Réquiem por una víctima expiatoria: crisis social y persecución colectiva en «Raquel» de Vicente García de la Huerta
José Manuel Pereiro-Otero
The University of Texas at Austin
Una parte de la crítica dedicada a Raquel de Vicente García de la Huerta ha insistido en que la obra se halla firmemente anclada en los acontecimientos históricos del motín de Esquilache sucedidos en la primavera de 1767. Dicha interpretación parecería disuadir cualquier intento de lectura posterior; sin embargo, es necesario reclamar un ámbito de proyección más amplio para la obra emparentándola con estructuras más atávicas. Bajo la apariencia histórica o historicista de la tragedia, de este modo, subyacen las estrategias epistemológicas del mito que (trans)forman la muerte de Raquel en un ritual análogo al sacrifico de una víctima expiatoria. Consecuentemente, la presencia de una profunda crisis de repercusiones cósmicas y el uso de la violencia colectiva como solución a los problemas de esta sociedad inciden en que Raquel consigue dramatizar tensiones mucho más abstractas y primitivas de las que en apariencia representa.
Evidentemente, aquí no se aboga por una interpretación de la tragedia de García de la Huerta en un completo vacío histórico ajeno a la Ilustración y al Neoclasicismo1, pero sí es nuestra opinión que un énfasis excesivo en la correlación con la Historia, ha lastrado el texto hurtándole enriquecedoras y significativas posibilidades de lectura, obviando o eliminando sus muchas contradicciones y, en cierta forma, domando un texto que semánticamente es mucho más indómito de lo que podría aparentar. Ésta es la distancia que media entre una obra de tesis y una obra polifónica que explora problemáticas más universales y duraderas. De cualquier modo, aquí no se pretende socavar los argumentos historicistas de la hermenéutica y lectura tradicional de Raquel, sino, simplemente, ofrecer otro punto de vista en ocasiones opuesto y en ocasiones complementario al canónico. Por eso, el punto de partida, dejando aparte las escurridizas cuestiones relativas a la intención autorial, es reclamar que Vicente García de la Huerta, pese a una vida rodeada de confrontación y de polémicas tanto en el ámbito literario y artístico2, como en el social y político, nos legó un texto multifacético y polivalente que está bien lejos de presentar un programa unívoco de actuación ideológica, sobre todo si se limita su significado a la dualidad absolutismo versus antiabsolutismo.
De hecho, tomando
prestadas las palabras de Andrés Zamora, en la obra existe
toda una «galaxia de
ambigüedades»
(274) que deben ser evitadas o
ignoradas para llegar a una interpretación monolítica
del germen, desarrollo y producto final que la conforman.
Además de considerar sus indeterminaciones textuales, se
deben examinar algunas de las principales líneas de
tensión básicas que sintetizan la base de los
conflictos explorados en la tragedia y que giran tácitamente
alrededor de ciertos conceptos clave marcados por René
Girard en The
Scapegoat: «crisis, crime, criteria, critique,
all share a common root in the
Greek verb krino, which
means not only to judge, distinguish, differentiate, but also to
accuse and condemn a victim»
(22). No
creemos que sea una casualidad que dicha familia léxica
adquiera tanta importancia implícita en la obra de Huerta
porque, alrededor de ella puede construirse una lectura que ayuda a
poner en una perspectiva crítica tanto los criterios
míticos utilizados para interpretar la crisis, como el
crimen que se da como respuesta para atajarla.
Como ya queda
dicho, en su imprescindible e iluminadora obra sobre la cultura
dramática dieciochesca, Teatro y sociedad en el Madrid
del siglo XVIII3,
René Andioc había trazado en 1976 su tesis de
composición y lectura de Raquel resumida de la siguiente
manera: «es de creer, pues, que don
Vicente empezaría a idear su obra a raíz de los
acontecimientos de 1766»
(259). Asimismo, y a pesar de
que también advertía que «[n]o pretendemos [...] convertir a la
Raquel en una simple trasposición escénica
del motín»
, recalcaba que «su verdadero sentido queda puesto en evidencia si
se la reinserta en las circunstancias que rodearon su
nacimiento»
(260)4.
Ese mismo año de 1976, Philip Deacon, venía a
corroborar la tesis y el sentido establecido por Andioc: «Raquel se escribió con motivo de
los motines de 1766»
(385). Esta interpretación
formulada por ambos estudiosos y apoyada por un extraordinario
ejercicio de erudición y de investigación hizo que
siete años después de la traducción del
trabajo de Andioc al español, en 1983, José Miguel
Caso ya afirmara que «[e]s difícil
sustraerse al atractivo de esta tesis»
(«Ramón» 254), aunque al mismo tiempo abogaba
por «darle la vuelta» para devolverle a Huerta su
agencia autorial. En su misma línea, desde las
páginas de Dieciocho, Donald Shaw recelaba en 1986
de esta limitación historicista en los estudios de la
tragedia con las siguientes palabras: «A feature of the
criticism of García de Huerta's Raquel is that
while much has been written about its sources and meaning, its
place in Spain's eighteenth century dramatic canon and its possible
relationship to contemporary events, no really adequate attempt has
been made to discuss it as a dramatic
artefact»
(249). Todavía en 1988,
Caso volvía sobre el tema, y, tras examinar varias de las
copias de la tragedia contemporáneas a Huerta, llegaba a la
siguiente solución de compromiso: «el motín de 1766 [...] es el causante de
las matizaciones que va haciendo Huerta en su texto pero el motivo
inicial que tuvo para escribir la Raquel fue precisamente
el reformismo que [...] quisieron imponer don Leopoldo de Gregorio
y Carlos III»
(«Acercamiento» 391). O sea
que, en definitiva, para liberar a Raquel del
motín, se volvía a caer en las redes de la
inspiración e interpretación historicista y, de esta
forma, dicha lectura fue asumida por la crítica posterior,
tal y como lo demuestran los trabajos de Ruggeri (121),
Schurlknight («El universo» 43), Hafter (120),
Ríos Carratalá (Vicente García
71-110, «Nuevos datos» 414), Kaplan (109) y Zamora
(261) publicados entre 1977 y 2001.
Las siguientes páginas sugieren que García de la Huerta ha traducido al lenguaje dramático los mecanismos que crean un pharmakos5 o, en otras palabras, una víctima expiatoria que, en una sociedad en crisis, es sacrificada para redimir unos vínculos que aparentemente se encuentran en un estado crítico. Al exponer estos mecanismos de un modo tan evidente, no puede descartarse una lectura más plurivalente de la tragedia basada, en este caso, en las teorías de René Girard sobre las circunstancias que engendran persecuciones colectivas y chivos expiatorios6. De esta manera, los problemas principales del cosmos de la obra surgen de dicha percepción de crisis que atenaza tanto a los personajes, como a su sociedad, confusión que les conducirá a la búsqueda de alguien a quien acusar del desorden, saturando a este individuo de significación y preparando el único fin posible en una cosmovisión mítica: el crimen enmascarado tras una fachada ritual que tiñe de necesidad aquello que es estrictamente hablando contingencia. Raquel, consiguientemente, evidencia un proceso viciado a priori que expone y denuncia la regeneración de una sociedad a través de métodos violentos anclados en el comportamiento del ser humano. Paradójicamente, nada podría hallarse más lejos, y a la vez más cerca, de las intenciones de los amotinados de 1767. Sin ánimo de polémica, pues, con esta lectura se quiere devolver al texto parte de su riqueza simbólica y de su vitalidad representativa para dejarle hablar en otras facetas, incluyendo sus silencios y sus contradicciones.
