La caravana fúnebre que llevaba al Cementerio de Lambaré los restos de Mateo Ruiz, o Mafalda, evocó en el recuerdo de María una escena parecida que viera en una película de Fellini. La vieja madre de —89→ riguroso luto que lloraba con aullidos, y cada vez que amagaba un desmayo, el viejecito esmirriado de cara endurecida que le ponía diestramente bajo el trasero una silla que previsoramente portaba en el lento avance hacia el camposanto.
-¿Es necesaria esta actitud de desafío? -se preguntaba al ver otros
travestis, compañeros o compañeras, según se mire, de la cofradía del muerto. Maquillados, con atuendos femeninos acentuados, desafiantes y conscientes de la presencia de fotógrafos de prensa, caminaban detrás del ataúd como queriendo llevar hasta los bordes de la tumba la razón de sus existencias ambiguas y de la profesión que el Comisario Riveros condenaba con tanta ferocidad.
Había ido al entierro, con una creencia no muy firme en ella, pero que solía leer en las novelas policiales en el sentido de que el asesino siempre se complace en el acto final de su crueldad, y estaría merodeando el sitio, pero observó la concurrencia, más de curiosos divertidos que de dolientes, y por cierto, no vio bajo la sombra obscura de algún árbol, un Buick negro y antiguo.
Decidió que no valía la pena ver más, y subiendo a su Honda Civic volvió a la ciudad, recapitulando los últimos acontecimientos de la familia. El doloroso momento de ir las cuatro a identificar, más por los restos de ropa, el reloj Rolex y los documentos plastificados de la billetera que por algún rasgo humano en aquellos girones, lo que quedaba de Bienvenido Ibáñez, el rápido sepelio y el funeral que mandaron oficiar ese mismo día, y la emoción de depositar aquel ataúd demasiado grande para lo poco que contenía, junto al de mamá -Niní. Todo de prisa, sin solemnidad y hasta sin llantos, como si todas se pusieran de acuerdo en superar la emergencia con la mayor discreción posible.
Sin embargo, recordó aquella anécdota que lo intrigaba, y que sucediera cuando acababan de cerrar el panteón y salían a la alta acera del Cementerio de la Recoleta. Para las tres hermanas, fue sorprendente la emoción de Elida, que hasta entonces se había conservada serena y casi dura y de pronto casi sufre un desmayo, apoyándose en Dina para no caer y exhibiendo una palidez extrema. Todas atribuyeron la debilidad repentina de Elida a la cadena de sobresaltos que venían sufriendo y que culminaba en el poco ceremonioso entierro, pero ella, María, había observado que lo que produjo aquella reacción de Elida —90→ estaba ocurriendo en la otra acera de la avenida, donde Cayo conversaba con un hombre aún joven, alto, que hubiera sido esbelto si no tuviera una panza incipiente. Se había olvidado de preguntar a Elida, si conocía a aquel amigo de Cayo, y por qué lo conmovió tanto.
Más tarde, Cayo se confesó con la familia en pleno. Su madre había fingido el robo para apropiarse del expediente, y a su madre había devuelto aquel fajo de papeles, pero al parecer, la combativa dama había opinado que las hermanas Ibáñez no sabían lo que les convenía, y se estaba negando a hacer reaparecer el expediente, cuya pérdida habría producido un amago de ataque cardíaco al doctor Miguel Rodríguez sin que la buena señora se conmoviera. Ante estas noticias, las hermanas Ibáñez habían decidido que la cuestión ya salía de su control, y literalmente, que se viera el doctor Miguel Rodríguez con su esposa. Decidieron también que no llevarían su sentido del deber moral a correr a avisar al doctor Rodríguez que el expediente estaba oculto en su propia casa, o vaya a saber donde lo tenía la vengativa doña Beatriz.
Finalmente, Cayo les había explicado el cambio en la cuestión legal.
-De hecho -había dicho Cayo- la Financiera nunca anduvo detrás de los restos de Bienvenido Ibáñez, sino de su dinero. Ahora que está certificada la defunción de vuestro padre, creo que van a pedir la apertura de la sucesión, o están a la pesca que la abrieran ustedes para reclamar lo suyo, sin mucha perspectiva si mamá se emperra en ocultar los papelotes.
También les recomendó que ellas abrieran la sucesión, de la cual se encargó y estaba tramitando que provisoriamente, Celia siguiera administrando los bienes, con el consentimiento de sus hermanas.
Entretanto, Celia seguía en la gerencia del Establecimiento, y al parecer, con el doble apoyo de don Narciso, el Administrador General, y también de Cayo, estaban sacando a flote la Empresa, hasta el punto de que algunos depósitos modestos de dinero pusieron bálsamo a la cautela de los bancos donde habían saldos en rojo.
Finalmente, Cayo informó que le había hecho a Celia el honor de pedir su mano, que ella contestó con un rotundo no, y Cayo solicitaba el apoyo de María, Dina y Elida para convencer a Celia de la suerte que tenía al pescar un candidato tan atractivo como él, y que se lo —91→ preguntaran a su mamá.
Recordó con gratitud las muestras de solidaridad de la gente del diario, y hasta Centurión escribió una nota necrológica que la sorprendió sobre el ilustre caballero don Bienvenido Ibáñez, último descendiente de una familia de hondo linaje que dejaba cuatro huérfanas en valiente actitud ante la orfandad inesperada, pero al mismo tiempo un ejemplo de vida y trabajo que constituía la más rica herencia moral para su acongojada familia, y otras frases hechas que marginaron piadosamente el suicidio y los antecedentes morales nada recomendables del occiso. Además, entre frases de consuelo, Carlos Rueda, el bonachón Jefe de Redacción, le había dicho que ya estaba en el periodismo, que su estilo «vendía» y que allí, a falta de un padre, tenía dos, a lo que el Director asentía mientras masticaba su cigarro apagado.
Sólo cuando el Honda pasaba frente a la Embajada norteamericana, María tomó conciencia de que se estaba dirigiendo a la zona donde había visto el automóvil antiguo y negro, y en pleno día. Y cuando alcanzó el semáforo sobre Lilio y Denis Roa, donde había entrevisto el coche aquel, estacionó su pequeño vehículo y entró en un copetín, se sentó en un alto taburete, pidió una empanada que no comió, y una gaseosa que sí bebió. Atendía el limpio local, un señor mayor, pulcramente afeitado, con un fino bigote negro como alquitranado y con el cabello posiblemente ya completamente cano teñido toscamente, hasta el punto de que no sólo los cabellos sino también el cuero cabelludo tenían un acentuado brillo cobrizo. Desde su entrada al local, María había observado que el caballero aquel estaba haciendo un gran esfuerzo para inflar el tórax y chupar la barriga. «Todo un viejo gallo que no se da por vencido» se dijo María.
Fue fácil entrar en conversación con él, porque el hombre estaba ansioso de comunicarle que atendía el copetín sólo porque la hermana estaba enferma y que él tenía altas responsabilidades mucho más importantes.
-Usted no es del barrio, señorita.
-No. Pasa que estoy investigando. Ocurre que enseño en el Colegio Goethe -mintió- y hace unos días, frente a este mismo semáforo, rozó mi cochecito un coche negro, grandote. Me rompió los faros traseros que me costaron carísimo, con la miseria que gano. Hoy no hay clases y se me ocurrió que el mal conductor debe vivir en el barrio. Si le —92→ encuentro, le voy a reclamar el gasto.
-¿Un coche negro, dice?
-Creo que era un Buick antiguo. Muy parecido al que tenía mi abuelo.
-¡Ah! El Buick.
Al oír «el Buick» su corazón casi deja de latir. No «un Buick» impersonal, sino «el Buick» un auto concreto, conocido, instalado en el paisaje.
-¿Conoce a su dueño?
-Vive aquí, a tres cuadras, hacia la autopista. Es el Coronel Corvalán.
«Un Coronel, un profesional de la buena puntería»
-¿El Coronel Corvalán es joven?
-¡Por favor! debe andar cerca de los ochenta. Hace rato que se retiró. Es muy respetado, porque fue de subteniente a la guerra del Chaco y parece que ganó algunas medallas.
-Pero el que me rozó era un hombre joven. Lo vi bien.
-Debe ser Ricardo. Ricardo es su nieto.
¿Y el Coronel Corvalán todavía tiene esposa?
-¿Que tiene que ver con el roce?
-Es que soy muy emotiva. No quisiera poner en aprietos a dos ancianitos. Y menos a un guerrero glorioso.
-Sí, su esposa vive. Doña Teresa. Fue por mucho tiempo profesora de Castellano y Literatura en los Colegios, hasta que se jubiló o no pudo más, no sé. Me cuentan que sigue enseñando en su casa a alumnos atrasados. Y algunos dicen que no cobra. Usted sabe, el placer de enseñar que se hace vicio en las viejas maestras y todo eso.
-¿Me puede indicar la casa?
-Sí, claro, señorita. Si quiere cierro un ratito y le acompaño.
-Oh, no, es mucho pedir. Sólo dígame cómo llego allá.
-Bien, conduzca exactamente tres cuadras hacia la autopista, a la tercera doble a la derecha como cincuenta metros. Está en esa calle. No puede dejar de verla, es una casa antigua, con galería al frente y rejas de hierro en las ventanas.
Abordó su viejo Honda Civic y minutos después, encontró la casa. Casa vieja, de gente vieja que anda en un coche viejo. El jardín delantero bien cuidado, con crotos y rosales, una pérgola sosteniendo —93→ un inmenso jazminero, y el sendero que llevaba al portón bordeado de margaritas en flor. En la galería del frente, gordos pilares sosteniendo imponentes vigas cuadradas de alguna madera extinta de los bosques, y grandes macetas sosteniendo plantas de ornamento, primorosamente cuidados «Una postal antigua» susurró recorriendo con la vista la larga muralla frontal que terminaba en una entrada para autos, cerrado con un recio portón de planchas de chapas y pintadas de verde.
Con sobresalto, notó que un hombre que conducía un Mercedes algo estropeado, la había sorprendido fisgoneando. El coche se detuvo y de él descendió un joven de 25 años, cabello rizado obscuro y espesas cejas negras.
-¿Se le ofrece algo, señorita?
-¿Es su casa?
-Digamos que sí.
La seguía mirando con aire interrogante.
-Soy estudiante de arquitectura -mintió por segunda vez preguntándose si la velocidad para mentir formaba parte de su mentalidad periodística-, me han encargado un trabajo sobre la arquitectura paraguaya de los primeros años de este siglo. Perdón si le he parecido indiscreta o curiosa.
-Por favor, no esperaría eso de una chica de carita tan angelical -replicó el joven que le pasaba la mano, presentándose- soy Ricardo.
-Me llamo María.
-Hola, María.
-Hola, Ricardo.
-Creo que desde adentro observarás mejor la arquitectura. Oye, no veo que traigas tablas de dibujar ni lápices de colores.
-Sólo estaba explorando.
-Bien, adelante.
Le abría el portón de entrada, y María, con el corazón en la boca, se preguntó que iría a encontrar allí.
-Mamá, creo que estás llevando las cosas a extremos peligrosos. Además tu gran acto de beneficencia ha caído en falso. Las hermanas —94→ Ibáñez se han negado a ser deshonestas, como bien lo sabes.
-Ya te lo he dicho, son unas infelices idealistas que no saben lo que les conviene.
-Creo que debes devolver el expediente a papá, y que siga el curso normal de las cosas.
-Piratear los bienes de una familia no es curso normal de nada.
-Es perfectamente legal.
-Es endemoniadamente injusto. Además, te vas casar con la Celia y no está de más una buena dote.
-Celia me dijo que no.
-¿No te ama?
-No sé, pero se deja besar.
-¿Se deja besar o te besa?
-Las dos cosas.
-¿Y entonces?
-Es una chica muy independiente, mamá. Creo que quiere demostrarse algo a sí misma. Realizarse.
-Que yo sepa, una mujer que se casa no se mete en un calabozo. ¿No le dijiste eso?
-No de esa manera, mamá.
-Decile que esta vieja arpía conoce muchas madres de familia que son juezas, diputadas, senadoras y qué sé yo.
-Además hay otras cosas, como que las hermanas Ibáñez parecen no querer romper la unidad de la familia.
