Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice
Abajo

Saverio el cruel [Acto primero]

Comedia dramática en tres actos

Roberto Arlt



PERSONAJES
 

 
SUSANA.
JUAN.
PEDRO.
JULIA.
LUISA.
MUCAMA.
SAVERIO.
SIMONA.
IRVING ESSEL.
CADDIE.
ERNESTINA.
DUEÑA DE LA PENSIÓN.
HOMBRE 1.º.
HOMBRE 2.º.
JUANA.
ERNESTO.
DIONISIA.
DEMETRIO.
ROBERTO.
MARÍA.
HERALDO.
Invitadas.
Invitados.
Voces.





Acto I

 

Antecámara mixta de biblioteca y vestíbulo. A un costado escalera, enfrente puerta interior, al fondo ventanales.

 

Escena I

 

PEDRO, JULIA, SUSANA y JUAN de edades que oscilan entre 20 y 30 años. JULIA teje en la rueda.

 

SUSANA.-   (Separándose bruscamente del grupo y deteniéndose junto a la escalera.)  Entonces yo me detengo aquí y digo: ¿De dónde ha sacado usted que yo soy Susana?

JUAN.-  Sí, ya sé, ya sé...

SUSANA.-   (Volviendo a la rueda.)  Ya debía estar aquí.

PEDRO.-   (Consultando su reloj.)  Las cinco.

JUAN.-   (Mirando su reloj.)  Tu reloj adelanta siete minutos.  (A SUSANA.)  ¡Bonita farsa la tuya!

SUSANA.-   (De pie, irónicamente.)  Este año no dirán en la estancia que se aburren. La fiesta tiene todas las proporciones de un espectáculo.

JULIA.-  Es detestable el procedimiento de hacerle sacar a otro las castañas del fuego.

SUSANA.-   (Con indiferencia.)  ¿Te parece?  (JULIA no contesta. SUSANA a JUAN.)  No te olvides.

JUAN.-  Noo.  (Mutis de SUSANA.) 

PEDRO.-  ¡Qué temperamento!

JULIA.-   (Sin levantar la cabeza del tejido.)  Suerte que mamá no está. No le divierten mucho estas invenciones.

PEDRO.-  Mamá, como siempre, se reiría al final.

JULIA.-  ¿Y ustedes no piensan cómo puede reaccionar el mantequero cuando se dé cuenta que lo han engañado?

PEDRO.-  Si es un hombre inteligente festejará el ingenio de Susana.

JUAN.-   (Irónico.)  Vas muy bien por ese camino.

JULIA.-  Dudo que un hombre inteligente se sienta agradecido hacia los que se burlan de él.

JUAN.-  En cierto modo me alegro que la tía no esté. Diría que era yo el armador de esta fábrica de mentiras.

JULIA.-  Mamá tendría razón. Vos y Susana han compaginado esta broma canallesca.

PEDRO.-  Julia, no exageres.

JUAN.-  Evidentemente, Julia, sos una mujer aficionada a las definiciones violentas. Tan no hay intención perversa en nuestra actividad, que si el mantequero se presta para hacer un papel desairado, el nuestro tampoco lo es menos.

JULIA.-  Para divertirse no hay necesidad de llegar a esos extremos...

PEDRO.-   (A JUAN.)  Verdaderamente, si no la estimularas tanto a Susana.

JUAN.-   (Fingiendo enojo.)  Tendrás la audacia de negarle temperamento artístico a Susana...

JULIA.-  Aquí no se discute el temperamento artístico de Susana. Lo que encuentro repugnante, es el procedimiento de enredar a un extraño en una farsa mal intencionada.

JUAN.-  ¡Oh, discrepancia! ¡Oh, inocencia! Allí está lo gracioso, Julia. ¿Qué interés encerraría la farsa si uno de los que participa no ignora el secreto? El secreto es en cierto modo la cáscara de banana que caminando pisa el transeúnte distraído.



Escena II

 

Bruscamente entra LUISA, en traje de calle. Tipo frívolo.

 

LUISA.-  Buenas, buenas, buenas... ¿qué tal Juan? ¿Llegó el mantequero?  (Se queda de pie junto a la silla de PEDRO.) 

JULIA.-  Del mantequero hablamos.  (Silencio.) 

LUISA.-  ¿Qué pasa? ¿Consejo de guerra? ¿Bromas domésticas? ¿Y Susana?

