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Segundo horror

Augusto Casola




Dedicatoria

A Eduardo Javier, para cuando sepa leer, estos ecos del pasado.




ArribaAbajoPrólogo

Cuando el autor me encomendó que emitiese un juicio sobre esta obra, consideré el pedido como fácil de complacer. A medida que me adentraba en el contenido e iban surgiendo los enigmas, la cosa se complicaba, la dificultad era grande y por eso mismo, el desafío mayor.

Esperaba el resultado del análisis final en un breve tiempo y debo confesar que aún no lo he logrado.

Más que una historia, es casi un tratado para la reflexión. Campea en la novela la imaginación fértil en el manejo de los elementos simbólicos, el monólogo interior, el diálogo absurdo y una transposición de los tiempos que sólo se dan cuando los muertos resucitan convertidos en fantasmas, vuelven a corporizarse y así, hasta lo indefinido.

No importa tanto lo que se dice, sino cómo se dice.

Vuela el pensamiento saturado de imaginación, por momentos algo casi delirante, muy contagiante por cierto, pero no lo suficiente como para hacer fácil su lectura.

La proyección del relato se centra en Asunción, pero por la dinámica del todo, podría ser ubicado en cualquier otra ciudad.

Se ha ido creando el relato a través de pensamientos aparentemente sin hilar, pero su hilo conductor siempre está en primer plano y en diversos tiempos hasta desembocar en un final algo nihilista y casi absurdo.

Digo casi absurdo porque el autor nos obliga a compartir con sus personajes una multiplicidad de vivencias, para de pronto, arrancarnos esos personajes como al pasar, sin pena ni gloria, substituyendo vivencias y haciéndolos viajar alrededor de una espiral centrífuga y centrípeta. Algo como fuerzas imaginarias que son atraídas y rechazadas por la propia energía acumulada y que por propia consecuencia deben ser disipadas.

Me pregunto muchas veces si el autor quiere engañar al lector o se engaña a sí mismo. Quién sabe si su idea inicial fue escribir una novela como pasatiempo, algo entretenido, usando los elementos diversos de la literatura en general, y muy bien dosificados, con personajes, algunos de la vida diaria, de su ciudad diaria, de sus calles y callejones diarios, de sus viviendas que no llegan a ser tales, sino esbozos de protección. Así se habrá iniciado su trabajo, pero de repente, bajaron otros sueños, otras vivencias, otras alternativas y el autor se sumerge en esa casa desvencijada, casi una caricatura de casa que le obliga a meditar y reflexionar de cómo escapar de esa caparazón, rígida y pequeña que lo está envolviendo.

Allí comienza el filósofo interior a desarrollar toda una gama de elementos simbólicos y el vuelo imaginativo lo atrapa por momentos brutalmente y hace que vuelque al papel, los palillos chinos de la aventura.

En un lenguaje abierto y lineal, comienza a dar vida a espíritus para volverlos a destruir. Levanta de la nada algo, para que todo quede nuevamente como un desierto. Corrompe almas puras por el solo deseo de poder perdonarlas.

Todos los personajes deambulan, sólo aparecen y desaparecen, todos quieren llegar a un final... y el autor les interrumpe el camino, construye murallas de silencio que a su vez son violadas por ecos de vidas que han sido, son y seguirán siendo figuras amorfas, difusas y hasta a veces, infernales.

El silencio, amante de la siesta... Al decir de Unamuno, «estas son metáforas cálidas y muy tropicales». Solo quien ha tenido vivencias en el trópico puede darle trascendencia a la siesta paraguaya. Un encuentro del autor con el reposo para la reflexión, pero donde el deseo de no estar sólo lucha consigo mismo. Al establecer parámetros simétricos en esta metáfora, conduce el autor al lector a una confluencia de afinidades y goces malogrados. La siesta tropical es pesada, tanto como el silencio que la acompaña.

Hay ruidos que nos recuerdan que aún vivimos y son esos ruidos los que nos llenan de embeleso y recordación: sin darse cuenta, el autor comienza a envolverse en una manta metafórica y penetra en la habitación del pensamiento, donde hay tantos fantasmas que lo acosan sin mostrar ni siquiera una línea de su rostro.

La primera hormiga ha sido capturada y Rolo comenzó a preguntarse ¿para qué?

Visita el mundo de los muertos y corre hasta el mismo vidrio en que se halla encerrada, pero vive, vive sola. Hasta que se descubre a sí misma como un desecho más. ¿Sueña? Hay un decurso continuo en el cual el autor nos sumerge cada vez más, en forma clara pero sin definiciones, donde lo transitorio está unido a lo patético y todo el conjunto a la muerte. El delirio de las sombras es apasionante y cruel.

El inicio del concierto de los grillos nos inclina a pensar que el autor piensa en notas musicales y en continua danza de corcheas y semifusas elabora sus diálogos. Los dramas humanos son tratados de una forma diferente y la interrelación entre seres y notas musicales, establecen un diálogo polivalente y que se presta para cualquier interpretación.

El mundo de lo subjetivo adquiere nuevas dimensiones y con nuevas improntas nos va sumiendo en la espesa niebla de las frustraciones.

Procura arrancarnos de los sueños y materializar las vivencias. El hastío lo embarga cuando despierta recorriendo la ciudad. No es cama para sus sueños.

El autor hilvana diversas madejas que ha ido elaborando penosamente con un arte intuitivo profundo y un lenguaje armonioso y forma el tejido central alrededor de cuestiones, situaciones y cosas comunes de nuestra ciudad.

¿Hasta dónde las imágenes vertidas en la novela no son su propia imagen? Sartre nos dice que para el hombre contemporáneo, los sueños y fantasías son «vivencias fortalecedoras», y el autor las revitaliza de tal manera que en cada desplazamiento del tiempo y la forma, arranca el velo al espejo para que reproduzca nuestras imágenes, sin secuencias lógicas ni hechos ajenos a nuestro diario sentir.

Una vez más, e insisto sobre el problema, el autor nos brinda en esta novela, una multiplicidad de fórmulas y laberintos por donde transitamos en cuerpo y espíritu para hallar el camino de la justificación y perfeccionamiento de nuestra expresión literaria.

ÁNGEL PÉREZ PARDELLA






ArribaAbajoSegundo horror

Cuándo Rolo comenzó a juntar hormigas y las fue encerrando en botellitas vacías para enterrarlas en el patio, ni él podría decirlo con exactitud. Tampoco sus padres, que jugaban a hacerse el amor esa siesta calurosa de enero en que el niño se acercó al dormitorio y golpeó a la puerta de la alcoba con los nudillos de su pequeña mano.

-Mamá... -dijo la voz cantarina- mamá..., ¿dónde ha de haber botellitas para encerrar a mis hormigas?

-En la cocina -respondió Lelia con voz entrecortada, al verse en la obligación de interrumpir un suspiro-. Después andate a jugar en el patio.

Volvió a acostarse junto a Arnaldo. Con el susto se había sentado en la cama, cubriéndose con la sábana hasta el cuello. Él, sin decir una palabra, continuaba con sus caricias, tiernas pero insistentes, hurgando entre los pliegues y ensenadas del cuerpo de su mujer.

-Me pone histérica este asunto de querer hacer el amor de siesta, cuando la criatura anda por ahí dando vueltas. No se puede luego estar tranquila... Y a vos que siempre se te antoja a esta hora...

-Pero si la puerta está llaveada... Dejale a Rolando tranquilo y date la vuelta hacia mí, que te quiero sentir mejor.

-Ahora capaz que venga a pedirme que le dé su merienda o cualquier cosa... Lo que pasa es que no puede ver que estemos encerrados y con la puerta trancada. Ahí vos ya viste: quería botellitas para encerrar hormigas -se acomoda acercándose más a Arnaldo.

-No le vayas a hacer caso -suspira el hombre.

-Pero si no estoy tranquila...

-Vení te voy a tranquilizar un poco.

-Eso es lo único que pensás todo el día.

-A vos también te gusta..., ¿eh?

-Pero a esta hora...

Era una siesta hirviente, como son siempre las de enero, alargadas hasta lo interminable por el reiterado contrapunto de las cigarras ocultas entre las hojas de los dos mangos añosos de un extremo del patio. Inician su canto con la repetición insegura y seca con que afinan sus gargantas, interrumpiéndose un momento para enseguida romper el denso sopor del silencio de la siesta, que al menor descuido vuelve a posesionarse de ella para estallar en el monocorde fluir de su canto, parecido al eco de algún clamor antiguo nunca satisfecho.

Se suma a ello el coral discontinuo de los gorriones y del pitogüé que, desde una semana atrás, se posesionó de la cumbrera de la casa llenándola de su trémolo a tres tonos, dos altos y uno a octava más baja.

Los días de mucho calor comienzan con los primeros rayos de sol, siguen durante la siesta, como ésa que respira entre bufidos de viento norte y hojas secas, danzando en remolinos que conforman la desordenada mezcla de granos de arena y ramas secas, creando un ballet cuya coreografía está diseñada por los caprichos del áspero ventarrón, terminando por derrumbarse a unos metros de su origen, para volver a repetir los pequeños torbellinos que no alteran en nada el reposo de la siesta, silenciosa de una manera especial en el verano, cuando todos sus sonidos se amalgaman en el lacerante respirar del viento norte.

Algo alejada, en un rincón del patio, a la sombra de la santarrita de flores color granate, la abuela, inmóvil en la silla de madera donde la sentaron una vez, conversa con las hormigas que se nutren de su linfa (es la savia que corre por sus venas desde varios años atrás, cuando Eduardo decidió dejarla fuera de la casa).

Habla sin sosiego y de todo. De su hija Anita, que murió hace tiempo y a veces confunde con Rolo; de su padre, a quien llama en incesante letanía hasta saturar el aire con el monótono sonsonete de su voz gastada y sin matices:

-Papá..., papá..., papá, papapapapapapapapá...

Una hormiga trepa haciendo equilibrio entre las varices que resaltan sobre la pierna arremangada de la anciana.

-...pá..., pá..., papá... papapá...

Cuando Rolo enterró a la primera de sus víctimas, hacía ya tiempo que la abuela repetía las mismas cosas sin sentido y era devorada de a poco por las hormigas. Del lado izquierdo de sus pies sólo quedan los huesos y algunos cartílagos. A veces los mueve marcando el ritmo de sus palabras. Ese pie ya lo comieron las hormigas.

Al principio se me antojó el estrépito de algún derrumbe gigantesco, como si alguna montaña inmensa se hubiera alzado por los aires hasta las nubes y desde allí se desplomase haciendo temblar todo cuanto había a mi alrededor.