Tal y como Girard
ha expresado, si hay algo que comparten tanto las crisis sociales
como las míticas, es una respuesta similar a una
situación crítica engendrada por una
disolución de aquellas estructuras que establecen
separaciones y diferencias en el seno de la comunidad: «myth involves a lack of
differentiation. The great social crises that engender collective
persecutions are experienced as a lack of
differentiation»
(30). En Raquel
es sintomático encontrar varias manifestaciones de una
escasez de (in)diferencia a varios niveles que, mediante un
constante proceso de acumulación y depuración y
partiendo de datos en principio históricos, poco a poco
adquieren tonos apocalípticos para los agonistas y se
transforman en acontecimientos de sentido mítico. Esta
crisis será el ambiente que propiciará la
insurrección y la persecución colectiva contra Raquel
en un momento cargado de significado simbólico.
Ya desde el
diálogo entre Manrique y García que abre la Jornada
primera se perfila la descripción de la crisis. Para el
primero, las dos efemérides históricas que
engrandecen el reinado de Alfonso son motivo de celebración
ya que en este día «se cumplen diez años»
(1.5) del regreso de la cruzada alfonsí en Tierra Santa y
«también hace siete» (1.17) años de la
batalla de las Navas de Tolosa7.
El duplicado aniversario es, para el segundo personaje, sin
embargo, objeto de reflexión melancólica, puesto que
en él se manifiesta un irónico contrapunto respecto
al presente desnaturalizado que viven bajo el dominio de Alfonso,
el que ha sido aparentemente cedido a su amante,
Raquel.8
Los dos aniversarios que se han superpuesto y se cumplen en este
día -el de los diez y el de los siete años,
respectivamente- son manifestaciones iniciales de la
excepcionalidad crítica del momento que cumplen dos
objetivos: uno, estructural y, el otro, temático.
Estructuralmente, ya Martínez de la Rosa describía la
filiación neoclásica de dicha elección al
tratar de la obra de García de la Huerta: «La exposición de su tragedia es
grandiosa y magnífica, confirmándose en ella una
observación de Corneille, que recomienda a los autores
trágicos elegir algún día solemne o alguna
grave circunstancia, para enlazarla con la acción, y
aumentar por este medio su importancia y grandeza»
(257).
Temáticamente, además de aportar grandeza, gravedad e
importancia a los hechos de la tragedia, estas celebraciones
sugieren un umbral excepcional. En este limen formado por el exceso
de trascendencia, el tiempo se acrisola al margen tanto de la
historia como de la cronología, y, poco a poco, se va
haciendo cada vez más denso: es el tiempo abstracto del
ritual y del sacrificio en el que la existencia humana concreta se
funde y se diluye sujeta a ritmos cósmicos que se ve incapaz
de controlar. Es, en definitiva, un tiempo urgente y crítico
extraordinariamente cercano al mito que tendrá como una de
sus consecuencias la fundación de un nuevo principio para
todos los que lo viven.
Esta espesura
temporal y espacial característica del respeto a las tres
unidades, contribuye, paradójicamente, a diluir las
fronteras de la realidad, las que, al clausurarse, crean un
universo en crisis a la vez inestable y permeable9.
De ahí que los personajes vean su mundo disolverse y se
hundan en reflexiones similares a las del calderoniano Segismundo.
Por ejemplo, tras presenciar las «mudanzas» (1.303) del
rey, Raquel exclama «¿Estoy
despierta, o sueño por ventura?»
(1.311) y, como
respuesta, Rubén observa: «No
sé, Raquel; la misma duda agita / mi discurso y
razón, imaginando / que es cuanto he visto sueño o
fantasía»
(1.312-14). Extraordinariamente
significativo es también el hecho de que la sensación
onírica no solamente se refiera al presente, sino,
según García, a los siete años vividos con
Raquel al lado del monarca. Así, el Rico Hombre, sugiriendo
también una influencia sobrenatural, le dice a Alfonso:
«Recuerda pues de tan pesado
sueño, / y sacudiendo ese infeliz letargo, oye de tus
Vasallos los clamores, / si algún sentido perdonó el
encanto»
(1. 543-46). El mismo Alfonso, tras conmutar el
decretado destierro de Raquel y los suyos, le pide a su amada
«tenlo por sueño, tenlo por
delirio»
(2.570), cuando la diferencia entre una y otra
opción es la expulsión y, finalmente, la vida o la
muerte. Igualmente, los nobles castellanos, al ver a Raquel
encumbrada al estatus de reina y tras haber oído que ella
iba a ser desterrada, exclaman alternativamente usando el mismo
tipo de imágenes irreales: «ALVAR
FÁÑEZ ¿Es ilusión?» y
«GARCÍA ¿Es sueño?»
(2.717).
Todas estas referencias inciden en que los personajes viven unas
circunstancias que parecen estar más allá de su
control, en un incesante flujo que les roba su capacidad de
actuación, les despoja de su agencia y les hurta su
identidad, dejándolos desprotegidos y arrastrando tras de
sí la materia de la realidad.
La
problematización de la distancia entre la realidad y el
sueño se encuentra no muy lejos de la diferencia entre
realidad y ficción. Además de ser otro de los
síntomas de una crisis que adquiere repercusiones
míticas, estas llamadas a la materia metaartística
alcanzan excepcional relevancia conceptual y simbólica
tratándose de una obra teatral. Como es sabido que «All rituals tend to be
transformed into theatrical performances in which the actors play
their parts with all the more exuberance for having played
them so many times before»
(Girard 169;
énfasis original), la distancia entre drama y realidad se
vuelve cada vez más tenue. En el caso de Raquel,
nos encontramos ante una historia arcanamente familiar que resuena
con ecos de otras víctimas expiatorias, como, por ejemplo,
Inés de Castro10.
Igualmente, en la obra de García de la Huerta los personajes
nos sorprenden ocasionalmente con metáforas metateatrales
demostrando no solamente su autoconciencia, sino también el
hecho de que su intervención en la tragedia ya se encuentra
configurada y prefigurada. Así, por ejemplo, Manrique afirma
que «el [Toledo] que antes era todo
turbulencias / ya es teatro de aplausos»
(2.202-03). E
incluso, creando una mise en abyme Raquel, duplicándose en
interlocutor, se dirige a sí misma diciendo: «Huyamos ya, Raquel; de asilo sirvan / hoy a tus
desventuras esas torres / que fueron el teatro de tus
dichas»
(1.390-92). Ese drama replicado como espacio
ficticio de la representación y única realidad de los
personajes es, por una parte, el gran teatro del mundo y, por la
otra, el encarcelamiento de sus posibilidades de actuación y
movimiento. La tragedia dentro de la tragedia los constriñe
en un espacio cada vez más reducido, pero en apariencia sin
límite alguno, y los encierra en un laberinto formado por
las cuatro paredes del «salón común de
audiencia» (primera acotación del drama) sobre el
que domina la materialidad del poder real representado por el
trono. Esa «silla» elevada y enmarcada por el
«Dosel Real», fractal y matriz, alfa y omega
del escenario, alrededor de la que se acrisolan las pasiones
más elementales, actuará como espacio circunscrito de
manumisión y de cautividad, llegando a ser un espacio de
génesis presto al Big Bang. En las últimas escenas Raquel
incluso llega a convertirlo en interlocutor divino teatralizado al
que se le puede rogar: «sed mi asilo esta
vez, si otra vez fuisteis / teatro de mi orgullo y mi soberbia: /
encubridme a lo menos...»
