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ArribaAbajoLa sirenita

Jaquim Fadul era un buen organizador. Otorgaba un valor superlativo a la institución del matrimonio y a su prestigio de ejecutivo eficiente. En ningún caso pondría en riesgo esas instituciones, como las llamaba socarronamente.

Puede decirse que sería incompatible con su personalidad, obligarse a soportar sofocones de aficionado, para ejecutar lo que podía prever con decisión profesional, por eso, a la hora indicada, Dulce, su secretaria, llamó a Liliana, su mujer, para informarle con voz impersonal que Jaquim pasaría el resto del día y la noche, en una estancia de Santa Fe.

-¿Tanto tiempo le llevará inspeccionar esa estancia? -La voz sonaba indiferente.

-Sí, señora. El señor Jaquim debe hacer un informe definitivo. Es un negocio muy grande.

-Bueno. ¿Cuándo vuelve entonces?

-Mañana al medio día.

La conversación terminó y Dulce se volvió hacia Jaquim.

-Tenemos una noche para nosotros, amor.

A las siete Dulce abrió la puerta del pequeño departamento de la calle Ayacucho para que entrara su héroe, con dos botellas de champagne y tres paquetes de comida. Dulce vestía una sintética minifalda y un top. Había tardado una hora en bañarse, esperando ser sorprendida por Jaquim,   —62→   de manera que el encuentro fuera más excitante. Pero su amor siempre llegaba tarde. Tuvo tiempo suficiente para perfumarse y vestirse, encender el pasa cassette, dejar la media luz adecuada y ensayar su expresión más encantadora para iniciar un breve ciclo de apasionadas horas felices.

No es tema de este relato abundar en detalles sobre las alternativas de esa noche, sin duda bastante parecida a cualquier noche transcurrida en la clandestinidad, por un hombre y una mujer. En todo caso, diré que las exageraciones sonoras, suspiros, gritos, gruñidos, alaridos y demostraciones variadas de placer, que implicaron un conmovido homenaje a la virilidad del turco Jaquim, fueron responsabilidad exclusiva de Dulce, porque su amante, sometido a los condicionamientos formales indispensables para mantener el equilibrio del sistema, vivió angustiosamente esos excesos, temiendo que pudieran atravesar las delgadas paredes del departamento, proclamando a los vecinos, la definitiva revelación de su secreto.

El episodio romántico se fue desgastando con el transcurrir de las horas. Recuperó vivacidad en la mañana, frente al abundante desayuno colmado de delicadezas, anuncio indudable de que la historia llegaba a su fin.

El sol naciente impuso nuevamente el orden. Introdujo mentalmente a Jaquim en la encantadora e insoportable rutina doméstica, sin la cual era difícil vivir y se sumergió con deleite en la certeza de que Liliana, amorosa y abnegada, esperaba en casa.

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Proyectaría un nuevo encuentro, aventura o transgresión erótica, con Dulce, quizá para el viernes. O con cualquier otra, porque un hombre organizado como Jaquim, manejaba los personajes como Pirandello, según su voluntad e inescrutable inclinación.

Condujo el auto hasta San Isidro, mientras reflexionaba que la vida lo colmaba de halagos. El brillante sol primaveral estimulaba la circulación de la sangre, y excitaba la imaginación.

Llegó a su casa demasiado temprano. Intentó introducir la llave en la cerradura, pero algo lo impidió. No advirtió que la cerradura era diferente. Pensó que se había confundido de llave y miró una a una las de su nutrido llavero. La elección había sido correcta. Intentó abrir nuevamente sin éxito. Sintió una perturbadora e indefinible angustia. Algo parecía haber afectado el orden natural de las cosas. Oprimió el timbre y pocos minutos después Liliana abrió la ventana del dormitorio que daba al jardín.

-No te esperaba tan temprano.

-¿Qué es esto? ¿Por qué no funciona la llave?

-Cambié la cerradura. -Se llevó la mano a la boca y bostezó.

Jaquim tuvo la ingrata sensación, no por reiterada menos exacta de que la tierra se abría bajo sus pies.

-¿Estás loca?

-Estuve. Tomá. -Abrió un poco más la ventana y sacó una valija-. Aquí tenés parte de tu ropa. Lo que me pareció más necesario. Después te preparo el resto.

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Una sonrisa le iluminó el rostro como no podía ser de otra manera a la luz de esa mañana gloriosa de primavera. Lo miró atentamente.

-Cosas que pasan. Es la vida.

En ese momento pudo verlo. El tipo no trató de ocultarse. Se mostró con agresiva desfachatez, muy cerca, detrás de Liliana. Era enorme, joven, lucía despeinado y evidentemente desnudo. Con el aspecto de quien hubiera pasado una noche agitada. Jaquim estaba estupefacto. Seguramente el hijo de puta había pasado una noche agitada. ¿Con Liliana? ¿Están todos locos?

-Abrime la puerta. Quiero entrar. Es mi casa.

