61
El Censor, periódico político y literario, Madrid, 1821: en la imprenta del Censor, por D. León Amarita, pág. 113. (N. de M. P.)
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Así lo afirma uno de ellos, D. José de Lira, en carta al Sr. de Cueto, escrita desde París en 1859 (Poetas líricos del siglo XVIII, pág. 621). (N. de M. P.)
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La portada prosigue de esta manera:
Con la descripción asimismo de la conducta rapiñadora de los generales franceses y su gran Napoleón, nuestro pérfido regenerador, con el solo fin de que todo español marche veloz a la guerra contra ese vil inhumano francés. (Al final): Córdoba. -Año de 1813. -Imprenta Real, 1813. 4.º Papel de cuatro páginas del cual debo comunicación a mi querido amigo D. Manuel Gómez Ímaz, docto e incansable colector de documentos relativos a la guerra de la Independencia. (N. de M. P.)
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Después de esta descripción en prosa comienzan unos que quieren ser versos, del tenor siguiente:
(N. de M. P.)
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| 64.1 |
Se la dieron después, en 1812. (N. de M. P.) |
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Como todas estas traducciones fueron impresas y reimpresas varias veces clandestinamente, no siempre es fácil apurar las fechas. De las Cartas Persianas conozco dos ediciones, Nimes, 1818, y Tolosa, 1821, aunque hay ejemplares con la falsa data de Cádiz, en la librería de Ortal (dos tomos).
-Emilio o de la Educación. Burdeos, 1817, tres tomos en 12.º; Madrid, imprenta de Albán y C.ª 1821: dos tomos en 8.º Reimpreso hacia 1850 en el folletín de Las Novedades, pero suprimidos los nombres de Rousseau y Marchena para evitar el escándalo.
-Julia o la nueva Eloísa. Cartas de dos amantes habitantes de una ciudad chica a la falda de los Alpes, traducidas por J. Marchena. Con láminas finas. Tolosa, Bellegarrigue 1821: cuatro volúmenes en 12.º francés. Reimpresos en Versalles, Imprenta Francesa y Española, 1823; Barcelona, 1836, imprenta de M. Sauri (otros ejemplares dicen imprenta de J. Tauló): siempre en 8.º Hay otra edición en cuarto, también de Barcelona, 1837, imprenta de Oliveres. No debe confundirse la versión de Marchena con otra que hizo Mor de Fuentes, llena de extravagancias de lenguaje (Barcelona, imprenta de A. Bergnes, 1836-1837).
Novelas de Voltaire. Burdeos, 1819; Sevilla, 1836 (una y otra en tres tomos en 12.º) Hay otras ediciones, entre ellas una reciente de la Biblioteca Perojo (dos tomos en 4.º con un breve prólogo de D. Juan Valera).
Compendio del origen de todos los Cultos. Barcelona, 1820 (parece impresión extranjera); Burdeos, 1821.
Las Ruinas, o Meditación sobre las Revoluciones de los Imperios. Por C. F. Volney. Va añadida la Ley Natural Nueva, traducción en castellano de la última edición del original francés. Por Don Josef Marchena. Segunda edición, adornada con cuatro láminas. Burdeos, imprenta de D. Pedro Beaume, 1822. 8.º
Hay otra edición de París, 1842 (librería de Panckouke). Las Ruinas habían sido ya traducidas al castellano, e impresas clandestinamente en 1797, dando ocasión a un ruidoso proceso, de que habla demasiado rápidamente Quintana en la biografía de Meléndez.
Manual de Inquisidores, para uso de las Inquisiciones de España y Portugal, o compendio de la obra titulada Directorio de Inquisidores de Nicolás Eymerico. Traducida del francés en idioma castellano por J. Marchena; con adiciones del traductor acerca de la Inquisición de España. Montpeller, F. Aviñón, 1819: XII-159 páginas. (Hay ejemplares con portada de Burdeos.) Ésta y la que sigue son las más raras entre las traducciones de Marchena, porque no creo que se reimprimieran nunca.