JULIA.-  ¿Te parece razonable la farsa que estos locos han tramado?

LUISA.-  ¡Qué fatalidad! Ya apareció la que toma la vida en serio. Pero hija, si de lo que se trata es de divertirnos buenamente.

JULIA.-  ¡Vaya con la bondad de ustedes!

LUISA.-  ¿No te parece, Juan?

JUAN.-  Es lo que digo.

JULIA.-  Lo que ustedes se merecen es que el mantequero les dé un disgusto.

LUISA.-  Lo único que siento es no tener un papel en la farsa.

JULIA.-  Pues no te quejes; lo tendrás. Desde ahora me niego a intervenir en este asunto. Es francamente indecoroso.

JUAN.-  ¿Hablás en serio?

JULIA.-  ¡Claro! Si mamá estuviera, otro gallo les cantara.  (Levantándose.)  Hasta luego.  (Mutis.) 



Escena III

 

LUISA, PEDRO y JUAN.

 

JUAN.-  Esto sí que está bueno. Nos planta en lo mejor. Pedro.- Quizá no le falte razón. ¿Qué hacemos si al mantequero le da por tomar las cosas a lo trágico?

LUISA.-   (Despeinando a PEDRO.)  No digas pavadas. Ese hombre es un infeliz. Verás. Nos divertiremos inmensamente. ¿Quieren que haga yo el papel de Julia?

PEDRO.-  ¿Y tu mamá?

LUISA.-  Mamá encantada.

JUAN.-  A mí me parece bien.  (Suena el teléfono, PEDRO corre al aparato.) 

PEDRO   (Al teléfono.)  ¿Quién? ¡Ah, sos vos? No, no llegó. Se está vistiendo. A la noche. Bueno, hasta luego.  (Volviendo a la mesa.)  Hablaba Esther. Preguntaba si había llegado el mantequero.

JUAN.-  ¡Te das cuenta! Nos estamos haciendo célebres.  (Bajando la voz.)  Entre nosotros: va a ser una burla brutal.

LUISA.-  Todos se han enterado. ¿Dónde está Susana?



Escena IV

 

Dichos y MUCAMA, que entra.

 

MUCAMA.-  Señor Pedro, ahí está el mantequero.

JUAN.-  ¿Le avisó a Susana?

MUCAMA.-  No, niño.

JUAN.-   (A LUISA.)  Vamos a ver cómo te portás en tu papel de hermana consternada.  (A PEDRO.)  Y vos en tu papel de médico.  (Se levanta.)  Aplomo y frialdad.  (Sale.) 

LUISA.-  Yo, mejor que Greta Garbo.

PEDRO   (A la MUCAMA.)  Hágalo pasar aquí.  (Sale la MUCAMA.) 

LUISA.-   (De improviso.)  Dame un beso, pronto.

 

(PEDRO se levanta y la besa rápidamente. Luego se sienta a la mesa, afectando un grave continente. LUISA se compone el cabello. Aparece SAVERIO, físicamente, es un derrotado. Corbata torcida, camisa rojiza, expresión de perro que busca simpatía. Sale la MUCAMA. SAVERIO se detiene en el marco de la puerta sin saber qué hacer de su sombrero.)

 


Escena V

 

SAVERIO, LUISA y PEDRO; después SUSANA.

 

LUISA.-   (Yendo a su encuentro.)  Buenas tardes. Permítame, Saverio.  (Le toma el sombrero y lo cuelga en la percha.)  Soy hermana de Susana...

SAVERIO.-   (Moviendo tímidamente la cabeza.)  Tanto gusto. ¿La señorita Susana?

LUISA.-  Pase usted. Susana no podrá atenderlo.  (Señalándole a PEDRO.)  Le presento al doctor Pedro.

PEDRO.-   (Estrechando la mano de SAVERIO.)  Encantado.

SAVERIO.-  Tanto gusto. La señorita Susana... me habló de unas licitaciones de manteca...

PEDRO.-  Sí, el otro día me informó... Usted deseaba colocar partidas de manteca en los sanatorios...

SAVERIO.-  ¿Habría posibilidades?

LUISA.-  Lástima grande, Saverio. Usted llega en tan mal momento...

SAVERIO.-   (Sin entender.)  Señorita, nuestra manteca no admite competencia. Puedo disponer de grandes partidas y sin que estén adulteradas con margarina...

