Escena II
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SEÑORA
y SEÑOR DÍAZ.
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SEÑOR DÍAZ.-
(Que ha descendido
tambaleante la escalera.) ¡Jorgelina! |
SEÑORA DE DÍAZ.-
(Con un movimiento nervioso.) ¡Jesús! ¡Me has asustado!
|
SEÑOR DÍAZ.-
Dime: ¿has dado orden a los criados de
que no me atiendan? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¿Cómo puedes
pensar semejante cosa, Eduardo? Precisamente acabo de observarle
a Juana que... |
SEÑOR DÍAZ.-
Hace muchos días
que no me sirven como es debido. Tengo que llamar media hora
para que acudan; me suben los periódicos cuando se
les antoja, y ponen mal gesto o rezongan si algo les observo.
Todo esto no está en razón puesto que los trato
bien. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Pero encuentras razonable atribuirme
las faltas de los criados. |
SEÑOR DÍAZ.-
Pienso que
sería más lógica en ustedes que en ellos
esa hostilidad. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Oh! Sería
curioso que empezara a atacarte ahora la manía de
las persecuciones. |
SEÑOR DÍAZ.-
Mecha ya no sube a
ayudarme. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Bien sabes que está
enferma. |
SEÑOR DÍAZ.-
He notado además que se
están tomando demasiado interés por mí
y por mis asuntos Eso me perturba. Desearía no tener
que repetir estas observaciones. Si molesto, me voy. No quiero
ser molestado. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
En verdad, sería
preferible una separación definitiva, a este divorcio
deprimente en que vivimos. |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Lo desean
ya? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
No, Eduardo: no lo deseamos. Lo
que queremos es que vuelvas a la vida de antes, a ocupar
tu lugar en el seno de los tuyos y en la consideración
de las gentes. ¡Esto no debe continuar así! |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Sabes si ha llegado la correspondencia de Europa? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
No sé. No, no te vayas. Escúchame.
|
SEÑOR DÍAZ.-
Tú debes salir, yo tengo que hacer.
Nos distraeríamos. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
No. Atiende.
¡Te exijo que me atiendas! |
SEÑOR DÍAZ.-
Te advierto
que no me negaba por descortesía, sino por sentido
práctico. Salvo que tengas algo que comunicarme.
|
SEÑORA DE DÍAZ.-
No te robaré mucho tiempo. Respóndeme
categóricamente. ¿Tienes algún agravio conmigo?
|
SEÑOR DÍAZ.-
No. ¿Por qué me haces esa pregunta?
|
SEÑORA DE DÍAZ.-
Porque cada vez me resulta más
inexplicable tu conducta. |
SEÑOR DÍAZ.-
Creo haberla
explicado satisfactoriamente. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Pero
no la justificas. Eres demasiado normal, demasiado equilibrado
para convencer a nadie de tu extraña misantropía.
|
SEÑOR DÍAZ.-
¿Misántropo, yo? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¿Quieres que nos entendamos? Esta vida nuestra se hace cada
vez más dolorosa. Hace un momento te quejabas de los
criados. ¿Cómo te han de respetar si ven que has abdicado
tu autoridad; sí para ellos no eres más que
un pobre ente sin voluntad a quien su familia ha relegado
al último piso de la casa por sabe Dios qué
lacras morales? |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Oh! |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Eso! Un pobre diablo a quien no toman en cuenta quizá
por creer que nos halagan, que eso entra en sus obligaciones.
No eres mucho más para nuestras relaciones. Un extravagante
cuando no un monomaniático lastimoso. |
SEÑOR DÍAZ.-
Me interesa igualmente poco lo que puedan pensar unos y
otros: criados y amigos. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¿Y nosotros?
¿Y nuestra situación? |
SEÑOR DÍAZ.-
Bien han
podido habituarse en cuatro años. En menos tiempo
llegamos hasta aburrirnos de tener un enfermo crónico
en la familia. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Oh! Eso es una crueldad
injusta. |
SEÑOR DÍAZ.-
Es una vulgar constatación.
Por lo demás aquí no se trata de un enfermo
ni cosa que se le parezca, sino de un sujeto que no tiene
necesidad de abrevar en la fuente común para hallar
un poco de dicha y que nada hace ni hará en perjuicio
de la dicha ajena. El caso no puede ser mas sencillo. Con
partir de ese concepto y con preocuparse menos de lo que
piensen y digan las gentes, nos ahorraríamos inquietudes
y prevenciones. Tranquilícense, pues. Y tú
déjate de cavilaciones. Nada me has hecho, nadie me
ha hecho nada. Déjenme en la paz de mi mansarda con
mis diarios y mis papelotes y no se empeñen en torcer
una resolución que es irrevocable, y mucho menos en
hostilizarla. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
No sé por qué,
cuando más te esfuerzas en justificar tu actitud,
más enigmática me resulta. Por última
vez, Eduardo, ¿debo pensar que somos ajenos a ella?... ¿Que
soy ajena a ella? |
SEÑOR DÍAZ.-
Debes pensarlo. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¿Y por qué me has abandonado? |
SEÑOR DÍAZ.-
Vuelta a subir la montaña con el peñasco
a espaldas. ¿Para qué me lo haces caer? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Has podido dedicar a tu obra la atención necesaria
sin necesidad de renunciar a la vida en común. |
SEÑOR DÍAZ.-
No; la convivencia me exigiría una participación
activa en el tráfico social. He empezado demasiado
tarde la obra para derrochar tiempo en trivialidades. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
No todo es tráfico social en la convivencia
afectiva. |
SEÑOR DÍAZ.-
Naturalmente, pero lo demás
no les falta. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Oh! ¡Eduardo, Eduardo!...
(Se detiene mirándolo fijamente. El SEÑOR DÍAZ
distrae su mirada en cualquier sentido y luego se pone de
pie encaminándose a la escalera.)
|
SEÑORA DE DÍAZ.-
(Con cierta vehemencia.) ¡No te vayas! ¡No me hagas eso!
¡Ven acá! Díme: si es verdad que nada tienes
que reprocharme, ¿por qué me has repudiado? ¿Por qué
me repudias? |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Otra vez con el peñasco
a cuestas! ¿Hasta cuándo he de decirte que considero
terminada mi misión en este hogar? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Te equivocas. No ha terminado. Quizá nuestros hijos
necesiten ya tus caricias. Pero yo sí. Ellos van a
formar nuevos jardines, nosotros quedamos para cultivar nuestros
viejos rosales ¿Por qué hemos de dejarlos secar antes
de tiempo? (Con mucha ternura, apoyándosele en el
hombro.) ¡Devuélveme tu ternura, Eduardo! Me hace
falta, nos hace falta a los dos un poco de realidad afectiva.
|
SEÑOR DÍAZ.-
(Se aparta suavemente de sus brazos y
detiene un instante la vista en el sombrero.) |
SEÑORA DE DÍAZ
-
¿Qué pasa? ¿Qué tengo en el sombrero? |
SEÑOR DÍAZ.-
(Sonriendo.) Nada, nada. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Pero... |
SEÑOR DÍAZ.-
No te inquietes Una reminiscencia.
Un relámpago mental. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
(Va al
espejo y se mira.) |
SEÑOR DÍAZ.-
(Se aleja escaleras
arriba.) |
SEÑORA DE DÍAZ.-
(Al volverse, con un gesto
de desilusión.) ¡Oh, Eduardo! ¡Esto no tiene nombre!...
|
Escena V
|
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La SEÑORA
DE DÍAZ va al encuentro de las SEÑORAS DE ÁLVAREZ
y DE GONZÁLEZ, que entran saludando muy afectuosamente.
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SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Como de costumbre, en retardo.
En el trayecto de casa hasta aquí hemos encontrado
dos comisiones en plena actividad. ¿Estaba usted por salir,
Jorgelina? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Sí. Al Pilar. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Es cierto que entierran a Etcheverry.
¡Qué golpe para la pobre Claudia!... Una muerte así,
tan inesperada... |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Dicen que ha
sido un suicidio. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Se habla mucho de
eso pero yo no lo creo. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
(A MECHA.) Ponte el sombrero, hija, y nos vamos. Estás de mal
semblante. |
MECHA.-
Me siento mal, señora. Estaba
pronta ya para ir y... |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¿Supongo
que no renunciarás?... |
MECHA.-
Si me lo permite,
sí, señora. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Qué
tontería, muchacha. No sabes lo que te pierdes. |
LAURA.-
(A la señora de GONZÁLEZ.) ¿Lita ha ido a
Palermo hoy? |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
No; salió
en otra comisión con Maruja Pérez y la señora
de Oliva. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Yo creo que debe perdonarla,
Edelmira. Esta muchacha no está bien. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¿Y a quién vemos, a esta hora, para que nos acompañe?
|
MECHA.-
Podría ir Laura. |
LAURA.-
Haces mal en comprometer
a Edelmira. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¡Oh! con mucho gusto...
