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| (EDUARDO DE LA BARRA. Sueño y delirio.) | ||
Bajo la impresión de la luz y de las gotas de agua que Lucinda arrojó sobre el rostro de Sor María, despertó ésta de su letargo y mirando espantada en torno de sí, llorando, se abrazó del cuello de Lucinda
-¡Yo misma me he vendido! -murmuró la monja, a quien un momento solo le bastó para comprenderlo todo.
Enseguida ocultó rápidamente debajo de las ropas de la cama el feroz instrumento de su martirio.
-Espero que usted no tomará a mal lo que he hecho -le dijo Lucinda.
Sor María estaba confusa: mas, haciendo un esfuerzo sobre sí misma, dijo a su amiga:
-¡Sin duda, Lucinda, que tú lo has oído todo!...
-Sí -contestó ésta-: pero ha sido por casualidad. No crea usted que una curiosidad reprensible me haya traído aquí.
-389--¡Ah! ¿Cómo había yo de presumirlo?
-Oyendo el ruido, creí que usted estaba enferma, y...
-No te has engañado, hija mía: estoy enferma; muy enferma -contestó la monja, poniendo sobre su corazón la mano de Lucinda.
-¿Quiere usted que vaya a despertar a alguien?
-No, mi querida. Nadie puede curarme de lo que sufro.
Enseguida prosiguió con más calma:
-He tenido una especie de sueño; he visto que un ángel me socorría, y ese ángel eras tú, mi querida Lucinda. No creas que sufro; ya estoy buena -prosiguió la monja, incorporándose en la cama...- Vete a tu celda; recógete, que puede hacerte mal el frío de la noche.
-No me iré hasta no verla bien tranquila -contestó Lucinda-. Aun más: si no la molesto a usted, permaneceré aquí velando mientras usted duerme.
-No: no puedo permitirlo...
-Me ha sido imposible dormir. Voy a buscar mi cama para tenderla aquí cerca de la suya.
Diciendo esto, la niña fue y trajo su colchón, que extendió sobre el pavimento de la celda.
-Ya que has sido testigo de la penitencia; quiero que sepas su causa -dijo Sor María.
-Mi buena amiga -la interrumpió Lucinda-: respeto sus secretos, y no quisiera...
-Tengo mis razones para hablar -dijo la monja-. En primer lugar: tú has hecho confianza en mí, y ésta no se paga sino en la misma moneda. En segundo lugar, no quiero que me tengas por una santa penitente... No, no; amiga mía, soy...
Y Sor María se detuvo. Enseguida tomando una de las manos de Lucinda, le dijo con aire solemne:
-Creo que lo que voy a revelarte, hija mía, podrá fortificar tu espíritu, porque nuestra debilidad contra la desgracia se deriva casi siempre de la falta de mundo; es decir, del poco conocimiento de la desgracia ajena... Tú -prosiguió la monja, acentuando sus palabras-: tú, que has sido encerrada en esta casa porque no puedes olvidar un amante, y que te crees por esto tan infeliz cuando es verdad que de un día a otro puede Dios unirte a él, ¡sabe que la monja que tienes a tu vista se encuentra también en este convento porque supo amar a un hombre...!
-390-Lucinda no contestó y miró a Sor María con muestras de la mayor admiración. Ésta continuó:
-Es preciso que te lo diga todo; hija mía, porque no quiero usurpar inmerecidamente tu estimación haciéndome pasar a tus ojos por una mujer mejor de lo que soy... Después de haber castigado mi cuerpo -prosiguió sordamente-, bueno es que castigue mi espíritu, humillándolo con esta revelación.
Mientras tanto, Lucinda, cuya sensibilidad adivinaba hasta el fondo el dolor de la monja, se creía dichosa ella misma. El dichoso puede hacer abstracción de los demás: el infeliz gusta siempre comparar su estado con el de los seres que le rodea.
-Seré breve -dijo la monja con una calma aparente que engañó a Lucinda-. Yo no nací para el claustro. Mis padres me amaban con locura, y consecuentes con este amor, trataron de darme una buena educación. Con el fin de poner en el colegio a mi hermano, que era mucho menor que yo, fuimos a vivir a Concepción. Allí encontré mi desgracia. Vi a un joven; conocí que me amaba, y lo amé... Perdón ¡oh, Dios mío, por tales recuerdos!...
-¿Y murió? -preguntó Lucinda, creyendo adivinar la causa del dolor de la monja.
-¡Peor que eso! -contestó ésta con triste acento-; ¡mil veces peor! Mi padre tuvo malas noticias sobre la conducta del joven, y me prohibió que le correspondiese, y aun le impidió a él mismo el visitarnos.
-¡Ah!
-Pero en poco tiempo vimos que él cambiaba de conducta... Se convirtió en el joven más honrado y laborioso de Concepción. Tuve el orgullo de creer que yo era la causa de aquel cambio; y cuanto más pensaba en esto, más lo amaba, porque creía que sus buenas cualidades eran obra mía; y que por amor a mí había logrado vencerse; y cuando oía alabarlo, me parecía que las alabanzas se dirigían a mí. ¡Yo había formado un hombre! Bien pronto había Dios de castigar este orgullo; ¡cúmplase su santa y adorable voluntad! Un día, (día espantoso en que casi toda la ciudad de Concepción estuvo en peligro de arruinarse por un terrible sacudón de tierra) en ese día, amiga mía, él expuso su vida por salvar la mía. y lo consiguió sacándome sin sentidos de la casa que poco después cayó... El salió herido... Una fiebre terrible lo tuvo en cama durante más de un mes... Yo velaba cerca de él noche a noche, acompañando a su madre... Cuando (todavía me acuerdo como si acabara de suceder) -391- una tarde confesó en su delirio que me amaba... Yo lo sabía, y sin embargo ¡cuánto no fue lo que gocé oyéndoselo repetir! Yo, entonces abracé a su madre preguntándole si me quería admitir por hija... ¡Cual fue mi dolor cuando la buena señora me hizo ver, llorando, que esto era imposible!
-¿Y por qué? -preguntó Lucinda con interés.
-Porque él estaba destinado a la iglesia... Su madre, a tiempo de darlo a luz, había hecho un voto de consagrar al altar el fruto de sus entrañas.
-¡Jesús! -exclamó Lucinda, cubriéndose la cara con ambas manos.
-Entonces fue cuando yo prometí consagrar mi vida al servicio de Dios, si él libraba de la muerte... Veinte días después estaba sano; y yo, cambiando mi nombre de Angelina por el de María de los Dolores, entré en este convento, creyendo encontrar aquí el olvido de mi desgracia!!... ¡Pero cuánto me engañaba!...
-¡Amiga mía! ¡Cuánto más no la amo ahora! -exclamó Lucinda.
-Te lo confieso para mi propia vergüenza -prosiguió Sor María de los Dolores-: en balde he querido desterrar de mi pecho esos ilícitos recuerdos; en balde he querido apagar en mi corazón la llama que lo consume, sin extinguirse jamás. Si hablo con mis compañeras es pensando en él; si me retiro a solas me persigue también su recuerdo, y si elevo mi corazón a Dios me sorprende a mí misma, orando por él, por su felicidad... La luz del sol, la vista de los árboles y el canto de las aves me recuerdan la dicha de aquel tiempo en que mi felicidad estaba en mi imaginación... y hasta en el ruido del viento que suele resonar sordamente por el claustro me parece oír el eco de su voz. ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Por qué no ha de morir jamás en mí este recuerdo, que cuánto más grato es, más infeliz me hace? Te he dicho esto, Lucinda, para que veas cuán justa es la penitencia que me impongo.
Lucinda no hallaba qué decir, y se contentaba con besar cariñosamente las manos de la pobre mártir.
-Por consiguiente -prosiguió ésta-; no debes mirarme sino como una gran pecadora, que lucha todavía sin conseguir otra cosa que la convicción de la esterilidad de sus sacrificios.
-Madre mía -le dijo al fin Lucinda-; yo no puedo mirarla a usted sino como una de las personas a quienes más amo en la vida. Antes de saber sus desgracias, la respetaba a usted por instinto; pero ahora la respeto por convicción.
-392--Gracias, hija mía; pero aun cuando me hables de ese modo, no se aumentará en lo más mínimo el cariño que te tengo... Tú me has hecho acordar del mundo... Al oír tus cariñosas palabras, al ver pintarse en tus ojos los sentimientos de tu buen corazón, he visto renacer en mi pecho afectos que dormían, pero que no estaban extinguidos... ¡Dios mío! Yo no sé por qué esta consideración que me aflige hace nacer al mismo tiempo en mi alma no sé qué secreto contento que anima mi espíritu aun contra mi misma voluntad. ¡He querido y quiero morir en mis afectos, y ahora veo que estos afectos viven y me llaman a la vida! He querido anonadar mi corazón, y ahora veo que todo ha sido en vano! Hasta de mi familia me he separado completamente: no me quedaba más que un hermano y dos tíos; pero a pesar de lo mucho que los amaba, tuve fuerzas para rogarles que me olvidasen y que no me viesen jamás. Mas, no necesita el corazón de que los ojos vean para tener presente los objetos de su cariño. ¡Pobre hermano mío! ¡Pobre Anselmo, tan bueno y generoso!...