LUISA.-  Es que...

SAVERIO.-   (Interrumpiendo.)  Posiblemente no le dé importancia usted a la margarina, pero detenga su atención en esta particularidad: los estómagos delicados no pueden asimilar la margarina; produce acidez, fermentos gástricos...

LUISA.-  ¿Por qué no habrá llegado usted en otro momento? Estamos frente a una terrible desgracia de familia, Saverio.

SAVERIO.-  Si no es indiscreción...

LUISA.-  No, Saverio. No. Mi hermanita Susana...

SAVERIO.-  ¿Le ocurre algo?

PEDRO.-  Ha enloquecido.

SAVERIO.-   (Respirando.)  ¡Ha enloquecido! Pero, no es posible. El otro día cuando vine a traerle un kilo de manteca parecía lo más cuerda...

LUISA.-  Pues ya ve cómo las desdichas caen sobre uno de un momento para otro...

SAVERIO.-  Es increíble...

PEDRO.-  ¿Increíble? Pues, mírela, allí está espiando hacia el jardín.

 

(Por la puerta asoma la espalda de SUSANA mirando hacia el jardín. De espaldas al espectador.)

 

PEDRO.-  Quiero observarla. Hagan el favor, escondámonos aquí.

 

(PEDRO, LUISA y SAVERIO se ocultan. SUSANA se vuelve. SUSANA se muestra en el fondo de la escena con el cabello suelto sobre la espalda, vestida con ropas masculinas. Avanza por la escena mirando temerosamente, moviendo las manos como si apartase lianas y ramazones.)

 

SUSANA.-   (Melancólicamente.)  Árboles barbudos... y silencio.  (Inclinándose hacia el suelo y examinándolo.)  Ninguna huella de ser humano.  (Con voz vibrante y levantando las manos al cielo.)  ¡Oh Dioses! ¿Por qué habéis abandonado a esta tierna doncella? ¡Oh! sombras infernales, ¿por qué me perseguís? ¡Destino pavoroso! ¿A qué pruebas pretendes someter a una tímida jovencita? ¿Cuándo te apiadarás de mí? Vago, perdida en el infierno verde, semejante a la protagonista de la tragedia antigua. Pernocto indefensa en panoramas hostiles...

 

(Se escucha el sordo redoble de un tambor.)

 

...siempre el siniestro tambor de la soldadesca. Ellos allá, yo aquí.  (Agarrándose la cabeza.)  Cómo me pesas... pobre cabeza. Pajarito.  (Mirando tristemente en derredor.)  ¿Por qué me miras así, pajarito cantor? ¿Te lastima, acaso, mi desventura?  (Desperada.) 

Todos los seres de la creación gozan de un instante de reposo. Pueden apoyar la cabeza en pecho deseado. Todos menos yo, fugitiva de la injusticia del Coronel desaforado.

 

(Nuevamente, pero más lejano, redobla el parche del tambor.)

 

 (SUSANA examina la altura.)  Pretenden despistarme. Pero, ¿cómo podría trepar a tal altura? Me desgarraría inútilmente las manos.  (Hace el gesto de tocar el tronco de un árbol.)  Esta corteza es terrible.  (Se deja caer al suelo apoyada la espalda a la pata de una mesa.)  ¡Oh, terrores, terrores desconocidos, incomunicables! ¿Quién se apiada de la proscripta desconocida? Soy casta y pura. Hasta las fieras parecen comprenderlo. Respetan mi inocencia.  (Se pone de pie.)  ¿Qué hacer? No hay cueva que no registren los soldados del Coronel.  (Hace el gesto de levantar una mata.)  Tres noches que duermo en la selva.  (Se toma un pie dolorido.)  ¿Pero se puede llamar dormir a este quebranto doloroso: despertarse continuamente aterrorizada por el rugido de las bestias, escuchando el silbido de la serpiente que enloquece la luna?  (Tomándose dolorida la cabeza.)  ¡Ay, cuándo acabará mi martirio!



Escena VI

 

JUAN y SUSANA.

 

JUAN.-   (Entra en traje de calle y pone una mano en el hombro de SUSANA.)  Tranquilízate, Susana.

SUSANA.-   (Con sobresalto violento.)  Yo no soy Susana. ¿Quién es usted?

JUAN.-  Tranquilícese.  (Le señala la silla.)  Sentémonos en estos troncos.