Dentro y fuera de mi cuerpo se sucedieron mil explosiones sin que yo pudiera hacer nada al respecto, sin siquiera conocer el origen de esa barahúnda, e incapaz de hallar algún refugio, pues ya ni me sentía y de súbito, me rodea el silencio más absoluto que he conocido.

Todo queda inmóvil, como si no existiera nada o no hubiera existido jamás, excepto yo, que no acabo de recuperarme de mi asombro que se transforma en espanto al sentir que me serpentean, no sé si bajo la piel o en las entrañas, millones de criaturas, como culebras frías que se van apoderando de mi sensibilidad, para terminar por dejarme en lo que soy ahora, este no sé qué, que ni siente ni existe y se va degradando en una inacabable repetición de recuerdos sin imágenes, de alucinaciones sin forma, de horrores sin miedo, de escalofríos sin temblores, atado al presentimiento de que no sucederá nada ni habrá cambios en esta situación que no es situación, dentro de este tiempo que no es tiempo, sino un estar esperando que los tejidos se desintegren de a poco y la humedad de la tierra acabe con la dura corteza de la caja que me contiene para por fin atravesarla y permitir que de mi vientre surjan raíces y alimente la savia de las plantas al desintegrarme (o ¿debería decir integrarme?) como mis vecinos, a los que intuyo en interminables ensueños.

Lo más molesto es la conciencia de los nuevos leucocitos recorriendo mi cuerpo sin detenerse nunca y sin poder uno darse cuenta dónde están.

Sigo percibiendo las cosas, aunque sea por medio de una extraña simbiosis sin sensaciones, sin emociones, en esta forma de catalepsia que presiente sin conciencia, sabe sin conocimiento y perdura sin tiempo.

He vuelto a captar la agitación insensata del vecino acomodándose entre los intersticios de lo que va sobrando de él. Cada vez percibo con mayor claridad su desasosiego, en especial cuando la humedad vuelve a la tierra pastosa y me envuelve esa exudación que en otras circunstancias sería insoportable.

A veces me convenzo que los ruidos causados por mis vecinos no pasan de ser granos de arena buscando acomodarse o el esfuerzo de alguna raíz nueva por nacer que se abre paso bajo la presión del fango y de las otras plantas de la superficie o -y esto creo más probable- tropeles de hormigas afanosas como siempre están ellas, mientras yo urdo vanamente en la oscuridad Rolo se alejó con pasos breves hasta detenerse frente al armario de los cachivaches. Lo abre y empieza a mover algunas cacerolas, pailas y platos rajados que se interponen entre él y las botellas vacías del fondo de la alacena, las que en otros días guardaban los remedios de la abuela y conservan todavía el olor espeso de su antiguo contenido.

Una de ellas le pareció adecuada a propósito. Volvió a su lugar los demás utensilios, cerró el armario y se encaminó hacia el patio, donde flotaba el aroma caliente de la hora.

Al principio quedó desconcertada. Iban por tres las veces que el temporal la hacía volver sobre sus pasos cuando de pronto se sintió izada por dos tentáculos blandos que apenas le permitían respirar.

La tierra se apartó en una especie de vértigo y al apoyar de nuevo los pies lo hizo en un espacio transparente, limitado, donde permanecería hasta morir, aunque aún no lo supiera.

Junto al bosquecillo de violetas, Rolo cavó un pequeño agujero para enterrar la celda. Observa distraído al insecto que dentro de la botella va y viene sin dar paz a sus antenas que vibran sin cesar. Está desorientada, trepa hasta la tapa, camina en círculos rápidos para hacerse luego cautelosa. Se detiene, levanta las patas delanteras, las restriega entre sí y vuelve a iniciar la marcha, presa de angustia ante esa repentina soledad.

Luego de satisfacer su curiosidad, el niño entierra el recipiente en la fosa.

-Ésta no se va a escapar -piensa- ya tengo mi primera detenida y puedo hacer con ella lo que quiera. Es mi primera hormiga presa -apisonó el sitio y puso encima un vaso roto, boca abajo, para identificar con facilidad la cárcel.

Tras el aguacero de media noche acompañado de granizos y relámpagos espeluznantes, la mañana despertó flotando dentro de un sopor insufrible.

Sentada en el patio, la abuela sorbe las últimas gotas de agua que bajan desde sus cabellos y resbalan por su frente y las mejillas.

Alrededor de sus pies descarnados (porque las hormigas terminaron con el izquierdo la tarde anterior), crecen hongos blancos.

Los pies, ajenos a su propia desnudez avanzan y retroceden ahondando en el suelo húmedo dos pequeñas cuencas en forma de media luna. Por momentos, la abuela queda inmóvil y escucha, con los ojos clavados en la caverna oscura y silenciosa que sólo ella puede contemplar. Es cuando la elipse de su universo resbala sobre las baldosas del pasado mostrando las imágenes deformadas y latentes del recodo de esa absurda galería compuesta de mosaicos informes.

Entonces ríe o llora sin que los demás comprendan su cambiante realidad. Ella vive en medio de espectros que la visitan cada tanto durante sus lánguidas horas de permanecer en el patio, casi a veces en la masa de hormigas hambrientas, los hongos blancos o los verdines de la enredadera, que trepando por las patas de la silla ya llegaron al respaldo y extienden hacia ella unos tentáculos tímidos, jóvenes e indecisos que se acercan cada vez más a los hombros de la abuela, cuyos huesos se adivinan bajo la tela blanca con motitas de color azul marino de su vestido de mangas anchas, ribeteadas con encajes antiguos y desteñidos.

Viéndola así, resultaría difícil explicar a un extraño, ajeno a su realidad y la de la casa, qué hace una anciana sentada en el patio bajo la santarrita, soportando el calor, el frío y el viento, a la vez que es devorada por las hormigas.

Las arrugas concretaron el rostro definitivo de la abuela en pliegues de piel que descienden hasta la comisura de sus labios. La boca, con sólo dos dientes ennegrecidos, conserva el lenguaje de sus pensamientos inconexos, sin intención de explicar la vida que escapa entre las mandíbulas de las hormigas, la santarrita que sube por las patas de la silla y los hongos blancos.

Al morir el tío Eduardo, la abuela ya llevaba varios años a la intemperie y nadie se preocupó de algo tan común como esa estadía, cuando ni siquiera estornudó durante la epidemia de gripe que tumbó en cama a los demás habitantes de la casa y fue necesario que se turnaran para preparar la horchata curativa hecha con semillas de lino, cebada y anda-í, hervida y bebida lo más caliente posible para convertir al cuerpo en una pequeña masa de sudor que se derretía bajo las frazadas colocadas una encima de la otra para aumentar la transpiración.

La alimentan y le cambian las ropas con regularidad, aunque de la piel de la anciana fluye constante un aroma que recuerda el de los jazmines en el ocaso.

Más tarde comenzó Rolo la persecución despiadada que desembocó en prisiones atiborradas, muertos, heridos y desaparecidos, lo que dio paso al terror.

Subterráneos inundados, cavernas destrozadas, generaciones deshechas en un solo instante por el fuego. Era el imperio del miedo y éste regía los actos más sencillos de los habitantes del patio.

El tío Eduardo no llegó a ser rico. Creía que su trabajo honesto era suficiente y la rectitud el sine qua non del hombre, como solía decir a veces, y la casa, agrietada en las arrugas de las paredes desconchadas, la enredadera del patio y los enormes y añosos árboles de mango, eran el sello indiscutible de su honorabilidad.

-Porque le dije que si no se va le van a meter preso por descarado. Sí, ya sé. Cada uno es como es, pero eso no le da derecho pues a ser un sinvergüenza. Estamos igual que antes, así que mejor se van antes de que llegue papá -se interrumpe para masticar un trozo de la tela de su ropa-, y pensar que no tenían ni dónde caerse muerto. Claro, después se metió con los otros y le empezaron a tirar sus restos. Después no vino más por casa y se hizo la chuchi con sus nuevos amigos y nos dejó de lado porque no éramos de la cremé..., la cremé de la cociné, ¡je, je, je!... papá..., papá... -queda mirando a uno y otro lado del patio, que a esa hora de la siesta, es silencioso y vacío.

Por la tarde, Lelia prepara la merienda que da a la anciana en cucharaditas de galleta derretida dentro de un tazón de aluminio.

-Abuela, dejate de hablar y comé esto.

-¡Bueno!

-¡Je, je, je, je...! Ayer estuviste temprano cuando yo me levanté para tomar mate, pero tenía tantas cosas que hacer, ¡je, je, je!... Si no está la comida, no importa, me da lo mismo porque papá estuvo y me vio... ¿papá?... papá... ¡Eh! Me parece que... pero si le vi hace un ratito nomás. Papá... ¿dónde te fuiste?, ¡je, je, je, je, je, je...! La risa que me da cuando pienso en la cara que van a poner cuando vean que vos venís entrando... ¡je, je, je, je, je...!, pero no te vayas todavía papá..., papá... ¿papá?..., esperá un poco. ¡A la pucha! Y bueno..., ¡je, je, je, je...!

La siesta es un transitar casi místico en que la realidad se funde en el crisol de un ritual secreto, lleno de mensajes y símbolos oscuros para quien los observa sin haber sido iniciado en sus misterios. Es una vestal voluptuosa y esquiva, de vida breve, anhelosa, toda ella sentidos, plenitud, lujuria, como una mujer dispuesta a la entrega pero dominada por la timidez de su inocencia repetida cada día del verano, en las cortas horas de su resurrección, de su inquietud, de su éxtasis.

Y es hacia las dos de la tarde -la hora de la cita- cuando llega su amante, el silencio, tenso y desnudo como ella, tembloroso, gemebundo, incapaz de aguardar un instante más el encuentro de sus cuerpos abrasados por la pasión y agotados por la espera.

Se entrelazan en la dulce plenitud de los sentidos hasta extinguir su orgasmo de ansiedades en la dispersa semilla que vibra en el sopor del patio, en medio de los remolinos de ramitas y hojas secas arrastradas al azar sobre el ardiente lecho de su amor.

Arnaldo se levantó, todavía en calzoncillos, salió de la pieza corriendo hacia el baño, volvió a sentarse en la cama para colocarse los pantalones. La camisa se le cayó dos veces en el intento de vestirla.

-¿Qué hora son? -le preguntó a Lelia.

