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ArribaAbajoInvasiones

Un espacio crítico tiende a establecer límites de comunicación entre los seres humanos. Cada cultura manifiesta singulares características al tomar distancia, y pareciera que también hay una influencia climática. Los nórdicos, por ejemplo, consideran que es mucha cercanía conversar manteniendo una separación prudencial de un metro. En cambio, los tropicales latinoamericanos hablamos unos con otros a punto de aplicar la respiración boca a boca.

No obstante, nosotros también necesitamos muchas veces definir ciertos círculos de soledad, fijar alejamientos paralelos a las aproximaciones. Y sea cual fuere nuestra nacionalidad, podemos sentirnos invadidos en numerosas situaciones: en el trabajo, cuando nos llenan de cosas inútiles el escritorio, en el dormitorio de la casa, cuando entran sin permiso o somos interrumpidos en medio del descanso, la lectura u otro entretenimiento, en la calle, cuando...

Cada uno puede confeccionar su propia lista de invasiones, que quedarán como pequeñas anécdotas caseras si las equiparamos a aquéllas que se dan de un país a otro, utilizando tanques blindados, aviones, metralletas y toda la gama sofisticada de armamentos actuales.

A lo largo de la historia planetaria, hemos visto cómo se sucedían intentos hegemónicos, competencias entre pueblos y tribus, luchas denodadas por la expansión del poder, grandes devorando a los chicos, una y otra cultura imponiéndose sobre las más débiles o jóvenes. Lo que no imaginábamos   —85→   es que proseguiría ese instinto primitivo afín al desconcierto que acompaña a la inexperiencia.

Creíamos que el ensayo y el error eran válidos como fuentes de aprendizaje, que nuestra civilización podía haberse curado de espanto con algunos hechos que sobrepasan la siempre limitada capacidad de comprensión que tenemos.

En el caso de la invasión de Panamá por fuerzas estadounidenses, así sea Noriega el más temible bucanero moderno o el famoso canal un elemento estratégico de imponderable soporte económico -las justificaciones pueden ser miles, comenzando por una comunidad que sufre y casi tiene perdida su identidad-, hay mucho que condenar.

El Gobierno norteamericano puede decir que existe un concierto de naciones, que no podemos permanecer indiferentes ante las vicisitudes de nuestros vecinos y amigos. Puede argumentar también que actúa con generosidad, protegiendo, salvando a los menos favorecidos por sus anteriores procesos de colonización. Puede ignorar como antes las voces de protesta, los reclamos.

Puede. Lo que no puede ni podrá explicar jamás en términos de rendición de cuentas es por qué diablos se empeña tanto en mandar a la gente a matar y a morir.




ArribaAbajoLa compra

El recorrido de almacenes, despensas, mercados, tiendas, galerías, se inició temprano.

En todos los sitios había más mujeres que varones, empeñadas en la tarea de llenar la canasta familiar o adquirir algún artículo suntuario,   —86→   con suerte. Excepto para unos pocos, las frutas, la carne, la ropa, las verduras, son un lujo. Al pretender adquirir algo considerado de primera necesidad, no hay ninguna relación entre el debe y el haber.

Salieron de sus casas con intención de aprovisionarse de alimentos y enseres para la higiene, nada más. Pero luego los costos gravitaban. Incrédulos, los consumidores iban transformándose. Se tornaban pálidos. Miraban recelosamente a los demás, como si ese mismo forzoso no hacer nada significara intención de robo o algo peor, como el asesinato de la señorita que cargó alevosamente su carrito y además pagó y salió del súper con la mercadería.

¿Sería una extraterrestre? Otras conjeturas menos amables rondaban las mentes ansiosas al unísono: Tendrá amantes... Será una delincuente común, nena de papá traficante de drogas, prostituta, degenerada, hija de contrabandista.

Las estanterías colmadas, continuaban como estaban, repletas. Era como si el demonio se hubiera introducido en cada cuerpo paralizándole e impidiendo la adquisición del jabón y del queso.

Muchos daban vueltas como alrededor de la noria, no precisamente indecisos, sino asustados.

En medio de esta catástrofe colectiva sobresalía una señora que probablemente acababa de enviudar. Totalmente vestida de negro. Negros los zapatos y las medias, negra la falda, negra la blusa, negra la tricota y los ojos tristes.

Se acercó al mostrador. Juntó billete sobre billete. Fue la única, silenciosa compradora. Evidentemente, sus sueños y sus recuerdos ya no eran de este mundo. Se alejó con seis flores de plástico y raso, diminutas, que mañana domingo adornarán el panteón de su amado difunto.



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ArribaAbajoLa otra

Mucho se ha hablado de doble, triple, y cuádruple personalidad, en fin, de una multitud de seres que nos habitan simultáneamente y confieren perfiles dispares al comportamiento. El fenómeno ha sido estudiado científicamente, y en un plano más sensacionalista, se ha aplicado en obras de ficción y en creaciones cinematográficas.

De una manera más simple, anecdótica y personal, admití ayer que trabajo como una condenada. ¿Para qué y por qué? Cada uno de nosotros tiene sus particulares argumentos ante el exceso de trabajo: ambiciones desmedidas, la plata que no alcanza para los gastos fijos, escapismo, necesidad instintiva de productividad o altos ideales que se canalizan a través de su aplicación en labores concretas.

Esta confesión pública quizás tenga paralelismos con muchas otras vidas. ¿Qué busco trabajando horas y horas? ¿Es mi irrefrenable deseo de éxito personal? ¿Quiero ejercer en forma permanente cierta influencia social sobre mis conciudadanos por un exacerbado deseo de reformar mi medio? ¿Necesito justificar mis acciones cumpliendo con el precepto de ganar el pan con el sudor de mi frente?

Luego de variados razonamientos, concluí que trabajo a veces brutalmente, exponiendo mi cuerpo a un desgaste inútil, sin mantenimiento periódico, por temor a identificarme. Porque siento terror de encontrarme conmigo, conocerme y amarme, apreciarme con mis virtudes y mi predisposición   —88→   para el error, con mis maldades y bondades, mis zonas oscuras y mis aspectos luminosos.

Entonces, trabajando a veces veinte horas al día, me lanzo a una carrera desesperada, huyendo de la otra, pequeña y vulnerable, reflexiva y despierta, cauta y solidaria, ansiosa de caminar sin prisa y llenarse de verdes y amarillos, de sonidos antiguos, de tiernos contactos también con los demás. Y, cuando bajo la ducha o en esos segundos que anteceden al momento de dormir, ella me toca suavemente la espalda, quiere hablarme, sugerirme un sueño hermoso y gratificante... la rechazo. Temo que me convenza. Que me repita cuán estéril es mi lucha o me cuente el cuento del hombre que no tenía camisa y era feliz.

No se imaginan, sin embargo, las ganas que tengo de encontrarme con ella, con la otra que soy yo misma, que me duele por desconocida (siempre descartamos lo que no conocemos, por la suma de prejuicios que vamos acumulando), y sentarnos tranquilamente como dos buenas amigas a tomar un café, a contarnos nuestras cosas, y que ella me reconvenga: «No seas tan competitiva ni tan agresiva ni tan ansiosa ni pretendas ganarle al tiempo ese concurso». Y yo le recrimine: «Sos muy pancha, muy campesina, muy cursi y sentimental, y después de todo, que somos una y somos diferentes, que de esas distancias está armada nuestra existencia, y nos aceptemos, por fin, y toleremos nuestros mundos ajenos, separados, nuestras costumbres disímiles, nuestros gustos contrapuestos. ¡Ay, qué lindo sería!

Tal vez esta tarde, luego de mi descarado desahogo impreso, pueda buscarla en un espejo o en una puesta chaqueña de sol, y me quede calladita por una vez, y la escuche. Tendrá tantas cosas que contarme...



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ArribaAbajoLa prisión del silencio

Saber callarse es de sabios. Distintas filosofías se han dedicado a exaltar el valor de la prudencia. A las niñas nos enseñaron a ser recatadas y discretas. Los asmáticos desprecian la verborragia porque deben ahorrar aire para canalizar sus energías en otros menesteres.

El silencio es oro, dice una máxima, o en los hospitales: el silencio es salud. Los paraguayos nos hemos acostumbrado a apreciar incalculablemente esta mudez. Somos parcos por naturaleza. Somos monosilábicos. Nos encanta responder a una larga perorata con un simple sí o con un no. Y hasta cuando se dirigen directamente a nosotros, como en el chiste, contestamos: «¿Yo, doctor?», no habiendo en el consultorio sino alguna que otra mosca desatinada.

Será el largo ejercicio de la sumisión. Será la predisposición innata para acatar la orden furiosa de ¡cállate!

No te metas en líos, aconsejaba la abuela y la imitaba el hijo. Cierra el pico. Te voy a llenar la boca de tierra si vuelves a decir ese disparate. A buen entendedor pocas palabras.

Claro, también están los que adoran el diálogo, sobre todo cuando pueden escuchar con paciencia y lograr que los escuchen, ser convencidos y convencer, gritar cuando es necesario, cantar cuando se tienen ganas, silbar...

Cómo nos anima una conversación bien llevada. Es un verdadero placer. Más cuando se combinan la gracia y la Inteligencia, el poder del conocimiento, la certidumbre de que nadie posee   —90→   una sola verdad, de que podemos cometer errores y rectificarnos.

El silencio puede llevarnos por ríos capaces de concluir en el puerto del descubrimiento. Pero quien intenta permanecer mucho tiempo en este mutismo se torna su prisionero. Avaro, aspira el aroma del mundo, olvidando el mecanismo de la espiración, que nos impulsa a dar.

Cuanto más cerca estamos del todo y de la nada, más osadamente penetra la palabra en nuestras vidas, más quiere reflejarlas.




ArribaAbajoPirolatría

¡Cuántos personajes representamos involuntariamente cuando se produce el espectáculo gratuito de un incendio! Con toda la carga ancestral de la fábula bípeda, en forma soterrada somos Nerón tocando su lira mientras las llamas envuelven a Roma.

Reemplazamos la música por una afonía mórbida, un desmayo, una carcajada histérica... ¿Presentimos que es destruyendo como podemos empezar a construir? Al emperador Nerón le desagradaba esa ciudad irregular con sus tortuosas calles: quería la gloria de fundar otra y darle su nombre. Nosotros nos limitamos a ser mirones ignotos pero protagonistas, al final, del espectáculo.

En ese encuentro multitudinario surge el show fuera de programa cuando un policía aplica su cachiporra gritando «retrocedan», y los pícaros hombres aprovechan el apretujamiento. Ululan sirenas dispares de los camiones de los bomberos,   —91→   de las ambulancias y del auto de la Cruz Roja. Suenan dos y tres clases de pitadas alertadoras y acuciantes. Se mezclan el fuego, el humo y el agua en una magistral danza sobre la urbe.

Aunque nadie esté encerrado en el edificio que se incendia ni se evidencia peligro de muerte a primera vista, todos corren, se ajetrean, ponen caras desesperadas. Sobre todo los dueños de casas o negocios aledaños al sitio en llamas. Es cruel decirlo, pero la gente se divierte. Es el circo imprevisto. Es el jovenzuelo que ha sido pillado robando en la boutique de al lado, aprovechando la barahúnda. Es el bombero intrépido que por primera vez brinda entrecortadas declaraciones para la radio y la televisión. Es el periodista menos valiente que micrófono en mano hace bandera subiéndose a la larga escalera metálica de los bomberos, una vez que el fuego ya se está apagando.

Fuego-juego. Los contenidos de los sistemas mágicorreligiosos están muy ligados a creencias sobre el poder y la fuerza de la naturaleza. En la leyenda griega, Prometeo trajo el fuego a la tierra: ¡encendía su antorcha en el carro del sol! En muchas religiones antiguas el fuego era el medio al que se apelaba para transmitir las ofrendas a la deidad, o a las almas de los muertos. En otros casos se adoraba al fuego mismo y con frecuencia este ritual tenía que ver con la adoración del astro rey, que difícilmente puede distinguirse de la del fuego.

¿Será por eso que todos vamos en tropel cuando nos cuentan que en una calle el negocio de turno se está carbonizando?

Desde remotas épocas nos han fascinado las llamas azules de los fuegos fatuos. ¡Cuánto corrimos creyendo que nos indicaban el lugar de la plata enterrada!, y no constituían sino un curioso fenómeno de combustión espontánea de ciertos   —92→   gases que se desprenden de sustancias animales o vegetales en estado de descomposición, al tomar contacto con el aire.

También nos tentaron procazmente las luces de bengala y los cohetes, los fuegos artificiales y aquellos buscados en el silencio cómplice con un velado afán piromaníaco. ¿Quién dijo que las ventajas de la llama se limitan a calentar, cocer alimentos, hacer salir de los bosques a los animales de caza, movilizar a las joyas de la tecnología contemporánea?

Frente a un incendio sabemos que aunque el homenaje al fuego ha desaparecido prácticamente, su simbolismo perdura. Si no fuera así, ¿por qué marcharíamos apasionadamente hacia las Ramas, respondiendo a un antiguo e inexplicable llamado?




ArribaAbajoLa trampa del cuerpo

¡Plaf! como una bolsa de papas que revienta de puro llena... Es el cuerpo abandonado. Ya no es simple alerta. El organismo ha llegado al límite. ¡Cómo lo castigamos!

Mientras, gran número de hombres y mujeres se autoidolatran centrando las máximas atenciones en el cuidado de su recipiente. Es otra forma de castigo.

Largos, delgados, esculturales, ¡sin una gota de grasa! Así es como tú sueñas, ¿y quién no? tener los muslos... ¡jum! Aunque vayan enfundados en los jeans, están expuestos a los ojos del mundo. Es la era del bikini. La microminifalda domina el imperio de la moda. ¡Y no hay forma de ocultar unos muslotes que parecen   —93→   dos salchichones! De manera que, ¡empieza hoy mismo a poner remedio al problema!

Difícil es resistirse a sugerencias o imposiciones costumbristas con las que nos bombardean, aunque intuyamos que hay algo más que la materia perecedera, una disposición energética para la transmigración.

El culto al cuerpo estético es la onda, la moda, ¿el estilo de hoy? Algo impactante. Algo casi convincente.

Reiterados mensajes nos proponen salud, belleza, elasticidad, eterna juventud, triunfo, con sauna y baño turco, masajes terapéuticos y reductores, la asistencia del cirujano plástico «in», las vendas filas con gel anticelulítico, o lo que sea, ginmasias y el ballet que modificará la mirada y el molde.

Nuestra figura se convierte paulatinamente en un verdadero santuario de la vanidad.

¡Brazos sin flaccidez! Diez minutos: ¡ganemos firmeza y buena forma! ¡Acrobacia facial, antiarrugas!

Sutilezas, astucias, hierbas, relax. La super equilibrada dieta de mil calorías para alcanzar el verano sin un gramo extra, aunque para ello tengamos que arrastrarnos mientras el día nos saluda desde lejos, y pasa.

Caminatas, trotes, y también el deporte que acerca a lo más granado del club social. El que juega tenis pertenece a esa clase de gente con clase.

Nos convertimos en satisfechos esclavos de las circunstancias y de nosotros mismos, de lo mejor que tenemos, de nuestros cuerpos, que nos contienen, que nos guardan en su compleja totalidad.