-¡Anselmo! -exclamó Lucinda, a quien este solo nombre hizo palidecer de emoción.
-¿Qué tienes? -preguntó Sor María-, ¿conoces a Anselmo Guzmán?
-¿Anselmo Guzmán es hermano de usted? -exclamó Lucinda, poniéndose de pie como por un movimiento galvánico.
-Sí, hija mía; pero ¿por qué...?
-¡Hermana de mi corazón! -le interrumpió la niña, abrazando a la monja cuya sorpresa iba en aumento-. ¡Hermana de mi alma! Sabe que Anselmo es el dueño de mi voluntad...
-¿Será posible?
-¿Qué ha tenido mi corazón que no lo ha adivinado antes? -se preguntó Lucinda.
La monja no parecía escucharla. Hincándose en la cama, exclamó con las manos elevadas al cielo:
-¡Bendito! ¡Alabado sea el nombre de Dios! ¡Gracias, gracias, Dios mío! ¡Que me pones en estado de ser feliz contribuyendo a la felicidad de mi hermano!
Y dirigiéndose a Lucinda, le dijo estas breves palabras pronunciadas con tal tono de convicción que hicieron renacer la esperanza en el alma de la pobre niña:
-¡Serás la esposa de Anselmo!
Lucinda miró a la monja con indescriptible mezcla de amor, de respeto, de compasión y de agradecimiento.
-393--Sí, Lucinda -prosiguió la monja-. Siento en mí la convicción de que serás mi hermana. Como tal te amo. Roguemos a Dios por que esta unión se verifique... Dios permitirá que os vea unidos antes de morir. Si lo consigo creeré que el cielo ha perdonado mis faltas.
-Pero si mi padre se opone a esta unión -dijo Lucinda-; si no encuentro apoyo en mi madre misma ¿qué otro refugio me queda fuera del claustro? A pesar de mi repugnancia, había prometido buscar la paz en un convento, si...
-¡Ah! Hermana querida -le interrumpió la monja con el acento de la más triste convicción-: para encontrar la paz en el convento, es preciso entrar en él con el espíritu tranquilo. El hábito es incapaz de tranquilizar al corazón que fue una vez sacudido profundamente. Aquí no se aprende sino a conservar la calma que se trae de fuera... Por esto soy de parecer -prosiguió-, que conserves intacto tu santo afecto. Pon tu confianza en Dios, y él favorecerá tus rectas intenciones si tienes fe en su divina Providencia!!! [...]
En esto se oyó la campana que tocaba a maitines. Un susurro general se dejó oír en el monasterio, que todo entero despertaba para ir a rendir al Señor de todo lo creado, el tributo de los primeros pensamientos del día.
-Ya amanece -dijo Sor María-. Tocan a coro y es preciso que me levante.
-Pero, hermana de mi alma, usted no ha dormido -le interrumpió Lucinda- ¿no podría dejar de ir al coro?
-Hace algunos años -le contestó sonriendo dulcemente la monja mientras arreglaba su hábito-, que no sé lo que es darme gusto. Es preciso que cumpla con mi obligación, y que además mortifique a este cuerpo rebelde...Voy a orar a Dios por ti -prosiguió, acariciando a Lucinda con inefable bondad-. Mientras tanto, te ruego que trates de conciliar el sueño.
Diciendo esto, salió Sor María y se incorporó en la fila de monjas que se dirigía hacia la iglesia. Diéronse y devolviéronse los saludos de costumbre:
-¡Hermana! ¿Qué nuevas tenemos?
-¡Agradezcamos a Dios este nuevo día que amanece para nosotras!
-¡Pidámosle su gracia para poderlo emplear en su servicio!
Bien pronto quedó el patio sumido en el más profundo silencio.
-394-El viento seguía agitando los naranjos del claustro y silbando sobre los techos. De cuando en cuando oía Lucinda el eco de la oración de la mañana, que semejante al aroma de mil flores, se elevaba hacia el cielo. La niña unió su corazón al de las puras vírgenes, y cuando la oración cesó, rendida de fatiga, dobló su bella cabeza sobre la burda almohada, y vestida como estaba, se quedó profundamente dormida.
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| J. V. LASTARRIA. (Juicio histórico sobre Portales, II.) | ||
En ese mismo día marchaban juntos por la calle de Santa Rosa en dirección de la casa del clérigo Cardoso, los señores Víctor Dorriga y don Diego Portales. Después de haber marchado largo rato en silencio, dijo el primero:
-¿Para qué nos habrá enviado a llamar su reverencia?
-No sé -contestó lacónicamente el segundo-: solo me dice en su esquela que se trata de una noticia importante.
-Lo mismo me dice a mí, agregando que es preciso tomar una pronta medida.
Llegados a la casa, se fueron al cuarto del reverendo, a quien encontraron arreglando, una sobre otras, varias cartas abiertas que tenía sobre la mesa.
-396--Bienvenidos sean ustedes -dijo, saludando a los recién llegados-. Acabo de recibir estas cartas que me hablan del estado en que se encuentra la República. Vamos a leerlas por orden, a fin de determinar con acierto sobre lo que conviene hacer.
-Está bien -contesto Portales, sentándose-. Yo tengo buenas noticias del sur. También traiga aquí mi correspondencia.
-Veremos si las noticias que nos dan estas cartas coinciden con las que nos han llegado por otros conductos -dijo Dorriga.
-Vamos a ver -dijo el padre, tomando una de las cartas-. Daremos principio por la del presbítero Franco que me impone de los últimos sucesos de Valparaíso. Dice así:
«Valparaíso, Setiembre 21 de 1829.
«Reverendo padre: La paz de Dios sea con su paternidad reverenda.»
Un ligero movimiento que Portales hizo sobre su silla interrumpió la lectura del fraile, quien, mirando por debajo de sus negras pestañas a don Diego, vio dibujarse en los labios de éste una sarcástica sonrisa. Sin embargo, afectó no apercibirse de ello y prosiguió su lectura con voz firme y clara:
«Con fecha dieciséis del presente, ha verificado el Congreso el escrutinio en la elección del Presidente y vicepresidente de la República. El primer cargo ha recaído en la persona del General Pinto, que aun cuando sea nuestro enemigo, poco tenemos que temer de él...»
-Tiene razón, es una momia que la tierra reclama -dijo Portales.
-¿Y quién es el vice? -preguntó con voz temblorosa Dorriga.
«Para, el segundo cargo -(prosiguió leyendo el padre)- resultaron 98 votos por don Francisco Ruiz Tagle; 61 por el General Prieto, y 48 por don Joaquín Vicuña. Usted comprenderá que los amigos hemos hecho soberanos esfuerzos a fin de que se diese por electo al primero, en cuyas manos esperábamos que Pinto depositaría el mando supremo una vez que se viese agobiado por los achaques de su edad, y por los inconvenientes que sabríamos suscitarle; pero el diablo ha metido su cola, y estos malditos pipiolos que están en mayoría han repetido la votación entre los tres nombrados, declarando electo a Vicuña, quien sacó cinco votos más que Tagle. Hemos protestado una y otra vez; pero ellos creen estar en su derecho -397- interpretando antojadizamente el artículo 72 de su infernal Constitución.
Por último yo reiteré mi protesta y pedí certificado de ella. Vean ustedes lo que conviene hacer allí:
En consecuencia, el Congreso ha dispuesto hoy que Pinto venga a este puerto a recibirse del mando.
Mientras tanto, nosotros influimos sobre el ánimo de las gentes, y ya hay muchas que creen inconstitucional la elección de Vicuña.
Salude a los amigos de esa etc.»
-Yo creo que es preciso ganar tiempo retardando el viaje de Pinto -dijo don Víctor.
-Así me parece -contestó el padre-, y ya he trabajado sobre esto.
-¿De qué manera? -preguntó don Diego.
-Dando algunos consejos a Pinto: ustedes saben que el General me cree: he sido su confesor; conozco sus tendencias, que son por la libertad; pero también conozco sus debilidades...
Portales se sonreía meneando la cabeza, y haciendo circulitos en el suelo con el grueso bastón que tenía en la mano.
-Por esto me he ocupado durante este último tiempo en meter miedo al General con la grave responsabilidad del mando supremo. Está dispuesto a renunciar.
-De poco nos servirá su renuncia si el mando ha de caer en manos de Vicuña -observó don Diego.
-Sin embargo, la infracción puede servir de pretexto a los nuestros -dijo Dorriga-. No hay mal que por bien no venga.