De la Libertad Religiosa. Traducido del francés del señor A. V. Benoit; por D. Josef Marchena. Impreso en Barcelona. (Puede que así fuese, pero los tipos parecen extranjeros.) Al fin se lee esta curiosa Nota del traductor, la cual prueba que el libro no había sido impreso antes de 1820:
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«En la obra del señor Benoit que presentamos al público español se contienen los verdaderos principios de una sana legislación en materia de religión. Pero habiendo la constitución española privilegiado un culto religioso, nos proponemos dar a luz otra producción original nuestra con el título de «La Tolerancia Religiosa». En ella expondremos los medios que creemos más acertados para allanar el camino que ha de conducir a la libertad de cultos, sin excitar disturbios en la plebe, y especialmente para templar, en cuanto fuere dable, los males que acarrea necesariamente al estado un culto que se ha declarado nacional. Este libro será utilísimo a nuestra nación, porque no sólo determinaremos en él las relaciones que contrae un estado con un culto cualquiera que ha declarado privilegiado la ley, mas también concretaremos nuestras ideas a la religión católica, que es la que la nación española declara nacional, y cuyas relaciones actuales con el Estado tanto importa por consiguiente fijar con exactitud». |
En todas estas traducciones puso Marchena su nombre, y creemos que fueron las únicas que hizo de libros de este género, aunque con ningún fundamento le han atribuido otras, por ejemplo la rarísima de El Contrato Social (Londres 1799), una de la Pucelle de Voltaire (en prosa) que suena impresa en Cádiz, 1820, y otra en verso suelto) de la Guerra de los Dioses, sacrílego, monstruoso y brutal poema de Parny, que se ha impreso en castellano dos veces por lo menos, y cuyo traductor, que a juzgar por el estilo no era lerdo, se ocultó con el seudónimo de Ludovico Garamanta. Algunos la atribuyen al periodista Ramajo, uno de los redactores de El Conciso de Cádiz, en la primera época constitucional.
A la primera edición de las Cartas Persianas, hecha en Nimes, imprenta de P. Durand-Belle, 1818, acompaña una curiosa Advertencia del traductor, que, por no haber sido reproducida en las ediciones posteriores, creo conveniente intercalar aquí:
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«Ridícula cosa fuera detenernos a recomendar el mérito de las Cartas Persianas; que ni necesita de nuestros encomios el nombre de Montesquieu, ni hay en Europa sujeto medianamente instruido que no haya aprendido a venerarle. Las cartas que damos a luz en idioma castellano son un entretenimiento de su esclarecido autor; pero como los juegos de Hércules: siempre en ellos se columbraba el vencedor de la Hidra y el domador del Cerbero. »Fue nuestra primera idea quitar aquellas que aluden a sucesos del tiempo, y estilos que ya han variado; pero en breve reconocimos que perdería de su valor la obra, que en mucha parte se puede mirar como una recopilación de excelentes observaciones, que más que la historia de su siglo son su parecido y vivísimo retrato. »Añadir notas explicativas, a primera vista parecía el medio más adecuado de aclarar pasajes que no pueden menos de hacerse obscuros para quien no esté versado en la historia de los postreros años de Luis XIV y de la regencia de Felipe de Orleans. Mas ¿qué hubieran enseñado estas ilustraciones acerca del sistema de Law, por ejemplo, a quien no sabe cuáles fueron los nunca imaginables sueños de este irlandés y los desbarros de la nación entera que, como en una honda sima, sepultó, digámoslo así, sus caudales todos en el más disparatado juego que puede fraguarse la demencia humana; extraña lotería en la cual todas las boletas perdían y ninguna ganaba? El fragmento del mitólogo antiguo, varias escenas del café, la excelente carta de Usbeck que termina los raciocinios de este interlocutor aluden a este período tan lamentable por sus resultas como risible por los fenómenos que le acompañaron, de la historia de Francia. Las cartas relativas a las disputas entre jansenistas y molinistas, entre antagonistas y partidarios de la bula Unigenitus, no metieron menos bulla, y no sería menos prolija una circunstanciada explicación de ellas. »Permítaseme notar aquí que en España nunca las disputas de religión y política en las postreros siglos han tenido la acrimonia que en Francia. No pende esto de más moderación o más harmonía en los ánimos; mucho menos de una indiferencia, especialmente en cuanto a las primeras, que tan mal se avendría con la universal superstición de nuestro país. Otra es la causa, y muy más deplorable. El despotismo de la Inquisición no sufre reñidas contiendas en asuntos religiosos, que aun en las más indiferentes materias le parecen arriesgadas, porque en breve excitarían los ánimos al examen de cuestiones más altas, en que cifra este tribunal su horrenda prepotencia. Su sangrienta crueldad nunca se ha parado en imponer castigos, y su crasa y supina ignorancia, dejaba chico campo a diferencias de opinión entre sus miembros, que siempre en las cuestiones teológicas seguían el dictamen más absurdo, como en las morales los principios más laxos. La ignorancia de los inquisidores es cosa tan antiguamente conocida en España, que casi desde su institución el dicho «estudia para inquisidor» se ha aplicado a los más zotes de cuantos cursan las públicas aulas; y es sabido que en los colegios mayores (con tanto acierto nuevamente, junto con inquisidores y jesuitas, restablecidos) aquellos