estaba subordinada a ser el centro del encuadre doméstico, una figura míticamente necesaria para la continuación de los mitos.



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ArribaAbajo- XVII -

A veces lamento que el tiempo no hubiese sido condescendiente conmigo para permitirme un mayor acercamiento, un diálogo que no fuese basado sólo en la relación marcadamente diferenciada entre padres e hijos, la que no admitía la trasgresión de espacios. De ahí la necesidad de regresar al pasado, cuantas veces fuesen necesarias, para ensayar cambios o salvatajes que sólo quedan suspendidos por intentos sin resultados. O tal vez sea preciso para ratificar presentes que de pronto tambalean. Admito que todo lo pasado se vuelca en puntos de apoyo que están ahí para su uso en momentos de apuro, aunque a menudo siento que el intervalo con el presente está agrandado por la distancia, lo que me produce capas superpuestas en los ojos como nubes cargadas que al llegar al límite del aguante se transforman en una verdadera «lluvia de ojos», una frase habitual de la bisabuela.

En todo caso, el pasado está ahí, irremediable y sólidamente. Por lo general, los temblores de tierra o de sentimientos ocurren sólo en presente. Es el orden de las cosas al que cuesta acostumbrarse. Más de una vez hubiese querido guardar tiempos en una gran bolsa, sacudirla y luego extraer alguna mezcla mágica. Pero no soy maga, aunque sí soñadora. Por eso me preguntaba cuáles podrían ser los límites del insomnio o si éstos eran sólo nubes forjadoras de metáforas a las que había que prestar atención y permanecer alertas por ser anunciadoras de los límites del individuo, del acecho de la dualidad bien-mal que obliga al ojo a mantenerse abierto.

Eran puertos que se abrían con la boca ancha de alguna ballena. Era necesario, por tanto, prepararse ante la inseguridad de atracar o no en otros puertos o de verse trasponiendo, de súbito, mares y más mares como si se hubiera caído en alguna órbita marina. La corriente migratoria insertada en la sanguínea era, sin duda, la culpable de mis necesidades de evasión y el sueño, el resquicio cómodo para caer en   —138→   estados imaginarios. En medio de cada pestañeo se producían zonas ficticias o verdaderas y la necesidad imperiosa de la opción. Semejaban misterios circulares independientes en los que había que internarse y marcar asistencia, o algo parecido, para facilitar su continuación.

El acto de dormir se volvía una forma facilista de concretar sueños o de llegar a ellos a través de la más absurda fantasía. Estaba en edad de búsqueda, de preguntarme cuál es la diferencia entro lo ficticio y lo imaginario, si uno u otro estado es preferible para encontrar, por fin, el vagabundeo onírico. El asedio del sueño era irresistible y el deseo de vivirlo también. De cierto modo, envidiaba a la bisabuela porque ya había pasado por lo que me estaba tocando pasar.

El momento del baño, la intimidad carnal con el agua, el refugio solitario no siempre conseguido, me causaban calofríos, temblores, asociaciones mentales de pronto inmanejables. Todo parecía posible por el simple hecho de insertarlo en la imaginación, donde las cosas más absurdas eran capaces de ser incubadas con la ayuda de la «matriz mental», una frase resultante del enjuague de muchas substancias. Por tanto, no es fácil hacer el amor mientras soplan vientos atrevidos, o corren más bien, y el vello del pubis se eriza y la piel también, y un cosquilleo va apagando el deseo como si alguien hubiese arrojado un puñado de hormigas.

Y hay algo que me duele, porque no puedo continuar. Tengo frío o simplemente no quiero que ningún viento se relacione conmigo y luego salga por ahí a contar lo que hizo, sin que fuese una experiencia fuera de lo común porque, después de todo, como viento puede introducirse en cualquier parte. Es un viento inventado por mi deseo de búsqueda. Podría tratarse de un viento coleccionista de relaciones sexuales o un «voyeur» de lo que pueda ocasionar su intrusión.

