Para el estudio de la edición española del Siglo de Oro
Jaime Moll
Pretendemos en esta breve comunicación hacer una rápida exposición de los elementos que influyen en la industria editorial del Siglo de Oro, plantear problemas, llamar la atención hacia aspectos estructurales y coyunturales, las constantes sociales y económicas que es preciso considerar y estudiar para establecer el análisis de su situación y de las posibles causas de la misma. Son muchos los puntos sobre los que todavía no se ha investigado a fondo; sin embargo, creemos que lo hecho es suficiente para poder presentar una serie de puntos de partida para nuevos trabajos que confirmen o modifiquen la actual visión de conjunto de la industria editorial española del Siglo de Oro.
Una cosa es la actividad de las imprentas y otra la editorial, en sus múltiples aspectos, aunque ambas sean interdependientes. Mucho -aunque parcialmente en su extensión geográfica y, es forzoso tenerlo en cuenta, no siempre con técnicas exigentes- se ha estudiado sobre la imprenta española, pero en muchos casos, sería más exacto decir que sólo se ha procurado describir su producción bibliográfica. Los premios concedidos por la Biblioteca Nacional desde 1857 dieron un gran impulso a los trabajos bibliográficos. No todos tienen el mismo valor, pero es preciso señalar que no podemos juzgar una obra según los criterios metodológicos actuales, sino ateniéndonos a los de su época. Entre los bibliógrafos españoles, destaca la gran figura de Cristóbal Pérez Pastor, que siguiendo un camino ascendente nos ofreció -después de su primer intento, La imprenta en Toledo (1887)- las dos grandes obras de la tipobibliografía española: La imprenta en Medina del Campo (1895) y la Bibliografía madrileña (1891-1907). Sus trabajos han de ser puestos al día, pero sus líneas metodológicas, que expuso en un artículo de 18971, son perfectamente válidas: análisis del libro conectado con el estudio de los documentos coetáneos referentes al mismo. Mucho dice un libro si se sabe analizarlo, pero la ayuda que ofrecen los documentos es imprescindible y mucho más si se estudian los problemas de edición y distribución. Y un último aspecto de la metodología desarrollada por Pérez Pastor: las gráficas de la producción de la imprenta madrileña del siglo XVI, en una obra premiada en 1888 y publicada en 18912. Se podrá objetar al método cuantitativo de Pérez Pastor el haber considerado el libro como unidad, al margen del número de pliegos que lo forman. Sin embargo, este último sistema, que da una visión más real de la producción impresa, apenas se ha utilizado actualmente en la bibliometría histórica.
A pesar de lo realizado, queda todavía mucho por hacer y, como es natural, son gran parte de los principales centros tipográficos y editoriales los que están menos estudiados. Esperamos que investigaciones actualmente en curso serán una buena contribución al conocimiento de la tipografía española y al de la edición, aspecto éste que muchas veces no se ha tenido en cuenta, incluso en descripciones bibliográficas y catalográficas.
Actividad de la imprenta, actividad editorial. Es preciso separarlas. En las imprentas se realizan una serie de trabajos que nada tienen que ver con lo que es propiamente edición, trabajos que, sin embargo, no hay que olvidar pues llenan parte de la labor cotidiana: formularios, esquelas, avisos, carteles, memoriales, informaciones en derecho... Una tipobibliografía debe, en lo posible, incluir dichos impresos, pero al estudiar la labor editorial deben desestimarse. Una tipobibliografía abarca las obras impresas en un determinado lugar. Un editor del mismo puede hacer imprimir, sólo a su costa o en coedición, en otra ciudad. Ello altera las listas habitualmente establecidas, obligando a la diferenciación entre libros impresos en un lugar y libros editados en el mismo. Y, en caso de coediciones entre libreros de distintos lugares, una misma obra ha de constar en la producción editorial de cada uno de ellos.