Qué terror, cada mañana, ante la balanza, inmóvil dominadora que acecha desde su sitial de honor. ¡Agujita, no subas, no subas!

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Y agua para la piel. Hasta aguacharse condenadamente: más de diez litros por día son suficientes para odiar la bebida más deliciosa de la tierra.

En vez de poner a nuestro servicio cada elemento de la naturaleza, nos dejamos atrapar y luego observamos con envidia el salto a la cuerda de los demás, esa innata apetencia de actividad.

Nos resentimos cuando un campesino que no tiene espacio ni dinero para brindar lujosas atenciones a su físico, pasa atléticamente por la calle, ante nuestra humanidad plagada de fatiga, como consecuencia del sacrificio que hacemos para lograr lo que natura nos negó, o lo que no supimos conservar en armonía y equilibrio, en un lento proceso que se extiende desde el nacimiento, durante todos los períodos de la existencia. El movimiento cotidiano, simple, a través de cada una de sus tareas, de sol a sol... le da gratis a «este pobre infeliz» una silueta sin asomo de panza.

También podemos tener en casa sofisticados aparatos, un minigimnasio con máquinas ideales para abúlicos, que hacen solas la mitad del trabajo. El esfuerzo es mínimo. Nos pondremos a punto muy cómodamente usando mancuernas, pesas, remos, espaldares, cinturones con sobrecarga, bicicleta fija que coordina andaduras de piernas y brazos, zapatos de hierro (usarlos hasta que lastimen, descansar y seguir), tobilleras, extensores, muñequeras, barras con resortes... Sólo es cuestión de elegir los aparatos que correspondan a cada parte del cuerpo que se quiera mejorar: para abdomen y cintura, piernas y glúteos, para un busto firme o una postura perfecta.

El costo económico es lo menos relevante. ¿Cuánto puede valer una obsesión? ¿Qué precio puede tener el desmesurado tanteo de metamorfosear el cuerpo para responder a las exigencias   —95→   de un modelo prefabricado en torno al que giran incontables millones de dólares? Y dolores.

Nuestra materia es única, irrepetible. ¿Por qué poner en práctica recetas generales, por qué abusar de ellas ciegamente, en vez de recoger lo mejor que plantean?

Si pudiéramos adaptar cada consejo a nuestras particulares condiciones, no someternos a fórmulas agotadoras, y respirar profunda y espontáneamente, sin coacción en ningún movimiento.

Si pudiéramos reencontrar el placer del contacto íntimo con el cuerpo, con el ritmo que él nos pide en silencio, después de tanto camino recorrido sin separarnos jamás, con lo mucho que nos conocemos, con cada venita que forma parte de nuestra historia personal. ¡Qué fantástico sería! Escucharíamos los latidos del corazón y sentiríamos lo que nos pide con su sístole y diástole. Cuánto más bellos, fuertes y sanos seríamos, desde dentro, hacia el exterior que nos acerca a los otros cuerpos.




ArribaAbajoLas viejas que nos esperan

Con todas sus arrugas y deseos postergados, rezan las tres ancianitas eternizando sus expresiones y sus mantillas negras.

La imagen es sobrecogedora: veo en ellas desencadenado el futuro de todas las mujeres que aún podemos considerarnos jóvenes. Veo la historia de la mujer, de la que en alguna época creía y demostraba que no sólo se lucha por una misma, que los ideales no sirven para nada mientras   —96→   no son llevados a la acción. Son como cuchillos a los que les falta el mango, inútiles.

En este encaje retrospectivo, veo a nuestras abuelas, a las que no sabían nada de escritorios ni de intelectualizaciones: amaban, sufrían, gozaban, trabajaban. Y quizá podían transmitir su entereza a sus hijas, nuestras madres, advirtiéndoles con el ejemplo que no hicieran una ética del aburrimiento, que se enfrentaran al poder de los hombres no desde la vereda de enfrente, como víctimas, con quejas y lamentos, sino a su lado, en el lecho, con su ternura y su pasión... a su lado, en la calle, con argumentos razonables, con pruebas contundentes de la injusticia.

Me pregunto qué pensarán ellas -estas viejas que también nos esperan a nosotras en algún sitio de la vida- de las jóvenes que nunca-acaban-de-acabar-lo-que-no-comenzaron, de las mujeres peleadoras, que no tienen nada que decir, pero lo dicen igual, muy mal y del modo más tonto que pueden.

Para algunos la estampa que describo representará sólo a unas pobres beatas asustadas, a las que a falta de esperanza les queda sólo el recurso de las jaculatorias. Mujeres que pensaron que su función en el mundo era nada más que la de parir hijos. Mujeres que se resignaron a ser usadas como animales de carga. Mujeres que se limitaron a aceptar que ser dignas implicaba ser obedientes con sus padres, con sus esposos y con los preceptos de la Iglesia.

¿Qué ocurriría si muy a lo Julio Verne decidiéramos destruir todas las barreras de tiempo y espacio? ¡Cuán revolucionarias habrán sido estas añosas damas para sus antecesoras! Y cuando nos llegue el turno de observar lo que en el 2030, por ejemplo, hagan las mujeres de la edad que hoy tenemos nosotras...

Entonces nuestras hijas y nietas -tal vez con sombreros reemplazando a las mantillas- ya sabrán   —97→   que las reivindicaciones femeninas no se logran con cacareos ni con pancartas. Que no basta con el derecho al voto y el acceso a profesiones consideradas prestigiosas. Que no son suficientes los entusiasmos aislados, los fragmentos circunstanciales de la vida, porque lo que hace al ser humano más íntegro y trascendente, al final de cuentas, es la totalidad de su conducta.




ArribaAbajoLos amos de las ideas

Son comerciantes frustrados, porque cuán engorroso es vender algo tan inmaterial e impreciso como una idea.

Los dueños-padres de las ideas están en todas partes. No necesitan títulos ni cargos laborales específicos. Pululan en las oficinas, en los comedores, en las esquinas más diversas, y al menor descuido te intimidan asegurando enfáticamente: La idea fue mía.

¡Oh, un inventor de arquetipos! ¿En qué fábrica se procesan sus geniales creaciones? Son capaces de patentar inclusive una imagen relacionada a la forma de prolongar la vida útil del fósforo. Siempre pendientes del soplo de su inspiración, hurgan en novedades exóticas para presentarlas como hijas de su talento, autoconvencidos de su intrínseco ingenio. Cada chispita de pensamiento original asociada a algún boom actual es fruto de su esfuerzo individual, proyección de su maravillosa e inigualable energía intelectual.

¡No pretendan robarles sus paradigmas! Estas representaciones mentales, valen cuanto pesan. Caras y sublimes son sus quimeras: se pagan hasta con el honor. En realidad no tienen costo, éste no se puede objetivar. ¿Cómo ponerle   —98→   precio a un concepto, a una noción o a una creencia?

Platón y Aristóteles fueron verdaderos magos para usar la intuición y el juicio. Han transcurrido siglos y todavía son muchísimos los que se apropian de sus descubrimientos pretendiendo vendérselos al mejor postor. Estos griegos ocurrentes y visionarios son prototipos simbolizados en algún abuelo, en un viejo vagabundo o en toda una colectividad que con sus usos y costumbres van derribando mitos y erigiendo nuevos tabúes. Uno de ellos, predilecto de nuestra época, es el tabú del conocimiento.

Así, alguien bien informado parece cultísimo y hasta sabio. Esa máquina archivadora de frases y hechos no deja de tener su importancia en este planeta de desmemoriados, donde el señor doctor o el licenciado merecen el máximo respeto no sólo por sus valores personales, por su conducta, sino porque se han atragantado con las letras de los libros. Algunos las han puesto a su servicio y al de los demás, y otros tantos abusan de tal condición para mostrarnos obcecadamente su maravillosa superioridad.

Pareciera que Marco Polo, Cristóbal Colón y otros dignos aventureros, todos, los históricos y los de ficción, hubieran revivido para introducirse en el hígado de los poseedores de ideas, a quienes fastidian bailándoles una rumba en el organismo.

No tienen, pues, otra opción: nos molestan a nosotros. Y si, cohibidos, nos atrevemos a replicarles: «Será tuya la idea pero otro la puso en práctica y eso es lo que vale», ¡sálvese quien pueda! Parece ser que la idea está alejadísima de la acción.

También puede suceder que, entusiasmados, le contemos a un dueño-padre-amo de ideas algo magnífico que vislumbramos durante toda la noche   —99→   pasada en vela atando cabos, revisando recuerdos y cuadernos. En medio del relato, en el punto culminante, justo cuando expongamos lo fundamental... ¡zas! nuestro interlocutor hará un suave ademán, mirará de soslayo, sonreirá irónicamente y sentenciará: «Hace veinte años que vengo pensando y diciendo lo mismo». Si es más humilde, simplemente alegará: «Elemental, elemental, eso se sabe desde que el mundo es mundo».

La única manera de combatirlo, y de salvarnos de su soberbia, es la conversión. ¡No! En él nada se transmutará. La metamorfosis debe ser nuestra. Nos uniremos a la cofradía de los antojadizos que proclaman: «La luz del sol brilla en el universo desde mi nacimiento». El único riesgo es que sospechen de la inutilidad de nuestro propósito. ¡Es imposible capturar la forma! Ella es infinita, utópica, irreal, poética. Y hay algo más deplorable: todavía no se ha inventado el antídoto para el aburrimiento.




ArribaAbajoLuces y sombras de un rol superior

Profundo y sutil al mismo tiempo es el nudo que vincula a los hijos y a sus progenitores. El contacto unificador se acentúa con la madre, figura suprema de la cosmogonía sentimental de los terráqueos. Al concebir a su prole, las mujeres fundan una revolución positiva y altruista, que automáticamente las convierte en heroínas, aunque asuman el desempeño de este papel exclusivamente desde la función biológica.

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Por algún misterioso designio de la naturaleza, la primera palabra que pronuncian los bebés es mamá, generalmente en todos los idiomas. Apenas nacemos, una gran conspiración nos hace sus víctimas.

Las primeras palabras que nos enseñan a leer y escribir son Eva y mamá. Los versos que encienden de ilusiones nuestra infancia están dedicados a la madre y a la maestra. Y mamá es también nuestra primera maestra, la que nos da el beso inicial, la que nos obsequia la vida.

-Sin mí, no existirías -reclama la madre al adolescente.

La deuda se acrecienta con los años. Y la culpa también. Cotidianamente, la madre se encargará de hacernos depositarios de sus más íntimas frustraciones. Al mismo tiempo, únicamente a sus hijos dedicará las oraciones más dulces sin temor al rechazo. Ningún amor que se comparte con otro puede equipararse, en su expresiva autenticidad, a aquel que en línea recta se desplaza desde el centro emotivo de una madre hacia el hijo.

La misión tan ingénita y animal de la procreación, se transforma mediante históricos procesos culturales, en una prodigiosa experiencia admirada por todos. Millones de mujeres, entonces, se ven obligadas a completarse con el embarazo, con el parto y con el ejercicio de la maternidad, aunque posteriormente sufran la carga de la fortuita decisión como un error de sus destinos.

La sociedad, la tribu, imponen con sus normas y usos anquilosados, la creencia de que la soledad conduce a la infelicidad, que Dios, Patria y Familia son los fundamentos de la existencia de un ser humano bueno, que una mujer sólo se define totalmente a sí misma proyectando su propia vida en la creación de otros seres humanos.

Al renunciar al desarrollo de una profesión, o simplemente al ensayo de ser libre, con un futuro   —101→   abierto, la mujer se perpetúa a veces servilmente en el quehacer de madre. Iza la bandera del sacrificio y se enfila con las víctimas que nunca ambicionarán su propio horizonte infinito.

Estas mujeres fracasadas, producto de un sistema socioeconómico que les impide el acceso a la escolarización formal y al disfrute de los valores espirituales e intelectuales de todos los tiempos, son las que detallan de buena fe que acopian vástagos para que las ayuden en la capuera. Son también las fanáticas religiosas que bajando los ojos aseguran: Tendré todos los hijos que Dios me mande. Son aquéllas que esclavizan a sus pequeños y observan a escondidas el trabajo que hacen en una esquina peligrosa, como vendedores de chicles o limpiadores de automóviles. Son las que, motivadas por la ignorancia o la desidia, rechazan la urgente necesidad planetaria de un control efectivo de la natalidad.

Sin discusión, la maternidad es un intento sublime de generosidad práctica. Al mismo tiempo, genera una de las emociones más fuertes y compensadoras que puede gozar una mujer madura. Porque un armónico estado físico y psíquico es exigencia ineludible para aceptar el cumplimiento de una responsabilidad inmensa de la que jamás podrá evadirse. Quien opta por convertirse en mamá debe saber que lo será hasta la muerte. Que así haya cumplido ochenta años, tendrá que seguir velando por la salud, la educación, la seguridad de sus descendientes. Se comprometerá a dejarles una herencia material y espiritual. Luchará permanentemente contra la instintiva omnipotencia: ¡Mi hijo!, y renunciará a poseerlo, por el simple hecho de haberlo tenido durante un tiempo en su vientre. Olvidará el toma y daca, dejará de exigir que el hijo devuelva las atenciones que recibió.

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Una madre ejemplar no usará al hijo para retener a su pareja, ni para otro fin que tenga connotaciones de chantaje. Distinguirá que ha sido un asombroso vehículo para prolongar el milagro de la existencia humana. Apreciará que en la crianza de los hijos valen más los hechos que todos los sabios y antiguos consejos. ¡Cuántos apremios y obligaciones sobre los frágiles hombros femeninos!

Esquivando las sombras, entramos al universo de las que son madres respondiendo al llamado de una verdadera vocación, apartada de dogmas e imperativos tradicionales. Ser madre, así, es un privilegio. Es el júbilo misterioso de traducirse en hacedora de una obra fundamental. La madre es protagonista de un extraordinario fenómeno. Crece junto al hijo. A medida que lo conoce, lo ama. La convivencia la impulsa a moldearse junto a él.

Sólo una madre sabe cuándo es anormal la respiración de su niño. Sólo ella es capaz de intuir, aun dormida, que la temperatura del cuerpo del bebé ha subido durante las horas de la madrugada. ¡Y cruzó un ratoncito por la habitación! Ese cuerpo de su cuerpo ha empezado a gatear. A dar los primeros pasitos. A emitir sonidos ininteligibles... Aun cuando la independencia de madre e hijo adopte sus perfiles precisos, habrá siempre unos brazos extendidos hacia ese refugio único, siempre tibio: el regazo de su mamá. Un hilo invisible y atemporal encontrará reunidos a la madre anciana con su hijo también ya canoso.

Sólo el paso del tiempo puede enseñarnos a florecer como madres. Ningún manual puede reemplazar a la experiencia. Quizás, sí, las abuelas tengan la ciencia y el derecho de revelarnos en qué momento, de qué manera, con justa nobleza se exclama: ¡Misión cumplida!, cuando una mujer que se comprometió a explorar la sagrada   —103→   aventura de la maternidad, logró que la devoción y el amor se multiplicaran en el honor y la dicha de sus hijos.




ArribaAbajoMañana es lunes

Alicia, la que sueña con su país de las maravillas, se levantará hoy y, multiplicada, entrará en el cuerpo de muchas, adoptará sus ganas, sus usos domingueros, sus abulias. Se dirá que no es día de solemnidades, se contemplará en el espejo para comprobar que del otro lado su mejilla derecha es la izquierda5. Mientras desayuna, buscará en el periódico la anécdota sorpresiva, el horóscopo, la crónica social. Punto.