Es toda una idea. Vístete, muchacha. |
LAURA.-
¡No
sería hacerles perder mucho tiempo? |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Eso dependerá de ti, en todo caso. |
LAURA.-
Bien.
Ya estuvo. Diez minutos (Mutis.) |
Escena VI
|
| SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Supongo que tu malestar no depende de algún disgustillo
con Enrique. |
MECHA.-
¡Oh, no, señora!... |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¡Ah! ¡Ahora que recuerdo! Qué tonta
eres, criatura. Seguro que te ha comunicado ya la noticia.
|
SEÑORA DE DÍAZ.-
¿Hay alguna novedad? |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
(A MECHA.) ¿Cómo? ¿No sabes nada? Pues... Anoche
hemos recibido carta de Álvarez. Escribe comunicando
que se va a Baden-Baden por consejo de los médicos
a someterse a un tratamiento, y con ese motivo -no te vayas
a desmayar, muchacha- pide que le mandemos a Enrique para
que le haga compañía. |
MECHA.-
(Reprimiendo
un movimiento de sorpresa.) ¡Oh! ¡Ya lo sabía! |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Te había escrito... ¿verdad?
|
MECHA.-
Sí; sí señora... ¡Sí,
señora!... |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¿De modo que se
va Enrique? |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Naturalmente. Pero
será un viaje muy rápido; de tres meses a lo
sumo. Enrique estará de regreso a tiempo para cumplir
su compromiso. No hay motivo, pues, para afligirse tanto,
muchacha. |
MECHA.-
No, señora. No me aflijo. ¡Una
cosa tan natural! |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
No hay para qué
decir que Enrique anda bailando de gusto. Creo que hasta
se ha ido a esperar que abrieran la agencia de vapores para
elegir camarote. |
MECHA.-
(Irónica.) ¡Naturalmente!...
|
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Perdón. He sido tal vez
indiscreta, pero es la pura verdad. Es preciso imaginarse
lo que significa para estos muchachos la perspectiva de un
paseíto por Europa. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Si viera
usted las ganitas que tiene Alfredo de hacerlo. Creo que
sí se recibe este año es debido a la promesa
que le hemos hecho de mandarlo por unos meses a París.
|
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Por otra parte, es una ventaja
casarse con un hombre que haya estado en Europa. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Claro está. Adorna mucho. |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Va al matrimonio con una curiosidad menos.
|
Escena VIII
|
| SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¡Pobre Eduardo!...
¡Cómo está!... ¿Sigue con su manía?
|
SEÑORA DE DÍAZ.-
Cada día peor. Metido allá
arriba, se pasa semanas enteras sin que le veamos la cara.
|
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Escribe mucho, ¿verdad? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Creo que no. Lee y lee siempre. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¿Diarios? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Exclusivamente.
Recorta las crónicas policiales y las va pegando en
unos grandes cuadernos, con no sé qué extrañas
anotaciones. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¡Qué rareza!
Todo eso para escribir un libro. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Figúrense!
Tan luego él que nunca tuvo aficiones literarias.
|
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
La neurastenia es una cosa terrible.
Acaba con la gente más equilibrada. ¡Pobre Jorgelina!
¡La compadezco!... |
SEÑORA DE DÍAZ.-¡
Ay! ¡Déjeme!...
No pueden ustedes imaginarse lo que nos contrista su estado.
¡Yo creo que lo hemos perdido para siempre!... |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Deberían ponerlo en tratamiento. No debe ser incurable.
Dicen que en el sanatorio de Ramos Mexía se está
muy bien. Hay muchos enfermos distinguidos. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Y quién lo recluiría! |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Sería muy fácil. Se le lleva engañado,
y una vez allí... |
MECHA.-
¡Oh! Hagan el favor de
no hablar así de papá. Bien podrían
ahorrarse tanta conmiseración. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Mercedes! |
MECHA.-
(Exaltada.) No es tan lastimoso su estado.
No está loco, ni enfermo, ni maniático. Es
un buen hombre que se siente harto de nosotros; de tanta
hipocresía, de tanta simulación, de tanta maldad.
De toda la miseria moral de nuestra vida. Eso, eso es lo
que tiene. ¡Nada más! |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¿Te has
enloquecido, Mercedes? ¿Qué ideas son ésas?
|
MECHA.-
Recién empiezo a comprender la verdad. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¡Muchacha!... ¿A qué viene ese
arranque?... Nosotros... |
MECHA.-
Sé lo que digo y
por qué lo digo. |
Escena X
|
| SEÑOR DÍAZ.-
(Que aparece con un
grueso paquete de diarios.) ¿Qué significa un automóvil
con un estandarte, que he visto en la puerta? |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Que hoy es nuestro día. Hacemos una colecta «Pro
infancia desvalida». |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Para qué?
|
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Para eso. Para nuestros asilos,
y nuestros talleres. Para el sostenimiento de las instituciones
benéficas que patrocinamos. |
SEÑOR DÍAZ.-
Entendido.
Para el mantenimiento de «nuestros hijos naturales». |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¿Qué dice usted, Eduardo? |
SEÑOR DÍAZ.-
Nada con intención. Me acordé
de un suelto de un diario... |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¿Sigue
usted tan... entregado a las noticias policiales?... |
SEÑOR DÍAZ.-
Sí, señora. Más que nunca.
Pues... Me vino a la memoria un suelto leído hace
algún tiempo, en el cual se publicaban ciertos datos
estadísticos sobre natalidad ilegítima. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Eso es todo un problema social. |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Y saben cómo titulaba el diario la
noticia? «Nuestros hijos naturales». |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Pues... francamente, no le veo la gracia. |
SEÑOR DÍAZ.-
Claro está. Yo tampoco. |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
A mí me resulta una insolencia |
SEÑOR DÍAZ.-
Pues yo... |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
A mí... |
SEÑOR DÍAZ.-
Continúe usted. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Iba a decir una tontería. Siga, Eduardo. |
SEÑOR DÍAZ.-
Casi me ocurre lo mismo. Con permiso. (Ademán de
irse.) |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Venga acá. No sea
huraño. ¿O tiene miedo del sablazo?... Dedíquenos
un instante. Cuéntenos algo de su obra. ¿Tendremos
pronto el gusto de leerla? |
SEÑOR DÍAZ.-
No he empezado
a escribir. Continúo documentándome. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¿En la crónica policial? |
SEÑOR DÍAZ.-
En la crónica policial. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¡Qué original! Será un libro trágico.
|
SEÑOR DÍAZ.-
Efectivamente. Trágico. |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Se va a vender mucho, eso. Un éxito
así como el de «Stella»de Emita de la Barra. ¿No lo
ha leído usted? |
SEÑOR DÍAZ.-
No, señora.
|
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Es raro. Toda la gente bien lo
conoce. |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Lo que no acabo de explicarme
es cómo hace usted para sacar provecho de ese tejido
de fantasías y embustes. |
SEÑOR DÍAZ.-
Ah, señora
mía. No tomando en cuenta los embustes ni las fantasías.
Me basta con el hecho en sí y las causas que lo han
determinado. |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
¡Pues no ha emprendido
usted chico trabajo, que digamos!... |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Debe ser muy monótono eso. La misma cosa todos los
días. La misma puñalada, el mismo robo, el
mismo suicidio. ¡Por casualidad un suceso interesante! |
SEÑOR DÍAZ.-
Para mí lo son todos. La puñalada
de ayer y la puñalada de hoy son dos dramas distintos.
Extraerlos del relato trivial, analizarlos y catalogarlos,
es por ahora mi tarea. ¿Quieren un ejemplo? ¿Han leído
ustedes la noticia de ayer del suicidio de una familia entera,
una mujer que se asfixia con sus cuatro hijitos? |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
No. Pero he oído conversar de eso
a los sirvientes. |
SEÑOR DÍAZ.-
Una cosa vulgar. Igual
al de antes de ayer y al de la semana pasada -dramas de la
miseria-, pero con la diferencia de que en el caso anterior
el marido estaba en la cárcel. Un homicidio por celos,
supongamos, mientras que en el presente, el marido, el padre
de esas cuatro criaturas... |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Estaba
enfermo en un hospital. |
SEÑOR DÍAZ.-
No. Había
abandonado a los suyos por igual causa. Ya ven ustedes dos
sucesos idénticos y dos dramas distintos. Este descubre
que su mujer lo engañaba, y desaparece abandonando
su hogar. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Mal hecho, ¿qué
culpa tenían las pobres criaturas? |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Y qué debió hacer? |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Velar por sus hijos, abandonando a esa mala madre. |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Claro está; quitarle los hijos.
|
SEÑOR DÍAZ.-
¿Y con qué derecho le arrebata
esas criaturas a su cariño? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Ave María! ¡Qué ideas, Eduardo!... Esa mujer
no amaba mucho a sus hijos, cuando olvidó así
sus deberes. |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Estás tú segura
de que una mujer que engaña a su esposo no quiere
a sus hijos? ¿Estás bien segura?... |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Hombre... todo puede ser. Pero ¿cómo resolvería
usted ese problema? |
SEÑOR DÍAZ.-
A eso voy. Esa será
mi obra. Desentrañar del mismo seno de la vida, del
drama de todos los días y de todos los momentos, las
causas del dolor humano y exponerlas y difundirlas como un
arma contra la ignorancia, la pasión y el prejuicio.