Edición, editor. Hasta el siglo pasado no se desarrolla esta actividad como algo independiente y aún en muchos casos va unida a una empresa tipográfica. En el Siglo de Oro -podemos extenderlo a toda la época de la imprenta manual y aún la sobrepasa- son algunos libreros y, en menor número, algunos impresores los que se dedican de una manera más o menos continua o esporádica a la actividad editora desde el punto de vista comercial. Pero no son los únicos, aunque, por lo general, los libreros intervienen en la circulación de los libros editados por otras personas o entidades. Desde el punto de vista editorial, hemos de considerar al libro como un producto manufacturado, que comporta una inversión económica para su realización, inversión que se puede intentar recuperar, acrecentada con unos beneficios. Ello exige una disponibilidad de capital o, por lo menos, una posibilidad económica de financiación de los gastos de su producción. Hablando de libreros o impresores, debemos considerarlo como un capital que se invierte, con todo lo que ello significa en la vida económica. Quienes lo hacen al margen de una actividad económica no siempre lo consideran como un negocio o una inversión de capital, aunque puedan intentar obtener algún beneficio.
Algunos autores capaces de afrontar los gastos de impresión contratan con un impresor, directamente o a través de un librero, la publicación de su obra, con lo que incluso pretenden sacar más beneficios que cediendo los derechos de edición. Es patente este sistema cuando en la portada figura explícitamente la indicación «A costa del autor», aunque quizás son más los casos conocidos sólo por la documentación localizada. Si interviene en el contrato un librero, éste asegura la distribución de la obra; en otro caso puede el propio autor concertarse con uno que se encargue de la misma bajo determinadas condiciones. El autor puede financiar la obra totalmente a sus expensas -habría que estudiar lo que representa en muchos casos la inversión hecha en relación con sus ingresos- o con la ayuda de un mecenas. Este último caso es más raro, pues no abundaban y, por otra parte, no hay que suponer que el mecenas es la persona a quien el libro va dedicado, confusión muy habitual. Las ediciones de obras de autores religiosos pueden con frecuencia ser financiadas por la propia orden a la que pertenecen. Pero sin testimonios documentales será imposible, en muchos casos, conocer la realidad de la financiación.
Entidades oficiales también intervienen a veces en el campo editorial, bien contratando directamente con los impresores o estableciendo un acuerdo con un librero, financiando totalmente la edición o aportando una ayuda económica más o menos amplia. Libros que podríamos llamar de representación y obras institucionales y de propaganda son los casos más frecuentes. Los libreros que intervienen logran con ello algunos beneficios.
Es preciso, pues, deslindar los distintos campos editoriales si queremos analizar y cuantificar el valor de la actividad empresarial de libreros e impresores en el campo de la edición. Un autor, una entidad oficial o religiosa no son base suficiente para el desarrollo de una auténtica industria editorial. Nos interesa conocer los aspectos y problemas de aquellos editores que consideran esta actividad como parte de su actuación comercial.
Vamos a analizar algunos aspectos de la industria editorial que inciden en su desarrollo y evolución, para intentar comprender su situación, sus posibilidades y sus limitaciones. Al mismo tiempo iremos señalando los múltiples aspectos que precisan de un estudio, por lo general, hasta ahora no realizado. No es necesario señalar que la exposición separada de los distintos puntos a considerar no excluye la forzosa interrelación entre los mismos.