-Casi las tres

-Seguro que voy a perder el ómnibus -dijo en voz alta, saliendo hacia la calle, a la disparada. De una ojeada vio a Rolo que estaba en el patio, junto a la abuela. Sonrió y volvió a apurar el paso.

El ruido de los aviones llenó de repente la placidez de la noche que reventaba en estrellas señoreadas por una luna llena perfecta, redonda y brillante, que daba a las calles poco iluminadas de la ciudad cierto aspecto fantasmal.

Como el calor había arreciado todo el día, podía verse al atardecer sentados en el borde de las veredas o en la misma acera, largas hileras de vecinos que sacaron los sillones de mimbre o de loneta para disfrutar del vientecillo nocturno y de la animada conversación acerca de los últimos acontecimientos que arrojó a la revolución de Ilaudino Gavilán hacia un callejón sin salida.

Los enfrentamientos se habían reducido a disparos esporádicos que resonaban a lo lejos, siempre hacia la Casa de Gobierno, el puerto y la policía, lo que conseguía agujerear las columnas de los alrededores, haciéndolas lucir como picadas de viruela toda la ciudad.

En ocasiones, la tos seca y áspera de los fusiles era secundada por el más amenazador tableteo de las ametralladoras en poder de las fuerzas leales al presidente. Éstos eran hombres implacables y fieles, extraídos de la miseria y el hambre para ser conducidos a servirlo en la tortura y el crimen, y las calles transmutaron de su antigua condición melancólica de refugio de soñadores románticos y serenatas a horrorosos pasadizos de espanto, galerías transitadas por la muerte.

La gente que estaba sentada en las veredas escuchó el rugido de los motores sobre sus cabezas. Se dirigían hacia la bahía. No pudieron ver los aparatos a pesar de la claridad de la noche. Cayó un sopor pesado sobre las conversaciones y todos quedaron pendientes de que ocurriera algo. Un desenlace.

Y de pronto, ocurrió. Sonaron como truenos retumbando a lo lejos y vieron levantarse algunas lenguas de fuego que rápidamente tiñeron las sombras del cielo de un color rojo pálido, al tiempo que el tableteo de las ametralladoras se intensificó y la tos seca de los fusiles volvió a apoderarse de la noche tras un intervalo de silencio.

Las opiniones como siempre, fueron encontradas cuando al día siguiente los vecinos intercambiaron comentarios basados en los chismes que traían las sirvientas y las señoras al volver del mercado, pero mucho tiempo después, al armarse el rompecabezas y considerando los relatos de testigos y las anécdotas de los viejos combatientes de la revolución, pareciera que la orden del bombardeo vino no se sabe de dónde, pero los tres pilotos que estaban jugando una partida de damas, fueron obligados a abordar los tres únicos aviones disponibles.

Después de ajustarse sus trajes y como la orden era bombardeo en la oscuridad, subieron a las aeronaves, con una bomba en cada una pues sólo había tres. Agregaron algunas piedras grandes que también tenían preparadas, y las dejaron caer sobre los blancos, que eran los techos de la policía y la Casa de Gobierno.

El ruido, a medida que se acercaban los aviones se hacía atronador e impresionante y los aterrorizados guardaespaldas y policías, muchos de los cuales nunca habían visto un aeroplano en su vida, se dejaron dominar por el pánico, en especial cuando cayeron las tres bombas de las cuales explotaron dos, levantando grandes llamaradas al destruir por completo un camioncito cargado con tambores de nafta.

Luego vinieron las piedras, como bíblicos granizos gigantescos con lo que acabaron sin techado al menos ocho de las casas del bajo y los alrededores, sin que ninguno de los proyectiles diera en los objetivos fijados.

Sin embargo, el susto fue tan grande que los prisioneros pudieron abrir un boquete en la pared y escaparon hacia la calle donde reinaba el desorden total con hombres que corrían de un lado a otro, gritando órdenes contradictorias.

Una casa va sorbiendo cada día algo de la personalidad de sus ocupantes quienes en el transcurso de sus vidas la ceden a medida que ellos se desgastan o tal vez desgastándose a causa de esta lenta transposición, para ir proveyendo el alma del que carecen las casas nuevas.

Su verdadera existencia comienza cuando el propietario toma contacto con el olor de las paredes que todavía resuman ese olor empalagoso a cal y barniz de puertas recién pintadas.

Una casa nueva es una belleza fría e impersonal, un rostro impecable y hermoso, una belleza sin corazón. Es la combinación inteligente de ladrillos, argamasa, sudor, ruido de serruchos, martillazos y agitación de cucharas que buscan dejarla habitable.

Aunque parezca una digresión, creo que de no haber existido la casa no existiría esta historia y ello me obliga a presentarla desde su inicio, en cuerpo y alma, con todos los elementos que la conforman, sumándola a los demás personajes y su particular destino.

En su arquitectura, la casa no difería demasiado de otras construcciones de la esos años y eran del gusto de la rancia estirpe de familias adineradas de la ciudad. Sobre la vereda y como a continuación de ella, presentaba un frontispicio limitado por cuatro pilares cilíndricos de ladrillo, de unos tres metros y medio de altura, que apoyaban en sendos plintos prismáticos algo más anchos que las columnas, las cuales remataban en capiteles con reminiscencias dóricas, traducidas, por decirlo de alguna manera, a su forma final de acuerdo al grado de pericia del maestro albañil encargado de la obra.

Entre la hilera de columnas y el frontis, de altas puertas talladas y ventanas enrejadas con gruesos barrotes de hierro fundido, corría la vereda, hecha de ladrillos.

En su momento, los ventanales fueron testigos de suspiros de amor y de serenatas que de pronto desgarraban el aire fresco de la medianoche con los dulces acordes de arpas y guitarras, contratadas por los enamorados para homenajear a otras tantas Dulcineas y tenían por corolario, algunas veces, la feliz culminación del largo asedio a la ciudadela de venturas y alegrías soñadas, otras, el lamentable chasco, si el proponente no era el esperado por la pretendida o cuando intervenía el padre de la princesa, encerrada en el castillo de las rejas altas o, por fin, cuando el doliente no tuvo la necesaria precaución de solicitar con tiempo el permiso exigido por la comisaría del barrio y acababa viéndose encerrado hasta el día siguiente en una celda rodeado de instrumentos musicales y bohemios de atronadores ronquidos, que eructaban el alcohol de la pasada francachela.

El primer propietario, el que encargó la construcción de la casa, fue un acaudalado comerciante, casado y con dos hijas bastante bonitas y simpáticas que, en su juventud, atrajeron la atención de varios jóvenes pretendientes y terminaron casándose, una de ellas, con un argentino que la llevó consigo a su país y la otra, con un hombre ya maduro, acomodado comerciante del interior que también se la llevó consigo.

Cuando años después falleció el padre, la viuda prefirió vender la propiedad con casi todo su contenido de muebles y cuadros de los antepasados de su marido, con los cuales, se decía, nunca hubo demasiada afinidad, sino al contrario, un marcado y ubicuo antagonismo, por lo que la viuda consideró mejor dejarlos atrás, encerrados entre las paredes amarillas y las cortinas grises de la mansión y entraron desde entonces a formar parte del patrimonio de la casa.

Ella fue a vivir con la hija que había fijado residencia en el interior de la República.

Juntó cuanto pudo de dinero efectivo, tomó el tren y fue a vivir con la hija que había fijado residencia en el interior de la República. Llegó a Encarnación, donde terminó sus días como otra abuela más, beata y dicharachera hasta la exasperación, enterada de santo y milagros de cada uno de los habitantes de la comarca.

De la otra hija ya no se supo más nada, y las cartas, que de frecuentes y extensas se hicieron espaciadas y breves mientras el matrimonio de los padres vivió en Asunción, desaparecieron por completo con la muerte del padre y el traslado de la madre al interior, no se sabe si extraviadas en el trayecto o simplemente no escritas por desidia o a causa de esa irrealidad que cobran las cosas y las personas a la distancia.

Es válido suponer que la historia de la casa comienza cuando llegaron a ella de los segundos propietarios y su familia, no porque sus primeros habitantes carecieran de vida o de entusiasmo que transmitir a las paredes sino, y esto es lo fundamental, nunca la consideraron un hogar, tal vez porque tanto el marido como la esposa provenían de lo que ellos aisladamente identificaban como su casa, donde habían nacido y atravesado todo el trayecto de la infancia, los pantanosos dédalos de la adolescencia, los inconstantes senderos de la primera juventud hasta que se casaron, yendo a vivir a otra casa que tenía una de las familias.

Fue allí donde nacieron las hijas y desde allí el padre, ya maduro, decidió iniciar la construcción de la casa -la mansión, como les gustaba decir- a la que se trasladaron cuando ya gran parte de sus vidas era sólo recuerdo.

En cambio, el grupo familiar que arremetió contra la casa (y arremetió es la palabra acertada), era de las que dejan rasgos indelebles en cualquier mansión, por fría y aristocrática que ésta sea.

Tenían cinco hijos. Dos varones de trece y ocho años y tres niñas de diez, siete y cuatro años. El marido, hombre esmirriado de voz aflautada y mirada escurridiza era del todo diferente a su mujer, ancha, de voz retumbante y risa fácil y contagiosa, que de la noche a la mañana se transformó en la estrella del barrio. Y sus cinco hijos, cuyas personalidades es más fácil describir en forma pictórica (comprendiendo la gama de colores que va del amarillo diluido, medio anaranjado de las tardes en que el sol asoma tímido tras una lluvia y el rojo púrpura de la pasión desbocada), entraron de golpe a darle a la casa, la vida en torrentes que hasta entonces le había sido esquiva.

Se volvió el centro de chismes y escarceos, lugar de reunión obligado de las comadres, las sirvientas y los niños, que corrían sin descanso de un lado a otro del patio que, por esa época, tenía ya los dos árboles de mango bien crecidos y eran generosos con sus frutas que cubrían el patio entre noviembre y diciembre y la santarrita que, joven y ruborosa, iba trepando lentamente por la trama de madera y alambre que al fondo del patio mandó construir don Fermín, el marido de la mujerona. Al despedirnos, Elvira se abrazó a mí. Sentí su cuerpo convulso por el llanto, resistiéndose a que le alzara el mentón para mirarnos a los ojos y evitar que acercara mis labios a sus mejillas humedecidas por las lágrimas. Sólo se permitía agitarse entre mis brazos en un remedo grotesco del temblor en que tantas veces nos consumimos, buscando una proximidad mayor entre nuestros cuerpos, envueltos en los gemidos que ahora se repetían ya no por el desahogo de la pasión, sino como epílogo de una situación que sucumbía en forma violenta y despiadada, como ocurre siempre al producirse la separación entre un hombre y una mujer que se amaron y atravesaron juntos una etapa de sus vidas.

