11
Dámaso Alonso (La lengua poética de Góngora, Madrid, 1950; 178) advierte atinadamente: «A hacer todavía más delicada y compleja la trama de este problema -(el hipérbaton)- viene la intención estética y las reminiscencias arcaizantes (por lo que se refiere al lenguaje literario). Para encontrar estas diferencias no es preciso acudir a épocas separadas por siglos. En el siglo XIX un poeta podía escribir:
de tu balcón sus nidos a colgar [...]de tu jardín las tapias a escalar [...]volverán del amor en tus oídoslas ardientes palabras a sonar...
Pero a un poeta de «nuestros días» le será estéticamente imposible usar ese tipo de transposición». Ese «nuestros días» que D. A. entrecomilla creo que puede entenderse: desde el modernismo hasta hoy.
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G. de Argote y de Molina: Discurso sobre la poesía castellana. En: M. Menéndez Pelayo, Antología, IV, pág. 71. Edic. nacional.
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A. M.: Juan de Mairena, 49-50.
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Dámaso Alonso, en su obra ya citada (Poet. esp. contemp., Madrid, 1952) ha puesto de relieve en forma muy curiosa y sutil la traza del alejandrino modernista y sus modalidades innovadoras, que vienen a reducirse, en último extremo, a la destrucción de la pausa entre los hemistiquios heptasílabos o al mantenimiento anómalo de ella: a) por incoincidencia de grupo fónico y hemistiquio (yo sé el solo rincón / de paz... Dame la mano
... M. Machado); b) por incoincidencia de grupo de intensidad y hemistiquio (en los instantes del / silencio misterioso
, R. Darío; Dios se refleja en e-/sos dulces alabastros
, Id.). En Antonio Machado, como en su hermano Manuel, no faltan estos alejandrinos: a) No huirá, como una nube / dispersa, el sueño en flor?
LXXXIV, 93; Soy, en el buen sentido / de la palabra, bueno
, XCVII, 103; b) tres arcas cierra una / desconocida llave, CXXXVI, xv, 208; y a San Millán y a San / Lorenzo y Santa Oria
, CL, 245. Pero ni son frecuentes ni llegan a más audacias. Por lo que hace a los poemas en pareados alejandrinos los desajustes entre hemistiquios y grupos fónicos y de intensidad o los encabalgamientos frecuentes (léanse la epístola A Madame Lugones de Rubén Darío o las tiradas de Ramón de Basterra) se dan también en Antonio Machado, pues aquí tales desquiciamientos y encabalgamientos son requisito casi indispensable para contrarrestar la rígida monotonía en que habría de derivar el poema en que no se observaran:
Cerró la noche. Lejos / se escucha el traqueteoy el galopar de un coche / que avanza. Es el correo.
(CXVII, 173)
El sol de la caliente / llanura vinariegaquemó su piel, mas guarda / frescura de bodegasu corazón. Devota, / sabe rezar con fepara que Dios nos libre / de cuanto no se ve.
(CXXXIV, 201)
Lo que sí es significativo es que Antonio Machado emplee casi siempre el alejandrino en poesías circunstanciales o de contenido descriptivo más que emotivo íntimo (Retrato, A orillas del Duero, Por tierras de España, El hospicio, Al maestro Azorín, La mujer manchega, Una España joven, España en paz, Soneto a Valle-Inclán -¡el único soneto en alejandrinos que Machado escribió!- A la muerte de Rubén Darío, A Narciso Alonso Cortés, poeta de Castilla, Mis poetas) y reserve, en cambio, con predilección las combinaciones a base de endecasílabo y los metros cortos para plasmar su inspiración más cordial.
15
El eneasílabo, verso tan modernista, falta casi por completo en Antonio Machado. No conocemos de él más poema en eneasílabos que el Recuerdo infantil, apunte intercalado en Juan de Mairena, págs. 44-45.
16
A. M., Juan de Mairena, 338.
17
A. M., Juan de Mairena, 339.
18
Daniel Devoto ha hecho un extenso examen de lo popular y tradicional en la obra de García Lorca, para llegar a un resultado que corrobora nuestra breve observación: «Cuando el poeta encuentra su tono justo, la cita folklórica, injertada antes en el cuerpo del poema, se hace carne con él y ganamos esas delicias de estilización que son las Canciones. Pero el poeta sigue adelante. Su obra de madurez no debe prácticamente nada a la poesía popular»
. D. Devoto: Notas sobre el elemento tradicional en la obra de García Lorca (Filología, II, 1951, 292-341) Pág. 340.
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«Verdaderamente era insólito encontrar, en un tiempo de pequeñas intimidades líricas, de arte fragmentario, una obra capaz de ser anónima, por primera vez desde hacía varios siglos, una auténtica obra épica, desprendida y sostenida en pie por sí sola; escuchar la vieja andadura de la asonancia narrativa entre un paisaje de filigranas o de intimismos»
, dice José M.ª Valverde, art. cit. págs. 405-6.
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Sólo conocemos esta alusión de Darío a Ronsard, bastante trivial por cierto: La niña, dulce cual la miel /, canta a compás rondó y rondel, / canta los versos de Ronsard
... (R. Darío, El clavicordio de la abuela, en Poema del otoño y otros poemas).