(3.566-68). Pero, claro,
éste es un dios sordo, mudo y traidor, que, en lugar de
esconderla, la expondrá sin (com)pasión al
escándalo público y a la violencia colectiva. Es de
este modo que, paralelamente a la disolución de la realidad
en un sueño, en una ficción, la materia real de la
escena adquiere ciertas connotaciones que la transfiguran en un
espacio sobrenatural que, como veremos, por una parte, lo
sacralizan y, por la otra, exigirán un sacrificio que ayude
a retroalimentarlo.
La retórica y los criterios de la crisis no son solamente perceptibles en la disolución de la realidad que causa la percepción de vulnerabilidad y la impresión de desorden cósmico en los personajes. Como en cualquier aniversario, la oportunidad para recordar actuará simbólicamente como un umbral crítico que marca simultáneamente un final y un principio: en la invisible línea que los separa es donde se manifiesta dicha crisis. La acción de la obra se coloca así como una cuña entre esos dos momentos y, consecuentemente, va a desarrollar la clausura de un sistema y la inauguración de otro en general para todos los personajes y en concreto para el estamento de los nobles. Además, si como ya se ha dicho previamente los Ricos Hombres están unidos por el hecho de hallarse ante un ahora cuyo valor aparece supeditado a una interpretación del pasado más reciente, parecen oponerse en su interpretación: ya sea como una herencia continuada de hechos gloriosos, ya sea como una escisión respecto a ellos. Éstos dos modelos de vivencia histórica se complementan, además, con dos modos de escribirla también: el estilo de Garcerán, quien, según García, se precia de ser el «Coronista» (1.70) de Alfonso; y el de Hernán, cuya escritura se ha hecho en «sangrientos caracteres» (1.179), en la ejecutoria «sobre el noble papel del pecho escrita» (1.181)11. Así queda establecida la oposición entre un estilo áulico y uno prácticamente biológico que afectan al tipo de escritura histórica realizada por ellos.
Entre estos dos
extremos tan lejanos y a la vez tan cercanos de escritura y de
tinta, parecería difícil establecer una
(re)conciliación. Paralelamente, la situación no
solamente es un problema de herencia histórica, sino
también un problema de identidad social y personal, ya que
García, quien estaba presente al lado del monarca en las
gestas cuyas efemérides se celebran ese mismo día, es
consciente de que éste «no ha
menester»
(1.154) ni de su compañía ni de
sus servicios porque ya no hay guerra12.
En cambio, Manrique pragmáticamente concluye que «Alfonso es mi Rey; Raquel me obliga / con
beneficios»
(1.120-21). Por esto, las acciones de
Hernán a lo largo de la tragedia pueden entenderse como
ejemplo y demostración prácticos sobre cómo y
cuánto el rey necesita sus servicios dado que el conflicto
puede detonar (en) el seno mismo de su sociedad. García se
va a encargar personalmente tanto de hacerse necesario, como de
(re)escribir la historia del reino sin ningún tipo de
escrúpulos ajenos a su peculiar sentido de la fidelidad.
Sin embargo, a
pesar de que sus actitudes parecen tan distantes y opuestas,
existen indicios de que su conflicto se basa no en la diferencia,
sino en la similitud. Como ya lo había advertido en 1802 el
señor D. Santos Díez González, censor de
teatros, al colocarlos al mismo nivel, «Hernán García de Castro y
Garcerán Manrique de Lara esfuerzan sus respectivas ideas
con máximas que jamás debe oír en un teatro un
pueblo que vive baxo el feliz gobierno monárquico que
disfrutamos»
(citado en Demerson 325). Las motivaciones y
maquinaciones de los dos fomentaban la queja del censor, porque
ambos se hayan unidos inextricablemente y su acercamiento no hace
más que aumentar el rechazo mutuo. Teniendo en cuenta como
punto de partida la similitud fonética entre Garcerán
y García (Hernán), son casi como dos gemelos
enfrentados en una relación especular y mimética. Su
rivalidad refleja dos (o)posiciones supuestamente exclusivas,
aunque en mayor medida interdependientes. En una de ellas, la de
García, Raquel impide el acceso a Alfonso, pervirtiendo el
orden estamental y mostrando que las estructuras básicas de
esa sociedad no son esenciales y sí son susceptibles de
estar en estado de flujo; mientras, en la otra, la de
Garcerán, la mujer se convierte en (im)prescindible
mediadora para llegar al Rey13.
En ambos casos Raquel es percibida como el umbral que es necesario
cruzar o eliminar para acercarse al monarca; pero, en el de
García, poner en evidencia a Manrique será
análogo a terminar con la influencia de la amante del rey.
En otras palabras, en Raquel y en Manrique, se cifra la posibilidad
de que Hernán regrese a su primacía.
Estas
líneas de tensión, tanto las establecidas entre los
dos Ricos Hombres como las producidas entre ellos y Raquel, se
cruzan al poco rato de comenzar la acción. Así, el
hecho de que ambos se hayan saltado las celebraciones de Alfonso en
la catedral de Toledo es significativo de su paralelismo, ya que
Garcerán observa: «La Corte toda
al Templo le ha seguido; / y pues que nuestra falta conocida / no
podrá ser en tanta concurrencia, / esperemos en estas
galerías / a que vuelva, si quiere honrar el lado / de
Garcerán Manrique Hernán García»
(1.29-34). Los dos unidos en su «falta» común al
margen de las celebraciones de la corte, lado a lado en el mismo
verso y esperando la vuelta de su rey momentáneamente
ausente, no pueden, sin embargo, tener un (des)acuerdo mayor en
cuanto a visión del mundo, de su pasado y también de
su presente. Por consiguiente, ya desde el arranque de la tragedia,
Manrique y García exponen dos modos de interpretación
crítica: la historia monumental frente a la
melancolía de la decadencia. Así, si «Manrique sees majesty,
[...] Garcia sees ignominy»
(Hafter 119).
Esta diferencia, además, como ha dicho Ruggeri, adquiere
connotaciones morales ya que «Hernán García sottolinea le miserie del regno allo stato
presente ed il lato pecaminoso dell'amore del re per una persona in
cui "todo vicio..." si
racchiude»
(123). En el presente,
Garcerán se presta a entonar un canto épico a las
glorias alfonsinas, mientras García enfatiza la
«subversión» (1.40), el «desorden del
Reino y su abandono» (1.41), «el trastorno del
público gobierno» (1.43), «nuestra
deshonra» (1.44), «la ignominia» (1.56) y
«la esclavitud» (1.60), etc. del presente. Simétricamente,
no es que Garcerán esté en desacuerdo con
García ya que coincide en que Alfonso «hacia su perdición se
precipita»
(1.118) y también considera «la injusticia»
(1.119) de Raquel. De
hecho, en este sentido, lo único que los diferencia es su
concepción de la fidelidad, de la que Raquel no es sino un
constante recordatorio suplementario. Las palabras de Girard
describen perfectamente la relación entre los dos nobles:
«there is conflict
because there is competition and rivalry. The conflict is caused
not by difference but by its absence»
(92).
Igualmente es importante que tanto esa similitud como esa
diferencia vengan de lejos, tal y como se descubre en la Jornada
tercera. A decir de Manrique «Siempre
Laras [su familia] y Castros [la familia de García] se
estimaron»
(3.239), añadiendo «yo de vos siempre...»
(3.243) para que
Hernán, sin dejarle terminar y revelando añejos
vínculos entre ambos, le complete la oración diciendo
«El enemigo / habéis
sido»
(3.243-44). Este breve diálogo incide, pues,
en una rivalidad que precede su propia existencia (pre)determinando
el comportamiento y las posiciones que ambos pueden asumir en su
relación. Simultáneamente, el antiguo enfrentamiento
familiar pone en una perspectiva relativizada la importancia que
Raquel tiene para ellos y, en consecuencia, García se queja
tanto del «arbitrio»
(1.107) de
Raquel, como de las «Tropas de
aduladores»
(1.155) castellanos que obtienen beneficios
de esta situación.