No lo hemos perdido todo en la desgarrante contienda de los
siglos. Hay síntomas de que la conciencia y la piedad,
subsisten en el hombre. Digámosle a su cerebro palabras
de verdad, e impetremos su clemencia con la oración
del sentimiento. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¿Y usted cree,
Eduardo, que eso no lo hacemos todos?... |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Ustedes!... ¡Ustedes!... No. ¡Qué han de hacerlo!
|
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Por lo pronto le rezaré
a usted la oración del sentimiento, diciéndole
que existen millares de criaturas cuyo único amparo
es el óbolo de las personas caritativas, y que aquí
hay una bolsa que impetra su compasión. |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
¡Bravo, Edelmira! ¡Muy bien!... |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¡Pronto, ese cheque!... |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
¿A que
no lo firma en blanco? |
SEÑOR DÍAZ.-
Para eso entiéndanse
con el ministro de Hacienda. (Por su señora.) |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
No se escurra venga acá, señor
piadoso. |
SEÑOR DÍAZ.-
Por lo demás, no creo
en semejante caridad. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Explíquese.
|
SEÑOR DÍAZ.-
No. Sería muy largo. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Cuando menos pensará, como ciertas gentes, que nuestra
caridad no es más que un pretexto para divertirnos.
Le exijo una explicación. |
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
Eso es. Le exijimos una explicación. |
SEÑOR DÍAZ.-
Ustedes se han propuesto sacarme de mis casillas. Les haré
el gusto. Pues... uno de los capítulos, más
terribles de mi libro será precisamente el referente
a «nuestros hijos naturales». |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¡Oh!
¿Qué tiene eso que ver...? |
SEÑOR DÍAZ.-
Mucho,
mucho. ¿Para quienes son esos así los y esos talleres?
Supongo que no serán para mis hijos legítimos,
ni para sus hijos legítimos. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Eso es una butade indigna de usted. |
SEÑOR DÍAZ.-
Pardón.
Mi sinceridad no admite sobreentendidos. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Adelante, pues. |
SEÑOR DÍAZ.-
La crónica policial,
me ha enseñado a encarar de otra manera el problema
social que ustedes creen haber resuelto con la fundación
de unos cuantos asilos. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Es cierto
que son pocos, pero la caridad pública no da para
más. |
SEÑOR DÍAZ.-
Aunque fundaran mil. Aunque
fundaran tantos asilos como templos! Estamos creando el mal
para aplicarle el remedio. ¡Y qué remedio!... |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
No entiendo. |
SEÑOR DÍAZ.-
Empecemos
por respetar el derecho a la maternidad... La limitación
de ese derecho es causa del tributo enorme de vida que nos
cobran los asilos, las cárceles y los cementerios.
En lugar de instituciones pro infancia desvalida, fundemos
ligas por el respeto a la mujer en su función más
noble. La maternidad nunca es un delito. Si se infringe una
ley social, se ha cumplido la ley humana que es la ley de
las leyes. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¡Ay, Dios mío!
Eso es anarquismo puro. Usted quiere destruirlo todo. |
SEÑOR DÍAZ.-
Esto es un evangelio que se podría practicar,
aún sin destruir los fundamentos de la presente organización
social. Se puede muy bien abogar por la maternidad legalizada
respetando la maternidad anormal. El día que ese convencimiento
encarnara en todos los espíritus, la misión
de ustedes, señoras mías, habría terminado
o se modificaría sustancialmente. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Y mientras llega ese dichoso día, ¿qué liemos
de hacer? |
SEÑOR DÍAZ.-
Trabajar para que llegue, renunciando
en primer término al ejercicio de una caridad perniciosa.
|
SEÑORA DE GONZÁLEZ.-
¿Perniciosa? |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Oh!, señora! No me obligue a decir lo que son los
asilos y las escuelas que dan ustedes a la infancia desvalida!
Trabajar para que llegue ese dichoso día. Eso, eso
deben hacer. Ustedes que han sentido coronada la fecundidad
con la gloria de las caricias infantiles, deben abogar contra
el prejuicio para que no haya tantos hijos sin madres y tantas
madres sin hijos. |
MECHA.-
(Que ha estado oyendo a su padre
con angustia creciente, estalla en sollozos convulsivos.)
|
SEÑOR DÍAZ.-
¡Qué tiene, hijita! |
|
|
(Acuden todos
un tanto alarmados.)
|
MECHA.-
(Dominándose.) No se
alarmen. Ya pasa. ¡Estoy tan nerviosa! |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Esta muchacha nos va a dar un disgusto. Hace tiempo que
no está bien y no quiere atenderse. |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Quiere que mande llamar un médico? |
Escena XIV
|
| ENRIQUE.-
¿Me llamabas? |
MECHA.-
Sí.
|
ENRIQUE.-
Espero que no tendremos la función de costumbre.
|
MECHA.-
Yo también lo espero. ¿Estás resuelto
a irte? |
ENRIQUE.-
Sí. |
MECHA.-
¿A consumar la gran
canallada?... |
ENRIQUE.-
Nuestra situación está
desde hace tiempo perfectamente definida, de modo que las
escenas a estas alturas, sobran. |
MECHA.-
Oyeme esta última
súplica que no va dirigida a tu caballerosidad, porque
no la tienes, sino a lo poco que te resta de hombría
de bien. Cásate conmigo. Ahorrémosle a mi familia
la vergüenza que le espera, y yo te prometo no hacer
uso jamás de mis derechos de esposa, no intervenir
en tu vida, separarme en el acto de ti. |
ENRIQUE.-
¿Y yo
qué gano con eso? Mira. Si estás tan en peligro,
lo más que puedo ofrecerte es que te vengas conmigo
a Europa. |
MECHA.-
Ya no te quiero. Si te quisiera te seguiría
al fin del mundo aunque te supiera capaz de la ignominia
de lanzarme a la vida del arroyo, que no otra cosa harías
conmigo. |
ENRIQUE.-
La verdad es que con tan buenos sentimientos
a mi respecto, no resulta muy explicable la insistencia en
que nos casemos. |
MECHA.-
Te repito que por la tranquilidad
de los míos, me resignaría al sacrificio de
esta unión nauseante. |
ENRIQUE.-
Yo te advertí...
|
MECHA.-
Cállate. No era por salvarme que me inducías
al crimen. Era por salvarte tú, tú, tú...
Porque eres cobarde y vil. Lo has improvisado en complicidad
con tu respetable familia. |
ENRIQUE.-
(Severo.) ¡Mercedes!
|
MECHA.-
Si, tus cómplices, tus cómplices:
Y todavía soy suave. Hay palabras más aplicables
al caso... ¡Más justas!... |
ENRIQUE.-
¡Mercedes!...
¡Mercedes!... |
MECHA.-
Basta. Quiero tu última palabra.
|
ENRIQUE.-
La he dicho. |
MECHA.-
Bien. ¡Fuera de acá!
|
ENRIQUE.-
(Se encamina a la escalera.) |
MECHA.-
No. ¡Fuera
de esta casa!... ¡A Europa! Huye hoy mismo, ¡cobarde! Huye.
Dentro de un instante, todos van a conocer mi vergüenza
y tu infamia! ¡Huye! ¡Cobarde!... ¡Vil! ¡Vil! ¡Vil!... |
|
|
(Después
que ENRIQUE ha salido, arrebatada, busca algo que no encuentra
en los muebles, y con un gesto de suprema desesperación
se lanza a la escalera. A los dos o tres escalones se detiene,
vacila y cae.)
|
Escena IV
|
| PANCHITA.-
(Desolada.)
¡Jorgelina! ¡Jorgelina! (La abraza con efusión un
tanto cómica.) ¡Vengo consternada! ¡Consternada!...