-Pero se dejan arrebatar el Establecimiento.
-Dicen que el Establecimiento no es la familia.
-Que tipas raras, hijo.
-¿Vas a devolverle a papá el expediente, mamá?
-No.
-Comprometes mi profesión de abogado, mamá.
-Limítate a ejercer tu profesión de hijo. Y si quieres hacer de abogado, en buena hora. Trabaja la sucesión de Bienvenido Ibáñez y si te hace falta dinero para sobornar a un Juez que adjudique todo a la carrera a las hermanas Ibáñez, vende mis joyas.
-Teóricamente están robadas.
-Prácticamente las tengo escondidas. Además, le dí a la Policía una lista distinta a la que guardé. Se volverán locos buscando collares, —95→ pendientes, anillos, medallones y guardapelos de oro que no existen.
-Mamá, no juegues con eso. El comisario que vino a investigar ya desconfía. Dice que nunca conoció un ladrón que rompa un vidrio para entrar.
-Lo hacen todos los ladrones.
-Sí, pero lo hacen desde afuera hacia adentro. Este ladrón rompió el vidrio desde adentro.
-¡Lo hizo para salir!
-¿Y por donde entró?
-Que lo averigue la Policía.
-El comisario sospecha algo raro. Se lo comunicó a papá y papá sospecha de mí. Y me hace mal, mamá. Las chicas Ibáñez me dieron una lección de firmeza de carácter. Sospecho que no estoy a la altura de ellas.
La vehemente sospecha que había despertado en ella cuando sorprendió la furtiva presencia de Marcelo en el sepelio de su padre, y la conversación con Cayo, fueron los factores que despertaron una desconocida audacia en Elida, que se vistió con severidad, con nada llamativo ni seductor encima, y se dirigió a casa de Marcelo, con la barbilla alta y el gesto decidido de poner las cosas en su lugar.
Una anciana criada de ojos celestes desvaídos, con la boca hundida por falta de los dientes, le anunció con un leve acento alemán que los años no habían borrado, que el «señor no estaba porque había ido al sanatorio a acompañar a la señora». Y después de pensarlo mucho, creyó recordar que era en el Sanatorio Alemán.
Celia vaciló ante la inconveniencia de ir al Sanatorio Alemán, en momentos que podrían ser difíciles para Marcelo, pero venció escrúpulos y tomó un taxi hacia la apartada zona de Puerto Sajonia donde funcionaba la casa de salud.
En el resplandeciente vestíbulo, todo mármol y cromo, absoluta limpieza y empleadas de guardapolvos blancos que se deslizaban silenciosas calzadas con zapatillas de goma, preguntó en la recepción sobre la habitación de la señora de Figueredo.
—96→-Habitación 601. Piso sexto, galería sur -le respondió una recepcionista con voz neutra, sin mirarla siquiera.
Al descender del ascensor, descubrió que el ala sur era en sí misma todo un Hospital completo, y tenía una ventilada sala de descanso con cómodos sillones, gruesa alfombra, la consabida enfermera pidiendo silencio con el índice sobre los labios y el perentorio y poco amable «No fume». Y que allí estaba Marcelo, embebido en la lectura de una edición algo antigua de Mecánica Popular.
-Buenos días, Marcelo.
Marcelo se incorporó de un salto. Susto, sorpresa y finalmente una expresión de alegría brillaron en su cara enrojecida.
-¿Es grave lo de tu madre?
-Un poco grave.
-¿El corazón?
-Los riñones. ¿Te sientas?
Elida se sentó, con las rodillas muy juntas y sosteniendo la cartera, como si temiera que la robaran.
-¿Qué dicen los médicos?
-Nada todavía. Hicieron un montón de análisis, radiografías, tomografías.
-Este parece un buen Sanatorio.
-Costó 40 millones.
-¿De guaraníes?
-De dólares.
«Dios, si me casaba con él seríamos un matrimonio de tímidos» se dijo Elida al comprobar que los dos se iban por las ramas y no abordaban la cuestión más importante. Finalmente, aspirando hondo, se decidió a romper el hielo.
-¿Pagaste la hipoteca?
Marcelo sólo hizo un gesto de asentimiento.
-Entonces la casa es tuya. Estamos dispuestas a transferírtela.
-Vale mucho más de lo que pagué.
-Si es así, podemos ajustar una diferencia, si te parece.
-Me parece correcto, Elida.
-¿Por qué lo hiciste, Marcelo?
-No sé, para ayudar. Conozco los otros problemas del Establecimiento.
—97→-Realmente son problemas graves.
-Eso me parece. Quise ayudar.
-Ya lo dijiste, Marcelo.
-Es que debo decirte más. Mi interés en ti sigue en pie. Creí haber encontrado la mujer de mi vida. Y creo no haberla perdido del todo.
-Ya sabes que mis hermanas necesitan de mí.
-Y sé también por Cayo que esas chicas son muy capaces de cuidarse solas. Lo tuyo es una obsesión.
-¡Marcelo!
-Lo dijo Cayo. Y dijo además que tienes miedo de vivir, de lanzarte al agua profunda, y te escondes detrás de tus hermanas.
-¿Eso dijo Cayo?
Elida notaba una determinación creciente en Marcelo, como si avanzara recogiendo coraje para seguir adelante.
-Eso dijo. Y le creo. Es una buena persona, que admira a tu familia.
-Además es un entremetido y fantasioso -respondió enojada Elida.
-¿Dónde está su fantasía, Elida?
-Eso de que soy un conejito asustado...
-Eso no dijo.
-¡Pretendió hacerte creer!
-¡Lo malo es que le creí! No hubieras desaparecido de esa manera, con una cartita insulsa.
-¡Ahora me insultas!
-No, como dijo Cayo, debo sacudirte para que despiertes a la realidad. Óyeme, Elida. Demos por sentado que tienes vocación de madre. ¿Por qué no los ejercitas con tus propios hijos? Que yo sepa, tus hermanitas son un trío de grandullonas.
-¿Con mis propios hijos?
-Me corrijo, con nuestros propios hijos.
-¿No crees que estás muy acelerado?
-Es que vos tenés 29 y yo 35. Estamos contra reloj, o casi diría contra calendario.
Elida iba a replicar cuando avanzó deslizándose sobre el piso una enfermera que portaba un enorme jarrón de flores que fue a sumarse a otros que casi tapaban la puerta de la habitación 602 donde flameaba una cintita rosada. Los dos quedaron en silencio. «Él 35 y yo 29» se dijo Elida. «Todavía...»
—98→-Creo que este no es el momento ni el lugar para discutirlo, Marcelo.
-Cayo estuvo aquí, y cree tener la solución. Por si no lo sabes, ya ha informado a tus hermanas sobre mi participación en el pago de la hipoteca.
-¡Ellas no me dijeron nada! ¿Y qué más hizo Cayo?
-Hay esta noche una reunión de familia, en tu casa.
-¿Ahora se hace todo a mis espaldas?
-Y también estaré yo. Me invitó Cayo.
-¡Otra vez Cayo! ¿Qué tienes que ver...?
-Me darán a elegir entre quedarme con la casa o quedarme contigo, supongo.
-¿Me estás chantajeando?
-Sí. Pero vale la pena.
-¿Y qué debo elegir yo?
-Entre ser una mamá postiza o una esposa legítima.
-¡Sucede que todos me están manipulando! ¡No lo acepto! Buenos días, y que tu mamá se mejore.
Se marchó con aire indignado, y cuando esperaba el ascensor, Marcelo le gritó.
-¡No olvides que la reunión es esta noche!
Gritó tan fuerte que una indignada enfermera le fulminó con la mirada.
Esa misma mañana, Marcelo solicitó una entrevista con el médico clínico jefe del Sanatorio, que lo recibió de inmediato.
-Me alegra hablar con usted. -Le dijo el médico- Iba a hacerlo llamar.
¿Mi madre está mal?
El médico le miró con cierta curiosidad.
-No, señor, salvo la artritis que debe ser dolorosa, su madre no tiene nada. Iba a decirle que puede llevársela a casa. Este Sanatorio tiene su ética, mi amigo.
-Pero ¿y los riñones?
-No hay nada en los riñones.
—99→-¿Y las pruebas, análisis, radiografías, tomografías y todo los demás?
-Lo hicimos a su pedido, para tranquilizarla. No lo tome a mal a su madre. A su edad, las mujeres suelen ser hipocondríacas. Se creen depositarias de todo los males.
«Nada de eso -se dijo Marcelo- no es hipocondríaca5, es una manipuladora. Parece que voy a morir sin ver a mis nietos... caramba, es como si esperara a que yo saliera a la disparada a buscar la primera mujer embarazable que encuentre».
-Tiene razón, doctor -dijo Marcelo- ha de estar un poco hipocondríaca. ¿Le puedo pedir un favor?
-Diga.
-¿La pueden tener una semana más?
-Usted paga, mi amigo.
-¿Otro favor?
-¿Sí?
-No le diga que está bien.
-Ella ya lo sabe, mi amigo.
-¿Ella ya lo sabe?
-Y nos pidió que no se lo dijera a usted. Pero usted sabe...
-Sí, entiendo, Doctor, la ética.
Elida se había negado a concurrir, pero la insistencia de María, el enojo de Celia y la cara de «esta solterona no tiene remedio» de María, además de un comentario de Cayo lanzado al azar, en dirección a la ventana de algo sobre la cobardía, la convencieron. Cuando entró en la sala tomó nota de que los asientos habían sido dispuestos de manera distinta a la habitual. «Esto parece un tribunal» se dijo Elida.
Las cuatro hermanas y Cayo conversaban de cualquier cosa mientras esperaban con cierta angustia el sonido del timbre anunciando la visita de Marcelo, de modo que cuando este sonó, ninguno pudo impedir un respingo.
Todos dirigieron la vista a Elida para que fuera ella quien recibiera al visitante, pero ella estaba sentada en la actitud de quedarse toda la —100→ vida en el sillón. Fue Dina quien recibió a un Marcelo algo vacilante, y a quien en nada tranquilizó los dos sendos y sonoros besos en ambas mejillas que le propinó la hermosa Dina. María y Celia se levantaron e imitaron su ejemplo, con la evidente intención de demostrar que allí había un clima civilizado y cariñoso, que casi se echa a perder con el frío saludo de Elida.
-Hola.
Apenas terminados de sentarse y hablar del calor de febrero, el cambio de clima y el agujero de ozono, cuando Cayo, se levantó ceremoniosamente y pidió la palabra.
-Queridas chicas. Mi amigo Marcelo Figueredo, fue el que un día me siguió hasta mi casa, se dio a conocer, y me contó que nuestra querida Elida, sin razón alguna le había dado calabazas. Yo, a mi vez, que me reconozco bastante chismoso, que me viene por vía materna, le conté lo que estaba pasando en la familia Ibáñez, y la razón por la cual, Elida, sin que le pidieran se disfrazó de mamá y se sintió mamá con tanta pasión, que relegó su amor por el estimado amigo Marcelo Figueredo Hoffman, que creyó de buena fe, que solucionando el problema de la hipoteca de la casa, Elida se sentiría menos mamá y ella misma, y volvería a los amantes brazos de su prometido. Fue Marcelo el que pagó la hipoteca, haciéndome jurar que no se lo contaría a la familia Ibáñez. La casa pertenece ahora, al menos moralmente a Marcelo Figueredo Hoffman, pero él ha sido claro. No quiere la casa, sino quiere a Elida, y apela a las hermanas.
-¿Puedo hablar? -preguntó Dina.
Cayo le dio la palabra con un majestuoso gesto de juez.
-Dividamos los hechos en dos -dijo Dina- primero la hipoteca. Es del todo real que la casa pertenece a Marcelo, con unos pequeños ajustes financieros. En ese sentido, no hay discusión. El otro hecho es el amor que parece haber entre Elida y Marcelo. No nos incumbe. Es una cuestión sentimental entre dos personas adultas. Pero se da el caso de que nosotras, yo, Celia y María, interferimos de alguna manera esa hermosa relación sentimental. Todas conocemos la naturaleza de esa interferencia. ¿Verdad, chicas?
Celia y María asintieron vivamente.