En resumen, la raíz de la disputa que los enreda en una lucha sin tregua brota de añejos conflictos y rivalidades familiares que preceden a la influencia de Raquel. Dicho litigio ha originado el antagonismo y éste solamente se ha agudizado por la presencia de la amante del rey. De esta manera, ella ocupa un puesto marginal por sí misma, aunque adquiere una desmesurada importancia al insertarse en el conflicto con Manrique. El principal problema es, pues, que los Ricos Hombres están enredados en una lucha por acercarse al reconocimiento real y, por esto, quien ocupa transitoriamente la posición en relativa mayor desventaja, Hernán, se verá obligado a un perpetuo mecanismo de distanciamiento que lo individualice y lo diferencie.
Teniendo en cuenta
esta situación, el momento en el que la tercera en discordia
entre en escena, será clave. Al mismo tiempo que Raquel
interrumpe la conversación entre los dos nobles, pone el
dedo en la llaga ya que los equipara en su ausencia de los fastos:
«cuanto me admira / ver que los Ricos
Hombres desamparen / de Alfonso el lado en tan notable
día»
(1.136-38). Raquel, al (con)fundirlos y
recordarles cuánto se parecen en este preciso y
crítico momento, provoca la sumisión de Manrique y
también la violenta reacción de Hernán para
diferenciarse del anterior. Consecuentemente, si la presencia de la
mujer le hace exclamar a uno requiebros como «¡Qué belleza tan grave y
peregrina!»
(1.126), al otro le sugiere exabruptos como
«¡Qué desvanecida / la tiene
su privanza y su fortuna!»
(1.124-25) y «¡Qué osadía!»
(1.142). La excesiva vehemencia con la que García se expresa
solamente tiene sentido si se recuerda que su germen radica en la
necesidad de diferenciarse respecto a Manrique.
La crisis
provocada por la falta de diferencia en Raquel se muestra,
pues, tanto en el desleimiento de la realidad dramática a
través de referencias oníricas y metateatrales, como
en las tensiones entre los Ricos Hombres. Asimismo, también
encuentra expresión en la licuación de los criterios
de individualidad y en las constantes crisis de identidad que
Alfonso y Raquel manifiestan ante el imparable encadenamiento de
hechos. Las palabras de García al abrir la Jornada primera,
a pesar de ser una exageración, remiten a esa
problemática escasez de individualidad, ya que, al decir,
«Reina es Raquel»
(1.65),
propone una identidad de términos que las relaciones entre
la mujer y el rey se encargan de desmentir provisionalmente. De
similar modo, la identidad tautológica queda también
deshecha por él mismo al atreverse a dirigirle a la
«reina» una serie de violentos ataques verbales de
varios versos, tanto en su ausencia como en su presencia, que
serían inimaginables ante el rey. El efecto conseguido por
los desplantes tiene unas consecuencias sorprendentes en Raquel, ya
que ésta se vuelve a su ayo para preguntarle «Rubén, ¿soy yo Raquel? ¿Soy
quien...?»
(1.214). Según Lachman «She suffers from a
identity crisis and lack of confidence»
(109), cuya expresión guarda mucha semejanza con las
palabras que el monarca utiliza un poco más tarde y
también Lachman ha señalado (194): «¿Soy yo Alfonso? ¿Soy Rey?
¿Soy...?»
(1.583). Incluso más tarde, con
cierta dosis de incredulidad, sigue diciendo «¿Pero no soy Alfonso? ¿De Castilla
/ el Monarca no soy?»
(1.641-42). El paralelismo entre
ambos personajes manifiesta de este modo la relación
especular en la que están involucrados.
Si ante una
situación semejante reaccionan ambos de la misma forma, no
es casual que la analogía se retome en aquellos momentos
cuando ya no se trata de dudas, sino de afirmaciones. Para
justificar su decisión de entronizar a Raquel, Alfonso
pregunta a Manrique, a los soldados y a un grupo de castellanos
«¿Soy vuestro Rey?»
(2.657) y, después de que su identidad haya sido confirmada
y de que el respeto de sus vasallos se haya reafirmado, coloca en
el poder a Raquel. El sitial, el que otorga una identidad real a
quien lo ocupa en virtud de una metonimia, no deja ningún
tipo de duda, así que, cuando García y Alvar
Fáñez entran a la sala se encuentran con las
siguientes afirmaciones categóricas: «Yo soy Raquel»
(2.721) y,
también, «Raquel soy»
(2.723)14.
Por ése y otros motivos, el rey y Raquel son, hasta cierto
punto crítico, inseparables, casi como caras de la misma
moneda que tienen un valor de cambio equivalente, cuyas
simetrías y paralelismos expresan una confusión y una
interdependencia, y que afirman la crisis del orden social.
La unión de
todas estas incertidumbres provoca el inicio de la
persecución colectiva simbolizada por el grito en el templo
que ese mismo día ha abierto la veda para deshacerse de
Raquel. La voz expresa con precisión el dilema de la
relación entre ambos: «¡Muera Raquel, para que Alfonso
viva!»
15 (1.366),
como si el único criterio posible para hacer (re)vivir al
monarca fuera (re)matar a su amante, y olvidar que tanto la
percepción de crisis, como el acrisolamiento de sus
características críticas no son fundamentos
(sobre)naturales, sino producto de una red de intereses
contingentes y bien definidos por la tragedia. En esa
problemática, reducida solamente a dos términos
precisados en el clamor popular -o vida o muerte-, se debaten tanto
el monarca como Raquel.
Si bien al
principio el rey mismo admite que es «Raquel la ocasión de sus
desdichas»
(1.306), tras reflexionar, llega a la
conclusión de que la opción más aceptable es
un paradójico quid pro quo que reconoce su interdependencia
mutua y del cual ninguno de los dos afectados saca beneficio
alguno: «Salvar tu vida / a costa de la
mía es lo que trato»
(1.665-66)16.
Obsesivamente, en sus parlamentos de las jornadas primera y
segunda, el monarca sigue insistiendo en la relación que los
une en un sacrificio recíproco: «Pues Alfonso muera; / muera yo si a Raquel la
vida salvo»
(1.675-76) o, entre otros, «Yo, porque pienso que tu vida guardo, / a morir de esta
ausencia me condeno»
(1.702-03)17.
Sin embargo, Alfonso no se resigna a morir de pena y, tras cambiar
de opinión y rescindir el decreto de expulsión de
Raquel, cambia de (dis)curso afirmando primero «Raquel, no has de partir; antes el hilo / se
corte de mi vida»
(2.558-59) y luego «[El cielo] no permita que Alfonso sin ti
viva»
(2.607). Lo que Alfonso no parece -o no quiere-
intuir es que los términos que para él son pura
retórica dramática y sentimental, son, en cambio, una
verdadera sentencia de muerte para Raquel ya que el lazo
establecido entre ambos está anudado con un hilo muy fino,
mucho más frágil que el de la vida del monarca y tan
quebradizo como la existencia de la mujer.
Por el contrario
ella sí lo intuye con claridad porque, al considerar la
salida de Castilla, sus intervenciones ya adquieren connotaciones
proféticas: «mi ausencia, o mi
muerte, que es lo mismo»
(2.428). De la misma forma,
cuando el rey amenaza con su suicidio al no poder resolver su
dilema crítico, le responde: «Mirad que de la espada el duro filo, / cuando
amenaza estragos a ese pecho, / los obra y ejecuta ya en el
mío. / ¿No advertís que ese golpe riguroso
/será fin de mi vida? ¿Quién ha dicho / que
muerto Alfonso Octavo Raquel puede vivir un solo punto?»
