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En ninguna parte se ven tan de manifiesto los efectos de esta prodigiosa y negligente facilidad como en el docto y esmerado comentario de mi excelente amigo y compañero don Diego Clemencín: trabajo a que no se puede negar la más alta estimación, por la erudición copiosa y sana crítica con que está desempeñado. El sabio comentador ha creído de su deber señalar todos los lunares, descuidos e inexactitudes que iba hallando en la obra que ilustraba, siendo muchísimas las observaciones de esta clase que aquellas notas comprenden, sobrado menudas a veces, pero generalmente atinadas. Del conjunto de ellas resulta que este libro admirable se escribía con el mismo abandono con que se habla, y que Cervantes no volvía los ojos atrás para examinar lo que una vez tenía escrito: con sola esta diligencia aquellas pequeñas faltas desaparecieran. Todo es pues en el Quijote obra de instinto y de talento, en que tuvo poco lugar el arte, y ninguno la meditación y el trabajo: a la manera que decía el célebre Mengs que se había pintado el cuadro de las Hilanderas de Velázquez, «no con la mano, sino con sola la voluntad».

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Véase en las Pruebas a la vida de Cervantes, por don Vicente de los Ríos, la carta de don Antonio Rui Díaz sobre el Buscapié.

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En estos últimos tiempos se ha dado a luz un Buscapié; pero lejos de allanar las dudas y dificultades, esta publicación no ha hecho más que aumentarlas, según las agrias disputas a que ha dado ocasión.

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Este proceso se halló original años pasados, y el nombre de Cervantes, interesado principalmente en él, le dio un valor infinito. Pellicer insertó en su Vida un extracto sobradamente prolijo. De él se deduce su permanencia en Valladolid por aquel tiempo, las personas de que se componía su familia, el modo con que allí se ayudaba a sostener, y en fin, que eran sus vecinas doña Luisa de Montoya, viuda de Esteban Garibay, y doña Juana Gaytán, viuda del poeta Lainez, que acababa de fallecer, amigo de Cervantes. Pero también resulta de las declaraciones que estas señoras se echaban unas a otras la nota de recibir malas visitas, lo cual no hace honor ninguno a nuestro escritor. Nada hay, por otra parte, en la causa que nos le haga conocer más bien, y siendo este triste incidente de tan corta importancia para su vida civil, y de ninguna para su carrera literaria, excusado era por cierto extenderse en ella tanto, y bastaba indicarla ligeramente. Yo no sé si él agradeciera mucho que saliesen a la plaza del mando semejantes pobrezas.

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Después de llamarles en el Canto de Caliope «dos luceros, dos soles de poesía, a quien el cielo había dado cuanto ingenio podía dar», dice del mayor «que tenía maduro trato, humilde fantasía», y no se acierta con lo que quiere decir, pues si habla de la fantasía poética, es un vituperio más bien que una alabanza; y si, como se da a entender, quiso hablar de su modestia, no acertó a expresarse como debía. En el Quijote ofenden las alabanzas indiscretas, o más bien desatinadas, que da a las detestables tragedias de Lupercio, desluciendo con ellas el mérito de aquel pasaje, tan recomendable por la sana razón y gusto seguro que reinan en todo lo demás de él.

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Así la llama el mismo Villegas en su epístola de remisión a don Lorenzo Ramírez de Prado:

    Ese monstruo te envío, mi Laurencio, De sátira compuesto y elegía; Cierto que es pacto digno de silencio.

Los versos en que moteja a Cervantes son bien conocidos de todos, y por desgracia a nadie deshonrarán sino a él. Sus pocos años no bastan a disculparle de esta falta de respeto, así como tampoco pueden disculpar la extravagancia de una composición donde se mezclan y confunden dos tonos tan diferentes, y en donde se habla de poesía con un mozo de mulas.

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Son ingeniosas sin duda y propias del genio buscón y anecdotero de Pellicer las conjeturas sobre la calidad y profesión del supuesto Avellaneda. De ellas resulta que era eclesiástico, religioso, y por ventura de la orden de predicadores. Si esto era así, Cervantes tenía azar con estos frailes, pues ya hemos visto cómo otro dominico estuvo a pique de hacerle perder la vida en Argel, y después la reputación. Mas una vez que la diligencia de aquel biógrafo y la de su infatigable sucesor no han podido dar con el verdadero nombre de este miserable, se le puede suponer sepultado en el olvido, y allí a cubierto de la infamia a que su necia temeridad y su insolencia lo habían condenado para siempre.

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El más señalado entre ellos es Lope de Vega, que al probarse bien desgraciadamente en este género, que no era el suyo, decía con tan risible magisterio que en las novelas propias de España «no faltó gracia ni estilo a Miguel de Cervantes». Manera de recomendar que se acerca más a depresión que a alabanza, pues da a entender que no hay en las novelas de Cervantes otras prendas que aplaudir que la gracia y el estilo, y que aún esto es en ellas tan escaso, que se les hace justicia con sólo decir que no les falta. Yo tengo mucha duda en que Lope estuviese bien penetrado del mérito eminente de nuestro escritor, o en caso de estarlo, en que se lo quisiese reconocer francamente. No me acuerdo de que haya en todas sus obras un elogio, ni chico ni grande, del Quijote: el que hace de las novelas la única vez que las cita, ya se ve cuán escaso es. Al contrario los versos; ellos, según Lope, «dieron eternidad a su memoria por dulces, sonoros y elegantes,» que así los caracteriza en el Laurel de Apolo. Cabalmente son las cualidades que les faltan; y como Lope debía conocerlo tan bien como el que más, un elogio tan violento y desmedido hace sospechar de su buena fe. Calderón y Quevedo, que no tenían los mismos motivos de emulación y rencillas con nuestro escritor, aplauden sus novelas de un modo más franco, más natural, y al mismo tiempo más ingenioso.

    La más extraña novela De amor que escribió Cervantes,

dice el primero en la Casa con dos puertas, jornada X; y también en Los empeños de un acaso, jornada I:

    Es mi amor tan novelero, Que me le escribió Cervantes.

Prueba irrefragable del crédito que ya gozaban estas novelas en el mundo y de la estimación en que las tenía aquel gran poeta. Quevedo, del mismo modo, en sola una frase da a entender el mismo concepto cuando aconseja a Montalván en la Perinola «que deje las novelas para Cervantes», y las comedias para Lope, Luis Vélez, Calderón y otros.

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    Yo que siempre me afano y me desvelo

Por parecer que tengo de poeta

La gracia que no quiso darme el cielo.


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Cuando los beneficios se den a la necesidad son preciosos por el alivio que procuran, pero sirven también de peso por la sujeción en que ponen. Así Cervantes, que ciertamente no era desagradecido. deja traspirar a veces el sentimiento de su independencia y con expresiones bien vivas, «¡Venturoso aquél, dice en una ocasión, a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerle a otro que al mismo cielo!»

(Quijote, parte II, cap. 58.)

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