-Pues bien -prosiguió Dina- estamos profundamente agradecidas a Elida por su noble gesto de convertirse en madre substituta. Pero ocurre que ya tuvimos una madre maravillosa, que ya hemos crecido, —101→ no necesitamos mamá alguna, y para decirlo claramente, le digo a mi querida Elida, mirándola a los ojos como la estoy mirando que su obsesión maternal es agradecida, pero nos molesta, nos irrita y nos duele.
Elida tenía el cara pétrea, crispada. Pero Dina prosiguió implacable, como para dar un tiro de gracia.
-Además -dijo- en la obsesión de Elida hay algo de insano.
Elida rompió a llorar. Desde niña se acostumbró a asimilar la idea de que cuando faltara mamá, ella ocuparía su lugar. Siempre se preparó para eso. Hasta a sus muñecas fueron bautizadas con los nombres de sus hermanas. Y ahora todo se venía abajo.
Mientras lloraba Elida con la consternación de todos, Cayo estaba dando empujoncitos a Marcelo y enviandole señales con el mentón. Por fin Marcelo comprendió, se acercó a Elida, se sentó en el brazo de su sillón, y le tomó la mano. Elida le dejó hacer, y también aceptó el pañuelo que le ofreció Marcelo.
-Parece que todo va ocupando su lugar normal -dijo María- pero aún falta que pensemos un poco en voz alta. La casa pertenece a Marcelo. Pero si como parece, Elida no tiene6 impedimento para aceptar la mano de Marcelo, se me arma un lío mental, porque Marcelo no va sacar a la novia de su casa, que es esta, sino la va a traer a su casa, que también es esta. Con lo que quedo en libertad para buscar un departamentito cerca del diario.
-Y yo ocuparé el departamento que tenía bien amobladito papá, no quiero pensar para qué, en el piso de las oficinas del Establecimiento -dijo Celia.
-Yo también tengo planes de mudarme al el centro -dijo Dina.
-¿Y la familia? -preguntó Elida.
-La familia se reúne todos los fines de semana en casa de la hermana mayor. Lo juramos -dijo Dina.
-Entonces... ¿se casan? -inquirió Cayo a la pareja.
Elida miró a Marcelo, Marcelo hizo un gesto afirmativo y Elida afirmó tímidamente:
-Sí.
-Perfecto -exclamó Cayo asumiendo nuevamente su apostura de Fiscal de la Televisión-. Ahora queda por resolver mi cuestión.
-¿De qué cuestión hablas? -preguntó Celia.
—102→-He pedido tu mano, si no lo olvidaste.
-No, todavía no.
-¡Apelo a tus hermanas!
Esta vez no hubo consenso. María y Dina estaban demasiado imbuidas del sentido de la libertad personal para influir en la decisión de la hermana menor. Respondieron con gestos ambiguos a la apelación de Cayo.
-Parece que necesito más entrenamiento dialéctico -dijo tristemente Cayo.
Esa noche calurosa de un mes de febrero, la familia Ibáñez empezó la inevitable disgregación. La vieja casa familiar que había visto crecer dos generaciones de Ibáñez, vería asomar una nueva, suponiendo que los sueños de Judith Hoffman viuda de Figueredo, de tener un tendal de nietos, se cumplieran.
María no podía concentrarse en el artículo que estaba escribiendo. Su decisión de no tocar los hallazgos que había hecho la suponía la más acertada, sobre todo, después de su incursión a la casa del Coronel Corvalán, y de conocer a su nieto Ricardo. Además, con cierto sentimiento de culpa reconocía que ella había avanzado más que el Comisario Riveros, y que tenía información que como buena ciudadana, pero como mal periodista, debía proporcionar a la Policía.
Centurión, cuya actitud hacia ella cambiaba en la medida en que se ganaba el afecto y la buena voluntad del Director y del Administrador, había hecho un buen trabajo que le ofreció firmar juntos, pero ella rechazó la amabilidad algo interesada de Centurión, a pesar de su admiración por el brillante artículo del compañero de Redacción, resultado de algunas entrevistas, en las horas pecaminosas de los madrugones de la prostitución, realizadas a media docena de travestis, que revelaron esa mezcla de grotesco y de infierno biológico (o genético, rezaba el trabajo de Centurión) que producía esa ambigua especie de seres humanos lanzados a la caza de los viciosos de todo pelaje de la Sociedad «normal». María se preguntó qué frustración o qué fatiga profesional había vuelto tan holgazán a un periodista tan —103→ brillante, y donde se originaba de pronto ese entusiasmo fulgurante que le hacía producir las brillantes columnas que había leído con la firma de Centurión. Las excusas, las rebeldías, la búsqueda desesperada de una identidad que se les escapaba a los travestis, los shocks de las quiebras familiares, la impulso tribal de unirse, eran como piedras disparadas a la cara del mercado lector por la aguda pluma de Centurión, que María admiró y agradeció en la medida en que le daba una perspectiva más realista del problema en el que indirectamente estaba sumergida.
Por su parte decidió guardarse sus informaciones, con la idea egoísta de que ella las descubrió, a ella le pertenecía, y a ella le servirían para un explosivo y deseablemente escandaloso final de su serie de artículos. De tal manera, que lo que estaba escribiendo en la procesadora de palabras, era un relato algo literario, del velatorio y del entierro de Mafalda, o Mateo Ruiz, con sus aditamentos picantes como que el cura de la parroquia se había negado a concurrir a rezar un responso, aduciendo que la homosexualidad estaba condenada por la Religión Católica, y la lucha menor de llevar al travesti muerto a tierra consagrada en el cementerio. Su artículo se detenía morosamente en los detalles del velatorio, la asistencia alucinante de hombres -mujeres que lloraban y tenían en la cara surcos rojos y negros de lágrimas mancilladas por los maquillajes y las sombras para los ojos. Relató con perfiles agudos el dolor de la madre de Mateo, y la cara avergonzada y dolorida al mismo tiempo del abuelo, aquel anciano que caminaba en el cortejo llevando una silla como un viejo Cristo llevando su cruz hacia el Gólgota donde culminaba el sacrificio de su masculinidad herida por el nieto amujerado en mala hora.
Mientras escribía, en el fondo de su conciencia recordaba el momento en que de la mano de Ricardo, penetró en la casa antigua y maciza del Coronel Corvalán.
El viejo estaba en el patio, debajo de una frondoso árbol de mango, vestido solamente con un pantaloncito deportivo y nada más, torturando su viejo cuerpo flaco y nervudo en una barra de gimnasta, a cuyas exigencias los añosos músculos de 80 años respondía tensos, con un vigor casi milagroso. El cabello totalmente blanco, cortado al estilo militar, la mirada dura y firme, el Coronel Jorge Corvalán, aún desnudo, tenía toda la planta de un militar que hace mucho había —104→ abandonado el cuartel, pero traía el cuartel en cada fibra de su cuerpo, en su actitud, su dureza y su parquedad.
-Abuelo, tenemos una visita.
El Coronel la miró con aire ausente, le estrechó la mano y María sintió que los huesos le crujían atenazados por aquel saludo de soldado de hierro. Después, simplemente, el anciano se dedicó a sus ejercicios, como si no existiera nada más importante en el mundo.
Penetraron a la casa, en dirección a la sala, pasando por la biblioteca, donde había más armas en verticales armeros protegidos por cristales, que libros en los estantes. María no conocía nada de armas, pero a juzgar por el pulido de los metales y de las maderas, todas deberían estar en perfecto funcionamiento, de modo que, se dijo, allí había armas para acabar con todos los travestis del mundo.
-Qué hermosas armas -disparó un tiro por elevación.
-Son todas de abuelo. Es militar retirado. Su pasión son las armas.
-Yo no sé nada de armas, me dan miedo. Si me preguntaras donde está en este arsenal un rifle, no sabría decirlo.
Ricardo se había acercado a un armero especial, donde reposaban unas armas de fino diseño, largo caño y liviano aspecto.
-Estos son los rifles.
Abrió la vitrina vertical y extrajo una rifle, y con ese toquecito de orgullo machista de manipular un arma delante de una muchacha que les tiene pavor, le dictó toda una conferencia, manipulando cerrojos, cargadores y miras con seguridad masculina.
-Este es una Remington automática, muy precisa -dijo- y este es una Breno a cerrojo, fabricado en Checoeslovaquia. ¿Sabes que los checos son los mejores fabricantes de armas? El que ves allí es una Colt y ese más alto, es el rey de los rifles, un Winchester.
-¿Están cargados? -preguntó María con aire temeroso justo a la ocasión.
-Por cierto que no.
-¿Pero funcionan?
-Claro, abuelo las pone como recién salidas de fábrica.
Pasaron a la sala, una enorme habitación recargada de muebles macizos, antiguos, lustrados hasta la exageración, inundados de carpetitas tejidas a mano al crochet, y en las paredes, rodeando una solitaria fotografía de casamiento de un joven teniente vestido de gala —105→ y una rubia regordeta y feliz, otras viejas estampas de la vida militar del Coronel Corvalán, en el Chaco, en patios cuarteleros austeros, en desfiles con uniforme de gala, y por fin, otra fotografía de casamiento, donde la joven pareja pasaban debajo de un arco de triunfo formado por las espadas de los camaradas del novio.
La sala era sombría, fresca, íntima y acogedora, un gran reino del silencio y de la memoria de tiempos pasados, donde todo era decoroso, ennoblecido del señorío que dan los años, y donde inevitablemente María se sintió incómoda por la serie de mentiras que la había llevado allí, donde todo respiraba las últimas verdades de dos vidas que se marchaban al ocaso.
Allí conoció también a la abuela Rosario, esposa del Coronel Corvalán. Vivaracha, gentil y no vencida por el reumatismo, que acogió a María como a un ángel venido del cielo, y corrió a la cocina a preparar una serie de bocadillos con jugos de frutas frescas.
-Tienes una familia hermosa, Ricardo.
-Pero adivino que estás intrigada, abuelos y nietos.
-Tus padres...
-No tenemos padres. ¿Recuerdas aquel accidente aéreo en día de Año Nuevo en que el avión se estrelló contra las montañas en La Paz?
-Sí.
-Allí murieron nuestros padres.
María tomó nota de que Ricardo hablaba de «nietos» y «nuestros padres».
-¿Tienes un hermano?
-Un hermano menor, sí. Ocho años menor.
-¿Dónde está?
-Prefiero no hablar de eso. Además, has venido a conocer la casa, no a la familia.
El tono desabrido no escapó de María. La mención del hermano menor irritaba a Ricardo.
-Perdón si fui indiscreta.
-Perdón si fui descortés.
Se rompió el momento difícil cuando reapareció la abuela Rosario con una bandeja llena de bocadillos y una gran jarra de jugo de naranja. Comieron y bebieron con apetito, mientras doña Rosario, sentada en —106→ su sillón como un Buda femenino y sonriente contemplaba la pareja como si por primera vez en su vida viera a una hermosa jovencita gozando de la hospitalidad de la casa.
-Tiene una hermosa casa, señora.
La observación abrió las válvulas de una alguna contenida ansia de comunicación que parecía padecer aquella señora que había presidido clases de cuarenta alumnos bullangueros y pendientes de su misión docente. Contó la historia completa de la casa, con un río de informaciones familiares que llegaban y pasaban como fugaces pantallazos de una memoria aún precisa y evocadora.
-La construyó mi bisabuelo -dijo- Gumersindo Alcaraz, que contrató a un arquitecto italiano que acababa de llegar al país. Mi bisabuelo Gumersindo fue Constituyente de 1870, con sólo 21 años de edad. La construcción terminó el 28 de agosto de 1891, y el 21 de setiembre de ese mismo año, día de la Primavera, saben, el bisabuelo cuarentón se casó y trajo a vivir aquí a mi bisabuela, Dorotea Del Carmen Servin, hija mayor del Coronel Servin, que había sobrevivido en Cerro Corá, pero murió en 1875 en una pelea con los negros de la ocupación brasilera. Gumersindo y Dorotea tuvieron dos hijos, Mártires y Juvenal, Mártires que acababa de recibirse de médico en Montevideo, murió en la epidemia de gripe que hubo aquí allá por 1920, no recuerdo bien pero mató mucha gente. Y Juvenal es mi abuelo, casado también cuarentón como su padre, con Elena Goiburú, una paraguaya que estudió magisterio en Buenos Aires y regresó a fundar en Asunción una Escuela. Hay una calle que lleva su nombre -terminó con orgullo.