-Con todo -agregó Portales-, yo estoy porque Pinto quede en el mando. Su debilidad nos favorece. En consecuencia, conteste usted, padre, al clérigo Franco, diciéndole que trabaje por que el Congreso no admita la renuncia.
-Veremos lo que dicen los demás amigos -contestó su reverencia-. Ahora vamos a otro capítulo: ¿qué noticias tiene del sur?
-Ahí es donde está lo principal del negocio -dijo don Diego... -Ayer recibí cartas de varios amigos del Maule. La agitación crece por momentos, y espero que Prieto se hará pronto dueño de esas regiones.
-Amén -contestó el fraile-. En cuanto a las noticias de Concepción -prosiguió, sonriéndose-; no pueden ser más satisfactorias. El cura de aquella ciudad, que es un santo hombre, me escribe una carta -398- modelo de laconismo, «que haría honor a un espartano». Hela aquí.
«¡Amigo mío: Todo Concepción es nuestro!»
-A mí también me han escrito lo mismo -contestó portales-: y es preciso creer que Prieto cuenta allí con un buen número de prosélitos.
-Pero lo importante es que los tengamos por acá -contestó Dorriga.
-Esta otra epístola es del Maule -interrumpió Hipocreitía:
«Venerado amigo: De un momento a otro esperamos que pase para el norte el invicto Prieto con su gran ejército, aunque, a decir verdad, este nuevo Gedeón no necesita de tanta gente para vencer a esos Filisteos, verdaderos enemigos del Arca Santa de nuestros derechos. Todo el mundo se apresta para acompañar al ejército libertador hacia esa tierra de promisión que...
-¡Pare, padre, por Dios! -le interrumpió Portales-. Permítame que no le crea a ese bíblico corresponsal; pues parece no vivir en Chile... No nos metamos con judíos...
-Esta otra misiva es de un cristiano -dijo sonriendo Hipocreitía.
-Veamos lo que dice.
«De este partido del Maule, a 23 de Agosto de 1829.
«Reverendo Señor: Celebraré que al recibo de ésta se encuentre su paternidad gozando de la más perfecta salud como mi fino afecto se lo desea. Yo estoy güeno pa lo que me mande y fuere de su mayor agrado. Señor: esta se reduce a ecirle que respecto del encargo que me hizo sobre ecirle el estao de las cosas de la pulítica de este partío, le diré a su paternidad que el negocio no puede ir mejor que lo que va, porque es bendición de Dios lo que pasa, que no parece sino cosa de milagro, sigún es la gana que la gente tiene de que llegue Prieto con revolución y too a estos lugares El señor cura da hasta cuarenta días de indulgencia al que ayude a la causa santa, como él dice en las pláticas dotrinales de los domingos, con la iglesia llena hasta los topes que da gusto. En fin, se hacen apuestas de uno y otro lao. Unos apuestan a que el gobierno cae, y otros a que no cae; y si mi cosechita no hubiese sido tan mala este año, Yo habría podío apostar hasta doscientos pesos, porque la cosa está de ocho a cuatro, sigún lo afirma el señor cura, que lo ha leído y releído en su libro que se llama Biblia del tiempo de los señores jesuitas. -399- Por último, y al fin del cuento; yo creo que con el favor de Dios, los herejes no meniarán pata. A dos gringos que hay en este pueblo, los tenimos acholaos y no se atreven a salir de sus casas ¿quién les metió en la cabeza venirle a esta tierra de cristianos a dar mal ejemplo, que es un horror? ¿Por qué no se van para su Francia? Y con esto se despide S. S. S. Q. B. S. R.»
-Su paternidad lo entiende -dijo Portales; pues busca sus corresponsales entre toda clase de gente.
-Es guaso que me debe todo lo que tiene -contestó el fraile-. Algo se puede sacar en limpio de todo el fárrago de su carta. Oigan ahora lo que me escribe mi corresponsal de Curicó.
«Reverendo padre: como mi carácter de sacerdote me impide hasta cierto punto meterme muy adentro en los negocios de la política revolucionaria, me he contentado con hablarles a varios amigos sobre la necesidad que el país tiene de cambiar de gobernantes, y aun de sistema, y puedo asegurar a su paternidad, que mis palabras han encontrado eco entro los amigos de la religión. ¿Cómo había de trepidar en poner mis influencias al servicio de una causa tan santa? Pero aunque obro con mucha prudencia, porque no hago más que predicarles en el púlpito su deber y aconsejárselo en el confesonario, creo que se ha conseguido bastante. Al menos, yo puedo responder de la actitud de mis feligreses. Ayer hablé con un cierto individuo sobre un proyecto, que aunque peligroso, no deja de presentar sus ventajas. Se trata de la formación de una partida ambulante que recorrerá la parte del país comprendida entre este pueblo y la capital...»
-¡Ah! Ya sé quién es ese individuo -interrumpió Portales...- Me ha escrito él mismo...
-¿Quién es?
-Don Ángel Calvo.
-Un antiguo realista.
-Sí, lo conozco; es de los nuestros, y no nos engañará -dijo Dorriga.
-Pues don Ángel -prosiguió Portales-, ha formado el proyecto de reunir una partida de guasos para tomarse la villa de Curicó y preparar por medio de correrías el campo a Prieto.
-Es lo mismo que esta carta dice -contestó el fraile-. Voy a leerles enseguida lo que me dice otro señor cura de San Fernando.
-400-«Mi querido y santo amigo:
«En mi curato no hay machos pipiolos; pero los tres o cuatro que existen bastan para revolverlo todo: tienen, pues, a toda esta felegresía como una madeja sin cuenta. ¡Es un horror! Ayer no más se atrevieron a decir en presencia de los concurrentes a la misa, que yo no cumplía con mis deberes porque predicaba a mi rebaño sobre política. ¡Herejazos! ¿Y qué sabrán ellos de religión? Pero yo no me he chupado el dedo, porque a renglón seguido los excomulgué, y santas pascuas. Ya muchos fieles timoratos no se atreven a hablar con ellos... ¡Para que vean lo que es difamar a su cura! Como aquí la autoridad está en manos de boquiabiertos que no saben lo que es tomar una medida contra tales desmanes, no hay más que emplear contra los malvados los rayos del Espíritu Santo. Si siguen con las mismas, los excomulgo a velas apagadas, y veremos quién pierde. Mientras tanto, écheme su paternidad la bendición y encomiende en sus santas oraciones a su humilde capellán para que no sea presa de estos fariseos.»
Concluida esta carta, que hizo sonreír a los que la oyeron leer, dijo el padre:
-Tengo además otras de varios curas del campo que dicen más o menos lo mismo. Cada cura persigne las ideas pipiolas, y las expone a la vergüenza pública, ya en el púlpito, ya en las conversaciones doctrinales del estrado. Acerca de esto, estoy contento porque tenemos en este país un clero celoso por el sostén del orden y de las ideas religiosas. Tal es lo que ustedes pueden poner en conocimiento de los domas amigos, encargándoles que no desmayen, que influyan por todos los medios posibles para preparar los ánimos a favor de la revolución del sur.
-Pero Prieto no ha escrito -dijo don Víctor-: nos tiene a ciegas.
-Espero recibir bien pronto cartas de Prieto -dijo Portales-. Mientras tanto pueden ustedes hacerse cargo del estado de nuestros asuntos en el sur, leyendo estas cartas, muchas de las cuales me han llegado esta mañana.
Diciendo esto, sacó don Diego de sus bolsillos varios paquetes de cartas que echó sobre la mesa, y que los circunstantes empezaron a abrir y a leer con avidez.
-Ahí verán ustedes -prosiguió Portales, sonriéndose-, que yo tengo también mis corresponsales, así como nuestro reverendo Hipocreitía. -401- Casi todas estas firmas son de administradores de estanco, estanquilleros, y hasta cigarreros, que me sirven con celo y fidelidad.
El padre hizo un gesto de aprobación, y acercándose a don Diego le dijo:
-No se olvide de Freire, señor. El crédito del General nos puede ser muy útil cuando llegue el caso de obrar.
-Aldeano está encargado de ese papanatas -dijo Portales-. Lo maniatará como a un carnero.
-Que no olvide el señor don Rodrigo de recordar a Freire las causas de su enemistad con Pinto -dijo Hipocreitía-. Es preciso que Freire haya tenido y tenga razón siempre, porque a los hombres impresionables se les maneja halagando su pasión favorita.
Después de esto, Portales y Dorriga se retiraron. El padre tomó entonces la carta que estaba debajo de las demás, y leyó con extrema satisfacción.
X.* Setiembre 1.° de 1829.
«Reverendísimo señor:
«A su paternidad debo cuanto tengo: por sus empeños me veo a cargo de esta escuela que me da para mantener a mi mujer y mis hijos; por consiguiente, no hago nada con obedecer sus órdenes, y no se dirá, Dios mediante, que Hilarión de la Cachiporra es un desagradecido.
