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Capítulo XXVI

En el Parral de Gómez



«¡Viva el festín! La música recrea;
sonrisas de mujer buscan la tuya,
el Champaña en las copas espumen:
¡Hurra!¡Tregua al dolor! ¡Que aquí concluya!»


(ISIDORO ERRAZURIZ.)                


En aquel momento sonaron tres golpes en la puerta; y sin esperar la invitación, se abrió ésta y entró al cuarto nuestro risueño y curioso Gacetilla, que andaba como siempre hambriento de noticias.

-Señor don Andrés -dijo-; ¿cómo está usted? Anselmo, amigo mío te vengo a convidar para que merendemos juntos, porque hoy es mi día, quiero decir: hoy es mi noche. Y mi señora doña Cecilia ¿cómo está? Señor Muñoz. Es una señora cumplida; y bien haya el gusto de usted... Con que, Anselmito ¿puedo contar contigo? Ya te digo que es mi noche. Otros se celebran en los días de sus respectivos santos; pero ¡ja, ja, ja, ja, ja! Mi santo es nocturno, o más bien dicho, «mis santos», pues me gusta celebrarme así, de noche en noche, las más veces que pueda en el año para que no se enoje San Catalino. Y hay de ser mi buen santo muy descontentadizo, si   -159-   esta noche no me echa su bendición, porque, ¡ja, ja, ja! Te aseguro que aquello estará de chuparse los dedos. Vaya, pues, ¿dime si puedo contar contigo? La cosa será en el parral de Gómez, que ya tú conoces... Pero ahora me acuerdo (y es por donde debí habar principiado): tal vez estaban ustedes tratando algún asunto reservado... Si es así me retiro... La prudencia antes de todo.

-No, señor Gacetilla -contestó Andrés-: usted no está de más en ninguna parte. Hágame el favor de sentarse.

-Gracias, señor -dijo don Catalino sentándose y sacando su pañuelo de algodón para hacerse aire en la cara, porque siempre andaba muy acalorado.

En cuanto a Anselmo, estaba muy preocupado con los recuerdos de su amor, razón por la cual había recibido con frialdad la inoportuna visita de don Catalino. Después de contestar al saludo de éste, le dijo:

-Siento mucho, amigo mío, no poder asistir a la merienda.

-¿Estás enfermo?

-No, hombre.

-¿Te has confesado y piensas comulgar mañana?

-Tampoco es eso -contestó riendo Anselmo.

-¿O tal vez tienes algún compromiso?...

-Es una diligencia que tengo que hacer esta noche.

-¿Qué diligencia será esa? -pensó Gacetilla-. Eso es ya diferente -prosiguió en voz alta-: si tienes que hacer capítulo de otra cosa. ¿Qué saben ustedes de noticias?

-Nada sabemos -contestó Andrés-. Yo vivo muy retirado en mi casa...

-En cuanto a usted, tiene razón, porque debe estar encantado en esta casa, siendo la señora de ella una persona como mi sia Cecilia. Pero tú, Anselmo ¿tampoco sabes nada?

-Nada sé de nuevo -contestó el joven con sequedad.

-Es increíble que hombres como ustedes estén a oscuras de lo que pasa... ¡A dónde se ha ido el patriotismo! ¡No saben nada y estamos al borde de una revolución!

-¿Revolución?

-Espantosa, según las premisas que se dejan ver.

-Déjate de malos agüeros -dijo Anselmo.

-No son agüeros ni agüeras sino revolución clarita, que según dicen, andan haciendo los estanqueros.Yo sé que han repartido plata como mote. Y lo peor es que los de esta revuelta están de   -160-   concierto con la que estallará en el sur... Yo creía que siendo ustedes militares sabrían algo.

-Ni una palabra -dijo Anselmo.

Andrés no decía nada. Era evidente que la conversación de Gacetilla le molestaba sobremanera.

-Yo no sé nada acerca de esos rumores -continuó Anselmo-, porque estos últimos días lo he pasado todo el tiempo en casa.

-Tú no tienes perdón, amigo mío, ¿cómo puedes vivir entre cuatro paredes, sin salir a saber lo que pasa? Muy taciturno te veo desde algunos días a esta parte; y como me intereso tanto por ti y deseo verte alegre y contento, he venido ahora a pedirte que nos acompañes. Estará allí Motiloni, aquel italiano que conociste no sé qué día. ¡Qué hombre tan de historias y noticias es ese! Vale lo que pesa.

-Pero ya te digo que no me es posible por ahora.

-Sí, ya estoy; otro día será -contestó maquinalmente el parlanchín, empeñado en saber la razón por qué Anselmo se negaba a aceptar el convite.

Enseguida, tomando su sombrero como para retirarse, volvió de nuevo a la carga y lanzó sobre Anselmo estas palabras a quema ropa.

-¡Apuesto, hijo mío, a que estás enamorado! ¡Ja, ja, ja! No lo digo por descubrir secretos, pues ya sabes que soy enemigo de saber vidas ajenas; mas como te veo desde algún tiempo a esta parte así tan retirado y taciturno, se me ha puesto en la cabeza que estás enamorado de veras. Pero aun cuando así fuera -prosiguió insistiendo-, ¿es esto una razón para echarse a muerto? Bastantes penas se nos atraviesan en este mundo para que un cristiano las aumente haciéndole caso a una desdeñosa. Si hubieras de seguir mi consejo, yo volvería a rogarte que me acompañases al Café, en donde el olor de la merienda te abrirá el apetito. Porque te advierto que aquello no es un pavo a secas, sino acompañado de buena chicha de Aconcagua, mosto de Concepción y otras agüitas como éstas, que te trasportarían al quinto cielo, sin faltarle al dicho cielo sus ángeles, pues hemos convidado a varias niñas, cuyas miraditas te harán sonar dispierto, y las harpistas de Renca que te harán olvidar los desdenes de tu ingrata. Pero dejémoslo aquí, pues conozco que te disgusta mi propuesta, y tu gesto me dice que no estás hoy de humor. Allá te las hayas si estás enamorado de veras, y Dios te dé paciencia; que en cuanto a mi, no soy tan   -161-   tonto para que me enamore tan estrictamente, y haya de entristecerme antes de tiempo. Gozaré del sol mientras dure, y en llegado a viejo, me enamoraré de veras; me casaré y santas pascuas.

Riéronse los dos amigos al oír los disparates de Gacetilla:

-Éste es el propósito que tengo hecho -prosiguió don Catalino con su interminable verbosidad-. Casarse antes de tiempo es perderse; y todo el mundo sabe que quien se guarda bien se logra. Yo a este refrán me atengo, que a fe que sería un Salomón el que lo descubrió... y adiós por ahora; hasta mañana, Anselmo. Yo me voy: siento dejarlos; pero tengo mucho que hacer. Motiloni y otros amigos me esperan en el Café para entretenernos en un partido de básiga que hemos formado. Es la mejor manera de hacer hora: El que pierda, pagará la merienda. Adiós, señor Muñoz: muchos recados a la señora doña Cecilia. ¡Cuenta con la revolución, pues!

-Servidor de usted -dijo Andrés dando la mano a don Catalino-. Deseole mucha suerte en la básiga.

-Gracias -contestó Gacetilla saliendo con apresurados pasos, como si algún asunto urgente lo llamara.

-¿Qué diligencia será esa de Anselmo? -se preguntaba mientras se dirigía al Café-. Yo no sé por qué tengo tantos deseos de averiguarlo... ¡Como este Anselmo es tan reservado, que es preciso tirabuzón para sacarle alguna noticia, le aviva la curiosidad a cualquier cristiano!

Pronto llegó al Café y se puso a jugar con sus amigos; pero sin desamparar la idea de saber por qué razón no habría querido asistir Anselmo a la merienda.

-¿No viene Anselmo? -le preguntaron.

-Me ha sido imposible decidirlo: tiene que hacer cierta diligencia indispensable esta noche.

-Pues que la haga -dijo uno-: nosotros nos comeremos el pavo.

Motiloni que estaba presente, nada decía; pero se sonrió imperceptiblemente. Apenas hubo concluido la partida, se despidió de los demás, diciendo que le había venido con el juego un fuerte dolor de cabeza y necesitaba irse a acostar, que era el único remedio que tenía contra la jaqueca; y aunque los demás insistieron en que los acompañase en la merienda, les fue imposible detenerlo.

Enseguida salieron todos del Café; y dirigiéndose hacia la Cañada, arrastraron consigo a todos cuantos amigos encontraron al paso: por manera que cuando la comitiva llegó a la Alameda, ya iba considerablemente aumentada. Gacetilla iba contentísimo, pues   -162-   como no gastaba jamás el fruto de sus sudores, tampoco se paraba en chicas para convidar a todo el mundo. Marchaba a la cabeza de la alegre tropa, riéndose de la misma persona que poco antes le ofreciera cl dinero para el convite, en caso de tener que pagarlo él.

-Amigos míos -decía a sus confidentes (y solía serlo el primero que pasaba por la calle)- es preciso gozar del sol mientras dura, y darse gusto hoy, porque nadie ha visto a mañana. ¡Esta es la vida! Y les advierto que mientras me dure la vieja a quien estoy arruinando ahora, tendrán ustedes con que remojar la palabra, pues en esta vida no hay mayor desdicha que la de pasarlo un cristiano a boca seca, como caballo de vigilante, sobre estos malditos empedrados de Santiago.

-Y ¿cuánto tiempo nos durará la vieja? -preguntó uno riendo.

-Creo que tendremos para más de un año -respondió el bribón en el mismo tono; y si gano el pleito, tendremos para diez años.

-¿Qué pleito es ese?

-Es uno que he puesto, como apoderado de la buena señora, contra un caballero que le tiene usurpada una gran estancia. En cuanto gane la hacienda me caso con ella.

-¿Con la hacienda?

-No; con la señora, que es lo mismo... ¡Pero ahora que me acuerdo! Es preciso que pasemos aquí a casa de las Guañacas para que las llevemos a la merienda.

Diciendo esto, apuraron el paso y se dirigieron hacia una casita de la Alameda, que a pesar de su miserable aspecto, servía de morada a cuatro o cinco niñas alegres y muy condescendientes, a quienes llamaban las Guañacas, sin que hayamos podido averiguar cuál era su verdadero apellido. Las niñas aceptaron al momento la proposición de Gacetilla, y acompañadas de la señora madre (que según cuentan, era tan alegre y condescendiente como sus hijas), siguieron a los convidados con la mejor voluntad del mundo.

Llegados a la calle de Duarte, entraron en ella, y a poco andar, dieron con el lugar del convite. Era éste un espacioso patio cubierto por un gran parral, o mejor dicho un precioso parrón, bajo cuyas verdes hojas tenían lugar, no solamente los picholeos de la juventud, sino también las meriendas de las personas más graves, cuya edad puberta y encumbrada posición social no les impedía, en aquella época de sencillez, el ir a solazarse amigablemente, ya debajo de los parrales de Gómez o de Cáceres, ya a la sombra de las higueras del tuerto Trujillo.