No, no ocurrió mientras escribía «Tres variaciones para un cañón sin carga» y tampoco fue consecuencia de mi afición por desprenderme de la ropa interior para que nada interfiriera con el momento mágico de la creación. Además, ¿de qué otra manera uno puede bañarse? En ese momento todo se suelta por culpa del jabón y la imaginación se sulfura, se desboca, se encabrita, se detiene, pulsa y compulsa el ánimo, las ganas, y la mente trae a colación la imagen de la pecera y los peces se encuentran en copulación maratónica, ruidosa,   —139→   formando burbujas que molestan a los ojos y uno echa de menos el silencio de los peces, ese momento mágico en que se dejan observar y, por saberse observados, se lanzan en contorsiones de circo y uno se maravilla de que sean capaces de hacerlo sin necesidad de trapecios.

En medio del «bel canto» -mi afición de baño-, acompasado por el agua y sin semejanza con óperas consagradas, experimentaba un despertar súbito de monstruos interiores, de rabias, quizás o también, además de un deseo insistente, presionante, de que suene algún tambor, un teléfono, un timbre, cualquier cosa, y alguien me pida una cita, aunque olvide ponerle fecha, para un día sin día y yo, entre ducha y viento, sienta cómo me duele el alma o el corazón, el vello azul de ese unicornio que no tengo y que sirve para fabricar ilusiones. Sólo eso ya habría sido bastante.

El ruido de la ducha me impedía escuchar el susurro entablado entre mi cuerpo y el agua, una conversación balbuceante y resbaladiza que terminaba escurriéndose por el sumidero. En esos momentos podía imaginarme en escenarios grandiosos, con el pecho en alto y las palmas batiendo en testimonio del goce de los oídos. Pero el «bel canto» mojado no suena igual y las palmas escamotean batidos. La Traviata se me atoraba mientras hacía esfuerzos por no dejar mal a Verdi, pero sin lograrlo. Es la guerra interior, impúdica, que arremetía contra mis sentidos produciendo vientos que me azotaban hasta hacer irremediable la revuelta del vello púbico. Es la influencia de esas «Tres variaciones...» que continuaban remeciéndome como si el ansia creativa no estuviese agotada.

El vello se me encrespaba como si todas las abejas del mundo estuviesen trabajando entremedio para formar su colmena. Es parte de ese deseo que pretendía un encuentro con quien también siente lo mismo y pueda producirse el asesinato o el revivir de una pasión aún no experimentada. Necesitaba un detector de deseos, un instrumento que sacase a la luz las luchas interiores, el vaivén íntimo que sacude vellos y lanza llamados que puedan ser escuchados. La Sinfonía Pastoral y su clamor ovejuno me hostigaban sin piedad. Eran las trompetas de fin de siglo. No debo escucharlas. Del silencio de los peces puedo pasar al de los inocentes, terminando por el de los culpables.

Me pregunto si habrá algún mercader de deseos que vaya de casa   —140→   en casa ofreciendo su mercancía con el grito de «¡deseos grandes y chicos vendo, de diversos diseños, negros y blancos y también de otros colores vendo!». Y yo, con la boca llena de «bel canto» y el cuerpo de espuma, y el agua batiendo la espuma hasta enrojecer la piel con la boca en el corazón, toda yo a punto de brotar, saltar y deshacerme con tanto ajetreo de la sangre, saldría corriendo de la ducha para alcanzar al vendedor de deseos antes de que agote su mercancía o desaparezca en una vuelta de esquina y no me atreva a seguirle con el cuerpo desnudo.

Necesito un rompecabezas con figura de hombre para armarlo cuantas veces se me ocurra, mover sus miembros, cambiarlos de lugar, volverlo a armar y convertirme en insecto para que sepa que ha llegado el verano o se aproxima la primavera y que el resto no me interesa. A lo mejor será necesario que el rompecabezas tome una ducha para que se dé cuenta del efecto del agua sobre la piel, del agua sobre la voz, y sea capaz de entrar en comunión con temas, sólo temas, y las variaciones se desprendan por la incontinencia causada por los temas. Quiero sentir susurros en mis entrañas, susurros trepadores que busquen salidas sin poder encontrarlas y estén condenados a habitarme íntimamente para siempre.