-No es tu casa. Fue regalo de mamá. Viviste en esta casa. Ahora no. Llamá más tarde, ahora tengo sueño. Olvidé poner el cepillo de dientes. Comprate uno en la farmacia. También un peine.

La sonrisa parecía un estereotipo ensayado. Sin embargo era auténtica. Feliz. El tipo la apartó suavemente y cerró la ventana mientras miraba a Jaquim como se mira un zapato viejo junto al cordón de la vereda.

Jaquim necesitó varias semanas para convencerse que el episodio había sido real y que Liliana no tenía interés en reanudar sus relaciones. Durante la cuarta semana de angustia depresiva lo llamó un abogado y le informó que su mujer quería divorciarse. El turco estaba solo en la oficina y se puso a llorar.

Jaquim había sido, antes de este delicado episodio un juppy triunfador, simpático, divertido, querido por sus amigos y apreciado por su ingenio. Los amigos fueron   —65→   solidarios. Sin embargo reconocían que la actitud de Liliana era la que el Turco merecía como consecuencia de sus frívolas y notorias infidelidades. No había sabido amar a su hermosa mujer.

Respondía que era mentira. Siempre la había amado y seguía amándola. Aun a pesar del jugador de rugby, estrella de los Pumas, instalado aparentemente con carácter definitivo, en la casa de San Isidro. Jaquim aventuraba la idea de que le rompería la cabeza. Entonces lo miraban con pena y se apresuraban a disuadirlo. Sería una lucha desigual. David y Goliath. Esta vez ganaría Goliath. Jaquim, penosamente castigado por la adversidad, sabía hacer bromas y cantaba acompañado con la guitarra, pero de allí a convertirse en vengador, apelando a los puños, parecía una fantasía inimaginable. Tampoco había de qué vengarse en sentido estricto. Se había desarrollado un curioso juego de armonías recíprocas.

Los amigos continuaron la relación amistosa con Liliana. No le comentaron al Turco las alternativas del romance de su ex mujer, mientras estuvo en su apogeo, pero tradujeron tímidamente una hipótesis de cambio, a partir de que la relación fue deteriorándose, lo cual parecía irreversible, porque el jugador de rugby tenía mucho músculo relativamente aprovechable, pero nada más que eso. Terminó revelándose como un celoso insoportable, estúpidamente violento y con una edad mental próxima a los once años.

Sin embargo era poco probable que la ruptura del romance trajera como consecuencia el reencuentro de Liliana con el Turco, que se mostraba cada día más triste.

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Cuando se enteraron que todo había terminado entre la bella y el campeón de rugby elaboraron un plan.

En realidad, fue un proyecto serio pero no definitivamente en serio.

Era difícil conmoverse con el dolor del Turco que habitualmente se burlaba de la mayor parte de los problemas ajenos. Encontraba siempre una veta de humor en los conflictos de amigos y conocidos y repetía que la vida no era definitivamente de una u otra manera, sino todo lo contrario, expresión que no aclaraba y cuyo significado debía ser objeto de adivinación según la variable imaginación de cada uno.

Organizaron la fiesta, decidieron cuál sería el escenario y escogieron protagonistas y testigos. Fijaron el día e invitaron a Liliana. Una reunión de amigos, para conversar y divertirse. Querían divertirse en más de un sentido. Como ese parecía ser el propósito de la reunión, el único que permaneció al margen del complot y de la hipótesis de diversión, fue el personaje principal del melodrama. En principio la iniciativa de los amigos podía considerarse arbitrariamente como buena. Se proponían lograr la reconciliación.

Cuando Jaquim llegó a la fiesta, Liliana creyó que era el autor de la confabulación. Veía a su ex marido por primera vez desde el sorprendente diálogo frente a la ventana de la casa de San Isidro. No sintió ninguna emoción particular, aunque sí un relativo fastidio.

El Turco inició el asedio y advirtió que la fortaleza era inconmovible. Liliana contestó a los ruegos con sarcasmos,   —67→   a las proposiciones con burlas, a las protestas de amor y fidelidad con una indiferente y aburrida frialdad. Jaquim se desesperó. Los amigos seguían atentamente el diálogo que se desarrollaba en un tono de voz que no intentaba ser discreto. Cruzaban apuestas sobre el resultado de la controversia y discutían, entre risas reprimidas, sobre el tiempo que le demandaría al amigo despreciado, decidir si se arrojaba por la ventana.

Sin embargo no ocurrió nada verdaderamente dramático, hasta que la imprevisible diosa del destino irrumpió con insolencia y convocó al caos.

La angustia golpeó los intestinos del Turco, un torturante problema desde la niñez. Interrumpió el diálogo para entonces convertido en inútil monólogo, corrió al baño, cerró la puerta y trabó la cerradura con la llave incorporada. Pudo escuchar todavía las risas sofocadas de la infamia antes de sumergirse, impotente, en su impostergable problema.

Cuando intentó salir del baño creyó volverse loco. La pomela se desprendió y la traba incorporada de la cerradura permaneció fija, indiferente, inconmovible a los esfuerzos del prisionero que forcejeó de muchas maneras para liberarla. Golpeó la puerta y gritó. Al principio no lo entendieron, después se enteraron que no podía salir.