SUSANA.-  ¿Por qué no me contesta? ¿Quién es usted?

JUAN.-   (Vacilante, como quien ha olvidado su papel.) 

Perdón... recién me doy cuenta de que es usted una mujer vestida de hombre.

SUSANA.-  Y entonces, ¿por qué me llamó Susana?

JUAN.-  ¿Yo la llamé Susana? No puede ser. Ha escuchado mal. Jamás pude haberla llamado Susana.

SUSANA   (Sarcástica.)  ¿Trabaja al servicio del Coronel? ¡eh!...

JUAN.-   (Fingiendo asombro.)  ¿El Coronel? ¿Quién es el Coronel?

SUSANA   (Llevándose las manos al pecho.)  Respiro. Su asombro revela la ignorancia de lo que temo.  (Sonriendo.)  Tonta de mí. Cómo no reparé en su guardamontes. ¿Así que usted es el pastor de estos contornos?

JUAN.-  Sí, sí... soy el pastor...

SUSANA.-  Sin embargo, de acuerdo a los grabados clásicos, usted deja mucho que desear como pastor. ¿Por qué no lleva cayado y zampoña?

JUAN.-  Los tiempos no están para tocar la zampoña.

SUSANA.-   (Poniéndose de pie y examinándole de pies a cabeza.)  Guapo mozo es usted. Me recuerda a Tarzán.  (Para sí.)  Musculatura eficiente.  (Mueve desolada la cabeza.)  Pero no... es mejor que se vaya... que vuelva al bosque de donde salió...

JUAN.-  ¿Por qué? No veo el motivo.

SUSANA.-   (Trágica.)  Una horrible visión acaba de pasar por mis ojos.  (Profética.)  Lo veo tendido en los escalones de mármol de mi palacio, con siete espadas clavadas en el corazón...

JUAN.-   (Golpeándose jactanciosamente los biceps.)  ¿Siete espadas, ha dicho, señorita? ¡Que vengan! Al que intente clavarme, no siete espadas, sino una sola en el corazón, le quebraré los dientes.

SUSANA.-  Me agrada. Así se expresan los héroes.  (Grave.)  Pobre joven. ¿Podría albergarme en su cabaña, pocos días?

JUAN.-  ¿En mi cabaña? Pero usted... tan hermosa.

¡Oh! sí... pero le advierto que mi choza es rústica... carece de comodidades...

SUSANA.-  Descuide. No le molestaré. Necesito resolver tan graves problemas.  (Sentándose.)  Si usted supiera. Estoy tan cansada. Mi vida ha dado un tumbo horrible.  (Para sí.)  Parece un sueño todo lo que sucede. ¿Es casado usted?

JUAN.-  No, señorita.

SUSANA.-  ¿Tiene queridas?

JUAN.-  Señorita, soy un hombre honrado.

SUSANA.-  Me alegro.  (Se pasea.)  Esto simplifica la cuestión. Las mujeres lo echan todo a perder. A ver, déjeme que le vea el fondo de los ojos.  (Se inclina sobre él.)  Su rostro sonríe. En el fondo de sus ojos chispea el temor.  (Sarcástica.)  ¡No está muy seguro de su fidelidad, eh!

JUAN.-  ¡Susana!...

SUSANA.-  Ya reincidió otra vez... ¿Quién es Susana? ¿Su novia?

JUAN.-   (Vacilante.)  Confundo... perdone... usted me recuerda una pastora que vivía en los contornos. Se llamaba Susana.

SUSANA.-  ¿No hay peligro de que nos escuche algún espía del Coronel?

JUAN.-  Los perros hubieran ladrado.

SUSANA.-  ¿Es capaz de guardar un secreto?

JUAN.-  Sí, señorita.

SUSANA.-   (Meneando la cabeza con desesperación.)  Pero no... no... Seguirme es tomar rumbo hacia la muerte. Soy un monstruo disfrazado de sirena. Escúchame, pastorcito, y tú, quien seas que me oyes; huye de mí. Aún estás a tiempo.

JUAN.-   (Golpeándose los biceps.)  Que vengan los peligros. Les romperé las muelas y les hincharé los ojos.

SUSANA.-  Dudo. Tu alma es noble. Pueril.  (Se pasea irresoluta. Se detiene ante él.)  Evidentemente, tus ojos son francos. El rostro de líneas puras retrata una vida inocente. No perteneces a ese grupo de granujas a quienes agrada enredar a los ingenuos en las mallas de sus mentiras.