¡Qué cosa tan horrible, hermana!... |
SEÑORA DE DÍAZ.-
(Con gesto de circunstancias.) ¡Así es Pancha, así
es!... |
PANCHITA.-
¡Como estarán en aquella casa!
¡Qué golpe para Jorgita! Se lo venía diciendo
en el camino a Ernesta. ¿Verdad, Ernesta? Figúrate
que nada sabíamos, ¿qué íbamos a saber,
metidas en la quinta como lo pasamos toda la vida?, cuando
esta mañana salíamos para la capilla donde
nos toca la guardia del Santísimo y ¿con quién
nos habíamos de encontrar? Con Eduarda García
y las muchachas que iban a Palermo y detienen el coche. Panchita
¿sabe usted si se han batido? ¿Quiénes? ¿Pero en qué
mundo viven? ¡Alfredo su sobrino, con Enrique!, ¿Por qué...?
Y me contaron que Enrique se negaba a casarse después
de... en fin, la verdad. ¡Espero que no me habrán
engañado! Tomamos un coche y sin respirar nos hemos
venido hasta aquí. ¡Cómo estarás, hijita,
cómo estarás!... |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Abrumada!
|
PANCHITA.-
Saben algo de Alfredo. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Nada. Imagínate mi inquietud. ¿Es cierta lo del duelo?
|
PANCHITA.-
Ciertísimo. ¡En unas condiciones terribles,
a pistola a cinco pasos, qué sé yo! ¡Y claro
está, en estos casos que menos!... ¡Ah! ¡Te advierto
que las de García también están consternadas!...
¡No llores, no te aflijas, mujer!... |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡El pobre Alfredo! |
PANCHITA.-
Quizá no le haya sucedido
nada. El muchacho tira muy bien. Cálmate. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Esta incertidumbre! La imposibilidad de averiguar...
|
PANCHITA.-
Alfredo se vendrá en seguida. Pero quien
iba a pensar que Mercedes... |
ERNESTA.-
¡Oh, yo sí!...
Con la educación que reciben las muchachas de hoy
es preciso esperarlo todo. Y esa Mercedes nunca me gustó
nada. ¡Por algo no hacíamos buenas migas!... |
PANCHITA.-
No seas injusta, Ernesta. Nuestra sobrina ha tenido muy
buena moral y muy buenos ejemplos. |
ERNESTA.-
Se inclinaba
más al padre y ha salido tilinga como él.
|
PANCHITA.-
Y el filósofo ¿qué dice? ¿Sigue
viviendo en la luna? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Está muy
satisfecho. |
ERNESTA.-
¿Han visto? Lo que yo decía.
|
PANCHITA.-
Supongo que habrán tomado ya alguna determinación.
|
SEÑORA DE DÍAZ.-
Ninguna. No nos hemos repuesto aún.
Después... Alfredo que no aparece, por un lado, y
la conducta de Eduardo por otro, me tienen en una situación
que... francamente, no sé que pensar ni que hacer.
|
PANCHITA.-
¿Qué pretende Eduardo? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
La ampara y quiere que las cosas continúen como si
nada hubiera pasado. |
PANCHITA.-
Eso es absurdo. Ustedes
no deben dejarse sacrificar. Por la falta de esa... loquilla
no van a renunciar a su vida. No es el primer caso de una
familia a quien le cae semejante desgracia encima. Se elimina
la mala semilla, y asunto concluido. Mira, yo tengo mucha
influencia con la superiora del refugio de Santa Magdalena.
Allí lo pasaría muy bien. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
Eso será muy difícil. Eduardo no lo consentirá.
|
PANCHITA.-
¿Con qué derecho podría impedirlo?
Hijita, debes imponer tu autoridad. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¿Yo?...Si supieras como estoy. Hasta se me ocurre que sería
mejor hacerles el gusto a Eduardo y dejar las cosas así.
|
PANCHITA.-
¡Qué temeridad! |
SEÑORA DE DÍAZ.-
No sé lo que me pasa. Tengo miedo. |
PANCHITA.-
¿De
qué? |
SEÑORA DE DÍAZ.-
No sé... de un
escándalo. Eduardo está muy raro, enigmático
conmigo. Casi amenazador. Quien sabe a que extremos puede
llevarlo su estado de ánimo. |
|
|
(Aparecen LAURA y MECHA
por la escalera.)
|
PANCHITA.-
Fíjense, en la muy
desfachatada. ¡Pues no tiene coraje de presentarse ante nosotros!
|
SEÑORA DE DÍAZ.-
Déjenla. Nada le digan. |
Escena V
|
| LAURA.-
¿Ustedes por acá? ¡Como estás, Panchita.
Ernesta!... |
MECHA.-
(Hace ademán de volverse pero
reacciona y va a sentarse en cualquier parte sin saludar.
Pausa embarazosa y prolongada matizada con algunos ¡Ejem!
¡Ejem! de las viejas.)
|
LAURA.-
(Observa todos los rostros
y se alza irritada.) ¡Uff!... ¡Lúgubres! (Nueva pausa.)
|
PANCHITA.-
(Previo un suspiro.) ¡Pobre Alfredo! |
MECHA.-
(Como movida por un resorte.) ¿Qué le pasa a Alfredo?
¿Qué ha sucedido? ¡Respondan!.... ¡Hablen que me exasperan
con esas caras de tragedia! |
PANCHITA.-
Nada sabemos. ¡El
duelo debe estar realizándose!. Creo que después
de lo que has hecho has debido esperar... |
MECHA.-
¿Un duelo?
¡Dios mío! He debido suponerlo... Pero papá
estaba tan tranquilo... ¡Yo lo habría evitado! ¡Sí,
sí sí!... Lo habría evitado. ¡Oh! ¡Qué
angustia!... |
PANCHITA.-
¡Ya ves que no se comete impunemente
una liviandad! Fijate en tu madre, cómo está
de atribulada. ¡En nosotras! ¡Ah! ¡Muchacha! Tendrás
que sufrir mucho, mucho y no habrás compensado todavía
las lágrimas que has hecho derramar. |
MECHA.-
¡Sí,
sí! ¡Tienen razón!... ¡Tendré que sufrir
mucho!... |
PANCHITA.-
Nosotras comprendemos que ese sinvergüenza,
ha abusado de ti... lo comprendemos. Pero tú has debido
cuidarte un poco más; al fin y al cabo no eras tan
criatura y no te han faltado ejemplos de moral y de juicio.
|
MECHA.-
No me digan más. ¡Tienen razón! ¡Tienen
razón!... |
ERNESTA.-
Bueno fuera que no la tuviéramos.
|
PANCHITA.-
¡Naturalmente que a estas alturas el mal no tiene
remedio!... No hay más que resignarse, pues, a sufrir
la penitencia. ¿Qué piensas hacer, muchacha? |
MECHA.-
Yo no sé. ¡Qué quiere que sepa yo!... ¡Llorar!...
¡Llorar tanta desgracia!... |
PANCHITA.-
Mira: acabo de decirle
a tu madre que tengo mucha influencia con la superiora del
refugio de Santa Magdalena. No te supongo una descarada que
pretendas desafiar al mundo exhibiendo tu oprobio. Acudes
pues, a esta santa casa, tienes tu hijo, lo conservas si
quieres y con el tiempo llevando una vida ejemplar, no será
difícil que consigas el olvido o el perdón
de las gentes. Nosotros te visitaríamos con frecuencia...
|
MECHA.-
¡Basta!... ¡Eso, nunca!... ¡Primero me mato!...
|
SEÑORA DE DÍAZ.-
Hija, no pienses locuras. |
PANCHITA.-
Muy bonito es resolver las cosas así. ¿Qué
pretendes? ¿Continuar en esta casa avergonzando a los tuyos?
|
MECHA.-
No habré borrado los hechos con irme a otra
parte. Lo mismo los avergonzaría desde un convento.
|
PANCHITA.-
Estás muy ofuscada, muchacha. |
ERNESTA.-
Yo creo que no hay que andar con tanto cumplimiento. Se
la recluye y se acabó. |
MECHA.-
¡Oh!... ¡El esperpento!...
|
PANCHITA.-
¡Cállate, Ernesta!... No te alteres, Mercedes;
escucha. Tú no te das cuenta exacta de tu situación
y quieres arrastrar a todos en tu caída. Si no te
resignas a un retiro expiatorio, ¿qué va a ser de
los tuyos? Esta casa tendrá que cerrar sus puertas
para el mundo. Sacrificar a tu madre obligándola a
romper sus viejas amistades, sacrificar, y esto es lo peor,
a Laurita. |
MECHA.-
¡A Laura! |
PANCHITA.-
Sí. ¿Crees
que la pobrecita, tan buena, tan juiciosa va a encontrar
con quién casarse? Aniquilas su porvenir. Aniquilas
también el porvenir de Alfredo porque nadie querrá
vincularse a una familia tan vergonzosamente manchada.¿No
te remuerde la conciencia? |
MECHA.-
(Presa de una nueva crisis
de lágrimas.) ¡Oh! ¡Sí!... ¡Cuanta víctima!...