Entre risas y comentarios agudos y vulgares de los testigos Liliana se acercó a la puerta del baño, ensayó st voz más dulce y comenzó una breve letanía que apuntó sin piedad a lo poco que quedaba del ego del Turco, abatido por el vendaval de la vida.

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-¿Vés que sos un inútil? Me trajeron para darte la oportunidad de seducirme y te quedás encerrado en el baño. Te pasa por cagón.

El Turco empezó a llorar. Le explicaron que el sábado a la noche era muy difícil encontrar un cerrajero. Lo intentarían. Alguien llamó por teléfono, después de buscar en la guía telefónica. Los cerrajeros y plomeros no contestaban. Jaquim pidió que tiraran la puerta abajo. Estás loco, dijo el dueño de casa, esperá que encontraremos a alguien. Intentá desde adentro. Ni desde adentro ni desde afuera. Media hora después se olvidaron del Turco. La conversación se puso interesante cuando ignoraron la comedia de la cual debían ser testigos. El protagonista principal había hecho mutis por el foro. Peor aún, por el baño.

Jaquim escuchó la voz de Liliana. Explicaba con voz pausada y precisa, el inalienable derecho a la libertad sexual de las mujeres. Debemos terminar -decía con énfasis- con los prejuicios que inventaron ustedes. Se refería a los hombres presentes. No aceptan la idea de que queremos hacer el amor porque es lindo y divertido. Piensan que si decimos esas cosas somos chicas malas. ¿No es verdad? Bueno, descubrí que es bastante bueno ser una chica mala. Las mujeres la aplaudieron. Los hombres también. Uno comentó: hay que aplaudir ¿qué se habrán creído estas putas?

El Turco escuchaba. Se sentó en el inodoro. No estaba dispuesto a permanecer inmóvil mientras la loca de su mujer proclamaba la liberación sexual. Entonces recordó que se trataba de su ex mujer y se tranquilizó.

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¿Conocen el cuento de La Sirenita de Hans Christian Andersen? preguntó Liliana con voz vibrante. ¿No? Bueno, les cuento. La Sirenita salvó al príncipe del naufragio y se enamoró. Pero como no podía amarlo como sirena, debía cambiar. La Bruja del Mar resolvió el problema. Podía cambiarle la cola de pescado por piernas, pero puso dos condiciones: siempre le dolería la unión de las piernas injertadas y debía entregarle la lengua, como pago por la operación. ¿Se dan cuenta? -preguntó Liliana al auditorio silencioso- para ser amada por el príncipe tenía que sufrir dolor eterno, precisamente en ese lugar; debía ser otra, cambiar y además ser muda. Muda -recalcó la palabra-. Lo que estos hijos de puta quieren, dijo señalando a los hombres de la fiesta, es que seamos mudas.

Reflexionó ensimismada unos pocos segundos y continuó:

-Resulta que aguanté a este tipo durante años.

Todos miraron la puerta del baño. No se oía un rumor. ¿Turco, estás allí? -gritó el dueño de casa-. Era una pregunta estúpida. La respuesta fue un rumor ininteligible.

La fiesta siguió y las mujeres decidieron constituir un club destinado a reivindicar a La Sirenita. Para que pueda abrir las piernas sin sufrir y expresar sus deseos sin temor y en voz alta. Muera el silencio, gritó una. Otra se encaró con su marido: eso que dijo Liliana es lo que pienso. Como estaba un poco borracha le confesó que había sido una mala chica antes de conocerlo. También después, pero poco. Espero volver a serlo -continuó-. Vos decidirás si con vos o con otro.

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La fiesta se convirtió en una batalla. El encierro del Turco en el baño fue un extraño mensaje. Liliana siguió hablando. Los hombres no quisieron captar el mensaje y se limitaron a pensar que tenía un lindo culo.

Empezaron a irse porque era tarde. El discurso de Liliana había creado un clima hostil, de todos contra todos. Hasta los que se fueron juntos hubieran querido irse separados. El Turco seguía silencioso. De vez en cuando lloraba. Pero eso era consecuencia del whisky que le habían acercado por la claraboya.

A las ocho de la mañana llegó el cerrajero. Cuando abrió la puerta del baño vio que había un tipo durmiendo, sentado en el suelo con la cabeza apoyada en el inodoro. El cerrajero -viejo anarquista- reflexionó que la sociedad burguesa era una mierda. Jaquim salió del departamento sin saludar al dueño de casa. Se sentó en un banco de la plaza vecina, los ojos enrojecidos sobre la palidez cadavérica. Había envejecido veinte años. Ya no parecía el ejecutivo triunfador. Descubrió que en realidad odiaba a Liliana y que no podía vivir sin ella.

Encendió el motor del auto y puso rumbo a San Isidro. Esperó en la puerta sin llamar. Tres horas más tarde Liliana salió de la casa. El salto de cama transparentaba ligeramente la sombra del pubis.

-Te sacaron finalmente. ¿Qué hacés aquí?

