21
Este oficio lo ha querido siempre D. José María Fagoaga para D. Juan José Espinosa de los Monteros, y sería difícil encontrar otro que lo desempeñase mejor.- M.
22
Decreto de las Cortes, de 22 de febrero de 1813, tom. III, cap. II, pág. 200.- S. M.
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Aquella ley no sólo se entendió así en España sino que se practicó. - La misma constitución religiosa de Llorente pasó por ser delatada al Obispo de Barcelona, éste la pasó a censura, el provisor convocó a su defensa por edictos; cuatro individuos salieron a la defensa; entre tanto el doctor Llorente remitió desde Francia su apología, y el proceso barcelonés quedó indefinidamente suspenso (al menos no tengo noticia de lo contrario).- Esta nota tiene por objeto preciso en este lugar indicar los trámites que se observaron respecto a la misma obra condenada por el señor Obispo de Puebla.- S. M.
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¿No sería mejor que en lugar de llenar sus columnas con semejantes papeles, las ocupase en dar noticia al público de los grandes acontecimientos políticos que se pasan en el mundo civilizado, y no que se vive generalmente en esta nación punto menos que en el centro de la China? ¡Cuántas doctrinas y ejemplos útiles de subordinación y obediencia a las leyes no se aprenderían! Verían, por ejemplo, nuestras gentes, cómo, en una causa reciente que excitó extraordinaria atención y ocupó las columnas de los diarios de Europa con motivo de la terrible conmoción de Bristol, toda una corte marcial de generales ingleses prestaba homenaje a la autoridad civil. Verían, aunque fuera en corto extracto, en la elocuente acusación de uno de los más bizarros y distinguidos generales del ejército británico, desempeñando el cargo fiscal, la solemne profesión de que el soldado no es más que el servidor de la ley y no debe desenvainar su espada sino para vindicar los derechos de su nación contra el enemigo exterior y sostener el orden interior previa intimación del magistrado civil. Verían cómo todo un regimiento en la última aldea se está sobre las armas, sin atreverse a hacer uso de ellas contra sus conciudadanos aun en caso que lo exige la tranquilidad pública hasta que el alcalde no lo juzga conveniente. Verían que en el día otro tanto se pasa en Francia.
En lugar de estas noticias tan útiles y de agradable instrucción, el Registro cuando más, allá suele arañar una que otra en forma de sentencia y con la reciente fecha de seis meses atrás. Y aun en esto, ¡cómo se trasluce a la legua el espíritu con que se elige las que puedan dar ideas adversas a la consecución de planes de reformas y progresos! ¡Gran política para meter miedo al pueblo y al que no es pueblo, y por este medio ganar aficiones al statu quo! ¿Qué se hacen veinte y cinco manos en la secretaría de relaciones exteriores (en cuya lista como que parece que están por abajo unos que debían estar por arriba, y tales de agregados que debieran ser principales)? ¿No podrían dedicar algunos ratos para hacer al público un servicio extractando los papeles extranjeros?
Nada digamos de anunciar de cuando en cuando las nuevas obras científicas y literarias. Eso, ya se ve, poco o nada confronta con las inclinaciones de estos pueblos. -Tanto peor para ellos.- Pero sí diremos que es cosa irregular y aun vergonzosa que un papel diario del gobierno presente extractos de las sesiones del congreso con fecha de uno o dos meses pasados. Si el Cuerpo legislativo no cuida de que sus debates y resoluciones tengan publicidad por la prensa de un día a otro, ¿por qué razón el Gobierno no ha de tener sus taquígrafos? Así es que cuando el público viene a ser informado ya no hay gran interés en saber lo que ocurrió en tiempos atrasados. Y es de notar que no se trata de un asunto de pura curiosidad, sino de que la prensa y la opinión pública ejerzan sus funciones oportunamente, en la parte y modo constitucional con que concurren a las discusiones legislativas.- S. M.