(2.626-32). De este modo, si Alfonso todavía no es demasiado
consciente del papel de reparto que le han adjudicado en la
tragedia que están viviendo, Raquel misma va aceptando la
distribución de roles que el «destino» le ha
propuesto en la tragedia: «Vivid, Alfonso
mío, / vivid, que Raquel sólo para amaros / la vida
quiere»
(2.634-36). Así, por una parte, ella
termina acatando su sacrificio e inmolando su existencia en un
holocausto que regenera tanto la vida del rey como la de la
sociedad; mientras, por la otra, el énfasis en su
autosacrificio acaba siendo un bálsamo que dispersa la
relevancia de la violencia colectiva puesto que «One of the ways of
denying that relevance [of collective murder] is by affirming that,
although they are dead, the victims went to their death
willingly»
(Girard 57). De forma tan sutil
se introduce una variable que aparentemente matiza las
circunstancias del asesinato haciendo que las acciones de los
criminales sean vistas como consecuencia lógica de un
proceso ajeno a ellos.
Regresando al rey
y a Raquel, resulta revelador que el extremo de
identificación suceda en el mismo momento del violento
crimen tal y como lo confirman las siguientes palabras de la mujer:
«¿Sabéis que se aposenta /
su alma con la mía?, ¿que es mi pecho / de su imagen
altar? ¿que de las fieras / puntas que penetraren mis
entrañas, / es fuerza que el dolor las suyas sientan? /
¿No veis que él morirá si yo
muriere?»
(3.637-43). Este momento de confusión
máxima se convierte, también, en el momento de
escisión de los siameses, ya que, literalmente, el rey
está ausente, y, figurativamente, la simbólica muerte
del monarca antiguo y renacimiento subsiguiente son propiciadas por
una muerte bien real y violenta. Raquel lo expresa con una
maravillosa ambigüedad diciendo «yo
por ti muero contenta»
(3.700) y declarando, así,
tanto la causa como la sustitución, el quid pro quo, de la
víctima en el ara del sacrificio.
Es obvio que en
esta pretendida inmolación mutua predicha desde la Jornada
primera existe ya la prefiguración de la única
víctima aceptable para los parámetros sociales de
esta sociedad. La otra opción, el regicidio, sería
completamente impensable a pesar de ser la silenciosa y ominosa
sombra que flota sobre la tragedia. El magnicidio, en lugar de
fortalecer y revitalizar el sistema, lo destruiría y con
esta catástrofe el omnipresente solio, en cuanto centro de
la escena teatral y vórtice del conflicto,
desaparecería. De este modo, la retórica usada por
los mismos personajes va creando una situación en la que los
diálogos acumulan índices que apuntan a que la
única solución posible es la muerte de un chivo
expiatorio, y, obviamente, éste no es el rey, aunque, como
se sabe, está ligado a él. El significado de la
víctima es resumido por Girard del siguiente modo: «The victim is a
scapegoat. Everyone has a clear understanding of this expression;
no one has any hesitation about its meaning. Scapegoat indicates
both the innocence of the victims, the collective polarization in
opposition to them, and the collective end result of that
polarization»
(39). Dado que la comunidad
cree que es necesario linchar a alguien, la opción
(i)lógica es exterminar a Raquel, pero esto no significa que
ella sea ni culpable ni responsable de la situación, como
tampoco lo es la comunidad judía a ella ligada. Se trata de
un sistema de valores preestablecidos que solamente debe rellenarse
con las piezas disponibles. Y no falta ninguna.
Si el
vínculo entre Raquel y el rey expresa una relación,
según su retórica y la de otros personajes, en la que
ellos cumplen hasta cierto punto crítico papeles
intercambiables, la situación no es muy diferente en el caso
de los colectivos18.
Como observa Rubén al hablar con Raquel, «Los Ricos Hombres tienes agraviados, / pues los
honores que a ellos se debían, / por tu mano se dan a los
Hebreos. / Si los ofendes tú, ¿qué maravilla /
es que se quejen ellos?»
(1.255-59). Evidentemente,
Rubén es un hombre pragmático y reconoce en los
cristianos el derecho a quejarse, lo mismo que, suponemos,
haría él en la situación inversa. El caso es
que el recurso a la colectividad es un incentivo para los
individuos que les impulsa a actuar. Así, por una parte,
Hernán García se autonombra adalid de «la Plebe infeliz sacrificada»
(1.61)
y, por otra, Raquel en su momento de mayor flaqueza es obligada a
considerar como acicate a su pasividad «la ruina y eversión del Pueblo
Hebreo»
(2.3)19.
Si todo se reduce entonces a una cuestión de sustituciones y
equivalencias entre individuos y grupos, en los que debería
existir una desigualdad prescrita y preescrita que es el origen del
orden social estamental, uno de los problemas fundamentales
será dilucidar en quien recae la culpabilidad de la
situación. El proceso, lo describe Girard con las siguientes
palabras: «In order to blame
victims for the loss of distinctions resulting from the crisis,
they are accused of crimes that eliminate distinctions. But in
actuality they are identified as victims for persecution because
they bear the signs of victims»
(21). De
ese modo se explica que Hernán al montar su defensa y
simultánea acusación de Raquel construya su argumento
alrededor de la idea de la escandalosa (des)igualdad entre
cristianos y judíos, aunque, como se ha dicho, los
«aduladores» (1.155 y 3.133) cristianos son otro de los
recurrentes motivos de queja: «Raquel ...
/ el Reino tiraniza Castellano, / ... de los Ricos Hombres triunfa
/ ... el Pueblo tiene esclavizado, / ... ensalza viles Idumeos, /
... menoscaba tus erarios, / ... con tributos nos aqueja»
(1.509-15). Es evidente, pues, que en Raquel se centra la
responsabilidad de una situación que ella ha generado
marginalmente, pero que se presenta bajo la retórica de una
escandalosa (des)igualdad a la que se ven sometidos los
castellanos20.
A causa de estas y otras razones en la mujer, por una simple
cuestión de eliminación, los castellanos
proyectarán las características de la víctima
expiatoria. Lo que para Alfonso será el origen de un nuevo
orden, un trono regado y fortalecido por la sangre de la
víctima y fundado sobre su cadáver, para ella y los
suyos será la crónica de una muerte anunciada. Pero
en todo caso, el texto de la obra es lo suficientemente rico como
para defender, a diferencia de determinados personajes, una
solución simplificada a un problema tan complejo y, de
hecho, expone los mecanismos que conducen a la violencia colectiva
y al crimen, empezando por la crisis cósmica y continuando
tanto por los conflictos causados por rivalidades como por las
equivalencias entre individuos y colectivos.
De esta forma, y dados los constantes paralelismos que se establecen entre los personajes en cuanto individuos y miembros de un grupo, no creemos desencaminado afirmar que el problema que esta sociedad percibe en su seno es precisamente una diferencia insuficiente: una crisis que acrisola los criterios básicos que establecen distinciones entre aquéllos que luchan entre sí porque desean lo mismo, que se citan, que compiten, que usan palabras y actitudes que se transfieren, que cambian de opinión repentinamente, que perciben el escándalo que vive en la corte, etc. Todas estas características expuestas nos hablan de un universo en desorden, en el que los principios que mantienen las estructuras de convivencia corren el peligro de derrumbarse totalmente. Sin embargo, el macrocosmos colectivo y social no es más que una versión ampliada de un microcosmos con mayores y más endémicos problemas representados por la pelea entre los nobles. Esta crisis tan específica necesita, paradójicamente, resolverse con la expulsión y muerte de un individuo, del chivo expiatorio. Es decir, los problemas entre los castellanos dependen para su solución del sacrificio de alguien dentro de su sistema, percibido como el origen del problema, pero al mismo tiempo fuera de él, ya que es en cierta forma (im)prescindible. Así, en el colectivo judío y en sus individuos se proyecta una problemática que afecta en general al colectivo cristiano y particularmente, como ya se ha explicado, a los Ricos Hombres y, especialmente, al mayor beneficiado de la acción, Hernán Manrique.