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No bien hubieron llegado los hambrientos convidados, cuando el patrón de la casa se puso en movimiento. Sintiose el olor del pavo asado, el cual, tomando posesión del centro de la mesa, se vio al momento rodeado de guachalomos salpresos, lenguas compuestas, fuentes colmadas de aceitunas, cebollas escabechadas y otras menudencias más o menos apetitosas, sin que faltase una ensaladita de patas, bien cargada de ají, para los aficionados, y gran llamadora de la sed noble.

No necesitaron los convidados de invitación alguna para sentarse a la mesa, ni tampoco para atacar sin misericordia a las olorosas y no menos sabrosas viandas. Las niñas que Gacetilla había convidado se hallaban entremezcladas artísticamente con los jóvenes; y matizaban la mesa, como las flores que alzan su risueña corola por entre los robustos troncos y ramas de los árboles. Una franca alegría reinaba en todos los semblantes, desde el de los que pagaban la merienda hasta el de la patrona de la casa que ya había recibido su valor, y que no por eso dejaba de servir diligentemente a sus parroquianos, para que no se dijera de ella: «a obra pagada, manos quebradas.»

El advertido Gacetilla había hecho colocar en un extremo del parrón, dos harpistas acompañadas de un rabelista, de más fama que el mismo Paganini. Las harpistas y una tercera cantatriz, que llevaba el alto, cantaban hasta ensordecer, apagando el ruido de la mesa. Pero bien pronto creció este ruido, y los gritos se elevaron hasta apagar las harpas y las voces. Era que la chicha de Aconcagua había comenzado ya a hacer su efecto. Al principio algunos notaron con extrañeza que don Catalino bebía muy poco; pero después ya ninguno de ellos estaba en actitud de poder observar nada, y lo único que notaban todos a cada rato, era que faltaban botellas llenas y sobraban vacías, razón por la cual pedían que llevasen las unas y trajesen de las otras.



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Capítulo XXVII

Don Catalino buscando uno se encuentra con otro


«¡Atrás! Dice acompañando este grito con la más enérgica de las interjecciones españolas, y cubriendo su espalda, lo mejor posible, con la muralla próxima.»


JOTABECHE. (Un Chasco.)                


Serían las nueve y media, cuando don Catalino, que sin saber por qué, estaba no de muy buen humor, se levantó de la mesa, y salió casi sin ser notado por sus ya demasiado alegres compañeros.

Habiendo atravesado la Alameda, le vino la idea de ir a casa de Anselmo, para ver si podía descubrir algo de lo que excitaba su curiosidad.

-Pero ¿con qué pretexto llegaré allá? -se preguntaba mientras proseguía su camino por la calle de Teatinos. Si no se me ocurre ningún pretexto -agregó-, no entro a preguntar por él; pero de todos modos veré si hay luz en su cuarto.

Una persona que vio a lo lejos, a tiempo de pasar por enfrente del farol de una puerta de calle, lo distrajo de su pensamiento.

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Gacetilla había llegado a la calle de los Huérfanos; y por esa misma calle vio que marchaba hacia abajo un hombre embozado en un capote.

-¿No es don Pablo? -se preguntó-. Sí, sí: es el mismo; no puedo equivocarme. ¿Qué diablos andará haciendo ahora por la calle, después de habernos embaucado con su jaqueca? ¡Y yo, tan Juan de buena alma que le fui a creer! Este don Pablo es de empresa; pero no me engañará otra vez. ¡No, no! Voy a ver a dónde se dirige. ¡Y lo he de saber! ¡Qué descubrimiento tan importante es éste!

Y don Catalino, olvidando el asunto de Anselmo y dándose el parabién de su descubrimiento, siguió a Motiloni, quien, no viendo que lo observaban a cierta distancia, proseguía su marcha sin hacer el menor ruido con sus pasos.

-Debe estar muy molestado de los callos -dijo sonriéndose entre dientes Gacetilla, pensando en que el italiano iría con zapatos de lana-. ¡Vean no más cómo se le ha bajado a los pies la enfermedad de la cabeza! Pero esta vez no te me has de escapar. ¡Piensas engañarme a mí! ¡Me he de reír a mi gusto mañana cuando le haga mis preguntas!

Tan pronto como don Pablo llegó a la calle del Peumo, torció hacia el norte hasta llegar a la de la Compañía, por donde prosiguió su marcha. Gacetilla lo seguía a lo lejos, marchando con las puntas de los pies, a fin de hacer el menor ruido posible. A esa hora, ya casi todas las puertas de las casas se habían cerrado, y la calle estaba oscura y silenciosa. Llegando Motiloni al frente de la casa de don Marcelino, volvió sobre sus pasos; y Gacetilla que notó este cambio de frente, torció sobre su izquierda y se metió en la calle atravesada porque no quería ser visto por don Pablo. Este llegó a la misma esquina y atravesó la bocacalle, sin ver a don Catalino perdido en la oscuridad. Enseguida se paró; púsose a escuchar y luego empezó a pasearse en la vereda, como si esperara a alguien.

-¿Qué hará aquí este diablo? -pensó el curioso Gacetilla-. ¿Por qué habrá elegido este lugar para pasearse? Aquí hay gato encerrado, y es preciso que yo descubra este pastel... ¿Si estará el italiano enamorado de Lucinda? ¡Ah! ¡Eso es! ¡Ya di en el quid! Está enamorado, y por eso recibió el otro día con un gesto tan agrio la noticia de los amores de Anselmo con la muchacha... Eso es... ¿Cómo se me había escapado ésta? Mañana me he de reír cuando le empiece a echar indirectas. ¡Ja, ja! Pero si esto es una cita -prosiguió   -166-   don Catalino-, ¿por qué no sale la muchacha? Visita no puede ser, porque la hora es avanzada... ¿O se usará allá, en la tierra del italiano el visitar las paredes de la casa de su querida? Se lo he de preguntar mañana.

Don Catalino siguió cavilando como si se tratara del más importante negocio. De repente se dijo para sí:

-¡Tonto de mí! Esto no puede ser asunto de matrimonio... ¿No dicen que Motiloni es un fraile italiano dado de baja? Así se susurra, y yo lo creo porque este diablo huele a fraile desde lejos... Hasta en las sentencias que dice se le conoce... Sí señor; no son amoríos. No señor: pero ¿qué será? ¿Si será alguna cita política? A mí se me ha puesto que el italiano es de los pelucones... y siempre paseándose... Pero él está con el gobierno, sin embargo de que suele echarle sus pullas de cuando en cuando. ¡Como es tan gracioso!. No señor, yo he de saber luego de lo que se trata... Voy a hacerme el encontradizo con él.

Don Catalino puso al momento por obra su pensamiento; y escondiéndose detrás de la esquina, esperó allí a Motiloni y le salió al encuentro.

-¿Quién es usted? -exclamó don Pablo, viendo delante y cerca de sí, a un hombre cuya presencia no esperaba.

-Yo -contestó don Catalino riendo por boca y narices-: yo soy que vengo a preguntarle cómo le va de su dolor de cabeza.

Motiloni no respondió; pero se contrajo su semblante de modo que si Gacetilla lo hubiese visto habría temblado. El italiano estuvo tentado por descargar un bastonazo sobre la cabeza de don Catalino; pero se contuvo, diciendo entre dientes:

-A este pobre diablo lo salva su misma necedad.

Luego prosiguió con voz tranquila:

-He venido a pasearme y a tomar el fresco de la noche, porque el vino que bebí en la merienda me dio un poco de fiebre.

-Yo también -le interrumpió don Catalino-, y al verlo a usted por casualidad, quise cerciorarme de si en efecto era usted o su ánima.

-Ahora me voy a acostar -prosiguió don Pablo dando muestras de querer volverse a su casa.

-Pues nos iremos juntos, porque yo también me voy por esta misma calle.

Pero en el momento de querer ponerse en camino, sintieron un golpe sordo dado en la puerta de la casa que estaba enfrente de la de don Marcelino. Al mismo tiempo, la luz que había colgada en   -167-   el dintel de la puerta se apagó, y el farol cayó sobre la vereda haciéndose pedazos.

-¿Qué es eso? ¡Ladrones! -exclamó don Catalino tratando de huir.

Pero fuese por miedo o por curiosidad, volvió sobre sus pasos.

-¿No ha oído usted? -preguntó acercándose al italiano cuanto más podía.

-Sí -contestó éste-. Yo creo que conviene tocar retirada.

-Soy de su mismo parecer. Pero ¿por qué calle nos dirigiremos para no dar con el enemigo?

Motiloni pareció dudar por un corto rato; y luego dijo a Gacetilla señalando la calle de Teatinos hacia el norte:

-Yo me voy por aquí, y tuerzo en la esquina.

-Soy de su opinión -agregó Gacetilla acercándose más y más a su compañero de susto.

Sin embargo, don Pablo, lejos de apurar el paso, parecía no querer marcharse tan pronto, a diferencia de Gacetilla que deseaba tener alas para volar.

-¡Marche, pues, don Pablo! -exclamó-: ¿no ve usted que pueden...? Pero, ¿oye usted?

-¿Qué? -preguntó el italiano aplicando el oído.

-¿No oye pasos?

-Creo que sí.

-Yo sí que lo aseguro... Parecen dos. ¡Corra, hombre, por Dios!

-Eso si que no -dijo Motiloni parándose de repente-. Ahora sí que oigo los pasos; pero no me moveré de aquí, mientras no sepa de qué lado vienen.

-Tiene usted razón, amigo mío -dijo don Catalino tiritando de susto y tomándose del brazo de don Pablo.

-¿Estamos con miedo ahora? -le preguntó éste con voz burlona.

-Tirito de frío -contestó Gacetilla tartamudeando de emoción.

Las pasos se acercaban más y más. En lo mesurado de aquellos pasos se dejaba ver que quien los daba era gente honrada. Sin duda lo pensó así don Pablo, porque no quiso moverse, y detuvo a Gacetilla, como gozándose en el miedo que éste manifestaba.

-¿Cree usted que serán ladrones? -preguntó éste.

-Todo puede ser -contestó el otro-: pero sean ladrones o no, yo no me muevo de aquí hasta que no pasen por la bocacalle.

-¿Y si tuercen por ésta, y nos encuentran?

-Nos veremos las caras... ¿No me dice que usted no tiene miedo?

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-Sí; pero lo mejor es no exponerse, y Juan de Segura vivió muchos años. Yo me voy, porque...

-No se irá -interrumpió Motiloni deteniendo del brazo a Gacetilla-. ¿Cómo quiere abandonar al amigo en el peligro?

Era evidente que Motiloni nada temía y que no trataba sino de vengarse de Gacetilla. Ambos estaban como a veinte pasos de la esquina, y en aquel momento vieron pasar dos hombres por la bocacalle. Don Catalino, puesto entre su curiosidad y su miedo y dejándose vencer por la primera, miró fijamente a los transeúntes, y vio con sus ojos de lince que uno de ellos se quedó afirmado en el guardacantón, mientras que el otro se perdió detrás de la esquina.

-¿No ve usted cómo se separan? Algo espera el que se ha quedado ahí -dijo Gacetilla al oído de don Pablo-. Aquí hay algo. Veamos en qué para todo esto. En caso de algún siniestro tomaremos la huida por este otro lado.