-Quiero quedarme -dijo.

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Liliana lo miró con pena. Después con desprecio y finalmente con odio.

-Está bien, entrá.

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Mi amiga la bruja

Mi amiga la bruja



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ArribaEl fugitivo

El teléfono llamó cuando Juan se disponía a acostarse. No parecía existir ninguna relación entre la irritante insistencia del aparato rojo y la decisión de apagar la luz y subir al dormitorio, sin embargo, los hechos se entrelazaron de manera inesperada.

Atendió el llamado. La voz perentoria que le gritó una advertencia, determinó que el sencillo propósito de irse a la cama, se convirtiera en un objetivo inalcanzable.

Fue hasta el dormitorio, despertó a Marta y le dijo que la policía llegaría en cualquier momento. Puso alguna ropa en un bolso, le dio un beso a su mujer y a su hijo pequeño, trepó a la baranda del balcón y alcanzó la terraza del edificio.

Diez pisos más abajo, la calle iluminada por reflejos aceitosos y manchas rojas, originadas por las luces giratorias de los autos patrulleros, se pobló de hombres uniformados.

Juan desechó la idea de continuar observando el espectáculo y saltó a la terraza vecina.

Los policías irrumpieron en el departamento después de voltear la puerta de una patada. Le preguntaron a la mujer dónde estaba su marido. Contestó que todavía no había vuelto. Un sargento moreno y tranquilo levantó al niño y le preguntó:

-¿Dónde está tu papá?

-Se fue al cielo -fue la desconcertante respuesta. Hizo un vago gesto hacia la ventana. La noche parecía una inmensa   —74→   cúpula neblinosa, en la que se reflejaban las luces de la ciudad.

Juan bajó por la escalera los diez pisos del edificio. En la planta baja abrió la puerta principal y miró la intensa actividad que se desarrollaba en la cuadra. Encendió un cigarrillo. Los policías de guardia en los autos patrulleros lo miraron sin interés. Se alejó hacia la esquina, caminando despacio y sin volver la cabeza. No supo qué rumbo tomar en su nueva condición de prófugo de la dictadura. Prófugo y huérfano. No pertenecía a ninguna organización, grupo o comunidad de subversivos. Era apenas un periodista estúpido. Malversó su experiencia de muchos años, con la absurda suposición que podía escribir lo que pensaba.

Mario le dijo durante el breve llamado telefónico que iban a buscarlo. No sabía por qué, pero sería en pocos minutos.

A pesar de su desconcierto reflexionó que podía cometer el error de apelar a un auxilio equivocado. Convenía mantenerse lejos de los amigos, reales o supuestos, y de los lugares que solía frecuentar, como dicen las poco imaginativas crónicas policiales.

Durante las crisis se hacen cosas extraordinarias y sin sentido. En la radio de un taxi escuchó que lo buscaban. El ejército, la marina y la gendarmería. Estos últimos por la razonable hipótesis de que intentara salir del país.

Vagó durante la noche por calles oscuras y se refugió al amanecer en el Parque Lezama. Al día siguiente caminó por el centro de la ciudad imaginando que pasaría inadvertido entre la multitud. Se detuvo frente a una zapatería. Eran las cinco de la tarde de un tórrido día de enero.

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En la vidriera se reflejó la imagen de un taxi, estacionado junto al cordón de la vereda. El motor en marcha. Frente al volante un hombre mayor, de abundante melena blanca, le indicó con un movimiento de la mano que se acercara.

Pensó que estaba perdido. Muchos choferes de taxi trabajaban para la policía y éste podía estar en la nómina. Pero si era un informante, no lo llamaría con una sonrisa amable. Lo hubiera vigilado hasta que llegara una comisión para detenerlo. Se acercó al auto.

-Señor Juan, suba. Sé lo que pasa. Escuché por la radio. Hace mal en caminar por aquí. Si lo descubren lo revientan.

Mientras arrancaba se volvió y lo miró.

-Usted no se acuerda de mí.

La cara roja parecía una máscara en medio de la blancura descuidada de la melena.

-Yo era chofer del doctor Mejía. Hace varios años. No se acuerda, ¿verdad? Se acordará por lo menos que los llevaba a la Boca. A un piringundín de putas buenas y simpáticas. También iba con ustedes el doctor López, el psicoanalista. ¿No se acuerda?

Juan recordaba todo, menos al chofer. Era siempre de noche y no tenía buena memoria visual. El auto se dirigió al sur. Pasaron el Parque Lezama y entraron en Barracas. Se detuvo frente a un edificio de pocos pisos, de ladrillo a la vista.

-¿Y vos cómo te llamás?

-Pepe.

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-¿Pepe?

-Sí, así nomás. Pepe. Bajemos. Esta es mi casa. Aquí estará seguro hasta que resuelva lo que va a hacer.

Juan lo siguió mansamente. En el tercer piso Pepe abrió la puerta de un amplio departamento, decorado con exagerada profusión de muebles, jarrones, cuadros y adornos de bronce y plata, indicativo de generosos recursos aplicados con espontánea arbitrariedad.