«Sigo, como no puedo menos de dejar de seguir, en todo y por todo sus consejos. Cada día soy más duro con mis muchachos, quienes me respetan más que a sus propios padres, y aun éstos muchas veces me envían sus hijos para que los castigue, en lo cual he adquirido portentosa fama en este pueblo, mucho más que la que tiene mi compañero de Cáuquenes, protegido también por su paternidad. He escrito en las paredes de la escuela la letra con sangre entra, hasta los mocitos de media barba tienen que inclinarse ante el látigo y la palmeta; por manera que no hay quien no respete al español Cachiporra. Aun después de haber salido de la escuela me conservan cierto temor que como su paternidad me dijo la última vez que nos vimos, era necesario para abatir el orgullo a éstos enemigos de la madre patria.
«Le aseguro, sin mentir, que muchas veces les he aplicado el correctivo solo por humillar a los más orgullosos. Si es que este sistema -402- se sigue en todo este reino, producirá al fin muy buenos efectos.
Besa los pies de su paternidad reverenda, su humilde criado.»
II de la Cachiporra.
No parecía sino que aquel fuera el día de las cartas para el reverendo padre, porque apenas concluyó de leer la anterior, cuando entró al cuarto una vieja, quien entregando al fraile un papel doblado, dijo:
-Sor Agueda me encargó dar a su paternidad esta carta en mano propia.
Desplegó Hipocreitía el papel y leyó:
«Reverendo padre:
«La niña, después de haberme hecho concebir esperanzas, ha vuelto a su terquedad primitiva. Parece que algo de nuevo le ha pasado en el convento. No oye mis consejos, y el confesor mismo se queja de su tenacidad. ¡Ya se ve! Quien lo hereda no lo hurta, pues, (no lo digo por mal) el pobre don Marcelino ha sido siempre porfiado.
«Deme consejo, y Dios me lo guarde-Su humilde servidora que se arroja a besarle los pies, pidiéndole su bendición en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.»
Sor Agueda, Indigna abadesa de este convento.
El padre tomó la pluma y contestó:
«Respetable madre:
«Ponga a la niña en una celda sola, y quítele toda clase de compañía. Yo hablaré con el confesor. Su humildísimo capellán.»
Hipocreitía.
Enseguida dio la contestación a la misma vieja y se dispuso a salir.
-Tal vez ha echado a perder el negocio ese imbécil clérigo O.* -dijo, tomando su bastón y sombrero-. Es preciso que hable con él: ¡qué triste cosa es esto de no encontrar un hombre que secunde un plan bien combinado!
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«El General Pinto, asustado de su obra misma, retrocedió en el conflicto; y con su propia mano entregó a los adversarios de la unidad liberal, la tea con que debían devorar sus inmortales preceptos.» |
| B. V. MACKENNA. (Portales I, 3.) | ||
Entrevistas análogas a la que relata el capítulo anterior, se sucedían cotidianamente entre los enemigos del gobierno. Se daba, se recibía y se comentaba las noticias, ya originadas del gabinete y de los círculos sociales de Santiago, ya traídas de las provincias. Las cartas escritas en las más apartadas regiones y dirigidas a los prosélitos de la capital, eran leídas ya en reuniones secretas, ya en la plaza pública, cuando se creía conveniente su publicación. Cruzábanse las desconsoladoras noticias por todas partes: los unos las oían temblando de miedo, otros las deseaban más amenazadoras aun, y muchos las recibían y las daban sin creerlas. La intranquilidad llegó a ser una enfermedad crónica de la sociedad: estado tanto más alarmante, cuanto que era originado de las especies propaladas por un partido tan autorizado ante el vulgo, como eran los pelucones. Vivíase en una época de transición, en que la duda y el temor que -404- ella produce, tenían a las gentes en un continuo sobresalto. Marchábase como a ciegas por un terreno desconocido, y en esa marcha no era difícil explotar el candor de los que obraban de buena fe. La mutua desconfianza producido por la sistemática hostilidad del partido reaccionario contra los principios liberales, había llegado a constituir un elemento social, que desunía aquí para unir allá, o para soldar amistades más allá. Porque, no es extraño que quien desconfía de un vecino, busque un apoyo sólido en la unión de un tercero a quien teme u odia menos.
Las causas de ese fenómeno político-social, que nuestra sociedad presentaba entonces, han llegado últimamente a evidenciarse de una manera tal, que de su estudio se deriva una severa lección para nosotros. ¡Quiera Dios que sepamos aprovecharla!
¿Por qué la administración de los liberales se había creado tantos enemigos con la práctica misma del bien? He aquí lo que decía, algunos años después, el ilustre autor de las palabras escritas a la cabeza de este capítulo:
«El gobierno destruía los privilegios comerciales e industriales, luego nosotros, privilegiados, destruyamos ese gobierno.
«El poder político examinaba y tocaba la posesión de los sostenedores del orden antiguo: ¡luego nosotros, frailes y clérigos privilegiados, destruyamos ese poder político!
«El gobierno es hereje; quiere renovar las creencias antiguas de la plebe; quiere ilustrar: luego exaltemos a la plebe católica, antigua, contra la ilustración, la herejía.»
Los pelucones supieron aprovechar ese estado de febril intranquilidad que agitaba la república, esas colisiones producidas por el ardor patriótico de unos, al estrellarse contra la frialdad egoísta o la temerosa esquivez de otros; así como también la desinteligencia de los diversos grupos que formaba el partido liberal, grupos que, sin embargo de mirar hacia un mismo fin, marchaban como a discreción. Esto, falta de unión, y tal vez una exagerada confianza en sus propias fuerzas, fue lo que los perdió. Mientras ellos creían poder marchar sin miedo, con el estandarte de la libertad en la mano, sus enemigos no perdían la menor ocasión en minar las bases del sistema republicano que principiaba a entreverse. Las ventajas de su posición social, sus riquezas, la ignorancia del pueblo, las antiguas preocupaciones, los vicios de la sociedad, y hasta los mismos errores del partido liberal, fueron otros tantos elementos de reacción que los retrógrados supieron utilizar.
-405-El punto de apoyo de las insidiosas operaciones de los reaccionarios, era el sur de la república. Concepción, cuyas aspiraciones de influencias provinciales no cesaban de fomentar los pelucones, habíase hecho el centro de la revuelta que Prieto, valiéndose de los mismos elementos que el poder supremo puso en sus manos, había logrado entender hasta las riberas del Maule. He aquí cómo la reacción pelucona principió por una traición: y, traición ella misma en la esencia de sus aspiraciones contra la libertad y los derechos de los pueblos, había de llegar al fin a consolidarse por otra gran traición.
Con fecha 4 de octubre de 1829, se reunió la Asamblea provincial de Concepción, y levanta una acta, por la cual se declaraba en abierta rebelión contra los poderes constituidos, fundándose en las «infracciones cometidas por el gobierno contra la Constitución» que acababa de dictarse y que ellos mismos querían echar por tierra.
La noticia consternó a Santiago, y los pelucones se empeñaron en extenderla por toda la ciudad, derramando por las calles y plazas gran cantidad de hojas sueltas, en las cuales se agregaba además, que el ejército de Prieto no tardaría en atravesar el Maule para dirigirse hacia la capital.
Los liberales, cuyas esperanzas se fundaban en el General Pinto, se empeñaban en que éste asumiese cuanto antes el mando. Con la pronta organización de la administración suprema se podía cruzar las operaciones de los traidores. Pero a éstos les importaba mucho ganar tiempo, y consiguieron que el Presidente elegido renunciase. Desechada la renuncia por el Congreso, volvió el General a elevarla de nuevo; y fue desechada por segunda y tercera vez. Entonces, Pinto asumió el mando; pero fue para darle un golpe de muerte al Cuerpo Legislativo, que era la salvaguardia de la República.
Entraba por mucho en los planes reaccionarios el introducir la discordia entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo, así como la habían introducido ya entre aquél y el Judicial. «Dividámoslos y los debilitaremos», era la jaculatoria constante del padre Hipocreitía, quien miraba de reojo al clérigo Franco cuando éste decía en sus arrebatos:
-¡Es preciso que obremos de una vez contra estos facinerosos!
-¡No! -contestaba el fraile-, «esperemos a que la pera esté madura para recibirla en la mano cuando caiga».
En el mismo día en que el General Pinto se hacía cargo de la presidencia; esto es, el 19 de octubre de 1829, se hallaba el infatigable -406- jesuita hablando con sus principales amigos en casa del ex-ministro Ruiz Tagle. Después de haber tratado largamente sobre el estado de los asuntos del sur, dijo con impetuosidad el clérigo Franco:
-Pues, señores, ¿si Prieto cuenta con un ejército de más de dos mil hombres, por qué no se viene sobre la capital? Santiago es nuestro ¿qué esperamos para dar el grito?