Don Pablo nada contestó: parecía que algún pensamiento lo preocupaba. Pasados algunos momentos se oyó un agudo silbido, y el hombre de la esquina desapareció. Este hombre iba sin duda armado, porque al moverse se oyó el choque de un sable contra la piedra de la esquina, ruido que dejó estático a don Catalino.

-¡Vámonos! -dijo Motiloni arrastrando a su compañero.

-Vámonos -contestó maquinalmente éste, siguiendo los pasos del otro; pero no sin volver varias veces la cara hacia atrás, impulsado por una mezcla de miedo y de curiosidad.

Ambos marchaban sin hacer ruido, y solo don Pablo refunfuñó entre dientes:

-El golpe está dado.

Llegados al fin de la cuadra, ambos se pararon como movidos por el deseo de saber lo que aquello significaba.



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Capítulo XXVIII

Miguel y don Marcelino



    «Marcha amigo con cuidado,
y afila bien tu catana;
porque puedes ir por lana
y volverte trasquilado.»


(VERSOS POPULARES.)                


Turra había salido de casa de su patrón y llevado a don Marcelino la esquelita que aquel le escribió.

-Aquí me tiene su merced a su disposición, señor -dijo el bandido, con ese aplomo del hombre que se cree necesario.

-¿Qué quería usted, amigo? -preguntó el señor de Rojas tomando el papel que le pasaban.

-Yo soy, señor, el hombre que su merced necesita para el asunto del mocito de las ventanas.

-¡Ah! Ya caigo -exclamó don Marcelino, quien aún no había leído el papel, porque no tenía sus antiparras a la mano-. Y ¿estás dispuesto?

-Sí, señor.

-Pero ¿tienes un compañero?

-Estas cosas se hacen mejor sin compañero, señor mío.

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-Es que el tal Anselmo es un pipiolo, un desalmado, capaz de matarte.

-¿Capaz de matarme a mí? Su merced no me conoce -dijo Turra sonriendo.

-Allá te las hayas. Si quieres ir solo y te sucede algo con ese desalmado, mía no es la culpa.

-No tenga cuidado, señor: mi catana está afilada, y yo soy hombre que he visto más de una vez relampaguear una espada sobre mi cabeza.

-Muy bien: ahora te digo que debes estar aquí en cuanto principie a teñir la noche, advirtiéndote que no has de entrar por la puerta de calle sino por esta otra.

Mientras decía esto, don Marcelino mostraba a Turra la puertecita escusada por donde había salido el día anterior el padre Hipocreitía.

-Así lo haré, señor -contestó Miguel marchándose.

Quedose solo don Marcelino, y mientras se paseaba por su cuarto pensaba en los resultados de la acción que iba a poner por obra. De lo que menos se acordaba era de la inmoralidad del hecho, pues sus justas intenciones no eran otras que castigar, con unos cuantos golpes, el atrevimiento de un mozo enemigo de la religión, de la paz y de las conveniencias sociales.

-Está bien -decía él-; pero si el pipiolo trata de defenderse, y este hombre lo ataca con su cuchillo ¿no puede suceder que los golpes se pasen a tajos y puñaladas, y resulte después una muerte, y venga enseguida un proceso, y luego... Vaya, yo le encargaré a este hombre que haga lo posible por evitar una desgracia, porque si corre sangre, puedo comprometerme en una causa ruidosa en la cual sufrirá el honor de mi nombre... ¡Oh! Sería fatal, ahora precisamente que trabajo porque ese caballero se empariente con mi familia. Por otra parte no hay para qué verter sangre, pues unos golpecillos serán suficiente corrección... ¡Yo tengo un horror al asesinato! ¡Oh! ¡No por Dios! El Señor me libre de que se cometa una iniquidad semejante aquí en las puertas de mi casa. Nada de muerte, pues yo no quiero la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva como Dios manda.

En tan evangélicas reflexiones se le pasó la tarde al buen señor, y en llegando las oraciones, pidió un pollo asado y una taza de chocolate para merendar, y se encerró en su cuarto diciendo qué estaba resfriado y quería acostarse temprano. Doña Trinidad y su hija   -171-   quisieron hacerle los acostumbrados remedios en casos semejantes; y ya tenían preparada el agua caliente para los baños de medio cuerpo, la sudorífica bebida de borraja con raspadura de palqui, y el ladrillo enterrado en el rescoldo de la cocina, para aplicarlo a los pies envuelto en una bayeta de lana a fin de tirar el calor para abajo, en caso de no calentarse los pies. Pero don Marcelino, que jamás había andado reacio para admitir en otras ocasiones análogas estos mismos medicamentos, dio y porfió aquella noche en que no los había menester; y dijo que con su gloriadito que le trajesen para tomárselo al meterse en la cama era bastante. Trajéronle el ponchecito, bebida que solo por remedio solía tomar don Marcelino y cerró la puerta de su cuarto.

Con tales preparativos, toda la familia creyó que el enfermo estaría durmiendo en poco rato más. Pero en lo que menos pensó don Marcelino fue en acostarse. Púsose unos zapatos de lana, de los que entonces se llamaban de silencio, y empezó a pasearse a lo largo del cuarto pensando en el asunto que lo preocupaba, y entremezclando sus profundas cavilaciones con traguitos del gloriado que tenía sobre su mesa.

-Esto conforta -decía, después de cada trago-: entretengamos el tiempo mientras viene este muchacho que parece de empresa... Yo no sé cómo tiene tanta habilidad mi compadre Cándido para encontrar hombres a propósito para todo. ¡Ya se ve! Gasta tanta plata en estas cosas de política y como él dice... Por ahora ha prometido ayudarme, y creo que lo hará con todas sus fuerzas, porque es un buen compadre, y hombre de religión y de ley.

No se hizo esperar mucho tiempo el inteligente servidor de don Cándido. Serían las nueve de la noche, cuando don Marcelino oyó dos golpecitos dados a la puerta exterior de su cuarto.

-Él es -dijo-: este muchacho sabe cumplir con su palabra; es un hombre de bien.

Diciendo esto, abrió la puerta, y Miguel Turra entró. Venía el bandido en traje de a caballo: pero por precaución, se había quitado sus grandes espuelas de fierro que llevaba en la mano. Cubría su robusto cuerpo un poncho grueso, que no dejaba ver de su vestido otra cosa, que las botas azules de barragán atadas en las corvas con guinchas rojas.

Llevaba sobre la cabeza un gran sombrero de lana de falda ancha y tiesa, que al mismo tiempo le podía servir de quitasol y de paraguas, y en los pies unos zapatos claveteados, de suela gruesa,   -172-   que, más que zapatos parecían ser casco de un animal en dos pies según el ruido que hacían.

-Buenas noches, señor -dijo saludando a su patrón accidental. ¿He llegado a tiempo?

-Sí, amigo -contestó don Marcelino cerrando la puerta-. Se conoce que eres hombre de palabra.

-¡Cómo no, señor! Yo no falto a lo que prometo, porque a toda ley, el que cumple... y ya sabe su merced que el hombre por la palabra y el buey por la asta...

-Sí, eso es... ¿Y vienes preparado?

-Como bola y pinta -contestó Turra haciendo un gesto significativo-. Yo estoy preparado siempre, porque, hombre prevenido nunca fue vencido, y mi catanita viene de atentar Pechoña...

Turra acompañó estas últimas palabras con un gesto de marcada seguridad.

-¡Pero hombre! -le interrumpió don Marcelino-; ya te he dicho que no se trata de asesinar a nadie ¿qué no tienes religión?

-Soy cristiano a las derechas -contestó Turra-; y si no lo fuera ¿andaría en estas andanzas por arreglarle las cuentas al pipiolito?

-Sí; pero...

-Mi patrón, don Cándido, me ha dicho que es uno de los herejes.

-Es verdad; pero ya te digo que no se trata de eso, sino de darle unos planazos para castigar su atrevimiento. ¡Cosas mayores nos comprometerían!

-Lo haré como su merced dice; pero yo sé que los pipiolos tienen el diablo dentro del cuerpo, y no entienden a planazos. Es preciso darles de filo, señor.

-¡Ave María! -exclamó don Marcelino-. Este muchacho es oficioso por demás. ¿Y has venido a caballo?

-Sí, señor; pero m apeé en casa de un compadre que tengo en la plaza del Basural, y allí dejé mi bestia. Estas cosas deben hacerse de a pie; y ya que ni su merced ni el señor don Cándido quieren que haya un tajito siquiera...

-No; de ningún modo: eso sería comprometer mi casa.

-Llevaré mi catanita por si acaso; porque en cuanto a esto, lo que abunda no daña -agregó el bandido.

-Está bien: dale fuerte, pero con lastima. Nada de sangre, porque eso sería homicidio: ¡y el homicidio es cosa grave, hijo! Ya se acerca la hora.

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-Pues entonces, al negocio -dijo Miguel sacándose su poncho que dobló y ató alrededor de su cintura con su faja de lana, en la cual encajó su puñal.

Enseguida se ató la cabeza con su gran pañuelo de algodón, y se encasquetó el sombrero hasta los ojos.

-Ya estoy pronto -dijo-: ¿Dónde me he de poner a aguaitar la lucha?

-Ven: yo te diré... Pero antes es preciso que observe si las criadas duermen.

Dicho esto, salió don Marcelino al patio, y después de unos tres minutos volvió diciendo:

-Está todo en silencio, y la noche como boca de lobo.

-Tanto mejor, señor... Y ahora me acuerdo... ¿Tiene por ahí algún pañuelo que no le sirva?

-Aquí tienes uno ¿para qué quieres esto?

-Ahora necesito una piedra, porque es preciso apagar la vela del farol de enfrente, que está prendida todavía -dijo Turra en voz baja.

-¡Ah! Ya comprendo: eres un prodigio. Allí tienes esa piedra que sirve de curia a la puerta.

-Está muy buena -dijo Miguel envolviendo la piedra en el pañuelo y disponiéndose a salir-. Es preciso darle al farol sin hacer mucho ruido.

-Antes de salir toma un traguito -dijo don Marcelino pasando el vaso a Turra, quien se bebió de un sorbo todo el contenido de éste.

-Dios se lo pague, señor -dijo Miguel devolviendo el vaso-. No perdamos tiempo.

-¡Pues, en el nombre sea de Dios! -dijo entonces el viejo-. Sígueme, hombre, sin hacer ruido.

Salió al patio de la casa don Marcelino seguido de Turra, quien marchaba en puntillas. Dirigiéronse ambos a la puerta de la calle que estaba entreabierta; y una vez cerciorados de que no había una alma en la calle, Miguel lanzó su piedra envuelta sobre el farol de enfrente. La luz se apagó, cayendo sobre la vereda el farol hecho pedazos, y todo quedó hundido en la más completa oscuridad. He ahí la causa del ruido que, como queda dicho en el capítulo anterior, había asustado tanto a don Catalino Gacetilla.

Éste y Motiloni, pegados el uno contra el otro, esperaban detrás de la esquina, en lo que había de parar todo aquello. Mientras   -174-   tanto, don Marcelino y Miguel aguardaban ansiosamente a su víctima.