Las alfombras cubrían el piso del departamento. Cuatro dormitorios, tres baños y un living que hubiera sido confortable con la mitad de los muebles que lo ocupaban.

Una señora mayor, de pelo blanco y anteojos sin montura, se acercó entre tímida y dubitativa. Las manos parecían no detenerse nunca, mientras insistía en secarlas en un delantal destinado a proteger el vestido de seda estampada.

-Esta es Hortensia, mi mujer. Este señor es mi amigo Juan. Yo lo aprecio mucho y está en dificultades. Se va a quedar con nosotros. Instalalo en el cuarto que mira a la avenida. Los edificios del frente están lejos. Nadie debe saber que el señor Juan está aquí. Servile lo que quiera. Volveré a la noche y traeré comida. Yo sé lo que le gusta. Miró a Juan y le guiñó un ojo.

-Esta es mi compañera desde hace cuarenta años. ¿Verdad mi vieja que usted me aguanta con buen humor?

Antes de irse Pepe le mostró su cuarto. Había una cama de plaza y media, un escritorio y un sillón. Detrás de los visillos   —77→   de la ventana, la ciudad, húmeda y neblinosa aplastada por el calor. La señora encendió el aparato de aire acondicionado.

Cuando quedó solo Juan pensó en su salvador. Podía jurar que nunca lo había visto. Se desvistió y se acostó. No había dormido en toda la noche. Ahora, sin tensión ni miedo, sintió que se derrumbaba. En pocos minutos se quedó dormido.

Despertó con una desagradable sensación de angustia. La oscuridad acentuaba los reflejos de colores cambiantes de un cartel de propaganda, al otro lado de la calle.

Escuchó un rumor apagado, como de ratones en una despensa. Sobre la mesa de luz encontró el interruptor del velador. Pepe entró con un vaso en la mano.

-Don Juan -dijo- se despertó a la hora justa. Son las ocho y media. Este es su whisky. Sigue siendo su whisky, ¿verdad?

Desde el momento en que encontró a Pepe, Juan no había. dicho una palabra de agradecimiento. Tampoco formuló las preguntas relacionadas con las dudas que volvían a asaltarlo. No sabía qué pensar sobre su anfitrión. Pero ese lugar era mejor alternativa que los calabozos de la dictadura o una zanja en un baldío.

Se sentaron en el living. Pepe dijo que expondría su plan

-No tengo plan -rió- hay que esperar. No tenemos apuro. Aquí está bien y pasado mañana iremos a otro lugar de confianza.

Pepe juntó las manos sobre la barriga. Parecía un gnomo sonriente, plácido y optimista. Hortensia distribuyó sobre   —78→   la mesa del comedor diversos manjares en platos octogonales con delicados dibujos en tonos rosa y celeste. Jamón serrano, salmón rosado, caviar, un pollo dorado, pan fresco y duraznos al natural en una fuente profunda adornada con un angelito.

Juan no encontraba una relación lógica entre el taximetrero, y su exhibición de prosperidad.

-No sé cómo agradecerle, Pepe.

-No tiene que agradecer. Usted fue siempre amable conmigo. Además, yo me solidarizo con los perseguidos. Son mis hermanos.

Había muchas cosas que decir. Juan evitó introducirse en sentimentalismos.

Las alfombras lo intrigaban.

-¿Buenas alfombras, no?

-Sí, son muy buenas.

-¿Brasileñas?

Pepe lo miró por primera vez con cierto rencor y una pizca de desprecio.

-No, don Juan. Son alfombras persas.

-Disculpe, no entiendo mucho de alfombras.

-No es nada. En general nadie entiende de alfombras. En cambio, ese es mi hobby. Esta -señaló la del comedor- es del norte de Persia. Describe las costumbres de una secta vinculada a los kurdos. La familia que las teje trabaja en alfombras desde el siglo XVIII.

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Juan disimuló su asombro. El taximetrero era experto en alfombras persas. Y tenía la posibilidad de comprarlas. Hortensia no hablaba y lo miraba arrobada. Parecía mayor que Pepe y lo trataba como si fuera la madre y no la esposa. Pepe dijo que el pedido de captura de Juan había sido transmitido por televisión. Esa noche rastrillarían el barrio. Había que quedarse quieto. No llamaban en todas las casas. Como en los aeropuertos, revisaban un pasajero cada cinco.

-¿No nos tocará a nosotros?

-¿Y por qué? Hay que poner la energía positiva.

Juan no sabía quién era Pepe. No recordaba si alguna vez lo había conocido, ni imaginaba la razón de su conducta solidaria. Había algo mágico en todo el asunto y era mejor aprovecharse de ello que cuestionarlo.

Pepe se levantó, le dio un rápido beso a su mujer y dijo que se iba a trabajar.

-No le abras a nadie -alcanzó a gritar desde la puerta- cuando no están seguros y no hay respuesta siguen de largo. Hortensia no era muy locuaz. Miraba a Juan con una sonrisa dulce. Transmitía con ese gesto, solidaridad y comprensión. Así lo imaginaba Juan. En su condición de perseguido se sentía inclinado a interpretar y aceptar cualquier hecho positivo.