Es la ignorancia, enseñada como método protector, lo que ha llevado de la mano mi lucubración. Reconozco que soy una fabuladora innata, que reacciono ante la lluvia, los truenos, los relámpagos, como cualquier niña púber que quiere dejar de serlo. Escucho todos los sonidos nocturnos: los llamados amorosos de las aves, las frotaciones de las cigarras, los aleteos de las luciérnagas que avisan su paso para que los amantes busquen refugio, se oculten de las claridades delatoras. Temo volverme coleccionista de insectos o de deseos que no me pertenecen, que pasan de largo, que me duelen porque son extraños, que me atacan día y noche de modo obsesivo. Veo cómo las figuras hacen el amor dentro del caleidoscopio, vértice con vértice, ángulo con ángulo, recta con recta. Forman figuras bellas.

Me pregunto, en medio de la ducha, en medio de mi propio medio al que he intentado incorporar al otro género que abulta un deseo hasta hacerlo estallar, por qué siento lo que siento, por qué deseo lo que deseo, por qué escucho lo que escucho, por qué la finura de mis sentidos ha alcanzado grados tan inalcanzables. Por último, me   —141→   pregunto por qué me han dejado tan a la deriva y qué sucederá -¿qué sucederá, bisabuela?- cuando llegue por fin a puerto. Después de todo, son ustedes los conocedores de experiencias migratorias.

Estaba sentada en la mesa, junto con los demás, la misma mesa larga que poseía cualidades mágicas porque sentaba números pares o impares según la ocasión, según la obra que iría a representarse. Era María, la inefable y solidaria María, la que manejaba un idioma propio que acomodaba a cada situación. María, la de los años chicos y los de transición, esos que pensábamos que nos darían derechos más allá de lo aconsejable, que se proyectaron hacia otros años en que verdaderamente empezamos a sentir las obligaciones que acompañan derechos hasta hacer de ambos una regla indisoluble.

Desde uno de los extremos, en línea recta, la observaba, preguntándome cuál es el motivo que pulsa el deseo de observar a otra persona. Podría ser la forma de inclinarse, el contorno, la línea de los rasgos, la protuberancia de la nariz, el corte profundo en medio de la frente, la hondonada donde se sumergen los ojos. Pero ella no era alguien especial en esa mesa. Era sólo María, la que criaba hijos de otros a su imagen y semejanza por no conocer otras maneras, sin escuchar el «no te extralimites, María» por desconocer medidas ni saber cómo aplicarlas. Tenía algo que para otros no es fácil aprender de un día para otro: el instinto, una cualidad selvática, agreste, autóctona, innata.

Está sentada con la incomodidad de la mesa extraña, de la costumbre no aprendida, del lugar que no le corresponde, de las palabras que llevan un orden de bocas y nombres como peldaños más altos o más bajos situados por derechos diferentes. Es algo que se le escapa por divisiones que tampoco entiende. Hay una atmósfera de término, de despedida, de camino cercado por intereses o desintereses. Le dicen que hay que tomar medidas y ella siente que no le enseñaron a crecer con el centímetro a cuestas. Apenas redondea su nombre, con letras desiguales, cuando tiene necesidad de hacerlo.

La miro inclinarse igual que un junco ablandado, envejecido por la terquedad del agua. La observo desde mis adentros y algo duele, sin ubicación, sin nombre. Es una mezcla de días metidos en hormas más grandes, una corrida inconsciente de números que se ajustan a velas de colores que después crecen blancas y grandes, desteñidas, y los   —142→   años chicos se pierden porque los otros están apurados y corren en sentido contrario hasta derrocar al ejército pequeño. De «enano se pasa a gigante», al decir de María. Estaba convencida de que nos agrandábamos de ese modo hasta exorbitar sus propios ojos.

Está sentada, con las manos gruesas y rayadas de líneas oscuras en un juego inquieto, un sobar de una y otra para acompañarme, para sentirse. «Todo por una caída tonta», habla a sus manos. «Te desmayas te, María», la corrigen. «Es el calor de la cocina, el frío del agua, el diablo entre las cenizas», dice.

La sigo observando. Tiene el miedo colgado del brillo de los ojos.