-Pies de plomo, amigo mío -le interrumpió Hipocreitía sonriendo-. Ninguna cosa sale buena si no se hace in debito tempore.
-Para mí la verdadera oportunidad está en la rapidez con que se obre -replicó Franco.
-Sin embargo -observó Dorriga-, la prudencia aconseja...
-¿Qué dejemos escapar el pájaro? -interrumpió el otro.
-No, mi buen amigo -respondió Hipocreitía-. Es preciso no tratar de tomar el pájaro con demasiada precipitación, porque nos podríamos quedar con las plumas en la mano.
-Tiene razón, su paternidad -dijo Tagle-: yo siempre he seguido su parecer.
-Yo puedo estar muy equivocado -prosiguió el jesuita con tono humilde y mirando por entre sus negras pestañas a don Diego Portales, que se sonreía al observar los gestos que hacía el clérigo Franco-: yo puedo equivocarme; pero creo necesario concluir de prepararnos. Los tontos han caído en el garlito. Muy pocos son los que creen en el formal levantamiento de Prieto, y todos ellos piensan encontrar en Pinto un sólido apoyo del sistema actual. El mismo Pinto lo cree, y no es éste su mejor engaño; pero ya ustedes saben que hemos conseguido de él la clausura del Congreso. Mañana se reunirá éste para principiar de nuevo sus sesiones en esta ciudad; pero también mañana mismo recibirá del nuevo Presidente la proposición de cesar en sus funciones.
-Pero; ¿es un hecho que Pinto ha accedido? -preguntó Dorriga.
-Tengo aquí una copia de la nota -contestó el fraile, presentando a la concurrencia un papel doblado.
Portales tomó la nota; la leyó rápidamente, y dijo.
-¡Esta en regla. Este golpe es maestro!
-Don José Joaquín de Mora, que es quien la ha redactado -dijo Hipocreitía-, ha tenido la bondad de hacer en ella algunas alteraciones que yo le he indicado.
-Don José Joaquín es un buen español -observó Dorriga.
-El señor Tagle es testigo -prosiguió el fraile-, de lo que ha habido -407- que trabajar para hacer consentir a Pinto en que la salvación de la República estriba en la disolución del Congreso y en la nueva elección de mandatarios para el año venidero. El buen General cree a estas horas que solo así se conseguirá hacer desaparecer las rivalidades, los odios de partido, las ambiciones y el descontento que divide al país. Es preciso, señor General, le he dicho yo, «quitar todo pretexto a la sedición y todo pábulo a las miras personales.» Él lo cree así y obra con la conciencia de que tal proceder pacificará al país. Pero una vez disuelto el Congreso, el país es nuestro, como un rebaño al cual se le ha quitado el pastor.
Cuando Hipocreitía hubo terminado, todas las miradas se fijaron en él. El fraile hablaba con la elocuencia de un hombre inspirado, y el tono solemne de su discurso dominó a los concurrentes, algunos de los cuales exclamaron:
-¡Sí, sí: es verdad! Entonces será el momento de obrar.
Portales nada decía: solo se contentaba con mirar de hito en hito al fraile mientras hablaba; y concluyó al fin por aprobar el discurso con un gesto en que se revelaba cierto grado de admiración.
Esa misma tarde se hablaba en los diferentes círculos de Santiago de la dimisión del General Pinto, y de la manera enérgica con que una y otra vez había sido rechazada por la Representación Nacional.
Habíase descubierto que estas renuncias no eran más que un juego de coquetería aconsejado por los pelucones al General, cuya debilidad explotaban. Ellos sabían muy bien que la mayoría del Congreso no aceptaba la renuncia, y esperaban sacar partido de la desinteligencia entre el cuerpo legislativo y el presidente electo.
Esta desinteligencia comenzaba a verse bien claro en los motivos mismos que servían de base a la renuncia de Pinto. Éste escribía al Congreso con fecha 18 de octubre que «entre los principios que dirigían al Congreso y los suyos, no existía aquella armonía, sin la cual, ninguna administración podía ser útil.» Y luego concluía diciendo: «que no solo era lícito sino obligatorio, el renunciar la presidencia, a causa de la imposibilidad de aceptarla, sin aparecer partícipe en actos que no juzgaba conformes a la ley; y que además, eran de una tendencia perniciosa.»
-¿No ven ustedes? -decían los más exaltados-. ¿No ven ustedes cómo ya se ha sembrado la cizaña entre los poderes Legislativo y Ejecutivo?... ¡Aquí está de manifiesto la mano de los pelucones! Por subir al mando serán capaces de empujar al país a la guerra civil.
Hablábase además en los numerosos corrillos de cierta entrevista -408- habida entre Pinto y los principales pelucones, en la cual había quedado convenido que la revolución que amenazaba al país se desarmaría por sí misma, a condición de que se disolviese el Congreso.
Los noticieros referían mil anécdotas que revelaban la maléfica influencia del partido reaccionario sobre el ánimo del Presidente, y aun aseguraban que ya éste había firmado la nota que debía enviar al Congreso proponiendo su separación.
Esta vez decían verdad los noticieros: sin embargo, había muchos que tenían fe en el patriotismo y buen sentido del General Pinto, y no podían creer que él se prestase a servir de apoyo a los reaccionarios. Otros, sin hacer agravio a la lealtad del ilustre General, temían que éste no fuera a ser víctima de las instigaciones peluconas, y se decidieron a hacerle presente que, en caso de haber acogido tan fatal idea, desistiese de ella.
A este fin comisionaron a don Carlos Rodríguez, para que, acercándose al Presidente, le manifestase cuán peligroso era en las actuales circunstancias, el deshacerse de un apoyo tan importante como el Congreso; mayormente cuando la medida en cuestión pugnaba abiertamente contra la ley y era en un todo contraria a las conveniencias políticas. Rodríguez juró cumplir fielmente con la comisión que sus amigos políticos le daban.
-409-
| (Nota del presidente Pinto al
Congreso, proponiendo su disolución. Octubre 20 de 1829.) |
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Rodríguez era un patriota ardiente y entusiasta por la causa de la libertad; y había servido con decidida constancia el Ministerio del Interior durante el gobierno de Pinto. ¿Quién otro mejor que él para influir ventajosamente en el ánimo del General?
El día 20 se presentó don Carlos en el palacio. Al dirigirse hacia la sala del despacho, vio en una de las oficinas a Ruiz Tagle, Mora y el padre Hipocreitía que conferenciaban entre sí. Rodríguez no miraba bien a ninguno de los tres, y concibió entonces graves sospechas contra ellos. Así preparado, se dirigió a hablar con Pinto:
-410-Dígame V. E.: preguntó: ¿es verdad lo que se dice?
-¿Qué se dice?
-Que el Gobierno piensa pedir, o más bien dicho, piensa ordenar al Congreso su disolución.
Pinto no contestó sino con un suspiro.
-Perdóneme V.E. -prosiguió Rodríguez con calor-. Mi atrevimiento nace del amor que tengo a mi país.
-¿Y cree usted que yo lo amo menos? -le interrumpió Pinto, levantándose de su asiento-. Solo el deseo de la tranquilidad pública ha podido obligarme a dar este paso.
-¿Luego es verdad?
-Verdad.
-¡Señor General! -dijo don Carlos con ese tono de reproche que solo a la amistad le es permitido tomar-. Calcule Vuecelencia las consecuencias de este acto.
-Están consideradas, amigo mío. La República se halla dividida. Las instituciones amenazadas por la revuelta; y yo no veo otra solución, fuera de hacer esta concesión a los enemigos del orden para quitar todo pretexto...
-Para envalentonarlos, debiera V. E. decir, pues en cuanto le quiten al Gobierno el apoyo del Congreso, la victoria será de los traidores -dijo don Carlos con ardimiento.
-Pero si bien es verdad -replicó Pinto-, que hay en ese partido traidores a la causa de la libertad, no me podrá usted negar que también hay hombres honrados.
-De ningún modo podría yo negar eso -contestó Rodríguez-. Hay en el partido reaccionario muchos hombres de bien, que aman al país; pero lo aman a su manera; personas distinguidas por su saber, pero cuyas preocupaciones borran en su entendimiento las sanas ideas de la ilustración para dar cabida a las malas prácticas en que se han envejecido.
-¡Sin embargo...!
-Esas gentes -prosiguió don Carlos-, tienen miedo a la libertad, porque nunca la han practicarlo; aman el viejo sistema, porque están acostumbrados a él; y serían capaces de oponerse a la regeneración política y social del país, porque su conciencia, falsamente alarmada, así se los ordena. No, señor: yo no creo que todo el partido reaccionario esté compuesto de malvados. ¡Pobre de Chile entonces! Sería preciso emigrar de aquí... Lo que yo creo es que la falta de ideas, y la ignorancia de la mayor parte de esos hombres, pervierten -411- su voluntad, que de otro modo se dirigiría al bien de la patria.
