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Algunos eruditos dudan de que estas dos obras pertenezcan el tiempo y autor a que se atribuyen, y el adelantamiento que presentan la versificación y el lenguaje forma una presunción muy fuerte a favor de esta opinión.
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Él mismo da a entender en su obra la circunspección y reserva a que se veía obligado. Véase la Orden de Mercurio, copia 92, y la epístola 20 del Centón epistolario del bachiller Ciudad Real.
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Macías era gentilhombre del maestre don Enrique de Villena. Entre las damas que servían a este señor, había una de quien se prendó el poeta, y de cuyo amor no pudieron arrancarle ni el verla casada con otro, ni las reprensiones del Maestre, ni, en fin, la prisión en que éste le mandó custodiar. El esposo, lleno de celos, se concertó con el alcaide de la torre en que estaba su rival, y hallé modo de arrojarle por una ventana la lanza que llevaba y atravesarle con ella. Cantaba entonces Macías una de las canciones que había hecho a su dama, y así espiró con el nombre de ella y del amor en los labios. Las dos calidades de trovador y de amante, unidas en él, le hicieron un objeto solemne y casi religioso entre los poetas del tiempo. Los más de ellos le celebraron, y su nombre, a que se unió el dictado de enamorado, quedó como proverbial para designar la fineza de los amantes. No disgustará a los lectores ver aquí las copias que Mena le destinó en el Laberinto.
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Esta canción de Santillana, no desprovista enteramente ni del afecto ni de gracia, puede ser ejemplo de cómo estos escritores lo aprovechaban de la erudición.
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Luis de León, aunque natural de Granada, se formó y vivió en Salamanca, y por consiguiente, no contradice a esta observación general.
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¡Qué ridícula jerigonza! ¿Podrá nadie creer que estos versos son del mismo autor y de la composición misma donde se hallan estos otros?
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Anacreonte español, no hay quien os topeQue no diga con mucha cortesíaQue ya que vuestros pies son de elegíaQue vuestras suavidades son de arrope....Con cuidado especial vuestros antojosDicen que quieren traducir del griego,No habiéndolo mirado vuestros ojos.(GÓNGORA.)Aunque dijo que todos se escondiesen,Cuando los rayos de su ingenio viesen.
(LOPE.)
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La égloga de Tirsi, de Figueroa, y la traducción del Aminía por Jáuregui, son las únicas excepciones de esta decisión general, y los únicos ejemplares que pueden citarse, entre nuestros antiguos poetas, de versos sueltos bien construidos.