La mujer levantó los platos y desapareció en dirección a la cocina. Juan tuvo la sensación de que su comportamiento era extrañamente natural. Como si el hecho de tener   —80→   un fugitivo hospedado en la casa formara parte de la realidad cotidiana.

No tenía sueño y miró la televisión. No pudo concentrarse, tomó unas revistas y fue a su cuarto con un vaso lleno de whisky.

Tres días pasó en el departamento. Pepe dijo que había que cambiar porque la inacción podía inclinarlo a dar un paso en falso.

Al día siguiente aprovecharon la intensidad del tráfico, durante el crepúsculo y marcharon en el taxi hasta el barrio de Floresta.

Se detuvieron frente a una casa antigua, remozada con nueva pintura de suaves colores grises y marrones.

Pepe abrió la puerta de calle con su propia llave. Una mujer de unos cuarenta y cinco años, alta, de rostro agraciado, con el pelo tirante peinado hacia atrás sujeto con un moño, lo recibió con un beso.

-Señor Juan -dijo Pepe- le presento a mi señora.

La imagen de su protector, voluminosa y de estatura mediana, establecía una relación inarmónica con la esbelta figura de la mujer. Era evidente que la armonía entre ellos no tenía que ver con nada exterior y formal. Juan conoció así otra casa de Pepe. Y a Laura, otra esposa. Más joven y dinámica que la buena Hortensia, pero igualmente tierna y eficiente. Lo demostró preparando una extraordinaria cazuela de mariscos en poco menos de una hora, sin abandonar por completo la conversación con su marido y con el   —81→   desconcertado Juan, sorprendido por el talento de Pepe para relacionarse con mujeres. Mantenía con ellas una relación equilibrada y satisfactoria.

Las alfombras cubrían todos los ambientes. La galería unía cinco habitaciones de techos altos, iluminadas con arañas de caireles. El rumor de los pasos sobre las alfombras traía reminiscencias de viejas historias románticas de principios de siglo.

-¿Son persas, no?

-Claro -sonrió- ¿vio qué fácil es aprender si uno se lo propone?

Pepe se fue a trabajar. Laura le contó que tenía una casa de modas. Pepe había contribuido para la instalación con algún dinero, pero sobre todo con su intuición de indagar en la naturaleza de las mujeres. Discutieron sobre el tipo de ropa que debían vender y estudiaron el nivel socio-económico del mercado. Pepe le sugirió apuntar a una comunidad tradicional, ligeramente venida a menos. Como la mayor parte de las familias que vivían en el barrio, en antiguas y bellas casas construidas a principios de siglo. Ochenta años atrás el barrio era territorio de quintas de fin de semana.

El negocio prosperó. Vecino al local de modas instalaron un negocio de venta de alfombras.

En esta etapa de los sorprendentes sucesos protagonizados por Juan, en ese controlado laberinto de la adversidad, éste se enteró de varios hechos curiosos.

Pepe era dueño de catorce taxis y de cuatro negocios de venta de alfombras. Se había entregado con pasión académica   —82→   a estudiar e investigar el origen de las alfombras, lo cual lo condujo a desarrollar un activo y sofisticado contrabando ilustrado, para ser consecuente con la jerarquía y calidad de sus clientes.

Se convirtió en maestro y a la vez en asesor irremplazable de los curadores de los museos públicos de la ciudad.

Pepe era multifacético. Tenía encanto y buen humor, lo cual sumado a su espontánea capacidad de seducción completaba una fórmula irresistible. Demostraba ser también, un amigo inesperado.

La relación que se estableció entre el fugitivo y Pepe constituyó una nebulosa intemporal, más allá de las insólitas o convencionales experiencias vitales de la clandestinidad.

Pasó más de una semana desde la fuga. En los noticieros radiales y televisivos no hubo nuevas menciones sobre Juan. Fue desplazado por la crónica cotidiana, dedicada a consignar la aparición de cadáveres y la desaparición de personas vivas, presumiblemente incorporadas, en un futuro previsible, a la condición mencionada en primer término.

Juan dejó de ser noticia. La búsqueda continuó, pero por alguna razón desconocida la publicidad había terminado.

Pepe visitó a la mujer de Juan y organizó un encuentro en la costanera. Marta no pareció muy interesada en la propuesta, pero fue a la cita.

Los restaurantes de la costanera profusamente iluminados, el tránsito incesante y el aterrador tronar de los aviones   —83→   sobre el aeroparque, como si hubieran decidido aplastar la ciudad, empezando por su extremo más fácil, constituían indicios de que la vida continuaba normalmente. El episodio que protagonizaba Juan apenas afectaba a unas pocas personas.

-Te lo dije muchas veces -Marta volvió su rostro hacia el río. Evitaba mirar la cara de su marido en la penumbra del vehículo, estacionado en el muelle del club de pesca-. Te dije lo que te pasaría. Lo que nos pasaría -enfatizó el sentido plural de la expresión.