Que Hernán
sea el máximo beneficiario, impulsor y (f)autor de la
acción dramática no deja de ser, en cierto modo,
inesperado ya que tanto su vida, como la de Raquel -y en cierto
modo la del monarca-, han estado en peligro varias veces en un
delicado tira y afloja que ha intercambiado su vida y su muerte en
repetidas ocasiones. Esta vorágine de sucesivas condenas y
absoluciones profundiza todavía más en la crisis de
este mundo y de esta sociedad. Tanto las similitudes como las
diferencias entre realidad y ficción, Manrique y
Hernán, el rey y Raquel, son manifestaciones de la crisis
que será interrumpida a través del sacrificio. De
hecho, la primera sentencia de muerte que se baraja en la obra va
dirigida contra él y proviene de Rubén, quien,
alimentándose de la ira de Raquel, le dice a su pupila:
«Muera Fernando, muera quien irrita /a
Raquel, y si el Reino se le atreve, / libre de su rigor no quede
con vida»
(1.236-38). El mismo rey, al saber por boca de
Manrique que García se halla al frente de la
sublevación, retoma, sin saberlo, la condena emitida por
Rubén: «Hernando muera, mueran los
traidores / que me ofenden con él»
(1.426-27)21.
Igualmente, el consejero de Raquel retorna al mismo tema
apocalíptico tras sugerir a su pupila que vuelva a ver al
rey: «Muera Hernando, Alvar
Fáñez también muera / y cuantos Ricos Hombres
de Castilla / contraponerse a mis intentos puedan»
(2.186-88). Por su parte, pese a no estar presente en ninguno de
estos momentos, ya Hernán, según nos informa
nuevamente Manrique, ha hecho también promesas sobre el
futuro tanto de Raquel como de Rubén, porque, para acallar
la revuelta y sirviendo de sustituto real, ha «ofrecido Hernán García / de Raquel
el destierro, y tu cabeza»
(2.205-06) refiriéndose
a la de Rubén. Ya en la Jornada tercera, el Castellano 2 ha
cambiado nuevamente la sentencia y proclama «Muera Raquel»
(3.28) y, un poco
más tarde, Manrique informa a García que «Raquel ordena /salgas hoy de Toledo
desterrado»
(3.194-95) al haberse invertido los papeles
en la pirámide jerárquica.
El proceso de
búsqueda de un condenado claramente expuesto por el drama no
oculta el hecho de que Raquel va a ser convertida en un
pharmakos, un chivo expiatorio, quien antes de ser
asesinada y tras ser sacrificada va realizar múltiples
tareas en esta sociedad. La primera de ellas es ritual: «The character of the
pharmakos has been compared to a scapegoat. The
evil and the outside, the expulsion of the evil,
its exclusion out of the body (and out) of the city-these are two
major senses of the character and of the
ritual»
(Derrida 130). Sin embargo, en
lugar de una expulsión al exterior, aquí nos
encontraremos con una concentración en el mismo axis mundi del cosmos
para renovarlo con la sangre que lo riega y garantizar su
fortaleza. En este proceso, Raquel ocupa simultáneamente el
centro y el limen, pero su papel podría haber sido
representado por (casi) cualquier otro en quien se hubieran
proyectado y fraguado los signos de la víctima, descritos
así por Northrop Frye: «The pharmakos
is neither innocent nor guilty. He is innocent in the sense that
what happens to him is far greater than anything he has done
provokes [...] He is guilty in the sense that he is a member of a
guilty society, or living in a world where such injustices are an
inescapable part of existence»
(41). Entre
el bien y el mal, entre la culpabilidad y la inocencia, Raquel se
verá condenada por una sociedad que es en sí misma la
acusada, pero que hace depender su regeneración del
asesinato de quien se ha convertido en portadora de sus conflictos
internos. Ése es en apariencia el derecho por el cual se
rige este mundo, pero, paradójicamente, su poder no se
encuentra en ninguna legislación humana, sino,
comple(men)tando la transición del conflicto
histórico al mítico, en un pacto sagrado cuyas
raíces se hunden un sustrato más esencializado e
irracional que el discurso histórico.
Dada la
esencialización del conflicto y su significado ritualizado,
el principio de lo sagrado juega un papel imprescindible y, a pesar
de tratarse como una ley, ni obedece a las leyes de este mundo, ni
está codificado formalmente, aunque es omnipresente. En este
contexto la invocación de Alfonso a los «Sacros Cielos»
(2.530) y su lamento,
«Ceda al sagrado / ser de la Majestad un
vil afecto»
(1.642-43), declaran la reciprocidad entre
corona y sacralidad, uno de los puntales de esta
organización. Lo sagrado se utiliza, pues, como garante del
sistema y legitimador de una estructura jerárquica que es
aceptada como natural: es el principio de orden. Por este motivo,
Hernán, intentando aparentemente hacer entrar en
razón a los castellanos para detener la violencia, interpone
sin éxito la ley natural del vasallaje, la que
también es sagrada, al decir «¿Así rompéis de la
naturaleza / las leyes sacrosantas?»
(3.48-49). Es
importante esa «naturalización» de lo
legislativo recursivamente sobrenatural -sagrado y santo- ya que,
al final, todo se reducirá a una cuestión en
apariencia legal, pero en esencia ritual que da forma y sentido a
un crimen de sangre22.
Todo ese discurso sobre la sacralidad de las leyes, adquiere
características físicas ya que tiene un lugar en el
que manifestarse, un espacio en el que vivir y un objeto en el que
incorporarse. Éstos no serán otros que el escenario,
el salón de audiencia y, por supuesto, el trono en cuanto
vórtice y ara sagrada. Así lo manifiesta Alfonso al
entronizar a Raquel y al sellar con una ironía no buscada el
destino final de su amada: «Ya
estás, Raquel, en el lugar sagrado, / donde nunca alcanzar
podrán los tiros / de tus contrarios»
(2.681-83).
Allí, por él situada, dentro del centro del centro, o
sea, en el ojo mismo del huracán, pretende darle
protección, pero el intento de resguardarla, produce,
precisamente, el efecto contrario: deja a Raquel todavía
más expuesta a la cólera de los castellanos ya que en
lugar de amparar y proteger, ofrece literalmente abandono -el rey
sale de caza- e indefensión23.
Intentando (de)terminar el final inevitable, García, a
comienzos de la Jornada tercera, alude a la sacralidad del trono
que se debe respetar: «Bárbaros,
cuyo insulto a sacrilegio / pasa ya: ¿qué furor os
atropella? / ¿no contiene ese Solio vuestras iras? /
¿Del lugar lo sagrado no os refrena?»
(3.494-97).