¡Disponga de mí! Haré lo que se me indique.
|
PANCHITA.-
¡Has visto Jorja, corno se resuelven pronto las
cosas!... ¡Ay. El filósofo!... |
Escena VI
|
| SEÑOR DÍAZ.-
Con que ustedes ¿eh?... (Advirtiendo a MECHA.) Hija. ¿por
qué llora?... ¡Oh, naturalmente! ¡Los buitres! ¡Han
venido al olor de la carniza fresca! ¿Qué le han hecho,
hija? |
PANCHITA.-
Nada, en comparación con lo que
merece. |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Y con qué derecho intervienen
en los asuntos de esta casa? |
PANCHITA.-
¡Pues no faltaba
más! ¡Con el derecho de nuestro parentesco y de nuestro
juicio! |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Jorgelina, tú no has debido
permitirles!... |
MECHA.-
Papá. ¡Nada me hacían,
son mis nervios! |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Oh, las conozco!...
Señoras mías, en esta casa están de
más los elementos de perturbación. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Eduardo! |
PANCHITA.-
¿Qué te parece
Jorja? |
ERNESTA.-
Los locos también sobran. |
SEÑOR DÍAZ.-
Sí, señora; también sobran. |
MECHA.-
Papá, no te alteres. |
SEÑOR DÍAZ.-
Vuelvo a
hacer uso de mi autoridad. |
ERNESTA.-
Vámonos. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
No es para tanto. Eduardo, no quiso decir
eso. |
SEÑOR DÍAZ.-
Te equivocas. He querido decirlo.
¡Que se vayan! |
PANCHITA.-
Ay, pobre Jorja. La que te espera
con semejante loco. |
ERNESTA.-
Cuenta con nosotros siempre.
|
|
|
(Se despiden y hacen un mutis trágico.)
|
SEÑOR DÍAZ.-
¡Con buen viento! (Se pasea nervioso.) Hay gentes que le
hacen perder la compostura al más paciente. |
Escena IX
|
| SEÑOR DÍAZ.-
Venga, hijita.
Apóyese en mí. La lucha será muy cruel.
Pero venceremos. No tienen armas para las escaramuzas. Venceremos.
|
MECHA.-
¡No puedo, papá, no puedo luchar ya! Me siento
cada vez más debilitada. Déjame. |
SEÑOR DÍAZ.-
Dejarte sería abandonarlo. ¿No decías que
era tu gloria? |
MECHA.-
Escúchame. Voy a hablarte
con toda serenidad. Anteayer, cuando exponías tu evangelio
del respeto a la maternidad, yo, que había pensado,
más: que estaba resuelta a solucionar mi conflicto
con un doble crimen... |
SEÑOR DÍAZ.-
No. ¡Cuidado con
pensar semejante cosa! |
MECHA.-
Ya pasó. Yo... experimenté
al oírte un alivio tan grande, me sentí tan
consolada que como por encanto desaparecieron de mi mente
las ideas lúgubres. No sabía bien quien eras.
Tenía por tus ideas y por tus modalidades el mayor
respeto, eso sí, pero no acababa de entenderlas. Aun
después de haberlas comprendido, hube de hacer la
barbaridad. Me salvó el vahído y me salvó
tu intervención providencial. Luego acepté
tu programa de lucha, pero acabo de convencerme de que es
imposible, irrealizable y más que todo superior a
mis fuerzas físicas y morales. Estamos revolucionando
todo. Con la bandera de paz y bienestar sembramos la guerra.
|
SEÑOR DÍAZ.-
¡Nada! Seguro que las ideas de esas brujas
que acaban de salir... |
MECHA.-
No quiero sacrificar la tranquilidad
de los nuestros. Tú has perdido tu reposo; ellos,
su bienestar, el bienestar futuro. Yo soy y seré siempre,
semilla de discordias, piedra de escándalo. |
SEÑOR DÍAZ.-
Cuestión de días, nada más. ¡Se habituarán!
|
MECHA.-
Luego... Mi vergüenza, la humillación
de todos los instantes y sobre todo, el remordimiento de
haber causado tanto daño y tanta desazón. ¡Consiente
en que me elimine! Hay casas muy buenas de reclusión...
|
SEÑOR DÍAZ.-
¿Renuncias a tu gloria? |
MECHA.-
No renuncio.
¡Nunca! Dejo de ser estorbo y factor de discordia y me dedico
a mi hijito. Tú irás a verlo, lo educaremos
como tú quieras y yo habré conseguido llenar
mi misión sin sacrificar para ello la felicidad de
los demás. |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Eres muy buena criatura!
|
MECHA.-
Mira, papito... |
SEÑOR DÍAZ.-
No insistas.
No lo consentiré jamás. Tú y tu hijo
se deben a mí, están a mi cargo. Soy tu asilo.
Si no vencernos, nos retiraremos con todos los honores al
refugio que sabré prepararte. ¿Tu sacrificio, tu renunciamiento?
¡Que renuncien ellos! |
Escena XI
|
| SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Le parecerá extraña, Eduardo, esta visita.
No era destinada a usted, pero ya que lo encuentro significa
lo mismo a mis propósitos. |
SEÑOR DÍAZ.-
Tome
usted asiento, Edelmira. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Habrá
adivinado el motivo que me trae. |
SEÑOR DÍAZ.-
No, señora.
|
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Por favor, señor. Podríamos
suprimir asperezas. Le aseguro que después de oírme
será usted más benévolo. |
SEÑOR DÍAZ.-
La escucho, Edelmira, |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Empezaré
por decirle que si a ustedes les ha tomado de sorpresa esta
catástrofe, la sorpresa nuestra ha sido igualmente
grande. |
SEÑOR DÍAZ.-
Le aseguro que no ha tenido necesidad
de decirlo. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Muchas gracias. ¿Quién
iba a decirnos cuando discutíamos tan inocentemente
sobre el tópico, que en cuestión de horas iba
a presentarse un caso a prueba? |
SEÑOR DÍAZ.-
Efectivamente.
|
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Acabo de hablar con mi hijo. Regresaba
del duelo con Alfredo. Dios ha querido que no ocurriera ninguna
desgracia mayor. Los muchachos no se han reconciliado pero
no se olvida así no más una amistad de infancia.
Enrique volvió afectadísimo y así que
pudimos interrogarlo nos confesó la verdad con toda
hombría. Está arrepentido de su botaratada
y honestamente dispuesto a reparar el agravio que les ha
hecho. Créame, Eduardo, Todo ha sido una muchachada.
Su viaje a Europa, que provocó la catástrofe,
era cierto puedo hacerle ver la carta del padre. |
SEÑOR DÍAZ.-
Creo que podría haber pensado un poco antes en reparar
su... eso, su agravio. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Tiene razón.
Resulta casi imperdonable |
SEÑOR DÍAZ.-
No, no haga
un reproche. Pienso que es mejor que las cosas hayan pasado
tal cual han ocurrido. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
No soy de
esa opinión. Enrique ha podido ser más decente.
|
SEÑOR DÍAZ.-
No se habría conseguido otra Posa
que la infelicidad de los dos. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
¿Qué
quiere usted decir, Eduardo? |
SEÑOR DÍAZ.-
Que no se
quieren, que no se han querido nunca. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Conozco los sentimientos de Enrique y... |
SEÑOR DÍAZ.-
Tenga usted la seguridad de que se los ha disimulado. De
otro modo le habría ahorrado a la pobre muchacha las
angustias de una incertidumbre de meses ya que no pudieron
ambos dominar el estallido del instinto. En cuanto a ella
puedo afirmarle que no siente la menor inclinación
afectiva por su hijo, por más que estuviera dispuesta
a someterse a un yugo que le pesaría toda la vida.
|
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Es muy extraño lo que usted
dice. Quisiera hablar con Jorgelina. |
SEÑOR DÍAZ.-
Puede
hacerlo si gusta y la autorizo hasta a dudar de mis facultades
mentales pero le advierto que los destinos de Mercedes están
en mis manos y que no la entregaré jamás, por
ningún precio, al sacrificio de una unión que
no resuelve ningún punto de honor y, sobre todo, que
la condena a una servidumbre odiosa y deprimente por toda
su existencia. Sabiendo esto puede usted verse con Jorgelina
y apreciar mi actitud conforme a su criterio, que mucho respeto
por cierto. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Es la primera vez que
oigo hablar así, Eduardo. No le sospechaba semejantes
ideas. ¿No cree usted en la sinceridad de este paso que damos?
|
SEÑOR DÍAZ.-
No la pongo en duda. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Entonces... (Poniéndose de pie.) sólo tengo
que lamentar que este deplorable episodio venga a cortar
nuestra vieja y afectuosa amistad. |
SEÑOR DÍAZ.-
Por
lo que a mí respecta, Edelmira, puedo asegurarle que
permanece invariable... Y que conservo su palabra de continuar
en cualquier circunstancia aquella discusión sobre....nuestros
hijos naturales. |
SEÑORA DE ÁLVAREZ.-
Adiós.