Veinte minutos habían pasado, y aún no se oía ruido alguno. El asesino estaba desesperado, creyendo que por esta vez podría quedar burlada su esperanza. Enseguida se echó sobre el suelo, y aplicando el oído al pavimento del zaguán, permaneció allí un buen rato, hasta que, alzándose de repente, dijo con una expresión marcada de contento, que hizo temblar hasta al mismo don Marcelino:

-¡Ya viene!

-¿Has oído pasos?

-Sí, señor; viene por el lado de la plaza.

Luego se dejaron oír los pasos de dos hombres que venían por la misma calle.

-¿Si será él? Vienen dos -dijo Turra.

-Tal vez traiga compañero, y entonces hemos perdido el tiempo -observó don Marcelino.

-Nada me importa que sean dos -replicó el bandido-. Más vale así, porque para Miguel Turra es muy poca cosa un pipiolito solo. ¡Le prometo merendarme a los dos!

-Pero ya te tengo dicho que no quiero que suceda una desgracia -le dijo con imperio don Marcelino.

-Ya lo sé: digo que emplearé mi catana, solo en el último caso y si me veo apurado.

-Si te atacan, ya es otra cosa. La defensa es permitida -observó sentenciosamente el viejo.

En aquel momento se oyeron muy cerca de la puerta los pasos de un solo individuo.

-Este viene solo -dijo Miguel-; y si es él...

-¡Es el mismo! -exclamó don Marcelino, notando que la persona que acababa de pasar se había parado enfrente de las ventanas.

En efecto, el que acababa de pasar no era otro que Anselmo, quien, habiendo dejado en la esquina a su amigo Andrés, venía dándose el parabién de encontrar oscura la calle. Pero muchas veces sucede que el hombre se da el parabién de haber encontrado lo que le daña, creyendo dar con lo que le aprovecha. Apenas Anselmo tocó la reja de la ventana con una llave que sacó de su bolsillo, cuando las puertas de aquella se abrieron cautelosamente, y el joven aspiró el aromático ambiente que envolvía a su amada. La pieza estaba a oscuras, y Anselmo solo pudo oír el tímido saludo de Lucinda. Lo demás lo adivinaba su amor.

  -175-  

-¡Lucinda! -exclamó el joven.

-¡Ah! -dijo la niña-: un año hacía que te estaba esperando.

No tuvo tiempo Anselmo de contestar a estas palabras de dulce y amoroso reproche, porque en aquel mismo instante se vio estrechado, como en una prensa, por un par de musculosos brazos que rodearon su pecho.

-¡Ah! ¡Traidor! -exclamó, tratando de desasirse del bandido.

-¡Qué hay por Dios! -exclamaron dentro las mujeres.

-¡Ya no se me escapa! -dijo Turra, con alegría feroz, pugnando por echar al joven a tierra.

Lucinda se había desmayado, y su madre no atendía sino a dar auxilio a su hija.

En cuanto a don Marcelino, luego que vio segura la víctima, atrancó la puerta de calle y se fue a su cuarto diciendo:

-Si sucede alguna desgracia, no es por mi culpa. Bastante le he dicho a éste que no le dé de filo.

Mientras tanto, viendo Anselmo que no podía desacirse del bandido, y que ya estaba a punto de caer; llevó como pudo a la boca la llave que tenía en la mano y dio un silbido.

-En balde chifla, amigo -dijo Turra, próximo a dar con su víctima en tierra-, porque...

Pero no pudo proseguir, porque sintió sobre sus espaldas un par de golpes dados con una mano firme. Lanzó entonces el bandido una feroz maldición; y soltando impensadamente su presa, echó mano a su puñal y se volvió hacia el que lo atacaba por la espalda. Pero habiendo sentido la aguda punta de una espada, saltó hacia atrás y se puso en guardia contra la pared de la casa.

-Aquí los espero a los dos juntos: ¡métanle no más! -exclamó.

Anselmo había sacado su espada; pero solo con la intención de defenderse del asesino; y aunque se había puesto al lado de Andrés, tenía su pensamiento dentro del cuarto donde estaba Lucinda.

-Dejémoslo escaparse: no demos un escándalo que sería fatal -dijo el joven a su amigo.

-¡No, no! -contestó Andrés-: ha de ir derecho a la cárcel.

Y luego dirigiéndose al bandido, le dijo:

-¡Date a preso!

-¿Yo rendirme? -contestó Turra con una risa feroz-. Yo no me doy a preso ni a diez de su laya. ¡Métanle no más con sus espadas, y verán qué tripas son las que primero caen al suelo!

  -176-  

-¡Bellaco! -exclamó Andrés lanzándose sobre Turra, quien paró diestramente el golpe de su adversario; pero no pudo impedir que una segunda estocada le hiriese en un brazo.

-¡Andrés! ¡Amigo mío! -gritó Anselmo-: te ruego que lo dejemos huir. Tengo para ello mis razones.

-Pues bien, que se vaya ahora -dijo Andrés volviendo a su puesto-. Ya está castigado, y por otra parte, me da vergüenza matar a este hombre, cuando tengo la ventaja de...

-Ya le digo que usted no es capaz para mí -dijo Turra...- No crea que me ha herido -prosiguió-, porque su espada ha traspasado solo a mi poncho.

-Sea como sea -le interrumpió Anselmo-. Vete: te dejamos libre.

-Me voy; pero no porque ustedes me lo manden -dijo con arrogancia el asesino.

Andrés y Anselmo dieron paso al bandido, quien al verse libre, dio un salto como gato montés sobre el primero, pretendiendo hundirle su puñal en el pecho y diciéndole:

-¡Adiós!

Pero la puñalada fue solo en el vacío, porque Andrés dio en aquel mismo instante un paso atrás.

El bandido huyó por la vereda; y cuando se vio a unos diez o doce pasos de distancia, se volvió y dijo:

-Ahora no he acertado; pero otra vez acertaré. Ésta me la han de pagar: ¡ya los conozco!

Diciendo esto, se perdió en la oscuridad.



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Capítulo XXIX

Una puñalada por si acaso



«Quien anda por mal camino,
cuando no cae, resbala.»


(DICHO POPULAR.)                


Luego que el bandido hubo llegado a la primera bocacalle, tomó sobre su izquierda; y rodeando la manzana, trató de llegar cuanto antes al lugar en donde había quedado su caballo. Con su puñal en la mano, sediento de venganza, y lanzando al aire horribles maldiciones, corría aquel hombre como un perro rabioso dispuesto a morder al primero que encontrase. Parecía una fiera escapada de su jaula de hierro. Pronto rodeó la manzana y llegó a la esquina en donde se habían parado Motiloni y Gacetilla.

Entonces trató de seguir la calle de Teatinos; pero viendo moverse dos sombras en medio de la oscuridad, y creyendo que aquellos hombres podrían ser los jóvenes que acababa de dejar, saltó sobre ellos como un tigre sobre su presa, y lanzándoles una puñalada, les dijo al mismo tiempo.

-¡Allá va esa, por si acaso son ustedes!

Y echó a correr hacia el río, guardando su puñal, el cual notó con satisfacción que estaba húmedo. La fiera estaba satisfecha: había herido, aunque no sabia a quién.

  -178-  

-¡Me han herido! -exclamó Motiloni tomándose el brazo izquierdo que fue en donde recibió la puñalada, y tratando de restañar con su camisa la sangre que manaba de ella.

Don Catalino estaba petrificado; y al volver en sí, no hizo más que poner pies en polvorosa, y no paró hasta llegar a su casa. De lo que menos se acordó fue de prestar auxilio a su compañero.

-¡Y me abandona el miserable! -exclamó don Pablo con rabia concentrada.

Enseguida, después de liarse el brazo como mejor pudo, echó a andar hacia el oriente, no sin maldecir la cobardía e inhumanidad de Gacetilla. Pero éste no podía oír las maldiciones, y metido en su cama, se tocaba una y otra vez su cuerpo, como para cerciorarse de que no estaba herido.

-¡De buena me he escapado por curioso! -decía...- ¿Qué habrá sido de Motiloni? Mañana lo iré a ver temprano.

Dicho esto se quedó dormido.

Muy diferente era la escena que en aquellos momentos pasaba en casa de don Marcelino. Éste, que aún no se había acostado, salió de su cuarto para ver lo que pasaba en la calle.

En cuanto a Lucinda, una vez vuelta en sí, quiso abrir la ventana; pero su madre se lo impidió, diciendo que sería mejor salir al patio y recordar a don Marcelino para que tomara alguna medida. Ambas salieron y se encontraron con el viejo que echaba chispas de cólera por los ojos.

-¿Conque todavía no se habían acostado ustedes? -preguntó don Marcelino-. ¿Con que es verdad que estaban esperando la visita? ¡Por los clavos de Cristo! ¡No sé qué hacer con Uds.!

-Y ¿qué querría usted hacer? -preguntó con resolución doña Trinidad.

-¡Malvada! -la interrumpió don Marcelino apretando los puños...- Tú y esta mocosa han llevado la desvergüenza hasta recibir a ese mozalbete por la ventana.

-Ya que usted le cierra la puerta sin motivo alguno a un joven honrado y que además es mi pariente, me he visto obligada...

-¡Maldito sea tu pariente y toda su casta! Le he prohibido que visite mi casa porque no merece lo que pretende... ¡Así pagan ustedes mis bondades!

-¡Padre, por Dios! Perdóneme su merced -exclamó Lucinda arrodillándose a los pies de don Marcelino...- Vea si le ha sucedido algo... Yo le prometo no verlo más.

  -179-  

-Es verdad que no lo verás, contestó el cruel padre, porque no se atreverá ya a volver después de haber recibido su merecido...

Oyendo estas palabras, Lucinda cayó desfallecida sobre el suelo, pues el tono con que fueron pronunciadas, le reveló así como a doña Trinidad, que don Marcelino tenía parte en el hecho. Pero reaccionada bien pronto la pobre niña, se alzó de repente gritando como una loca.

-¡Anselmo! ¡Anselmo! ¡Dios mío! ¡Tal vez lo han muerto!

Y trataba de abrir la puerta que estaba atrancada y con llave.

Doña Trinidad y don Marcelino siguieron a su hija hasta el zaguán.

Anselmo y Andrés, que estaban para retirarse, oyeron los gritos y se acercaron a la puerta de calle.

-¡Aquí estoy, Lucinda! -contestó el joven-: nada me ha sucedido.

-¡Gracias a Dios! -exclamó Lucinda.

-Lucinda, hija mía ¿qué haces? -le dijo la señora sosteniendo a la niña.

-¡Atrevida! -exclamó don Marcelino-; solo faltaba que me perdieses el respeto hasta este extremo... ¡No sé cómo no agarro la tranca y la mato!

-Don Marcelino -le interrumpió la pobre madre-: acuérdese de que es su hija...

-No es mi hija -contestó el miserable-: la desheredo desde ahora.

-Si puede quitarle su herencia, no podrá quitarle mi amor -contestó Anselmo desde afuera.

-¡Qué no te haya muerto Miguel! -exclamó colérico don Marcelino, sin saber lo que decía.