Quisiera abrazarla, decirle que no se preocupe, que todo seguirá igual, pero no manejo las decisiones. Quisiera tener una vara mágica y tocarla en lugares estratégicos para deshacer años, derretir el tiempo y todo continúe siendo como siempre. «No es por nosotros, sino por ti, María. Se te nublan los ojos y las fechas se te pierden en días que no han pasado, según dices tú misma». María calla. Son muchos los que arguyen para tan poca defensa. «No sé si podré hallarme en otro lugar», murmura, luego de un silencio. «Antes...». «Lo de antes ya pasó, María. No hay que encapricharse». María sube la cabeza y la vuelve a bajar. «Tal vez cuando te mejores. Necesitas descanso». «El descanso mata». «No seas exagerada, María».

Tengo la boca seca, las palabras metidas en una garganta que no se anima, la pena calando lo más profundo, el nudo íntimo de donde salen los sentimientos. «Vamos juntas», quiero decirle. «Ahora me toca a mí cuidarte», pero la decisión ya está tomada. «Te llevaremos a tu pueblo», la sentencian. «Era muy joven cuando me vine. Capaz que no me acostumbre», aún intenta María. «Allá todos te esperan». «Ya no están todos». «Vamos, no te pongas así. Juntemos tus cosas». «Puedo hacerlo yo sola».

Entonces me levanto y salgo con ella. «Iré contigo», por fin me sale. «Sí, anda con ella para ayudarla», consienten, pensando en el trayecto hasta su cuarto. «No, me voy con ella a su pueblo». «No, no se le ocurra», reacciona María. «Me quedaré contigo hasta verte recuperada». «¿Y después regresaremos juntas?», pregunta. «Eso no lo sé, María, no lo sé».

Y es verdad, pese a que más bien parece una evasiva, una forma de no enfrentar una nueva separación, un modo de continuar pretendiendo   —143→   que las cosas no cambian, no tienen porqué cambiar, que basta la fuerza del deseo para retroceder en el tiempo. Le doy el brazo como apoyo para su cansancio, aunque no sé si es ella la que se apoya en mí o si aún sigo apoyada en ella.

María regresó para observar cómo estaban las cosas antes de emprender el viaje por noches y más noches. Quería asegurarse de mantener la memoria durante el camino. «No te lleves las noches», le dijimos. «Están cargadas de historias». «Todo es prestado, hasta las historias, pero durarán hasta que crean que ya no son necesarias. Entonces, sólo entonces, regresaré para que se den cuenta de la necesidad que se las cuente de nuevo».

Creo que María nunca se fue del todo. No, no se fue del todo. Dejó olores, frases que no llegó a terminar, sentidos y contrasentidos que presionaban continuamente el recuerdo. Era tan mágica como la abuela Bea. Sólo que cada cual tuvo una manera diferente de envejecer. A veces miro a mi alrededor y me parece detectar características suyas en otras personas. Me pregunto cuántas veces habrá regresado María. Me respondo también, pero prefiero pensar que no es conveniente manosear los números, A veces actúan como duendes.

Toda manifestación de la vida parece venir acompañada de una línea divisoria: antes y después, como dos fotografías que se comparan entre sí para visualizar el resultado de una cirugía plástica. Pero ¿qué es lo de antes y de dónde su importancia? Quizás sea la mirada utópica en sentido contrario, la idealización de un pasado aún presente en la memoria, pero irrecuperable y, por lo mismo, visto como modelo difícil de reproducir, sobre todo frente a la inconsistencia del futuro, a lo imprevisible del tiempo que aún falta recorrer.

En todo caso, no me es posible, ni pretendo, dejar de lado esa división por ser un hito que marca épocas, una anterioridad que forma historias personales, únicas. Recrear el antes es asentarse como individuo, como componente de la carrera de postas que constituye el devenir humano. Joyce no habría sido el que conocemos sin el recuento que hace de los dublinenses, de la cuna de historias que lo mecían y remecía. Mis padres y mis abuelos no eran parecidos a los suyos -por fortuna-, lo que aseguró a nuestra familia una diversidad de personajes que fueron formando parte de retratos que no se conformaron con colgar de paredes para adornar pasillos y producir   —144→   más de un sobresalto, sino más bien se convirtieron en personajes literarios transformados en modelos, facilitando la búsqueda, muchas veces ociosa, del creador. Estaban ahí, al alcance de una mirada larga hacia atrás, un plato listo para servirse, un desafío para corrientes interiores o exteriores.