Eduardo. |
SEÑOR DÍAZ.-
Adiós, Edelmira. |
Escena I
|
SEÑOR DÍAZ.-
(Apareciendo con el DOCTOR.)
Mi doctor, será usted
el primer profano que viole los misterios del santuario.
Parece esto una redacción de diario ¿verdad? |
DOCTOR.-
Efectivamente. |
SEÑOR DÍAZ.-
Pues aquí me he
pasado los últimos cuatro años. Es decir, aquí
no. Vivía más arriba pero me mudé ayer
para ahorrarle a mi secretario, a Mercedes el trabajo de
subir escaleras. Mire usted la tarea en que me sorprendió
este acontecimiento íntimo, -original coincidencia-.
Vea (Señalando un grueso libro de recortes que está
sobre la mesa.) «Natalidad ilegítima» «Nuestros hijos
naturales» - «Ocultación de la maternidad» - «Infanticidios».
Es copiosa la documentación. |
DOCTOR.-
¿Desde qué
punto de vista y con qué criterio procede a la selección
de esos documentos? |
SEÑOR DÍAZ.-
Sería un poco
engorrosa la explicación. Un caso práctico.
Tomo un diario cualquiera, éste. Veamos. (Ojeándolo.)
«Vida social»... «Teatros»... «Policía»... ¡Ah...
ja! Buscaremos la noticia que nos convenga. Aquí está.
«¿Infantidicio?» Este título nunca falta en la crónica
policial... Es un horror. (Leyendo.) «En la mañana
de ayer el conductor de un carro de limpieza pública,
Fulano de tal, al volcar un cajón de basura en tal
parte, etc... halló el cadáver de una criatura
del sexo femenino horrorosamente despedazado». Pues esto
va a una sección puramente estadística que
llamo el osario infantil. Si la policía -cosa que
rara vez ocurre- averigua el probable crimen, yo que tengo
clasificadas las posibles causas de la ocultación
de la maternidad corto la noticia y la pego debidamente anotada
en la sección que le corresponda. Ejemplo al azar
de una anotación (Leyendo.) «Existe una ley que prohíbe
la matanza de las vacas para que no se extinga nuestra riqueza
ganadera. La disciplina social ordena la anulación
de las madres y la matanza de los hijos o la matanza de ambos
o la anulación de amibos». |
DOCTOR.-
Pero, señor:
Las estadísticas que son cada día más
completas, ¿no le ahorrarían tanto trabajo? Los criminalistas
y los sociólogos se basan en ella para sus estudios
y conclusiones. |
SEÑOR DÍAZ.-
Allí los tengo.
He leído mucho. No los tomo mayormente en cuenta.
Mi obra no será de especulación científica.
Quiero ofrecerle a la humanidad un espejo en que vea reflejadas
sus pasiones, su miseria, sus vicios. Esto hacemos, estos
son nuestros crímenes, y por esto y esto nos estamos
despedazando. |
DOCTOR.-
Un libro sentimental. |
SEÑOR DÍAZ.-
Sí, sentimental, si usted quiere. Un toque de somatén
a la clemencia universal. He probado en mí mismo la
bondad de mi futura obra, de mi monumental «Enciclopedia
del dolor humano». Durante estos cuatro años de lectura
razonada y analítica de mis crónicas policiales
he ido experimentando la alegría de una renovación
de mi ser moral y si no me considero del todo purificado,
estoy depurado de prejuicios, y siento desbordarse en mi
espíritu la tolerancia y la piedad por mis semejantes.
|
DOCTOR.-
¡Qué original! ¡Qué curioso! |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Oh! Espero, mi doctor, que no me juzgue usted
con el criterio vulgar que me atribuye una chifladura sentimental.
|
DOCTOR.-
¡Oh! ¡No!.... ¡No, señor!... |
SEÑOR DÍAZ.-
Y supongo también que no habrá provocado esta
entrevista con el objeto de estudiar el estado de mis facultades
mentales. |
DOCTOR.-
Le aseguro, señor, que no. He
obrado por mis cabales y sin propósitos preconcebidos.
|
SEÑOR DÍAZ.-
Porque hay gentes capaces de todo, amigo
mío. Nada de extraño tendría, por ejemplo,
que mañana mis deudos intentaran hacerme recluir por
loco. |
DOCTOR.-
No lo creo. De ningún modo. |
SEÑOR DÍAZ.-
(Paseándose un tanto nervioso.) ¡Sí!... ¡Sí!...
¡Locura!... ¡Locura!... Es tan raro... tan extraño...
tan anormal que un hombre se sienta bueno... que un hombre
tenga amor por sus semejantes... que un hombre se emancipe
de la tiranía de los prejuicios... que no hay más
remedio que declararlo loco. ¡Loco!... ¡Loco!...
(Exaltándose.) Los locos son ellos... ¡Ellos!... Locos trágicos,
que se desgarran!... |
DOCTOR.-
No se exalte, señor
Díaz. Puedo asegurarle, que nos hacen falta muchos
locos como usted. |
SEÑOR DÍAZ.-
Muchas gracias. Disimule
mi vehemencia Se me ocurrió que bien podría
antojársele a los míos atribuir mis actos a
insania mental. Pero no ha de suceder. (Pausa.) Dígame,
doctor. Encuentra bien, muy bien a mi hijita. |
DOCTOR.-
Su
estado no puede ser más favorable, tanto que mi asistencia
resulta del todo inoficiosa. |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Quién
sabe si no la esperan mayores contrariedades!... |
DOCTOR.-
No tendrían razón de ser. En todo caso supongo
que nada podría ocurrir que le acarreara perturbaciones
peligrosas. |
Escena II
|
| MERCEDES.-
¡Ah! Perdón.
|
SEÑOR DÍAZ.-
Adelante, hija. No hablamos nada reservado.
|
DOCTOR.-
Y por otra parte, le he robado ya mucho tiempo
al señor Díaz. |
MERCEDES.-
¿No se lo habrá
robado él a sus enfermos? |
DOCTOR.-
Adiós,
señor. (A MERCEDES.) A usted no la volveré
a ver... |
MERCEDES.-
En calidad de médico, creo entender.
|
DOCTOR.-
Por supuesto. Adiós. |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Sabes
dónde estará aquel cuaderno con los apuntes
sobre la delincuencia precoz? |
MECHA.-
A ver... a ver...
Aquí está. ¿Para qué lo quieres? |
SEÑOR DÍAZ.-
La otra mañana, cuando discutía
con tu ex futura suegra, se me quedaron muchas cosas por
decirle con respecto a los institutos del Patronato, y entre
ellas la constatación de que la mayoría de
los niños delincuentes se han educado y han recibido
la protección de aquellos asilos. Y pienso darles
una broma pesada mandando un resumen de mis estadísticas
a la sociedad «Pro infancia desvalida». |
MECHA.-
Lo harás
después. Ahora tenemos que hablar. El comité
está reunido en sesión plena. |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Ah, sí! |
MECHA.-
Como lo oyes. Parece que tratan
gravísimos asuntos. |
SEÑOR DÍAZ.-
Me alegro mucho.
Al fin se resolverán a adoptar una actitud de paz
o de guerra. |
MECHA.-
Ha de ser de guerra. Encuentro a mamá
hostilísima. Laura está llena de moños
y en cuanto a Alfredo me acaba de maltratar. |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Cómo! ¡Se ha atrevido!... |
MECHA.-
No. De palabra,
no más, No me hieren sus injurias. Se está
operando un cambio tan grande en mí que empiezo a
creer que no tardarán en serme indiferentes. Todos,
empezando por mamá. Comienzo a darme cuenta de la
inanidad de los sentimientos cimentados en una simple convivencia.
|
SEÑOR DÍAZ.-
Bravo, hijita. |
MECHA.-
Me hubiera explicado
que en el primer momento, al conocer mi falta descargaran
sobre mí todas las violencias de su indignación
pero después han debido reaccionar ante lo irremediable
y reintegrarme en su afecto. Mi cariño por ellos me
obligaba ayer a ofrecerles un acto de desagravio recluyéndome
en una casa de corrección, pero el cariño de
ellos ni siquiera los ha inducido al perdón. |
SEÑOR DÍAZ.-
A ese respecto tal vez prejuzgues un poquito.
