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Algunos eruditos dudan de que estas dos obras pertenezcan el tiempo y autor a que se atribuyen, y el adelantamiento que presentan la versificación y el lenguaje forma una presunción muy fuerte a favor de esta opinión.

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    Otra y aún otra vegada yo lloro

Porque Castilla perdió tal tesoro

No conocido delante la gente.

Perdió los tus libros sin ser conocidos,

Y como en exequias, te fueron ya luego

Unos metidos a ávido fuego

Y otros sin orden no bien repartidos:

Cierto en Atenas los libros fingidos

Que de Protágoras se reprobaron,

Con ceremonia mayor se quemaron

Cuando la Senado le fueron leídos.


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Él mismo da a entender en su obra la circunspección y reserva a que se veía obligado. Véase la Orden de Mercurio, copia 92, y la epístola 20 del Centón epistolario del bachiller Ciudad Real.

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Macías era gentilhombre del maestre don Enrique de Villena. Entre las damas que servían a este señor, había una de quien se prendó el poeta, y de cuyo amor no pudieron arrancarle ni el verla casada con otro, ni las reprensiones del Maestre, ni, en fin, la prisión en que éste le mandó custodiar. El esposo, lleno de celos, se concertó con el alcaide de la torre en que estaba su rival, y hallé modo de arrojarle por una ventana la lanza que llevaba y atravesarle con ella. Cantaba entonces Macías una de las canciones que había hecho a su dama, y así espiró con el nombre de ella y del amor en los labios. Las dos calidades de trovador y de amante, unidas en él, le hicieron un objeto solemne y casi religioso entre los poetas del tiempo. Los más de ellos le celebraron, y su nombre, a que se unió el dictado de enamorado, quedó como proverbial para designar la fineza de los amantes. No disgustará a los lectores ver aquí las copias que Mena le destinó en el Laberinto.

Tanto anduvimos el cerco mirando

A que nos hallamos con nuestro Macías

Y vimos que estaba llorando los días

En que de su vida tomó fin amando:

Llegué más acerca, turbado yo, cuando

Vi ser un tal hombre de nuestra nación,

Y vi que decía tal triste canción,

En elegíaco verso cantando:

«Amores me dieron corona de amores

Para que mi nombre por más bocas ande,

Entonces no era mi mal menos grande

Cuando me daban placer sus dolores

Vencen el seso sus dulces errores,

Mas no duran siempre según luego aplacen,

Y pues me hicieron del mal que vos hacen,

Sabed al amor desamar, amadores.

«Huid un peligro tan apasionado,

Sabed ser alegres, dejad de ser tristes,

Sabed deservir a quien tanto servistes,

A otro que a amores dad vuestro cuidado;

Los cuales si fuesen por un igual grado

Sus pocos placeres según su dolor,

No se quejara ningún amador

Ni desesperara ningún desamado.

«Bien como cuando algún malhechor

Al tiempo que hacen de otro justicia,

Temor de la pena le pone cobdicia

De allí en adelante vivir ya mejor;

Mas desque pasado por aquel temor,

Vuelve a sus vicios como de primero,

Así me volvieron a do desespero

Amores que quieren que muera amador.


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Esta canción de Santillana, no desprovista enteramente ni del afecto ni de gracia, puede ser ejemplo de cómo estos escritores lo aprovechaban de la erudición.

Antes e rodante cielo

Tornará manso e quieto,

E será piadosa Aleto,

E pavoroso Metelo;

Que yo jamás olvidase

Tu virtud,

Vida mía y mi salud,

Nin te dejase.

El César afortunado

Cesará de combatir,

E hicieran desdecir

Al Priámides armado

Antes que yo te dejara,

Idola mía,

Ni la tu filosomía

Olvidara.

Sicón se tornara mudo

E Tarcides virtuoso,

Sardanápalo animoso,

Torpe Salomón e rudo;

En aquel tiempo que yo,

Gentil criatura,

Olvidase tu figura,

Cuyo so.

Etiopía tornará

Húmeda, fría o nevosa,

Ardiente Scitia e fogosa,

E Sella reposará;

Antes que el ánimo mío

Se partiese

Del tu mando e señorío,

Nin pudiese.

Las fieras tigres harán

Antes paz con todo armento,

Habrán las arenas cuento,

Los mares se agotarán;

Que me haga la fortuna

Si non tuyo,

Nin me pueda llamar saya

Otra alguna.

Ca tú eres caramida,

E yo so fierro, señora,

E me tiras toda hora

Con voluntad non fingida.

Pero non es maravilla,

Ca tú eres

Espejo de las mujeres

De Castilla.


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Luis de León, aunque natural de Granada, se formó y vivió en Salamanca, y por consiguiente, no contradice a esta observación general.

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    Pero cuando a escribir sátiras llegues,

A ningún irritado cartapacio

Sino al del cauto Juvenal te entregues,

Porque nadie a los gustos de palacio

Tomó el pulso jamás con tanto acierto,

Con permisión de nuestro insigne Horacio.


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    ¿Pues qué diré del ganadero Anquises?

Mas pregúntalo a Venus Citerea,

Quién es el hortelano de sus lises

O el pincel en el Ida de su idea:

¿Agrícola de mares no era Ulises,

Pues como de Calipso gozó dea?


¡Qué ridícula jerigonza! ¿Podrá nadie creer que estos versos son del mismo autor y de la composición misma donde se hallan estos otros?

    Ven pues; serrana, ven y no te escondas,

Serás, con ser esposa de este río,

Tetis feliz de las mejores ondas

Que bajan a dar lustre al mar sombrío,

Mira que es justo que al amor respondas

Con dulce agradecer, no con desvío.


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    Anacreonte español, no hay quien os tope

Que no diga con mucha cortesía

Que ya que vuestros pies son de elegía

Que vuestras suavidades son de arrope....

Con cuidado especial vuestros antojos

Dicen que quieren traducir del griego,

No habiéndolo mirado vuestros ojos.

(GÓNGORA.)

   

Aunque dijo que todos se escondiesen,

Cuando los rayos de su ingenio viesen.


(LOPE.)



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La égloga de Tirsi, de Figueroa, y la traducción del Aminía por Jáuregui, son las únicas excepciones de esta decisión general, y los únicos ejemplares que pueden citarse, entre nuestros antiguos poetas, de versos sueltos bien construidos.

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