Juan la miraba en silencio, arrepentido del encuentro.

-Lo siento -dijo.

Esta vez Marta lo miró.

-Solamente eso y basta. Deber cumplido. Lo sentís y nosotros tenemos que estar agradecidos. Siempre fuiste un irresponsable -dijo con fastidio-. La policía puede pensar que yo también estoy en la subversión.

-¿Cómo también? -se alarmó Juan-. Vos sabés que nunca estuve con la subversión. Siempre estuve contra la violencia.

La mujer volvió el rostro hacia el río. Lamentaba haber aceptado el encuentro. Desde que no estaban juntos y no había probabilidad inmediata de que las cosas volvieran a la normalidad, se sentía libre. Se había dado cuenta de que no lo necesitaba. Hasta sería bueno proteger a su hijo poniendo distancia definitivamente.

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-Me van a buscar, seguro. Me van a buscar -repetía con énfasis. En realidad no lo creía. Era una manera de crearle mayores culpas a ese hijo de puta egoísta que pretendía convertirse en héroe.

Pepe sentado sobre el malecón fingía mirar hacia la oscuridad del río donde titilaban las luces de las areneras. Miró su reloj y se acercó al auto.

-Mejor nos vamos, señor. Puede ocurrir una mala casualidad.

Pepe desconfiaba de Marta. Estaba arrepentido de haber cumplido el rol de intermediario para el encuentro.

El auto salió de la costanera y Marta descendió cerca de su casa. Había sido una mala idea. En las circunstancias críticas las relaciones convencionales se desmoronan.

Juan miraba la gente, las luces, el tránsito. Comenzó a sentirse un fugitivo, enfrentado a un vacío de angustia y desesperanza. Descubrió que estaba solo. Sintió por primera vez que el episodio no tenía retorno. Nada volvería a ser igual. Como si iniciara una nueva vida sin proyecto ni horizontes. Esa convicción en lugar de deprimirlo le generó una irresistible exaltación de alegría confusa y desconcertante. Más excitante porque supo que no podía recurrir a nadie y debía elaborar un nuevo ámbito. Nuevas relaciones. Como esta extraordinaria e imprevisible amistad con Pepe, que no había hecho ningún comentario, aunque expresaba con su silencio la correcta interpretación del aciago encuentro con el pasado. Lamentó no haber visto a su hijo, a quien tal   —85→   vez no volvería a ver durante años. Compartía la opinión de Marta. Desaparecer de la vida de su hijo era una manera de protegerlo.

Las alternativas eran inciertas. No podían medirse en el tiempo, ni a partir de sentimientos contradictorios y torturados que revelaban una fractura profunda en la historia vivida, hasta el momento en que la voz de Mario resonó como un sonido ominoso en el teléfono.

Pepe condujo el taxi hasta un edificio de departamentos en la calle Cangallo y estacionó en el subsuelo. El ascensor los dejó en el quinto piso. Una empleada uniformada abrió la puerta y sonrió.

-Querida, servinos dos whiskys. ¿Está la señora?

-Sí, señor. Voy a avisarle que llegó.

Los dos hombres se sentaron en un elegante living con las copas en la mano. Dos grandes alfombras cubrían el piso. Una mujer joven, de aproximadamente treinta años, vestida con discreta elegancia y una sonrisa luminosa en su rostro de delicada belleza besó a Pepe y se acercó a Juan que se había puesto de pie.

-Vos debés ser Juan.

-Juan -dijo Pepe- le presento a mi mujer.

-No me advertiste que vendrían hoy -dijo Gloria- el cuarto está preparado, pero la comida no. Ahora me ocupo. Asiento, por favor. ¿Cómo estás Juan? Pepe me habló mucho de vos. Ahora vuelvo.

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Fue a la cocina, dio algunas órdenes a la empleada, y volvió minutos después. Durante su ausencia los hombres permanecieron en silencio. Pepe sonreía divertido. Juan evitaba mirarlo.

Cuando terminó la comida Pepe dijo que tenía que trabajar. No volvió en toda la semana. Llamó algunas veces para saber si todo estaba en orden.

Juan y Gloria establecieron una relación de afectuosa camaradería. Permanecían juntos durante el día y prolongaban las noches en conversaciones interminables, cada vez más descontraídas y placenteras.

No supieron en qué momento la relación se hizo más intensa e íntima, o si eso ocurrió poco a poco, como consecuencia de la soledad compartida. Juan terminó besando a Gloria y Gloria, con lágrimas en los ojos, e impidiendo que se apartara, susurró que no podía ser desleal con Pepe. Desde el primer momento supo que la idea de su marido era una locura peligrosa. Si en una semana no había venido, era con algún propósito oscuro, impreciso, deliberado.