-¡Esas palabras me lo hacen comprender todo! -dijo Andrés desde la calle-. ¡Pero acuérdese usted de que Dios castiga a los asesinos!

En ese momento atravesaba Motiloni la calle donde pasaba la escena. La frase de Andrés: «Dios castiga a los asesinos» pronunciada gravemente en el silencio de la noche, parecía salir de entre las sombras, y encontraron un eco en el alma del italiano.

-«¡Dios castiga a los asesinos!» -refunfuñó éste, siguiendo apresuradamente su marcha.

Luego dijo:

-¡Viejo necio! ¿Quién le iría a decir que se necesitaba de un hombre armado de puñal? Bien claro se le dijo que bastaba con algunos palos bien dados.

Doña Trinidad y su hija se retiraron a sus habitaciones, y don   -180-   Marcelino entró a su cuarto, pesaroso de haber hablado más de lo que convenía. Desde que oyó las palabras de Andrés, casi se olvidó de su mujer y de su hija para pensar en el peligro que él mismo había corrido.

-¿Si me habrá vendido este muchacho? -se preguntaba-. Por eso yo era de opinión que no llevase cuchillo... ¿En qué compromiso me habría visto si hubiese sucedido una desgracia?

Por lo que toca a Anselmo y a Andrés, se dirigieron inmediatamente su casa. Ambos amigos marchaban silenciosos y embebidos en muy diversos pensamientos.

-Es un hecho -dijo Andrés, que este maldito viejo es el autor de todo.

-Así parece -contestó Anselmo tristemente.

-Pues sería bueno dar cuenta a la autoridad mañana temprano para que hiciera parecer al asesino.

-¿Estas loco? -preguntó Anselmo, mirando fijamente a su amigo.

-¿Por qué dices eso? ¿No te parece que sería una barbaridad dejar este hecho impune?

-Pero más bien dejar impune al bandido que hacer caer con nuestra acusación una mancha en la familia de Lucinda... ¿Te olvidas de que don Marcelino es su padre?... Mientras más me convenzo de que él es el autor de lo que nos acaba de suceder, más bien veo la necesidad de ocultar el hecho. Bastante castigado queda.

Andrés no contestó. Ambos amigos prosiguieron sin hablar una sola palabra; y llegados a su casa, se acostaron sin que Cecilia hubiese sospechado siquiera en dónde habían estado su esposo y su amigo.



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Capítulo XXX

Don Marcelino traba amistad con don Melitón



    «La casualidad los junta
y el diablo los hace amigos»


(DICHO POPULAR.)                


Al siguiente día muy temprano los vecinos del barrio notaron una novedad en la casa de don Marcelino, a saber; que el maestro mayor de los carpinteros, señor Juan Labra, estaba clavando por dentro y por fuera todas las ventanas que caían a la calle. El mismo don Marcelino en persona presenciaba la operación, no sin encargar repetidas veces al carpintero que remachase bien los clavos, multiplicándolos allí donde era necesario, porque decía; «en estas cosas lo que abunda no daña» Cerrose también la puerta del zaguán y solo quedó abierto un postigo para el servicio; por manera que la casa parecía estar de duelo, lo cual no dejaba de ser en cierto modo muy verdadero, atendiendo a la dolorosa impresión que las escenas anteriores habían hecho en doña Trinidad y en Lucinda.

Madre e hija tuvieron que resignarse a vivir así encerradas durante más de seis semanas; tiempo que don Marcelino, convertido en carcelero de su familia, pasó no del todo tranquilo. Bien poco le importaban a él las mil preguntas que sus amigos le hacían sobre   -182-   la inaudita determinación de convertir su casa en cárcel; pero no podía recordar a sangre fría aquellas palabras de: «¡Dios castiga a los asesinos!» pronunciadas solemnemente por Andrés Muñoz. Afligíale, no el temor de Dios, con el cual pensaba arreglarse en la confesión próxima, acusándose de aquel pecado (por si acaso lo fuera); sino el miedo a los resultados de una causa criminal. Su intranquilidad subió de punto cuando vio corrido más de un mes, sin que pareciese por su casa el padre Hipocreitía, su consejero predilecto. Nadie sabía donde se hallaba el santo religioso y solamente se susurraba que había salido a predicar la palabra de Dios en las provincias del Sur.

Un día que don Marcelino se hallaba con el humor tan negro como de costumbre, apareciósele como llovido don Pablo Motiloni, a quien guardaba grandes consideraciones, porque sabía cuan estrecha era la amistad del italiano con el reverendo Hipocreitía. Venía don Pablo con un brazo atado y colgado al cuello con un pañuelo; y su pálido rostro manifestaba el mal estado de su salud.

-¿Qué tiene usted señor Motiloni? ¿Ha estado usted enfermo? -preguntó don Marcelino, haciéndolo sentar en su silla de honor.

-No es más que una caída que di de a caballo...Como yo no soy muy jinete... He tenido un poco de fiebre...

-¿En qué puedo servirlo? ¿Qué me dice usted de nuestro digno amigo, el reverendo Hipocreitía?

-Se encuentra muy bueno de salud -contestó Motiloni-. Hace algún tiempo que no lo veo; pero acabo de recibir un propio, con el cual me escribe desde Colchagua, en donde se halla dando misiones. Con el mismo propio me ha enviado esta carta para usted.

-¡Santo religioso! -exclamó don Marcelino tomando la carta que Motiloni le pasaba-. Siempre ocupado en sus tareas apostólicas. ¿Me da usted permiso?

-Lea usted, señor don Marcelino, sin cumplimiento alguno -dijo el italiano.

El señor de Rojas leyó:

«Amigo mío: Siento mucho que mis obligaciones me impidan estar ahora con usted, pues habría querido llevarlo a ver al señor don Melitón. Mi amigo Motiloni cumplirá por mí, y con él puede consultarse sobre cualquier accidente que ocurra como lo haría conmigo mismo, pues que don Pablo (a quien le ruego mire usted como un amigo íntimo) es como si fuese mi propio hermano, y con él no tengo asunto reservado. Desde   -183-   la misión a donde voy escribiré a usted más largo: mientras tanto lo saluda:

Su afectísimo capellán Q. B. S. M.
Fr. N. Hipocreitía.»

En acabando de leer la carta, don Marcelino dijo a Motiloni:

-Basta que usted sea amigo del padre para que lo sea mío como si nos conociéramos desde muchos años atrás.

-Será para mí una honra, señor -contestó el italiano inclinándose-, a la cual trataré de corresponder sirviendo a usted como el más humilde criado.

-El criado seré yo -le interrumpió don Marcelino, encantado con las palabras lisonjeras del otro-. ¿Conque también conoce usted al señor don Melitón?

-Yo fui el primero que habló con él cuando llegó a Santiago, pues lo esperaba en el Café por orden del padre.

-Ya, ya... ¿Sin duda tiene usted entonces noticia de las relaciones que ligan, quiero decir, que ligarán a mi familia con ese personaje?

-De todo me ha impuesto el padre; y a fe que don Melitón es un hallazgo para la niña, la cual por otra parte lo merece.

-Gracias por la lisonja, señor mío:

-No es lisonja. La verdad antes de todo.

-Sin embargo, esta muchacha como es una loca que no sabe apreciar la suerte que se nos deja caer encima, se ha empecinado en no querer dar el sí.

-¿Para casarse con don Melitón? ¡Un hombre de encumbrada familia, de noble alcurnia, de honorables antecedentes!...

-Y que se tutea con el mismo rey...

-Que según creo, viene aquí con una misión importante -agregó el italiano.

-Pues a pesar de todo eso -dijo don Marcelino paseándose agitadamente por el cuarto, la muchacha no quiere. Ahora pocas noches, tuvimos una... Pero después sabrá usted todo esto... Por ahora no le verá más la cara al otro, porque he hecho clavar las ventanas.

-Conque -le interrumpió Motiloni-, si usted quiere podemos ir ahora mismo a ver al señor don Melitón. Ya le tengo anunciada su visita.

-Al instante, amigo mío; déjeme usted ponerme de parada.

  -184-  

Dicho esto, arreglose don Marcelino lo mejor que pudo, y echándole llave a la puerta de la calle, por temor de que durante su ausencia viniese Anselmo, a quien aborrecía cada vez más, se dirigió al Café de la Nación acompañado del italiano.

Recibiolo don Melitón con muestras de la mayor cortesía; y como éste era un hombre de regular educación y finura, consiguió, a pesar de su nulidad, captarse la amistad de don Marcelino. Habló de su alcurnia, del rango de su casa, de sus amigos entre la nobleza, de sus triunfos en la corte, y de otras mil cosas que dejaron embobado al padre de Lucinda. Dijo que si no había sido ministro, había estado a pique de serlo; y que en volviendo a España, lo sería de fijo, pues estaba en el candelero.

Don Marcelino lo miraba con la boca abierta, y apenas podía creer que se dignase hablar con cualquiera, un personaje que había tenido entrada en el palacio real, y que había alternado con S. M. en persona; por manera que cada rato que pasaba, más se afianzaba el buen hombre en la idea de hacerlo su yerno, formando él mismo interiormente cl proyecto de acompañarlo después a España con el fin de hacer papel en la corte.

-¡Oh! -decía para su capote-: ¡no es posible dejar escapar esta oportunidad de elevar la familia!... ¡Y qué esta deschavetada muchacha se oponga a su propia felicidad! Pero otra cosa será cuando lo conozca... Es preciso que nos visite este caballero.

Mientras tanto, el señor Oyarzún del Pozo Hondo, etc., seguía haciendo la apología de su persona, ayudado de Motiloni que no le iba en zaga en lo de ponderar la elevada posición social del viejo español. Cuando fue hora de retirarse, don Marcelino se despidió encantado de su futuro yerno, y le rogó que lo honrara con sus visitas, ofreciéndole su casa y todos sus posibles. Aceptó don Melitón con muestras de gratitud el ofrecimiento y prometió visitar muy a menudo a su amigo.

-Lo que más me ha gustado en él -decía don Marcelino a Motiloni cuando salieron a la calle-, es la llaneza con que habla, como si fuera un cualquiera.

-¡Oh! -contestó el italiano-; no crea usted que es de esos nobles estirados, llenos de viento...

-Su humildad me encanta, y bastaría esto para que deseara hacerlo mi yerno. Sí señor: ¡Qué educación de hombre! Y sobre todo ¡qué cristiandad! Bien se echa de ver que no es de esos nobles   -185-   de a cuartillo el atado, o de los que bota la ola, como decía mi abuela, que sabía mucho en esto de la nobleza.

-Eso se conoce por encima -observó don Pablo.

-¡Pues no! Y luego aquella cruz con piedras brillantes que se va la vista mirándola.

-Es caballero de la Orden de Carlos III.

-Caballero que en nada se parece a los que se usan en estas tierras de Dios, que solo saben ser orgullosos y estirados como el conde de las Ánimas, el otro del Maule, y tantos otros de los cuales Dios me libre, que no parece sino que todo se lo merecen, según lo estirados que los veo por esas calles sin saludar a alma nacida; derechos, y puntiparados y tiesos como si se hubieran tragado un estoque. ¿Qué me dirán a mí que los conozco como a mis manos? Señalado es el que sabe a donde le aprieta el zapato; mientras que éste, apenas parece acordarse de su altitud y soberanía, según lo llano que es. ¡Ya se ve! Es español y bien nacido, y con españoles me entierren a mí, que no con estos nobles mostrencos de por acá. ¡Vale mucho tener educación y cristiandad!