El amor es una tenue telaraña en la cual quedan prisioneros los amantes, sea a causa de una sonrisa inesperada, un roce furtivo de las manos, los ojos interceptando una mirada. Cualquier cosa puede originar el torbellino que los descubre desnudos y palpitantes en la penumbra de una habitación, donde despiertan y vuelven a mirarse y repiten las dos breves palabras que es el principio y el fin de toda historia, de todo argumento, de todo arte.



¿No es el amor, acaso,
Una insensata carrera compartida?
¿No es la soledad de dos
Hacerse una?
¿El canto de la noche?
¿Un sueño?

¿No es el amor, acaso,
Compartir el dolor
Hasta el extremo
Y descubrir una vez más
El lenguaje de los celos y su furia?

¿No van tomados de la mano
El amor y el dolor
Por un camino incierto y tormentoso
Envuelto en engañosa primavera?

¿No es el amor, acaso,
El trasuntar la vida transcurrida
Hecha presente
Al descorrer el velo del Misterio
Tan hondo, tan profundo, tan secreto
Como el agua profunda del océano?
¿No es eso el amor?
¿No es eso?

Por eso, cuando la encontré a Elvira caminando por Presidente Franco, me pareció una caricatura aunque enseguida me arrepentí por haberlo pensado. Está vieja, gorda y fea..., claro que eso era de esperar, después de tantos años -ella me habrá encontrado también distinto, supongo, porque me miró algo asombrada, como si estuviera buscando en la memoria, con una expresión de ¿quién era éste?, porque claro, no soy el de treinta años.

Nos saludamos como grandes amigos, entramos al Munich, nos sentamos bajo los árboles del jardín y pedimos un aluminio cada uno y algo de carne fría y milanesa, para picar.

-Vivo en Buenos Aires -dijo- con mi hija y dos nietos. Me agarró algo de nostalgia, como a veces le ocurre a uno, verdad... Vine a ver cómo andaba Asunción.

-Yo sigo por aquí -le dije-, ahora vivo con una sobrina, su marido y su hijo... Hace falta un poco de compañía, ¿no te parece?

-¡Te voy a decir yo...!

A los postres quedamos mudos, casi sin mirarnos. Estábamos solos y abandonados en el túnel de un tiempo acabado. Después nos despedimos con sonrisas, prometiendo volver a vernos. De pura fórmula. Ni a ella ni a mí nos interesaba un reencuentro y hasta hubiera sido mejor conservar nuestras viejas imágenes del recuerdo. Resulta demasiado duro tropezar, de golpe, por la calle, con los restos del naufragio de nuestra propia vida.

Petronila llegó envuelta en ese olor acre propio de las campesinas, como si el humo producido por el fuego de las ramas secas se les adhiriera a la piel. Ese día Lelia confirmó su segundo embarazo. Se abrazó a Arnaldo y le dijo:

-Estoy encinta -y quedó mirando el rostro de su marido.

Él clavó la vista en el humo del cigarrillo que se consumía entre sus dedos.

-¡A la pinta! -dijo Arnaldo-. ¡Qué bárbaro!

Los grillos volvieron a iniciar el coral interrumpido. Lelia se sentía feliz.

-Y bueno..., qué le vamos a hacer, Lelia... Yo quería esperar más a ver si nos comprábamos el combinado ése que tanto querés..., pero si ya está -tras cada palabra, hilillos de humo. Los grillos enmudecen del todo.

-Ayer hizo diez días que no me baja -susurró Lelia-, por eso que estoy segura que me embaracé.

-Vas a tener que irte al médico.

-Sí, pero todavía no hace falta. Recién desde el otro mes..., total, tenemos tiempo y no me siento mal.

-Ahora, pero ¿te acordás de tu embarazo de Rolito? Mejor que te vayas lo antes posible sique...

-¡Soy más loca también yo!... Que no tenemos plata y tu sueldo apenas alcanza...

-Si sale el negocio que estoy viendo, con unos amigos, te vas a ir al mejor sanatorio de la ciudad...

-¡Ah! -exclamó Lelia escéptica, mostrando el blanco de sus ojos-. ¡Ya sé yo tus negocios...!

-Sabés que parece que esta vez es diferente -quedó callado-. No seas argel, haceme el favor, ¿querés? Le enyetás a uno...

-Yo no soy argel..., y no creo en la yeta, m'hijo...

-Por lo menos, no pagamos alquiler...

-Gracias a mi tío Eduardo, ¡eh!, porque lo que es tu gente, m'hijo... A mí me parece que te casaste conmigo sólo porque se manifestó Rolito...

-No -respondió Arnaldo-, porque te quería...

-¿Y ahora?

-Te quiero más...

El cigarrillo quedó olvidado en el cenicero y los grillos, obedeciendo una batuta invisible, atacaron con energía la misma escala armónica, en un glorioso crescendo, en el preciso momento en que Arnaldo arrojaba lejos de sí la sábana bordada con florcitas rosadas, uno de los regalos de boda que aún conservaban, regalo del tío Eduardo.

Los grillos, con ecos lánguidos en el patio, inician el Da Capo del coral.

En invierno a la abuela le gusta matear y Petronila, la criada de la familia, por lástima o por hábito, le lleva la ardiente infusión que la vieja chupa de la bombilla de plata, que con el medallón de oro que lleva al cuello y donde todavía se conserva el retrato de Eduardo, es uno de los pocos objetos valiosos de la casa.

Y pese a la opinión de los demás habitantes, sus días no son vacíos. Al contrario, los vive en la intensa búsqueda que escarba dentro de las salamancas de su memoria, en especial hacia la hora de la siesta, cuando la hora ofrece la calma necesaria para deslizarse hacia otro nivel de realidad.

Me gusta recorrer las calles espesas de la ciudad, las periféricas al centro, aquellas misteriosas y llenas de secretos antiguos, de aromas ocultos, de voces y emociones que llenan mi tiempo ocioso de vagar sin destino, por el solo placer de sentirlas.

Los callejones inesperados surgen de improviso como una caverna abierta al costado del destello vanidoso del progreso y el oropel de las calles comerciales.

Son las calles densas, con vibraciones antiguas que resuman su historia por los poros de las paredes añosas, descascaradas, vencidas por la persistencia del inconcluso tránsito de los días que las acaricia, las marca y las circunscribe a esa personalidad marginal, de callejón, que les es característica.

Posición de las blancas: R1D; D4AR; A6AD.

Posición de las negras: R6DR; P7AD.

-¡Jaque!

El de las negras apoya sobre la cabeza del rey blanco el dedo índice.

Alrededor de la mesa de los ajedrecistas los comentarios envuelven el aire cargado de humo.

-Lo único que te queda es venir aquí. Única...

-Pero entonces corona...

Las negras apoyan el mismo dedo sobre el peón.

Este muchacho..., este muchacho...

Arnaldo está sentado ante un vaso de cerveza sin interesarse en la partida.

En una mesa cercana, una chica flanqueada por dos muchachos fuma, ríe y agita sus cabellos siguiendo el ritmo de la música difundida por la radio. En otra mesa, un viejo sorbe de a poco una taza de café humeante. Sopla, sorbe y vuelve a soplar. Algo más allá, un hombre de mediana edad lee el diario de la tarde. Arnaldo enciende un cigarrillo.

-Es mate en una -exclaman las negras.

-R1R.

-Ahí le coronás el peón.

-Entra mi torre por favor..., gracias... ¡Mate!

Las blancas se levantan y vuelve a ordenarse el tablero.

Arnaldo da un trago bien medido y enseguida acaba lo que sobra en el vaso. Paga y sale a la calle. Allí lo recibe la ciudad loca con sus vidrieras llenas de tentación, niños bocaestómagos. Mujeres bocaestómagos. Arnaldo no los mira. Suma sus pasos a los tantos de la ciudad loca y sigue su camino. Pasa un tranvía. De los pocos que todavía quedan. Arnaldo se aleja de las vidrieras. Se siente cansado y con el cuerpo dolorido.

Si por lo menos dejara de soplar este viento norte... -piensa.

Las luces de las esquinas alumbran el movimiento de la noche que comienza. Los bares están atestados de gente que sale de las oficinas y los comercios. Forman corrillos, fuman y conversan agachados sobre tacitas de café o frente a los vasos espumantes de cerveza. Otros simplemente recorren las calles, entran a las librerías, hojean los libros, indecisos entre comprar o no.

-¿Qué tal, papi? -le dice Lelia dándole un beso en los labios.

-Bien..., ¿y vos?

-Bien.

-Está haciendo mucho calor otra vez. ¿Ya compraste espirales para esta noche?

-Sí... compré una caja porque hay mosquitos por todos lados. ¿Te vas a bañar?

-Sí, estoy todo sudado. Me baño enseguida y vengo a sentarme afuera.

-La abuela estuvo muy nerviosa esta tarde.

-Y bueno..., la pobre. El calor...

-Pobre vieja... -luego de una pausa, Lelia agregó-. ¿Sabés que está subiendo una rama de santarrita por su silla?

-No me había fijado -responde Arnaldo sin prestarle atención y pensando ya en su baño-. Si no le comen las hormigas, se va a convertir en planta entonces... ¡Qué le vamos a hacer! Es vieja...

-Después de bañarte, vení. Hay lindo viento aquí.

-¿Y Rolo cómo se portó?

-Bien..., está jugando en la esquina. Va a venir todo sudado otra vez...

Arnaldo entra a la casa, enciende la luz de la sala y se dirige al baño.

Comprendí la hondura de mi soledad cuando comencé a sentir aprehensión ante los constantes esfuerzos que anticipaban la próxima partida del pequeño gorrión que encontré el domingo en el patio y al cual dediqué, desde entonces, gran parte de mi tiempo para alimentarlo y cuidar de él, cuidando no lastimarlo y algo triste al ver cómo se recuperaba. En unos días más, él se iría y yo volvería a quedar solo.

Era uno de esos pajaritos feúchos que, demasiado confiados en sus fuerzas, se lanzan del nido pretendiendo volar y lo único que consiguen es caer al suelo donde quedan lastimados y maltrechos, si tienen suerte.

Cuando lo encontré estaba dando unos saltitos dificultosos alrededor de la silla donde Irene permanece con los ojos perdidos en su lejanía.