El antes fue uno anticipatorio, la forja en la que personajes de acero daban forma firme y segura a los que irían a reemplazarlos, la visión futura en la que se empeñaban para que los moldes fuesen conservados porque alguna vez podrían preguntarles de qué molde provienen. Entonces era preciso anticipar respuestas, estar preparado para una eventualidad que, de no saber enfrentarla, podría conducir a otras más complejas. Así mirado el antes, es posible meditar sobre la sabiduría de gente que había sufrido carencias en su desarrollo intelectual por la falta de oportunidades, de medios, quedando con el resquemor de no haber podido realizarlo y el deseo intransable de que los descendientes accedan, sin importar esfuerzos, a la educación superior.

No comprendía muy bien a mi padre cuando se empeñaba en que mi hermano mayor no estuviera en la tienda, echándolo a menudo del lugar para que no acariciase algún entusiasmo por el comercio. Durante años no se cansó de machacarnos la palabra «estudio». Tal vez la obligación de estudiar nos provocaba cierta rebeldía, pero por más que nos rebelásemos nos respondía siempre con la misma palabra.

Para ellos era muy importante que los hijos disfrutasen de una posición que condujese, «Dios mediante» -porque era importante invocar la indulgencia del Altísimo-, a un mejor nivel económico y social. O eso se esperaba. Para el trabajo duro de cada día estaban ellos, los de antes, los llegados de tierras lejanas y diferentes que traían sobre sus hombros el peso de una vida dura y pesada. Era gente agradecida de cualquier mejora, por insignificante que fuese. Lo poco se hacía mucho después de lo poco que tuvieron antes de emigrar.

Me hubiera gustado conocer ese pueblo, Jashevato, del que muchas veces hasta llegué a dudar que figurase en el mapa. Mi padre, sus hermanos, mis abuelos, lo mencionaban con reminiscencia, porque era el antes que habían tenido. No era nostalgia, y si la había era en relación con quienes no habían podido emigrar de esas tierras y no   —145→   con la tierra misma, tan escasa en sus ofrecimientos. Me pregunto cómo hicieron para abandonar su lugar de nacimiento a sabiendas que la partida era definitiva, que no sería fácil volver a descruzar mares y continentes, que lo que dejaban atrás era para siempre. Sea como fuese, ese antes, sufrido y resentido, cumplió su objetivo: construir un cimiento en la tierra de adopción.

Cuando a veces protestábamos por alguna comida, o por los zapatos o la ropa que nos compraban, no se hacia esperar el «¿cómo puede no gustarte?», con asombro. Tal vez la repetición constante de esa pregunta me impidió, por mucho tiempo, desarrollar un gusto definido. Así, cuando pensaba estar segura o convencida de querer comprarme un vestido color verde, al no encontrarlo me parecía bien uno azul o cuanto más tirando a verde. El reemplazo de una cosa por otra para satisfacer necesidades era muy común y a menudo obligatorio para calzar el presupuesto familiar, aunque no fácilmente comprensible para los de corta edad, más aún cuando se hacían comparaciones con algunos amigos -porque nunca faltaba quien no estuviese un poco mejor que uno- a quienes les fue más fácil la ambientación en el nuevo medio y más rápido el ascenso económico.

Pero también eso formaba costumbre y las costumbres parte de herencias, convencidos de que su arrastre iba a ser infinito. Hasta que surgía quien no aceptaba portar ese estandarte tan celosamente cuidado, propinando un corte a la costumbre con el resultado de derrumbes emocionales. Sin embargo, no llegaba a importar tanto la rebelión contra las costumbres, sino contra las tradiciones, porque estas eran una forma de mantener vivos el origen, la religión y el mismo pueblo, que llevaba tantos siglos a cuestas sin que se le encorvara la espalda.