-Abuela, la señorita estará cansada -aventuró Ricardo.
-No. No, es apasionante -replicó María.
Obscuramente, sentía que debía conocer las raíces de una casa y de una familia de donde salían tiradores a matar travestis. Entusiasmada, doña Rosario prosiguió: «Juvenal, que también era maestro y creo que con la presidencia de Manuel Franco fue Director General de Escuelas, y Elena, tuvieron dos hijos, Marcial y Verena Alcaraz. Mi tía Verena, tengo las fotografías, se las voy a mostrar, era una belleza y se casó con un diplomático francés, enviudó en París y entró en un convento donde llegó a ser abadesa. Marcial, mi padre, viajó a Venezuela donde estudió toda la obra didáctica de Andrés Bello, y volvió a nuestro país a enseñar Castellano en los colegios, en las mismas cátedras que dejara —107→ mi abuelo Juvenal al morir. Mi abuelo Juvenal había publicado textos de enseñanza de Castellano, que después mi padre enriqueció con la doctrina de Bello y son textos que se usan hasta hoy en los colegios. Marcial Alcaraz se casó con Albina Rojas, mi madre, que llegó a ser Directora de la escuela Normal, y de ese matrimonio nací yo, Rosario Alcaraz, y sin varón a la vista, termina la estirpe de mi bisabuelo Gumersindo. Fui devota discípula de mi padre, y enseñé castellano hasta que me jubilaron, a destiempo, creo».
-Merece un aplauso -dijo espontáneamente María, y la vieja dama rebosó satisfacción por todos los poros. Los olvidados fantasmas de su pasado de luz habían subido al escenario de la memoria, y he aquí que una jovencita los aplaudía.
-Después de soportar tu historia, la señorita merece que la invitemos a almorzar -dijo Ricardo.
María aceptó y la imprevista invitación originó otra entusiasta carrera de doña Rosario a la cocina.
Después del almuerzo, que presidió el Coronel Corvalán, ya duchado y vestido con un piyama celeste abotonado hasta el cuello como si fuera un uniforme de servicio, Ricardo habló de sí mismo, tomando café en la galería de la casa, y después de que el joven recordara a su abuela que los seguía a todas partes y parloteaba aún sobre el bisabuelo Gumersindo, que debía hacer la siesta, según el reglamento conyugal que el Coronel parecía aplicar puntillosamente.
Así, Ricardo le informó que era doctor en veterinaria, y confesó con cierta desconfiada vergüenza que en el patio contiguo tenía un hospital de perros y gatos abandonados, además de una clínica para animales domésticos de lujo, y que vivía de eso, soñando con un futuro en que pudiera aplicar sus conocimientos profesionales a actividades más importantes.
De su misterioso hermano menor no dijo una sola palabra. Y finalmente, invitó a María a conocer su clínica. Cruzaron todo el gran, patio arbolado de la casa donde las cigarras trizaban el silencio de la siesta, y a través de un portón de apretadas rejas penetraron en la propiedad adyacente, donde más de una docena de perros jubilosos, de todo pelaje y en diversos estadios de curación de la sarna, de mordiscos, palos, pedradas y quemaduras de agua caliente, corrieron a hacer fiestas y a morder los bordillos de los pantalones de Ricardo.
—108→-Aquel es el edificio de la clínica -decía Ricardo.
Pero María no miraba el edificio, sino a un coche negro de pesadas líneas y de poderoso aspecto, obviamente el Buick de ocho cilindros en línea, que reposaba a la sombra de un espeso limonero, a cubierto de toda mirada indiscreta desde la calle. La chapa identificatoria, aunque del año, estaba curiosamente oxidada y los números eran apenas visibles.
Más tarde, camino a su casa, María se debatía en el problema existencial más complejo e intrincado de su vida. En aquella casa vivía un héroe militar y una heroína de la educación de hondo linaje, un hombre idealista que recogía animales abandonados, y un misterioso hermano menor. De allí sólo podía proyectarse vida y amor. Sin embargo, había visto reposando la bestia obscura, el Buick poderoso y fantasmal que salía a sembrar muerte en las madrugadas de Asunción. Más tarde, llamó al Comisario Riveros.
-Hola
-Soy María, Comisario.
-¿Qué datos va a ocultarme ahora, señorita periodista?
-Depende lo que me ilustre, Comisario.
-¿Sobre qué?
-Sobre rifles.
-¿Qué hay de los rifles?
-Todo.
-Bueno, si le digo al respecto... ¿me va a contar algún descubrimiento suyo?
-Prometido.
-Todas las balas disparadas contra los degenerados salieron del mismo rifle.
-¿El rifle puede ser de cualquier marca?
-Todos los rifles usan el mismo proyectil, calibre 22. ¡Eh! ¿Qué sabe usted?
-Algo, Comisario, pero dígame por qué oí un retintín de sorpresa en su voz.
-Le cuento. Los proyectiles que se dispararon contra los dege... los travestis son raros. Parecen provenir de un rifle especial, por las marcas que dejan las estrías en el plomo, ¿entiende?
-Ni medio, pero si usted lo dice. ¿Pero qué es un rifle especial?
—109→-Bueno. Hay rifles hechos a mano por armeros artistas. O de marca poco común.
-¿Remington es una marca común?
-Sí, es la más corriente.
-¿Breno, Winchester?
-No corresponden a los proyectiles. ¿Pero de donde está llamando? ¿De una armería?
-De mi casa. ¿Un Colt?
-¿Qué dijo?
-Un Colt.
Se produjo un silencio al otro extremo de la línea. «Un silencio cargado» se dijo María.
-Señorita periodista -dijo finalmente el Comisario en tono formal- si usted conoce quien tiene, ha visto u oído de un rifle Colt 22 Especial, ¡tiene la obligación de proporcionar inmediata información a las fuerzas del orden! ¡Hola! ¡Hola!
Sin contestar, María estaba colgando lentamente el tubo telefónico.
Para fines de marzo, el laborioso trabajo que le había encomendado la Fundación Goethe estuvo terminado, traducido al alemán y enviado a Alemania. Cuando el doctor Aparicio Montes le felicitó algo más calurosamente que lo necesario, Dina reconoció interiormente que sin la ayuda de Braulio y el entusiasmo de las dos jóvenes estudiantes de Derecho, Jazmín, una hermosa morena de origen árabe, y Elisa, espigada rubia de padre francés, que se habían lanzado valientemente a la zona rural con libretas de apuntes, grabadoras y cámaras fotográficas, nunca hubiera completado el voluminoso informe que estaba mereciendo las felicitaciones del doctor Aparicio Montes. Por añadidura, ayudando a las chicas que operaban las computadoras, Dina había aprendido rápidamente, con esa cualidad misteriosa de las personas dotadas para conectar su cerebro con el cerebro electrónico, a manipular los diversos programas de las poderosas IBM con que contaba la Fundación.
-Ya no soy la analfabeta del año 2000 -se dijo a sí misma recordando —110→ la sentencia de un añoso Profesor de la Facultad, de que los «analfabetos del año 2000 serán los que no manejan computadoras y no saben inglés».
Con el inglés aprendido en el Instituto de Idiomas de la Facultad en los tiempos de la Universidad, se manejaba perfectamente.
Por todas esas consecuencias de un trabajo aceptado con audacia y realizado con suerte, Dina se sentía agradecida, y en mayor medida, porque los datos recogidos sobre la pobreza en general, los dramas de la necesidad y del hambre, de la miseria y la desmoralización, le habían dado una perspectiva más madura de lo que era la Sociedad en la que soñaba incursionar como política, sin tener de la política otra idea que la de una competencia descarnada por el poder, sin más proyección que hacia la imagen y la notoriedad, y con abstracción completa de lo que significaba la misión, el servicio, el reconocimiento de los territorios terribles de la injusticia social, y la aprehensión de una realidad desgarrada que el político necesariamente debía conocer, administrar, y con ayuda de Dios, corregir.
Terminada la misión, la Fundación le dio un trabajo más cómodo, de oficina, que consistía simplemente en recopilar toda opinión publicada en los diarios del país, sobre la situación socio-económica y política en general.
-Para este trabajo no necesito más que una tijera -se quejó en voz baja, pero se conformó con la rutina con la convicción de que el resultado de su trabajo le abriría perspectivas más amplias, como efectivamente sucedió, cuando el doctor Montes le convocó a su oficina.
-He recibido una carta de Alemania que te concierne -le dijo provocando un aceleramiento de palpitaciones en su corazón.
-¿Sí?
-Pero antes, mi querida Dina, quisiera hablarte de algo que concierne a mí -agregó Aparicio.
-No veo la relación, Aparicio.
A esta altura de las cosas, después de aceptar algunas invitaciones a cenar de su Jefe, y hasta de ir a bailar un par de sábados en el piso 13 del Hotel Guaraní, ya se tuteaban. Y hasta allí llegaba la intimidad, por el bloqueo amable como una flor y firme como una roca que Dina oponía cortésmente a toda incursión de Aparicio al terreno sentimental, y una sola vez, para aleccionamiento definitivo de Aparicio, en el —111→ terreno sexual, que se esfumó súbitamente del repertorio de pasiones del hombre, cuando ella susurró como quien no quiere la cosa, la erizada palabra «acoso».
-Tienen relación las dos cosas, Dina. De hecho, están imbricadas. Es lo uno o lo otro -aclaró en tono pedante Aparicio.
-¿Por qué no dejas de hablar como un crucigrama?
-Lo uno, te ruego aceptes casarte conmigo. Lo otro, te invitan a un curso de especialización de dos años en Alemania.
-A lo uno, no. A lo otro, sí.
-¿Es definitivo, Dina?
-Totalmente, Aparicio.
-Quisiera conocer los motivos de tu rechazo, Dina. Y puedes golpear sin piedad, somos adultos.
-No es rechazo, Aparicio, sos un hombre atractivo y cualquier mujer se sentiría honrada con ir contigo al altar, llevar tu apellido, tener tus hijos, cocinarte y lavarte la ropa. Es que yo no estoy organizada para eso. Por ahora, no está en mis planes ser ama de casa, como tampoco una esposa moderna, de las que se encuentra a la noche con su marido, después de las jornadas de trabajo y planifican para no tener hijos inoportunos. Respeto a esa clase de pareja, pero no es para mí. Además, hay algo fundamental, Aparicio. No te amo.
-¿Por qué?
-Digamos que no sos mi tipo.
-¿Qué tipo soy?
-¿No te vas a ofender?
-Palabra.
-Sos el tipo ideal para una mujer maternal, de aquellas que felices ponen el hombro para que su maridos lloren, y tienen un enorme repertorio de palabras de consuelo.
-No sabía que...
-Déjame terminar, ya que me lancé. Aparicio, respeto el dolor de tu desgracia, pero lo que no acepto es que vivas compadeciendote a ti mismo, o usando tu infortunio para alguna especie de chantaje sentimental. Vos no querés una mujer que te quiera, sino que te consuele, que recuerde contigo lo hermosa que era tu hija y lo dorado que eran sus rizos. La pobrecita inocente merece algo mejor de su padre, Aparicio. Además, he leído alguna vez que la virilidad consiste —112→ en guardar el dolor para sí mismo. ¿Qué hay de la beca?
Sin decir palabra, Aparicio le extendió el sobre, empujándolo con una regla hacia ella, y cuando Dina se marchaba a buscar a una de las chicas que le tradujera la carta del alemán, podía jurar que los ojos de Omar Shariff estaban más húmedos que de costumbre.
Con la velocidad que habría aplaudido Beatriz, su madre, Cayo estaba llevando adelante la sucesión de Bienvenido Ibáñez. Por alguna razón, la Financiera no había demandado a la sucesión, y los bienes iban en camino a ser herencia de las hermanas Ibáñez, pero otras emergencias ocupaban el tiempo y la mente de las muchachas. Los preparativos de la boda de Elida con Marcelo, como del próximo viaje a Alemania de Dina, y de la mudanza que proyectaban María y Celia, las tenía abrumadas. María había llegado a un acuerdo con Celia para compartir el departamento del edificio del Establecimiento, después de una fumigación completa que las jóvenes esperaban que borrara todo rastro de la utilización pecaminosa que había hecho Bienvenido Ibáñez del departamento.