A través de estas referencias, el asilo (con)sagrado se va
convirtiendo y transformando, poco a poco, en un tabernáculo
donde ofrecer un sacrificio en el que la violencia del sacrilegio,
reforzará paradójicamente las estructuras
sacralizadas al mismo tiempo que las quiebra. Como ya ha sido
mencionado, paulatinamente aumenta la densidad del trono,
animándose en el parlamento de Raquel y sirviendo de
interlocutor y mediador mudo e impasible ante la tragedia
(re)presentada: «Ya el tropel se
avecina; ya no queda / refugio a mi temor. Lugar sagrado / Al
solio cuya ambición es causa de estas penas, / sed mi
asilo esta vez»
(3.562-65; el énfasis se
corresponde con la acotación). De esta forma las palabras de
Raquel, en concreto, buscan una respuesta del trono y, en general,
a través de las referencias a lo sagrado inciden en una
transustanciación que afectará las
características del crimen y lo terminarán
transformando en un sacrificio ritualizado.
El discurso
implícito o explícito sobre lo sagrado conlleva uno
análogo sobre el sacrificio y su papel dentro del ritual. Ya
Alfonso se acerca a la cuestión cuando le ruega a Manrique
en la segunda Jornada: «Deja / que
avivando el dolor y sentimiento, / el fuego que en mi pecho se
alimenta, / en las aras de amor mi triste vida / ofrenda noble y
holocausto sea»
(2.340-44). Claro que, aunque el rey se
exprese en dichos términos, y, como se ha visto, su
existencia aparezca ligada a la de Raquel, no será su vida
la que sea inmolada. De hecho, aunque el ara, el altar sobre el que
se ofrecerá la ofrenda, será, específicamente
y como ya ha sido mencionado, el sagrado trono, el lenguaje del
sacrificio se encuentra distribuido en consonancia con el
sentimiento de crisis que atenaza esta sociedad.
Al comenzar la
obra, Hernán afirma que la víctima del sacrificio es
el pueblo sometido a la voluntad de Raquel: «la esclavitud ignominiosa [Garcerán]
olvidas / de la Plebe infeliz sacrificada / de esa Ramera vil a la
codicia?»
(1.60-62). Igualmente, Alfonso, considerando la
situación de los castellanos, sigue el mismo razonamiento:
«ellos por mí se sacrifican, / de
lealtad siendo ejemplo, y de fineza»
(2.391-92). Este
sacrificio de impuestos y beneficios es loable pero tiene, desde
luego, un matiz completamente distinto al otro que se está
fraguando, pese a que la base sea la misma y se vean invertidos los
papeles. El holocausto colectivo debido a la violencia pecuniaria,
será sustituido por la violencia colectiva de un holocausto
individual. Momentos más tarde, el rey vuelve a (re)incidir
sobre su propio sacrificio y, así, desesperado ante su
propia indecisión, en un amago de suicidio, le pide a su
espada «sed piadoso / instrumento de
amantes sacrificios»
(2.620-21). Momentos después,
tras oír que Raquel se quedará con él, reitera
el mismo vocabulario: «¡Oh
portento de amor! Sea la eterna / gratitud que te ofrezco y
sacrificio, / paga a tanto favor»
(2.642-44). Una vez
más la mezcla del vocabulario amoroso no debe, sin embargo,
ocultar el hecho de que no se está preparando ni un
sacrificio monetario, ni uno metafórico, sino bien real, tal
y como Raquel lo vuelve a expresar momentos antes de ser asesinada:
«no digo yo una vida, mil quisiera /
tener, para poder sacrificarlas / a mi amor»
(3.657-59).
Ella, como no tiene otra opción, acaba asumiendo el
único papel y el destino que le ha tocado representar, pero
su resignación la transforma de supuesto criminal en
víctima propiciatoria. René Andioc ha expresado una
idea similar al decir que «no cabe duda
de que su soledad final, su lenta y patética agonía
frente al público, y por otra parte la muerte de
Rubén presentada como un justo castigo, hacen de la hebrea
una inocente víctima»
(El teatro 284).
Consiguientemente, la mutación de roles hace que la muerte
del personaje le haga trascender su humanidad con lo que el sentido
del acto se ve igualmente afectado puesto que la absuelve de todo
tipo de responsabilidad y, sobre todo, hace gala del tipo de
(in)justicia que se ha proyectado sobre ella.
Esta
transformación no es ningún golpe de efecto reservado
para las últimas escenas de la tragedia, sino que se ha
venido preparando desde mucho antes. Además de todo lo dicho
en las páginas anteriores, la misma Raquel, manifestando una
vez más esa misma clarividencia que muestra a lo largo de
toda la obra, pronosticará su propio fin a finales ya de la
Jornada primera al dirigirse a Alfonso de la siguiente forma:
«permita el Cielo que estas cosas mira,
/ y está tu ingratitud considerando, / pases por el dolor de
verme muerta / al acero cruel de tus vasallos; / que queriendo
vengar estas ofensas, / no logre tu rigor ejecutarlo; / que mi
sombra interrumpa tu reposo, / y que en pesar continuo y largo
llanto / llores la desventura, ingrato Alfonso»
(1.725-32). Esa maldición será, como sabemos,
realmente efectiva, por lo menos en lo tocante a las circunstancias
de su muerte, pero la situación no se resolverá sin
antes volver a presentir el ritmo ritual del sacrificio en la
Segunda jornada: «Mas ¡ay de
mí! Que aunque me aliento en vano, / lucho con mil recelos y
sospechas, / y de un trágico fin o desventura / el justo
horror de confusión me llena»
(2.173-75); y, un
poco más adelante: «Las
estrellas, / el cielo así lo manda, y mi destino»
(2.609-10). De tal forma acaba conscientemente encarnando su papel
en la tragedia representada dentro de la tragedia que, cuando llega
el momento de su muerte, y tras un conato de rebelión ante
la injusticia, se resigna a su propia suerte y con toda dignidad,
la reclama: «Dad la muerte a Raquel, que
ya la espera»
(3.428)24.
Sin embargo, para llegar a este punto tiene que haberse proyectado
y asumido una culpabilidad. En este sentido, uno de los aspectos
más impresionantes de la escena es cómo García
de la Huerta hace que los castellanos saturen a la víctima
de significado, proyectando simultáneamente sobre ella todo
origen y todo fin de la violencia: «El
hábito, Raquel, de hacer tu gusto, / y tu misma maldad hacen
no veas / las causas, los principios de este enojo; bien lo sabes,
Raquel; bien lo penetras, / y bien tu disimulo nos confirma / la
justicia y razón que nos alienta»
(3.601-06). Con
esta transferencia de roles a quien va a ser (bien) sacrificado,
Alvar Fáñez acaba admitiendo implícitamente el
mecanismo que diferencia las persecuciones colectivas de tipo
histórico y las de tipo mítico sellando el sentido
del asesinato y la función:
«In historical
persecutions the "guilty" remain sufficiently distinct from their
"crimes" for there to be no mistake about the nature of the
process. The same cannot be said of myth. The guilty person is so
much a part of his offense that one is indistinguishable from the
other. His offense seems to be a fantastic essence or ontological
attribute»
(Girard 36). La diferencia
establecida es importante porque esta doble caracterización
de la amante del rey, en cuanto personaje y encarnación de
una función regeneradora, es el inestable cimiento sobre el
que se construye todo el argumento de la acusación y sobre
el que se sostiene la condena proclamada por los castellanos. Por
una parte, Raquel muere por ser ella, por el inconsciente hechizo
que ha echado sobre el rey, pero, por otra parte, se la escoge por
otras marcas étnicas, morales y genéricas, que acaban
simulando cierta (in)validez a la persecución colectiva y,
por lo tanto, restando humanidad a la víctima,
transfigurando su naturaleza y poniendo su agonía bajo otra
perspectiva. Así, ella se convierte en un símbolo que
tras la agonía y la sangría, inerte, puede ser
sometido a cualquier tipo de tratamiento post mortem que redundará en la
resolución de la crisis afianzando los vínculos que
se encontraban desatados.