El libro como producto manufacturado depende en su realización de unas técnicas, unos materiales y unos centros productores. El material consumible de mayor peso en la fabricación del libro es el papel. De todos es conocida la mala calidad del papel «de la tierra» frente a la del papel llamado «del corazón» o italiano, aunque este nombre englobe el procedente de otros países. Su «baja calidad» no siempre es tan mala, aunque en determinados momentos del siglo XVII sea pésima. Pero ¿lo es en toda España? No contamos con un estudio sobre el papel de fabricación manual usado en los libros españoles, sus variaciones de calidad, el nivel de ésta en las distintas regiones fabricantes, tas causas de que sea tan baja -¿técnicas, debidas al tipo de trapos que llegan a los molinos?- ni la cantidad producida. Frente a ello, tampoco conocemos las procedencias reales de los papeles importados, sus costes, comparados con los de los nacionales, el precio del transporte y la incidencia del mismo según la situación de los talleres de imprenta, ni las ganancias de los importadores y comerciantes. ¿Es el papel freno importante al desarrollo de la industria editorial y causa de su estancamiento? No nos atrevemos a afirmarlo en el estado actual de nuestros conocimientos. Hemos, sin embargo, de señalar que tampoco todos los centros impresores europeos disponen de papel de la calidad necesaria, fabricado en sus cercanías. Además, en todo momento se han editado en España libros bien impresos y en buen papel -¿es siempre de importación?- y ya a fines del siglo XVII, en el reinado de Carlos II -época de decisiva importancia para la recuperación económica de España, aunque la propaganda felipista la haya silenciado- se da un renacer de la industria papelera.
La calidad del papel utilizado depende también del tipo de libro, su mercado y del interés del editor. Hemos de señalar los casos en que se hacían dos emisiones de una misma edición, incluso en las épocas en que el papel español era de peor calidad y en libros de amplia difusión, una de ellas, en menor número de ejemplares, en buen papel. ¿Podemos lamentamos de la baja calidad del papel de la primera edición del Quijote, cuando en su momento era un libro sin pretensiones y para un público bastante amplio? Será preciso ir analizando el tipo de papel empleado en los libros y relacionarlo con otros aspectos: tipo de obra, tipo de edición, lugar y época de la misma. Es preciso estudiar también la evolución de la tasa de venta de los libros «en papel», o sea en rama, vigente en los Reinos de Castilla y fijada por su Consejo, estableciendo su relación con la evolución del índice de precios reales y con la calidad de las ediciones. La tasa, que se fijaba por pliego de papel ¿variaba según la calidad -o sea coste- del mismo? Si no hay variación, creemos que podría tener bastante influencia en el uso de papel de mala calidad y por lo tanto más barato. Y siempre hay que tener en cuenta que el papel usado en otros países europeos ofrece calidades muy variadas según la zona, la época y el tipo de libro, y en muchos casos la diferencia no es tanta con el usado en España.
Sobre el papel se imprime una forma, influyendo considerablemente la calidad del mismo en el aspecto de la impresión, al margen del estado de los tipos. Comparando dos emisiones de una misma edición, una en papel de baja calidad y la otra en buen papel, advertimos unos resultados completamente diferentes, tanto que a veces nos obliga a extremar el análisis al dudar si se trata de dos ediciones distintas. Sentada la incidencia de la calidad del papel en el resultado que ofrece la impresión, también hay que tener en cuenta las consecuencias que puedan derivarse de la aleación empleada en la fundición de los tipos. Lo señalado en el siglo XVIII por dos impresores, Antonio Bordázar, valenciano, y Antonio Sanz, madrileño, sobre el redescubrimiento de la aleación adecuada para obtener una impresión más definida de los caracteres, tal como era habitual en la mayoría de impresos españoles del siglo XVI y principios del XVII, nos permite entrever otra causa del aspecto que presentan muchos libros de buena parte de este último siglo.
En lo referente a los diseños de los tipos, no creemos que podamos considerar a España como un país al margen de las modas fijadas por los centros europeos en cada momento dominantes. Apenas hay estudios sobre el uso, difusión y origen de los tipos empleados, no debiéndose considerar a España en este aspecto -como en tantos otros- como una unidad. Las nuevas corrientes llegan -como en la mayoría de países- con matrices importadas y, por otra parte, aún antes del auge de los abridores españoles de punzones de la segunda mitad del siglo XVIII, encontramos ya intentos autóctonos de grabado de juegos de punzones. Es preciso tener en cuenta que hay imprentas mal surtidas de tipos, con fundiciones anticuadas, mientras otras disponen de los tipos de moda recién llegados. Para ciertas obras se exige del impresor la fundición de tipos nuevos con lo que mejora sensiblemente la calidad de la impresión, mientras que muchos libros se imprimen con tipos gastados en exceso. Toda fundición tiene una determinada vida; si se sobrepasa, el resultado es desastroso.