-Creo que usted exagera las circunstancias, amigo -contestó el General-. Es preciso que nos acordemos de que también ellos son chilenos como nosotros para hacerlos participantes de los negocios públicos.
-¿Digo yo lo contrario? Confieso que la equidad manda llamar a todos los hombres buenos, cualquiera que sea su partido, a formar parte de la dirección de la República. Yo no miro a mis enemigos políticos sino como a verdaderos compatriotas. ¿Ha hecho otra cosa el Gobierno sino darles destinos públicos?
-Es verdad; pero...
-Muchos de sus prohombres ocupan puestos elevados en el ejército, en la administración, en la magistratura judicial... Ahí están Prieto, Ruiz Tagle...
-Sí; pero yo me refería al campo de las ideas...
-¡Ah! Eso es otra cosa, señor General. En ese terreno no cederé jamás un pelo a los contrarios.
-¿Por qué?
-Porque hemos peleado por las ideas republicanas, y es preciso que sostengamos su imperio. Nuestros padres vencieron al enemigo en el campo de batalla, y nosotros debemos proseguir la noble lucha en el campo social. Yo creo que la prudencia manda ser tolerante con los hombres; pero en cuanto a la entronización de los malos principios, ya es otra cosa.
-Comprendo su idea; yo mismo abundo en ella -dijo el General. ¡Pero, ay, amigo mío; cuando uno se ve entre la necesidad de sostener los principios y la de hacer concesiones...!
-¿Concesiones? Yo no veo la necesidad de que habla V. E.
-No hablo de concesiones que puedan rebajar la dignidad de la República...
-¿Y entonces?
-Me refiero a la necesidad que hay mil veces de dejar en la sociedad un resquicio por donde se escape esa fuerza engendrada por las malas pasiones...
-Pero eso suele perder a una administración, cuando la puerta que V. E. abra es la de la injusticia.
-¿La injusticia?
-Sí, señor: porque es injusto abandonar a su suerte y dejar sin apoyo esas instituciones por las cuales tantos patriotas se han sacrificado.
-412--No quedarán abandonadas. Al contrario; amigo mío: yo creo que el amor a esas instituciones es lo que obliga a muchos hombres de bien, del partido enemigo, a hacer la guerra al Gobierno.
-No lo crea V. E... Si mañana toman ellos las riendas del Estado, la Constitución que aparentan defender será la primera víctima de su furia contra las ideas democráticas.
-De todos modos -dijo el General-; mis fines son buenos. Creo deber hacer el sacrificio de...
-¿De qué?
-De renunciar, si el Congreso no aprueba el plan que propongo.
-Pero, Señor:.. por Dios...
-Estoy decidido a ello en beneficio de la paz.
-Y ¿cree V. E. que se obtendrá jamás la paz en una república sin el establecimiento del régimen democrático?
-Pero acordémonos de que la defensa de esos principios nos ha de traer la guerra civil, la lucha entre hermanos. ¡Ah! ¡Don Carlos! ¡Tiemblo solo al considerar que yo podría llegar a ser causa de un derramamiento de sangre entre mis compatriotas!
-Dígame V. E. -preguntó Rodríguez con más calma-. ¿Se acordaron ayer nuestros padres de que tenían que luchar con sus propios; compatriotas para deshacerse, del poder español? No se puede negar que la sangre de los chilenos debió ser preciosa para los autores de nuestra Independencia; y sin embargo ¿dudaron ellos un momento en derramar aquélla a fin de obtener ésta. Lo que ayer hicieron nuestros padres ¿no podemos proseguirlo hoy nosotros? Porque, considere V. E. que ellos no hicieron más que iniciar la obra, dejando a sus hijos el cuidado de concluirla. Nuestra independencia no sería un hecho consumado hasta que no hayamos establecido fuertemente entre nosotros el régimen republicano.
-Estoy en ello -contestó Pinto-; pero le diré a usted además que no encuentro desprovistas de toda justicia las razones que ellos alegan para la disolución del Congreso.
-¡Ah! ¡Señor! -exclamó Rodríguez, dudando aún de lo que oía-. No entraré en esta discusión porque sería demasiado larga, penosa y tal vez inútil, desde que tal convicción lo ha hecho a V. E. tomar este partido. Yo creo lo contrario; y me parece que el mejor medio de evitar la guerra civil es sostener al Congreso, único apoyo que el Gobierno tiene, por ahora, entre los poderes constituidos.
Hubo un momento de silencio, durante el cual, Rodríguez había -413- tomado su sombrero, dando muestras de querer retirarse, mientras el General se paseaba, sumamente contrariado, a lo largo de la sala.
-Pues yo he querido probar al país entero -dijo éste-, que no me anima la menor ambición; y estoy dispuesto a hacer el sacrificio del mando, a fin de obtener la paz que tanto deseo.
-Me parece que sería más patriótico el sacrificio de conservarse en el puesto mientras la reacción amenaza la República -contestó Rodríguez.
-Me es imposible: no tengo fuerzas -contestó el General-. Bien sabe Dios que daría mi achacosa existencia por la felicidad de mi país; pero creo firmemente que mi permanencia en este puesto, puede ser fatal a la tranquilidad pública. Mi resolución es irrevocable porque no encuentro otro medio de conjurar la tempestad que nos amenaza.
Rodríguez salió desesperado. En la puerta del palacio se encontró con don Melchor Ramos, oficial mayor del Ministerio del Interior, a quien don Carlos profesaba la estimación de que el joven era digno. Ambos amigos se saludaron con cordial franqueza, y empezaron a hablar sobre el acontecimiento en cuestión.
-Casi no puedo creerlo todavía -dijo Rodríguez, apretándose la cabeza con ambas manos.
-Desgraciadamente es verdad -dijo Ramos-. Yo mismo he leído la nota, y acabo de tener con el Presidente un disgusto que no he podido evitar.
-¿Cómo así?
-Encontrándome hoy interinamente a cargo del despacho, se ha querido que yo autorice con mi firma una nota contraria a mis principios.
-¿Y qué sucedió entonces?
-Me negué a firmarla. «No, señor Presidente -le dije al General-; no creo que V. E. quiera obligarme a traicionar mi conciencia. Yo no puedo firmar esto.»
-¡Ah!
-Pinto pareció conmoverse al ver mi resolución, y me dejó en libertad. Yo no sabía aún lo que él haría enseguida, cuando en aquel momento entró a la sala el padre Hipocreitía...
-¡Maldito fraile! Creo que es un traidor.
-Yo creo lo mismo, a pesar de la amistad que parece profesar a toda la familia del General. Impuesto el fraile de lo accedido, dijo: «¿qué dificultad hay para que firme el oficial primero? No hay -414- más que poner»: por ausencia del oficial mayor encargado del despacho. De esta manera prosiguió diciendo el fraile y mirándome de un modo particular, quedará tranquila la conciencia del señor Ramos. Enseguida salió de la sala a llamar al oficial primero, refunfuñando entre dientes: ¡la conciencia!... Es preciso no contrariarla jamás, y yo respeto hasta los menores escrúpulos de un hombre. Cinco minutos después, ponía don Alejandro Mardones su firma al pie de la indigna nota.
-Ha obrado usted noblemente -dijo Rodríguez, cuyo gesto manifestaba la indignación de su alma.
Enseguida apretó la mano de su amigo, quien pronto había de pagar con la persecución y el destierro su lealtad a los principios del honor y de la justicia.
-415-
|
| (E. DEL SOLAR.) | ||
Dos o tres días después, el capitán Muñoz y su esposa vieron entrar en su casa a su amigo Anselmo que venía con un papel en la mano. Traía el joven pintada en el semblante la agitación que sentía; y al saludar a sus amigos, les presentó el papel, diciéndoles al mismo tiempo:
-¡La hemos encontrado!
-¿Qué hay? ¿Qué te sucede? -preguntó el capitán Muñoz.
-Que acabo de saber que Lucinda está en el convento de las Capuchinas -contestó el joven.
-¡Gracias a Dios! -exclamó Cecilia.
-Vean ustedes por qué circunstancias lo he sabido. Ustedes tienen conocimiento de que tengo en ese convento una desgraciada hermana.
-Te he oído hablar de ella -le interrumpió Andrés.
-Angelina me escribe esta carta. Voy a leérselas a ustedes:
-416-Mi querido hermano:
Hace pocos días que han puesto contra su voluntad en este convento a una niña llamada Lucinda de Rojas. La casualidad, o más bien Dios, que dirige los acontecimientos de la vida, nos ha unido con la más sincera amistad. Me ha hecho la confianza de su vida entera, imponiéndome del amor que los une a ustedes dos. ¡Considera, hermano mío, cómo la habré abrazado! La quiero con todo mi corazón: puedo asegurarte que ella merece todo el cariño que me ha inspirado. Es un ángel; y tú, mi querido Anselmo, no podías haber hecho mejor elección.