JUAN.-   (Tartamudeando.)  Claro que no, señorita. Soy un hombre honrado.

SUSANA.-  Y sin queridas. Perfectamente. ¿Sabes quién soy?

JUAN.-  Aún no, señorita.

SUSANA.-  Apóyate que te caerás.

JUAN.-  La impaciencia me mantiene tieso. No puedo caerme.

SUSANA.-  Caerás. Soy... la reina Bragatiana.

JUAN.-  ¿La reina? ¿Vestida de hombre? ¿Y en el bosque?

SUSANA.-  Ha caído un rayo, ¿no?

JUAN.-  Tal me suena la noticia.

SUSANA.-  Me lo figuraba, querido pastorcito. Vaya si me lo figuraba. No todos los días, a la vuelta del monte, tropieza un cabrero con una reina destronada.

JUAN.-  Mi suerte es descomunal.

SUSANA.-  ¿Comprendes, ahora, la inmensidad de mi desgracia?

JUAN.-  Majestad... la miro y creo y no creo...

SUSANA.-  Me has llamado majestad. ¡Oh sueño! ¡Oh delicia!... ¡Cuántos días que estas palabras no suenan en mis oídos!

JUAN.-   (Arrodillándose.)  Majestad, permítame que le bese la mano.

 

(SUSANA se la da a besar con aspavientos de gozo inenarrable.)

 

SUSANA.-   (Enérgica.)  Pastor, quiero pagarte el goce que me has regalado. Desde hoy agregarás a tu nombre el título de conde.

JUAN.-   (Reverente.)  Gracias, majestad.

SUSANA.-  Te nombrarás el Conde del Árbol Florido, porque tu alma es semejante al árbol fragante. Perfuma a los que se amparan a su sombra.

JUAN.-  Sus elogios me desvanecen, majestad. Su desventura me anonada.

SUSANA.-   (Melancólica.)  ¿Te aperpleja, no? Pues yo me miro en el espejo de los ríos, y al descubrirme aparatosa como una vagabunda, me pregunto: ¿Es posible que una reina por derecho divino se vea constreñida a gemir piedad por los bosques, fugitiva a la revolución organizada por un coronel faccioso y algunos tenderos ensoberbecidos?

JUAN.-  Ah... ¿De modo que el responsable es el Coronel?

SUSANA.-   (Violenta.)  Y los tenderos, Conde, los tenderos. Esta revolución no es obra del pueblo, sino confabulación de mercaderes que pregonan que el hombre desciende del mono y de algunos españoles con deudas de monte con puerta. Tú no entiendes de política, pero te diré que mis más fieles amigos han debido fingir adaptarse a este régimen nefasto. Me esperan, ya lo sé, pero... en tanto... hazte cargo... para salvar la vida tuve que disfrazarme de criada y huir por un subterráneo semejante a ignominiosa vulpeja.

JUAN.-  Episodio para amedrentar a una robusta matrona, cuanto más a una virginal doncella.

SUSANA.-  ¡Con qué palabras, Conde, te describiría los trabajos que acompañaron mi fuga! ¡Cómo historiarte las argucias de que tuve que valerme para no ser ultrajada en mi pudor!

JUAN.-  ¡Oh... pero no lo fue, no, majestad!

SUSANA.-  Me protegió esta estampita de la virgen.  (La saca del pecho y la besa. Cambiando de tono.)  ¿Te atreverías tú? ...

JUAN.-  ¿A qué, majestad?

SUSANA.-  A cortarle la cabeza al Coronel.

JUAN.-   (Respingando.)  ¿Cortarle la cabeza? Si el Coronel no me ha hecho nada.

SUSANA.-   (Dejando caer la cabeza, desalentada.)  Y yo que confiaba en ti. Pensaba: el Conde irá a la cueva del Dragón y con su espada le separará la cabeza del cuerpo. En el Palacio festejaremos el coronelicidio. Si me parece verlo. Tú avanzas por el camino de rosas... la velluda cabeza del Coronel, chorreando sangre espesa, en brillante bandeja de oro. ¿Te imaginas, pastor, la belleza plástica de ese conjunto? Las más hermosas de mis damas corren a tu encuentro. Suenan los violines y cien heraldos con trompetas de plata anuncian: Ha llegado el Conde del Árbol Florido. Trae la cabeza del Coronel desaforado. ¿Te imaginas la belleza plástica de ese conjunto?