¿Qué influencia tenía ello en el coste de la impresión? Siempre ha habido imprentas buenas y malas, impresores muy buenos y otros que no dominan tanto su arte, encargos editoriales con exigencias de calidad y otros en los que se busca la baratura del coste. Incluso de una misma imprenta pueden salir libros de muy distinta calidad, según lo que se pretenda. Hay que tener en cuenta estos aspectos técnicos, que es posible analizar, en el estudio de la producción editorial. Y además, la capacidad de producción de los talleres. ¿Cuántas prensas tenían los grandes talleres españoles de los siglos XVI y XVII? ¿Podían afrontar trabajos de gran envergadura? A veces vemos cómo un editor encarga la impresión de cada uno de los tomos de una gran obra, publicados todos en el mismo año, a imprentas distintas. ¿No significa esto escasa capacidad de producción, o sea un número reducido de prensas? Dejando aparte el interés que podía tener Julio de Junta en la multinacional familiar y el problema que representaba la forzosa importación de papel de alta calidad, ¿no es una prueba de la poca capacidad productora de los talleres españoles encargar al mismo tiempo impresiones del nuevo rezado a éstos y a talleres extranjeros, en este último caso en un número muchísimo mayor de ejemplares? ¿No será la crisis de los talleres barceloneses de mediados del siglo XVI lo que obligará a libreros de dicha ciudad a encargar a imprentas de Lyon algunas de sus ediciones? Esta falta de capacidad de las imprentas españolas -¿falta de capitalización, falta de expectativa de continuidad de encargos?- es preciso analizarla, para establecer su posible influencia en la realidad de la industria editorial. ¿Es la situación de esta última la causa del poco desarrollo de los talleres o es la debilidad de éstos lo que frenó la expansión editora? Hay que reiterar que la falta de capacidad es un problema distinto al de la competencia técnica. En todo momento encontramos en España impresores que dominan su profesión y producen libros muy bien impresos.
Nos queda otro aspecto relacionado con la imprenta: los costes. Es necesario estudiar éstos, comparando los de los distintos reinos de España entre sí y con los del extranjero. Es natural que impresores y editores de los grandes centros europeos intentasen beneficiarse con la edición de obras de carácter internacional -en latín, por supuesto- y se aprovechasen de la aceptación de tantas y tantas obras de autores españoles ante la general despreocupación de los editores de su país por este amplio mercado. Se explica perfectamente, por ejemplo, que los editores de Lyon, que viven de la exportación, busquen estas obras. No nos extraña que los autores españoles que viven en el extranjero -es el caso de muchos jesuitas- editen en el país de residencia. Pero ¿por qué se editan en el extranjero obras en castellano, encargadas por sus propios autores, para su venta en España? Hay que estudiar seriamente, con los difíciles problemas de equivalencia de monedas, los costes en uno y otro país, tanto de los materiales como de los salarios y también el número de horas de trabajo. Es preciso establecer y analizar la cronología y la continuidad o discontinuidad de estos encargos. En obras exclusivamente para el mercado español, la explicación más aceptable, por ahora, es la reducción de los costes de impresión. Y este desequilibrio de precios lo encontramos en determinados momentos entre los propios reinos españoles. En 1617, los libreros madrileños protestan ante el Consejo de Castilla de la competencia de los libros procedentes de la Corona de Aragón frente a sus ediciones. Es un problema de costes, causado por un reajuste de la moneda catalana que favorece sus exportaciones, entre ellas la de libros.