Debes comprender que todavía no se han repuesto de
la sorpresa y que nuestra actitud debe haber llevado un poco
de confusión a esos espíritus habituados a
las soluciones hechas. |
MECHA.-
Podría haber notado
ya algunos síntomas de reacción. Pero sucede
lo contrarío. A mamá la veo convertida en un
monumento de dignidad social agraviada, con una rigidez académica
que en otras circunstancias me haría cosquillas, Laura
con todas sus apariencias de tilinguita inofensiva está
siempre erizada como un puercoespín y nada digo del
otro, posesionado como está de su papel de dogo guardián
del honor de la familia que ya ha ladrado fuerte. |
SEÑOR DÍAZ.-
Veo que empiezas a irritarte. Eso ofusca, hija mía.
|
MECHA.-
Sí. A sentirme incomodada. De manera que
sería conveniente apresurar la solución del
conflicto. Necesito tranquilidad y reposo completos. Ya sabes
que no me pertenezco. |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Nervios! ¡Nervios!
|
MECHA.-
Serán los nervios. Hay que calmarlos entonces.
Tú me has ofrecido un asilo. ¡Llévame cuanto
antes, cuanto antes!... Desde allí podemos continuar
la batalla. Te quedas tú si quieres. Yo voy tomándole
miedo a la cara del enemigo. Llévame. |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Ay, ay, ay! ¡Con qué sobresaltos y caprichos!...
Esto es muy sintomático. Ven acá. Dame un beso.
Así. ¡Bravo por la madrecita! |
MECHA.-
No vayas a
pensar que esto es accidental y momentáneo. |
SEÑOR DÍAZ.-
No, no, no. ¡De ningún modo! |
MECHA.-
¿Te burlas?
|
SEÑOR DÍAZ.-
Me has puesto de buen humor, hija. ¡Te
aseguro que tenía una luna!... Bien. Voy a ver como
andan las cosas en el hall... Mucho juicio ¿eh? |
Escena III
|
| ALFREDO.-
¿Vas a salir? |
SEÑOR DÍAZ.-
No. |
ALFREDO.-
Deseo hablar contigo. |
SEÑOR DÍAZ.-
Ordena. |
ALFREDO.-
¿Quieres dejarnos solos, Mercedes? |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Es
un secreto? |
ALFREDO.-
No. Pero no hacen falta testigos.
|
SEÑOR DÍAZ.-
(A MERCEDES que hace mutis.) Hija; no
te vayas lejos porque este muchacho trae una cara muy siniestra
y puedo necesitar tu auxilio... Siéntate. ¿Pendón
de paz o pendón de guerra? |
ALFREDO.-
Depende de ti.
|
SEÑOR DÍAZ.-
Entonces me tranquilizo. |
ALFREDO.-
Tenemos
que hablar muy formalmente. Yo te he respetado siempre he
seguido tus consejos, he aceptado tus ideas subordinando
las mías muchas veces a la autoridad paterna. |
SEÑOR DÍAZ.-
Puedes ahorrarte preámbulos. Al grano.
|
ALFREDO.-
Hace cuatro años hiciste abandono de tu
familia... |
SEÑOR DÍAZ.-
No es exacto. |
ALFREDO.-
Sí.
Sin causa aparente renunciaste a participar de nuestra vida.
Decías que tu misión había terminado
en este hogar. |
SEÑOR DÍAZ.-
Etc., Etc... |
ALFREDO.-
Ahora te vuelves a nosotros. ¿A qué? ¿Qué
quieres? ¿Qué pretendes?. |
SEÑOR DÍAZ.-
Nada.
Mientras no hice falta me mantuve eliminado. Me presento
ahora porque mi autoridad y mi asistencia son necesarias
en esta casa. |
ALFREDO.-
¿Pueden saberse los motivos reales
de tu alejamiento? Porque el pretexto es trivial y no convence
a nadie. |
SEÑOR DÍAZ.-
No hay tal pretexto. |
ALFREDO.-
Bien, entonces, lo diré yo: tú te fuiste enfermo;
un desequilibrio nervioso, cualquier cosa, y allá
en la mansarda te has dejado rumiar por tu mal durante cuatro
años... |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Claro está! Y ahora
vengo, loco, a armar una revolución en mi hogar. Pregúntale
al doctor Pérez si no acabo de decirle hace diez minutos,
que ustedes iban a dudar de mis facultades mentales. Pregúntale.
|
ALFREDO.-
Tus actos no revelan otra cosa. |
SEÑOR DÍAZ.-
Vamos por partes. Cuáles son esos actos. |
ALFREDO.-
Lo que has hecho ayer negándote a aceptar la reparación
que mandó ofrecer Enrique, lo que has hecho esta mañana
sacando en nuestro coche a esa pobre muchacha -en el coche
de la familia, a exhibir su impudor en Palermo y por las
calles más concurridas, desafiando y provocando a
la sociedad agraviada por su falta. Eso acusa más
que falta de sensatez desequilibrio mental. |
SEÑOR DÍAZ.-
En cuanto a lo último tienes razón. Yo no
he debido mancillar el coche de la familia haciéndole
llevar a una pecadora. Me imagino el rubor de los cojines.
|
ALFREDO.-
No quise decir una sandez. Con ese hecho nos incluías
a todos en tu provocación. |
SEÑOR DÍAZ.-
En cuanto
a lo segundo te declaro que mi locura no me ha llevado ni
me llevará al crimen de entregar mi hija a los verdugos.
|
ALFREDO.-
Prefieres entregaría a la perdición
y al vicio. |
SEÑOR DÍAZ.-
Todo lo prefiero, antes de
consentir en una unión que sería para ella
un castigo. |
ALFREDO.-
Se lo habría merecido en todo
caso. |
SEÑOR DÍAZ.-
Que se lo ha de merecer la pobre
criatura que no ha podido mentir ni torturar el instinto.
|
ALFREDO.-
¡Basta, papá! No continúes. ¡No
declames más! |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Declamaciones!
|
ALFREDO.-
Nosotros tenemos necesidad de defendernos y defendernos
de ti. Nuestro decoro, nuestro porvenir, nuestra tranquilidad,
exigen que ese matrimonio se lleve a cabo. Para que nos sigan
considerando y respetando necesitamos guardar las formas
y salvar las apariencias. |
SEÑOR DÍAZ.-
(Exaltado.)
¡Ven acá! ¡Ven acá! ¿Qué consiguen con
eso? ¿Con salvar las apariencias? Tú y tus hermanos
¿habrán dejado de ser los hermanos de una mujer que
violentó la disciplina social? ¿Tu madre habría
dejado de ser por eso la mala madre de una hija que ultrajó
a su clase? ¿A qué quedamos reducidos, ante el concepto
rígido de la moral en vigencia? A una pobre familia,
a una desgraciada familia maculada por un delito anti social,
delito que, por haberse hecho público, jamás
se perdonará. Ya ves que a semejante precio no vale
la pena negociar la dicha de tu buena hermana. |
ALFREDO.-
No discutamos más. No nos convenceremos. Debo decirte
que somos demasiado crecidos ya para aceptar sin beneficio
de inventario el evangelio de la autoridad paterna. He hablado
con mamá y con Laura y hemos determinado hacer valer
esta vez nuestro criterio. Es necesario que Mercedes se resigne
al desagravio, ¡Es forzoso! Ese casamiento debe llevarse
a cabo. |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Pero muchacho! ¡No te acabo de
decir que no se realizará!... |
ALFREDO.-
Se hará.
Con tu asentimiento o sin él. Perdona, papá,
esta rebeldía, pero tú lo has provocado. |
SEÑOR DÍAZ.-
¿Sabes quién soy yo? ¡Pues... yo me
opongo |
ALFREDO.-
¡Hay medios de reducir tu oposición!
|
SEÑOR DÍAZ.-
¡Oh, candidez! ¿Haciéndome declarar
insano? ¿Anulando mi personalidad civil? ¡Oh! Los locos son
ustedes! Te voy a demostrar en el acto que, aún con
éxito, el recurso sería contraproducente. (Va
a la puerta y llama a voces.) ¡Mercedes! ¡Mercedes!...