Celia, con un creciente entusiasmo por los razonables resultados obtenidos con la ayuda de don Narciso, había viajado al Establecimiento, conversó con capataces y peones, y todos, con esa sabiduría rural que siempre da en el blanco, le habían dicho «patrona, si se maneja bien y nos atienden un poco a nosotros aquí hay mucha riqueza». Además, los rústicos trabajadores habían cuidado razonablemente del ganado, esperando tiempos mejores y sacrificando algunas reses para comer. Esa Estancia era su trabajo, y abandonarla equivalía a la desocupación, y mucho hacían para tenerla funcionando. Además, la Providencia apareció en forma de un anciano borracho que una noche pidió posada y resultó ser un «Idóneo Veterinario» frustrado de su profesión y de la vida, que encontró agradable el universo de la Estancia, y decidió quedarse a trabajar allí a cambio de comida, empleando su dinero sólo para la diaria botella de caña que lo mantenía vivo. «Patrona, e guapo cuando no etá tomado», le informaron, dándole detalles de las tareas de sanitación que había efectuado oportunamente don Armindo Soler, —113→ que así se llamaba aquel hombre providencial.
Por Elida, se enteraron de que ante la noticia del casamiento de Marcelo, Judith curó velozmente de sus males renales, censuró acremente a la liviana Brunilda Beckembauer que había roto su compromiso con Marcelo para casarse con un conde alemán según le explicó Marcelo, y después de alguna resistencia, y sólo cuando vio el título de propiedad en manos de Marcelo, aceptó mudarse con su hijo al antiguo solar de los Ibáñez, cuando se establecieran allí. Dina había tomado un curso acelerado de alemán básico, Celia dependía cada vez más del eficiente don Narciso, y María se sentía devorada por la duda y otros serios conflictos interiores.
-Miguel, el expediente lo tengo yo.
-Eso sospechaba, por eso decidimos no demandar a la sucesión de Bienvenido Ibáñez. Estaba esperando que dejaras de jugar al Robin Hood con polleras. Nunca vi nada más torpe que tu simulación de un robo. Le tuve que sobornar al Comisario para que no te denuncie.
-Que tenga yo el expediente no quiere decir que lo tengas vos.
-¿Cuál es el chantaje ahora, querida mía?
-Ante de ponerte un precio, quiero contarte una historia.
-Venga la historia.
Beatriz sintió una gota de compasión al ver las grandes bolsas bajo los ojos de su marido, y en toda la cara, la carne que parecía ir separándose de los huesos. Era un accionista importante de la Financiera, pero no toda la Financiera era suya. Habían otros grandes intereses, y la desaprobación unánime por la pérdida del expediente provocó en don Miguel un daño moral y una depresión que Beatriz no había previsto. Sin embargo, se prohibió seguir compadeciendo.
-Entregué el expediente a las hermanas Ibáñez -dijo.
-¿Qué hiciste?
-Ellas lo devolvieron.
Nunca como entonces vio tanta consternación y asombro en la cara de su marido.
-No consideraron correcto salvar sus bienes de esa forma.
—114→-¿Que no consideraron correcto, dices?
-Todavía hay decencia en este mundo, Miguel.
-¿Y el expediente?
-Lo tengo yo.
-¿Me lo vas a devolver?
-Sí. Pero quiero recordarte algo, Miguel. Los poemas con que me enamoraste. Nuestro matrimonio se basó en la mentira. Cuando debías pedirme perdón, reíste como si me hubieras hecho un gran chiste intrascendente. Hiciste que me casara con un hombre que no era el que yo amaba. Vos eras dos personas, el que escribía poemas hermosos, y el que pagaba a un pobre infeliz para que los escribiera. Me casé con el hombre equivocado. Ahora tienes oportunidad de rehabilitarte.
-Decime cómo.
-Siendo poeta, no financiero. Un hombre de sentimientos, no de números. Solamente así, después de 25 años de matrimonio, ganarás mi respeto y tal vez haya un poco de paz en esta casa.
-¿Qué quieres que haga?
-Eso lo dejo a tu conciencia.
Diciendo esto, Beatriz subió con su inagotada gracia femenina las escaleras del altillo, abrió el viejo arcón que fuera baúl de viaje de la abuela y estaba llena de semiborradas etiqueta de hoteles ya desaparecidos de Londres, Berlín y París, y de sus profundidades extrajo el expediente.
Sin decir palabra, fue a entregárselo a Miguel.
Completó la mudanza al departamento del Establecimiento que iría a compartir con Celia y se instaló cómodamente, en el centro y muy cerca del diario, y hasta encontró en la cochera del edificio un lugar que todavía tenía en la pared, el nombre de Bienvenido Ibáñez. Lo cambió por el de María Ibáñez y estacionaba el estropeado Honda Civic allí. En la casa sólo quedaban Dina y Elida, y pronto la primera viajaría a Alemania y María no quería pensar en cómo reaccionaria Elida al encontrarse sola en la gran casa.
-Ojalá los preparativos de su boda la aturdan lo suficiente para no —115→ ponerse a llorar todo el día -pensó.
Sentada en el gran diván cerca de la ventana, vestida con buzo de algodón, shorts y zapatos de tennis, esperando a Ricardo que vendría a tomar el té y después ir a caminar, recordaba los dos encuentros posteriores que tuvo inicialmente con Ricardo. En el primero, fueron a caminar en el Parque Ñú Guazú. El segundo fue para cenar en un restaurante alemán del barrio Herrera de donde salieron indigestados con el «Eisbein con Chucrut». No había insinuación sentimental alguna en la actitud de Ricardo, y María lo agradecía en la medida en que una relación de ese tipo la involucraba con una familia a la que a todas luces iba a aplicar una puñalada por la espalda.
Porque todo apuntaba al viejo Coronel, como el asesino en serie de los travestis. Frases aisladas, recogidas de su conversación con Ricardo, iban confirmando sus sospechas, que no participaba en absoluto al Comisario Riveros, a pesar de las insistentes llamadas telefónicas del policía, y hasta de una carta con tono oficial que le enviara requiriendo, «para bien de la comunidad y el castigo ejemplar de la delincuencia que revele los datos que tenga sobre un Rifle Especial Colt 22...» añadiendo un poco más adelante que tenía «gran respeto al Cuarto Poder, pero el periodismo no tiene por qué obstruir la Justicia».
-Los abuelos tienen una manía -le había dicho Ricardo mientras caminaban y sudaban en el Parque Ñú Guazú-, abuelo tiene que demostrarse que aún tiene reflejos juveniles, y abuela lo acompaña.
-¿En hacer qué?
-Saca su viejo Buick después de medianoche y pasean, evitando la locura del tránsito. Abuela ya debe saber de memoria todos los cuarteles y unidades militares donde estuviera de servicio abuelo. No me preocupo por ellos. El coche es un verdadero tanque. Además, yo les cuido el auto. Cambio de aceite, cargar combustibles, etc.
«Mi querido Ricardo, tu abuelo sale a matar travestis en compañía de la dulce abuela, y llevando un rifle Colt que tiene loco al Comisario», quiso replicar María, en medio de todo, satisfecha de que Ricardo no parecía tener la menor idea de las actividades nocturnas de la venerable pareja.
En otra ocasión, Ricardo había mencionado a su hermano menor, como Óscar, «ese infeliz», lo que la llevó a meditar sobre el significado —116→ de la palabra. Los paraguayos decimos infeliz a un malvado, y también a alguien que ha caído en desgracia. ¿En qué categoría estaba Óscar?
«Supongamos que quiso decir que Óscar cayó en desgracia -meditaba-, entonces por qué el tono de repulsa en la voz del buenote de Ricardo. No se impreca contra los desgraciados, se los compadece. Por lo tanto, puede ser un malvado. ¿Pero qué maldad puede cometer un chico de 16 ó 17 años? ¿Y donde está?
Se sentía perdida, pero continuaba: «Vamos a rebobinar esto empezando por algo distinto. El abuelo mata travestis. Es viejo y militar, con la misma mentalidad que el Comisario Riveros con respecto a los pobres diablos ambiguos. Pero a su edad resulta imposible convertirse en Charles Bronson el Justiciero Solitario de la Sociedad y salir a limpiar las noches de lo que considera degeneración intolerable. Para complicar más lo acompaña la dulce abuela Teresa. La dulce abuela Teresa comparte con él algún tipo de sacrificio ritual. ¿En aras de qué? ¿De Óscar? ¿Y que le pasó a Óscar? Pensemos de nuevo. Busco dos puntos de referencia. El primero: travesti. El segundo, adolescente. ¡Eureka! Óscar fue corrompido y se volvió travesti, o homosexual. Saltaron a los viejos poros del Coronel Corvalán el orgullo machista del soldado y el acerado filo del honor militar y familiar violados hasta lo insoportable, degradado hasta el abismo por un nieto degenerado. Conclusión, el Coronel no puede matar al nieto, pero puede matarlo simbólicamente en cada travesti que recibe una bala de Colt Especial 22 entre los ojos. Pero... ¿Por qué lo acompaña la abuela? Las abuelas no matan nietos ni por interpósita persona. María no sirves para Sherlock Holmes».
Lo malo era que sus artículos en el diario iban cada vez más por las ramas, pero el Jefe de Redacción, don Carlos Rueda, ni el Director se quejaban. María tenía la justificación de que la investigación policial estaba en punto muerto, de modo que pidió permiso para escribir una serie sobre la pobreza de los barrios marginales que gustaba mucho al Director, y que ella plagió descaradamente de los borradores del trabajo de Dina, que lo había dejado abandonado en la sala. «Total, todo queda en familia» había tranquilizado su conciencia.
Cuando llegó Ricardo, ella preparó rápidamente una merienda liviana para dos. Discutían en qué coche iban, si en el Honda Civic de Ella o en el Mercedes de él, cuando sintieron accionar la llave en la —117→ cerradura, y apareció Celia. Fue un momento mágico que hombres y mujeres recuerdan toda la vida. Celia quedó pasmada mirando a Ricardo, y Ricardo no sabía que hacer con las manos mirando a Celia.
-Vaya flechazo -murmuró María presentándolos.
Tomaron té con masitas. Celia mencionó el establecimiento e inmediatamente Ricardo se lanzó a una nutrida disquisición sobre los logros genéticos modernos, la prevención de la aftosa y la mosca de los cuernos, la sanitación, la desparasitazación y la aplicación prudente de los vermífugos más adecuados, para terminar confesando que como doctor en Veterinaria, tenía una Clínica y un asilo de perros y gatos abandonados, a los que aplicaba métodos científicos de recuperación, incluso apelando a la Sicología Animal, una ciencia en la que también se consideraba experto. Celia escuchaba con la misma atención que prestaría a Einstein explicando la Teoría de la Relatividad, asintiendo como una alumna atenta. «Aquí comienza un romance ganadero» pensó María.
-Tanta cháchara sólo para mirarse a los ojos. Pobre Cayo, te van a dar calabazas -se dijo después.
Decidió marcharse a caminar sola, sin ninguna objeción de Ricardo, y cuando se marchaba, oyó que Celia invitaba a Ricardo a visitar el Establecimiento.
Siguiendo los consejos de don Narciso, Celia había visitado los dos bancos donde el Establecimiento tenía sus saldos en rojo, y en ambos encontró buena voluntad, tal vez por la admiración que despertaba la joven ejecutiva que afrontaba valientemente tantas desgracias. Los saldos negativos en Cuenta Corriente, fueron transformados en créditos a tres años de plazo, con pequeñas amortizaciones mensuales, y con un interés que don Narciso consideró excesivo, pero se conformó diciendo que «los bancos son los bancos y no hay que forzar su buena predisposición». Se sintió satisfecha de sí misma, y la otra satisfacción —118→ que no podía ocultar, era haber conocido a Ricardo, que dejó su clínica animal a un colega y asociado, y concurría la oficina del Establecimiento, hizo reparar la emisora de radio que comunicaba con la Estancia, y se pasaba horas reuniendo información para hacer lo que él llamaba un relevamiento completo, de lo que existía en ganado, el estado de las pasturas artificiales, las alambradas, aguadas y potreros y los mil detalles que hacían parte de una buena andadura del Establecimiento. Cuando Celia ofreció un sueldo a Ricardo, el hombre aceptó «como expresión de una relación laboral que excluye la presunción de que voy detrás de la fortuna de una chica ganadera», según dijo.
