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Además de dichas dos obras, escribió Pulgar un Comentario a las coplas de Mingo Revulgo, de que en la lección XXIV tratamos, una Relación de los Reyes moros de Granada y unas curiosísimas Letras, de que más adelante hablamos. Algunos lo han atribuido, con harta ligereza, la Historia del Gran Capitán y de las dos conquistas del reino de Nápoles, que es debida a Hernán Ramírez, mercader de libros.
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Omitimos aquí el resumen y juicio general de este período, porque va indicado en la lección XXV, y porque lo haremos por vía de introducción a la época segunda.
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Evangelios chicos los llamó la insigne novelista, recientemente arrebatada por la muerte a las letras patrias, que ocultó su nombre bajo el seudónimo de Fernán Caballero.
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Ticknor incluye entre las manifestaciones de la literatura popular los Libros de Caballerías y las Crónicas, lo cual nos parece una clasificación tan infundada como arbitraria. Ni uno ni otro género de manifestaciones merecen el calificativo de populares, siendo así que sólo fueron cultivadas por los eruditos pues la misma lectura de los libros caballerescos tardó mucho en popularizarse; no saliendo del círculo de los doctos la de las Crónicas. La crítica no puede, pues, admitir semejante clasificación.
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V. su Discurso preliminar, puesto al frente del Romancero de romances caballerescos e históricos, discurso inserto en el T. X de la Biblioteca de Autores Españoles. Y más adelante añade que, «no será muy temerario conjeturar que fue la primitiva forma métrica que después de la conquista árabe y el olvido de la lengua latina, toma nuestra poesía castellana».
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Cuentos maravillosos, malas imitaciones de los antiguos Romanceros histórico y caballeresco, sátiras y burlas groseras, milagros absurdos e historias de bandoleros, constituyen el contenido de este Romancero, que continúa formándose en nuestros días.
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Se observará que en esta lección nos hemos ocupado de romances posteriores a la Edad Media. Esta pequeña irregularidad es debida al deseo de evitar repeticiones y agrupar todo lo posible las manifestaciones de la poesía genuinamente popular, según al comienzo de la lección anunciamos. Téngase en cuenta, además, que si muchos romances son modernos y de autores eruditos, están hechos a imitación de los antiguos y populares y revisten, por lo tanto, todos los esenciales caracteres propios del género, que en su pureza es producto propio de la edad literaria a cuyo estudio ponemos término con esta y la lección siguiente.
Lo muy generalizados que están los romances, cuyas formas artísticas son por demás conocidas, nos dispensa de presentar aquí muestra de ellos.
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Recordamos lo que dijimos en la lección VI (V. la pág. 73 y siguiente), acerca de la protección que, por fines que no lograron alcanzar, prestaron los padres de la Iglesia a las representaciones escénicas durante la dominación visigoda en España, representaciones de las que el mismo San Isidoro compuso una con el título de Synón ma, según oportunamente manifestamos. No estará demás añadir aquí, en comprobación de lo que entonces dijimos respecto de la afición que los españoles mostraban por las fiestas escénicas, que los romanos importaron a España durante su dominación su teatro, y que mientras los visigodos reinaron en la Península ibérica, hubo juegos escénicos, según lo atestiguan diversas leyes eclesiásticas, prohibiendo a los fieles representar comedias y pantomimas, y las noticias sacadas de las cartas de Sisebuto, de que este rey depuso a Eusebio, obispo de Barcelona, por haber consentido que se oyesen en los teatros frases que debían ofender los oídos cristianos.
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Entre ellas puede colocarse el Poema de los Reyes Magos, de que nos ocupamos al tratar de los orígenes de nuestra poesía nacional.
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Antes del reinado de D. Pedro el Cruel, escribió el Arcipreste de Hita, de quien en la lección XV tratamos, la Historia amorosa de Don Melón y doña Endrina (coplas 557-865), que por su diálogo y exposición se considera por algunos como casi dramática. Es esta obra imitación y paráfrasis a veces de la comedia latina de la Edad Media, titulada: Pamphilus de documento amoris, comaedia, que se ha atribuido erróneamente a Ovidio, y sirvió de modelo, no sólo al Arcipreste, sino también al autor de la Celestina.