Mañana harán paro los maestros, pidiendo lo mismo que las empleadas domésticas: sueldo mínimo.

En realidad -pensará Alicia, agobiada-, solicitan poco. Jubilación automática, escalafón inmediato, seguro social para los miembros de sus familias.

Hecha un lío, planeará su ayuda, aunque sea prohibiéndoles a los chicos que asistan a clases. Si el presidente alude carencia de fondos del Estado para hacer efectiva la solución inmediata a las reivindicaciones del magisterio nacional y el ministro de economía afirma que no hay dificultades monetarias ¿quién de los dos está más seguro de lo que dice?

Entretanto, el subsecretario de Industria del ministerio respectivo y de Comercio, menciona la falta total de fondos que sirvan como financiamiento para la reactivación industrial en nuestro país: el parque manufacturero se encuentra obsoleto.

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¿De qué manera digerirá todo esto la gente común, como Alicia, como yo, como usted? ¿Se aferrará a su empleíto?, ¿seguirá con las pequeñas estafas cotidianas?, ¿buscará guerra donde nadie está en plan belicoso?, ¿tomará una pastilla para dormir y olvidar?

¡Por favor, que es domingo! Alicia intentará borrar las preocupaciones. Mentalmente, se convertirá en detractora de todos los que arman líos por nada, de los que en vez de poner el hombro se aplican a cuestionar con agresividad las buenas obras de este Gobierno mediante el cual por fin podemos expresarnos libremente los paraguayos, en camino hacia la verdadera democracia.

Tranquilizada, saldrá a dar un paseo y observará el esplendor de la naturaleza. ¡Qué lástima! Lo único que no podrá sacarse de la cabeza es la tenaz prevención de que mañana es lunes.




ArribaAbajoNiños

Las miradas de los niños que hoy pueblan nuestro planeta nos dicen que su influencia en el destino universal será decisiva. En apenas unos años de su existencia, el mundo se transforma con un vértigo que no han experimentado nuestros antepasados, durante siglos y siglos.

Una niñita escucha con los ojos encendidos a su abuela, que recita himnos y oraciones a los dioses de Mesopotamia: cantan al amor divino con un sentimiento religioso que expresa admiración y agradecimiento. Muchos textos de la Biblia -historias, salmos- corresponden a pasajes de estos himnos antiquísimos. Mil años antes de Jesús se oraba en Mesopotamia, en Egipto, en Canaán.

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«¡Yo te llamo, padre mío Amón! / Estoy en medio de pueblos numerosos que no conozco. / Todas las naciones se han unido contra mí. / ...He llegado hasta aquí por orden de tu boca, oh Amón. / No he traspasado tus deseos».

Tanto en un Kibbutz, en Israel, como en una perdida calleja cairota, niños absolutamente concentrados en sus pensamientos, niños que casi nunca ríen, nos cuentan que están haciendo otro planeta con los elementos que les brinda su tiempo, pero ya a su imagen y semejanza.

El Corán es como un viejo cuento que miles de parlantes repiten varias veces al día. Los coptos organizan sus rituales muy cerca de las ceremonias del islamismo y del cristianismo. Los judíos ortodoxos se aferran a sus ancestrales hábitos. Entre ellos, los niños celebran a su manera el milagro de seguir vivos.

El conflicto árabe-israelí tiene raíces profundamente religiosas. Por ejemplo, los grupos cerrados de musulmanes, chiítas, que se encuentran en Irán, Siria, Irak, algunos en Israel y pocos en El Líbano, son los que fueron deportados de Israel a la frontera del Líbano. El extremismo es una realidad peligrosa que acecha con su manto negro de fanatismo religioso. En el nombre de Dios, como en cualquier otra guerra, miles de seres humanos juegan a matar y morir.

Mientras, la mayor parte de los niños crecen sin conocer un juguete. Sus padres no tienen dinero ni tiempo para comprarlos, ocupados en conseguir un poco de comida aunque sea tres veces por semana. Sus hijos se foguean en el trabajo prácticamente desde que nacen. Y si a pesar de todo, juegan con lo que encuentran al paso o con la luz de su imaginación, lo hacen segregados de la vida real de los hombres y mujeres que trabajan.

Qué curiosa la similitud -apunta James Hillman, analista junguiano-, que presenta este   —106→   ámbito del ser el de la niñez, con el ámbito del manicomio (unos siglos atrás y aún hoy), donde el loco era considerado un niño, un pupilo bajo la tutela del Estado o el ojo guardián del médico que cuidaba paternalmente a sus hijos, los insanos, como de su familia. Qué extraordinaria esta confusión del loco con el niño, de la enfermedad mental con la niñez.

«Niño», «niñez», son términos que no designan una realidad efectiva sino un modo de existencia, percepción y emoción que hoy insistimos en adjudicarles a los niños reales.

¿Quién de nosotros, adultos conformes con el color gris de nuestra civilización, se atreve a dar salida al niño que conserva en su interior, bien o mal? Si lo hiciéramos, comprenderíamos mejor a las criaturas que traemos al mundo y a las que crecen en el vecindario, seríamos más solidarios, evitaríamos la omnipotencia6 de pensar y creer que les vamos a dejar un mundo hecho a nuestra medida, por nosotros creado.

Este es un hábitat que nosotros heredamos, ciertamente, con su estructura preestablecida y con escasas posibilidades de intervención. En cambio, los niños de hoy tendrán en poco tiempo tantas revoluciones como nuestros antecesores no se atrevieron a soñar durante siglos.

Los modelos que nos ofreció la generación anterior, son similares a los que ahora ofrecemos a nuestros niños. Somos responsables del pasado, pero es hora de dejar de gritar triunfalmente que les estamos construyendo el futuro. Ese futuro no lo transitaremos nosotros, y ya será el presente de las vidas adultas de estos niños que ahora se dedican a diseñar pacientemente sus nidos posibles.

Atención: miles de niños nos observan y en sus ojos resplandece la mirada divina.



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ArribaAbajoDel diario de una anciana crítica

Estábamos tan ocupados en importantísimos asuntos propios de nuestra vida adulta y preocupados por lo que pudiera suceder...

Esta actitud era muy bien vista por nuestros congéneres, y los especialistas en boga calificaban nuestras caras aburridas como un signo de madurez. A mayor seriedad y adustez, más respeto como premio.

Si a estos valores del comportamiento agregábamos cierta facha contraída, un natural desaliño demostrativo del desprecio hacia las superficialidades de los afeites, y si además éramos un tanto panzones, pelados y canosos (se entenderá que aludo a ambos sexos), ya teníamos un sitio social bien ganado.

Una sonrisa afable de vez en cuando nos era permitida, pero la moda era la irritación a flor de piel, cierta severidad en los ademanes y una mirada que ni por asomo expresara.

En esta secta de respetables personas mayores tampoco era bien admitida la belleza, símbolo inequívoco de frivolidad, y quien se afanara en perseguirla podía ser acusado de cabeza hueca. Así es que los feos y huraños ocupaban cargos privilegiados, y ya ni se diferenciaba entre el temor o la veneración que suscitaban. No me incluyo entre ellos sólo porque jamás conseguí un puesto de verdadera jerarquía, y no niego que, contagiada por los hábitos en boga, mil veces también ladré en vez de recurrir a sonidos reconocibles como humanos.

Todo esto hubiera dejado de registrarse en mis cuadernos como algo llamativo, si no fuera   —108→   por esa obstinación en la negatividad que nos ha llevado hasta lo inimaginable. Sí, ha hecho que rechazáramos a los niños: probablemente su alegría y vitalidad eran bofetadas muy dolorosas.

En esos tiempos, desde luego, los varones se ocupaban poco de sus hijos. Se los veía reunidos aquí y allá, en fiestas o en el trabajo, solos entre grandes, excepto algún que otro domingo en los primeros años de recién casados.

Y las mujeres... Si alguna osaba insinuar tímidamente que el nene... y hoy no tengo con quién dejarle... El hecho de ser mujeres con hijos-en-edad-de-crecimiento nos excluía inmediatamente de los grupos de vanguardia, y si aún así intentábamos acercarnos, provocadoramente, con nuestro niño de la mano, la sanción moral era inapelable. ¡Quién podía soportar el «desclasamiento»!

Todas terminábamos dejando al niño en casa, dominadas por la vergüenza y la culpa. Oh, pecado, con marido o sin él, tener un hijo en plena revolución de la productividad femenina.

Hoy, desde mi mecedora, no puedo evitar que se me atenace un poco la garganta cuando observo a mi nieta alzar en brazos a su tercer bebé, orgullosa y eufórica, como hacía mi abuela. ¿O estaré trasponiendo los tiempos?




ArribaAbajoNo hablo de usted, hablo de su vecino

Nuestro hombre no era de esos que llamamos del montón, pero tampoco era demasiado original. Agregaba a su simpleza una curiosidad natural. Acumulaba energía hablando poco y mirando mucho, leyendo desde Patoruzú hasta Visión   —109→   (Lacan permanecía inexplorado), y oyendo también lo que no debía.

Su rutina, de pacífico ritmo, un día se alteró. Antropofagia. Autoantropofagia. Comenzó a devorarse a sí mismo a través de una técnica rarísima.

Puntualmente a las seis comenzaba su cielo de información con el único noticiario televisivo de la hora del desayuno más tres radios que lo enloquecían con indigestos datos sobre el dólar tarambana, guerras, revoluciones, golpes de Estado. Paralelamente leía dos, tres y hasta cuatro diarios, para que nada escapara a su control personal de los sucesos.

Consecuencia: a las ocho de la mañana su itinerario estaba poblado de dudas y planes inconcretos. En el automóvil seguía escuchando dos radios, la del vehículo y una portátil a la que era aficionado -por no hablar de vicio-. Durante la mañana, con las demás joyitas tecnológicas -teléfonos, fax, secretarias automáticas y comentarios del último partido de fútbol y sobre los partidos, los otros- terminaba convertido él mismo en una perestroika destartalada.

Volaba a su casa al mediodía para ver el noticioso y aguardar la entrega de las revistas y los vespertinos. La siesta fue sacrificada. Colirios para la vista. Regreso al trabajo.

Hasta el oscurecer, entre timbres, timbrazos y cafecitos, con un subrayador amarillísimo marcaba los derroteros informativos que mejor podían servirle para elaborar nuevas estrategias de mercadeo. O simplemente para convencerse de que las cosas están cambiando, ya van a cambiar, ¡cambian!

Empecinado como él solo, guardaba algunos recortes en un portafolios negro, apuntaba pavaditas en su agenda negra y nuevamente rumbo   —110→   al televisor. Entendía la mitad menos un cuarto de cada cosa, pero quedaba satisfecho, por lo menos hasta la hora de última edición informativa, cuando ya en ese estado indefinible entre el sueño y la vigilia tenía repentina conciencia de que era sujeto y objeto de un experimento único practicado con la raza humana.

Esta capacidad de ser receptáculo indefenso de todo lo comunicable a través de la prensa, o mejor, de la «nueva cultura», podía cuantificarse al fin. Bajo las sábanas, el hombre comenzaba a sentir un ligero temblor en los pies que aumentaba gradualmente su vibración y se extendía hacia las zonas superiores del cuerpo. Flotando entre formas oníricas, se veía a sí mismo sin vísceras, totalmente vacío de órganos, abruptamente reemplazados por letras que formaban palabras e inclusive ideas, con una ensalada de discursos y jerarquías. Fue de esta forma que se comió a sí mismo.

Ayer su esposa me dijo que no sabía si llorar por él, sentir piedad o llamarse a comprensivo silencio. ¿Qué? ¿Usted también se siente aludido? Si no hablo de usted, hablo de su vecino.




ArribaAbajoNos mienten porque mentimos

«No preguntaré a Kathy sobre sus amores» piensa la madre en el cuadro de la historieta. La hija, a su vez, piensa: «No diré a mamá por qué vino sin avisar. Ambas están sentadas una al lado de la otra y miran fijamente al frente. «No rezongaré sobre el desorden reinante aquí», se dice a sí misma la madre en la siguiente tira. Y Kathy: «No le diré nada sobre su llamada de anoche».

  —111→  

En los siguientes cuadros se sonríen entre dientes y la madre habla: «La conversación decae cuando nos autocontrolamos, ¿verdad?»

Ninguna de las dos miente. Porque para nuestros códigos de comunicación, el silencio no es mentira, aunque los legalistas puedan afirmar que existe la mentira por omisión.

Parece ser que en épocas anteriores la verdad no estaba sujeta a tantas interpretaciones filosóficas, morales, psicológicas, políticas ni domésticas. Entre verdad y mentira los límites estaban bien claros, y no se conceptualizaba mucho sobre el significado de ambas palabras. La verdad era verdad y la mentira, mentira.

El tiempo pasó y Perurimá nos enseñó que enredado en su lengua podía transformar la fantasía en mentirilla pícara, con afán utilitario. Entre fabulaciones, al final, la burla no podía ser interpretada como mentira. Claro que también se suele denominar mentira a la manchita blanca que a veces se forma en las uñas.

Mucho se utiliza esta palabra. ¡Mentira! Con qué facilidad es el recurso defensivo primero, el que está más a mano.

Una lista de excusas universales, típicas, incluye las siguientes mentiras: «Tengo dolor de cabeza». «Tengo que trabajar hasta muy tarde». «No quise herirte». «Fue sólo una broma». «No espero nada a cambio». «Sólo quería ayudar». «Por supuesto que me importa» y... «Nunca miento».

«A veces es inevitable mentir», es la justificación más común, junto con «a veces es necesario».

La verdad (definida en el diccionario como conformidad de lo que se dice con lo que existe) es que cuesta reconocer que mentimos porque nos mienten. Y, lo que es más dramático, nos mienten porque mentimos. Se me ocurre un trabalenguas   —112→   que servirá como ejercicio no sólo para la lengua, sino para nuestra pobre alma. Si lo repetimos, quizás dejemos de ser tan mentirosos.

Miento porque me mienten y me mienten porque miento. Mintiendo miento y me mienten. Y me mienten mintiendo los que mienten.




ArribaAbajoRumores, sólo rumores

Se prolonga el sopor de la siesta.

Me dijeron que dicen que comentan... El rumor podría ser bien graficado partiendo del movimiento de las pelotas de ping-pong. ¿Pero de dónde nace? ¿Podría establecerse una psicología del rumor? Algunos piensan que sí (y éste es un ejemplo de la forma natural que tenemos de protegernos, de escudarnos, cuando es mucho más fácil decir «yo pienso que...»).

Algunas de las causas del rumor podrían ser: la inquietud, la confusión, el deseo latente de que se realice el objeto del rumor, la búsqueda de novedad, rabia, resentimiento... Estos sentimientos, emociones y estados, también tienen sus orígenes debajo de un naranjito, un lugar en el que parece haber muy poco que hacer precisamente porque todo está por hacerse, o lo que se ha hecho y se hace está demasiado oculto por una atávica inquisición.

