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1

Uno de los señores Capitulares de la Insigne Colegiata de Guadalupe, que todavía vive, me refería, no hace muchos meses, que en cierta ocasión en que le tocó abrir el camarín, en que se conserva la milagrosa Imagen, con el objeto de limpiarla con un plumero finísimo y recoger el polvo por ella santificado, percibió al hacer girar la puerta de cristal, un aroma suavísimo, que en el momento atribuyó a algún frasco de esencias colocado junto a la sagrada Imagen. Pareciéndole esto una profanación, lo advirtió al capellán que le acompañaba, el cual le replicó: «No, Señor, ahí nadie ha puesto ningún aroma: mire V. S. bien, y se convencerá». Efectivamente, examinó con mucho cuidado la parte interior del camarín el buen canónigo, y nada encontró que pudiese exhalar aquel gratísimo olor. Terminada su piadosa y envidiable tarea, descendió al presbiterio; y ya en la sacristía, dio cuenta de su anterior sorpresa a sus compañeros: muchos sonrieron como si les hiciera gracia la observación; pero el difunto canónigo Dr. Barros, le dijo: «Señor canónigo, el aroma que Ud. ha percibido en el camarín, no es de este mundo; allí huele a esencia de rosas». El capitular, a quien me refiero, ha tenido y sigue teniendo desde entonces, en su salud, alguna novedad que nadie conoce: cual sea esta, ni quien sea el mortal afortunado, que con carácter de celestial aviso, nota en sí mismo la verdad de la aseveracion del Dr. Barros, yo no lo puedo decir; pero sí puedo asegurar que es sacerdote piadoso y digno de todo crédito.

 

2

«Oyó el indio en la cumbre del cerrillo, y en una ceja de peñascos que se levanta sobre lo llano a orilla de la laguna, un canto dulce y sonoro, que según dijo, le pareció de muchedumbre y variedad de pajarillos que cantaban juntos con suavidad y armonía, respondiéndose a coro los unos a los otros con singular concierto, cuyos ecos reduplicaba y repetía el cerro alto, que se sublima sobre el montecillo». (Luis Becerra Tanco, La Felicidad de México, 1666.- Madrid, 1785.)

«Y oyó unas dulces y suaves músicas de sonoras aves, que reconoció no eran de las ordinarias de la tierra, sino cosa del cielo». (P. Mateo de la Cruz, S. J. Relación de la milagrosa aparición de la Santa Imagen de la Virgen de Guadalupe de México.- Puebla de los Ángeles, 1660.- México, 1781, pág. 3.)

 

3

«La Santísima Virgen le respondió que subiese al cerro, al mismo lugar donde antes la había visto y hallado, y que cortase y recogiese todas las rosas y flores que allí hallase, y se las trajese. Juan, sin replicar que era invierno, y que el sitio, aun en primaveras por ser peñascoso, según lo que él había visto, nunca llevaba flores ni rosas, sino espinas y abrojos, subió al puesto señalado, donde descubrió diversas flores, producidas por milagro: cortolas, y recogiéndolas en su pobre y tosca manta, bajó a la presencia de la Santísima Virgen, que cogiéndolas con sus manos, se las entregó, diciéndole que aquellas rosas y flores eran la señal que había de llevar al Obispo, a quien, de su parte dijese todo lo que había sucedido, para que por aquella señal pusiese en ejecución la fábrica del templo que le pedía». (P. Mateo de la Cruz, ibid., pág. 8). (Becerra Tanco).

 

4

«Y desplegando su manta, cayeron del regazo de ella en el suelo las rosas, y se vio en ella pintada la Imagen de María Santísima, como se ve el día de hoy». (Becerra Tanco, ibid.)

«Descubrió la manta para presentar al venturoso Obispo el regalo del cielo, y vio en ella un vergel abreviado de flores, que cayéndose todas de la manta, dejaron pintada en ella la Imagen de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, que hoy se conserva, guarda y venera en su Santuario de Guadalupe de México». (P. Mateo de la Cruz, ibid., págs. 8 y 10).

«Contando esta Juan, arrodillándose para presentar a aquel prelado el bello regalo de la Reina del cielo, abierta y desplegada de hecho la Tilma, y por tanto cayendo en tierra el mar de flores (¡oh maravilla que excede toda la fe humana!) a vista y cuasi entre las manos de aquellos que habían visto las flores, y procurado tocarlas, instantáneamente apareció la Imagen de la gran Virgen Madre de Dios, pintada en la forma semejante que pintarse suele, representando el misterio de la Purísima Concepción, a la presencia del Obispo y de todos los circunstantes sus familiares, testigos oculares de tan estupendo milagro, los cuales postrados en tierra y poco menos que estáticos de tan inmenso asombro, vieron improvisamente aquella Sacratísima Efigie, la consideraron, y suspensos todos la admiraron». (Anastasio Nicoselli, Relación histórica de la admirable Aparición de la Virgen Santísima Madre de Dios bajo el título de Ntra. Sra. de Guadalupe, acaecida en México el año de 1581.- Roma, 1681.- México, 1781).

 

5

Eccli.- 1-2.

 

6

Historia de los indios, tratado 2. c. 2.

 

7

Fernández, Hist. ecles. c. 47.

 

8

The Works of Hubert Howe Bancrof. History of México, San Francisco, 1883, II volum. cap. 19, p. 403.

 

9

Historia eclesiástica Indiana, México, 1870, lib. III, cap., 35, pág. 266.

 

10

Ibid., trat. 2, c. 3.