Don Marcelino con su copiosa palabrería parecía haber olvidado sus disgustos domésticos; y marchaba con paso seguro, y lleno de la esperanza de ennoblecer a su familia y hacer papel en la corte de Madrid.

Distraído por su pensamiento favorito no observaba la burlona sonrisa de Motiloni, que no hacía más que apoyar sus ideas. En la plazuela de la Compañía se separó del italiano; y se dirigió a su casa a largos pasos, porque ya se acercaba la hora de hacer medio día.

-Sí -decía entre dientes, volviendo a su idea favorita-: muy porfiada ha de ser la muchacha para que me siga resistiendo. No le he de aflojar ni un pelo y lo mismo a la Trinidad. Una vez que él nos visite y lo conozcan, se apearán de su macho estas malditas mujeres, porque es imposible hablar con este caballero sin aficionársele. ¡El sabrá conquistarlas con sus palabras y con todo lo que sabe hacer, que es encanto verlo y oírlo al hombre! Una vez hecho el matrimonio me redondeo; vendo todo y me voy a España derechito... No me han de ver el polvo en esta triste tierra.

Al llegar a su casa encontró a señá Marta, vieja criada de confianza de doña Trinidad, que ya conoce el lector. Admirado de verla afuera cuando se acordaba de haber dejado con llave la puerta, le preguntó, con arrugado ceño:

  -186-  

-¿Qué es esto, Marta? ¿Por dónde ha salido usted? ¿Ya están saltando las paredes de mi casa?

-No, señor, contestó la vieja: he salido por esta puerta...

-¡Pero si la he dejado con llave, mujer! ¿Es por acaso usted alguna ánima para que pueda salir y entrar por una puerta cerrada?

-Por lo mismo que no soy ánima, he esperado que se abra la puerta para entrar.

-Pero...

-Pero, señor, si salí esta mañana para la plaza, y...

-¡Acabáramos! ¡Y cómo no decía eso la vieja tonta! -exclamó don Marcelino abriendo la puerta-. Diga usted -prosiguió-, que pongan la mesa porque traigo una hambre de todos los diablos... La conversación con ese caballero me ha vuelto el apetito. ¡Lo que es tener educación y cristiandad!

La seña Marta hizo lo que se le mandaba, después de haber entregado a doña Trinidad una carta «en su propia mano» como venía puesto en el sobre.

Un cuarto de hora después, fue llamado a comer don Marcelino. Antes de salir de su cuarto se preparó, frunciendo el entrecejo y dando a su cara un tinte acre y duro «para que las mujeres no lo vencieran», como decía él. Pero llegando a la mesa, encontró a su mujer y a su hija de muy diversa manera de como creía hallarlas. Aunque doña Trinidad tenía pintado el sobresalto en la cara, recibió a don Marcelino con muestras del mayor cariño. Lucinda estaba pálida; pero una graciosa sonrisa animaba su linda fisonomía. Cualquiera otro más observador habría notado los esfuerzos de la madre y de la hija por parecer tranquilas; pero don Marcelino se dejó engañar por las apariencias, y pensó que aquello era efecto de las medidas severas que había tomado. Su frente se desarrugó como por encanto; y como la visita anterior lo había puesto alegre, se sentó a la mesa con la cara más risueña del mundo.

-¡Vaya lo que son éstas! -pensó-: la cerradura de la casa ha producido al fin su efecto. ¡Vale mucho tener encerrada a la mujer!

Pero no porque así pensaba, dejaba de comer. Tragaba y bebía como un Eleogábalo. Doña Trinidad y su hija se admiraban de verlo tan alegre después de lo sucedido; y redoblaban por su parte sus agasajos, lo cual contribuía también a que don Marcelino creyese más y más en la virtud de la clausura, para transformar a las mujeres reacias.

-Ya di en el quid -pensaba el buen hombre mientras comía-.   -187-   Teniéndolas encerraditas se han de componer, porque, en perdiendo la esperanza de que yo les afloje... Mira, niña -prosiguió en voz alta-, pásame el ají.

A la mitad de la comida, y cuando ya había bebido algunos tragos de vino, dijo a doña Trinidad:

-Me agrada mucho verlas a ustedes tan razonables; y para probarles que no es tan bravo el toro como lo ponderan, voy a darles una buena noticia.

-¿Qué noticia es esa? -preguntó la señora.

-Que acabo de hacer amistad con un personaje, un grande de España.

-¿Grande de España?

-Sí, mujer: caballero de Carlos III: de alta alcurnia y de muchas campanillas... Me ha hecho el honor de llamarme su amigo... Échame otro poquito de charquicán porque como le puse ají, me ha abierto la gana... ¡Eso es: y cuenta con que el hombre ha sido casi ministro favorito de Su Majestad!

-¿Es algún viajero? -preguntó tímidamente Lucinda.

-No, niña: pero creo que a la fecha ha recorrido muchas cortes... ¡Si ustedes lo oyeran hablar! Encanta el hombre con sus palabras. ¡Qué educación tan cristiana parece haber recibido! ¡Ya se ve! Un hombre que ha estado a pique de agarrar el mando en España... pásame el jarro con vino... y que habla a Su Majestad así como yo estoy hablando con ustedes... ¡No es nada; caramba!

Y don Marcelino se echó al coleto un vaso lleno. Luego prosiguió:

-Me ha prometido venir a casa, y es preciso que lo reciban ustedes con todas aquellas atenciones que merece...

-No tiene usted necesidad de encargar eso a su mujer, don Marcelino -le interrumpió doña Trinidad.

-Basta que sea amigo de su merced para que lo apreciemos -agregó Lucinda.

-¿No lo decía yo? -pensó el viejo sonriendo-: el remedio las ha puesto como una manteca. Esto es en el principio ¿qué será después? Eso está muy puesto en orden -prosiguió en voz alta-: mis amigos deben ser tratados por ustedes como yo mismo, especialmente éste que tanto honor nos hace con venir a nuestra morada. Ustedes lo conocerán y verán bueno... ¡Caballero como aquel! Vamos al último traguito... Con su cruz en el pecho que da gusto, y luego tan decidor y bien hablado que encanta oírle... ¡Ustedes lo conocerán!

  -188-  

Don Marcelino estaba alegrísimo; y como había comido y bebido bien, no dejó hablar a nadie: por manera que doña Trinidad y su hija no sabían a qué atribuir aquella inusitada amabilidad. Concluida la comida, quitaron los manteles, se rezó el alabado, y don Marcelino se fue a dormir la siesta más satisfecho que nunca del buen resultado que a su juicio había dado el expediente de hacer clavar las ventanas y echarle llave a la puerta de calle.

-¡Lo que son las mujeres! -exclamaba acostándose en su cama-: son como la lana que se esponja cuando se la apalea. No hay más que sujetarles un poco la rienda para verlas contentas. ¡Las conozco tanto!

Pero el buen hombre se engañaba. La verdadera causa de la conducta de la señora la sabrá el discreto lector, si en vez de juzgar por las apariencias, como don Marcelino, se da el trabajo de leer el capítulo siguiente.



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Capítulo XXXI

El Clérigo y el Fraile de aquellos tiempos


«Es preciso que la mujer no se deje ultrajar por un hombre torpe y grosero... Sepa sostener sus derechos, que también son sagrados; y sin negar obediencia al esposo, sepa conciliar su libertad con sus deberes.»


(J. A. TORRES. Educación de la mujer.)                


A consecuencia de los últimos acontecimientos ocurridos en casa de don Marcelino de Rojas, la señora doña Trinidad formó la resolución de escribir a su primo don Ramón Freire, con el fin de revelarle las diferencias entre ella y su marido, y pedirle al mismo tiempo la intervención de su influencia para que no se obligase a Lucinda a tomar estado con un hombre a quien no podía amar. Solo el amor a su hija y el temor de verla infeliz, podía compeler a la buena señora a dar este paso, y así se lo decía a su primo, pues de otro modo no se habría nunca atrevido a hablar contra su esposo; lo cual debía creérsele desde que había sabido sufrir en silencio toda una vida de martirio. Pero el general estaba en aquellos días en la provincia de Aconcagua; y como la pobre señora necesitaba   -190-   un pronto apoyo, escribió a su confesor, fray Prudencio Álvarez, pidiéndole consejo sobre lo que había de hacer.

Era el padre Álvarez un hombre instruido, de mucha conciencia y de irreprochable conducta, que por largo tiempo había ejercido una soberana influencia en el convento de San Francisco. Pero desde que el padre Hipocreitía pisó los umbrales de la Casa Grande, notose que el reverendo Álvarez había decaído de su antigua preeminencia. Desnudo de toda ambición, fuera de la de instruirse y ser útil a su comunidad, el padre Álvarez había desechado varias veces el provincialato que sus amigos le ofrecían. Estos no habían podido conseguir otra cosa que hacerlo Definidor; y tanto este grado como el de Lector, le daban grande influencia entre los padres graves de la orden; influencia que el padre Hipocreitía no podía soportar, porque odiaba y temía al mismo tiempo a fray Prudencio Álvarez, en razón a sus aventajadas ideas y su talento para sostenerlas. Jamás discutía con éste, pues una vez que había pretendido vencerlo en una reyerta teológica se había visto avergonzado ante la comunidad, no pudiendo contrarrestar con sus sofismas los sólidos argumentos del sabio Lector. Y en tal manera creció con esto el odio del jesuita, que desde entonces no cesó de insinuarse y de trabajar contra él en el ánimo del padre Provincial. Pero éste, que estaba acostumbrado a respetar la virtud y la ciencia del padre Álvarez, se oponía siempre a hacer nada que pudiera agraviar a un hombre que había sido su maestro. Sin embargo, no se desanimó el constante jesuita; y tantos pasos dio que al fin consiguió introducir la discordia entre su enemigo y el Provincial del convento. Una gran parte de la comunidad siguió el partido del padre Álvarez, entre los que se contaban sus buenos discípulos en filosofía; pero otros, animados por el jesuita que supo despertar entre ellos ciertas ambiciones, se revelaron y empezaron a hablar mal de su antiguo Lector.

Pero lo que más molestaba al monárquico jesuita eran las ideas republicanas de fray Prudencio, quien se manifestaba siempre liberal, no solo por su carácter bondadoso y abierto, sino por sus convicciones. Como miembro de la comunidad franciscana y como Lector de filosofía había tratado siempre de fomentar entre los padres y entre sus discípulos las más puras ideas que poseía sobre la libertad y dignidad del hombre. Por esta razón era mirado por muchos individuos del clero secular como un sacerdote refractario, cuyo ejemplo no se debía seguir. El hábil jesuita explotó está circunstancia   -191-   en perjuicio de su enemigo, y aun se atrevió a insinuar entre los más fanáticos, que las ideas del padre Álvarez eran muy poco cristianas, y que no sabia cómo seguía siendo Lector de filosofía en el convento, un hombre que creía como un dogma la soberanía popular.