La sorpresa de la semana para Celia fue la visita que una mañana recibió del doctor Miguel Rodríguez, el padre de Cayo, accionista de la Financiera y culpable de perder el expediente de Bienvenido Ibáñez. Lo invitó a sentarse en un sillón de su despacho, y ella ocupó otro, sin valor para permanecer muy ejecutivamente sentada en el escritorio.
-Aprecio mucho la actitud que tuvieran de devolver el expediente, señorita.
-Consideramos justo hacerlo, doctor.
-Todo se debió a una actitud equivocada de mi señora.
-No quisiera enterarme de cuestiones familiares.
-Perdón. Ocurre que el motivo de esta visita es otro, señorita.
-Le escucho.
-He comprado de la Financiera todas las deudas de Bienvenido Ibáñez, lo que significa que las herederas no deben a la Financiera, sino me deben a mí.
-Desearía saber si eso a qué conduce, Doctor. ¿Va a demandar a la Sucesión?
-No. Voy a asociarme al Establecimiento. Aporto toda la masa de dinero implícita en las obligaciones de Bienvenido Ibáñez, y creamos una Sociedad en partes iguales. ¿Qué me dice?
-Que es injusto.
-¿Quiere explicarse?
-Es injusto para usted, doctor. Lo que debía mi padre, más los intereses, es como el 75% del valor de todo. ¿Por qué tan generoso de repente?
-No lo puedo decir. Usted no quiere enterarse de cuestiones familiares.
—119→¿Acepta?
-En principio, sí.
-¿En principio?
-No tengo mucha experiencia en cuestiones financieras, debo consultar.
-Con Cayo no, porque será parte interesada. La idea es que sea Cayo el dueño de la mitad del Establecimiento.
«Y marido de la dueña de la otra mitad» vislumbró Celia.
-No, doctor, no voy a consultar con Cayo, sino con don Narciso.
-Hace bien, señorita. En caso de que acepte. La idea es que Cayo comparta la administración con usted.
«Sólo falta que traiga el anillo. La impredecible Beatriz está detrás de todo esto».
-¿Me permite una pregunta personal, señorita?
«Ahora viene»
-Por cierto, doctor.
-¿Tienen planes matrimoniales con...?
-¿Con Cayo? No.
La negativa tomó de sorpresa al doctor Rodríguez.
-Pero él y Beatriz, Beatriz es mi esposa, dan por sentado que...
-Me hace un honor con sus intenciones. Cayo es una maravillosa persona, pero no está en mis planes casarme, doctor. ¿Varía eso su oferta de sociedad?
-De ninguna manera, permanece en pie -dijo el doctor Rodríguez, que parecía más duro de repente, más formal-, pero le agradecería que me diera una respuesta antes que la Sucesión termine. Sería otro acto de corrección de parte de la familia de Bienvenido Ibáñez.
Poco después, el doctor Miguel Rodríguez se despidió y se marchó con el aire tieso de quien había alcanzado sólo la mitad de sus objetivos.
No extrañó a Celia que una hora después Cayo lo llamara por teléfono.
-Celia. ¿Qué eso que me dijo mamá?
-No sé lo que te dijo tu mamá.
-Lo que le dijo papá.
-¿La oferta de sociedad?
-¡Al diablo la oferta de Sociedad! ¿No aceptas mi mano?
-No, Cayo.
—120→-Si no entiendo mal, somos novios.
-No, somos amigos, Cayo.
-¡Los amigos no se besan!
-En las sociedades civilizadas, sí.
-¿Hay otro?
-No -mintió evocando el rostro de Ricardo.
-Mamá está muy enojada, Celia.
-Lo siento mucho.
-Y yo también. Estoy enojado. Soñaba ser un marido amoroso y me obligas a ser un socio terrible. No vas a firmar un cheque sin mi permiso.
-¿Estás bromeando, Cayo?
-Sabes que sí. No tengo pasta de hombre malo. Mamá te hace decir que no sabes lo que te pierdes.
La boda de Elida y Marcelo se realizó sin mucha pompa, y la fiesta posterior se hizo en el antiguo solar de los Ibáñez, que pasaría a ser solar de los Figueredo, de entonces en más. Para la asistencia de Judith se montó todo un operativo que incluía una ambulancia que no debía sonar la sirena y una silla de ruedas. Dina había cursado invitación a Aparicio, que no asistió, y a Braulio, que no concurrió a la Iglesia porque consideraba el rito «como una gran macana arcaica». Pero sí participó de la fiesta, vestido con su eterno vaquero y remeras, aunque en homenaje a la solemnidad cambió sus sandalias de franciscano por una bota de combate maciza, al estilo Rambo. También tuvo el pudor, extraño en él, de no meterse en el salón con semejante atuendo, limitándose a sentarse en un banco en el Jardín, donde se pasó atormentando al mozo con pedidos de vino y comestibles que devoraba en cantidad prodigiosa.
La boda, inicialmente programada para la primera quincena de mayo, tuvo que realizarse a fines de abril, porque el 1 de mayo, al día siguiente de la boda, Dina tomaría el avión a Alemania.
Después de que los novios bailaran el vals y desaparecieran rumbo a la luna de miel, y que la ambulancia se llevara a una Judith un poco —121→ acalorada por el champaña, Dina se aprovisionó con una gran bandeja llena de manjares y una botella de vino chileno, y fue a acompañar a Braulio. Se sentó a su lado.
-Perdóname que te tuve abandonado, Braulio.
-Lo estoy pasando muy bien.
-Sabes que mañana voy a Alemania por dos años.
-Te extrañaré, Dina.
-Yo también, Braulio. Sabes que todo lo que me sucede de bueno, te lo debo a ti. Ya no reciclo basura, Braulio, me has despertado y ayudado.
-Fue un placer, Dina. Y una tentación. No creo conocer el amor, pero lo que siento por vos, debe ser lo más aproximado al amor.
-Es amor, Braulio.
-Enhorabuena, sólo que me ha tocado un amor no correspondido.
-Llévame a tu pensión, Braulio.
-¿Ahora?
-Ahora mismo. Esta noche es tuya.
-Espera un momento. ¿Por qué lo haces?
-Un hombre considerado no pregunta eso.
-No soy un hombre considerado. ¿Por qué lo haces?
-No es por gratitud ni por recompensa, si eso tranquiliza tu hombría.
-Entonces... ¿Por amor?
-No lo sé, pero estoy ansiosa de ir contigo.
-¡Un momento! ¿Estás borracha?
-Sólo tomé una copita.
-Entonces, vamos. La víspera de su viaje a Alemania, Dina pasó la noche con Braulio. No fue exactamente una luna de miel, pero lo pareció.
María sonrió recordando la súbita atracción que se despertara entre Celia y Ricardo, tanto, que Ricardo invitó a su hermana para conocer a los abuelos. Una noche Ricardo que vino a cenar al departamento, logró llevarla aparte.
-¿Por qué me mentiste, María?
—122→-No recuerdo haberlo hecho.
-No estudias arquitectura. Sos periodista. Me lo dijo Celia. ¿Qué buscabas en casa?
-¿Hay algo digno de buscar en tu casa?
-Que yo sepa, no.
-Entonces, estaba buscando a mi perrito que se perdió. Posiblemente decidió quedarse entre tus perros vagabundos.
-Me estás tomando del pelo.
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque no tengo respuesta a tu pregunta.
A la mañana siguiente, cuando decidió ir caminando hasta el diario que quedaba apenas a seis cuadras del departamento, escuchó al pasar tina voz masculina.
-Plagiaria, la señorita periodista.
Se volvió a mirar al hombre. Por el aspecto desaliñado, las sandalias franciscanas y el «divino perfil griego» como decía Dina, descubrió inmediatamente que era Braulio. Sabía que había estado en la fiesta de Elida y Marcelo, pero al parecer no se atrevió a ir más allá del jardín, de modo que en aquella oportunidad no lo vio.
-¿Braulio?
-El mismo.
-El amigo y maestro de Dina. Conozco tus hazañas intelectuales.
-Dina se marchó a Alemania.
-Lo sé.
-Y ocurre que yo tengo una fijación por las hermanas Ibáñez. Se fue una, salgo a la pesca de otra.
-No me hace gracia. ¿Qué es eso de plagiaria?
-Tus artículos sobre la pobreza. Plagiaste a tu hermana lo que le ayudé a escribir yo.
-No fue plagio. Lo hice con el permiso de ella -mintió.
-Todo bien, entonces. ¿Podemos ser amigos?
-Por supuesto.
-Sé mucho de periodismo, y de la gente. Te puedo ayudar.
-Me gustaría mucho.
-¿Podemos cenar esta noche en el San Roque?
María ya conocía las inversiones en cenas que tuvo que realizar —123→ Dina para tener cerca a esa mina de inteligencia escondida entre ropa casi haraposa.
-Está bien, a las 9, en el San Roque. Invito yo.
-¡De ninguna manera!
-¿Qué dices?
-Que de ninguna manera. Ocurre que esta mañana cambié unos cien marcos alemanes. Algún descuidado los dejó caer y los encontré yo.
-¿Dónde?
-Eso no lo puedo decir.
-Está bien. Pagás vos. Adiós.
Indiferente al adiós, Braulio caminó a su lado, y se sintió un poco molesta por esa astrosa compañía en pleno centro y a la luz del día. Braulio se detuvo de golpe.
-Está bien, me voy.
-¿Qué hice yo?
-Nada. Tienes vergüenza. Eso es lo que pasa. Dina decía que leo el pensamiento de la gente. Chau.
Saltó a la calzada, hizo un majestuoso gesto de alto a un enorme camión cervecero que frenó con un peligroso ruido de botellas sacudidas, y se perdió en la otra acera.
-Vaya personaje -se dijo María.
Cuando discutía con Centurión qué hacer para mantener vivo el interés en el asesino del rifle, sonó el teléfono, lo atendió.
-Hola, María, soy Cayo.
María estaba enterada de que la Sociedad propuesta por el doctor Miguel Rodríguez estaba ya en pleno proceso de escrituración, pero sabía también que Cayo se había negado firmemente a representar a su padre en la misma, herido por la actitud de Celia, y más herido aún por su evidente atracción por «ese médico de perros» según decía.
-Hola, Cayo, gusto de escucharte. ¿Pasa algo?
-No, María, nada. Supuse que uno de estos días podríamos salir a cenar.
-Por cierto. Te llamo yo.
-No tardes en hacerlo. Necesito un hombro para llorar.
-Te voy a prestar el mío, palabra. Adiós.
«Se está volviendo común la fijación por las hermanas Ibáñez» -pensó.
—124→Terminó su artículo de la serie sobre la pobreza, y tomando un taxi fue a visitar al Comisario Riveros.
-¡Por fin! -le saludó el Comisario, que siguió consumiendo su tereré y llamando al ayudante que instantáneamente trajo un jarro cuartelero, enlozado, de mate cocido caliente y muy dulce.
-No tengo ninguna información, Comisario.
-¿Por qué mencionó un rifle Colt?
-Lo saqué de un catálogo.
-Mentira, señorita.
-Dígame por qué le interesa tanto el Colt.
-Prométame no publicar. No queremos alertar al tirador.
-Prometido.
-Bien -dijo el Comisario- la Interpol envió los proyectiles al FBI, para su análisis. La conclusión, con un 90% de seguridad es que esa bala salió disparada por un Rifle Colt Especial 22, de una serie fabricada hasta 1929. Fuimos al Registro de Armas de Industrias Militares, y no hay registrado un solo Colt, lo que no quiere decir que no exista. Convocamos aquí a los socios del Club de Caza y Pesca, y ninguno ha visto siquiera en su vida un rifle de esa característica. Y corríjame si me equivoco. Estoy llegando a la conclusión de que el tirador no es un deportista, pero tiene una puntería asombrosa. No un aficionado al tiro, sino un profesional del tiro. ¿Me sigue?
-Me parece escuchar al Inspector Maigret.
-¿Quién es el inspector Maigret?
-Un viejo detective francés que siempre anda resfriado, según Simenón, el escritor que lo inventó. Pero siga -dijo María, sintiendo que el corazón se le aceleraba. El Comisario se estaba acercando.