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¡Cuánto honor no redundaría a nuestro clero y cuánto bien a esta república, si éste se dedicara con más ardor al estudio y propagación de las ciencias, de la literatura y, sobre todo, al fomento de la educación popular! Lejos de ser incompatible con los estudios eclesiásticos el cultivo de las ciencias, aquéllos se hermanan muy naturalmente con éstas. ¿Cuántos son los eclesiásticos nuestros versados en las lenguas griegas y hebrea, en las cuales está contenido el depósito original de las escrituras sagradas? Éste es un estudio del cual no se dispensa hoy día en las otras partes del mundo ninguno que se dedica a la iglesia, sin exponerse a la calificación con que aquí se llama al eclesiástico iliterato, clérigo de misa y olla. - ¿Cuántas son las obras polémicas, históricas, críticas o instructivas que ha producido nuestro clero? ¿En dónde están sus defensas y evidencias del cristianismo, sus disertaciones bíblicas, y en dónde la oratoria sagrada? ¿Cuántas son sus obras científicas y literarias? Apenas se recrea la memoria con los aislados nombres de unos cuantos, como son los ilustres mexicanos Clavijero, Maneiro, Alegre, Bravo, Alzate. Desde que pusieron el libro de gramática en las manos al que escribe, hasta la fecha en que su vida declina cuesta abajo, no recuerda que el cabildo eclesiástico de México haya producido más obras que uno o dos cuadernos sobre la aparición de la Imagen de Guadalupe que le dieron a leer, en su niñez, como monumento de la sabiduría de un señor canónigo. Es sensible confesión ésta cuando se recuerda que los cabildos eclesiásticos de las otras iglesias católicas y protestantes, representantes del honor del clero, abundan de tantos hombres sabios que con sus continuas producciones dan lustre al cuerpo eclesiástico y utilidad a la sociedad.
Lo que sí hay es un repuesto de panegíricos fundados en las leyendas de Flos Sanctorum y un inmenso repertorio de novenas ex typis Ontivero et Valdes.
No es ya la moda atacar a la religión con herejías de Plagianos, Anabaptistas y Albigenses, ni turbar la paz cristiana con las disputas de auxiliis. Aun las contiendas de la Reforma han perdido de interés. Otro género de combate ha establecido el orgullo humano. Engreídos algunos con los progresos que se han hecho en el descubrimiento de la naturaleza, osan ya hacer la guerra a la religión con las mismas ciencias con que otros hombres profundos repelen victoriosamente sus embates. Por eso el clero ilustrado de otros países se dedica empeñosamente a aquéllas, considerando que es necesario que las armas de la defensa sean conformes a las del ataque. Sea por ejemplo. La geología es hoy una ciencia favorita siendo su objeto la historia de la tierra; y el de sus indagaciones, hechos y deducciones rigorosas ya se ve cuán interesante es su conocimiento a los encargados de enseñar y defender la religión revelada, para probar que aquellos hechos y deducciones están en perfecta concordancia con el Génesis y con la historia del hombre según allí se contiene, refutando las objeciones contrarias. Célebres geólogos, de cuarenta años a esta parte, lo han hecho; y bien estaría a algunos eclesiásticos aspirar a esta clase de conocimientos, como en efecto lo hacen un gran número de ellos en Europa.- S. M.
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El general Inclán.- M.
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Es necesario obligar a ciertos hombres a que hablen para que otros hombres, instruidos de lo que pasó, no digan despropósitos cuando pretenden dar a conocer las cosas y las personas. [En adelante no especifica M. o S. M. en el original].
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Los siguientes párrafos de cartas escritas a Mora por el general Terán prueban la verdad de cuanto va dicho. En ellos van notadas con letra cursiva algunas expresiones para llamar la atención del lector.
(Carta de 28 de febrero de 1830.)