Con todo, era menester no ser diferente y buscar la igualdad en otros que no se consideraban iguales. Para lograrlo, había que traspasar las vallas impuestas por las tradiciones, y saltaban las reacciones airadas de quienes queríamos ser semejantes y las discusiones llevaban a enojos. «Todos somos iguales», decíamos, ingenuamente, sin pensar que otros no pensaban así, que sólo agachando la cabeza era posible cruzar la valla, dejando a la familia sufriente de un lado para alcanzar el opuesto con la ilusión de que no había diferencia, de que eso sólo era producto de la mente. Los golpes emocionales resultantes de esa búsqueda iban formando un sedimento autodefensivo, compuesto   —146→   de rabia y rebeldía, una acumulación que el crecimiento fue limando, sin que por eso desaparezca del todo. Daban ganas de desdoblarse y enviar al desdoblado para que reciba los golpes, un poco por no seguir poniéndose en evidencia y otro tanto por haber nacido diferente.

Cómo envidiaba a María Justina, mi compañera de escuela, quien apenas despuntaba el día iba a la primera misa. Luego llegaba a la escuela con aura de santidad y el uniforme blanco impregnado de incienso. Representaba para mí lo que yo hubiese querido ser para parecerme a las demás. Menos mal que los años acomodan la conciencia y muestran que lo cotidiano siempre tiene un lado oscuro o absurdo. Y esa misma conciencia -que se agranda con el crecimiento- permite equilibrar lados y empezar a ver las bondades de lo que se supuso, en algún momento, una arbitrariedad del destino, poniendo de manifiesto la falta de elección del individuo y su subordinación a esa realidad. Llega un momento en que las aprensiones decantan y se produce, serenamente, la plena aceptación. No obstante, el lastre queda sujeto a los sentidos y cualquier señal de agresión activa la alarma.

Ese antes me permitió, no pocas veces, sopesar situaciones. «Las cosas se repiten en distintos niveles. No hay nada nuevo. A veces los niveles alcanzan grados de locura y sobrevienen las guerras. Es cuestión de mantener la entereza», decía tío Berni, con esa voz asentada por la paciencia, sin admitir réplica, que escuchábamos como signo esperanzador porque estaba marcada por la inteligencia y la cordura.

A pesar de carencias y prejuicios, se llevaba una vida casi plena, casi entera, porque de todos modos había nuevas expectativas y eran mejores que las dejadas atrás. La memoria, a veces oscilante, era un buen recurso para lograr la total intimidad y celebrar el pasado con agregados y sustracciones para hacerlo más cercano, o lo contrario, o para evitar ataques de vejez que tiendan a borronearlo. La radio era otro elemento de unión, especialmente cuando el invierno arreciaba. El samovar hirviente se encargaba de mitigar el frío y aliviar el recuerdo de otros fríos más intensos, más terribles, más dolorosos, en lugares donde había que pasarlos sin los elementos necesarios para ser contrarrestado.

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Pero había algo que subrayaba nuestra vida, en todos sus altibajos: la magia, esa que se achaca a grupos étnicos, a isleños de lugares colindantes con el fin del mundo, propia de quienes deben compensar realidades no muy fantásticas o quizás demasiado reales. La magia estaba ahí y se desprendía de cualquier acto como elemento de autodefensa. Cuando la abuela Bea encendía las velas para celebrar el viernes, todos los duendes se daban cita en el comedor, donde ella llevaba a cabo la ceremonia. Luego se desplazaban al patio, a las otras habitaciones, al interior de los muebles, a los ojos que titilaban reflejos diferentes a los otros días, al contento que significaba haber llegado a otro viernes y poder celebrarlo.

Por gracia de esa magia, la abuela se transformaba, perdiendo años a medida que la llama de las velas se contoneaban en busca de más aire para agrandar su movimiento. También por obra de magia la otra abuela, Dina, reproducía lo que tuviese que reproducir para alimentar a un ejército de siete hijos. Nadie podría dudar de esa magia.

Nunca vi a la abuela Bea tan bella ni tan joven a través de la cortina de las llamas movedizas, a pesar de los dibujos que el tiempo había trazado en su rostro. Todo estaba suspendido de la atemporalidad. Su baja estatura se alzaba igual que la llama de las velas y yo, en ese momento, tenía una sola ilusión: parecerme a ella. Ese deseo ha sido recogido por el tiempo como guante que provoca un duelo.



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