Hasta ahora hemos hablado de factores materiales que inciden en el libro. Éste, por otra parte y muy esencial, es portador de un texto. ¿Presentan éstos dificultades o limitaciones a los editores españoles en su actividad interna y ante un posible esfuerzo exportador para intervenir en el mercado supranacional? La situación no puede ser más satisfactoria para un editor. Hay abundancia de textos editables, tanto para el consumo interior como para una posible expansión europea, sin que las limitaciones que pueda imponer la censura civil y eclesiástica reduzca esta abundancia. Obras nuevas y de surtido, obras de interés local y de aceptación europea. En este último caso basta con sólo referirse a las latinas -que falta repertoriar adecuadamente- sin contar las castellanas, reeditadas fuera de España, y las numerosas traducciones a otras lenguas nunca producidas por editores españoles. El mercado de los reinos españoles y de las Indias es amplio y sus limitaciones son parecidas a las que ofrecen otros mercados europeos: ciertas grandes obras en latín, de alto coste de producción y reducidos compradores necesitan un mercado supranational para su rápida venta y la recuperación del capital invertido. Parte de estas obras es de autor español, pero su edición o, en otros casos, su reedición cuando obtienen difusión europea, no se realiza en España. El editor español sólo trabaja para su propio mercado nacional. La exportación, cuando se da, es algo complementario, no vital ni considerado en la planificación de sus ediciones. España exporta textos pero no libros. Y los intentos de ayuda oficial a la edición, como es la pragmática de 1610 prohibiendo a los naturales de los reinos de Castilla la impresión de sus obras fuera de los mismos -al menos así lo consideran los libreros madrileños- no son eficaces.
¿Cómo es el mercado español, qué limitaciones presenta? A las habituales en cualquier país -ya hemos citado la necesidad de un mercado supranacional para cierto tipo de obras- hay que añadir las que se desprenden de la estructura constitucional de la España de los Austrias. Nos encontramos con un conjunto de reinos, con su propia legislación, con sus propios mercados y sus redes de distribución, y con la existencia de unos privilegios para libros de ámbito limitado a un reino, aunque el autor pueda también solicitarlos para otros reinos, con lo que podrá proteger su obra en todo el territorio español, caso que no es demasiado habitual. Ello provoca que las obras de éxito sean reeditadas inmediatamente en alguno o varios de los reinos para los que no se ha solicitado privilegio, con lo que se reducen las expectativas del editor que compró el privilegio al autor. Junto a ello, ediciones contrahechas coetáneas compiten con las ediciones legales y reducen su posibilidad de penetración en el mercado. Estos aspectos merecen ser estudiados por la alta incidencia que tienen en el desarrollo de la actividad editora y en la creación de potentes redes de distribución, tema este último también poco conocido. Y habría que relacionarlo con ciertos casos de coedición, aquéllos en que los editores son de ciudades y reinos distintos. Ciertas coediciones se pueden justificar por la división del riesgo o la reducción del capital empleado por cada editor. Cuando pertenecen los editores a dos ciudades, incluso de reinos distintos, creemos que se trata principalmente de un reparto de mercados, de un intento de ampliación del ámbito propio de cada editor. Dentro de este campo es preciso considerar las colaboraciones de editores españoles con editores extranjeros en libros impresos en España o fuera de ella. Y no olvidar, por la gran influencia que tuvieron en el mercado español, la instalación en España como libreros importadores y como editores de miembros o representantes de las grandes multinacionales del libro y de los grandes centros editoriales. Sus intereses no siempre coincidían con los de la industria editorial española.
Otra limitación se ha señalado, incluso coetáneamente a los hechos. Nos referimos a los monopolios concedidos por privilegio real a ciertas instituciones. Ya hemos tratado en otra ocasión del detentado por el monasterio de El Escorial para la distribución de los libros litúrgicos del nuevo rezado3. En la Corona de Aragón no existía ningún monopolio y, sin embargo, la mayoría de libros litúrgicos usados fueron de importación. Repetimos lo ya dicho: nos encontramos ante una consecuencia de la situación de la industria impresora y editorial españolas, no ante una causa de su estado.