-¿Qué te pasó, jovencito? -le pregunté, acercándome a él con cuidado para no asustarlo-. A ver si no te rompiste la patita -lo tomé con delicadeza-. Parece que no, jovencito...

-¿Cómo está usted hoy, señora? -dije dirigiéndome a Irene-. Se la ve muy bien -agregué bromeando, ya que hace varios años que ella se retiró a un mundo suyo, particular. A veces hasta llego a pensar que Irene no es esa figura informe y arrugada, ese montón de huesos envueltos dentro del pellejo laxo, casi transparente adherido a ellos. Un día fue mi esposa, mi compañera.

El gorrión se ocultó en el pequeño bosquecillo que crece al pie de una de las plantas de mango.

-A veces hasta hablo solo -dijo Eduardo-. Y hay tantas cosas de las que podemos hablar, Irene... ¿Dónde estás, Irene? ¿Dónde estoy yo? A veces, de noche, cuando estoy tumbado en la oscuridad sin poder dormir, me repito una y otra vez la misma pregunta: ¿Dónde nos equivocamos? ¿Dónde detuvimos nuestras vidas? A lo mejor yo soy el que se detuvo y vos seguiste... Yo me quedé, Irene, a pesar de todo. Me quedé a sobrevivir... y mirá a lo que he llegado... Me resulta insoportable la idea de que ese gorrioncito tenga que levantar vuelo un día de éstos y desaparezca entre otros tantos, porque es mi gorrión, ¿verdad?

El avecilla surgió de entre la maleza insistiendo en intentar el vuelo pese a sus reiterados fracasos. Eduardo lo miró sonriendo.

-¡Qué impaciencia, caramba! Si ya falta poco para que puedas irte.

Permaneció en el jardín toda la mañana. Preparó algo en el calentador del que se servía cuando no estaba con ánimos para salir a la calle. Prefirió quedarse. Se sentía tranquilo y condescendiente consigo mismo y de paso, le hacía compañía a Irene, aunque no significara nada. De pronto, ella comenzó a cantar.


...niños vienen
niños van
rápido sus pasos dan
marchando van
en hileras
con sus caras placenteras
tralalá, tralalá, trala la la la la la la...

Al oscurecer tenía decidido visitar a Lelia, una especie de sobrina nieta en segundo o tercer grado de parentesco pero la única persona que con cierta regularidad lo visitaba y él a ella y su familia. Recordó la última vez que fue a verla. Vivían en una casita que se venía abajo. Su marido era un inútil, empleado del gobierno. Tenían un hijo y, hasta donde él sabía, estaban bastante cortos de dinero siempre, lo cual Lelia sobrellevaba con su carácter jovial y brillante. Lelia era uno de esos escasos seres que saben transmitir alegría a los demás, se dijo Eduardo.

Petronila apareció en el comedor cuando Rolo iba por la segunda taza de café con leche.

-¿Que tal, Rolo? Te levantaste temprano hoy, ¿verdad?

-Sí -responde el niño-. Tengo muchas cosas que hacer.

-¿Ah? -exclamó la muchacha y se sentó a la mesa-. Vamos a ver..., sabés que a lo mejor el domingo nos vamos todos a pasear. Le escuché a tu mamá que se quiere ir a San Bernardino.

-¿Entre todos?

-Y claro -respondió la chica-. Va dar gusto con el calor que hace, ¿eh?

-Una vez estuvimos una semana en la casa de una amiga de mamá... ¡Qué gusto que dio y cómo me hallé!

Se alejó hacia el jardín y comenzó a desenterrar las botellas de a una, les quitó la tierra adherida a ellas y miró el interior. Muchas muertes. La mitad de la población de prisioneros forma un racimo de patas entrecruzadas, redondo y rígido. Los demás, los que todavía esperan una oportunidad para huir, se mueven con pasos lentos, evitando el montón de cadáveres.

Rolo se entretuvo vaciando las celdas. Los reclusos, habituados a una caminata resignada dentro del reducido mundo al que fueron arrojados, se desplazan sobre la arena del patio alejándose pocos centímetros mientras el niño vacía sin prisas los cadáveres de la noche anterior y busca a su alrededor nuevas víctimas para reemplazarlos.

Los insectos perseguidos eluden el acoso de los dedos gracias a la gran velocidad que despliegan sus patas y en segundos se alejan del monstruo, si al primer intento no logra prenderlos. Esto hace que Rolo se sienta molesto y burlado.

-Hoy van a haber muchos presos -piensa-. Y cuando encuentre el hormiguero voy a meterles fuego.

Cuando sumaron seis o siete los condenados, el trabajo se volvió arduo porque las nuevas detenidas eran rápidas, desacostumbradas a la resignación de las que llevaban varios días de cautiverio. No querían rendirse sin pelear y pretendían huir descendiendo sobre las manos del niño. Hasta algunas se detenían para clavarle sus aguijones, antes de morir aplastadas. A veces, el verdugo se contentaba dejando malheridas a sus víctimas, tras haberlas torturado.

Al otro lado del patio de los horrores, la abuela balancea sus pies sin dejar de hablar, riéndose de tanto en tanto con un «¡je, je, je!» agudo, mientras los dedos de sus manos rugosas se enlazan y desenlazan sin reposo.

El niño enterró las nuevas cárceles de vidrio atestadas de hormigas que suben y bajan en un desesperado intento por identificar el limitado recinto de sus tormentos. Se acercó a la abuela que cantaba una de esas viejas melodías de su infancia y que ya nadie recordaba.

Petronila llegó hasta la anciana.

-¿No querés nada, abuela?

-No, estoy bien pero tengo calor. Ayer llovió y me mojé todo porque me dejaron afuera. No sé por qué lo que me dejan afuera. Estuve hablando con papá y él me dijo que estoy así porque ustedes son malos conmigo. Estoy cansada de dormir en esta silla y de noche refresca cuando hay rocío. Voy a llamarle a papá porque ustedes no me cuidan. Le llamo papá..., papá... Cuando estoy cansada me pongo a llorar si no viene nadie y tengo que seguir aquí, en el patio, ¡je, je, je, je!

-¡Rolito! -exclama Petronila-. Todavía no te bañaste y mirá un poco cómo estás todo sucio de arena... ¡Qué lo que estuviste haciendo ya otra vez! Vení que te voy a bañar...

-¡Je, je, je!..., andá a bañarte porque a lo mejor viene mi papá y si te ve así no va a querer besarte... Mi papá dice siempre que le gustan las criaturas limpias y yo le voy a cantar


...niños vienen
niños van
rápido sus pasos dan
marchando van
en hileras
con sus caras placenteras
tralalá, tralalá, trala la la la la la la...

-Ahí está -se agacha y toma un puñado de tierra que mete en la boca y empieza a masticar.

-Esta langosta lo único que trae es desgracia -dijo Rosario Gavilán mientras le cebaba el mate al hombre con quien vivía desde unos años atrás, el padre de Ilaudino.

-La cosecha se va a perder, seguro -respondió el hombre sorbiendo la infusión que conservaba el calor gracias a la pava de agua que descansaba sobre el carbón ardiente del brasero de hierro negro.

-Este año va haber langosta -repitió ella, observando el horizonte con esa mirada aprensiva con que las campesinas ven pasar la vida a veces hasta muchos años después de consumida su juventud y hasta su madurez.

Ilaudino era el segundo hijo varón de Rosario que cuando él nació, ya tenía dos hijas mujeres de ocho y diez años y un niño de dos.

Como los otros hombres de Rosario Gavilán, el padre de Ilaudino se fue una tarde, quince días después de la Semana Santa y cuando las langostas terminaron por devorar cuanta vegetación útil o inservible existía en San Pedro del Ycuamandyju y sus alrededores, en la compañía de Fondo Rugua donde vivían. Dijo que volvería si llegaba a conseguir algún trabajo porque la cosecha estaba perdida y no había ya nada que hacer y que ellos pasarían mejor sin él. Cargó sus pocas pertenencias, montó el caballo que lo trajo un día y se perdió en la oscuridad que se espesaba en el horizonte.

A través de la ventana, Arnaldo observa el lento declinar del sol asido al palomar de la casa de enfrente y pronto a desaparecer. Sus rayos penetraron en la sala transmitiendo al ambiente un tono rancio y agostado.

-¡Arnaldo! -grita Lelia desde la cocina-. ¿No querés café con leche?

El hombre fija de nuevo sus ojos en los muebles que surgen en sus sitios, a su alrededor.

-¿Me vas a traer aquí?

-Sí..., si querés...

-Listo. Traeme un poco de galleta también.

-¡Ya otra vez! -rezonga Lelia-. ¡Con lo gordo que estás!

-Por comer dos o tres galletas no voy a subir nada. Además, Lelia, los únicos días que tengo tiempo para merendar son los sábados y domingos. Si no querés traer no traigas... No sé para qué ofrecés, entonces...

-Ya te llevo, no te plagueés más. Lo mismo vas a terminar siendo un viejo barrigón y feo -hace una pausa para colocar el pocillo de café sobre la mesita de la sala-. Y te aviso que no me gustan los gordos.

-¿Y qué vas a hacer si engordo?

-Te cambio por otro más flaco y listo. Cuando nos casamos estabas elegante -aprieta con sus dedos una protuberancia sospechosa bajo la camisa de Arnaldo-. ¡Mirá un poco! Estas lleno de mondongo.

Arnaldo la atrae hacia sí y la obliga a sentarse en su regazo mientras procura acariciarle los senos.

-No me toques.

-¿Por qué?

-No quiero -procura zafarse del acoso, peleando contra las manos inquietas de Arnaldo y ríe-. No pues..., que puede venir Rolo...

-¡Qué!..., si está jugando con sus hormigas...

-No... ¡no! -la risa de Lelia se hace más fuerte-. Ahora no, Arnaldo... esta noche. No, te digo. Me hacés cosquilla.

-¿Vamos a la cama...? Ahora... ¿Sí?

-¡Ya estás ya otra vez...!

-¿Hmmmm...?

-No -lanza una carcajada y en un descuido se desprende y escapa de él.

-¡Tsch! -exclama Arnaldo decepcionado y mete en la boca una galleta coquito-. ¿Viste cómo te resistís?

-Pero chamigo, ¿cómo vas a querer hacer el amor a esta hora? Puede venir cualquiera...

-Nos llaveamos y listo.

-No. Tengo muchas cosas que hacer. Todavía no preparé la cena.

-Me voy contigo a la cocina.

-Listo, pero sin hinchar porque si no no puedo hacer nada.