JUAN.-  Ah, si convertimos el coronelicidio en una cuestión de confianza y estética, no tengo ningún inconveniente en cortarle la cabeza al Coronel.

SUSANA.-  Por fin te muestras audaz y carnicero.

JUAN.-   (Ingenuamente.)  Sin embargo, al Coronel no le va a gustar que le corten la cabeza.

SUSANA.-  Conde, no seas pueril. ¿A quién le agrada que le separen la cabeza de los hombros?

JUAN.-  ¿No podríamos buscar al Coronel y conversarlo? Conversando se entiende la gente.

SUSANA.-  ¡Oh! ingenuidad de la juventud. Cómo se trasluce, amigo mío, que pasaste los mejores años de tu vida bañando a las ovejas en antisárnicos. Más cuerdo sería pretender persuadir a un mulo.

JUAN.-  ¿Tan reacio es?

SUSANA.-  Imposible, como lo oyes. Le llaman corazón de león; cerebro de gallina...  (Se escucha el sordo batir del tambor.)  ¿Oyes?

JUAN.-  El tambor.

SUSANA.-  Los soldados me buscan. Escapemos, Conde.

JUAN.-  A mi cabaña, majestad. Allí no la podrán encontrar.

 

(Salen ambos apresuradamente.)

 


Escena VII

 

Aparecen lentamente SAVERIO, LUISA y PEDRO; después JUAN.

 

LUISA.-  ¡Parte el corazón escucharla! ¡Qué talento extraviado! Y tan ciertamente que se cree en el bosque.

 

(Se sientan alrededor de la mesa.)

 

PEDRO.-  Locura razonable, señorita Luisa.

SAVERIO.-  Si me lo contaran no lo creyera.  (Mirándolos de hito en hito.)  Juro que no lo creyera.  (Ingenuamente a PEDRO.)  Dígame, doctor, ¿y ese señor que hace el papel de pastor desconocido... el Conde... también está loco?

PEDRO.-  No; es un primo de Susana. Se presta a seguirla en la farsa, porque estamos estudiando el procedimiento adecuado para curarla.

SAVERIO.-  · ¡Ah! Por cierto que se necesita ingenio...

LUISA.-  Claro... imagínese... seguir las divagaciones de una mente enferma.

SAVERIO.-  Espantaría al más curado de asombros.  (Pensativamente.)  Y parece que quiere cortarle la cabeza al Coronel de verdad.

LUISA.-  Estoy inquieta por ver a Susana.

PEDRO.-  No es conveniente, Luisa. La acompaña Juan y su presencia la tranquiliza.

SAVERIO.-  ¿Y tendrá remedio esta locura, doctor?

PEDRO.-  Es aventurado anticipar afirmaciones. Yo tengo un proyecto. A veces da resultado. Consiste en rodear a Susana del reino que ella cree perdido.

SAVERIO.-  Eso es imposible.

LUISA.-  No, porque organizaremos una corte de opereta. Contamos ya con varias amigas de Susana que han prometido ayudarnos.

 

(Entra JUAN enjugándose la frente con un pañuelo.)

 

JUAN.-  ¿Qué tal estuve en mi papel?

LUISA.-   (A coro.)  Muy bien.

JUAN.-   (Mirando a SAVERIO.)  El señor...

LUISA.-  Te presento al señor Saverio, nuestro proveedor de manteca...

SAVERIO.-  Tanto gusto...

JUAN.-  El gusto es mío...  (Sentándose, a LUISA.)  ¿Así que estuve bien?

PEDRO.-  Por momentos, vacilante... Ahora, Juan, lo que necesitamos es encontrar la persona que encarne el papel de Coronel...

SAVERIO.-  ¿Y cuál es el objeto de la farsa, doctor?

PEDRO.-  En breves términos: la obsesión de Susana circula permanentemente en torno de una cabeza cortada. La cabeza cortada es el leit-motiv de sus disquisiciones. Pues bien, nosotros hemos pensado en organizar una comedia con habilidad tal, que Susana asistirá a la escena en que Juan le corta la cabeza al Coronel. Estoy seguro que la impresión que a la enferma le producirá ese suceso terrorífico, la curará de su delirio.