Es menos problemático sentarse debajo del arbolito a esperar que los otros se movilicen, a mirar sus acciones, buenas o malas, y ocuparse de cosas benéficas, de rifas y atuendos de primavera, o cuando ya no queda ninguna alternativa de acción personal, comenzar a tocar los dormidos   —113→   resortes de la fe, confiar en una supuesta salvación del alma a través de la visión de imágenes de la Virgen aquí y allá. ¿Qué más da que haya fracasado la cumbre entre los gobernantes de China y EE.UU., qué nos afecta a nosotros, superprotegidos en el paraíso de los naranjos, donde el tiempo duerme en viejos relojes patriarcales y todavía podemos decir «nos vemos mañana a la tardecita», sin horarios, sin compromisos, pudiendo ir o no a la cita?

Una de las causas cercanas del rumor, es la desocupación, cuyas razones a su vez son la concentración de la riqueza, la mala estructura de la economía, la falta de políticas crediticias cambiarias y de comercio exterior adecuadas a la realidad, el estrecho mercado interno, la expansión del contrabando y sobre todo la anemia. Tomemos hierro. Es la mejor receta contra la haraganería y la única manera de evitar el rumor. ¿Quién anda diciendo por ahí que no hay más parrilladas porque las vacas se van todas al Brasil? Puro rumor...




ArribaAbajoSexo y política

Los más sonados escándalos políticos de la última década y de ésta se asocian a un tufillo de sábanas que se exhibieron ante numeroso público antes de llegar a la lavandería. Expertos en la materia fueron europeos y norteamericanos, pero los japoneses no se quedaron atrás y los latinoamericanos, dignos remedones, iniciamos también nuestro peregrinaje por alcobas que se hicieron famosas en la prensa.

Más timoratos o pudorosos, los paraguayos nos limitamos a hablar del acoso sexual que ejercen   —114→   ciertos líderes políticos sobre sus compañeras de trabajo. En vez de adjuntar a nuestras acusaciones las pruebas del delito (como hacen los ingleses, que exhiben fotografías de su duquesita con los senos al aire, cosa que, por otra parte, es habitual en la mayoría de las mujeres europeas), entrevistamos en televisión al político acusado dándole la oportunidad de defenderse en compañía de su esposa y de su numerosa prole.

Hay otros tantos casos que no se publicitan a través de los medios convencionales de comunicación, pero sí por medio del chisme callejero, que es la información más requerida por los nativos de estas tierras. Basta que soltemos el rumor maligno acerca de la persona a la que deseamos dañar, y en una semana la liquidamos. Su nombre comienza a estar de boca en boca. Ya ni sabemos si es tan cierto que aquí nadie gana ni pierde reputación.

Ese fulano es homosexual. Listo. Nadie lo desmiente. El mote lo acompañará así tenga un harén de preciosas damiselas. Decir que alguien es comunista no asusta hoy a nadie, pero, por ejemplo, afirmar que una mujer ejerce la prostitución de bajo o alto vuelo es requemante, y aunque se haga monja de clausura, se mantendrá signada por la denominación que el vulgo ha popularizado.

El blanco preferido de calumnias o de legítimas acusaciones, son los políticos, nuevas estrellas que reemplazaron en notoriedad a artistas del espectáculo y a deportistas. Atendiendo que el desempeño de este rol tiene un carácter fundamentalmente público, los señores y señoras que optaron por el liderazgo social deben rendir cuentas de sus quehaceres y abstenerse de actividades sexuales o intereses relacionados con este menester. Deben sacrificarse por el pueblo que los votará. Deben ofrecerle la virginidad o, por lo   —115→   menos, esconderse bien. Utilizar argumentos asociados a valores morales o éticos sería naïf.

Hace pocos días un sondeo planteaba a la gente qué hacer en caso de que su hijo, su marido o su novio fueran heterosexuales. Los encuestados entraban en pánico inmediatamente, con sólo escuchar la cola de la palabra: hetero... sexual. El término sexual los desquiciaba y el reportero insistía pausadamente: he-tero-se-xual. No había caso. De inmediato, todos, negros y blancos, altos y bajos, ricos y pobres, gordas y flacas, respondían:

-Lo mato.

-Lo dejo.

-Dios mío, me suicido.

Sólo una madre afligida atinó a contestar:

-Lo llevo al médico.

Tanto el sexo como la política ponen en jaque nuestro inestable equilibrio social.




ArribaAbajoSobre ciudades

A veces, de tanto andar y desandar las mismas calles, pasamos por alto los cambios graduales que en ellas suceden. Tal vez el mangal ya no esté, o en lugar de la humilde placa del dentista -que otrora rezaría «sacamuelas»- se levante un ostentoso letrero anunciando: Centro Especializado en Rehabilitación Bucal. Así, con todas sus mayúsculas.

La ciudad crece. Nosotros la conformamos y ella nos conforma. Gran ciudad, gran soledad. Variados son los dichos populares que buscan identificar o promocionar algún rasgo saliente de nuestras ciudades. En el colmo del orgullo: «De   —116→   Madrid al cielo, y allí un agujero para ver Madrid».

El slogan de Asunción la define como madre de ciudades. Concepción, la muy noble y muy ilustre... repetíamos desde chiquitos todos los concepcioneros, al mismo tiempo que mirábamos asustados la forma terrible en que nuestra ciudad se iba aislando y empobreciendo cada vez más.

El desarrollo material de los pueblos produce al mismo tiempo grandeza y degradación -basta con observar rascacielos con paredes espejadas irguiéndose al lado de mansiones coloniales que van desapareciendo, víctimas de la picota-. Pero nada sería cada hábitat sin la energía, el calor y los matices característicos de sus pobladores.

¿Qué sucedería si todos los habitantes de Asunción emigráramos debido a una peste, a una revolución o algún mal peor? Si un fantasma «palmeara» indiscretamente un sábado se preguntaría con justa razón por qué nunca detuvo la mirada en esa escultura de mujer núbil, allá, arriba del edificio que fuera confitería o farmacia... Un momento después buscaría azorado a la ciega meditabunda que pedía limosna, e iría recobrando a sus personajes queridos y a sus monstruos, a sus plazas, a sus estatuas, hasta ver girar su ciudad en un caleidoscopio.

Los colores se esfumarían, chispas saltarían, los edificios se desintegrarían lentamente como en las películas del lejano Oeste, y allí donde estaban las viviendas de lata y cartón, sobre la Chacarita, aparecerían repentinamente. estalactitas de un tiempo sólo guardado en la memoria. ¿Si ocurriera?

Es tan frágil la línea que divide a la realidad y el sueño. El sueño está siempre más arriba, en la cima de la montaña, a la que a veces accedemos.   —117→  

Es la dicha fugaz. La objetividad nos detiene y afirma en la llanura, desde donde, cuando vemos nubes brillantes en la cordillera, recogemos nuestros bártulos y volvemos a casa.




ArribaAbajoEl aguinaldo

La lechera iba gozosa en la fábula, planeando lo que haría con el producto de su mercancía, cuando de tanto entusiasmo se le cayó el cántaro y al suelo fueron a parar sus ilusiones.

«Plan aguinaldo», ofertan. Miles y miles de sugerencias sobre cómo gastar, perdón, invertir mejor el dinero. Claro que esto es para quienes cobran lo que se considera un premio inesperado y no un derecho. A ver... desde hace diez años me falta una heladera, desde hace cinco una bicicleta, desde hace tres que sueño con una cocina nueva... y las entelequias pueden sumar hasta el infinito.

¿Necesidades? Conozco a una señora que quiso planificar muy bien sus compras. Con seis meses de anticipación preparó su lista, la dividió en objetos imprescindibles, en carencias que debían subsanarse urgentemente y en lujos sibaritas desechables. Incluyó también en su presupuesto un rubro de acceso a gangas. ¡Todavía creía en las liquidaciones de los comerciantes, tan generosos! Jamás se le ocurriría pensar que es una forma de desembarazarse de las lacras del sobrestock, esos saldos que la gente no lleva ni de regalo.

Así fueron pasando los meses, cada vez más y más rápido, mientras la mujer fantaseaba con bengalas y la casa reparada, dos o tres agregados a su vestuario, una lancha... de juguete, a pilas,   —118→   para el nene. Colocaba al lado de cada palabra primorosamente escrita, cierta cantidad promedio: el posible costo de la fecha. Y su aguinaldo, por supuesto, iba a permanecer inalterable.

Al llegar diciembre, tan previsora ella, incluyó en su agenda una tarde entera, con permiso en el trabajo, para recorrer tiendas y averiguar los precios de sus ambiciones. Aunque anote diez definiciones de inflación y explique todos los detalles concernientes a la pérdida del valor de la moneda, jamás podrán entender lo que sintió esta señora al regresar a su casa con el fraude aplastando el fin de su inocencia. Aún no había cobrado y olvidó algo crucial: las deudas que fue acumulando durante el año sumaban... cinco aguinaldos.




ArribaAbajoReceta imposible para padres modernos

Es peor el remedio que la enfermedad, dicho popular que en este caso se aplica porque... ¿hay algo más terrible que no poder dar amor al que se ama?

Esta es una historia con nombre y apellido, de esas tantas que existen en el mundo, y a cuya protagonista llamamos equis zeta para preservar el «buen nombre» ¡qué cuesta tanto edificar! Letra por letra, palabra por palabra, mes tras mes y año tras año para que después lo destruyan con un chismecito de barrio...

Equis Zeta creció como una niña normal. Recibió a su tiempo los mimos indispensables de sus padres, que entre una y otra ocupación le dieron palmaditas en la cabeza, además de comprarle todo lo que necesitaba: ropas, alimentos,   —119→   útiles escolares. ¡Ah! También la llevaban al parque y al cine de vez en cuando, y se sacaban fotografías juntos, para la posterioridad.

Como se esperaba, después de tantos cuidados Equiz Zeta se convirtió en una buena esposa y madre, en una brillante profesional. Tenía tanto trabajo que casi no le quedaba tiempo para atender la casa. Por suerte, su éxito también le permitía pagar a dos empleadas domésticas que la asistían. Sus hijos estaban siempre impecables: bien vestidos, iban a los mejores colegios y todos los ponderaban. Eran un prodigio estos chicos. ¡Llamaban la atención! Eran tan libres, tan independientes, tan creativos, que gritaban cuando se les antojaba, lloraban a gritos en la vía pública, no paraban hasta ver satisfechos sus mínimos caprichos. ¡El mundo les pertenecía!

Claro, como papá y mamá trabajaban como locos, casi no había un momento para detenerse a examinar las extravagancias de sus pequeñuelos. Eran muy responsables con las vidas de sus hijos. Hasta contrataron una maestra particular para que siempre tuvieran excelente en aplicación. ¡Hola mi amor! ¡Chau mi amor! Así se saludaban y despedían en los contados segundos de encuentro diario. Eran padres tan perfectos que la mamá se ocupaba de la salud y el papá de la educación. Cada uno cumplía con su deber y se dividían los compromisos porque sus respectivas agendas estaban repletas.

Los chicos de Equis Zeta, lastimosamente, no se parecían mucho a sus progenitores. Habían copiado los modales de cuanta gente fue contratada para atenderlos, y eran amenazantes u obsecuentes según los escenarios. ¿La obediencia? ¡A quién podían obedecer, si los padres nunca exigieron nada! Estos niños sí que eran las flores más preciadas de un jardín original, sin jardinero. El fresco rocío los humedecía y en el verano se resecaban.

  —120→  

En uno de esos veranos tropicales uno de los chicos tuvo una enfermedad rarísima. Diligentes, los padres recorrieron farmacopeas, psicoanalistas, payeseras, parapsicólogos, pediatras, espiritistas, yuyeras, sacerdotes... Venga jarabe por aquí, tome su remedio mi amor, teléfonos sonando diez veces cada hora. ¿Cómo está el nene? ¿Sigue gritando? ¿Le tomó la temperatura? A ver, hágale tragar una de las pastillas de la caja celeste, y no lo deje salir del dormitorio. Ya lo veremos a nuestro regreso, a la noche. Sí señora, ¿pero qué hacemos si se escapa? ¡Cómo se va a escapar si lo llavean!

Así andaban las cosas cuando al final del largo peregrinaje, a través de consultorios de médicos y adivinos, los padres recibieron el diagnóstico final. La enfermedad no era tan rara: falta de amor. ¡Y la receta era imposible de cumplir!




ArribaAbajoCaprichosa opinión

En la contratapa de un diario local cuatro grandes titulares anunciaban: «Tanos y aborígenes en versión criolla»; «Penta graduado mide a un colegial»; «¿Indigestión porcina para el Kelito?»; «El azul puede quedar blanco o viceversa». Así, seguiditos, para desorientar al más experto investigador de deportes.

Otro tipo de prensa de páginas algo más amarillas describía también recientemente la historia de dos hombres que se trenzaron en una feroz lucha de mordiscos, hecho que parece ser aleccionador, pues en ningún momento utilizaron armas ni golpes de puños: se limitaron a ejercitar las mandíbulas, como una buena forma de luchar por una mujer y ejemplo para los demás   —121→   hombres que matan, clavan y se pelean con cualquier tipo de armas.

El siguiente reportaje aludía a los antecedentes de un hombre que mató a otro encajándole siete puñaladas: en su haber se cuenta también la violación de una demente, a la que luego empasteló con bosta de vaca.

Estas informaciones alimentan cotidianamente el morboso imaginario de miles de personas, conglomeradas en torno a las noticias que a su vez comentan juzgando, criticando, enjuiciando o aplaudiendo.

Ellos, yo, tú, él, nosotros que calificamos, interpretamos, conjeturamos sobre las tragedias y la fortuna de los demás, conformamos ¡la opinión pública!

Voluble como ella sola, ordinariamente influenciable, multifacética e imprevisible, la opinión pública es capaz de crear héroes en un solo día y tomarse un año o una hora de tiempo, según su humor, para decapitarlos.

Frecuentemente espera que le den en bandeja y en un plato de rápida digestión los ingredientes ya cocinados. El criterio que prima está centrado en la anécdota circunstancial, en el novedoso chanchullo o en un escándalo esnobista. El análisis de todo lo que pasa detrás del escenario es tarea para los eruditos. Que mediten y diluciden qué es falso y qué es verdadero mientras la horda trama su pueril e inconsciente dictamen.

Los integrantes de este primitivo tribunal son los que te excluyen de la participación comunitaria o te catapultan hacia el éxito, así como en las derrotas usan sus bocas populares y mueven abusivamente sus célebres lenguas.

¡Ah! No conocen ni aplican la higiene del cuerpo y de su entraña. Sólo con el recogimiento en una isla olvidada por los mapas geográficos, se logra evadir este grotesco e insoportable hedor.   —122→   ¡Precaución! El contagio del pernicioso mal es rápido y cómodo. La dolencia es incurable y su única ventaja reside en la capacidad ilimitada de destruir los más atávicos sueños de los demás.




ArribaAbajo¿Adónde se fueron las margaritas?

Doña Sebastiana siempre fue muy respetada en su barrio. Menuda, diligente, andaba por allí repartiendo ayuditas a sus vecinas, cambiando uno que otro pañal, calentando el agua de la pava... Su don no era tan simple: aparecía en el momento exacto donde su presencia era requerida, sin que nadie la llamara. Su intuición y su buena voluntad eran sobrenaturales.

Esta vocacional predisposición para inmiscuirse en la vida de la gente sin importunar, era algo muy creativo: ella decidió los nombres de prácticamente tres generaciones.