colegiales que por su completísima estolidez hubieran deshonrado la toga o la mitra eran provistos de inquisidores. Perdóneme el lector esta digresión procedida de mi entrañable cariño a este tribunal, puesto que la reflexión que la ha ocasionado sea tan obvia. »Sólo diremos dos palabras de esta versión. Distinta es en todo de la del Emilio, distinta de la de las novelas de Voltaire, distinta de la de El hipócrita. Consiste esto en que no es traducir ceñirse a poner en una lengua los pensamientos o los afectos de un autor que los ha expresado en otra. Débense convertir también en la lengua en que se vierte el estilo, las figuras; débesele dar el colorido y el claro obscuro del autor original. Una buena versión es la solución de este problema: ¿cómo hubieran versificado Racine, Pope, Virgilio, Teócrito, Homero en castellano?; ¿cómo hubieran escrito Wieland, Adisson, Montesquieu, Voltaire, Buffon, Cicerón, Tácito, Tucídides, Demóstenes en nuestro romance? La respuesta práctica a esta cuestión ha de ser la versión de aquel de los autores que al público se diere; la solución teórica requiere un tomo entero; aquí lo único que diremos es que el profundo conocimiento de ambos idiomas, cosa tan indispensable, es todavía una mínima parte de tantas como no son menos indispensables. Añadiremos que ninguno es buen traductor sin ser excelente autor, y que todavía es dable ser escritor consumado y menos que mediano intérprete. Verdad es que solamente los dechados perfectos son los que se deben traducir: ¿pero qué, es del caso trasladar a otro idioma composiciones de una insulsa medianía, y peor aún escritos disparatados? Lidie un escritor consumado con Corneille, con Molière, con Tucídides, con Homero mismo cuerpo a cuerpo; traiga a su patria sus hermosuras todas; no le arredre ni la valentía lírica de Horacio, ni sus satíricos donaires, ni la gracia y la concisa exactitud de sus epístolas; atrévase a emular la acabada perfección de la versificación de Racine, y hasta la de Virgilio, si fuere menester; y yo le fío que sus versiones, puliendo y acrisolando su idioma, serán composiciones clásicas, como lo son en Inglaterra la Iliada de Pope, en Italia el Osián de Cesarotti, el Lucrecio de Marchena, el Tácito de Davanzati, y el Homero de Voss en Alemania. »A 14 de Enero de 1819. J. MARCHENA». |
(N. de M. P.)
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Cándido o el Optimismo, traducido por Moratín. Cádiz: imprenta de Santiponce. 1838. 12.º (Creemos falsa la portada: los tipos son los de la imprenta de Cabrerizo en Valencia, y el tamaño el mismo de la colección de novelas que él publicaba.) (N. de M. P.)
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Lecciones de Filosofía Moral y Elocuencia, o colección de los trozos más selectos de Poesía, Elocuencia, Historia, Religión y Filosofía Moral y Política de los mejores autores castellanos, puestas en orden Por D. Josef Marchena... Burdeos, imp. de D. Pedro Beaume, 1820. Dos tomos el 4.º (el primero con 147-460 páginas y el segundo con 656).
El título, y hasta cierto punto el plan de esta compilación, parecen tomados de las Leçons de Littérature et de Morale de Noël y Laplace, que corrían entonces con mucho aprecio para la enseñanza de la lengua francesa en sus clásicos.
La compilación de Marchena salió como en competencia de otra más vasta y mejor ordenada que un año antes habían comenzado a publicar, también en Burdeos, otros dos emigrados españoles: Biblioteca selecta de Literatura Española, o modelos de elocuencia y poesía, tomados de los escritores más célebres desde el siglo XIV hasta nuestros días; y que pueden servir de lecciones prácticas a los que se dedican al conocimiento y estudio de esta lengua, por P. Mendíbil y M. Silvela. Burdeos, en la imprenta de Lawalle, 1819. Cuatro tomos en 4.º El Discurso preliminar es sensato, y erudito para aquel tiempo; pero si carece de las extravagancias del abate Marchena, tampoco tiene sus genialidades felices ni sus atrevimientos ingeniosos. (N. de M. P.)
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«De todos los modernos idiomas (dice en este mismo discurso) es el nuestro el que menos con el francés se aviene... Dejo aparte que es risible empeño el de enriquecer tan abundante idioma como el nuestro con otro que lo es mucho menos, como el francés; y me ciño a apuntar el precepto tan sabido, desde Horacio acá, que los idiomas para remediar sus necesidades han de acudir a su primitiva fuente; y, siendo la del nuestro el latín, mezclado con el árabe, de la lengua latina, de la griega y de la arábiga hemos de derivar los idiotismos y locuciones que necesitaremos, adaptándolos a la índole del castellano». |
(N. de M. P.)
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¡Admirablemente dicho! Si toda la canción estuviese escrita como este sublime rasgo, sería de un gran poeta. (N. de M. P.)
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La obra de estos dos ingenieros españoles titulada Essai sur la composition des machines, cuya segunda edición es de 1819 (ignoro la fecha de la primera), obtuvo los elogios de Monge, y sirvió de texto por muchos años en la Escuela Politécnica de París.
La amistad de Marchena con Lanz hubo de fundarse, no solamente en la comunidad de ideas políticas, sino también en la afición de Marchena a los estudios matemáticos. Aludiendo a esto en su Discurso, dice de sí mismo que «había hecho como el enano de Saturno en el Micromegas de Voltaire, muchos cálculos largos y muchos versos cortos». (N. de M. P.)