-Y ¿desde cuándo te hincho porque quiero besarte?

-¡Na!... Cada cosa a su hora, m'hijo.

Arnaldo la sigue llevando en una mano la taza de café con leche y en la otra el plato con las galletas.

-Ojalá sea nena -dice y se acomoda en una silla.

-¿No solés decir que preferís cinco varones en vez de una hija? Vos no sabés ni lo que querés... ¿desde cuándo se te antoja una nena, ahora?

-Y..., para completar la pareja, porque después, sea lo que sea, cerramos la fábrica.

-Ayer se movió.

-¿Ya?

Apoya una mano sobre el vientre de su mujer.

-¿Por qué no me avisaste?

-Estabas durmiendo. Fue a media noche. Me despertó...

-¿Y ahora?

-Hoy estuvo quietito todo el día.

-Avisame cuando se mueva otra vez.

-Listo -pone arroz en la olla con agua hervida-. Y no tengo tanto malestómago.

-¡Qué suerte! Con Rolo estuviste mal los cuatro primeros meses. Después te pasó.

-Te acordás que no nos podíamos ir ni al cine...

-¿Y esa vez que llegamos hasta la esquina y después te fuiste corriendo otra vez a casa para vomitar...?

-Te acordás...

El tiroteo comenzó del lado de la casa de gobierno desplazándose con secos estampidos que llenaron la madrugada de sobresalto y la recubrieron con el olor acre de la pólvora. El cielo encapotado, opaco y sin matices cubría la ciudad. En la calle se entrecruzaban los gritos, las corridas y las detonaciones, más espaciadas a medida que la claridad indefinida y gris iba quebrando el manto de nubes.

Se comentaba que los revolucionarios estaban siendo diezmados. Eran perseguidos y derrotados calle a calle, luego que las fuerzas leales al gobierno rompieron las barricadas, que, en su desesperación, habían levantado los insurrectos. Los corralones se llenaban con celeridad y a la tercera madrugada, los rebeldes se encontraron atrapados entre las tropas fieles que salían al ataque y los corralones de la retaguardia.

-Alguien golpea -exclamó Irene, asustada.

Eduardo abrió la puerta y tuvo que sostener a un hombre ensangrentado de la cabeza a los pies que lo miraba con ojos extraviados. Abrió la boca y movió los labios, como si fuera a decir algo, antes de desplomarse sobre las baldosas del piso de la sala.

-Éste es uno de los que se andan batiendo -dijo Irene y agregó compungida-. No podemos tenerle aquí, Eduardo... Quién sabe qué lo que nos van a hacer si le encuentran en casa.

-No podés tampoco dejarle en la calle así como está, ¿verdad?

-¿Y qué lo que vamos a hacer, entonces?

-Vamos a tratar de ayudarle, caramba... Por lo menos hasta que deje de sangrar.

-Pero tenés que avisar en el cuartel o si no vamos a tener líos con esa gente -lo ayudó a arrastrar al hombre hasta la pieza de servicio.

-Este tipo se está muriendo -jadeó Irene mirando al hombre tendido sobre el catre-. ¡Qué lo que podemos hacer nosotros, Eduardo! Mirá cómo tiene el cuerpo...

-Voy a buscarle al doctor Ruiz -dijo Eduardo-. Pierde sangre hasta cuando respira. Si no le ve el médico, en media hora se queda seco.

Al cabo de unos minutos Eduardo volvió acompañado de un hombre de mediana edad vestido con el guardapolvo blanco característico de los médicos. Se acomodó en una silla que le ubicaron frente a la cama donde agonizaba el herido, observando con atención que su respiración iba acompañada de un flujo de sangre roja y brillante, que resplandecía más tras cada palpitación del corazón, a medida que disminuía la fuerza y la frecuencia de las aspiraciones y espiraciones.

La tarde caía tras las cortinas echadas y la oscuridad en la sala y toda la casa era total, salvo en la pequeña pieza de servicio donde el resplandor púrpura de la sangre iluminaba a los asombrados espectadores que permanecían inmóviles, incapaces de pronunciar una palabra.

De pronto el moribundo abrió los ojos y se fijó en las tres figuras que lo flanqueaban, sumergidas en el ardiente caldo púrpura ocasionado por el resplandor de su sangre.

-Yo me muero -dijo en un susurro-, pero ¡viva Ilaudino Gavilán! -exclamó levantando el torso, apoyado en el codo derecho antes de derrumbarse sobre el catre. Eduardo, Irene y el doctor Ruiz, que se vanagloriaba de escéptico, vieron escapar por la comisura de los labios y los agujeros de la nariz del hombre, el halo blancuzco que se repitió brevemente en un ectoplasma casi transparente, pero que definía con precisión el perfil del cuerpo que abandonaba, antes de integrarse al furioso bermellón que hervía en el cuarto.

-¿Por qué no venís a acostarte un rato más? -dijo Irene con voz de somnolencia-. Hace frío con esta colchita transparente... Total, estamos de vacaciones, ¿verdad?

Eduardo se volvió a mirarla y sonrió. Irene extendía hacia él sus brazos, manteniendo, sin embargo, los ojos entornados. Cuando llegó al costado de la cama, ella lo tomó atrayendo a Eduardo hasta poder sumergir el rostro en la concavidad tibia del cuello de su marido.

-No sé por qué tenés que levantarte tan temprano.

-Iba a pedirle a don Orué que nos preparara el mate. Está haciendo un poco de fresco esta mañana.

Irene se desperezó y le hizo lugar a su lado. Eduardo se quitó los zuecos y se arrebujó bajo las mantas, sintiendo el cuerpo de Irene, joven y exigente, como en tantas madrugadas pasadas en ese exilio bucólico.

-Contigo no se puede organizar una revuelta, ni siquiera una revolución, porque no dejás tiempo -le dijo Eduardo, a lo que Irene respondió con un gruñido-. Me estaba acordando del hombre ese de Gavilán -ella le hizo sentir sus senos obligándole a acariciarlos-. No supe más nada desde que salimos de la ciudad y...

Apenas amanecía.

Lelia no hizo ningún movimiento. Abrió los ojos y quedó en suspenso, esperando descubrir qué la había sobresaltado a esa hora tan inusual para ella.

A través de la ventana podía divisar el patio, envuelto en la penumbra premonitoria del nuevo día, otro día caluroso de verano, disimulado todavía por la brisa fresca del este que agitaba las cortinas desteñidas de la habitación.

El canto de los gallos, viniendo de lejos, envolvió su memoria con recuerdos de la infancia.

-Cada vez hay menos gallineros en la ciudad -pensó, ya tranquilizada al no descubrir nada especial como causa de su imprevisto madrugón.

A su lado, Arnaldo ronca y de su rostro emana esa calma desnuda y vasta que es patrimonio de los durmientes, la que obtienen al influjo del pleamar que transforma la inquieta actividad de la vigilia en un suave agitarse de olas espumosas sobre la arena blanca y crujiente de la inconsciencia.

Al mirarlo le pareció indefenso y pequeño, como un niño.

-Es igual a Rolito. Cuando está durmiendo se le parece mucho -se dijo Lelia-, nunca me fijé que el nacimiento de sus cabellos se parecieran tanto.

Lelia no era de aquellas personas que buscan profundizar sus sentimientos a los que consideraba parte suya y a veces se descubría apartada de ellos. Le bastaba disfrutar de su vida, tibia y sin importancia, a la que estaba acostumbrada. Sin demasiadas satisfacciones pero sin conocer tampoco los dolores profundos que atormentan al alma.

-Nuestro hijo es sano, eso es lo que importa, ¿no te parece? -le dijo a Arnaldo una vez que se quejaba de lo difícil que se ponía conseguir dinero para cubrir las necesidades de la casa-. Al fin de cuentas, no somos ricos pero tampoco estamos en la miseria..., y esta casa que nos dejó el tío Eduardo es una bendición. No vas a pretender hacerte millonario de la noche a la mañana.

-No quiero hacerme millonario, pero sí quiero entrar en uno de esos esquemas que abundan y te hacen dar un buen salto de la noche a la mañana, como decís vos... La otra vez, por ejemplo, podía haber ganado unos buenos pesos, pero me llamó el jefe y me dio a entender sin mucho disimulo y muy claramente que ese negocio era suyo...

La claridad era mayor. Arnaldo se acomodó en sueños colocando un brazo sobre la cintura ya abultada de su mujer. A ella siempre le resultaba pesado soportar el brazo o la pierna de su marido descansando sobre su cuerpo, pero esta vez sonrió.

En la penumbra del patio distinguió la figura de la abuela. La heredaron con la casa y seguía allí, integrada a la santarrita que le sirve de dosel protector contra el sol y la lluvia, sentada en la silla de respaldo alto, árida y constante, repitiendo absurdas letanías y canciones olvidadas y cosa extraña, sin morirse nunca, con una especie de inmortalidad inexplicable.

-Ya estará despierta -se dijo- si es que durmió algo. Está viva -pensó luego, asombrada-. Y yo estoy viva también, como ella.

De golpe le asaltó la idea de que ella, Arnaldo, Rolo y sus hormigas (a las que ahora se le daba por encerrar en botellitas y enterrarlas en el patio), todos estaban viviendo, cumplían los mismos ritos vitales -sonrió porque estas últimas palabras le recordaron al tío Eduardo, que solía usar perífrasis al referirse a las cosas ordinarias-, mientras la abuela siga allí será igual a nosotros.

-¡Ufa! -se dijo-. La realidad son: Arnaldo durmiendo, Rolo durmiendo, la abuela en el patio y las hormigas prisioneras de mi hijo yendo y viniendo de un lado a otro dentro de las botellas donde las tiene encarceladas, no sé si por maldad o por capricho.

Se conocieron en una fiesta del Deportivo Sajonia y no era un Adonis precisamente, se decía Lelia, con esa ropa que le venía holgada, los zapatos deslustrados, el cabello lacio, los lentes de carey y unos kilos de más, porque había engordado en los últimos meses, le explicó Arnaldo.

-Y vos, ¿cómo te llamas?

-Lelia, ¿y vos?

-Arnaldo.

Después de bailar una selección foxtrot y bossa nova se alejaron de la pista hacia la balaustrada del club que da sobre el río y permanecieron silenciosos, mirando la oscuridad interrumpida a veces por el titilar de las luces de algunas embarcaciones ancladas cerca de la costa y que rielan sus brillos mezclándose con el resplandor de la luna. Vieron pasar una lancha iluminada que semejaba una enorme luciérnaga flotando en la noche.