Juntaba calendarios para tener siempre a mano el Santoral. Compraba el Almanaque Bristol, y a veces hasta el Almanaque Mundial, para averiguar las etimologías de los nombres y darse así unos aires de sabia o adivina. Su única recompensa: el pequeño hecho de que la consideraran una especie de intermediaria del destino.

«Porque el nombre tiene peso y marca la vida de las personas, para su tristeza o su felicidad», se ufanaba mientras repartía a los Gutiérrez, con tres varoncitos seguidos, Luis, Pedro y Juan. Y los Rodríguez aceptaban sin rechistar que sus -hijas mujeres se llamaran, según el orden de nacimiento, Isabel, Josefina, Graciela, Bernarda y Rosita. ¡Ah, cómo le encantaban los nombres de   —123→   flores para las mujeres! Margarita, era uno de sus preferidos. Aunque también se inclinaba por las combinaciones: María Selva, Lucrecia Lucía, María Elida, Digna Dejesús.

Era rebuscada con los varones, digamos que un poco antigua... Favorecía a las mujeres, llamándolas con sencillez Juana o Luisa, Delia o Catalina. A los hombres se obstinaba en complicarles la firma del futuro: Leopoldo, Hilario, Severiano, Obdulio, Hermógenes, Nemesio, Calixto, Aniceto... En otras ocasiones tenía la ocurrencia de simplificarlo todo y hasta el capricho de no respetar el Santoral. A la sazón, optaba por Felipe, Francisco, Rufino. Aunque no le duraba mucho. En un descuido se inclinaba nuevamente hacia Gumersindo o Constantino.

Un día su privilegiado comando de nombres se interrumpió violentamente. En los años 40 algún inoportuno y anónimo rival vio casualmente las películas francesas de la época, e introdujo sin consulta alguna el inentendible pero sonoro Haldée.

Impertérrita, Sebastiana comenzó su campaña en defensa de Julia y de Juana. Cuando ya empezaba a serenarse y respirar porque la nueva ola retiraba su plantel invasor, ¡ay!, con el boom de Hollywood las películas norteamericanas se impusieron amenazantes. Los pomposos bautismos crearon bastante dificultad ortográfica al secretario de la casa parroquial. Ya era posible que las niñas se llamaran Marilyn López, Elizabeth González, Roxana y Giovanna Pérez.

«No importa doña Sebastiana, tranquilícese, siempre estamos un grupo que le hacemos caso». Muchos eran los argumentos que se esgrimían con la intención de consolarla. «Si no es tan importante, al fin y al cabo, el nombre que se le pone a la gente».

-Doña Sebastiana, en Europa, por ejemplo, al primogénito no se le llama como el padre, sino   —124→   como el abuelo muerto, y entre los judíos hay una regla especial: el primer hijo varón nacido apenas muerto el abuelo paterno, debe llevar su nombre, y en Rusia el segundo nombre quiere decir hijo de fulano, ya que si el padre se llama Vladimir el hijo es nombrado Alexis Vladimirovich y luego viene su apellido.

Ahora, vieja y achacosa, hasta un poco resignada, ha claudicado. Ha visto la televisión. ¡Quién lo creería! Reparte «Marianas» entre todas las nuevas criaturas de la orilla del río. El Santoral está lleno de grasa en la cocina casi abandonada porque doña Sebastiana no tiene tiempo para nada desde que gasta sus últimos días mirando, mirando telenovelas.




ArribaAbajo¿Armas para los tiempos que corren?

Igualitos a los de verdad. Tan parecidos, que te va ganando un miedo torpe, oscuro, extraño. Un miedo que primero despista, es simple desasosiego, aleteo de picaflor tímido en algún lugar del pecho, y poco a poco se convierte en enredadera que se extiende con la humedad. Crece, crece inadvertidamente en un principio, invadiendo regiones inexploradas del cuerpo. Luego trepa hasta convertirse en monstruo.

Es un pulpo negro que enlaza, aprieta.

Miedo cotidiano, vago en sus primeras incursiones, duro e inexorable al asentarse con sus rígidos patrones en la sangre, las venitas, las venas, el cabello (que se va poniendo duro y parado mientras la piel de gallina nos remonta a la niñez, a esa manera simple de explicar que se nos derramó agua salus en las piernas).

  —125→  

Igualitos a los de verdad. Así dice la publicidad. Así me dice el chico que vende frutas en la esquina: «Peras, peras legítimas, auténticas manzanas».

¿Será cierto que hasta las frutas están falsificadas?

Igualitos a los de verdad. Con sus fotografías, aquí, en la revista infantil. A toda página. A todo color. Nada de pandorgas. Estos juguetes tienen otro encanto porque nos permiten ser como los grandes, soñar con aventuras y desvalores, personificar al mafioso de la otra cuadra, ¡matar! Sí, matar.

Igualitos a los de verdad. Una promoción inocente para tentar a niños... ¿inocentes? Metralletas, revólveres, igualitos a los de verdad. Armas con cargadores y seguros, para ir aprendiendo, que a tiros se anda mejor desde que se descubrió cuán equivocado estaba Cristo al aconsejar que entregáramos la otra mejilla al adversario.

Por las dudas, esta noche me compraré en sueños un chaleco antibalas, y me consolaré porque ya soy grande y mi papá jamás me compró un arma de juguete ni tuvo él una de verdad...




ArribaAbajo¿Comisión garrote?

Un grupo numeroso de personas recluidas en el Penal de Tacumbú denunció la existencia de una «comisión garrote» integrada por presidiarios condenados a treinta años de cárcel. Una forma de pasar bien, en esa circunstancia, es el cumplimiento de un rol de vigilancia y castigo, que supuestamente les otorgó el director de la penitenciaría.

  —126→  

La fábrica de rumores comenzó a funcionar lanzando cinco muertos por la chimenea, y más. Se habló de amotinamiento, de peligro inminente para los reclusos y para la población en general en el caso de que algunos de ellos, delincuentes comunes, se escaparan.

Muy elocuentes fueron las anécdotas de las disputas y quejas sobre las medidas disciplinarias, que incluyen la tortura, según quienes dieron la cara para referirse a estos tenebrosos asuntos. Entretanto, en los alrededores del penal, familiares de los presos manifestaban también su dolor, su inquietud y preocupación ante lo que sucedía, reclamando seguridad para sus seres queridos.

Patéticos dramas de la vida real desfilaron ante los paraguayos, hoy sacudidos por otros graves problemas generados por las inundaciones de los ríos -aunque no se ha declarado aún el estado de catástrofe-, la inminente llegada del cólera y otros archiconocidos, como el desempleo y la carencia de una educación que sirva realmente para sobrevivir en dignas condiciones.

Achacamos la culpa de casi todos nuestros males, precisamente, a esa falta de educación que no abarca solamente el proceso de escolarización formal y el acceso a los bienes de la cultura universal, sino nuestras formas de comportamiento individual y colectivo, nuestras costumbres familiares, hábitos sociales profundamente incorporados.

Entre estos últimos predomina nuestra facilidad para el olvido, nuestra inconstancia y natural predisposición para conmovernos un rato con las desgracias ajenas y pasar a otra página más livianita si es que las aguas comienzan a subir turbias.

En el transcurso de «la película» del penal, llegaban autoridades de la magistratura judicial   —127→   y hacían declaraciones. Paralelamente se entrevistaba a un hombre que yacía corriéndole sangre por la cara, el pecho y los brazos.

En medio del griterío, nadie parecía tener el sentido común de pedir que se asistiera al herido o se lo trasladara directamente a la enfermería o a un sitio donde pudieran socorrerlo...

Quizás el corte que él tenía era superficial, pero si su tiempo de coagulación sanguínea fuera muy lento, o si, clavado por un cuchillo, la punta hubiera llegado a un órgano de vital importancia... No, no, preguntarse estas cosas es un lujo. Casi siempre salimos de los vericuetos en los que nos enredamos justificándonos con la famosa frase de «fue una desgracia con suerte» y lo mucho que Dios nos ayuda a cambio de ser tan pobres e ignorantes.

El mismo día que ocurría la insurrección de «Tacumbú», en grandes titulares se comentaba que las maestras percibieron una vez más sus salarios con cheques, y apuradas, debieron recurrir al cambista que les cobra un tanto por ciento para darles dinero en efectivo.

Un mes antes les habían prometido que en el futuro cobrarían dinero contante y sonante, como lo hicieron en esa oportunidad. Pero, ¿quién se acuerda? Decirnos y desdecirnos, hacer y deshacer es una ley natural.

¿No nos harán falta unas viejas maestras «palmeta», una comisión Garrote Nacional, que nos zurren como a los niños díscolos y haraganes que no hacen sus tareas? Estoy harta de que me cuenten con rostros bobalicones y complacientes, la excusa de que así-no-más-luego-somos-nosotros.



  —128→  

ArribaAbajo¿Cómo defendernos de la democracia?

Un enemigo desconocido nos acecha. Avanza y no sabemos cómo reaccionar ante sus bravuconadas. No tiene forma definida, pero en breves manifestaciones indica que cada día será menos abstracto.

Resuena su nombre: democracia. Y su potestad, que nunca ha pasado de ser una alegoría, crece como un monstruo en la siesta invadida de presagios. ¡Es el gobierno del pueblo!

¿Es el pueblo? ¿Los ministros? ¿Las maestras? ¿El verdulero de la esquina? ¿Yo soy el pueblo? Y si el pueblo somos todos y cada uno de nosotros, ¿quiere decir que ya estamos gobernándonos? ¡De esta manera! En el ensayo de la transición, y con la técnica fuera de moda de la creación colectiva. Con escasos auspicios para el día del estreno.

Estamos confundidos como en un movimiento de palabras cruzadas o como en el escondite, donde el desencuentro es lo que vale. ¡Ya cualquiera puede expresar lo que se le antoja y recoger vítores y aplausos por más disparatado y reiterativo que sea su discurso! Tenemos vía libre para hacer lo que deseemos, o por lo menos lo que podamos. ¡Libertad! ¡Hurra!

Somos todos iguales: el haragán y el sacrificado estudiante, el virtuoso y el vicioso. Nos protege la cada vez más grande democracia con su ejército de muletillas, capitaneado por una ex guerrera que tuvo un grave accidente en sus años juveniles y quedó prácticamente desfigurada: doña Participación, animosa, sí, con buena voluntad,   —129→   ganas de mucho bla, bla, pero lamentablemente con la olla vacía justo a la hora del desayuno.

Si la democracia no se rodeara de otros demonios de su calaña, el peligro sería mínimo. Ni siquiera sentiríamos esta vaga incertidumbre ante su avance inminente. ¡Buscábamos la uniformidad! y la tenemos, enmascarando su guadaña con graciosas frasecitas de ciclos cambiantes en el mundo entero. El que se crea único, que se muerda la lengua. El que amague acentuar sus rasgos distintivos, que se ate la mano derecha y aprenda de una vez por todas que a alguien hay que robarle las ideas. No existe una receta válida para que la gente se defienda de la democracia. Ni siquiera para que la defienda, por si le asaltaren las ganas.




ArribaAbajo¿De quién es este universo?

Alguien que todavía no se siente de vuelta de nada y quiere vivir a tope todas las emociones sin desbarajustarse, dice que los primeros 25 años de existencia son de formación, los siguientes 25 de producción, y todo el resto del cielo vital (la mejor edad, a partir de los cincuenta) es para disfrutar, con serenidad, las pequeñas y enormes cosas de cada día.

Quizás este criterio se invalide en parte con el avance científico contemporáneo: ha habido un aumento de la edad promedio de vida pero a la vez hay miles de historias de jubilados que son atacados por la depresión. La actividad también es fuente de salud, energía más energía da energía. Claro, sin castigar a nuestros cuerpos hasta hacer que revienten, ¡plaf! y al hospital o al cementerio.

Hay un tiempo para todo. La naturaleza nos habla con sus respuestas: nacemos, crecemos,   —130→   nos reproducimos -a veces- y también tenemos que morirnos aunque no lo creamos. Lo que me disgusta es la manera arbitraria en que clasificamos el valor y el rendimiento posible de la gente según sus edades.

Me parece ofensivo y terrible que «archivemos» a la gente madura y llamemos viejos a los de cincuenta. Me irrita cada anuncio en los diarios pidiendo profesional para tal o cual trabajo, poniendo el límite: «Hasta 35 años». La gente de mi generación y yo estamos usufructuando este injusto beneficio, y de alguna manera nos hacemos cómplices de la falta de equidad, amparados en un asunto natural (ese lapso biológico cuestionable). Alguna vez también pasaremos la barrera de los 35. De igual manera, no por jóvenes somos tarambanas, pero...

Un poco ser o no ser, poder vivir y dejar vivir. Qué fácil sería todo así, sin el rezo efebocrático (el mundo es de los jóvenes) ni la muletilla gerontocrática (sólo los años nos hacen sabios). La edad mejor es la que cada uno tiene en el presente, con tanto por conocer y toda la experiencia acumulada, mientras rotan incesantemente los astros.




ArribaAbajo¿La fuerza gregaria o la soledad?

El apellido. Qué bien suena, junto al nombre que nos eligieron nuestros padres. Formamos así parte de una familia, y a medida que crecemos, nos reconocemos como miembros de una comunidad, desde ese pequeño mundo de la casa hasta el barrio, el país, esta tierra.

Posiblemente el hecho más conmovedor es que existen personas que nos admiten en sus vidas,   —131→   y el círculo afectivo define perfiles de nuestra personalidad: abuelos, papás, tíos, hermanos, amigos, parejas. Seguimos creciendo. «Soy la hija de don Jaime». Poco a poco, aprendemos a deletrear nuestra individualidad, si no caemos en el prototípico: «Soy la esposa del señor o el doctor o el licenciado Mengano». Las señas de identidad se van apilando en el tramo del conocimiento, el que vamos haciendo despacio, solos, y con los otros.

¿En qué momento el instinto (o el espíritu, como quieren llamarlo algunos) gregario pone: su marca de fuego? ¿Cuándo asumimos que integramos una nación con sus peculiares rasgos? ¿Cuándo nos afiliamos a un partido político, nos asociamos a un club o a un sindicato? ¿O todo empieza en ese momento en que nos llevan de la mano a la iglesia, y empezamos a repetir interminables letanías, sin comprenderlas, primero, hasta llegar a hacerlas nuestras, confiriéndoles un sentido?

¿O la idea de pertenencia a un grupo o una clase comienza con la primera insignia escolar, con el canto patriótico del himno? Cuando me hablaron por primera vez del árbol genealógico, supuse que se trataba de un vanidoso juego, un estado de valores, resonancia social de tiempos que se fueron. Los años, la experiencia, los atávicos gestos, esta manera de caminar y aquella otra de sonreír, me indicaron cuánto influenciaron los bisabuelos en las decisiones presentes. ¡No estamos solos! ¡No nos tenemos sólo a nosotros mismos para personificar lo que somos! Qué gran descubrimiento, qué gran consuelo para los momentos de desolación.

Luchando, todavía me pregunto si es más fácil remar destrozando embarcaciones en el camino, por falta de maestros guías, o si el quehacer colectivo -con sus choques y conflictos diferentes- supone, merced al intercambio, más posibilidad   —132→   de elección, más libertad. Un dilema eterno que han solucionado prácticamente las hormigas en su trajín: una a una, enfiladas o dispersas, siempre construyen una fantástica aldea.