-¡Pobre hermana! -exclamó el joven interrumpiendo la lectura de la carta y limpiándose con el revés de su mano las lágrimas que aparecieron en sus ojos. ¡Ella, tan desgraciada, solo se acuerda hoy de mi felicidad!
Enseguida prosiguió:
En varias cartees que Lucinda ha recibido de sus padres, le hablan estos de la necesidad de que ella permanezca en el convento; pero sin decirle las razones que haya para haber tomado esta resolución tan cruel. La pobre niña se desespera cada día más, y me asegura que su madre no puede haber escrito ninguna de las cartas que aquí han llegado con su firma. Mientras tanto, se la estrecha por medio del confesor, para que dé su consentimiento a no sé qué proyecto de matrimonio con otro caballero...
-¡Infames! -exclamó Anselmo, prosiguiendo enseguida:
Te escribo esta carta, no solo por el interés que tú y Lucinda me inspiran, sino porque creo un deber de conciencia el dar a conocer lo que yo llamo un complot contra esta desgraciada niña.
Para colmo de desdicha, la han separado últimamente de mí, y la tienen encerrada en una celda, porque, según creo, se ha temido que ella encuentre algún apoyo en mis consejos...
Anselmo volvió a interrumpirse. No dijo una palabra; pero el papel crujió entre sus manos temblorosas. Luego prosiguió:
Creo, hermano mío, no tener necesidad de pedirte que obres con la mayor prudencia. Si el padre de Lucinda hace llegar las cosas al extremo, no tomes una resolución desesperada, porque la desesperación es mala consejera. Confía en Dios, y no conviertas en odio el amor de tu corazón. Si hay en la tierra quienes se opongan a tu dicha, -417- acuérdate de que hay también en el cielo una Providencia que puede más que todos los poderes del mundo. Yo espero que al fin ha de abrir Dios los ojos al padre de Lucinda, porque aquí abajo, ni aun la desgracia es eterna, hermano mío. No des cabida en tu pecho al desaliento, y busca el apoyo de algunas personas de valía, que influyan en el ánimo de don Marcelino, confiando siempre en que Dios ayuda los esfuerzos honrados.
Adiós-Recibe un abrazo de tu hermana que ruega por ti.
Concluida de leer la carta, los tres amigos se quedaron unos pocos instantes mirándose en silencio. Luego dijo Andrés:
-Es indudable que las cartas de doña Trinidad son supuestas.
-Yo también lo creo -contestó Anselmo.
-¡Pobre niña! -murmuró Cecilia.
-¿Qué has pensado hacer? -preguntó el capitán.
-Llevar esta carta a don Ramón -contestó el joven-, para tomar consejo de él.
-Me parece bien. Mientras tanto, yo iré a ver a doña Estrella -dijo Andrés...- A propósito ¿sabes lo que se me ocurre?
-¿Qué cosa?
-Que don Ramón visite a don Cándido, el cual tiene mucha influencia sobre el padre de Lucinda.
-Te engañas: don Marcelino se ríe de don Cándido; y según he sabido, ahora no se encuentran muy bien.
-Tanto mejor -replicó Andrés.
-¿Qué quieres decir?
-Que si don Cándido nos podía prestar algún servicio, estando bien con su compadre Marcelino, ahora que están mal, podemos contar con que nos servirá con la mejor voluntad.
-De doña Estrella espero mucho; pero de don Cándido...
-También debes creer que nos ayudará siquiera con su nombre; así como doña Estrella lo hará con su inteligencia y su buen corazón. Te repito que conviene mucho el que Freire le haga una visita como para solicitar su cooperación en este negocio. Don Cándido es vanidoso y aspira a figurar; por consiguiente, la visita de una persona de la importancia y de las relaciones del General lo llenarán de satisfacción y de esperanzas, poniéndolo de nuestra parte.
-Y aun cuando más no fuera -agregó Cecilia-, si con eso se consigue que don Cándido no sea un estorbo para Estrella, se habrá puesto una pica en Flandes.
-418--Pues voy a verme con el General -dijo Anselmo, poniéndose en el bolsillo la carta de su hermana.
-Y yo voy a casa de don Cándido -dijo Andrés, para imponer a doña Estrella de todo lo que pasa.
Cecilia, viendo salir a su marido y a su amigo, se quedó rogando a Dios por que obtuvieran el logro de lo que deseaban.
Media hora después, ya Andrés había impuesto a doña Estrella de todo lo que sabia. Don Cándido oía la relación con cierto aire distraído, como si no le importara gran cosa aquel asunto en que veía interesarse tanto a su esposa, y en el cual iba nada menos que la felicidad o desgracia de su ahijada Lucinda; pero no bien hubo hablado el capitán de la probable visita de Freire, cuando el señor de la Rueda exclamó:
-¿Qué dice usted, capitán?
-Que según todas las probabilidades, tendrá usted aquí esta tarde de visita a la mejor espada de Chile...
-¡Ah! ¡Señor capitán!
-A uno de los jefes más beneméritos del ejército...
-¡Oh! ¡Señor capitán Muñoz!
-A una de las personas más bienquistas en el gobierno...
-¿Pero está usted seguro? Porque ha de saber usted que yo no tengo la honra de conocer personal y amistosamente al General Freire.
-No estoy seguro -respondió Andrés-; pero tengo motivos justos para creer que vendrá hoy.
-Bienvenido sea -dijo don Cándido-; y en cuanto a usted, señor capitán, le agradezco en el alma la advertencia que me ha hecho. Voy a...
-¿Adonde vas? -le preguntó doña Estrella, viendo que su marido quería salir de la pieza.
-Voy a mudarme botas, Estelita -respondió en voz baja don Cándido-. ¿Cómo quieres que espere al señor General con estas botas rotas?
Dicho esto, salió; y después de un buen cuarto de hora, volvió a entrar, no solo con botas nuevas, sino vestido de punta en blanco, como él decía.
-Señor capitán -dijo, acercándose familiarmente a Andrés-. ¿Está usted seguro de que el objeto de Freire sea el hablar sobre los asuntos de mi ahijada?
-No es otro, señor, fuera del de saludarlo cordialmente...
-419--Mucho le agradezco el saludo, y estoy pronto a correspondérselo con la misma cordialidad, siempre que sus fines sean rectos.
-¿Y puede usted dudarlo?
-¡Ah! ¡Mi amigo! -exclamó don Cándido bajando más la voz; cuando una hombre como yo tiene la desgraciada felicidad de estar casado con una mujer linda, está también en su derecho para temer que no todas las visitas tengan fines rectos... Pero dejemos esto que, si no me engaño, es el mismo Freire el viene entrando por el zaguán.
Así era en realidad. Don Ramón venía acompañado de Anselmo, a quien hizo la señora la más favorable acogida, mientras don Cándido se deshacía en cumplimientos con el General.
-Aunque no tenía el placer de conocerlo a usted personalmente -dijo éste-, me he tomado la libertad de venir a pedirle un servicio.
-Ya tengo conocimiento de todo, por el señor capitán Muñoz -interrumpió don Cándido-; y agradezco a usted, señor General, el que me proporcione la dicha de verlo, para lo cual pongo a su disposición todos mis posibles.
-Mil gracias, señor: ¿por manera que... puedo contar con su apoyo?
-Además de que tengo también que cumplir con las obligaciones que el carácter de padrino de Lucinda, me imponen...
-Pues, fundado en eso he venido a empeñarme con usted...
-Razón por la cual le he dicho a Estelita que no es caridad permitir que esa pobre niña sea martirizada por el logogrifo de su padre, que aunque sea mi compadre, no dejo de conocer que es un bárbaro incivil...
-Es decir -interrumpió vivamente Freire-, que puedo contar con que usted...
-No, hija mía -le dije a Estelita, (sin atender a lo que su interlocutor le decía, y viendo que la señora había salido de la pieza)-: no, mi vida, es preciso cortar los planes de mi compadre. Ella aceptó al momento mi idea, y como es incapaz de contradecirme. Porque ha de saber, señor General, que yo, aunque trato muy bien a mi esposa y la quiero como a las niñas de mis ojos, no permito que ella me contraríe en lo más mínimo...
Muy bien hecho, señor de la Rueda -interrumpió Freire, ya fatigado de la charla de su interlocutor-; muy bien hecho: pero volvamos a nuestra asunto...
-420--Así fue -prosiguió don Cándido, que Estelita se puso a trabajar en el sentido que yo le indicaba...
-Mucho agradezco a usted y a la señora...
-La tengo bien enseñada, señor General, a que siga sin chistar ni mistar el camino que yo le trazo. Yo mismo fui a preguntar a mi compadre en qué convento estaba su hija; pero él nada quiso decirme...
-Ya sabemos que Lucinda está en...
-En las Capuchinas... Y ahora que me acuerdo: ¿sabe usted que se la tenemos ganada a mi compadre?
-¿Cómo así? -preguntó Freire.
