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Esta mirada, que he notado igualmente en América a los esclavos, no es en las Islas Británicas particular de los obreros de fábricas. Se le encuentra en todas partes, donde se es dependiente, subordinado. Es uno de los rasgos característicos de los veinte millones de proletarios. Hay sin embargo excepciones y es casi siempre en las mujeres donde se encuentran.
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La he visto en Birmingham. Los propietarios de la fábrica me han asegurado que la fuerza de esa máquina a vapor podía alcanzar a la de 500 caballos: ella hace girar a más de 200 poleas, y pone en movimiento aserradores de planchas, tijeras para cortar el fierro, laminadores de todas las dimensiones, un juego de máquinas para hacer cucharas de zinc, etc. Se me ha puesto delante mío una moneda de seis peniques (doce centavos) bajo una prensa, para darme la idea de la fuerza de su presión; han salido 42 yardas de una pequeña banda de papel de plata, delgado como una hoja de cebolla.
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Lazare por Auguste Barbier.
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Prostitución en Londres.
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Existen, en diversas partes de la ciudad espléndidos salones donde se reúnen hasta doscientas prostitutas ricamente vestidas. Esos lugares son visitados por elegantes y ricos jóvenes que escogen ahí las mujeres. Aquellos salones están anexados a las tabernas que se convierten en fuentes de inmensas riquezas. No son exclusivamente confinadas al West-end de la ciudad, o en Londres más allá del Temple-bar. Son conocidos en otras partes bajo el nombre de longues chambres (largas habitaciones). Se les encuentra particularmente sobre los bordes del Támesis, donde abundan los marineros. Algunas de estas longues chambres pueden contener 500 personas.
Las prostitutas están colocadas en fila en esas casas como el ganado en Smith-Field-Market, hasta que los visitantes, marineros u otros vienen a escoger su mujer. Aquel que ha hecho su elección entra en otro espacioso apartamento del establecimiento, donde, después de copiosas libaciones y de danzas, la muchacha lo lleva donde ella; allí termina estupidizado por bebidas intoxicantes, entonces es secuestrado, robado y golpeado por los mantenidos (pág. 189, «Prostitución en Londres», por el doctor Ryan).
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He visto en este finish cuatro o cinco mujeres soberbias. La más notable era una irlandesa de una belleza extraordinaria. Aunque se estuviese habituado a ella, su entrada en la sala causó sensación y excitó un ligero rumor. En cuanto a mí, mis ojos se llenaron de lágrimas. Qué bella criatura reina de Inglaterra. Se vendrían de todas partes del mundo para admirarla.
Esta bella mujer entró hacia las dos de la mañana vestida con elegante sencillez, que ponía aún más en evidencia el esplendor de su belleza. Tenía un vestido de satén blanco, sus guantes a medio brazo, dejaban ver los bellos brazos. Sus encantadores zapatos color rosa, pequeños, delineaban sus pies graciosos y una especie de diadema de perlas coronaba su cabeza. Tres horas después esta misma mujer cayó al suelo «muerta de ebriedad». Su vestido desagradaba, cada uno echaba sobre sus bellas espaldas, sobre su magnífico pecho, vasos de vino, de licor, etc. Los muchachos de la taberna la arrastraron de los pies como a un fardo de basura. ¡Oh, es preciso haber sido testigo de tan indigna profanación del ser humano para creer aquello!
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El balance que obliga a hacer registrar los muertos es muy reciente y faltan elementos todavía para determinar de manera rigurosa la cifra de la mortalidad de las mujeres públicas.
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Mientras yo estaba en Londres, un negociante de la cité, enfermo de mala enfermedad, creyó poder atribuir el origen de su mal a una mujer pública que conocía, la hizo venir a una casa de cita, allí le subió las faldas por encima de la cabeza, la amarró con una cuerda, encerrando la parte alta del cuerpo en un saco, enseguida la azotó con varas, y cuando se cansó de golpearla, la arrojó en ese estado al medio de la calle. Esta desgraciada, privada de aire, se ahogaba; se debatía, lloraba y rodaba en el lodo. Nadie vino a socorrerla. En Londres, nadie se mezcla jamás con lo que ocurre en la calle: that's not my business (esto no es asunto mío) os responde el inglés sin detenerse, y está a diez pasos cuando sus palabras vienen a resonar en vuestro oído. La desgraciada, yacente sobre el pavimento, no hacía movimiento alguno. Iba a perecer, cuando un policeman pasó: se acercó y cortó la cuerda que liaba su vestido. Su rostro estaba violeta, no respiraba, estaba asfixiada. Se la llevó al hospital, donde rápidos socorros la devolvieron a la vida. El autor de este atroz atentado fue llamado frente al magistrado, y condenado, por ultraje a las costumbres, en la vía pública, a seis chelines de multa.
En un pueblo de una «mojigatería ridícula» se ve que no cuesta caro el «ultrajar el pudor público». Y lo que sorprenderá, es que el magistrado no haya visto en esta acción sino «un delito de policía a sancionar». Sí, en este país de pretendida libertad, la ley es para el fuerte, el débil no puede invocar la protección de ella.
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Tendedores de emboscadas, de trampas.
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La Prostitución en Londres, pág. 146.