-Yo trabajo en el ministerio -le decía el joven.

-Yo terminé la secundaria el año pasado. Estaba internada en un liceo pero ahora vivo en casa.

-¿Por qué en un internado? -quiso saber Arnaldo-. ¿Tus padres no estaban en Asunción?

-Siempre vivieron aquí -respondió Lelia-, pero no pueden atenderme porque conversan todo el día, sin parar. Ahora, en este momento, estoy segura que están conversando, lo mismo que cuando salí para el baile.

-¿De veras? -se interesó él-. ¿Y de qué hablan tanto?

-No sé -respondió Lelia-. Lo cierto es que desde que me acuerdo, ellos están hablando todo el día, sentados en la sala. Papá en su sofá. Mamá en un sillón de mimbre que hace ruido al hamacarse.

-¡Qué interesante! -exclamó Arnaldo con cierto aire socarrón.

-No sé, porque no entiendo de qué hablan.

-A lo mejor nunca les escuchaste bien nomás. Andá sabé lo que tienen que decirse, si es así como me contás.

Así mismo. Por eso estuve en el internado, porque ellos no me podían cuidar.

-Es medio raro, ¿verdad?

-No sé..., porque yo siempre los vi así, sentados en la sala y conversando. El que me atiende es un tío viejo que tengo.

-Han de tener muchas cosas que decirse -dijo Arnaldo, que no pudo impedir una carcajada-. Ahí están tocando una colección de boleros muy lindos. ¿No querés bailar?

-Bueno, vamos -dijo Lelia medio picada porque no entendía bien el motivo de la espontánea risa del muchacho, aunque éste le caía bien-. Pero no veo qué te causa tanta gracia acerca de mis padres...

-Nada -le tomó del brazo-. Será porque yo soy medio callado nomás que no entiendo a la gente que le gusta conversar. No te enojes.

-No me enojo.

Pasaron juntos el resto de la fiesta. Antes de retirarse él le pidió su dirección y le dijo que quería ir a visitarla al otro día. Lelia asintió.

Rolo, de pie junto a una de las ventanas que dan al patio, cavilaba absorto acerca del transcurrir de esa tarde húmeda que empañaba los cristales hasta condensar gotas de agua que se deslizaban hasta las ranuras inferiores de los marcos de madera carcomidos por el cupi-í.

-Vas a tener un hermanito o hermanita -le dijo Lelia, tomando entre las suyas las manos de su hijo y acercándolo a ella y se detuvo esperando la reacción del niño ante la noticia. Él bajó la vista.

-¿Por eso estás enferma y vomitás? -le preguntó.

-Sí -respondió Lelia sin soltar sus manos-, pero por ahora nomás. Después me va a pasar. Cuando estaba esperando la cigüeña de vos, también vomitaba mucho, pero después me pasó.

-¿Y cuándo voy a tener el hermanito?

-Falta mucho todavía -hizo una pausa-. Papá está contento porque dice que así vas a tener a quien cuidar y que te va a estar hinchando todo el día -rió.

-¿Y vos querías que yo tenga un hermanito?

-La verdad que sí..., hace rato que quería tener otro bebé... Ya vas a ver cómo le vas a querer.

A Rolo, que era observador por naturaleza, no le pasaron desapercibidos los cambios que se operaban de su madre. Las facciones de Lelia habían ido adquiriendo esa expresión beatífica que suele aposentarse en el rostro de las mujeres embarazadas.

El niño se dio cuenta que el hecho de tener un hermanito nuevo no era sólo la llegada del bebé. Ya los había visto a montones y todos se parecían, pero resultaba distinto ahora que debía convivir ese día a día compuesto del malestar, la impaciencia y hasta el malhumor de su madre. Pero por sobre todo, era la manera extraña de comportarse Lelia lo que llamaba su atención. Muchas veces la veía leyendo un libro que dejaba olvidado sobre su falda o suspendía el trabajo de croché, con la vista clavada en algún punto remoto, olvidada de cuanto le rodeaba. Entonces sus labios se distendían hasta acabar en esa sonrisa dulce y soñadora que desconcertaba al niño, haciéndole sufrir una rara presión en el pecho al mismo tiempo que el corazón le latía con tanta fuerza que temía llamar la atención de su madre hacia él y eso se le antojaba sacrílego.

Mamá va a tener un bebé -le comentó a un compañero de grado cuando volvían de la escuela.

-Nosotros somos tres -explicó el compañero-. Dos hermanas y yo.

-Y ahora mamá se siente mal todo el día. Vomita. A veces me reta de balde. Pero lo que más me da miedo es cuando se queda sentada sin hacer nada y mirando lejos. Sé que ha pensado en la luna.

-Pero vos has de quererle también al hermano que te va a venir.

-A mí me da rabia -respondió Rolo, pateando una lata vacía y herrumbrosa que estaba tirada sobre la vereda.

-No ha de ser que estás celoso, ¿verdad? -se burló el otro.

-No te digo eso. Te digo que me da rabia porque mamá está mal.

-Pero si todas las mujeres vomitan cuando van a tener hijo...

Rolo comprendió de golpe, observando el patio, cual era la razón de su desagrado. Al principio supuso que era la posibilidad de perder el amor de su mamá, aunque se consideraba lo suficientemente mayor para desechar esa idea. Lo desorientaban el semblante de Lelia y su sonrisa misteriosa, hasta que decidió que todo ello provenía de un diálogo íntimo entre su madre y la criatura por venir, una conversación de la cual él nunca podría participar y cuyo sentido se le antojaba extraño y odioso.

-Y al final de cuentas -le dijo el compañero- es lo más natural del mundo tener un hermano, ¿verdad?

-Ya sé -respondió Rolo distraído.

Tampoco se animaba a descubrirse y preguntar el significado de esas miradas perdidas, húmedas y silenciosas con que acompañaba Lelia sus escapadas hacia el interior. Una vez lo llamó.

-Rolo..., vení pronto..., traé tu mano enseguida.

Él se acercó venciendo la repugnancia y apoyó la mano derecha sobre el vientre abultado de su madre.

-¿Sentís?

-Sí -respondió apartando la mano enseguida

Ahí adentro algo se movía. Dos veces recibió los impactos inconfundibles de ese algo que se le antojó viscoso y repulsivo. Seguramente todo húmedo, sucio y con sangre.

A veces no podía cerrar los ojos por la noche pensando en ese animal oscuro que se agitaba en el vientre de su madre, blanduzco como esas lauchas asquerosas que dan tanto miedo. Cerraba los ojos y ahí estaba su hermanolaucha revolcándose dentro de su madre, apoderándose de ese cuerpo que hasta poco tiempo atrás era una parte confortable de la casa, de la vida cotidiana, una mano para cruzar la calle, la risa de Lelia confundida con los ruidos de la casa, la escoba al deslizarse sobre las baldosas del piso o el calentador calentando la leche para la merienda. Era algo concreto, algo que como su papá, la casa y los muebles siempre estuvieron allí, como la abuela, como Petronila, como las hormigas. Era su casa, el lugar a propósito para cobijarlo a él.

Ya no sentía ese tibio manto protector. Era eso. Era su hermano.

Se le aparecía dando vueltas y vueltas, un trompo loco en el vientre de la mujer, agitándose en medio de los fluidos espesos que lo hacen flotar. Sus enormes ojos de feto que lo observan sin otras facciones. El cuerpo irreal, las manos hechas de cartílagos confusos que le dan aspecto de patas de murciélago.

Laucha muda y asquerosa girando en el vientre redondo y grande de esa mujer desconocida en cuyo rostro se dibuja el gesto lánguido de abandono en la sonrisa enigmática, conclusión del diálogo secreto que ella sostenía con su hermanolaucha, con esa pesadilla húmeda de dentro suyo. El feto.

Su enfermedad, larga y dolorosa le había hecho preferir varias veces la muerte, pero cuando la desesperación y el fuego de sus células cedía, Eduardo recuperaba el afán de vivir, de prolongar en algo la agonía implacable. Lo supo desde el principio, aun antes de escuchar las palabras del médico, que cayeron sobre él como latigazos, simple confirmación de su penosa certidumbre. Salió del consultorio con pasos lentos, haciendo un esfuerzo por no llorar.

-Soy un hombre -se repetía-, soy un hombre.

Las pisadas resonaron sobre las resplandecientes baldosas del sanatorio. Le devolvían su imagen, gacha y derrotada. Llegó a la casa y se acostó tras besar la frente sin resonancias de Irene. Apoyó la cabeza sobre la almohada, encendió un cigarrillo que dejó consumir entre los dedos, sintiendo como minuto a minuto sus entrañas se agitaban en la vorágine de una danza macabra que transformaba a su cuerpo en una masa viscosa de carne corrompida.

-Mirá Eduardo -le dijo el médico, amigo suyo de la época del colegio secundario-, yo sé que sos un hombre fuerte y vas a poder resistir el golpe..., por eso creo lo mejor..., al menos me parece lo mejor, decirte la verdad -hizo una pausa en que sus miradas se sostuvieron enfrentadas. Después el médico desvió la vista y jugueteó con el cortapapeles que estaba cerca-. Tenés cáncer, Eduardo, y es terminal... Ni vale la pena operar...

-¡Cáncer! -repitió Eduardo. Sus dedos se agarraron a los brazos del sillón donde estaba sentado. Sintió las palmas sudadas-. ¿Estás seguro...? Bueno..., disculpá... ¡claro que estás seguro! -el médico asintió sin mirarlo-. Entonces, viejo -dijo Eduardo forzando una sonrisa- esta vuelta no es una purgación, por lo visto.

-No -respondió el médico.

Descansó la cabeza de cabellos grises sobre la almohada y se dedicó a pensar sin importarle el rumbo de las figuras que surgían y desaparecían de su mente.

-Tengo una eternidad que llenar sin contar con suficientes cosas que poner en ella. Ni con tres vidas iguales, ni con cien. Hay demasiado lugar en sesenta y seis años, siempre en lo mismo, siempre en el comienzo-. Si viviera nuestra hija -dijo en voz alta- por lo menos Irene no iba a estar tan sola, pero ya es tarde.

Encendió otro cigarrillo que se consumió en volutas de humo en el ambiente ya oscuro de la habitación. Escuchó el silbido del viento entre las rendijas y se le antojó como un canto melancólico. Arrojó el cigarrillo al suelo y quedó dormido.