No extrañe el lector que en un fraile de aquellos tiempos se encontrasen ideas republicanas. Verdad es que el clero chileno, y en general todo el clero hispano-americano, era monárquico; pero había una gran diferencia entre el clero regular y el secular. Mientras que éste se manifestaba acérrimo enemigo de la causa de la independencia americana, era muy fácil encontrar en aquél, frailes amigos de la libertad. No parecía sino que las ideas democráticas se hubiesen refugiado en los conventos, y tal vez ello era porque allí vivía el fraile como en una república. Mientras que el clérigo estaba acostumbrado al sistema opresor, no solo del régimen civil, sino del eclesiástico que le imponían sus jefes y prelados, el fraile gozaba de la libertad de elegir los suyos: por manera que siglos antes de que el país fuese libre, los conventos presentaban una especie de ejemplo del gobierno republicano, con sus definitorios, sus elecciones y capítulos. Por otra parte, los individuos del clero secular pertenecían por lo común a familias encumbradas; mientras que en las comunidades veíase sacerdotes de los más comunes apellidos; no siendo difícil que un muchacho de la más humilde condición llegase a ordenarse, y lograse subir con su trabajo y su talento a dignidades de que solo el nacimiento era merecedor entre los clérigos. He aquí por qué generalmente el fraile cumplía mejor con su misión de sacerdote y de apóstol. Para él estaban reservados los trabajos más duros; al paso que el clérigo se llevaba casi siempre los honores y distinciones. Si había que auxiliar a un moribundo a deshora de la noche, el pobre corría a las puertas del convento buscando confesor. Si era preciso dar una misión en lugares desamparados, ahí estaba el fraile siempre dispuesto a la obra. Al clérigo le quedaba el servicio de los monasterios, los oratorios de las grandes casas, las confesadas de la alta nobleza, las prebendas, los ascensos, las distinciones y las capellanías que las familias ricas instituían en su favor. Vestido de ricas telas, viviendo bien, comiendo mejor, el clérigo con muy honrosas excepciones, no se hombreaba casi nunca con el pueblo, a quien despreciaba; al paso que el fraile, con su hábito burdo, estaba siempre entremezclado con   -192-   las últimas clases, a quien servía y de cuyas limosnas vivía las más veces en sus conventos de campo.

El democrático fraile, despreciando el agua y el sol, recorría la campaña, iba a consolar al pobre en su rancho, y a fuerza de hombrearse con los hombres de todas las condiciones y de entremezclarse con la miseria podía comprender más bien las lágrimas de los oprimidos; lágrimas que no llegaban al endurecido corazón del clérigo aristocrático, poderoso, altivo, amigo del lujo y de la buena vida, regalado y mimado por las más encumbradas familias del país.

Perdónesenos esta digresión, y tomemos el hilo de la historia.

Fray Prudencio contestó inmediatamente la carta de doña Trinidad, y entre otras cosas le decía:

«Usted señora, no ha hecho bien en contrariar abiertamente la voluntad de su marido, recibiendo contra su orden al joven por las ventanas de la casa. No quiero decir por esto que don Marcelino tenga razón en oponerse al matrimonio de Lucinda con Anselmo, ni mucho menos que usted haya de obedecerle en cuanto a lo de imponer a su hija un marido que ella rechaza. Por sagrada que sea la autoridad de un padre, no alcanza a tanto. La niña está en su derecho al no aceptar el marido que su padre le propone, y aun en admitir en su corazón al joven que cree en su conciencia digno de darle su mano. Usted misma está en el deber de fortificar el alma de su hija, y de hacer por todos los medios cristianos que Lucinda no se case con quien no ama, porque de este modo no podrá adquirir en este mundo la tranquilidad que ha menester para servir a Dios, único fin de nuestras aspiraciones, cualquiera que sea el acto que practicamos en la vida. El matrimonio es una fuente de bendición cuando une dos corazones que se corresponden, y es tal vez la raíz de los males sociales cuando se contrae entre dos personas que no pueden vivir unidas. ¿Cómo podrán formar un solo cuerpo dos entidades que se repelen? Dígole esto para manifestarle mi aprobación por los fines que la han impulsado a obrar. Pero así también le diré, que no puedo ni debo aprobar los medios de que usted se ha valido. Una mujer bien nacida no debe contrariar abiertamente a su esposo, ni aun cuando ella tenga razón, sino tratar de hacerlo marchar por el buen camino, valiéndose de la dulzura que tan bien sienta en las personas de su sexo.

Mientras más contrario a la razón se muestre su marido, mayor   -193-   debe ser la paciencia de usted para sobrellevarlo, y más grande su dulzura para suavizar su genio, a lo cual está obligada toda mujer cristiana. Porque, señora mía, si debemos amar y mirar con caridad a todos nuestros prójimos, aunque nos hagan daño ¿qué no deberá hacer una mujer con su esposo, por malo que sea?

El marido es la cabeza de la mujer. Dios le ha dado la dirección en el matrimonio, y la sociedad lo hace responsable de los descarríos de la familia. Justo es, pues, que conserve siempre, aunque a veces no sea más que la apariencia del mando, porque tal es el orden de la naturaleza. Gran desgracia es dar con un marido caprichoso; pero es todavía mayor en una mujer, no saber ceder cuando conviene guardar las apariencias siquiera, a fin de obtener poco a poco lo que no es bien querer arrancar por la fuerza. El arte de toda mujer prudente consiste en saber callar y en no irritar jamás a su esposo con palabras inconvenientes, por razonables que sean; y todos sus conatos deben dirigirse a poner de manifiesto que su marido tiene razón siempre, porque la honra de la mujer es la dignidad del marido, y el descrédito de éste se refleja en ella y en toda su familia...

Acuérdese usted de que ahora que se trata del establecimiento de su hija, está en el deber de darle el mejor ejemplo de sumisión, obediencia y respeto a su esposo. Por justos que sean los motivos que usted haya tenido y tenga para desobedecer a don Marcelino, su deber de madre le manda obedecer en todo lo que no sea pecado, para que la niña aprenda prácticamente a portarse cristianamente con el esposo que Dios le dé. No se puede decir delante de una niña sin experiencia del mundo, que hay casos en que debe imponer su voluntad a su cónyuge, porque muy bien puede ser que, andando el tiempo, ella crea en cualquiera de sus caprichos, llegado ese caso. Ha de saber usted, que somos muy inclinados a mirar como extraordinario todo lo que nos sucede; y mientras aplicamos la regla general para los demás, nos persuadimos de que somos la excepción... No le digo esto porque la crea capaz de obrar de otro modo: conozco la bondad de su carácter, y sé muy bien que obrará según los dictados de la religión y de la prudencia.

Háblole así para fortificar su corazón, que, aunque lleno de caridad y de un amor abnegado, necesita de apoyo en las tribulaciones. ¿Quién no ha menester de apoyo en este mundo? No le habla usted el director de su conciencia, sino el amigo que siente sus penas y que llora con usted Dios no desatiende jamás al que le   -194-   ruega. Ofrézcale sus padecimientos: eleve su corazón a sus labios y hable con él. Tenga fe en que existe la justicia, a pesar de cuanto se obre en el mundo contra ella; tenga esperanza en que Dios atenderá las justas aspiraciones de un corazón sano, y mire con caridad a quien se oponga a esas aspiraciones, mayormente si ese estorbo es su propio esposo. Considere que nada puede haber cumplido en este valle de lágrimas, y que todos los males que nuestro Señor nos envía no deben ser mirados sino como medios para hacernos dignos de otro mundo mejor. Él, que cargó pacientemente con su cruz, exige con justicia que los mortales tengamos también paciencia para llevar la nuestra. ¡Ah! Señora mía! Y ¿quién será el que pueda decir que no la tiene?» [...]

Tal era, poco más o menos, lo que el buen sacerdote decía en su carta.

En una posdata agregaba:

«Celebro que usted haya impuesto al señor don Ramón de todo lo ocurrido; y siento mucho que él no esté en Santiago para que ponga algún remedio. Yo también le escribiré por mi parte; y en llegando aquí, iré a verlo sin tardanza. Mientras tanto, Dios le dé a usted paciencia y resignación.» [...]

A esta carta debió, sin duda, en gran parte don Marcelino, el buen recibimiento que su mujer y su hija le hicieron aquel día.



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Capítulo XXXII

Motiloni en casa de don Policarpo



«Al que ata mucho la plata
el diablo se la desata.»


(Refrán del pueblo.)                


Apenas el italiano se hubo separado de don Marcelino, cuando se volvió al Café; y después de hacer medio día suculentamente, se dirigió al cuartito en donde vivía, situado en casa de una señora de la calle del Puente. Curose la herida con los remedios que la curandera del barrio le había recetado, y echó a andar por la calle de San Pablo en dirección de la ya conocida «Casa Vieja.» Algún móvil poderoso impulsaba a aquel hombre, cuya actividad era de causar asombro a cualquiera; y no parecía sino que una idea fija le hiciera olvidar su enfermedad. En poco rato estuvo en casa de don Policarpo. Golpeó, y el avaro en persona salió a recibirlo.

-¡Oh! ¡Mi señor Motiloni! -exclamó Tragantilla disimulando su intranquilidad, porque nada de bueno esperaba cuando veía al padre Hipocreitía o al italiano.

-Seré breve, señor don Policarpo -dijo éste presentándole una carta-, porque no quiero abusar de su bondad quitándole el preciosísimo tiempo que usted dedica a sus laudables tareas. El reverendo   -196-   , nuestro común amigo -prosiguió con voz almibarada-, me ha entregado ayer esta esquelita para usted.

Abrió don Policarpo aquel papel y lo leyó temblando como un reo que leyera su sentencia de muerte.

-Aquí me habla el padre -dijo-, de unos setecientos pesos.

-Se equivoca usted; son ochocientos pesos los que el reverendo me debe, y los mismos que espero me pague usted con sus respectivos intereses.

-¿Con sus intereses además? ¡De veras que el santo religioso parece querer burlarse de mí! ¿Soy acaso su cajero para...? Pero no: quiero decir, que esto es ya demasiado... En estos últimos meses ha llevado ya más de dos mil pesos largos. ¿Qué hace el padre con tanta plata?

-Lo ignoro. Lo que sé es que me debe. Ya sabe usted que quien debe paga.

-Pero ¿debo yo algo a nadie?

-Yo no sé nada. Repito que quien debe paga. El padre me debe y me ha dicho que usted me pagará... Si usted protesta...

-Yo protesto de... quiero decir: no es que proteste sino que... lo que digo es... ¿de dónde sacaré yo tanto dinero como reza este papel?

-Pues entonces no pague usted, y santas pascuas -dijo el italiano riendo.

-¿Y usted se contentaría con eso?

-¿Pues no me he de contentar? Mi dinero gana un regular interés; y tanto me da que se me cubra hoy como mañana, porque como al fin se me ha de pagar...

-¡Sí, se le ha de pagar... es decir que yo se lo he de pagar, porque esta es la verdad! -exclamó furioso el avaro.