... El señor Guerrero no podía sostenerse en el puesto a que lo habían conducido los sucesos de la Acordada. Mi principal temor era que se intentase derribarlo cuando los Españoles estaban para invadir el territorio, y que esto les proporcionase ventajas para lograrlo; no ha sido así gracias a Dios. No se me ocultaba lo que después ha sucedido, y aun algo se me escribió para que cooperase a ello; pero yo no podía a tanta distancia saber lo que convendría a la República, y también se me hacía muy feo faltar al gobierno que me empleaba y hacía confianza de mí, por otro que no se sabía lo que podría ser y que no podría alegar mejores títulos. Hoy la revolución está hecha y es necesario pasar por ella, pero yo no sé si está acabada y yo no quiero contribuir a terminarla tomando parte en ella. Dios quiera que se acabe cuanto antes y nos dejen descansar unos y otros.
29
(Carta de Terán de 24 de marzo de 1831.)
... Siento como el que más la suerte de Guerrero, sus servicios a la independencia y su constancia en sostenerla, lo mismo que el haber sido declarado benemérito de la patria, pedían que se le hubiese tratado con otra consideración. Se dice que el gobierno lo ha comprado a Picaluga; yo no puedo creer esto del carácter tímido del señor Alamán, pero si así fuere, es necesario confesar que se ha cometido una gran falta de la cual acaso habrá motivo para arrepentirse en lo de adelante...
... Yo no creo que pueda ser útil a ningún gobierno humillar a los hombres que han hecho grandes servicios. Lo que se hizo con el señor Bravo ha abierto la puerta a estas cosas, y el pobre de Guerrero ha salido mucho peor. Dios quiera que al señor Bustamante no le aguarde una suerte semejante...
... Bastante sangre se ha derramado ya en la guerra del sur por más de un año; yo creo que la energía del gobierno ha sido excesiva y que habría convenido templar después de los primeros triunfos. Esta guerra se parece a la de la independencia por su dureza y hasta por la contingencia de que los que hoy defienden la causa del gobierno, menos el señor Bravo, eran los mismos que peleaban por el gobierno español, siendo así que los partidarios de la revolución, exceptuado Codallos, son todos antiguos insurgentes. Esta contingencia es muy desfavorable a la causa del gobierno y no dejará de ser glosada en su contra para hacerlo impopular, con especialidad después del suplicio de Guerrero...
(Carta de 29 de julio de 1831.)
... Yo no puedo entender ni explicar la conducta de los señores ministros, y debo confesarle que me parecía algo exagerado cuanto de ella me decía Vm. en sus cartas del año anterior y del presente; pero ya veo que están decididos a establecer el poder del estado eclesiástico, que desconfían de las autoridades políticas de los Estados que aman poco, y que querrían verlas sometidas a los eclesiásticos y militares. Esta decisión con que se obra no me parece la más prudente porque puede causar celos entre las clases privilegiadas y los Estados, y traer una revolución en que correría muy grandes riesgos la constitución de la República. Como no soy miembro del gobierno no me toca investigar si es posible acabar con los fueros eclesiástico y militar; pero no puedo desconocer los obstáculos que oponen estos fueros a las autoridades de los Estados, que no saben qué hacerse para poder gobernar. Los eclesiásticos son los menos tratables, y se advierte en ellos, de poco tiempo a esta parte, suma resistencia a cuanto dimana de las autoridades que no son de su fuero, y aun un cierto género de menosprecio por todas las demás. Yo no sé si el señor Alamán ha contado con este resultado y qué es lo que de él espera: V. V. que están cerca y que son hombres políticos podían hacérselo ver, y yo no dudo que tal conocimiento serviría para modificar su conducta: los eclesiásticos, si se les deja tomar vuelo, han de dar mucho que hacer, pues todo lo que en ellos se ve hace creer que sus deseos son de eximirse de la autoridad temporal, y esto no creo yo pueda traer grandes bienes a la República. Nada entiendo de patronato y cuanto Vm. me dice sobre esto es griego para mí; pero no puedo comprender haya hombres en una República que no estén sometidos a la autoridad que la gobierna, y que les da privilegios, rentas y consideraciones...