ArribaAbajo¿Nadie se va a morir porque yo viva?

La fotografía recorrió el mundo de cabo a rabo. Los enormes tanques chinos y, enfrente, la diminuta figura del joven Wang, 19 años, condenado a muerte por tratar de convencer a los militares chinos para que no realizaran una masacre.

Símbolo de la desgracia que acarrea el absolutismo, Wang soñó que su cuerpo haciendo gestos de disuasión, de auxilio, podía servir de algo. ¿Qué energía suprema, energía misteriosa en defensa de la vida y la libertad lo impulsó al acto suicida? ¿Y vale la pena una muerte más difundida que todas las miles y miles de la China de hoy, para detenernos en esta loca carrera hacia la destrucción? Ir a matar y morir ya no es malo.

Así el planeta se limpia de paso de la sobrepoblación. Así las generaciones futuras aprenden que para hacer realidad los ideales, todo vale. En defensa de la tierra mucho más. En defensa del pueblo. En defensa de la igualdad (¿igualdad?). En defensa de la justicia. Total, también hay mucha gente que se muere al cohete, por no atender al cruzar la calle o por atorarse con una espina de pescado.

Mato para que no me maten, dicen muchos mientras racionalizan el contenido del mandamiento bíblico: No matarás. Matar es pecado. Pero alguien tiene que morir, por lo visto, para que otros vivan. ¿Nadie se va a morir porque yo viva? ¿Y si   —133→   yo muero para salvar a los demás, pero luego mueren todos igual?

Un dolor casi incomprensible se acuesta conmigo cada noche desde que esa fotografía invadió las primeras planas de miles de periódicos. ¿Es posible que pese a todas las experiencias negativas los terrícolas sigamos empeñados en el absurdo de seguir muriendo y matando supuestamente para preservar la paz?




ArribaAbajo¿Por qué condenar la brujería?

«Dijo que era vendedora de diversas mercaderías como por ejemplo vinos, cañitas, aristócratas, etc.». No, no es una parte de la película mexicana que se exhibió ayer en el barrio. Es la transcripción de las declaraciones de una mujer acusada de brujería.

Una ilusión para adormecer las penurias cotidianas... ¡Fantástico!

Sin embargo, denuncian a la mujer y utilizan términos bárbaramente irrespetuosos como «práctica ilegal de la medicina». Para completar, la policía la despoja de sus documentos.

Brujería, curanderismo y charlatanería. ¿No leerá las cartas también? ¿Y las manos? ¿De qué color será su bola de cristal? ¿Tendrá imaginación como para bautizar cada madrugada con nombres esotéricos a sus yuyitos?

El que pagó por su magia y no la consiguió, es el que debería ser juzgado. Por no tener la suficiente fe. Por no continuar alimentando sus sueños con la misma esperanza con que acudió a requerir los servicios de «la bruja». Y si es capaz de repudiar estas actividades, ¿cómo es que se dio el lujo de ser embromado?

  —134→  

¡Cuánta impaciencia! Estos menesteres tienen sus secretos, sus sequías y diluvios, remansos y tormentas. Y sobre todo, su tiempo. Es como cuando le hacemos una promesa a la Virgencita de Caacupé, y conservamos la suficiente entereza y buen estado de ánimo para esperar uno y otro 8 de diciembre. Más tarde o más temprano hay que saldar la cuenta porque se nos concede la fortuna del milagro.

Es cuestión ultraterrena. Y punto. Hay que entender cuáles son los vericuetos patológicos de la razón, y a partir de ellos realizar arduos ejercicios apoyados en el «Manual de credulidades infalibles para subsistir en sociedades contemporáneas».

La práctica se complementa con una dieta inspirada en actitudes ingenuas, que son el soporte de una apertura mental y emocional capaz de hacer frente a las más increíbles represiones.

Todo acto estrictamente voluntario que persigue un fin acomodaticio, depende de las influencias externas con predominancia de elementos derivados de cada peculiar estado ontogenético, dice el manual. Hay unas líneas borrosas y por eso no se entiende bien la sugerencia, pero en resumen, el destino está expuesto a malabarísticos «pases existenciales».

Como desayuno, nada tan sustancioso como media hora de ensueños. Luego dos horas de descanso. A media mañana se puede atender lo que dice el horóscopo del día. El almuerzo debería estar sazonado con la lectura de una fotonovela argentina. A la tarde es leve el nueve y amanece con el trece para cuanta telenovela rosa se prefiera.

A las siete hay que bañarse, a las ocho descansar y a las nueve suspirar. Una receta infalible.

Que, por supuesto, y para paliar su frustración ante la inoperancia de la brujería, se la recomendamos   —135→   al sufrido señor víctima de tan dramática y alevosa estafa.




ArribaAbajo¿Resentimiento social?

No elegimos dónde nacer. Incontenible, el destino nos lanza a la aventura, en principio, probablemente no buscada de la existencia. Nos ubicamos entonces en un hogar, llamémoslo así, constituido o no, sin posibilidad alguna de elección. Cuestión de suerte o de infortunio, como se dice: podemos tener padres honrados y cultos, o un poco sinvergüenzas e ignorantes. ¿Pueden culparnos de ello, o de que seamos gordos o flacos, lindos o feos, graciosos o antipáticos, inteligentes o mediocres, voluntariosos o abúlicos?

Cada circunstancia está irremediablemente ligada a la familia que nos toca, a la comunidad en la que ella se desenvuelve, a la sociedad ubicada en una nación, en este planeta.

Las pautas de aceptación o rechazo de una persona, en atención a sus virtudes o defectos, van cambiando a medida que se transforma también el ropaje de las civilizaciones. Así, era digno de admiración que nuestros antecedentes nos honraran con un aristocrático legado, una mediana o gran fortuna económica o un título nobiliario. Después, la democracia y otras razones más determinantes, motivaron que fuera enfáticamente atendido el poder autónomo de realización del individuo.

«¡Se hizo solo!», dicen maravillados. O: «Bah es sólo la hija de don fulano o el esposo de la señora tal», con gesto despectivo. En vez de que nos honren quienes nos preceden en el árbol genealógico, pasamos a honrarlos nosotros utilizando   —136→   el potencial de la posibilidad de realizar hazañas, como seres imbuidos de futuro, solos, y, por supuesto, con las ventajas o dificultades que presenta cada situación particular de historia de vida.

Vocaciones frustradas, truncos proyectos, sueños fracasados... el camino se puede cerrar o, al contrario, acicatearnos con sus desgracias, empujarnos a buscar y encontrar algún tipo de gloria, por más pequeña que sea: la de sentirnos espiritualmente bien, por ejemplo, o evolucionar intelectualmente de manera positiva, o cumplir el antiguo ideal de tener una bicicleta propia.

Puede explicarse así, perfectamente, que tenemos derecho a guardar, sin sentirnos avergonzados o humillados por eso, la secreta alegría del agradecimiento a los hados que nos favorecen, o un legítimo resentimiento social.

Resentimiento social. Frase muy en boga últimamente para agredir a quien manifiesta disconformidad con los cánones establecidos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que se trata más bien de un elogio, pues sólo aquel a quien disgusta su sociedad, por sus limitaciones, contradicciones, pobreza moral y material, es capaz de lanzarse a la lucha por modificarla.




ArribaAbajoCómo usar los cubiertos

Cuando pretendemos desmeritar a alguien que de alguna manera nos inspira antipatía, usamos la irónica frase: «¿Ya aprendió a usar los cubiertos?» Para comer, en realidad ni siquiera se necesita un proceso de aprendizaje, y hay algunos que comen más de la cuenta.

No es ocioso rememorar que con verdadera originalidad e inteligencia práctica quienes nos   —137→   precedieron en la historia del mundo recurrieron al cuenco de sus manos para beber, a sus dedos para trozar los alimentos y llevarlos a la boca.

Hoy nos limitamos a utilizar variados tipos de materiales para ayudarnos a consumir frutas, verduras, carnes, líquidos diversos: un niño diferencia bien los cubiertos que corresponden al pescado y al bife de lomito, o las copas para el agua y el vino, hasta llegar a otras exquisiteces distintivas, cosas por demás simples y fáciles de incorporar a los hábitos de urbanidad.

Lo que no se puede lograr de un día a otro es la manera de ser, algo que va muchísimo más allá de las posturas circunstanciales y la aplicación para ser una persona educada. Muchas veces pensamos que somos cultísimos porque hemos «tragado» un montón de libros o porque tenemos algún título colgado en la pared. Sin embargo, parece ser que cuando más profundamente un individuo aprehende el universo, menos se ciñe a situaciones impuestas, y en más ocasiones busca ser creativo. Volviendo al tema de los cubiertos, que a esta altura del papel ya se ha convertido en un problemón, ¿qué pasará con tanta gente que ha leído famosos manuales de buenas costumbres y no sabe ni puede salirse de las normas de etiqueta allí indicadas? Es trágico. ¿Se resignarán al comprobar que todo es cuestión de moda? ¿Qué dogma los sostendrá ahora que los franceses imponen el esnobismo de beber champagne en un vulgar vaso de whisky?



  —138→  

ArribaAbajo¿Busca pareja?

«Por favor, señora, ¿me puede dar la dirección y el teléfono de la abogada que tiene un consultorio sentimental? La del reportaje que publicó usted». Sería inútil apuntar aquí las innumerables llamadas telefónicas que recibí.

Es previsible, sobre todo cuando se ponen de resalto valores personales del entrevistado, que los lectores se interesen en comunicarse con el mismo. También es normal que habiendo tantas mujeres casaderas camino a la soltería irremediable, anhelen encontrar un compañero, sobre-todo-en-este-país-en-el-que-hay-tan-pocos-hombres. Remanida frase. «Quiero tener pareja, pero no puedo salir ahora del país y aquí los pocos que quedan están todos ocupados».

¡Asombro! Exceptuando a dos o tres mujeres, todos los llamados recibidos eran y son -porque siguen llamándome- de varones. Varones, sí. Machos solitarios o cansados de experimentar aquí y allá sin encontrar su media naranja.

¿Serán unos incapaces a los que nadie mira, gente que no tiene virtudes, que no tiene nada que aportar? No. Hablan normalmente. Inclusive hay algunos con voces sugerentes, muy masculinas, que se expresan con seriedad y parecen muy seguros.

Si hubiera tenido tiempo me habría lanzado a preguntarles qué hacen, por qué no toman la decisión de buscar solos a una mujer que les atraiga, cuáles son sus dificultades para hacerlo. Pero me hubiera puesto a ejercer el rol, yo también, de   —139→   consultora sentimental, pensando en una gran cantidad de amigas y conocidas a las que les vendría muy bien facilitarse la tarea de «la pesca».

El llamativo hecho, sin embargo, me ha ocupado más tiempo del que hubiera deseado. El miedo de amar es quizás el más atroz porque nos compromete a compartir, a dar, a recibir, que son operaciones muy complejas. Tan cómodo es equivocarse y triunfar, sufrir y gozar en soledad, contar con uno mismo para todo, no rendir cuentas de nuestras acciones sino a la silenciosa almohada... Lo que nunca me atreví a imaginar es que los hombres paraguayos también buscan desesperadamente esa «mitad» que muchos pierden en competencias estériles en las que nada se gana ni se pierde.




ArribaAbajo¿Usted sabe cocinar?

Cada vez con más frecuencia escuchamos decir a la gente: «Yo no sé cocinar». Y el tono suena orgulloso, como si de esta manera se demostrara poseer una virtud. Como si fuera una especie de alegato en defensa de las cosas trascendentes que se están realizando, y que, según parece, son irreconciliables con actividades cotidianas que no reportan la aprobación de los demás.

La aprobación en el sentido admirativo. No saber cocinar puede ser el argumento un tanto ingenuo que justifica lo inteligente que uno es, lo interesado que está en desarrollar roles descollantes o lo ocupado que se tiene el tiempo en tareas realmente productivas.

¿Por qué en algunos casos consideramos peyorativamente algunos actos humanos que no por modestos o menos difíciles o riesgosos dejan de   —140→   ser creativos? Aunque esto no ocurre solamente en nuestra sociedad. Los investigadores del tema afirman que para una mejor organización en el mundo contemporáneo las especializaciones cumplen una función importantísima. Distribuyen los recursos humanos y las capacidades de manera a obtener resultados operacionales concretos, redundando al final en beneficio de una vida más armónica y atractiva.

Así, el zapatero a sus zapatos y el médico a sus enfermos, el ama de casa a lavar pañales y a fregar pisos. Todito en su lugar y todos también contentos y tranquilos. Vale la pena preguntarse si el ideólogo de turno tendrá, en medio de la urgencia que plantea un incendio, el tino de prever una solución inmediata al problema mientras se espera a los bomberos. Digamos que pueda recurrir a una frazada y dar golpes con ella o aferrarse al extinguidor -si existe-; la cuestión es si podrá abandonar en ese momento su escritorio y pasar a la acción.

No tratamos de desmeritar aquí aquellas ocupaciones de corte más intelectual que otras, sino de, justamente, darles el valor que les corresponde. Aficionados a los rotulitos, nos encasillamos con asombrosa facilidad, limitando de esta manera nuestros pasos, precisamente cuando la simultaneidad de los cambios y las nuevas propuestas exigen mayor flexibilidad, mejor apertura emocional y mental, amplias posibilidades de información.

Nadie que tenga cierto criterio capaz de avizorar el porvenir, y con los datos de este presente, puede necesitar jactarse de no saber cocinar, lavar o planchar.

Cuantas más habilidades ejercitemos, por pequeñas y humildes que parezcan, estaremos contribuyendo positivamente a la búsqueda de respuestas originales que nos ayuden a sobrevivir.   —141→   No es falso esto de «quien mucho abarca poco aprieta». Pero no deja de tener valor aquello de quien siempre intenta algo consigue.




ArribaAbajoEl chiste del momento

¿Ya conocen todavía el chiste de la guillotina? Conversación más frecuente no existe en nuestro país. Suelta la palabra, como en el juego del teléfono cortado, puede llegar alterada hasta los siguientes oídos, pero el trasfondo permanece. De paso, mientras nos introducimos de lleno en la narración, nos reímos un poco también de nosotros mismos, que fuimos capaces de soportar durante tantos años a dirigentes del país que nos inspiraban una mezcla confusa de lástima y miedo, y motivaban las chanzas más procaces e inocentes.

Quizás el chiste haya sido utilizado en nuestro país sobre todo en los últimos años, no sólo como un mecanismo de escape... Los chistes que aludían a personajes de la política local, con sus chivos expiatorios (¡no se burla uno así nomás del principal!), mostraban resquicios de indignación. Esa agudeza, esa forma de fantasear y adornar las frases sin cambiar el fondo esencial de cada anécdota, era la tímida expresión de un pueblo en cólera que no tenía otra alternativa. Su supuesta ignorancia lo limitaba (¿!).

Tomarse del pelo los unos a los otros también tiene su gracia; está la filosofía del «¡pipuu!»:

-¿Por qué subió la chipa a 150?

-Porque subió la nafta.

O la respuesta preferida de todos ante la más mínima queja:

  —142→  

-Es que subió el dólar.