-Entonces, tanto mejor para mí: veo que mi plata está en buenas manos y la dejo al mismo interés...

-Eso no es dejarla sino arrancarme el alma a pedazos -dijo el avaro con voz compungida.

-Ya le digo que yo me avengo a todo: por mí no hay dificultad. Si usted quiere seguir pagando intereses, no seré yo el que moleste a mi señor don Policarpo. Me voy por donde he venido, y tan amigos como antes, señor mío.

-¡Amigos! -refunfuñó el avaro-: ¡si te viera freír en aceite, yo atizaría el fuego, gringo hereje!

-Ya ve usted que yo no soy exigente. Devuélvame la carta, y asunto concluido.

  -197-  

-Pero dígame como si fuera a confesarse: ¿está usted seguro de que el padre le debe una suma tan grande?

-¡Pues no he de estarlo, hombre de Dios! ¿No ve usted que él mismo lo confiesa bajo su firma?

-Es que su reverencia es capaz de confesar...

-Hasta a las beatas, ya lo sé -le interrumpió Motiloni soltando una carcajada.

-Y se ríe -refunfuñó el avaro, a quien se le hacía duro creer que alguien pudiera estar alegre en aquel momento. ¡Habrá suerte como la mía! ¡Yo junto plata para que él se la coma!

-¿Se ha decidido usted?

-Estoy decidido.

-¿A qué?

-A entregarle a usted la mitad... En este momento no tengo en caja...

-¡Pero, hombre! ¿No le digo que si lo quiere no me dé nada? Prefiero seguir ganando intereses por el todo. Le aseguro que yo no he menester de ese dinero...

-¡Seguir cobrando intereses!... Ya entiendo. y ¿qué interés es el que cobra usted por esta suma?

-El uno y medio: yo soy cristiano.

-¡El uno y medio! ¡Qué herejía! ¿No sabe usted que la usura es una cosa digna de reprobación?

-Pues yo sé que usted cobra el dos por ciento, mi señor don Policarpo.

-¡Pero, hombre!...

-Fuera de los negocillos que hace por ahí de pescar un real por cada peso a los pobres que vienen a pedirle sobre prendas...

-Y eso ¿qué le importa a usted? -exclamó colérico don Policarpo... -Cada cual gana la vida como Dios le ayuda.

-Dígole eso para probarle que no es un exceso el interés del uno y medio por ciento.

-Pues yo sostengo que es cosa inaudita; ese es interés de judío...

-En fin, don Policarpo, no hablemos más -le interrumpió Motiloni-. ¿Me paga o me llevo la carta?

-Pues llévese usted la carta, ya que no quiere bajar en los intereses.

-Tanto mejor, porque después la encontraré más gorda -contestó el italiano tomando el papel.

  -198-  

-Traiga usted la carta y sígame -dijo entonces el avaro-, haciendo un esfuerzo y echando a andar seguido de don Pablo.

Entraron a la tienda de Tragantilla, y éste, con mano convulsiva sacó el dinero de su caja, lo contó y dijo:

-Ahí tiene usted su plata. Fírmeme el recibo... Voy a hacerlo.

-Nada más justo -dijo flemáticamente el italiano, firmando después de leer el recibo que había hecho Tragantilla.

Dicho esto, tomó el dinero y salió diciendo:

-¡Adiós, amigo mío! ¡Vaya que es trabajo grande esto que lo reciban mal a uno cuando viene a cobrar lo que es suyo!

-¡Lo que es suyo! -repitió entre dientes don Policarpo-: a estos condenados les parece que es de ellos cuanto yo atesoro... Pero en cuanto me pueda safar de su tutela, los echo a mil diablos y me voy de aquí... ¡Por nuestra Señora de Andacollo! ¡No es vida la que me hacen pasar!... ¡No, no señor; no es vida! -exclamaba sudando el avaro y dando dos vueltas a la llave de su caja-: «¡me voy de Santiago!»

Mientras tanto Motiloni iba acariciando el talego debajo de su capote de barragán. Al enfrentar a una taberna cercana a la plazuela, llamada EL BODEGÓN DE JUAN DIABLO, entró y preguntó por el dueño, quien sin duda lo esperaba, pues al momento salió con la cara llena de risa a recibirlo y lo llevó a su cuarto interior, mientras su digna esposa quedaba sirviendo a los parroquianos de que la taberna estaba llena.

Poco rato después, se vio salir a Motiloni que parecía venir sin el saco debajo del capote. Al despedirse del tabernero, le dijo al oído: «prométales que se les dará otro tanto si el negocio se acierta.»

El otro no contestó más que con cierta sonrisa y guiñando el ojo maliciosamente.



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Capítulo XXXIII

La Merienda Política



    «Chicos, apretad los puños,
porque en cualquiera elección,
el que la gana es un héroe,
y el que la pierde un bribón.»


EL ERMITAÑO.                


Sin duda, que Juan Diablo era hombre de altas relaciones sociales, pues que no bien hubo salido Motiloni del bodegón, cuando entró allí un caballero embozado hasta los ojos en su capote.

-Amigo Juan -dijo en voz baja- ¿cómo va la compra de votitos?

-A las mil maravillas, señor -respondió el bodegonero-, aunque ahora se ha puesto un poco matrera la gente, y es preciso manguearlos como quien caza perdices.

-Pues entonces, manguéelos usted, y cace votos, porque de ahí depende el afianzamiento de la religión, la honra de Dios y el provecho...

-De los nuestros... sí, señor; ya se me ocurre -interrumpió el bodegonero.

  -200-  

-No, hombre -replicó el caballero del capote-: quiero decir, el provecho y felicidad de la patria.

-¡Ah! Sí, señor, de la patria: pero le diré a usted que ya el dinero se me ha concluido.

-¿Cuántos votos tiene?

-Creo que han de alcanzar a ochenta, pero he tenido que comprar por aguardiente más de la mitad.

-Aquí tiene usted más dinero -dijo el del capote, pasando a Juan Diablo un bolsillo que parecía pesado.

-A tiempo llega -respondió el bodegonero tomando prontamente la bolsa-, porque pienso armarles un guahí...

-¿Cómo es eso?

-Ha de saber señor que hay algunos que no largan el voto ni a fuego, por más que se les predique. Otros tienen miedo de votar contra el gobierno, y no venden su voto por ninguna plata; pero emborrachándolos, aflojan al momento. Por esto, he pensado armarles esta noche una merienda, en la que caerán como moscas, porque se les dará de beber hasta ponerlos en el punto conveniente, que es cuando aflojan la pepa. Casi todos son buena gente, es decir, abasteros y recoveros...

-Pero es preciso hacerlo todo eso con orden.

-Sí, señor, con orden..

-Que no haya pendencias.

-Nada, nada de eso: yo soy hombre pacífico. Van a venir muchos caballeros a la merienda, y tendremos también niñas cantoras, y...

-Y sobre todo -interrumpió el encapotado-, acuérdese usted de que ya se le ha pagado su trabajo, fuera de lo que se le pagará después. Por consiguiente, todo el dinero que le dejó ayer Pedro José y el que yo le dejo ahora es para que usted compre votos de una manera honrada... ya usted me entiende.

-Sí; comprendo, señor. Yo soy hombre que tengo religión y temor de Dios; y sé muy bien lo que es mío y lo que es ajeno; no lo había de decir yo...

-Creemos que usted es hombre de bien -interrumpió el del capote-, y por eso es que le hemos dado esta comisión de confianza.

-Muchas gracias, señor don Antonio.

-Por lo mismo, es menester que usted la cumpla cristiana y honradamente.

-Eso mismo digo yo; porque; ¡gracias a Dios! No soy un judío para mermarles la medida. ¡Si usted viera las largonas que les doy   -201-   cuando les mido el licor, sobre todo cuando ellos truecan el voto por aguardiente o chicha! Ya verá usted esta noche si viene a la merienda.

-Yo no puedo venir, porque...

Estará el cuarto lleno de caballeros; y don Pedro José me encargó que le dijera...

-Dile a Pedro José que con mucho gusto vendría, pero no puedo faltar esta noche a la novena que estamos siguiendo al Niño Dios de las Capuchinas -observó el otro.

-¡Ah! ¡Ese es otro cuento! Pero yo decía...

-No, no; basta que les dé mi dinero -dijo con firmeza el caballero del capote-. Tenga usted mucho cuidado con la policía porque las gentes del gobierno...

-Ya sé que los vigilantes y serenos andan ojo al charqui; pero no se le dé nada, porque yo los tengo, muy tanteados y sé que en dándoles un par de tragos se les cierran los ojos. El bizco me ayuda en esto que es maravilla... Y a propósito del bizco, este muchacho trabaja del día a la noche por la causa de la religión: así es que si me diera permiso para untarle la mano...

-Puede usted gratificarlo con el dinero que se le ha dado.

-Muchas gracias, señor, por mi parte -dijo el bodeguero con la más encantadora bonhomía-; porque si usted no me diera licencia para sacar plata de esta bolsa, yo tendría que pagarle al bizco con mi propio dinero; y no es caridad que un pobre como yo...

-Dele usted lo que crea justo.

-¡Por supuesto! Ni un cuartillo más... aunque quiero al muchacho como si fuera mi propio hijo; y muchas veces le he dicho a mi mujer: mira, Nicolasa...

-Bueno, pues: lo que ahora importa es trabajar, con actividad y constancia, para que no gane las votaciones este gobierno de extranjeros.

-Así se los digo a todos: si el gobierno gana, vale más ser gringo que chileno.

-Y han de saber que lo que el Presidente Pinto quiere es llevar al Congreso diputados herejes, para hacer leyes contra la religión y los sacerdotes.

-¡Jesús, María y José! -exclamó Juan Diablo haciéndose cruces sobre el pecho. ¡Dios nos tenga de su mano!

-¡Amen! -respondió el caballero del capote retirándose.

El bodegonero acarició el bolsillo de dinero que tenía debajo del   -202-   poncho; y llamando a su mujer hacia un rincón del despacho, se lo entregó cautelosamente.

-Toma, Nicolasa -le dijo en voz baja-. Guarda esta platita junto con la otra que te entregué antes de ayer.

-Vengan aguaceros como éste -respondió la digna consorte de Juan Diablo, yéndose a guardar la bolsa mientras el bodegonero se quedaba en el mostrador despachando a algunos parroquianos.

Enseguida llamó a su amanuense para dejarlo en su lugar; y él se fue a preparar, acompañado de la buena Nicolasa, todo lo necesario para la merienda, que tan buena cosecha prometía.

-Ya sean los pelucones o los liberales los que ganen -decía Juan a su mujer-, lo que a nosotros nos importa es vender todo nuestro aguardiente.

-Así es -respondió, sin dejar de trabajar- ¿qué nos importa que ganen ellos, si nosotros no ganamos?

-Has hablado como un libro, mujer; y Dios te me guarde muchos años, porque no tienes un pelo de tonta. Dime ¿te acordaste de ponerle agua a la cuba del rincón?

-¡Encargarme a mí esas cosas! -exclamó riendo la ingeniosa Nicolasa. ¡Con decirte que a la tercera vez que bauticé el aguardiente de esa cuba, se me llegó a hacer escrúpulo!



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