Pero hay otros monopolios de edición. En unos casos es la propia entidad detentadora del privilegio la que se encarga de su impresión, como sucede con las cartillas. Por muchos millares de cartillas que se produjesen anualmente para el consumo de los niños de los reinos de Castilla, una obra de un solo pliego no creemos que necesitase de una potente industria impresora. En otros casos la institución detentadora del privilegio arrienda su disfrute a un librero o impresor, habitualmente a grandes libreros o impresores, de lo que se deduce que el arriendo era beneficioso para sus intereses, según confirman la continuidad del mismo y las apetencias que en algunos casos provoca en otros profesionales. Una concesión gravosa no hubiese sido aceptada, pudiendo el librero o impresor limitar su actividad a sus propias ediciones. Las quejas contra estos privilegios nunca provienen de los libreros que los disfrutan: serán, por tanto, una limitación para los que no han logrado el contrato, pero no para la industria editorial española.
Hemos ido considerando una serie de factores ajenos al hombre, al librero que se lanza a la actividad editorial. Hay muchos tipos de libreros, desde el que tiene una pequeña librería o puesto, con reducidas existencias de libros, encuadernador al mismo tiempo -obligatoriamente lo ha de ser en algunas ciudades, según exigen sus ordenanzas gremiales, aunque no en Madrid, donde no estaban constituidos en gremio- hasta el gran librero con un almacén bien surtido de obras nacionales y extranjeras, que se dedica a la importación y también -¿mucho?- a la exportación. Encontramos al librero español junto al librero extranjero asentado en España, a veces totalmente integrado, otras miembro o representante de una gran casa editora de otro país. De entre ellos surgirá el editor ocasional, que intenta la obtención de un beneficio, o el editor que asume de una manera continuada esta función, escalando peldaños hacía la fortuna y la consideración social.
Es preciso estudiar la actividad de estos libreros-editores -y no hay que olvidar a algunos impresores-editores -como libreros y como editores, y analizar la formación y constitución de su patrimonio4. Interesa conocer la dedicación a su negocio editorial, el tipo de obras que editan, la relación con los autores, con otros libreros y con los clientes, la distribución geográfica de sus corresponsales. Es preciso considerar la continuidad de su actividad editorial, tanto la del propio editor como la que podríamos llamar generacional: la de sus herederos, si continúan con el negocio. Hay que intentar estudiar la formación de capital y su destino: ampliar la propia empresa o desviarlo de la misma hacia inversiones en inmuebles o mobiliarias. Un buen librero realiza beneficios y va acumulando capital. Pero la empresa, al parecer, tiene un límite en la ampliación de su actividad. ¿Es suficiente el nivel alcanzado para gozar de cierto bienestar y ascender en la consideración social? Sobrepasar este nivel, ¿sería entrar en un excesivo riesgo sin la adecuada compensación económica, que es más fácil obtener en otro tipo de inversiones que son -al menos aparentemente- más seguras y que granjean a la vez beneficios sociales? Nos adentramos con ello en problemas y aspectos que afectan al mundo industrial y empresarial de la España de los Austrias, en el que ocupa una parcela, aunque pequeña, la actividad editorial.
Vamos a terminar con una pregunta: ¿bajo qué punto de vista debemos valorar la situación de la industria editorial española? No es lo mismo si la consideramos desde la perspectiva del mercado nacional o del supranacional. En el primer caso, creemos que su situación no es tan mala como a veces se señala. Las necesidades del mercado nacional, que comprende el de las Indias, fueron ampliamente cubiertas, con algunas excepciones: los libros del nuevo rezado y las ediciones de lujo de obras completas son las dos principales. Es preciso cuantificar la parte que representan en relación al conjunto de la producción editorial española para poder valorar su importancia. Y además es preciso tener en cuenta lo que significa Randes para la monarquía española. Dentro del concierto editor supranacional, podemos afirmar que es prácticamente nula su aportación. La industria editorial española no supo -¿o no quiso?- aprovecharlas múltiples posibilidades que le ofrecían, al menos, sus autores. Y al decir esto no es que consideremos que debía exclusivizar su difusión en Europa, sino compartirla interviniendo activamente en la misma.