Dejó pasar unos días, habló con Lelia y su marido. El joven le era indiferente pero sentía gran afecto hacia Lelia, que vivía muy ajustada con el magro sueldo de Arnaldo, recortado aquí y allá por aportes involuntarios y contribuciones inesperadas como se acostumbraba ahora con los empleados del estado.

-La ducha es lo mejor de todo -solía decir Lelia sonriendo cuando iba de visita a la casa de Eduardo-. En la otra casa teníamos que bañarnos con agua de aljibe que cargamos en una latona grande.

Se mudaron a esa casita, donde en el dormitorio apenas cabía la cama de plaza y media. La cuna de Rolo la ubicaron al otro extremo, en el corredor. Había un pequeño patio interior limitado por el dormitorio, la cocina de forma triangular, una muralla alta contra la que se restregaban las grandes hojas de dos bananos que nunca dieron fruto y el bañito con la ducha.

A veces Arnaldo se sentía impotente y tan deprimido que al observar a Lelia dormida, dejaba que por sus mejillas corrieran lágrimas humildes, mezclando los suspiros cautelosos con el susurro de las hojas de banano al acariciarse entre sí y contra el muro.

No tenían nada de nada y estaban metidos dentro de una nube de incertidumbre hasta que un sábado, alrededor de las cinco de la tarde llegó de visita el tío Eduardo. Tomó cocido de azúcar quemada acompañándolo con galletas que derritió en la taza, espantó algunas moscas y les pidió que fueran a vivir con él.

Cuando salía de mi arrobamiento de observar el agua turbia de la bahía que viene a morir en la playa con su desmayado vaivén, me alejaba hacia la realidad de esa catatonía que tienen las calles, parecidas a ancianos, con más pasado que futuro y más recuerdos que esperanzas y embebido en la frágil languidez adquirida de la previa contemplación del agua mansa, purificado de pensamientos egoístas, recubierto del aura de la consagración, me adelantaba con pasos calmos entre las dos hileras de vida y sollozos, de risas olvidadas y miradas furtivas que acompañaban a mi trajinar, a las que despertaba con el taconeo demasiado ruidoso de mis zapatos sobre el empedrado y las veredas de piedra losa desparejas.

Avanzaba percibiendo la caricia de las sombras lóbregas de un pasado lejano, fuera de la realidad del bullicio cotidiano, de las luces de neón y de las vidrieras vanas y exigentes. Callejuelas marcadas por las arrugas, calles de otras épocas, de días iguales pero más jóvenes que al ser observados a través del caleidoscopio del tiempo, hasta parecerían mejores.

Esos callejones, a los que llamo ancianos, se llenaban por la noche del transitar de parejas furtivas, urgentes y transitorias. Allí, en esas antiguallas, compartiendo su decaído señorío, se abrían las puertas de bailongos, como el Hernandarias, el Hispano Paraguayo, el Criollo, donde las mujeres esperaban ya dentro de ellos, ya en la calle, a los clientes de unas horas.

En verano, el bullicio comenzaba al atardecer y crecía con la noche. La música surgía cuando la oscuridad apagaba la identidad y como en una fiesta de disfraces, el anonimato estaba protegido por lo indefinido de la hora y se perdía en la animación de arpas y guitarras, de bandoneones desafinados, cantantes gangosos y las dicharacheras mujeres de risa fuerte que salían a bailar en la pista alumbrada por luces rojas y verdes.

La campana repiqueteaba con insistente alegría desde lo alto del campanario de madera sólida que la sostenía desde hacía por lo menos cien años.

Ése era un domingo especial porque el padre Miguel casaría nada menos que a cinco parejas del poblado, lo cual era motivo suficiente para que desde temprano echara a sonar la vieja campana.

Antes que saliera el sol ya había gente preparándose para asistir a la boda colectiva y quien más quien menos buscaba la mejor de sus ropas para estar a la altura de las circunstancias, aunque en la generalidad de los casos iban descalzos o con los pies calzados en altos zuecos de madera.

Eduardo, entregado a la vida mansa de su aburrido exilio era un invitado más. Después de tomar unos mates, estaba sacando agua del pozo, cuya roldana se deshacía en gemidos al hacer correr la piola medio deshilachada que extraía el balde cargado de agua.

-¿Vos no te vas a bañar todavía? -quiso saber Eduardo dirigiéndose a Irene que continuaba remoloneando displicente en el catre donde pasaron la noche durmiendo al rocío.

-Anoche dormí mal con la cantidad de mosquitos que había -respondió Irene, desperezándose-, pero ya no voy a poder seguir durmiendo. El cura no va a terminar con las campanadas hasta que todo el pueblo y las compañías de los alrededores llegue a la iglesia para asistir a su bendita boda múltiple.

-Para él es un triunfo -comentó Eduardo.

-Ya lo creo -respondió Irene-, para él es medio como la conversión de los primeros cristianos.

-Y no es para menos -exclamó Eduardo a los gritos para que su mujer lo oyera entre los chapuzones que se daba con el agua fría de la latona-. Según don Orué, hace por lo menos cinco años que no se casa nadie en el pueblo.

-Y bueno..., me levanto -se resignó Irene-, si no no voy a poder tomar ni un matecito.

-Yo ya salgo -le gritó Eduardo. Y agregó acercándose a la casa envuelto en una toalla-. Dicen que la revuelta de Ilaudino Gavilán no tiene nada que ver con los partidos políticos, que es una aventura loca de un caudillo alucinado y quijotesco que va a terminar en la cruz, como todos los iluminados.

-Vos le admirás.

-Sí, claro..., uno no puede menos que hacerlo...

-Ahora a lo mejor ya lo mataron...

-No, me contó don Orué que hubo un ataque a la policía en Asunción, con aviones y todo y que ahora la cosa no es tan clara. Escaparon los presos. No sin antes causar buenas bajas entre los carceleros que corrían pidiendo socorro -se interrumpió para cebarse un mate-, esta revolución parecía hasta ridícula... En eso tiene razón don Orué, pero ahora la cosa es diferente, ¿verdad?

-Cuando apareció Gavilán nos dijimos: ¡otro ambicioso más! Un campesino ingenuo y osado. No es militar y lo llaman comandante, dicen... Así decíamos, ¿verdad? Ni militar ni político... ¿Cómo va a echar a un gobierno como el que tenemos, con una red de pyragüé que encontrás hasta en tu sopa?

-¿Y qué ocurre? Lo inesperado. Cuatro meses después la revuelta que se inició en una lejana compañía de San Pedro, toma cuerpo. Los campesinos se amotinan, pierden la timidez y la abulia que les caracteriza y se van apoderando de armas en los cuarteles. Armas primitivas, pero armas al fin. Y con ellas es más fácil conseguir otras. Se vuelven astutos, surgen los jefes naturales y no faltan los veteranos de la guerra que con propiedad son mi sargento y mi teniente.

Se entusiasman, escuchan de nuevo las palabras olvidadas, resuenan en sus oídos las marchas marciales, se les llena la sangre de vida, es el grito de combate, huelen la pólvora y sacan de algún rincón de su rancho el viejo fusil que quedó colgado cuando se tuvo que volver a empuñar el arado. Están cansados, ellos también, de las palabras y las mentiras, de ese día a día que no tiene variantes. Van y vienen. Se desentienden del surco que pasa al cuidado de las mujeres. Se prepara la cecina, las vituallas, se desempolva la caramañola, se lustran las polainas: -Mi capitán, usted tiene que venir con nosotros. Nosotros estamos con Gavilán, sí, mi teniente, Gavilán atacó otro puesto y se está preparando para bajar a la capital. Usted tiene que venir con nosotros, etcétera, etcétera...

-Y la mayoría va -terció don Orué que se había acercado por detrás de Eduardo, haciendo señas a Irene para que no lo delatara- por no decir todos -agregó-. Y le puedo asegurar que si esto sigue así, muy pronto Gavilán le va a estar pisando el poncho al gobierno.

Siguieron hablando del momento político hasta que Irene les llamó la atención acera de la hora:

-Si no te apurás, vamos a llegar tarde al gran acontecimiento del pueblo y eso el cura no va a perdonar.

-Tiene razón -le dijo Eduardo a don Orué que ya estaba vestido con corbata y traje oscuro-. Ya vengo, ya vengo.

Volvió a salir ya vestido con el traje de casimir inglés, el que siempre usa en las ocasiones importantes de su vida y cuando la solemnidad del momento exige el incómodo rigor de la camisa de seda que con el sudor se pega al cuerpo, el cuello postizo almidonado hasta convertirse en un cartón blanco purísimo.

Los tres fueron bajando la cuesta que zigzagueaba irregular y llena de pequeños montículos y depresiones entre las que sobresalían matas de pasto sobre la tierra colorada de la que se levantaba la polvareda a causa de la pequeña brisa que había comenzado a soplar.

El repiqueteo de la campana y la gente vestida de fiesta que se dirigía a la iglesia bajo el sol del domingo así como las carretas tiradas por bueyes y los caballos enjaezados, procuraban al ambiente un aire de fiesta patronal en la cual la alegría cobraba intensidad a medida que el grupo se acercaba al enorme patio de la iglesia, donde se había preparado el altar para llevar a cabo la ceremonia.

-Se consigue permiso del delegado para que venga la calesita y ya se puso en la plaza -le comentó uno de los caminantes a don Orué-, y va haber la banda para bailar despué y el paí ya hizo una cantina ñemú para despué.

-Y mesa para jugar truco si quiere -completó otro- y debajo la parralera e que se va a bailar.

-Hata don Emeterio que é de Narajaty y que ya hace dié año que vive por ña Francica dice que va casarse taén...

-¡Una feró conga lo que va ser, don Orué! -concluyó el que había hablado primero.

El patio de la iglesia semejaba una inmensa romería, saturada del aire oloroso de la fritanga preparada en los braceros a carbón.

Eduardo echó una mirada alrededor y se dio cuenta que estaban todas las autoridades del pueblo sentadas en el lugar de honor que le hizo preparar el párroco. Había también algunos soldados ubicados en sitios estratégicos, apoyados en sus viejos fusiles, mirando desfilar la gárrula bulliciosa de mujeres y hombres que buscaban la sombra, esperando el inicio de la ceremonia.

-Allá tá ña Luisa con don Maciel taén y su tre hijo que le va dar su anillo -comentó una mujer-. Mirana que linda pa que etá con su vetido blanco largo que le hizo ña Filomena.

-Y dice que Ugenia sique mandó traer de Asunción para su juego de azar -agregó otra que estaba a su lado-, porque si me vía casar por Taní, me vía casar bien, dice que dijo.

-¡Nderaityre!

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