1
Pensemos, por ejemplo, en Carrizales, El celoso extremeño de Cervantes, o en don Bela, de La Dorotea de Lope de Vega, como dos de los personajes más emblemáticos de esta figura en la literatura áurea.
2
Véase el libro de Héctor Brioso Santos, Cervantes y América (2006). En el Capítulo I («La literatura del Siglo de Oro español ante las Indias») realiza un minucioso análisis de la presencia y la significación de las Indias en la literatura española del período áureo.
3
«Ni miento ni me arrepiento de lo que digo, y es que si no hubiese en los corazones de los
hombres codicia no habría sobre los mares flota, porque ésta es la que les altera los corazones,
los saca de sus casas, les da vanas esperanzas, les pone nuevas fuerzas, los destierra de sus patrias,
les hace torres de viento, los priva de su quietud, los aleja de su juicio, y los lleva vendidos a la
mar, y aun los hace mil pedazos en las rocas»
(Guevara, 1984: 325-326)
. Posteriormente, no fue
otro el espíritu que movió a autores como Quevedo cuando, en Los sueños, clamaba contra los
mercaderes genoveses haciendo referencia a las Indias españolas (cf. Quevedo, 1991: 160-161); o
el de Fray Luis cuando, resucitando una tradición literaria del mundo antiguo, utilizó el motivo
mitológico de las naves como leños malditos que transmiten la plaga de la codicia; o el de Lope
cuando en El peregrino en su patria convirtió al demonio en piloto explorador de las Indias: «Soy
un piloto profundo / Magallanes del Estrecho / de los deleites del mundo, / y en las Indias del
provecho / un Drake, dragón segundo»
(2001: 124); o cuando, siguiendo la moda inaugurada por
Guevara, escribió: «Los poetas encarecen / el arte de navegar, / más culpan al que en la mar / puso
la tabla primera; / porque saben que no fuera / otra cosa poderosa / a hazaña tan peligrosa / sino las
manzanas de oro»
(2001: 280).
4
Cito siempre a partir de la edición de La Araucana realizada por Isaías Lerner (1998), consignando la página entre paréntesis.
5
Véase el capítulo de Marcos A. Morínigo «Sobre la composición de La Araucana», en la Introducción a su edición de La Araucana (1983): 41-61.
6
Véase los artículos de William Mejías López, «La relación ideológica de Alonso de Ercilla con Francisco de Vitoria y fray Bartolomé de las Casas» (1995), y Ciriaco Pérez Bustamante, «El lascasismo en La Araucana» (1952).
7
En relación a los sentimientos lascasianos de Ercilla, Marcos A. Morínigo llama la atención
sobre un detalle relevante, y es que Ercilla llegó en 1551 a Valladolid, tras uno de sus múltiples viajes,
«cuando todavía estaba el aire cargado de las pasiones suscitadas por las discusiones entre Sepúlveda
y Las Casas sobre la justicia de la guerra contra los indios»
, apuntando que esas discusiones de Valladolid,
que habían comenzado en 1550 y se habían prolongado hasta mayo de 1551, podrían estar en
«el origen de la actitud de Ercilla hacia los indios y su juicio sobre la Conquista»
(1983: 7-8).
8
«El mayor proceso mitificador de los discursos que narran la conquista de Chile por hombres que son más que hombres es precisamente la (auto)ficcionalización transfiguradora de Valdivia en varón superior cuyo interés principal es servir a Dios y al Rey, no buscar oro, agonizando por ello, para comprar mayorazgos»
(Gilberto Triviños, 1996: 7).
9
«La hueste chapetona (es decir, el recién llegado frente al indiano antiguo) de don García, el hijo del virrey del Perú, hueste llena de hombres nobles, debió de tener en poco a sus antecesores. La lucha de intereses sociales y económicos era allí decisiva, pero no lo era todo, particularmente en regiones donde aún quedaban tierras por repartir. Había a las claras también una rivalidad natural, propia del que se siente del país, el dueño, frente al intruso arrogante, y más si éste llegaba como socorro militar en plena rota. Esa rivalidad estallaba en los celos de honra entre los conquistadores antiguos y sus recientes salvadores. ¿Qué papel tenían, al fin, esos soldados de don García, si su predecesor Valdivia hubiese sido un gran héroe? ¿Qué conquistaban ellos, si el conquistador fue don Pedro? ¿E iba Ercilla a glorificar a Valdivia y a los de éste, cuando los conoció en su momento de máxima humillación?»
(Durand, 1964: 116-117).
10
Puntualicemos este hecho con la información aportada por José Durand en su artículo «La Araucana en sus 35 cantos originales»: «Existen ejemplares de la primera edición de la parte tercera, 1589, en ambos formatos, en 4.º y en 8.º con 21 hojas trufadas, por las cuales se llega exactamente al texto póstumo de 1597. [...] pienso que nada prueba que tales injertos se hicieran en vida del poeta»
(1978: 293).