Hay que diferenciar muy bien el chiste del chisme. Este último puede mostrar también la habilidad del narrador para captar las murmuraciones del ambiente, las patrañas de moda, y hacer el cuento a su manera, agregándole más y más enredos o inventando directamente lo que luego se convertirá en famosa habladuría. El lío cobra vida a partir de aquí, por sí mismo. Sálvese quien pueda de esa maraña.

En cambio, la ingeniosidad del chiste logra desatar sin vueltas el fenómeno de la comunicación. Con seguridad, lo poco que podíamos hacer era burlarnos de nuestros opresores. Más que desahogo, el chiste cumple su función distensora.

Inclusive entre los anteriores ocupantes del Palacio de López se escuchaba cotidianamente, entre sus máximos y sus mínimos propietarios: «¿Sabés cuál es el último chiste?» Las carcajadas retumbaban en los vetustos salones...

La tradición oral va modificando el texto una y otra vez, prevaleciendo, sin embargo, la idea esencial de cada chiste. Uno por uno, también, van siendo guardados en esa imprecisa memoria colectiva que muy fácilmente se convierte en desmemoria en nuestro país, según cambian los vientos.

Una muestra que sintetiza en parte la manera en que se van estructurando nuestros chistes locales, es la siguiente:

Descubren quién es el autor de los más repetidos chistes sobre un conocido personaje, el que con más énfasis ha sido depositario de las burlas de la población antes de que apareciera un muy educado señor que compartió las glorias con su compañero de causa.

El protagonista encara al inventor de los chistes:

  —143→  

-Por qué se toma conmigo y sólo conmigo, qué le he hecho yo, ¡por qué se ensaña así!

-No señor, yo no me ensaño.

-Le he faltado al respeto alguna vez, ha sufrido por mi causa... Explíqueme por qué sólo fabrica chistes sobre mi persona.

-Yo no quiero faltarle al respeto, señor, lo que pasa es que usted me inspira tanto humor. Los chistes sobre usted me salen del alma.

-Confiando en su buena fe, le voy a pedir que termine con esas historias. Cuénteme un chiste, un solo chiste, en el que yo no esté involucrado.

-Sí, señor. Su esposa está embarazada.

Nadie desconoce el chiste del Mentholatum. Se van Mario Abdo, el cuatrinomio completo y unos cuantos amigos -once en total- en un avión. Es un viaje agradable, pero el avión se va a caer, se está cayendo, y sólo hay diez paracaídas.

-¡Hay que saltar, qué vamos a hacer, si somos diez nomás! -grita el más vivaracho.

-Tírense nomás ustedes, yo voy a encontrar la forma de sobrevivir -dice Mario Abdo-.

Ahora caminan todos, perdidos en la selva: «Pobre Mario, dio su vida por nosotros», dicen. Siguen caminando y lo encuentran a unos cien metros del lugar en el que cayeron. Está tirado allí. Tiene el puño super apretado. Le abren la mano y adentro encuentran mentholatum, para caídas y golpes.

Así de simples eran aquellos chistes. Como el del DC 10. Entra el protagonista al avión y ¡bum! se golpea la cabeza. Qué estruendo. Mira hacia arriba y lee DC 10. Entonces se da nueve golpes más en la cabeza.

Están los semi procaces. ¿Qué hacés Fulanito para tener tanto éxito con las mujeres? «Entro en la casa de cada mujer gritando, dando patadas,   —144→   destrozando muebles, en suma, haciéndome sentir como bien macho que soy». Esa tarde el protagonista entra a su casa atropelladamente, resoplando, injuriando, rompiendo muebles y cristalería. Desde el dormitorio, su mujer («¡se equivocó de nombre, no es el mío!») susurra dulcemente: «¿Sos vos, Fulanito, mi amor?».

Otro, que no es pícaro, pero muestra el afán de competir que existe entre los nuevos ricos. Ya otra vez Mengano se compró el último modelo de avión. El protagonista, furioso, hace pedir un catálogo de aviones para comprarse uno mejor. De Estados Unidos le llega el de más reciente publicación. Mira, elige. Hace el pedido. «No me va a basurear Mengano, le voy a ganar con mi avión». Como no sabe leer inglés, hace mal el pedido. Así que cuando recibe en Asunción su nuevo juguetito que cuesta varios ceros en dólares, después del primer numerito, exclama: «¡Qué lo que hicieron! ¡Yo les pedí un avión con aire acondicionado y me mandan uno con ventilador!» Lo que él estaba recibiendo era un helicóptero.

Hablando de ventilador, está uno que ha trascendido nuestras fronteras inclusive, y es uno de los pocos chistes conocidos contados públicamente sobre nuestro ex gobernante:

Muere el presidente Stroessner del Paraguay y va al cielo. Luego muere la esposa y va al cielo. La recibe San Pedro en una enorme recepción.

-¡San Pedro! ¡Qué cantidad de relojes hay aquí!

-Sí, son testimonio del paso de cada presidente del mundo, por este lugar, sin ninguna discriminación. Cada uno de ellos tiene su reloj.

-Pero estarán clasificados, porque algunos andan rapidísimo y otros muy lentamente.

-Sí. Los que andan despacio pertenecen a los grandes presidentes, a los que han amado a   —145→   sus pueblos y han tenido en cuenta los intereses populares, a los verdaderos demócratas.

-¿De quién es ese que parece a punto de detenerse, de tan despacito que anda?

-Es de Lincoln.

-¿Y el otro que anda tan rápido?

-¡Ah, ése es de Mussolini!

-¿Y ése que parece a punto de volar?

-¡Es del temible Hitler!

-¿Me puede mostrar el reloj de mi marido?

-Perdóneme buena señora, ése es el único que no está aquí. Lo ha llevado Jesús a su habitación para usarlo como ventilador.

Otros chistes ya más recientes hallaron un coprotagonista de excepción, el célebre Ñandeyára Taxi o embutido: «¿No sabés sobre qué entró Jesús en Jerusalén? ¡Pobre burrito, el ministro de Educación!

Los últimos chistes, después del 2 y el 3 de febrero de 1989.

Entre los preferidos se encuentra la guillotina. Bueno, les dice el magnánimo presidente a los ex ministros y al secretario privado: Utilizaremos a pedido de la población un método que tiene siglos: la guillotina. Si funciona, mueren, si no funciona, se salvan y quedan libres merced a los designios de Dios.

Va el primero. ¿Con capucha o sin capucha? Con capucha. ¿Boca arriba o boca abajo? Boca abajo. El verdugo acciona la guillotina, no pasa nada, está trancada. Se salva. Viene el segundo ex ministro. Preguntas rituales. Se cumplen los últimos pedidos del reo. Se salva. Igual situación se produce en el tercer caso, hasta que le llega el turno al secretario privado del ex presidente. ¿Con   —146→   capucha o sin ella? Sin capucha. ¿Boca arriba o boca abajo? Boca arriba. Se coloca. De repente, grita: «Esperen, esperen, ya sé lo que está fallando en la guillotina!» Y les muestra cuál es el mecanismo defectuoso.

Se han hecho muy populares otros chistes calentitos, como este: Llega preso M. A. a la Caballería y pide una escoba. «No se apure, que usted también tendrá su tarea de presidiario». «Es que -contesta el hombre- mi general siempre decía que hay barrer con la Caballería». Otro: El mismo M. A. está cruzando en un bote el río Paraná, para escaparse de los de la Marina que lo quieren apresar. «¡Su esposa, don Mario!», le gritan desde la orilla paraguaya. «Mi pobre esposa» -dice don Mario- y retorna ante el imprevisto recuerdo. Cuando llega a tierra le colocan las esposas y lo llevan detenido.

Mayor prudencia

Algunos le denominaron a éste Mayor Prudencia, pero el público está acostumbrado a contar el chiste con el nombre de Sigilo. Gracias a unos pesitos -dicen- lo van a «soltar» a M. Abdo. «Salga usted a las doce de la noche, pero con cuidado, con el mayor sigilo». Al día siguiente lo encuentran a M. A. en su mismo lugar de siempre. «¿Qué pasó, por qué no se escapó usted? Es que le estuve buscando toda la noche al Mayor Sigilo y no lo encontré, nadie lo conoce».

Difícil realizar un trabajo completo de recopilación. A veces cuesta, además, distinguir la ficción de la realidad. Lo cierto es que hemos podido observar cuánto desprecio sienten los paraguayos hacia sus mandatarios mediocres. Uno de los chistes muy festejados es el que asegura que gran parte de los ex jerarcas hoy detenidos saldrán en libertad urgentemente, esta semana, porque comenzaron   —147→   las clases y es mejor que ellos también empiecen de una buena vez a ir a la escuela.

El efecto de transgresión

La psicoanalista Mara Vachetta Boggino explica muy bien cómo funciona el chiste.

Ejemplo: La señora tiene en brazos a su gatito y lo acaricia. Una curiosa le pregunta: «¿araña?» «No, gato», dice la dueña. La palabra araña designa al animal y también a la agresión por las uñas. El efecto chistoso se da cuando la palabra se usa en un sentido inesperado. Todos entendemos que la curiosa quiere saber si el gato ataca con las uñas, en cambio la dueña lo usa en el sentido de animal (idad).

Toda palabra es polisémica, es decir, remite a muchos sentidos, y la relación entre la palabra y el sentido es bastante lábil. «Si digo que la relación entre la palabra y el sentido es lábil, quiero decir que no hay razón de llamar a la vaca, vaca, o perro al perro. Ya vemos que los ingleses llaman dog a este último animal».

La palabra permanece, su sentido se desliza y este desplazamiento es tan repentino que nos reímos.

El chiste siempre tiene que ver con un sentimiento de liberación, pues como vemos la palabra no se ata a un solo significado. A veces no queremos decir algo pues se trata de un deseo prohibido o es de mal gusto o es tabú, y enviamos a otra palabra para que lo reemplace. Por ejemplo:

Durante un examen el profesor, cansado de los disparates que dice el alumno, le pide al chico de la cantina: «Joven, tráigame un atado de heno», a lo que el alumno responde: «A mí tráigame un café». Como vemos, al pedir el atado de heno el   —148→   profesor sugiere que el alumno es un burro. El alumno, al pedir café, sugiere que el burro es el profesor.

Otro ejemplo: El juez le dice al marido cornudo: «¿Tiene pruebas convincentes de que su mujer le engaña?» «¡Ah -dice el desgraciado-, no sólo con Vicente, con Pascual también».

Para los psicoanalistas, la comprensión de la estructura del chiste no es un simple entretenimiento. Ellos tienen una premisa general que es que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. En un psicoanálisis no importa tanto lo que la persona quiere decir sino aquello que dice a pesar de sí, lo que es desconocido aún para él.

De ahí la importancia de los olvidos, los lapsus, las equivocaciones orales y los actos fallidos para la comprensión de los síntomas del paciente.

«Freud enseña que todas estas formaciones inconscientes (lapsus, actos fallidos, olvidos) tienen el mismo funcionamiento que un chiste. El deseo, que no se puede expresar, se desliza hacia otros sentidos gracias a esta cualidad de la palabra: se realiza a través de estas fallas de la palabra... De ahí el efecto de transgresión que nos dan los chistes.



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ArribaAbajo¿Y los otros?

Es como si ocurrieran en otro país, en otro planeta... Los grandes problemas. Si nos referimos al Paraguay, podremos ver que es actualísimo hablar de la suba de precios de los panificados, de los fideos, de la energía eléctrica. Hablar de lo que sobra: del agua que invade rancheríos y otras zonas con perfil diferente. Son cosas que nos atañen, sí.

Pero las vemos un poco lejanas, como esas noticias que la radio, urgentemente nos lanza y las recogemos en medio de la prisa cotidiana. A otro menester, no hay tiempo de meditar todo, todo lo que pasa.

¡Nos ocurre a nosotros! Sí, es cierto, bueno, habrá que ajustarse el cinturón y... ¿Y los otros? Es como una enfermedad terrible, como la muerte misma: no comprendemos estos fenómenos hasta que nos suceden a nosotros, hasta que también nuestra casa se inunda. De lo abstracto a lo concreto hay así, un solo paso, aunque no se llegue a la sensibilidad social, mucho menos a la acción colectiva. Es el dolor individual, es el grito de ¡por qué a mí! Nada más. Es la impotencia.

Consuelo, sí, probablemente podamos dar. Unos consejitos: Isch, no es nada chamigo, tranquilízate, ya pasará, después de la tormenta siempre brilla el sol...

¿Y esto cómo se digiere? El ánimo no se levanta sólo con una sonrisa o un gesto de cortesía. El buen humor no es un estado que gratuitamente nos otorga la naturaleza, ni un don. Tiene que ver con toda una disciplina de existencia, con   —150→   muchos años de ejercicio mental, físico, espiritual, y con lo que de este afán se interrelaciona permanentemente con el medio. No estamos solos. Nos necesitamos.

¿Podemos comenzar a conjugar de manera práctica y yendo un poco más allá de la gramática?: Yo te necesito, tú me ayudas. Y más a nuestro estilo: vos me necesitás, yo te ayudo; nosotros nos necesitamos ¡ayudémonos!

Si esto no funciona, envíen breves sugerencias a vuelta de correo. Ah, mejor, adjunten medio kilo de yerba o de café. ¡Qué frío hace!




ArribaAbajo¡Ah, los valses vieneses!

Antes del 2 y 3 de febrero había, por supuesto, muchos temas intocables. Después de la histórica revolución fueron disminuyendo los viejos silencios y surgieron nuevos, pocos, pero tabúes al fin.

Veamos uno que se ha podido tocar, con pinzas, sí, delicadamente: el tema de los militares. Recuerdo que en su programa En Tránsito, en radio Cáritas, Juanita Carracella abordaba el asunto con sus entrevistados dándole participación a la audiencia. Varias personas formulaban preguntas pertinentes o hacían acotaciones, cuando llamó una señora para quejarse: «Por qué no tocan valses vieneses, que caracterizaban a esa radio, yo hace muchos años que no estoy en el país y he vuelto para participar aquí con estos aires que soplan, busco en el dial y no encuentro mis valses vieneses».

Pueden imaginarse el espacio en blanco al otro lado del micrófono. ¿Estaba la señora desconsolada   —151→   sólo porque hacía rato no vivía en nuestro país y desconocía nuestra ansiedad de información veraz, de discusión? ¿O representaba a un gran sector de la población, ése que aún hoy sigue protestando «porque ya no saben más qué decir, hablan sólo de política y de política escriben como si allí se terminara el mundo y la vida no estuviera hecha de otras situaciones, chiquitas pero importantes por más que salga un dictador y entre un nuevo presidente?».

Y la otra posición: «Ya son muchos nuestros problemas, para seguir escuchando sobre crisis, fraudes y falta de conciencia; a ver qué hay en la FM para levantar un poco el ánimo».

Hoy dicen que va a sonar la campana anunciando que terminó el recreo. ¿Qué recreo? A la clase es que entramos, a estudiar algunas cosas por primera vez. Cosas buenas y malas de siempre, que no es fácil tampoco hacer trampa.

Campana para el recreo. Eso necesitamos después de tanto tiempo de agachar la cabeza, cuchichear y mirar hacia los costados a ver quién era el soplón de turno. Queremos que suene la campana para salir al patio a hablar de las muchas cosas que no hemos podido decir con la cara descubierta.