(Volviéndose.) Interrógala. Preguntále si quiere casarse con
el caballerito eso. (Vuelve a llamar.) ¡Mecha! ¡Cuidado con
violentarla o injuriarla!... |
Escena IV
|
| MECHA.-
¿Llamabas,
papá? |
SEÑOR DÍAZ.-
Alfredo quiere hablarte.
|
MECHA.-
Dí. |
ALFREDO.-
Ignoro si tú sabes,
Mecha, que ayer estuvo aquí Misia Edelmira. |
SEÑOR DÍAZ.-
Lo sabe. |
MECHA.-
Sí. Me contó papá.
|
ALFREDO.-
¡Espero que te habrá contado todo!.. Que
Enrique vuelve sobre sus pasos y desea casarse enseguida.
|
MECHA.-
¡Sí, sí, sí!... |
ALFREDO.-
La
visita de la señora de Álvarez no obedecía
a escrúpulos caritativos. El señor Gutiérrez
me lo ha demostrado esta mañana. Vino a ofrecerme
una entrevista con Enrique quien desea a toda costa sincerarse
con nosotros. ¿Qué piensas tú? |
MECHA.-
Alfredo,
yo... francamente... en estas circunstancias, no sé
que responderte. |
SEÑOR DÍAZ.-
Sí que lo sabes.
|
ALFREDO.-
No intervengas, papá. |
MECHA.-
Mira, hermano:
Yo estoy muy atribulada y después de la catástrofe
no he logrado asentar bien mis ideas. No pongo en duda la
buena voluntad de Enrique. Es lógico que trate de
reparar. Pero el caso es que tengo hecha ya mi composición
de lugar, estoy dispuesta a consagrarle la vida a mi hijo,
y no me hace falta el apoyo de Enrique. Ya no lo amo, por
otra parte. |
ALFREDO.-
Y si no tuvieras más remedio
que casarte, si se te dijera que esa unión nos salva
a todos ¿qué harías? |
MECHA.-
¿Por qué
he de ser yo la sola víctima? |
ALFREDO.-
¡Ah, sí!
¡Pretendes arrastrarnos en tu caída!... Hacernos solidarios
de tu crimen. ¡No faltaba otra cosa! |
MECHA.-
Perdóname.
No sé lo que me digo. ¿Mi sacrificio es condición
indispensable para el bienestar de ustedes? |
ALFREDO.-
Naturalmente.
|
MECHA.-
¿Pero podré imponer condiciones? |
ALFREDO.-
Según el género... |
MECHA.-
Bien. Me caso
con Enrique. Pero siempre que, terminada la bendición
o lo que sea, se me deje en libertad completa. |
ALFREDO.-
¡Oh, eso es absurdo!... |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Sí; hijita!
Absurdo. Para salvar las apariencias es necesario que tú
te cases, que vayas al domicilio conyugal, que aguantes el
mal gesto de un marido por la fuerza, o el gesto sonriente
de una bestia; que compartas la mesa de un eterno malhumorado,
que aguantes sus desaires y sus reproches, ya que no sus
violencias, y cuando el vaso esté colmado, recién
entonces te permitirán ir a buscar un poco de paz
en el seno de los tuyos. Ese es el programa que te espeta.
|
ALFREDO.-
¡No exageres. papá, no mientas! Enrique....
|
MECHA.-
¡Oh! De Enrique no espero mucho más. |
ALFREDO.-
Bien. Contesta categóricamente; que la paciencia
se me agota. ¿Qué resuelves? |
MECHA.-
¡Que no me caso!
|
SEÑOR DÍAZ.-
Bravo, hija, Ya ves, Alfredo, que aun
cuando me hagan declarar loco o incapaz no podrán
consumar el atentado. |
ALFREDO.-
La has sugestionado con
tus extravagancias. ¡Ah! Te advierto que hay muchos medios
para impedir que un hombre prostituya su familia. ¡Podría
arrojarte de esta casa! |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Arrojarme de
mi casa!... |
ALFREDO.-
Sí. Una persona que atenta
contra el decoro y el honor de los suyos no merece otra cosa.
Es un loco o es un pervertido. |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Has perdido
el juicio, muchacho! Insultarme a mí, injuriarme a
mí. A mí que con una palabra, con un soplo
puedo echar abajo el castillo de naipes de nuestro honor.
|
ALFREDO.-
¿Qué quieres decir? Explícate. ¡Te
lo exijo!... ¡Pronto!... |
SEÑOR DÍAZ.-
Anda y pregúntaselo
a tu madre. |
ALFREDO.-
¡Mi madre!.. ¡Oh! Has de probar el
cargo o responderás de esa injuria! (Mutis violento.)
|
Escena VII
|
| SEÑORA DE DÍAZ.-
¿Qué ha pasado aquí
que están con unas caras tan extrañas? |
ALFREDO.-
Mi padre acaba de... ordenarme que te pida cuentas del honor
de la familia. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
(Demudada.) ¡Oh, Eduardo!
|
SEÑOR DÍAZ.-
No es verdad, Jorgelina. Este muchacho
de tan ofuscado no entiende las cosas a derechas.... |
ALFREDO.-
Eso no te lo permito. Has lanzado un cargo. Sosténlo
y pruébalo. |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Bien, bien!. No te
alteres. Saldrás con tu gusto. He querido decirle
que tú, Jorgelina, me has sido infiel. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Qué infamia!... ¿Estás en tu juicio, Eduardo?
¡Oh ¡Ya pasa de los límites! ¿Yo?... ¿Yo?... ¿Yo te
he sido infiel? |
SEÑOR DÍAZ.-
Sí, tú.
Me has engañado. |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Alfredo!
¡Tu padre está loco...loco!... |
SEÑOR DÍAZ.-
No
lo estoy, señora. Y no insistan en eso porque me veré
obligado a... |
SEÑORA DE DÍAZ.-
¡Loco de atar!... |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Oh. No!... (Abre un cajón de su escritorio
y saca un legajo de cartas.) ¡Atrévase señora,
a decir que eso no es suyo!... |
ALFREDO.-
¡Mamá!...
|
SEÑORA DE DÍAZ.-
(Se deja caer en una silla.) |
SEÑOR DÍAZ.-
Me han obligado a ser tan cruel... Pero tenía
que defenderme. Si no lo hago así me nombran un tutor... (Pausa prolongada.)
|
ALFREDO.-
¡Oh, qué repulsivo
es todo esto!... ¡Qué bajo!. ¡Qué innoble!...
Y para ello, para meditar una venganza así, has necesitado
recluirte durante cuatro años, preparar el golpe con
toda perfidia y acecharnos durante meses y meses esperando
el momento en que más pudiera herirnos para descargarlo
a mansalva. ¡Qué cobardía!.. ¡A ti es a quien
tengo que pedir cuenta de nuestro honor, ahora! ¡A ti! ¡A
ti, que has preferido ser verdugo a ser caballero!... |
SEÑOR DÍAZ.-
Continúa. ¡Desahoga tu corazón,
hijo!... |
ALFREDO.-
!Oh! Si ella ha faltado, tu conducta
eclipsa su falta, la purifica. ¡Habla tú! ¡Justifícate
si puedes!... |
SEÑOR DÍAZ.-
No lo intentaré.
(Serenamente, después de una larga pausa.) Ustedes
habían nacido ya cuando Jorgelina me engañó.
Yo la quería mucho y más que a todo adoraba
la paz del hogar en que elaborábamos la dicha común.
Cuando se me presentó el conflicto pasional no tuve
fuerzas para rebelarme. Me acobardó el fantasma de
la vindicta social haciendo presa de mis hijos, y a riesgo
de pasar por un abyecto, -quien sabe si no sigo siéndolo
para mucha gente- apliqué un cauterio a mi herida
de amor propio y continué la vida en común
como si nada hubiera ocurrido. Lo preferí todo a dejar
señalar con un estigma infamante a mis propios hijos.
Pasó el tiempo. El episodio había modificado
mi concepción de la vida. Ustedes crecían y
se educaban en un medio que empezaba a resultarme falso y
convencional pero ya era tarde para llevarlos a la realidad.
Luego mi mentira y la mentira de todos comenzó a mortificarme.
Entonces, huí a la mansarda. Allí habría
acabado mis días sin decir una palabra si no sobreviene
este accidente de Mercedes que me devuelve a la realidad
cruel de la vida. |
ALFREDO.-
¡Por qué no seguiste
callando! |
SEÑOR DÍAZ.-
¡Ese ha sido el error! ¡Hablar!...
Pero no lo hemos perdido todo... ¡Oye, Alfredo! ¡Tú,
oye tú, Jorgelina!... Ya que somos dueños de
la verdad, ¿por qué no edificamos sobre ella un nuevo
hogar?... |
ALFREDO.-
¡Oh!... ¡No puede ser!... ¡Es tarde!.
¡Además, hemos quedado sangrando! |
SEÑOR DÍAZ.-
(Después de una honda pausa, a MECHA.) Vamos, Mercedes.
Vamos los dos... No, vamos los tres, a formar ese hogar con
la verdad de nuestras vidas!...
(Se encamina con ella hacia
afuera.)
|