-Bien, sigo. ¿Quién es un tirador profesional típico? Un militar. Un militar de mucha edad, tal vez retirado. Y un hombre viejo.
-¿De dónde sacó la conclusión de que es viejo?
-El rifle Colt Especial 22 se dejó de fabricar en 1929. Supongo que su poseedor lo tiene desde entonces, o desde un poco después de ese año. Ahora, por amor de Dios, dígame la razón de su referencia a esa arma. Si me dice que lo sacó de un catálogo, miente, y si miente, tiene algo escondido. ¿Qué me dice?
-¿Usted respeta la libertad de prensa, Comisario?
-Seguro.
—125→-Entonces conocerá el derecho que tenemos de no revelar las fuentes de nuestra información.
El Comisario se había puesto rojo de ira.
-De modo que guarda un secreto, y mientras usted guarda su bienaventura secreto profesional, el tirador puede salir a matar a un ser humano, ¡aunque sea un degenerado de mierda!
María se sintió cohibida y tocada. El Comisario tenía razón. Solo, que ella no se imaginaba al Coronel en la cárcel y a la dulce abuela Rosario, que se pasó la vida enseñando, en la penitenciaría del Buen Pastor, suponiendo que fueran culpables.
-No me gusta su lenguaje, Comisario -dijo y se levantó para marcharse. -Gracias por el mate cocido.
-La próxima vez le pondré una droga para que hable en sueños, palabra.
Esa misma tarde, ya usando su coche, visitó la casa del Coronel. El militar no estaba, pero sí doña Rosario, feliz de una visita a la hora del té, que tomaron justamente en la biblioteca, donde los libros alternaban con la colección de armas.
-¿Usted conoce de armas, doña Rosario?
-Soy la esposa de un militar con cincuenta y tres años de antigüedad -respondió la anciana.
-A mí las armas me fascinan. Le voy a confesar una cosa, de mujer a mujer. Las armas me excitan.
-¡Jesús, que manía!
-Es que dicen que simbolizan el órgano sexual masculino.
-¡Dónde vengo a saberlo! Nunca fui fuerte en sicología.
-¿Puedo tocarlos?
Ruborosa, la anciana asintió.
-Está bien, niña, pero no se excite mucho, y me condeno que le permita cometer un pecado. Mire que cabezuda y desvergonzada es la juventud de hoy.
María extrajo de la vitrina un rifle, y otro, y un tercero. Les daba una ojeada y los devolvía su sitio. Finalmente extrajo el Colt, de caño más largo que los demás. Un sello grabado en el metal, decía «República de Bolivia» y tenía el escudo de ese país.
Un trofeo de la guerra del Chaco. Después, Braulio le diría que en las guerras no se usan rifles de calibre 22, sino fusiles, pero a los —126→ oficiales les estaba permitido llevar el arma que prefirieran. El Comisario estaba acertando en todo, menos en la procedencia del arma.
La noche de ese día, suscitó otra sorpresa en María, cuando se preparaba para concurrir al San Roque a cenar con Braulio, Celia parloteaba sentada frente al espejo y cepillando sus cabellos, sobre las grandes virtudes, la cortesía, y los utilísimos conocimientos de Ricardo. Sumida en sus pensamientos, María no prestaba mucha atención, cuando una frase de Celia la sobresaltó.
-¿Qué dijiste sobre no sé qué desgracia?
-Me refería al hermano de Ricardo. Creo que sintió alguna obligación moral de contarme, porque lo nuestro va para serio, y por eso del contagio. Yo le dije que no se preocupara. Según entiendo, no es enfermedad de familia ni hereditaria.
-¿Pero qué pasa con el hermano de Ricardo?
-Está muy enfermo de Sida, internado en Lacimet.
Concluyó con un nudo en la garganta, con el cepillo suspendido sobre la cabeza:
-Va a morir.
Viajaron durante seis horas para llegar a la Estancia, en una Mitsubishi Montero que Ricardo consiguió prestado. Don Narciso, que hacia veinte años no viajaba al interior, se negó tozudamente a viajar en «ese monstruo», pero al fin fue convencido cuando Ricardo le prometió que no andaría a más de sesenta kilómetros por hora. También fue con ellos el doctor Dionisio Valiente, economista, Gerente adjunto que representaba los intereses de don Miguel Rodríguez, era de la misma edad de Ricardo, y se hicieron rápidamente amigos.
-Es una buena persona -le había dicho Ricardo- tiene ideas interesantes pero no es de los que imponen sus ideas, sino los discute, vas a trabajar bien con él.
El primer día fue de trabajo intenso, y el Establecimiento empezó a adquirir orden y vigor. Por la noche, después de la cena alumbrada por una lámpara de kerosene, porque el generador estaba muerto desde —127→ años atrás y debía reemplazarse, Celia y Ricardo salieron a la galería a contemplar la noche estrellada como nunca había contemplado Celia en una Asunción que perdiera su cielo por la polución luminosa, y también de las otras. Nunca había hablado de romance con Ricardo, pero daban por entendido que marchaban velozmente por ese camino, como algo hermoso que caía de maduro.
-Se me ocurrido decirte que nos consideres a las hermanas Ibáñez, como unas chicas promiscuas -dijo.
-¿De dónde viene eso?
-Al parecer hubo algo con María.
-No hubo nada con María. Además, te cuento, María siempre estuvo a la defensiva. No sé por qué.
-Me alegra oír eso, Ricardo. Tenía vergüenza de aclararlo con María.
-No hay nada que aclarar.
-Entonces existe otra cosa. María está abrumada por algo que no conozco. Antes me contaba detalles de la investigación periodística que estaba llevando adelante. Ahora se cierra como una ostra.
-¿Investigación periodística? ¿Sobre qué?
-¿No lees los diarios?
-Sólo deportes y los suplementos agrícolas y esas cosas. ¿Qué investigación?
-El personaje que mata travestis.
-Algo de eso vi en la televisión.
-Los mata con un rifle, al parecer.
-¿Rifle?
No comprendió la razón de que Ricardo se pusiera tenso de pronto.
-¿Y dices que María investiga por su cuenta?
-Por cuenta del diario, vamos.
-¿Quieres contarme todo?
-¿Por qué ese interés repentino?
-Digamos curiosidad, nada más.
Celia le relató lo poco que sabía de las andaduras y los artículos de María, y el entusiasmo con que ejercía su investigación.
-No dudo del entusiasmo -dijo Ricardo con sorprendente acritud -la lleva hasta a meterse en casas desconocidas.
-¿A qué viene eso?
—128→-Nada, no es más que una suposición.
-Yo no supongo nada. Estoy viendo un cambio en María. Es como si hubiera perdido su alegría, anda meditabunda, y hablando de la promiscuidad de las hermanas Ibáñez, anda como en pandilla conspiradora con Cayo y Braulio.
-¿Quién es Braulio?
-Un grotesco personaje, muy inteligente pero absolutamente holgazán que ayudó mucho a Dina.
-Oye, Celia, el plan es regresar a Asunción pasado mañana, ¿no?
-Sí... ¿Por qué?
-¿No podemos regresar mañana?
-Estabas tan entusiasmado en el trabajo...
-Sí, sí. Te prometo trabajar mañana todo el día. Y salimos de noche.
-Don Narciso se morirá de miedo.
-Aguantará.
Celia suspiró. Pensó que Ricardo la había invitado a salir a contemplar la noche para susurrarle palabras de amor en el oído. Pero nada de eso ocurría. De pronto parecía más viejo, pálido y tenso, y no abandonó esa actitud ni al día siguiente, cuando trabajó como un loco, fue a caballo con los peones a revisar todo, no concurrió al almuerzo y parecía esconderse detrás de una actividad enloquecedora, para estar solo.
Cayo y Braulio se hicieron rápidamente amigos desde la primera vez que María invitara a los dos a cenar en el San Roque.
Tenían puntos de vista absolutamente opuestos, discutían sin darse por enterado de la presencia de una dama, y hasta se arrojaban insultos.
-Me pudren los abogados -decía Braulio-, creen que basta abrir un Código para solucionar todos los problemas humanos.
-A mí me dan náuseas los hippies envejecidos. Lo que pasa es que si se aplicara la ley estarías preso por vagancia y no sé cuantas faltas más.
-¿Viste? ¿Viste?. Mentalidad retrógrada, hermano. Llamas vagancia a la libertad.
—129→-¿Quieres decir que sos un hombre libre?
-Absolutamente, yo, tan libre como vos metido en el cepo de las convenciones estúpidas de una Sociedad que se va suicidando, porque se aferra a la ley y olvidan al hombre.
Atenta, María soportaba este fuego cruzado de dos hombres de temperamento fogoso y de tan distinta formación, esperando su turno con paciencia. Y «su» turno llegó, cuando después de que comprobara que entre Braulio y Cayo se producía una especie de relación odio-amor, y se repelían y se necesitaban al mismo tiempo para abrir las válvulas de sus volcanes interiores, les invitó a ambos, después de la cena y el café en el San Roque, a pasear por la Costanera.
El reloj de la Catedral daba las diez campanadas de la noche, cuando fueron a instalarse en un banco, cerca del edificio del Cabildo, desde donde se contemplaba la hermosa vista de la Bahía, una mancha obscura en medio de la iluminación de la ciudad, y hasta donde subían también los acres aromas de la miseria del barrio marginal creciendo continuamente y poniendo sitio a la ciudad.
-Quiero confesar -dijo María- que tengo un fin egoísta con ustedes. Los voy a utilizar. Por eso los reuní.
-No es muy estimulante, yo creí que te caía bien -dijo Cayo.
-Yo ya me dí cuenta -dijo Braulio-, María investiga un crimen. Se siente rebasada y quiere ayuda.
-Habló Mandrake el Mago -dijo Cayo.
-Lo que dijo es verdad, en parte. Escúchenme.
Les relató la historia sin ocultar nada. La identificación del coche por Otazú y los dos pasajeros del mismo. El Buick, el rifle Colt, el viejo Coronel que era un certero tirador. La dulce abuela que lo acompañaba en sus correrías nocturnas. Y lo que había averiguado en Lacimet. Que Óscar Corvalán había contraído Sida, y «que le sirva de lección -según un médico de la clínica- porque a los diez y siete años no se puede andar en patota divirtiéndose con los travestis en la madrugada. Se está muriendo ¿Quiere verlo?». Se negó.
-Es totalmente seguro que el Coronel es el que sale a matar travestis. Puedo publicar un artículo sensacional. Pero no puedo, como dice Braulio, estoy rebasada. Mi conciencia es como una telaraña, un laberinto.
-Con esos datos no hay duda -dijo Cayo- pero hay algo que no —130→ encaja. La abuela. La has descrito como una silenciosa prócer de la educación. ¿Cómo una dama de semejante alcurnia moral va a salir a una cacería humana? -dijo Cayo en tono demasiado pedante para el gusto de Braulio.
-¡Error! -dijo- como siempre el abogado es miope. Sólo focaliza la abuela. La abuelita de cuento de hadas. Pero se da el caso que esta abuela, dos veces madre, se siente tan herida y justificada como el esposo. Le han destruido a su nieto, ella trabajó toda su vida para que su nieto viva en una Sociedad normal, pero han aparecido los monstruos a devorar a su nieto. Los monstruos deben morir. Es lo lógico, lo matemático. Además, mi querido leguleyo, doña Rosario es la esposa de un militar, lo es por más de medio siglo, y en ese tiempo, algo le habrá entrado al espíritu sobre la obediencia, pilar de la mentalidad militar.
-¿Viste a doña Rosario como una asesina vengativa? -preguntó Cayo a María.
-De ninguna manera. Es tierna y amable, ansiosa de complacer a todo el mundo. Un alma de Dios. Siempre me pregunté cómo podía ocultar la tragedia de su nieto enfermo y el ansia de venganza que llevaba adentro.
Braulio rió.
-Pisen tierra -dijo- los viejos matrimonios lo comparten todo. Se funden el uno al otro.
-Nos has contado que fuiste a examinar los rifles -murmuró Cayo a María- ¿Me quiere explicar el Doctor en Filosofía por qué no desconfió?
-Misión -respondió Braulio.
-¿Cómo dices?