Y que por lo menos allí, en el patio, no se metan con nosotros los maestros -palmeta, ni nos reten ni nos traten de alarmistas porque vemos que el río crece y se inundan las casitas o porque las temperaturas son de 40 grados Celsius a la sombra, o porque se señala con nombre y apellido a los delincuentes y se exige proceso y condena.

Si realmente podemos crear sin exasperante lentitud un verdadero clima de libertad, claro que dará gusto no sólo oír, sino también bailar los valses vieneses, las polcas, un buen rock, ¡y revivir el agogó!



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ArribaAbajo¡Hagamos el amor!

Profetas del desastre universal aseguran que la causa nada secreta de nuestras enfermedades y miserias, es el desconocimiento de los valores de la nobleza y la generosidad, tan afines a los sentimientos, a las emociones positivas que hacen que nos encontremos bien y podamos dar y recibir amor.

Los muy cínicos cuentan con expresión cándida que las pestes -el SIDA, por ejemplo- equilibran nuestra especie. Así mueren millones de pobres de una sola vez.

Lo mismo ocurre con las guerras, que además de liberarnos en poco tiempo de molestos seres humanos que acrecientan la superpoblación del planeta, aseguran el comercio de sofisticados armamentos, abultan las cuentas bancarias de los empresarios del sector bélico, que ocupan importante mano de obra y redistribuyen la riqueza entre los privilegiados sobrevivientes.

Así de sencillo. Si usted mata porque sí, es un delincuente, pero si mata a muchos en una guerra, es un héroe y ni se da cuenta de la colaboración que presta a los grandes negocios. Ni «comisión» le pagan, apenas unas medallas y una magra jubilación como excombatiente. Arréglese como pueda sin la pierna que le cortaron y discúlpeme que no le tenga lástima. Sólo le hubiera aplaudido si fuera desertor y me contara cómo hacía el amor en un yuyal con su mujer, mientras sus camaradas marchaban hacia el frente de batalla.

Exactamente ahora los países con guerras civiles o conflictos internos son: Azerbaiyán-   —153→   Armenia, Tayikistán, Georgia, ex repúblicas yugoslavas (Bosnia-Herzegovina, Croacia, Serbia, Montenegro), sur de El Líbano (milicias musulmanas de Hizbullah y palestinas contra el ejército de ocupación israelí). También se incluyen Somalia y Sudán.

Los países en los que actúan movimientos guerrilleros son: Perú (Sendero Luminoso, Movimiento Revolucionario Tupac Amarú), Colombia (Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar), Guatemala (Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca) y Filipinas (New People's Army).

Los países desarrollados con problemas de violencia interna son: Gran Bretaña (Ejército Republicano Irlandés) y España (E.T.A. y grupos más pequeños nacionalistas y de extrema izquierda).

Los países que recientemente terminaron guerras civiles o internas y viven en precarias situaciones de paz son: Angola, Etiopía, Afganistán, Cambodia y El Salvador. Quizás hay zonas misteriosas del mundo en las que ya se está realizando el juicio final y los reporteros, ocupados en promocionar los conflictos más notables, ni lo olfatean.

Las Naciones Unidas siguen tomando serias medidas y elaborando estrategias. Especialistas, politólogos, eficientes señores empleados públicos de los servicios diplomáticos se ajetrean en pasillos de oficinas y palacios de gobierno. Entretanto, en algún descampado mueren miles o inocentes civiles que fueron a hacer las compras son masacrados en pleno centro de una ciudad. Esta es la forma en que se desenvuelve nuestra civilización del siglo XX.

Mientras siguen los estudios de los analistas y los trámites burocráticos, mientras suena el teléfono rojo en la Casa Blanca de Washington para pasar un informe y recibir nuevas órdenes, mientras en los siete países más industrializados del   —154→   mundo discuten sobre nuestro destino, mientras las guerras entran a nuestros dormitorios desde la televisión, en vivo y en directo, haciéndonos un poco cómplices del hecho... por favor, por favor, hagamos una tregua, ¡hagamos el amor!




ArribaAbajo¡Honor a las arrugas!

Diez años atrás, si nuestra indumentaria presentaba la mínima arruga, éramos desaliñados ante los ojos de los demás. Nos daban a entender obviamente que también éramos sucios. Después vino la moda de la ropa arrugada a propósito, de esas que se lavan y aunque se tiendan prolijamente y se planchen con dedicación, siguen manteniendo el motivo del diseño original, las arrugas, tan prácticas y manejables. Nos ahorran tiempo, siempre estamos regios, nadie nos mira de soslayo y todos se enteran de que tenemos dinero en el bolsillo, porque, ojo, las arrugas a propósito cuestan caras, sobre todo si fueron creadas en suave algodón.

Hay otras arrugas menos adaptables, como las que se graban en una obra de arte en cartulina que aún no pudimos llevar a la casa que enmarca cuadros, o en los papeles de regalos que guardamos para envolver otros que empaquetaremos en casa, en los cuadernos de deberes de nuestros nietecitos...

Pero la más fastidiosa de todas las arrugas es esa que de un día para otro se estrena justo en la comisura de la boca. Es rara, pero existe y compite seriamente con los finos hilitos, dos o tres, que se alinean arriba del labio superior. También son de cuidado los canalillos que definen nuestro ánimo justo en el entrecejo, y las arrugas horizontales   —155→   de la frente, tres o cuatro más según la cantidad de parejas que tendremos, no, qué digo, según el número de hijos o algo por el estilo.

Las dos arrugas más odiosas -las tengo bien catalogadas- son las que entre nariz y boca forman esa especie de triángulo de la amargura.

¡Cuántas mujeres amanecen y se colocan frente al espejo para realizar la investigación más importante del día! Una más, que ahora ha profundizado su huella, ¡y las famosas patitas de gallo, insidiosas, insistentes, incalculables... intransferibles! Guárdenos Dios de ellas, perdónenos nuestros pecados, ayúdenos a juntar el buen dinero para recurrir al mejor cirujano estético del país, dénos las horas necesarias para el reposo sano, que no hay en realidad otro método, Virgen Santa, más que el sueño y la buena alimentación para enfrentar en glorioso combate a esta peste de la edad, este castigo del cielo, este atentado impúdico contra la belleza y las buenas costumbres.

En tamaña preocupación nos embarcamos miles de personas (se incluyen hombres en la loca carrera). Las industrias de cremas y aceites para retardar el envejecimiento prosperan por doquier, viejas recetas se desempolvan y habemos cada vez menos incautos, al mismo tiempo. El bisturí no borra milagrosamente las arrugas de un rostro. Lo estira, lo acomoda, hasta ennoblece ciertos rasgos y tal vez atenúa la agresividad de un perfil con la limadura de un hueso de la nariz, pero un surco ya formado, no desaparece. O al fin de cuentas, quizás desaparezca.

Lo que me encantaría clarificar es si existe la forma de borrar las arrugas del espíritu, las mías y las ajenas, y si es posible que llegue muy pronto una moda que pondere las arrugas en la cara, que las vea coquetas y apetecibles... Hay gente que consigue ser honorable a costa de sus arrugas,   —156→   de su respetable edad. ¿Será posible que con arrugas o sin ellas podamos obtener reconocimiento por nuestras buenas acciones? O más bien, ¿será posible que dejemos de prestarles tanta trascendencia a las estúpidas, insoportables arrugas?




ArribaAbajo¡No sé!

No le gasha soca a la javie calo, decían unos niños cuando su mamá les instaba a reflexionar sobre sus acciones, con la perorata de que las mismas siempre tienen una consecuencia positiva o negativa. Si invierten las sílabas de cada palabra descubrirán la oración correcta: No le hagas caso a la vieja loca, que ejemplifica muy bien el sentimiento instintivo de rechazo que surge ante los consejos atinados o no que padres, amigos o maestros blanden casi como escudo protector. Esta resistencia surge una y otra vez en el proceso de enseñanza-aprendizaje que se da en la casa, en el aula o en el sitio de trabajo.

Sólo amamos lo que conocemos, y por ende nuestros amores son fragmentarios, y nuestros conocimientos, parciales. Saber o no saber, ¡qué dura es la diferencia!

Y como todas las cosas tienen dos o varias caras, el desconocimiento de un tema nos ubica en diversas situaciones y perspectivas. Ya no es como decía aquel viejo líder del coloradismo, que hay que ser café o leche, que no se puede ser café con leche. Ahora valen el café solo, la leche, el café y la leche, la leche y el café, y cualquier otra mescolanza que se quiera agregar. ¡Los tiempos cambian!

Cuando decimos «No sé», podemos actuar con sumo desparpajo haciendo gala de nuestra ignorancia,   —157→   o sencillamente prevenirnos por temor a una equivocación garrafal. La otra posición es la de negar que no se sabe algo, negar y negar hasta desconcertar.

Algo que nos sucede frecuentemente entre paraguayos, que somos duros como piedras para decir «no sé», lo representa el siguiente diálogo.

-Buenas tardes, señor, ¿sabe dónde queda la calle Ayolas?

-Ehhh... me parece que se tiene que ir dos cuadras y después doblar a la derecha y desviar después del árbol hacia la izquierda, y allí sí que hay una casa blanca con verja verde y seguramente su perpendicular ya es esa calle...

-¿Dos cuadras hacia acá o hacia allá?

-Este... por qué no tantea por los dos lados señora, porque sabe que yo no soy de aquí.

Si el que intervino como preguntón no es compatriota, se interrogará a sí mismo sobre el profundo significado de la comunicación humana, y, hecho un lío, remitirá sus dudas al análisis de lo que acaba de sucederle: ¿Por qué me hizo perder el tiempo? ¿Por qué no me dijo desde un principio simplemente no sé dónde queda la calle Ayolas? ¿Se estaría divirtiendo el hombre? ¿Habrá querido burlarse de mí? ¿Será éste su pasatiempo favorito? ¿O es que los ciudadanos de este caluroso país mediterráneo son todos campesinos disfrazados de piratas urbanos?

Pero hay algo todavía peor: un deporte muy practicado en la bella nación guaraní es la fabulación. En vez de decir no sé cuando la circunstancia lo exige, nos lanzamos a una cháchara que hasta trae a colación el logaritmo no sé qué de la chum bam bom glu glu glu de la mecánica cuántica. Y para justificar el invento nombramos sin falta al investigador de una muy prestigiosa universidad norteamericana. Cómo no, norteamericana tiene que ser.

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Por un lado, es vergonzoso pasar la vida repitiendo cuarenta veces al día, y con angustia y complejo de inferioridad, esas dos palabritas tan breves, y por otro, no sería inconveniente que casi, casi -como el preso nuestro que se cosió la boca cuando hacía huelga de hambre-, nos plantáramos una especie de bozal-cartel ante la boca, que rezara, en períodos de veda, la clásica frasecita defensiva: ¡No sé!




ArribaAbajoGrabe las llamadas telefónicas

La realidad sociológica, económica... la realidad total está en las secciones de clasificados de los diarios. Para qué recurrir a sesudos análisis de especialistas enterrados en sus escritorios, si en medio de la agenda de trabajos, negocios e inversiones, licitaciones, mensuras, asambleas, edictos, sucesiones, está todo. Aquí, en la lancha pescadora debajo de la que se miente: regalo.

No hay trueque que falte, apostador que sobre. Recorriendo perezosamente las líneas vemos los subterfugios, los anuncios encubridores de otras actividades, los préstamos hipotecarios cargados de lágrimas y muertes.

Masajes y fumigaciones campean entre créditos, dinero en efectivo, remates, compras, ventas, autos, licuadoras, letreros, residencias, electricistas, plomeros... ¡Lo que quiera! Estancias, campos, montes, granjas, profesores, ordenanzas, costureras, la lámpara de Aladino, la danza de Inmobiliarias, el terrenito soñado, el árbol propio y el coche mau. Hasta jóvenes de ambos sexos.

Luego, fulminante, el anuncio: «Grabe las llamadas de su esposa o/y empleada a través de un aparato alemán de fácil manejo».

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En este rincón gráfico se cuenta sin prisa la historia del mundo, la de la cafetera, el botón, la buscona y el desconfiado. Los cuentos de nunca acabar. Las manzanas prohibidas.

¿Se le ocurre preguntarse por qué no se oferta el aparato-teléfono-grabador-espía-policía también para que las confiadas esposas controlen si sus ejecutivos maridos están en reunión de directorio? En realidad no hace falta ninguna sofisticación tecnológica, si en la misma sección de clasificados la mujer puede encontrar un patrón, un marido nuevo, un jovencito. O... un curso por correspondencia para ser detective del sol y de la luna.




Arriba¡Oh, fama!

Ejércitos y solitarios individuos han sudado la gota gorda en búsqueda de la fama, el poder y la gloria. En la lucha, unos han muerto sin obtener recompensa y otros debieron contentarse con la mala fama.

Casi nadie logra evadir esa tentación luminosa de una cuota de eternidad que puede ser satisfecha con la paternidad, en la prolongación de un apellido o con el desarrollo de una obra original en cualquiera de las áreas que nuestra civilización valora.

Pero no siempre tenemos la fuerza y la constancia que llevan hacia el éxito. Las contingencias influyen para que un proyecto se desmorone a pesar del gran esfuerzo realizado. Caprichos del destino.

Los que disputan para ser candidatos a presidentes de la República, se convierten en celebridades,   —160→   pero a qué costo. Después de todas las acusaciones mutuas, sus nombres aparecen para siempre embarrados, sean falsos o verdaderos los actos delictivos que se atribuyen. Allí donde menos se piense, en el coro de adulones de turno o en la fiesta patronal a la que asistirán como protagonistas, varios de los asistentes pondrán en duda su honorabilidad.

¿No es más sencillo y fácil, entonces, seguir la larga siesta, siempre cómoda? ¿Por qué quien llega al escalón número tres sueña con el quinto? ¿Por qué el que se hace rico también aspira a que se conozcan sus ideas y pretende influir sobre las conciencias ajenas, y hasta añora el arbolito que plantó en el pueblo de su infancia? ¿Por qué se quiere más, se quiere todo, aunque a cambio la reputación, a veces en aras de las fantasías de los envidiosos, quede al ras del suelo?

Esta es una pregunta de difícil contestación. Surgen nuevos apetitos existenciales, la competencia con los otros cede el paso a una lucha con uno mismo, uno-único, y hasta el más turulato se plantea el consabido por qué no yo, por qué, si la cantante Madonna tiene millones de consumidores en todo el mundo con una fórmula tan simplista como la del ataque a los viejos principios y tabúes de Occidente.

Aquí el mercado es chico, ni vale la pena aspirar a la fama, dirán. Sin embargo, el movimiento sicológico que nos impulsa a desear la aceptación y el reconocimiento no se fija en variables estadísticas ni en oportunidades que derivan del lugar de nacimiento, la época y los usos imperantes. Ese anhelo de admiración y amor es la clave de la conducta del hombre y la mujer contemporáneos, que como en ninguna otra etapa del desarrollo del Planeta se embarcan en mil guerras queriendo ser algo, queriendo ser alguien. Y en esta brega muchas veces consiguen exactamente lo contrario de lo que pretenden. ¿Se acuerdan?   —161→   Soñaban con una legión de amigos, con el afecto desinteresado, con el aplauso, y hoy se ven cercados por escépticos o por enemigos. Después conocerán también la soledad del poder y el precio de la fama.