SAVERIO.-  Pero ¿quién se va a dejar cortar la cabeza para curar a Susana?

PEDRO.-  La cabeza cortada me la procuraré yo en la morgue de algún hospital...

SAVERIO.-  Diablos... eso es macabro...

JUAN.-  No... no... Además es antihigiénico. Uno ignora de que habrá muerto el individuo con cuya cabeza anda a la greña...

SAVERIO.-  Además que si la familia se entera y quiere venir a reclamar la cabeza del muerto, puede armarse un lío...

PEDRO.-  También podemos presentarle una cabeza de cera goteando anilina.

LUISA.-  Eso, doctor... una cabeza de cera...

PEDRO.-  Yo, como médico, soy realista y preferiría una cabeza humana auténtica, pero... en fin... pasaremos por la de cera.

SAVERIO.-  ¿No han averiguado de qué proviene su locura?

PEDRO.-  Probablemente... exceso de lecturas... una gran anemia cerebral...

SAVERIO.-  ¿Menstrua correctamente?

PEDRO.-   (Serio.)  Creo que sí.  (LUISA se tapa la boca con el pañuelo.) 

SAVERIO.-  Si ustedes me permiten y aunque no sea discreto opinar en presencia de un facultativo, creo que nada reconstituye mejor a los organismos debilitados, que una alimentación racional a base de manteca.

PEDRO.-  La señorita Susana no está debilitada... está loca.

SAVERIO.-  La manteca también es eficaz para el cerebro, doctor. Gravísimas enfermedades provienen de alimentarse con manteca adulterada.

JUAN.-  Se trata de otras dolencias, Saverio.

SAVERIO.-   (Enfático.)  La manteca fortalece el sistema nervioso, pone elásticas las carnes, aliviana las digestiones...

PEDRO.-  No dudamos de las virtudes de la manteca, pero...

SAVERIO.-   (Imperturbable.)  La civilización de un país se controla por el consumo de la manteca.

LUISA.-  Es que...

JUAN.-  Haga el favor, apártese de la manteca. Saverio. Nosotros queremos saber si puede prestarnos el servicio, pagándole, por supuesto, de desempeñar el papel de Coronel en nuestra farsa.

SAVERIO.-   (Asombrado.)  Yo de Coronel... soy antimilitarista.

PEDRO.-  Usted sería coronel de comedia... nada más...

SAVERIO.-  ¿Y para qué la comedia? ¿No es ésta una magnífica oportunidad para ensayar un tratamiento superalimenticio a base de manteca? Podría proveerles toneladas. Manteca químicamente pura. Índice muy bajo de suero.

PEDRO.-  Por favor... sea razonable, Saverio. Es disparatado curar la manteca... quiero decir, curar la demencia con manteca.

SAVERIO.-  Permítase, doctor. La manteca es una realidad, mientras que lo otro son palabras.

LUISA.-  Pero si a Susana nunca le gustó la manteca.

JUAN.-  La manteca le repugna.

PEDRO.-  Le tiene antipatía a la manteca.

SAVERIO.-   (Triunfalmente, restregándose las manos.)  ¡Ah! ¿Han visto dónde venimos a poner el dedo en la llaga? ¡Con razón! En el organismo de la señorita Susana faltan las vitaminas A y D características de la buena manteca.

LUISA.-  Usted es un maniático de la manteca, Saverio.

SAVERIO.-   (Imperturbable.)  Las estadísticas no mienten, señorita. Permítame un minuto. Mientras que un ciudadano argentino no llega a consumir dos kilos anuales de manteca, cada habitante de Nueva Zelandia engulle al año dieciséis kilos de manteca. Los norteamericanos, sin distinción de sexos, color ni edad, trece kilos anuales, los...

LUISA.-  Señor Saverio, por favor, cambie de conversación. Me produce náuseas imaginarme esas montañas de manteca.

SAVERIO.-  Como gusten.  (Sentándose.)  Yo trato de serles útil.

PEDRO.-  ¿Y por qué no trata de ayudarnos, accediendo a lo que le pedimos?

LUISA.-   (Insinuante.)  No es mucho, creo yo, señor Saverio.

SAVERIO.-  Es que yo no soy actor, señorita. Además, los coroneles nunca me han sido simpáticos...

JUAN.-  ¿No vale la salud de Susana el sacrificio de sus simpatías?