-Mire usted, señor General. Sepa que la abadesa de las Capuchinas, Sor Agueda de... no me acuerdo ahora, es hermana carnal de la primera mujer de un amigo íntimo de mi difunto hermano, que murió cuando la peste grande, el año de...
-Vea, señor de la Rueda -interrumpió el General, alzándose de su asiento-: el objeto que aquí me ha traído es saber si puedo contar con usted para...
-Para todo, señor; para todo -interrumpió don Cándido.
-Porque puede suceder que haya necesidad de emplear la fuerza contra don Marcelino; y como si llega el caso de sacar del monasterio a Lucinda, yo no podría ponerla en mi casa, pues las azarosas circunstancias en que el país se halla, nos tienen a todos los soldados sin paradero fijo...
-Ya entiendo, señor, sin paradero.
-Quisiera saber: ¿si podríamos contar con su casa de usted?
-La tiene usted a su disposición, señor General -respondió con voz entera doña Estrella, que en aquel momento entraba en la sala.
-Estelita se ha apresurado a contestar por mí -dijo don Cándido-, porque sabe muy bien que nada me gustaría tanto como tener aquí a mi ahijada.
-Gracias, gracias, señores -dijo Freire-. Ahora me permitirán ustedes que me retire. Voy a verme con don Marcelino.
-No necesito ofrecerle a usted mi casa, señor General -dijo don Cándido-, porque muy bien puede echar usted de ver el placer que me daría considerando como suyo cuanto me pertenece. Yo mismo lo acompañaría a casa de mi compadre; pero me es imposible, porque yo me conozco, y no soy dueño de mí mismo, cuando mi compadre suelta las barbaridades que suele... Sí, señor General, decía don Cándido, sacudiendo amistosamente la mano de Freire. ¡Yo -421- me conozco! ¡Qué Dios lo haga lograr a usted lo que desea! Y tú Estelita, ¿dónde piensas ir, que te veo tan compuesta?
-He pensado que conviene imponer a mi comadre Trinidad del lugar en donde está su hija, y voy yo misma a decírselo.
-Pues ya que usted se dirige al mismo punto que yo quisiera tener la honra de acompañarla -dijo Freire, ofreciendo su brazo a la señora.
-La honrada seré yo, que no usted -respondió doña Estrella, tomando el brazo del General y diciendo graciosamente a los que quedaban:
-Con su permiso, amigos míos: quedan ustedes en su casa.
-422-
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| (DICHO POPULAR.) | ||
-¿No ve usted lo que yo le decía? -exclamó don Cándido acercándose a Andrés y mostrando con el dedo por entre las rejas de las ventanas que caían al patio exterior la pareja que acababa de salir de la pieza.
-¿Qué quiere usted decir? -preguntó Andrés.
-¡Y no entiende usted todavía, señor capitán! ¿No se lo decía yo?
-Pero ¿qué me decía?
-Que estas visitas...
-¡Ah! ¡Lo que es el diablo!
-¡Ah! Pero ¿puede usted creer?
-¡Si yo no creo nada, señor! -interrumpió don Cándido-. ¡Pero qué casualidad tan... casual! Mire usted: el General viene a visitarme sin conocerme; y esto después de haber estado Estelita en casa de él (con mi permiso, se entiende) Enseguida, el señor General proyecta ir a casa de mi compadre; y al mismo tiempo proyecta mi mujer el ir a hablar con mi comadre. Entra Estelita; me pide permiso con una guiñada de ojo; yo le permito ir con otra guiñada; y la pareja se forma -423- por una casualidad del diablo. Ah! Mis amigos -prosiguió-: creanme a mí, porque tengo mucha experiencia! El diablo hace de estas casualidades a cada rato; y si yo no estuviera seguro de mi esposa, a pesar de su belleza... Sin embargo, en estos negocios es menester conservar las apariencias... ¡Ah! ¡Las mujeres bonitas causan las más deliciosas intranquilidades de la vida! Y usted, amigo Anselmo -prosiguió, dirigiéndose al joven-: usted que se va a casar (porque cuéntelo como cosa segura, desde que yo y Estelita hemos tomado a pecho este negocio), usted que va a casarse con mi linda ahijada, Dios lo libre de las casualidades del diablo, porque de los demás peligros la librará la virtud de mi ahijada; y tenga entendido que en esto del matrimonio, valen, a veces, más las apariencias que la realidad. ¿No es así, señor capitán? -preguntó lanzando una gran carcajada.
-Usted tiene razón en todo cuanto dice -respondió Muñoz despidiéndose.
-Ya lo oye usted -prosiguió don Cándido, sacudiendo la mano de Anselmo que también se despedía-; ya lo oye usted, mi querido ahijado: no eche en saco roto cuanto acabo de decirle.
-Agradezco a usted sus instructivas advertencias, mi respetable padrino -respondió Anselmo riendo de buen humor.
Cuando los dos amigos hubieron salido, don Cándido empezó a reflexionar, paseándose a lo largo de la sala.
-¡Pero después de todo -decía-: el hecho es que yo me he comprometido a obrar contra la autoridad paterna de mi compadre, el cual por grosero y torpe que sea, no deja de ser el jefe de su familia! Y lo peor es que Estelita, viendo como yo ataco la sagrada autoridad de mi tonto compadre, puede perder mucho de su espíritu de obediencia y llegar hasta... Pero ¿quién es capaz de decir hasta adónde puede llegar una mujer que comienza por no obedecer al marido?
Mientras tanto, Andrés y Anselmo habían llegado a la plaza de Armas. Iba el mozo tan agitado con las repetidas lecturas de la carta de Angelina, que casi no escuchaba a Andrés, el cual, como sucede siempre en casos semejantes, le aconsejaba tener paciencia.
-Pero, amigo mío -interrumpiole el joven- ¿quién puede permanecer tranquilo en vista de tanta infamia?
-Sin embargo, nunca es más necesaria la tranquilidad que cuando es preciso oponerse a esa infamia -contestó Muñoz.
-Tienes razón: soy un niño -dijo al fin Anselmo.
-Pues entonces, déjate llevar y atiende a los consejos de la amistad. -424- Vamos al café -prosiguió Andrés-: allí aguardaremos el resultado de la entrevista.
Ambos amigos entraron al Café de la Nación, en donde encontraron varios grupos de curiosos charlando sobre política, asunto predilecto de las conversaciones de la época. Siendo como era el objeto de Andrés distraer a su amigo, se dirigió con él a uno de los grupos, en cuyo centro se encontraba nuestro conocido don Catalino Gacetilla. Hablaba éste hasta por los codos, como suele decirse, mientras que el círculo que lo rodeaba permanecía más o menos callado y pendiente de la verbosidad del orador.
-Ya yo se los había pronosticado -decía Gacetilla-. En esto había de venir a parar la conducta del gobierno. Yo no hablo a humo de paja; y cuando les platicaba de la revolución era porque lo sabía de buena tinta. Esta administración bambolea... Ya ven ustedes, Pinto ha rehusado por tercera vez el mando, porque el Congreso ha rechazado su proyecto.
-Pues ¿no lo había de rechazar -interrumpió uno-, cuando se le pedía su disolución al Congreso?
-¿Y para qué queremos Congreso ahora? -preguntó otro.
-Para que dicte las medidas necesarias contra los enemigos de la libertad -contestó con valor el primero-. Lo que los pelucones quieren es aislar al Gobierno, introduciendo la discordia entre él y el Congreso, que es el poder en que por ahora puede encontrar apoyo.
-Para dictar medidas, tenemos de sobra con el gabinete -observó un viejo español.
-Eso será allá en su tierra, en donde impera un tirano -contestó el tribuno; pero no aquí, que queremos ser regidos por nuestra Constitución y por poderes elegidos por el pueblo.
-¡Pueblo! ¡Pueblo! -refunfuñó el viejo separándose del círculo-. ¡Llenan la boca con esa palabra! ¿Qué sabrá el pueblo de achaques de gobierno?
-Lo más singular -decía Gacetilla-, es que el vicepresidente Vicuña que debía ocupar el puesto en lugar de Pinto, también quiere renunciar, según dicen. No parece sino que el mando fuese una brasa de fuego, según es el miedo que le tienen y mientras tanto, Prieto se encamina a Santiago... La cosa es hecha; sí señores, hecha; lo sé positivamente.
-Gacetilla se ha hecho opositor desde el carcelazo que sufrió últimamente -dijo entre dientes uno.
-425--¿Crees tú que hablo de picado? -interrumpió don Catalino que había oído las últimas palabras-. Te equivocas, hijo mío. Yo soy hombre de ideas, y cuando el gobierno bambolea...
-Debemos hacernos a un lado -respondió el otro en tono burlón.
-No; no es eso, sino que yo digo que tengo mis ideas. Yo soy hombre de principios.
-Y de fines también -agregó el primero.
Una risa general apagó estas palabras.