-Lo que los viejos están haciendo, lo consideran una misión de matiz apostólico. Limpiar de escoria la Sociedad. Al menos están convencidos de ello, por haber sufrido el mal en su carne y en su sangre. Entonces se vuelven descuidados. Dios está con ellos. Les librará de todo mal.
-Y al fin... ¿Qué hago? -preguntó María con cierta desesperación.
-Publica tu artículo y que se desencadene el mecanismo de la Justicia -dijo Cayo.
-¿Quieres dejar de hablar en tono tan presuntuoso? ¡Apesta! —131→ -Exclamó Braulio- ¡Publica tu artículo! ¡Ridículo!
Se dirigió a María.
-¡Vivirás con eso en la conciencia toda tu vida! ¿Quién te nombró juez para condenar a tu prójimo?
-¿Y quién le nombró juez para perdonar? -replicó Cayo.
-¡Callarse la boca no es perdonar!
Tengamos calma -dijo Cayo- existe una solución simple. Soy abogado. He jurado como auxiliar de la Justicia. Me he enterado de varios crímenes y de sus autores. Mi obligación es denunciar.
-Estoy segura que no harás eso, Cayo.
-No lo haré. No tengo tripas para eso.
-¿Entonces, qué, por Dios? -exclamó María, levantándose de un salto y caminando hasta donde las rejas delimitaban dos mundos, el de arriba y el de abajo. Respiró hondo y tuvo envidia de la noche tan apaciguada y tranquila, tan llena de paz. «¿En qué me metí, Dios mío? ¿Puedo enviar a la cárcel a un viejo soldado y a una honorable maestra? ¿Por la muerte de unos degenerados? ¡Jesús, ahora me parezco al Comisario!». El rumor de la agria discusión entre sus amigos le llegaba, trepidando en la noche como lejanos cascos de caballos de guerra. Y de pronto, se hizo el silencio. Se volvió y allí estaban Braulio y Cayo.
-Tenemos la solución correcta -dijo Cayo- es legal.
-Y también es humano -agregó Braulio.
-¿Qué hago?
Sus amigos le dijeron, y ella empezó a sentir un poco de paz. En el reloj de la catedral, sonaron las doce campanadas (¿Triunfales, agoreras?) de la medianoche.
-Mentira, no te creo.
-Es cierto, mamá.
-Últimamente te has vuelto algo mentiroso. No te creo.
-Está confirmado, mamá.
-Que venga ella a decírmelo.
-Bien.
—132→Marcelo salió de la habitación, aquella que fuera alcoba de Bienvenido Ibáñez y Niní, y llamó a Elida desde el extremo de la escalera. Elida subió.
-Mamá no me cree. Vas a decírselo. Ella no me cree.
Penetraron en la habitación donde Judith reposaba entre almohadones.
-¡Usted afuera! -ordenó Judith a Marcelo- esto es cuestión de mujeres.
Marcelo salió y cerró la puerta. Suspiró y se preguntó si había hecho un buen negocio. De soltero tenía una mamá sobreprotectora, y casado dos, porque Elida volcaba en él todo el afán que quedó sin poder aplicarse a tres hermanas.
Adentro, Judith miró con aire severo a Elida.
-¿Estás embarazada?
-El médico dice que sí.
-No se te ve la panza.
-Son apenas dos meses.
-¿Va a ser varón?
-Todavía no se puede saberlo.
-Tiene que ser varón. Las familias numerosas empiezan bien con un varón. Yo lo sé.
-Haré todo lo posible, Judith.
-Oye, es falso eso de que las embarazadas no deben trabajar ni agitarse. Son cuentos.
-No sé a qué viene eso.
-Es que con el pretexto del embarazo, las mujeres se vuelven holgazanas y no atienden al marido como es debido. Deme un beso, hija.
Cuando Elida se inclinó y la besó, ella le palpó el vientre con el dedo índice.
-No se nota nada.
-Está ahí.
-Espero que sí. Y ahora quiero descansar.
Elida salió. Oyó a Marcelo hablando por teléfono, y al parecer pedía precio a un decorador de cuarto de niños.
Se palpó el vientre. Contempló la amplia casa que fuera de los Ibáñez. En su vientre estaba el primero de los Figueredo. Ojalá fuera niña. Y después, otras tres más.
—133→
-¿Me lo muestras?
El doctor Miguel Rodríguez se sonrojó un poco, y escondió el trozo de papel en la espalda.
-No -dijo avergonzado- falta pulir un poco. Sabes que nunca lo hice.
-Si lo pules va a parecer artificioso.
-¿En serio?
-Así dicen los críticos. Quiero verlo.
El doctor Miguel Rodríguez todavía se mostraba renuente, avergonzado.
-Y bueno -dijo por fin.
Le entregó el papel. Ella lo guardó en su seno.
-¿No lo lees?
-Lo leeré en el jardín, como hace mucho tiempo.
Salió al jardín. Se sentó en su lugar preferido. Un asiento de madera bajo un arco que sostenía rosales en flor. Y leyó el poema escrito por su marido, de su puño y letra.
-Es horrible -dijo- ¡Pero que amoroso!
No tuvo más remedio que contar todo a Ricardo. Desencajado, pálido, con una barba de dos días y los ojos afiebrados, literalmente la había acosado contra la pared.
-¡Quiero toda la verdad!
Ella le dijo toda la verdad, y Ricardo se echó a llorar como un niño.
-¿Que vas a hacer?
María se lo dijo.
-¿Puedo estar presente?
-Es tu casa, Ricardo.
Con el Comisario Riveros fue más difícil.
-Usted señorita periodista, conoce quien tiene el rifle Colt y quien lo disparó, según entiendo. ¡Tiene la obligación ciudadana de informar —134→ a la Justicia!
-Lo haré.
-¿Cuándo?
-Mañana, si Dios quiere.
¡Dios no tiene nada que ver en esto!
-Tiene mucho que ver.
Don Carlos Rueda, el Jefe de Redacción, fue más comprensivo.
-Puede ser un artículo sensacional, muchacha -dijo después que María le relatara todo.
-No lo escribiré aún.
-Explícame por qué.
María se lo dijo. El viejo periodista reflexionó por largo tiempo.
-Bien -dijo- no hay nada que obligue al periodista a ser cruel. Contra la opinión de mucha gente, también tenemos corazón de vez en cuando. Estoy contigo. Y suerte.
Cuando ella se alejaba curiosamente observada por Centurión que intuía algo gordo que no alcanzaba a comprender, Don Carlos la llamó. Ella se volvió.
-Me recuerdas a mi hija. ¿Ya te lo dije?
-Ya me lo dijo, don Carlos, y gracias.
Al atardecer llegó Cayo en su automóvil. Fueron a buscar a Braulio, y los tres enfilaron hacia el barrio Herrera. Cuando llegaron, María tuvo la sensación de que los estaban esperando.
«Ricardo encaró a su abuelo» se dijo. Fue el mismo Ricardo quien los recibió fríamente y los encaminó a la sala. Allí, sentada, recogida sobre sí misma, casi en posición fetal, como atemorizada por todas las maldades de este mundo, lloraba quedamente doña Rosario. El Coronel Corvalán, sorprendentemente, vestía un uniforme militar completo, antiguo, botas, chaqueta abotonada con botones de bronce hasta el cuello, cinturón, talabarte y sus presillas de Coronel en los hombros. En el pecho, sus condecoraciones de guerrero del Chaco. Rígido, firme, con las manos en la espalda, como observando la formación de una tropa de fantasmas.
-Abuelo está enterado de la razón de esta visita de ciudadanos respetuosos de la Ley -dijo Ricardo con un matiz de ironía.
Doña Rosario lloraba mansamente. El Coronel le hizo una imperiosa seña a Ricardo, que continuara.
—135→-Sí, abuelo. Ya llegaré a eso. Ya has tomado tu decisión. Pero yo tengo una pregunta. ¿Vale la pena sacrificar a dos ancianos que fueron íntegros toda su vida por cinco degenerados?
Ninguno le respondió. Guardaron sus respuestas. «Son vidas humanas» pensaba María. «Nadie tiene derecho a tomar la Justicia en su manos», Cayo. «Se enfrentó a una Sociedad corrupta, y eso se paga inevitablemente», Braulio.
-Procede, muchacho -dijo el Coronel rompiendo el silencio.
-Mi abuelo confiesa todos los crímenes...
-Las ejecuciones -le corrigió el Coronel.
-... y considera que ustedes han cumplido con generosidad su deber de ciudadanos. Abuelo.
El Coronel extrajo del bolsillo de su chaqueta un manuscrito de dos páginas, con pulida letra de soldado, se la ofreció a María, sin moverse de su sitio.
-Es una confesión completa -dijo- y en este punto apelo a la generosidad de ustedes. Yo excluyo de toda participación a mi esposa. Espero que ustedes también.
María se adelantó a tomar el papel. Allí estaba su éxito de periodista y su dolor de ser humano. No sintió júbilo alguno, sino una pena terrible que le mordía el alma.
-Si ustedes me disculpan -dijo el Coronel-, quisiera estar solo y meditar sobre todo. Necesito algunas respuestas.
Miró a María y por primera vez sonrió.
-No me voy a escapar -dijo, y salió al jardín.
María no comprendió la terrible palidez de Ricardo ni la razón de que le estaban crujiendo los dientes. Doña Rosario sí lo entendió, saltó de su silla y gritó con un alarido que era el final de una vida compartida con luchas y sacrificios. Corrió hacia la puerta del jardín. No llegó a salir.
-¡Llévame contigo!
Afuera, en el jardín, sonó un disparo.
María obtuvo un éxito total al publicar facsimilarmente la confesión del Coronel Corvalán. Centurión la felicitó ocultando valientemente —136→ su envidia. Cayo y Braulio le ofrecieron una cena en el San Roque. María los oía discutir agriamente. Cayo le había insinuado un cierto grado de relaciones sentimentales, y Braulio le invitó ya una docena de veces a vivir en pareja. Pensó con cierto remordimiento, que nunca diría sí a ninguno de los dos. También sintió que tardaría mucho, en borrar su pena por el Comisario Riveros, que fue trasladado a una ruinosa Comisaría de Ñeembucú. Al parecer no le perdonaban que la prensa le ganara de mano.
Celia se recompuso rápidamente de la pérdida de un enamorado y un veterinario al mismo tiempo. El Establecimiento andaba a las maravillas, y el doctor Dionisio Valiente, era simpático, cortés, y soltero.
Dina, en Alemania, se distinguía en el curso que llevaba, y la Fundación le urgía a que lo terminara para enviarla al África, donde había mucha pobreza. Con firmeza, ella había manifestado que quería volver a su país, donde tenía mucho que hacer.
Elida contemplaba el cuarto de niños que había diseñado prolijamente, con profusión de moños, lazos y cervatillos de Disney, ositos de peluche y campanillas colgantes sobre la cuna, un arquitecto evidentemente maricón, y se acariciaba el abultado vientre, feliz de que la tomografía indicara que era niña. La primera, faltaban tres.
Beatriz tenía ya una carpeta de poemas de su marido, entusiasmado por el asombroso resultado del primero, y de la expresión bobalicona de su esposa al leerlos. Beatriz contemplaba la carpeta. «Es basura, pero los escribió él», se decía, pensando que la paz y el regreso del amor bien valía fingir y soportarlos. «Después de todo, hay esposas que hasta fingen orgasmos» concluía.
Judith había conseguido que el cuarto de niños estuviera en el piso alto, contiguo a su habitación. No estaba enterado que se esperaba una niña, y pensaba que fuera un varón, a quien ya había bautizado. «Se llamará Erich, como mi papá. Y si alguien me dice que Erich Figueredo no suena bien, lo mato».
Doña Rosario sigue enseñando a alumnos aplazados. Por las tardes, al anochecer, escucha en el solar vecino la baraúnda de los perros vagabundos, en jubilosa bienvenida. «Ha llegado Ricardo» se dice.
A las dos de la mañana, Prudencio Peralta, o Marlene, fatigado y con los testículos irritados por las medias bombachas no diseñadas para él espera al último cliente en la esquina de Caballero y Herrera. —137→ Suspira feliz. Se ajusta el corpiño, se ajusta la minifalda. Un coche obscuro se viene acercando.
La vida continúa. La muerte también.