... En cuanto a nosotros los militares, ¿qué quiere Vm. que le diga? Vm. nos trata sin piedad y hasta cierto punto lo merecemos; pero no creo que una nación pueda existir sin fuerza pública, y yo amo esta profesión porque la creo honrosa. Conozco y palpo los inconvenientes del fuero y creo que todos deben estar sometidos a la autoridad civil, la dificultad está en convencer de lo mismo a hombres acostumbrados a rebelarse y a quienes se ha tenido la indiscreción de dar grados y asensos por servicios de revolución. Lo mejor que por algún tiempo podía hacerse sería quitar a los soldados de las grandes poblaciones de los Estados a donde no deberían ser enviados sino en el caso de sublevación y por el tiempo necesario. Entonces no tendrían objeto las comandancias generales que tantas desconfianzas y competencias producen en los Estados, y con los cuales no será posible se entiendan nunca, pero por nada de esto se le puede hacer hoy un cargo al gobierno, y la nación tendrá todavía que sufrir este mal por algún tiempo.
30
Continúan los trozos de las cartas de Terán a Mora.
(Carta de 28 de noviembre de 1831.)
... Yo no soy político ni me gusta esta carrera que no trae sino cuidados y enemistades; mi profesión es la de soldado, y mis gustos son por las ciencias que proporcionan una vida pacífica, instructiva y agradable. El tiempo que ha trascurrido desde el año de 1828 que me separé definitivamente del torbellino político ha sido para mí el más útil y agradable porque he aprendido mucho y porque nadie ha podido quejarse de mí: mis enemigos han olvidado sus pretendidos agravios y mis amigos me han conservado su estimación...
... ¿Cómo quieren V. V. que me ocupe de cosas que no conozco y sobre todo que diga lo que haría para su arreglo si yo fuera presidente? Esta pregunta es de contestación muy difícil y yo desafío a V. V. a que me la den suponiendo que ella parte de mí. Si yo fuese presidente cometería tal vez mayores faltas que las que hoy se notan en el señor Alamán como ministro, pues no cuento ni con su saber ni con su práctica de negocios; no sabiéndose hoy los elementos con que entonces se podría contar, tampoco es fácil decir lo que sería posible hacer, sino suponiendo que se trataba de violentar las cosas. Pero esto podría producir por el lado opuesto los resultados desagradables que hoy palpamos, y que han hecho bajar tanto el concepto que se tenía del señor Alamán. Guardémonos de violentar las cosas por uno o por otro lado. Si lo que se quiere saber de mí es mi opinión sobre lo que yo creo que pueda convenir a la República en orden a las clases de fuero privilegiado, repito a V. V. lo que he dicho ya muchas veces: que el gobierno no debe perder ocasión de disminuir su influjo, debilitar su poder y hacer que vayan insensiblemente desapareciendo de la lista de los poderes sociales. Los eclesiásticos no aman el gobierno republicano ni la federación; digo más, nunca podrán estar bien con él, porque repugna a sus ideas, inclinaciones y educación; sólo dejarán de amenazar a la constitución cuando se hallen sin el poder que les da el fuero y los bienes con que cuentan; ambas cosas los hacen independientes del gobierno y así parece necesario empezar por aquí. El modo y el tiempo lo darán las circunstancias que se presentarán con frecuencia si se tiene una verdadera voluntad de aprovecharlas...
... Es más difícil quitar a los eclesiásticos los bienes, porque hay una multitud de intereses que se los aseguran: no pierdan V. V. de vista la consolidación; este punto necesita ser tratado con mucho pulso y muy despacio...
... El fuero militar vendrá por sí mismo abajo cuando la paz se consolide; pero es desde ahora urgente que no gocen de él sino los que hacen servicio activo, y sobre todo que cesen las comandancias generales y la estación de los cuerpos del ejército en las capitales de los Estados. Esta concesión debe costar suma repugnancia a un soldado pero es necesaria para mantener la paz...
... El señor Fagoaga ve con especial aversión a los militares, yo creo que los eclesiásticos son más temibles...
... De todos modos yo nunca opinaré porque se vuelva atrás de lo hecho; ésta ha sido la falta capital del señor Alamán, sobre el cual se han amontonado infinitas dificultades que acabarán por abrumarlo...