LUISA.-  Yo misma lo encaminaría, Saverio.

PEDRO.-  Es casi un deber de humanidad.

JUAN.-  No olvide que la familia de mi prima es en cierto modo benefactora suya.

LUISA.-  Nosotros hace ya una buena temporada que le compramos manteca. No en cantidad que nos podamos comparar a los habitantes de Nueva Zelandia, pero, en fin...

SAVERIO.-  ¿Y mi corretaje? Si yo me dedico a la profesión de coronel perderé los clientes, a quienes tanto trabajo me costó convencerles de que hicieran una alimentación racional a...

PEDRO.-  ...a base de manteca.

SAVERIO.-  Lo adivinó.

JUAN.-  Usted no necesita abandonar su corretaje, Saverio. Con ensayar por las noches es más que suficiente para lo que requiere nuestra farsa.

SAVERIO.-  ¿Y se prolongará mucho la comedia?

PEDRO.-  No, yo creo que tomando a la enferma en el momento supremo del delirio, su trabajo se limitará a la escena... digamos así... de la degollación...

SAVERIO.-  ¿Y yo no corro ningún riesgo?

LUISA.-  Absolutamente ninguno, Saverio. Convénzase.

SAVERIO.-   (Semiconvencido.)  Yo no sé... ustedes me ponen en...

LUISA.-  Ningún aprieto, Saverio, ninguno. Usted acepta porque tiene buen corazón.

PEDRO.-  Le juro que no esperábamos menos de usted.

SAVERIO.-  En fin...

JUAN.-  Su actitud es digna de un caballero.

PEDRO.-  Compraremos el uniforme de coronel en una ropería teatral.

LUISA.-  Y la espada... Ah, si me parece ver el espectáculo.

SAVERIO.-  Y yo también creo verlo.  (Restregándose las manos.)  ¿No cree usted que puedo ser un buen actor?

PEDRO.-  Sin duda, tiene el físico del dramático inesperado.

JUAN.-  Así, de perfil, me recuerda a Moisi.

LUISA.-  ¿Quiere tomar el té con nosotros, Saverio?

SAVERIO.-   (Mirando precipitadamente el reloj.)  Imposible, gracias. Tengo que entrevistarme ahora mismo con un mayorista...

JUAN.-  Podré llevarle el uniforme a su casa...

SAVERIO.-  Aquí tiene mi dirección.  (Escribe en una tarjeta. A PEDRO.)  Y no olvide de hablarle a los dueños de los sanatorios.

PEDRO.-  No faltaba más.

SAVERIO.-  Señorita Luisa, tanto gusto.

LUISA.-   (Acompañándolo hasta la puerta.)  Muchas gracias, Saverio. Iré con una amiga a verle ensayar. Se porta usted con nosotros como si fuera de nuestra familia.

SAVERIO.-   (De espaldas, mientras PEDRO y JUAN mueven la cabeza.)  Me confunden sus palabras, señorita. Hasta pronto.

 

(Sale SAVERIO, y LUISA levanta los brazos al cielo.)

 


Escena VIII

 

Dichos, menos SAVERIO; después SUSANA.

 

LUISA.-  Es un ángel disfrazado de mantequero.

JUAN.-   (Gritando.)  Susana, Susana, ya se fue... vení.

SUSANA.-   (Entrando triunfalmente.)  ¿Qué tal estuve? ¿Aceptó?...

PEDRO.-  ¡Genial! ¡Qué gran actriz resultás!

LUISA.-  Yo me mordía para no aplaudirte... ¡Qué talento tenés!

SUSANA.-  ¿Así que aceptó?

JUAN.-  Y no. Pero lo admirable aquí es tu sentido de improvisación. Pasás de lo humorístico a lo trágico con una facilidad que admira.

LUISA.-   (Alegremente pensativa.)  Susana..., sos una gran actriz. Por momentos le ponés frío en el corazón a uno.

PEDRO.-  Esta vez sí que nos vamos a divertir.

JUAN.-  Invitaremos a todo el mundo.

LUISA.-  Eso se descuenta.

SUSANA.-   (Abstraída.)  Oh, claro que nos vamos a divertir.

 

(Los tres se quedan un instante contemplándola, admirados, mientras ella, absorta, mira el vacío con las manos apoyadas en el canto de la mesa.)

 




 
 
TELÓN LENTO
 
 


Indice