Solamente
así se puede explicar el hecho de que Raquel en su
agonía acabe asumiendo la perspectiva ideológica de
quienes la han asesinado al decir: «Sí; yo muero; tu amor es mi delito; / la
plebe, quien le juzga y le condena»
(3.697-98). En otras
palabras, al asumir como propio el discurso del hostigador, se
demuestra que la víctima en realidad ha sido (re)creada por
los artífices de su muerte. La apoteosis final del (in)noble
Hernán, de hecho, habría sido imposible si la misma
víctima sacrificada no lo hubiera defendido antes de
expi(r)ar diciendo: «Sólo
Hernando es leal»
(3.699). Su declaración, en el
borde liminar entre la vida y la muerte, adquiere connotaciones
taumatúrgicas que nadie se atreve a negar puesto que ella,
en virtud de la persecución colectiva y el crimen
ritualizado, se ha transformado en un oráculo que
(re)presenta la verdad indudable e innegable. Por eso nadie discute
sus palabras que distribuyen justicia al defender el honor de
García y, así, terminar la disputa con Manrique. No
sorprendentemente, ante esta manifestación
taumatúrgica, ni siquiera el archienemigo de Hernán,
Garcerán, se atreve a negar las palabras de la
víctima y sella su propio destino refiriéndose a la
lealtad de su oponente y diciendo «Sí, García: muriendo la
confiesa»
(3.746). Es una gran ironía que
Hernán necesite tanto de las palabras de su archienemigo
como de las de la víctima -palabras que, no en vano, se
sostienen mutua y especularmente- para obtener aquello que estaba
buscando: el reconocimiento real. De este modo, se llega a invertir
la jerarquía entre asesino y víctima causando que los
instigadores acaben subordinándose a los inmolados.
La
dimensión ritual de los efectos del sacrificio se ve
amplificada por el hecho de que el crimen es un misterio, en el
sentido etimológico del término -secreto y ceremonia
para los iniciados-, del cual participan todos como
neófitos. El microcosmos perfectamente equilibrado y
autosuficiente producto del sacrificio es la imagen de la sociedad
reconstituida tras la violencia. En esa colectividad es donde
reside la responsabilidad, de tal forma que en un espacio de
dimensiones tan reducidas, todos han tenido un rol y éste ha
repercutido en todos como en una ceremonia de inmolación en
la que «Everyone
participates in the destruction of the anathema but no one enters
into direct physical contact with him. No one risks contamination.
The group alone is responsible. Individuals share the same degree
of innocence and responsibility»
(Girard
177). Como la responsabilidad de los dos asesinatos ha quedado
diluida entre todos y cada uno de los que han participado activa y
pasivamente en la ceremonia de la ejecución, los
vínculos en crisis pueden ser reconstruidos. Aquí no
hay personajes que puedan ser (dis)culpados: todos son culpables y
todos son inocentes. García porque ha sugerido el momento
perfecto para cometer el crimen, Alvar porque ha empujado a
Rubén al asesinato, Rubén porque ha sido el autor
material, los castellanos porque han sido cómplices -a la
vez hostigadores y espectadores de la escena- y, finalmente, el rey
porque ha matado a Rubén25.
La única que queda al margen y al mismo tiempo es el centro
de dicho círculo (im)perfecto es, claro, Raquel ya que en
ella se ha forjado simultáneamente el origen y el fin del
conflicto. Al dejarla a ella aparte, todas las funciones han sido
distribuidas en un perfecto equilibrio que paraliza la vertiginosa
acción y enmienda el desequilibrio crítico de la
crisis reconstituyendo el orden. La escena se llena, por vez
primera, con todos los personajes de la tragedia y se congela en un
momento de estasis en el que todos se hallan seducidos
exclusivamente por la contemplación de una de las
víctimas, olvidando a la otra. La fascinación
ejercida por el resultado de la violencia tiene su razón de
ser ya que:
| (Girard 42) | ||
Bajo esta
perspectiva, la solución trágica al dilema
crítico de los castellanos adquiere finalmente sus
innegables connotaciones míticas. El cuerpo sacrificado a
los pies del trono reúne todos aquellos vínculos que
se habían desgajado y que una vez restaurados permiten
regresar al orden previo a la crisis dramatizada cumpliendo dos
propósitos. Por una parte, el cadáver sirve para
extraer una moraleja cuya relación con los hechos
presenciados es bastante problemática, aunque, sin duda,
funcional para los que no dudan en reclamar la «proeza»
(3.635) de haber coaccionado
a un anciano para cometer el asesinato de una mujer desarmada:
«Escarmiente en su ejemplo la soberbia:
/ pues cuando el cielo quiere castigarla, / no hay fueros, no hay
poder que la defiendan»
(3.784-86). Por otra parte, los
restos de Raquel se transfiguran definitivamente en un objeto de
veneración y culto que sirve para que sobre ellos el rey
otorgue como sentencia un perdón colectivo y como condena la
simple contemplación pasiva del cuerpo del delito: «Sírvaos de pena / contemplar lo
horroroso de la hazaña / que emprendisteis en esta beldad
muerta»
(3.780-82). Alrededor de la
«hazaña» y del trágico espectáculo
se juntan los instigadores de la muerte en una (com)unión
visual que, en cuanto acto colectivo, refuerza sus alianzas
transformándolos a todos mediante el sincretismo generado
por el horror del crimen y la contemplación estética
de la belleza del cadáver. Así el crimen termina
siendo una ofrenda mítica y sagrada que impone una
reflexión sobre los últimos acontecimientos, detiene
el caos y pone en marcha un nuevo reloj tras el sueño, la
pesadilla, la tragedia de Raquel y la de Raquel.
De este modo se resuelve el desasosiego que desequilibra el cosmos de la obra, proponiendo un acto violento que sirve para fundar un nuevo equilibrio. El renovado orden visto a través de esta lectura adquiere consecuencias más universales y abstractas que acercan los mecanismos de la tragedia a estructuras y modelos míticos de representación. Habiendo partido de unos personajes que viven en su estructura social una crítica escasez de diferencia y, como consecuencia, una crisis que deshace las fronteras de su mundo, Vicente García de la Huerta ha conseguido simultáneamente (des)velar y (re)presentar los mecanismos que ponen en marcha y tienen el poder de detener las expresiones de violencia colectiva. Si esta lectura afecta la tradicional interpretación de la obra, queda a juicio del lector, pero, en todo caso, el atractivo de la historia de la judía de Toledo en España y fuera de ella, adquiere realmente un significado universal si se la considera desde una óptica más mítica y menos histórica. Aunque, finalmente, aquella Fermosa de la Chronica general merece tanto o más que la ficticia Raquel un humilde réquiem entonado tanto por su eterno descanso como por el de las víctimas expiatorias forjadas a través de cualquier persecución.
- AGUILAR PIÑAL, Francisco. «Bibliografía de Vicente García de la Huerta». Revista de Estudios Extremeños, 44 (1988): 491-98.
- —— «Las primeras representaciones de la Raquel de García de la Huerta». Revista de Literatura, 32 (1967): 133-35.
- —— «Trigueros y García de la Huerta». Revista de Estudios Extremeños, 44 (1988): 291-310.
- ALBA, Jesús Aguirre, Duque de. Discurso leído por el excelentísimo señor Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, Duque de Alba ante la Real Academia Española en su recepción pública, el día 11 de diciembre, y contestación del excelentísimo señor Fernando Lázaro Carreter. Madrid: Real Academia Española, 1986.
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