Juan la condujo en silencio hasta el dormitorio. No al suyo, con una cama de una plaza, sino al dormitorio principal, con la gran cama de dos plazas o quizá de tres. En el camino se sacaron los zapatos. Caminaron sobre una mullida alfombra persa, que les provocó un cosquilleo de erótica liviandad, como si se deslizaran y flotaran blandamente sobre los colores, la pasión y la terquedad de antiguos artesanos orientales. Los envolvió la reminiscencia de alguna historia olvidada de Harum Al Raslud, a medida que avanzaban   —87→   sin prisa, pero sin detenerse, porque no había ninguna razón para hacerlo.

Se desvistieron lentamente. Sin apuro ni torpezas impacientes, y se amaron con ternura, con pasión, con la entrega definitiva de dos solitarios. Como si lo que estaba ocurriendo no fuera un episodio más de sus vidas, sino el principio de una nueva historia, más rica, libre, desprejuiciada, asombrosa e inesperada.

Tres días después llegó Pepe, sonriente y entusiasta como siempre. Tenía un plan. Un comisario le había prometido un documento de identidad. En las comisarías había muchos. De desaparecidos que no tendrían oportunidad de usarlos, ni interés de identificarse. No una cédula. Una libreta de enrolamiento.

A los veinte años -reflexionó- todos tenemos la misma cara de estúpidos distraídos.

Juan saldría del país por Gualeguaychú, frente a Fray Bentos. Allí hay un puente internacional.

-Mañana traigo el documento -dijo.

Después se marchó, no sin antes pedirle a Gloria que tratara bien al huésped.

-Fue ironía -dijo Juan.

-No. Pepe no haría una cosa así.

-Yo creo que sospecha.

-Pepe nunca sospecha. Tiene certezas o no las tiene.

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Esa noche se amaron como si fuera la última. Pepe no volvió. La fiesta erótica continuó durante los días siguientes. Una tarde, mientras tomaban el té, por rara casualidad en el comedor, no en el dormitorio, desnudos y sentados en el suelo sobre la alfombra, Pepe entró como una tromba exhibiendo el gastado documento de la víctima desconocida.

Durante la comida definió el plan de acción. Esa noche tuvo el mal gusto de ejercitar su legítimo derecho de marido y durmió con Gloria.

Al día siguiente los tres amantes, o los dos amantes y el marido, como quiera interpretarse la naturaleza de esta relación, exhibían expresiones contradictorias y fatigadas.

Revisaron el plan, que sería ejecutado el sábado por la mañana. Era viernes. Pepe volvería a la madrugada con el equipo. Ropa deportiva, cañas de pescar, termos y bolsas de dormir. -También vendrá un chofer de mi confianza. Es como un hijo adoptivo.

Se marchó después de comer. Un cambio sutil, pero preciso, se había impuesto en la naturaleza de las relaciones de Gloria y Juan.

Se miraron en silencio. Los días tormentosos vividos apasionadamente reñían con la inocencia de Pepe. La preocupación por salvar al amigo introdujo una condición insoportable. Esa noche, la última, no hicieron el amor. Cada uno durmió en su cama.

Pepe llegó al amanecer. La niebla rosada anticipaba un día caluroso y húmedo.

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Vistieron ropas deportivas. Gloria insistió en usar un short ajustado y provocativo.

-Es casi indecente -dijo Pepe- pero servirá para distraer al enemigo.

Pepe sentado al lado del chofer miraba la cinta metálica del camino. Estaba preocupado. No era un héroe.

Los detuvieron las patrullas militares, para pedir documentos y reconocer a los viajeros. Las largas piernas de Gloria tornaron superficiales las rutinas de control. Juan, a su lado, recordaba los días y las noches de amor, con desaliento y tristeza. En Gualeguaychú había pocos turistas haciendo trámites para pasar al Uruguay. El calor era insoportable. Un sargento revisó los documentos.

-¿Para qué van al Uruguay?

-Para pescar. Del otro lado el dorado se da mejor.

-Sí. Es cierto.

Devolvió los documentos y les deseó buena pesca.

El auto inició su recorrido por el puente. Un soldado les apuntó con su fusil y ordenó que se detuvieran.

-¿Acelero? -preguntó el chofer.

-No -dijo Pepe-. No hicimos nada mal.

Un cabo se acercó a la ventanilla abierta.

-¿Me pueden llevar hasta el otro lado? Si no es una molestia...

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Claro oficial. Suba.

El hombre se acomodó en el asiento posterior, al lado de Gloria. Durante trescientos metros intentó disimular que le miraba las piernas.

-¿De pesca?

-Sí, de pesca.

Cuando llegaron al otro lado del río el hombre descendió del auto. Pepe le indicó al chofer que condujera hasta un bar. Estaba vacío a esa hora de la mañana.

Pepe se puso a reír. Los otros lo imitaron. Las carcajadas fueron el recurso necesario para distenderse y tomar conciencia de que estaban a salvo. Pepe pidió una botella de champagne.

Brindaron por la suerte. Habían logrado su propósito. El fugitivo estaba en lugar seguro.

Se besaron riendo. Gloria besó a Pepe. Después se volvió y besó a Juan ligeramente en la boca.

Pepe levantó su copa y se acercó al oído de Juan.

-Por tu salud, turrito.

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La espera

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